El libro de las tierras vírgenes

Part 29

Chapter 293,882 wordsPublic domain

Ahora bien: como dicen los _inuit_, una vez el hielo se ha despertado de su largo sueño del invierno no es ya posible saber lo que puede ocurrir, porque, aunque sólido, cambia de forma casi tan pronto como una nube. El vendabal era, sin duda, uno de los de primavera que había llegado fuera de tiempo, y cualquier cosa podía considerarse posible.

Á pesar de todo, la pareja se sentía algo más animada que antes. Si el hielo se rompía no tendría que esperar y sufrir más. Los espíritus, duendes y demás habitantes del mundo de los encantamientos andaban sueltos por el movedizo hielo, y tal vez les ocurriría á los dos muchachos que junto con ellos entraran en el país de Sedna toda clase de extraordinarios seres llenos aún de loca exaltación. Cuando abandonaron la choza, después de pasada la tormenta, el ruido crecía más y más allá en el horizonte y la dura masa de hielo gemía y zumbaba en torno suyo.

--Aún está esperando, dijo Kotuko.

Sobre la cima de un gran montón de hielo estaba sentada ó acurrucada aquella _cosa_ fantástica de ocho patas que habían visto tres días antes... y entonces aullaba de un modo horrible.

--Sigamos, dijo la muchacha. Quizá conozca algún camino que no conduzca á Sedna.

Pero al coger la cuerda del trineo se sintió desfallecer. La _cosa_ aquélla se movía alejándose despacio y torpemente por encima de los picos del hielo, dirigiéndose siempre hacia el Oeste y hacia la tierra, y ellos siguieron también en la propia dirección, mientras el ruido atronador que se oía en el borde de la gran masa de hielo flotante allá en el mar se acercaba cada vez más. La masa estaba ya rajada en todos sentidos en el espacio de una legua en dirección de tierra, y grandes capas como de tres metros de grueso y que ora medían unos pocos metros cuadrados, ora unas ocho hectáreas, saltaban, y se hundían, y chocaban unas con otras, ó con la porción de masa total que aún no estaba rota, al ser cogidas y sacudidas por el revuelto oleaje que se agitaba entre ellas. Este ariete del hielo era, por decirlo así, la avanzada del ejército que el mar lanzaba contra sus hielos flotantes. El continuo romperse y chocar de los pedazos ahogaba, casi, el chirrido de la especie de láminas arrojadas enteras bajo la gran masa como baraja escondida á toda prisa bajo el tapete de una mesa. Donde el agua era poco profunda estas láminas se amontonaban una sobre otra hasta que las inferiores llegaban á tocar el fango, á quince metros de profundidad, y el mar descolorido hacía de dique tras el sucio hielo hasta que la presión creciente volvía á arrojarlo todo hacia delante. Además del hielo flotante y del otro en bruto ó _en pacas_, el vendabal y las corrientes hacían descender verdaderos aludes, especie de montañas movibles arrancadas de las costas de Groenlandia ó de la playa septentrional de la bahía de Melville. Llegaban pesada y solemnemente, mientras las olas rompían en blanca espuma en torno suyo y avanzaban en dirección de la gran masa como una antigua flota navegando á toda vela. Tal ó cual alud que parecía venir preparado para llevarse de calle el mundo entero, fondeaba como sin fuerzas en el agua, comenzaba á dar vueltas, y acababa revolcándose en la espuma y en el fango, envuelto en una nube de voladoras y heladas chispas, mientras otro mucho más pequeño y bajo rajaba la aplastada masa y se metía dentro de ella, arrojando á cada lado toneladas de hielo y abriendo una vía de más de ochocientos metros antes de que se parara. Caían unos como espadas, cortando canales de sinuosos bordes; otros se rompían en una lluvia de pedazos que pesaban docenas de toneladas cada uno y se arremolinaban con estruendo; otros, en fin, levantábanse enteros fuera del agua al juntarse, se retorcían como atormentados por el sufrimiento y caían pesadamente sobre uno de sus lados, mientras el mar pasaba sacudiendo su espalda. Toda esta labor continua de prensar, amontonar, doblar y retorcer el hielo en todas las formas posibles, se verificaba á tanta distancia como la vista podía alcanzar á lo largo de la línea septentrional de la masa flotante. Desde el sitio en que se hallaban Kotuko y la niña aquel caos no parecía más que un movimiento de ondulación y de arrastre que se verificaba allá en el horizonte; pero se acercaba á ellos por momentos, y lejos, hacia el lado de la tierra, oían como fuerte bramido comparable á estruendo de artillería que resonara á través de la niebla. Indicaba esto que la gran masa de hielo flotante que había sobre el mar era empujada contra los férreos acantilados de la costa de la isla de Bylot, la tierra que se hallaba hacia el Sur, detrás de ellos.

--Esto no se ha visto nunca, exclamó Kotuko, mirando con aire estupefacto. Ésta no es la época en que ocurre. ¿Cómo puede ser que el hielo se rompa ahora?

--Ve siguiendo á aquello, gritó la muchacha señalando á la fantástica aparición que medio cojeando y medio corriendo se alejaba en insensata carrera delante de ellos. Siguiéronla, en efecto, tirando con toda su fuerza del trineo, y, al mismo tiempo, oían cada vez más cerca el avance ruidoso del hielo. Al fin los campos que en torno suyo se extendían rajáronse en todas direcciones, y las rajaduras se abrían con estallidos semejantes al castañeteo de los dientes del lobo. Pero donde _la cosa fantástica_ se apoyaba, sobre una especie de baluarte de pedazos de hielo esparcidos que medía una altura de unos quince metros, ningún movimiento se notaba. Kotuko saltó impetuosamente hacia delante, llevando tras de sí á su compañera, y subió arrastrándose hasta el pie del baluarte. La voz del hielo se hacía cada vez más fuerte en torno suyo, pero aquella fortaleza no se rendía, y, como la joven mirara á su compañero, levantó éste el codo derecho apartándolo del cuerpo al mismo tiempo de levantarlo y haciendo así la señal que usa todo _inuit_ para indicar que ha descubierto tierra y que ésta tiene la forma de una isla. Y, verdaderamente, hacia la tierra les había llevado aquella fantástica aparición de las ocho patas que andaba cojeando: hacia un islote de granítica base y de arenosas playas, cubierto, enfundado y como enmascarado por el hielo, hasta el punto de no haber hombre capaz de distinguirlo de la masa helada que flotaba sobre el mar; pero, por debajo, tierra sólida era y no hielo movible. El romperse y rebotar de los pedazos flotantes al chocar con el islote marcaba las orillas del mismo, y un protector banco de arena arrancaba desde él en dirección del Norte, desviando la furia de los más pesados montones de hielo, ni más ni menos que como la reja de un arado voltea grandes pedazos de marga. Por supuesto que existía el peligro de que alguna gran extensión de hielo, obedeciendo á enorme presión, remontara la playa é hiciera desaparecer por completo la parte alta del islote; pero la idea no preocupó á Kotuko ni á la muchacha mientras construían su casa de nieve y comenzaban á comer, oyendo como el hielo golpeaba la playa y se arrastraba por ella. La _cosa fantástica_ había desaparecido y Kotuko hablaba, muy excitado, del poder que él tenía sobre los espíritus, mientras, al propio tiempo, se acurrucaba junto á la lámpara. Precisamente cuando se hallaba en lo mejor de sus insensatas afirmaciones la muchacha comenzó á reirse y á balancearse de delante á atrás y de atrás á delante.

Á su espalda, avanzando cautelosamente hacia el interior de la choza, veíanse dos cabezas, una amarilla y otra negra, pertenecientes á dos perros que ofrecían el aspecto más triste y avergonzado que imaginarse pueda: el uno era Kotuko, el perro, y el otro el que había dirigido el trineo. Ambos estaban ahora gordos, con buena salud y completamente curados de su locura; pero iban unidos uno á otro del modo más extraño. Cuando el negro, que dirigía el trineo, se escapó, ya recordaréis que llevaba aun colgando los arreos. Debió de encontrar á Kotuko, el perro, y jugar con él ó pelearse, porque el lazo que tenía pasado por los hombros se le enganchó en los alambres de cobre retorcido que llevaba Kotuko en el collar, y se había enredado de tal modo y tan fuertemente que ni uno ni otro podía coger la correa con los dientes para separarla, sino que cada uno quedaba atado por el cuello á lo largo del cuerpo de su vecino. Esto, junto con la libertad de cazar por su cuenta, debió de contribuir grandemente á curarles de su locura. Estaban completamente en sano juicio.

La muchacha empujó á los avergonzados animales hacia Kotuko y muerta de risa gritó:

--Esto es Quiquern, el que nos ha conducido á la tierra firme. ¡Mira las ocho patas y las dos cabezas!

Cortó Kotuko la correa, devolviéndoles así la libertad, y ambos se precipitaron en sus brazos, el amarillo y el negro al mismo tiempo, como queriendo explicar de qué modo habían recobrado la razón. Kotuko les pasó la mano por los costados, que estaban bien llenos y con el pelo reluciente.

--Han encontrado comida, dijo sonriendo. No creo que vayamos tan pronto á Sedna. Mi _tornaq_ los ha mandado. Ya se les ha curado la enfermedad.

En cuanto hubieron acariciado á Kotuko, los dos animales, que se habían visto obligados á dormir, comer y cazar juntos durante las últimas semanas, lanzáronse el uno contra el otro, y hubo entonces una gran batalla en el interior de la casa de nieve.

--Los perros no se pelean cuando tienen vacío el estómago, dijo Kotuko. Han encontrado alguna foca. Durmamos, que no nos faltará comida.

Cuando se despertaron el agua del mar había quedado ya libre en la playa septentrional del islote, y todo el hielo suelto había sido lanzado hacia la tierra. Un _inuit_ considera siempre como deliciosos los primeros rumores de la marea alta, porque le advierten que la primavera se acerca. Kotuko y la niña cogiéronse de las manos y sonrieron, porque el claro y fuerte ruido que producía el mar entre el hielo les recordaba el tiempo de la pesca del salmón, de la caza del reno, y el olor de los sauces rastreros cuando están en flor. Hasta en aquel mismo momento el mar comenzó á espesarse casi congelado, entre los flotantes témpanos de hielo: tan intenso era el frío; pero en el horizonte se veía una ancha y roja claridad que era la luz del hundido sol. Parecía aquello, más bien, un bostezo en mitad de su sueño que su verdadero levantarse, y la claridad no duró más que algunos minutos, pero ello es que marcaba el cambio del año hacia la mejor estación. Nada podía cambiar el curso de las cosas.

Halló Kotuko á los perros peleándose sobre el cuerpo de una foca recién muerta, la cual había ido siguiendo á los peces que una tormenta hace siempre cambiar de lugar. Era la primera de unas veinte ó treinta que llegaron al islote durante aquel día, y hasta que el mar se hubo helado fuertemente fueron á centenares las vivas cabezas negras que se veían, gozándose en disfrutar del agua libre, poco profunda, y flotando entre los témpanos de hielo.

Era un gusto para nuestra pareja el poder comer otra vez hígado de foca; el llenar las lámparas de grasa sin tener que ir con miedo y el ver cómo la llama se elevaba á un metro de altura; pero tan pronto como apareció el hielo nuevo en el mar, Kotuko y su compañera cargaron el trineo de mano é hicieron tirar de él á los dos perros como nunca en la vida habían tirado, porque no estaban muy tranquilos ambos muchachos respecto á lo que hubiera podido ocurrir en su aldea. El tiempo continuaba tan implacable como de costumbre; pero es más fácil arrastrar un trineo cargado de víveres que cazar muriéndose de hambre. Dejaron los cadáveres de veinticinco focas enterrados en el hielo de la playa y prontos para ser usados, después de lo cual se apresuraron á regresar al seno de su familia. Los perros les enseñaron el camino en cuanto Kotuko les indicó lo que deseaba que hicieran, y, aunque ninguna señal hubiera del camino que debían seguir, en dos días se hallaban ya dando voces á la entrada de la casa de Kadlu. Sólo tres perros les contestaron. En cuanto á los otros habían sido comidos, y las casas se hallaban sumidas en la obscuridad. Pero cuando Kotuko gritó: _«¡ojo!»_ (esto es _carne hervida_) algunas voces débiles le contestaron, y al llamar á los habitantes de la aldea por sus nombres, con voz bien clara, no hubo nadie que faltase.

Una hora después brillaban las lámparas en la casa de Kadlu; el agua, de nieve derretida, se calentaba sobre el fuego; hervían las cacerolas, y del techo iba goteando el hielo, mientras Amoraq cocinaba una comida para toda la aldea; el chiquitín que estaba metido en la capucha de pieles mascaba un pedazo de grasa que tenía gusto de nueces, y los cazadores iban atiborrándose metódica y pausadamente de carne de foca. Kotuko y la niña refirieron sus aventuras. Entre ellos se sentaron los dos perros, y cada vez que oían pronunciar su nombre en el relato enderezaban una oreja y parecían lo más avergonzados de sí mismos que imaginarse pueda. El perro que haya enloquecido una vez y curádose luego, queda, en opinión de los _inuit_, inmune contra posteriores ataques.

--Ya veis, pues, que la _tornaq_ no se ha olvidado de nosotros, dijo Kotuko. Sopló el vendaval, rompióse el hielo y las focas viniéronse detrás de los peces asustados por la tempestad. Ahora los nuevos agujeros que estas focas han hecho están á una distancia de aquí que no llega á dos días de viaje. Que vayan mañana los mejores cazadores y que traigan las focas que yo he muerto: veinticinco, que están enterradas en el hielo. Cuando las hayamos comido iremos todos á caza de otras.

--¿Y vosotros qué es lo que vais á hacer ahora? preguntó el hechicero á Kadlu en el tono que usaba para hablar con él, porque era el más rico de los _tununirmiut_.

Kadlu miró á la muchacha, á la hija de los países del Norte, y dijo calmosamente:

--Nosotros vamos á construir una casa.

Al decir esto señaló hacia el lado Noroeste de la suya, porque en este lado es donde suelen vivir allí el hijo ó la hija casados.

La joven levantó, entonces, las manos, vueltas las palmas hacia arriba, y sacudió ligeramente la cabeza como con aire incrédulo. Era ella una extranjera, dijo, que habían recogido hambrienta, y nada podía traer como dote á la casa.

Saltó, entonces, Amoraq del banco en que estaba sentada y comenzó á arrojar multitud de cosas en la falda de la niña: lámparas de piedra, raederas de hierro para las pieles, cafeteras de hoja de lata, pieles de reno con bordados hechos de dientes de buey almizclado, y verdaderas agujas capoteras como las que usan los marineros para coser las velas. Dote tan bueno como aquel jamás había sido entregado en los confines del Círculo Polar Ártico, y, al recibirlo, la joven del Norte inclinó la cabeza hasta tocar al suelo.

--¡También esto! dijo Kotuko riendo y señalando á los perros, que acercaron sus fríos hocicos á la cara de la niña.

--¡Ah! exclamó el _angekok_, tosiendo con aire importante, como si todo aquello lo tuviera ya él previsto. En cuanto Kotuko abandonó la aldea fuíme yo á la _Casa del Canto_ y entoné canciones de magia. Pasé las noches cantando é invoqué al espíritu del Reno. Mis cantos fueron los que hicieron soplar el vendaval que rompió el hielo, y los que atrajeron á los dos perros hacia el sitio en que se hallaba Kotuko cuando estuvo á punto de morir aplastado. Una de mis canciones fué la que hizo que la foca siguiera detrás del roto hielo. Mi cuerpo reposaba inmóvil en el _quaggi_, pero mi espíritu vagaba lejos de él y guiaba á Kotuko y á los perros en todo cuanto hicieron. Yo lo hice todo.

Como cuantos se hallaban presentes estaban ya hartos de comida y soñolientos nadie se tomó el trabajo de contradecir aquellas afirmaciones, y el _angekok_, en virtud del privilegio que le daba su oficio, se sirvió aun otro pedazo de carne hervida, y se acostó, luego, con los demás en la tibia é iluminada casa que olía á aceite.

* * * * *

Ahora bien: Kotuko, que dibujaba perfectamente á lo _inuit_, grabó ciertos cuadros, que representaban todas las anteriores aventuras, en un largo pedazo de marfil en forma de plancha y con un agujero en uno de los extremos. Cuando en compañía de la muchacha fué hacia el Norte, á la Tierra de Ellesmere, en el año llamado del _invierno maravilloso_, dejó aquel cuadro, que era como una historia, á Kadlu, el cual lo perdió entre los guijarros un verano en que se le rompió el trineo, allá en la orilla del lago Netilling, en Nikosiring, y allí lo encontró uno de los habitantes del país á la primavera siguiente, vendiéndoselo en Imigen á un hombre que era intérprete de un ballenero del Estrecho de Cumberland, y éste, á su vez, se lo vendió á Hans Olsen, que fué después contramaestre de un vapor que llevaba viajeros al Cabo Norte en Noruega. Cuando terminó la estación de moda para estos viajes el vapor dedicóse á hacer la travesía entre Londres y Australia, con escala en Ceylán, y allí Olsen vendió la plancha de marfil á un joyero cingalés por zafiros falsos. Yo la encontré, finalmente, entre un montón de cosas inútiles en una casa de Colombo, y la he ido descifrando y traduciendo aquí de cabo á rabo.

[Ilustración]

=An-gutivaun taina=

(Lo que sigue es traducción muy libre de la «Canción del Cazador que regresa», según los hombres solían cantarla después de perseguir á las focas. El _inuit_ repite siempre mil veces lo mismo).

Endurecidos por la sangre helada nuestros guantes están, y por la nieve que en montones se junta sobre el suelo nuestros trajes de pieles.

De cazar focas regresamos... focas que en los bancos de hielo vivir suelen.

_¡Au jana! ¡Aua!... ¡Oha! ¡Haq!_ Veloces pasan trineos que volar parecen, y al chasquido de látigos, los perros, ladrando, al hogar vuelven.

De cazar focas regresamos... focas que en los bancos de hielo vivir suelen.

Nosotros las seguimos paso á paso á nuestras focas que se esconden siempre, y al oir que escarbaban bajo tierra, tendidos en la nieve, las acechamos y al salir, la lanza les arrojamos, como tantas veces... así... y así... de tal manera hiriendo, matando de tal suerte.

La sangre helada nuestros guantes cubre, pésanos en los párpados la nieve... pero á la esposa y al hogar volvemos de los hielos perennes.

_¡Au jana! ¡Aua!... ¡Oha! ¡Haq!_ Cargados van los trineos que volar parecen; ya la esposa aguardando está al esposo cuando él de los perpetuos hielos vuelve.

[Ilustración]

NOTAS:

[29] Equivalen á cero del termómetro Fahrenheit, que es el que cita el autor.--N. del T.

[30] En Botánica se llama así á una planta parecida á la siempreviva.--N. del T.

[31] El autor se refiere al termómetro Fahrenheit.--N. del T.

[Ilustración]

LOS PERROS JAROS

¡Por nuestras claras, deliciosas noches en que libres corremos y cazamos! ¡Por el aroma matinal del aire que humedece el rocío, no secado!

¡Por el placer de perseguir las piezas que locas huyen con terror incauto! ¡Por los gritos de nuestros compañeros que al vencido _sambhur_ tienen cercado!

¡Por los dulces peligros de la noche! ¡Por el dormir de día, dulce y grato, allá á la entrada del cubil! ¡Por todo, guerra á muerte juramos!

No empezó para Mowgli la parte más agradable de su vida hasta después de la invasión verificada por la Selva. Tranquila su conciencia por considerar que había pagado sus deudas, y amigo de cuantos en la Selva vivían, era mirado por todos con un poco de temor. Lo que hizo, vió y oyó vagando solo ó con sus cuatro compañeros bastaría para escribir innumerables cuentos, cada uno de ellos tan largo como el presente. Así, pues, dejaré de referiros su encuentro con el Elefante Loco de Mandla, que mató veintidós bueyes que conducían once carros llenos de plata acuñada, perteneciente al Tesoro nacional, y esparció por el polvo las brillantes rupias; su lucha con Jacala, el cocodrilo, durante toda una noche, en los Pantanos del Norte, y cómo rompió su cuchillo de desollador en las placas de la espalda del animal; cómo halló otro cuchillo nuevo que llevaba pendiente del cuello un hombre que había sido muerto por un oso, tras de lo cual siguió él las huellas de éste y lo mató para que fuera el justo precio pagado por el cuchillo; cómo quedó cogido una vez, durante la época llamada de la Gran Hambre, entre los rebaños de ciervos que emigraban, y fué casi aplastado por ellos; cómo salvó á Hathi, el Silencioso, del peligro de caer por segunda vez en una trampa de las que tienen un palo afilado en el fondo, y cómo, al día siguiente, cayó él mismo en otra de las que sirven para leopardos, rompiendo entonces Hathi las gruesas barras de madera que la formaban; finalmente, cómo pudo ordeñar las hembras de los búfalos salvajes en los terrenos pantanosos, y cómo... Pero no pueden contarse varios cuentos á la vez y hay que limitarse á uno.

Murieron Papá Lobo y Mamá Loba, colocando entonces Mowgli una gran piedra contra la boca de la cueva y entonando allí, entre sollozos, la Canción de la Muerte; Baloo era ya muy viejo y apenas podía moverse, y hasta Bagheera, que tenía nervios de acero y férreos músculos, comenzaba ya á mostrar menos agilidad cuando se trataba de matar alguna pieza. Con los años, de gris que era, volvióse Akela blanco como la leche, con las costillas salientes, caminando como si su cuerpo fuera de madera, y Mowgli tenía que cazar para él. Pero los lobos jóvenes, los hijos de la deshecha manada de Seeonee, crecían y se multiplicaban, y cuando llegaron á ser unos cuarenta, de cinco años, sin amo, con excelentes pulmones y ligeros pies, Akela les dijo que debían juntarse, obedecer la Ley, y estar bajo la dirección de uno, como correspondía á los del Pueblo Libre.

No se metió Mowgli en este asunto, porque, como él dijo, ya sabía lo que eran frutas agrias y en qué árboles se cogían; pero cuando Fao, hijo de Faona (cuyo padre era el que indicaba las pistas en los tiempos de la jefatura de Akela) ganó en buena lid el derecho de dirigir la manada, de acuerdo con la Ley de la Selva, y cuando, á la luz de las estrellas, resonaron una vez más los antiguos gritos y canciones, Mowgli volvió á asistir al Consejo de la Peña, como en memoria de tiempos que pasaron. Si se le antojaba hablar, la manada aguardaba hasta que hubiera terminado, y se sentaba en la peña al lado de Akela, más arriba del sitio ocupado por Fao. Eran, aquéllos, días en que se cazaba bien y se dormía mejor. Ningún forastero se atrevía á entrar en las selvas que pertenecían al _pueblo_ de Mowgli, como llamaban á la manada; los lobos más jóvenes crecían más fuertes y gordos, y abundaban los lobatos que había que llevar á la Peña para que los inspeccionaran. Iba siempre Mowgli á estas reuniones, acordándose de aquella noche en que una pantera negra compró á la manada la vida de un chiquillo moreno y desnudo, y al prolongado grito de: «Mirad, mirad bien, lobos», latía con fuerza su corazón. Otras veces se alejaba, internándose en la Selva con los que él consideraba como sus cuatro hermanos, probando, tocando y viendo toda clase de cosas nuevas.