El libro de las tierras vírgenes
Part 28
Pero un invierno, que fué terrible, pareció que todo se conjuraba contra ellos. Volvieron los _tununirmiut_ de su pesca anual del salmón, y construyeron sus casas sobre los primeros hielos, al Norte de la Isla de Bylot, preparándose á salir en persecución de las focas en cuanto el mar estuviera helado. Pero el otoño, que había venido pronto, fué malísimo. Durante todo el mes de Septiembre reinaron continuos vendabales que rompieron la lisa superficie del hielo, que buscan las focas, cuando no tenía más que un metro ó metro y medio de espesor, y, lanzándolo hacia tierra, lo amontonaron formando una gran barrera de unas cinco leguas de ancho, llena de pedazos, y tiras, y carámbanos de hielo que hacían imposible el pasar por allí con trineos. El borde del banco flotante desde el cual las focas salían para apoderarse de los peces en invierno quedaba, tal vez, á otras cinco leguas de distancia al otro lado de la barrera, y fuera del alcance de los _tununirmiut_. Así y todo, tal vez hubieran podido arreglarse para pasar el invierno con su provisión de salmón helado y de grasa en conserva, ayudándose con lo que las trampas que ponían les proporcionaban; pero en Diciembre uno de sus cazadores tropezó con una _tupik_ (una tienda hecha con pieles) en que halló casi muertas á tres mujeres y á una niña que habían venido acompañando á los hombres de su familia desde lo más remoto del Norte, viendo como aquéllos morían aplastados en sus botes de pieles, pequeños y construídos expresamente para la caza, mientras iban en persecución del narval de único y largo cuerno. Kadlu, por supuesto, no tuvo más remedio que distribuir las mujeres entre las chozas de aquella aldea de invierno, porque nunca un _inuit_ se niega á partir su comida con un extranjero: no sabe cuando le llegará á él el turno de tener que aceptarla. Amoraq quedóse con la niña, que tenía unos catorce años, en su casa, haciendo de ella una especie de criada. Juzgando por el corte de su puntiaguda capucha y por los dibujos en forma de diamante prolongado que tenían sus blancas polainas de piel de reno, supusieron que era originaria de la Tierra de Ellesmere. Jamás había visto cacerolas de metal ó trineos en que se usara la madera para cortar el hielo; pero á Kotuko, el muchacho, y á Kotuko, el perro, les cayó en gracia y le tenían bastante cariño.
Luego, todas las zorras fuéronse hacia el Sur, y hasta el volverena, el gruñón y obtuso ladronzuelo de las nieves, no quiso tomarse la molestia de pasar por la hilera de trampas que Kotuko puso. La tribu perdió un par de sus mejores cazadores que quedaron grandemente lastimados en una lucha con un buey almizclado, y esto acumuló más trabajo sobre los restantes. Kotuko salió uno y otro día con un trineo ligero y seis ó siete de los perros más fuertes, mirando por todas partes hasta dolerle los ojos para ver si podía descubrir alguna extensión de hielo limpio y claro en la cual alguna foca hubiera abierto por casualidad uno de sus agujeros para respirar. Kotuko, el perro, vagaba libremente por todos lados, y, en medio de la mortal quietud de los hielos, Kotuko, el muchacho, oía su sordo y nervioso gemido sobre algún agujero de aquéllos, situado á más de media legua de distancia, tan claramente como si estuviera á su lado. Cuando el perro hallaba una de las tales aberturas en el hielo solía el muchacho construirse un corto y bajo muro de nieve para resguardarse algo del fuerte viento, y allí esperaba diez, doce, veinte horas si era preciso, hasta que la foca saliera á respirar, pegados materialmente los ojos á la diminuta señal que él había hecho sobre el agujero para guiar la puntería cuando arrojara el arpón, y colocada bajo los pies una alfombrita de piel de foca, mientras tenía las piernas atadas con el _tutareang_ (la hebilla de que hablaban los antiguos cazadores). Sirve ésta para evitar que se le encojan las piernas al hombre que se pasa horas y horas esperando á que se asomen las focas, de oído finísimo. Aunque el trabajo no exige esfuerzo, fácilmente se comprende que el estar sentado completamente inmóvil y metido en la hebilla, con el termómetro tal vez á cuarenta grados bajo cero[31], es la ocupación más pesada de cuantas conoce un _inuit_. Cuando se cogía una foca Kotuko, el perro, se lanzaba hacia adelante, con la correa arrastrando detrás de él, y ayudaba á arrastrar el cuerpo hasta el trineo, en el cual los otros perros, cansados y hambrientos, se tendían con aire sombrío al abrigo de los rotos pedazos del hielo.
Una foca no era comida que pudiera durar mucho tiempo, porque cada boca en la aldehuela tenía derecho á que le dieran su porción, y ni huesos, ni piel, ni tendones se desperdiciaban. La carne destinada á los perros se empleaba como alimento humano, y á aquéllos Amoraq les hacía comer pedazos viejos de las tiendas de pieles usadas en verano y arrancados del banco que servía para dormir, con lo cual aullaban y aullaban continuamente los animales, despertándose de noche para aullar de nuevo, siempre hambrientos. Con sólo ver las lámparas de esteatita en las chozas no era difícil adivinar que el hambre se acercaba. En las buenas épocas, cuando la grasa era abundante, la luz de las lámparas en forma de bote tenía más de medio metro de alto, elevándose alegre, como untuosa, amarilla. Ahora apenas si medía unas seis pulgadas, pues Amoraq bajaba cuidadosamente la mecha de musgo cuando alguna llamarada se elevaba más de lo debido por un momento, y en esta operación seguían atentamente su mano los ojos de toda la familia. Lo más horroroso del hambre allá en aquellos grandes fríos no es tanto la muerte considerada en sí misma como el morir en medio de la obscuridad. Todo _inuit_ teme grandemente á esta última, que pesa sobre él, sin cesar, durante seis meses del año, y cuando las lámparas están bajas en las casas, la inteligencia de las personas comienza á estar algo turbada y confusa.
Pero peores cosas habían de suceder aún.
Los mal alimentados perros mordían y gruñían en los corredores, lanzando furiosas miradas á las frías é indiferentes estrellas y husmeando hacia el lado de donde soplaba el viento una y otra noche. Cuando el aullar paraba, el silencio descendía nuevamente tan sólido y pesado como una masa de nieve que la tormenta arroja contra una puerta, y los hombres oían entonces el latir de las venas en los estrechos conductos de la oreja y el golpear de sus propios corazones, que resonaba como el ruido del tambor que los hechiceros tocan sobre la nieve. Una noche Kotuko, el perro, que había estado de un malhumor poco frecuente al llevar los arreos, saltó de pronto y apretó la cabeza contra la rodilla de Kotuko. Acariciólo éste, pero el perro siguió apretando ciegamente hacia delante y muy manso. Entonces despertóse Kadlu, cogióle la pesada cabeza, parecida á la de un lobo, y le clavó los ojos en los suyos, vidriosos. El perro gimió y se puso á temblar entre las rodillas de Kadlu. Erizósele el pelo en torno al cuello y gruñó como si algún forastero acabara de llegar á la puerta de la casa, después de lo cual ladró alegremente, arrastróse por el suelo y comenzó á morderle una bota á Kotuko como suelen hacer los cachorros.
--¿Qué le ocurre? preguntó Kotuko, que comenzaba ya á sentir miedo.
--Tiene la enfermedad, contestó Kadlu: la enfermedad de los perros.
Kotuko, el perro, levantó entonces el hocico y púsose á aullar.
--Nunca había visto esto. ¿Y qué hará ahora? dijo Kotuko.
Encogió un hombro Kadlu y atravesó la choza en busca de su arpón más corto y afilado. El enorme perro le miró, volvió á aullar, y se deslizó por el corredor hacia afuera, mientras sus otros compañeros se retiraban á derecha é izquierda para abrirle ancho paso. Al hallarse fuera, sobre la nieve, ladró furiosamente, como si le siguiera el rastro á algún buey almizclado, y ladrando, dando saltos y haciendo cabriolas, desapareció. Lo que tenía no era hidrofobia, sino sencillamente locura. El frío, el hambre, y sobre todo la obscuridad, le habían atacado al cerebro, y cuando esa terrible enfermedad de los perros aparece entre los que constituyen el tiro de un trineo se propaga como el fuego. Al siguiente día de caza otro perro enfermó y fué muerto en seguida por Kotuko al ver que mordía y forcejeaba entre los arreos. Luego el perro negro que hacía de segundo, y que había sido el que dirigía antiguamente, de pronto comenzó á ladrar como siguiendo la pista de un reno imaginario, y cuando lo hubieron soltado del _pitu_ se lanzó contra un gran montón de hielo, huyendo á poco como había hecho el que dirigía el tiro, con los arreos colgando. Después de esto nadie quiso ya volver á salir con los perros. Necesitábanlos para algo más, y bien lo comprendían ellos, por lo que, aunque estuvieran atados y recibieran los alimentos de mano de sus dueños, en los ojos se les veía la desesperación y el miedo de que estaban poseídos. Para acabar de empeorar las cosas, comenzaron las viejas á contar cuentos de aparecidos y á decir que ellas habían visto los espíritus de los cazadores que desaparecieron durante aquel otoño, los cuales les habían profetizado horribles sucesos.
Sintió Kotuko más que nada la pérdida de su perro, porque aunque un _inuit_ coma enormemente, también cuando conviene, sabe ayunar. Pero el hambre, la obscuridad, el frío y las intemperies fueron minando su naturaleza, y empezó á oir voces interiores en su cerebro y á ver gente que no tenía delante, que estaba fuera del alcance de sus miradas. Una noche (en que acababa de quitarse la _hebilla_, después de diez horas de estar esperando sobre uno de los agujeros de focas llamados _ciegos_, y se encaminaba á la aldea con paso vacilante, muy débil, desvanecido casi) paróse para apoyarse de espaldas contra una peña que daba la casualidad de estar sostenida, como las rocas que se balancean, sobre un solo punto saliente del hielo. Su peso destruyó el equilibrio gracias al cual se sostenía la peña, ésta cayó rodando pesadamente, y, mientras Kotuko saltaba hacia un lado para evitar que le tocara, resbaló en dirección de él, con un chirrido y silbando, luego, por el hielo, en forma de talud.
Con esto le bastó á Kotuko. Había sido educado en la creencia de que cada roca ó peña tenía su dueño (su _inua_) que era, generalmente, una cosa parecida á una mujer y con un solo ojo, la cual recibía el nombre de _tornaq_, y cuando una _tornaq_ quería ayudar á un hombre rodaba tras de él dentro de su casa de piedra y le preguntaba si quería tomarla como á su espíritu protector. (En los deshielos del verano las rocas y peñas que el hielo sostiene ruedan y resbalan por toda la superficie del terreno, por lo cual no es difícil comprender cómo nació la idea de piedras que viven). Kotuko sintió que la sangre le latía en las orejas, cosa que había sentido ya durante todo el día, y pensó que aquello era la _tornaq_ de la piedra, que le estaba hablando. Aún antes de llegar á su casa estaba ya convencido por completo de que había sostenido con aquélla una larga conversación, y, como todos los suyos creían en la posibilidad de que tal cosa ocurriera, nadie le llevó la contraria.
--Díjome: «me lanzo, me lanzo desde el sitio que ocupaba en la nieve» repetía Kotuko con los ojos hundidos é inclinándose hacia delante en la mal alumbrada choza. Dijo: «yo seré tu guía, yo te conduciré á los mejores agujeros de los que hacen las focas». Mañana salgo de caza, y la _tornaq_ me guiará.
Luego vino el _angekok_, el hechicero de la aldea, y Kotuko refirió el mismo cuento por segunda vez. No perdió en lo más mínimo al ser repetido.
--Sigue á los _tornait_ (los espíritus de las piedras) y ellos volverán á darte comida, dijo el _angekok_.
Ahora bien: la muchacha, procedente del Norte, que había sido recogida en la casa, solía estar echada junto á la lámpara, comiendo poco y hablando menos durante días enteros; pero cuando Amoraq y Kadlu, á la mañana siguiente, comenzaron á cargar y á atar un pequeño trineo de mano para Kotuko con todos los útiles de caza y cuanta grasa y carne de foca helada les fué posible, ella cogió la cuerda que servía para arrastrar el vehículo y se colocó valientemente al lado del muchacho.
--Vuestra casa es la mía, dijo, mientras el trineo chirriaba vacilante al deslizarse detrás de ellos en la terrible noche ártica.
--Mi casa es tu casa, dijo Kotuko, pero yo creo que á donde iremos ahora nosotros dos será á Sedna.
Sedna es la Señora del _mundo inferior_, y todo _inuit_ cree que cada persona que muere ha de pasar un año en el horrible país de aquélla antes de ir á Quadliparmiut, el _lugar de la felicidad_, donde no se conoce el hielo y donde los gordos renos se acercan á uno en cuanto les llama.
Allá en la aldea oíase á la gente gritar:
--Los _tornait_ han hablado á Kotuko... Le enseñarán el hielo libre... Volverá trayéndonos focas...
Las voces se perdieron pronto en la fría é inmensa obscuridad, mientras Kotuko y la niña se acercaban, hombro contra hombro, al tirar de la cuerda ó al empujar el trineo por el hielo en dirección del mar Polar. Kotuko se empeñó en que la _tornaq_ de la piedra le había dicho que fuera hacia el Norte, y hacia el Norte fueron, caminando bajo la constelación de _Tuktuqdjung_, el Reno, ó sea, lo que nosotros llamamos la Osa Mayor.
Ningún europeo hubiera sido capaz de caminar más de una legua cada día sobre pedazos pequeños de hielo y sobre montones de afiladas aristas; pero aquella pareja conocía con toda exactitud el movimiento especial de muñeca que obliga á un trineo á dar la vuelta en torno de una de esas aglomeraciones de hielo; el tirón repentino que casi lo levanta sobre una quebradura de la superficie; la cantidad de esfuerzo que requieren los pocos y mesurados arponazos que abren un camino cuando toda esperanza de hallarlo parece ya perdida.
La muchacha no decía una palabra, pero bajaba la cabeza, y la orla de piel de volverena que adornaba su capucha de armiño caía sobre su cara ancha y obscura. El cielo se extendía sobre la pareja, negro, con negrura intensa y aterciopelada, que se transformaba en el horizonte en tiras de color rojo, y sobre el negro fondo brillaban grandes estrellas como si fueran faroles. De cuando en cuando, una oleada de luz verdosa de la aurora boreal se deslizaba por las profundidades del alto cielo, ondeaba como una bandera y desaparecía, ó bien algún meteoro estallaba hundiéndose en las tinieblas y esparciendo tras de él lluvia de chispas. Entonces veían la ondulada superficie de los flotantes hielos del mar con ribetes y adornos de extraños colores: rojos, cobrizos y azulados; pero á la ordinaria luz de las estrellas todo adquiría un color gris mortecino. Ya recordaréis que los hielos del mar habían sido sacudidos y aglomerados por los vientos del otoño, y, gracias á ellos, parecía que hubiera pasado por allí un temblor de tierra helándose, después, todo.
Veíanse canales, barrancos y hoyos semejantes á cascajares abiertos en el hielo; pedazos más ó menos grandes de éste que se habían quedado sobre la primitiva superficie total; otros negros comparables á pústulas, que habían sido arrojados bajo la gran masa de hielos flotantes por algún vendabal y vueltos á levantar después; verdaderas piñas de hielo de forma redondeada; crestas como dientes de sierra, que habían sido hechas por la nieve que va volando delante del viento; y, en fin, verdaderos pozos de hundidas paredes en los cuales, lo menos en una extensión de hectárea ó hectárea y media, el nivel del suelo estaba mucho más bajo que en el resto del terreno. Á cierta distancia bien podían tomarse los pedazos de hielo por focas ó morsas, por trineos puestos boca abajo, ó por hombres ocupados en una expedición de caza, y aun podía imaginarse que eran el mismísimo gran fantasma blanco del Oso de diez patas; pero á pesar de todas esas formas fantásticas, que se dijera que estaban á punto de adquirir vida, no se oía un solo ruido, ni siquiera el eco levísimo de lejano rumor. Y á través de este silencio y de esta soledad, donde repentinas luces se agitaban y desaparecían nuevamente, el trineo y los dos que lo empujaban iban arrastrándose como visiones de una pesadilla... una pesadilla sobre cosas del fin del mundo, que precisamente en el fin del mundo ocurría.
Cuando la pareja se sentía cansada Kotuko construía lo que los cazadores llaman una _media casa_, una pequeñísima choza hecha de nieve, en la cual se metían, muy apretados uno contra otro, con la lámpara de viaje, é intentaban deshelar la carne de foca que llevaban. Una vez habían dormido comenzaban nuevamente la marcha... para andar unas siete leguas diarias y no acercarse al Norte más que dos leguas y media. La muchacha iba siempre silenciosa, pero Kotuko hablaba sólo algunas veces y prorrumpía, á lo mejor, en canciones que había aprendido en la _Casa de Canto_ (canciones sobre el verano, los renos y el salmón), todas ellas de horrible inoportunidad en aquella estación. Decía que había oido á la _tornaq_ hablándole malhumorada, y corría furioso contra un montón de hielo, retorciéndose los brazos y hablando á gritos y en tono amenazador. Á decir verdad Kotuko estaba casi loco en aquella época; pero la muchacha se hallaba completamente segura de que un espíritu que lo guardaba le servía entonces de guía y de que todo iba á terminar felizmente. No sintió, pues, la menor sorpresa cuando al fin de la cuarta jornada Kotuko, cuyos ojos brillaban como dos bolas de fuego, le dijo que su _tornaq_ los seguía á través de la nieve, en forma de un perro con dos cabezas. Miró la niña hacia el sitio que le señalaba Kotuko, y algo parecióle ver que se deslizaba hacia un barranco. La aparición no revestía, ciertamente, humana forma, pero bien sabían todos que los _tornait_ preferían adoptar la apariencia de osos, focas, y otros animales.
[Ilustración]
Podía ser aquello el mismo fantasma blanco del Oso de las diez patas, ó cualquiera otra cosa, porque Kotuko y su compañera estaban tan hambrientos que no se podía ya prestar fe á lo que decían ver. Nada habían cazado con las trampas que ponían, ni descubrieron rastro alguno de caza desde que abandonaron la aldea; además, su escasa comida apenas si les duraría otra semana, y una nueva borrasca se les venía encima. Una tempestad en el Polo puede durar diez días sin interrupción, y en todo este tiempo es segura la muerte para aquél á quien coja fuera de casa. Kotuko construyó una casa de nieve de tamaño suficiente para contener el trineo de mano (porque nunca debe separarse uno de su comida), y, mientras estaba dando forma regular al pedazo de hielo que sirve de clave de la bóveda, vió _algo_ que le estaba mirando desde un abrupto montón de hielo, á unos ochocientos metros de distancia. El aire era pesado, como neblina, y aquella cosa fantástica parecía tener doce metros de ancho por tres de alto, con seis metros de cola y una forma indecisa, de contornos indefinidos, temblorosos. La muchacha vióla también, pero en vez de ponerse á gritar aterrorizada, dijo en voz baja:
--Esto es Quiquern. ¿Qué es lo que ocurrirá después?
--Que me hablará, dijo Kotuko.
Pero el cuchillo con que cortaba el hielo tembló en su mano mientras esto decía, porque, por mucho que un hombre crea que tiene amistad con raros y feos espíritus, pocas veces gusta de que sus palabras parezcan resultar verdad. Además, Quiquern es el fantasma de un perro gigantesco, sin dientes ni pelo, que se supone que vive en el lejano Norte, y que vaga por el país aquél precisamente poco antes de que algo ocurra. Lo mismo puede ser esto anuncio de cosas agradables que de desagradables, pero ni á los hechiceros les gusta hablar de Quiquern. Él es quien da á los perros la locura. Como el Oso-Fantasma, tiene muchas patas (seis ú ocho pares) y lo que es aquella cosa fantástica que se movía en la neblina tenía, también, muchas más patas de las que necesita ningún perro de carne y hueso. Kotuko y la niña corrieron á refugiarse en su choza apretándose uno contra otro. Por supuesto que si Quiquern les hubiera necesitado para algo no habría dejado de hacer que el techo se hundiera sobre su cabeza; pero el saber que entre ellos y la malvada obscuridad se interponía un muro de nieve de palmo y medio de grueso les servía de consuelo.
La tempestad estalló al fin con ruido estridente del viento, parecido al de un tren, y durante tres días y tres noches continuó sin variar ni un momento, sin atenuarse en lo más mínimo ni por un minuto. La pareja fué cuidando de mantener encendida la lámpara que sostenía entre las rodillas, mascullando tibios pedacitos de carne de foca, y mirando cómo el negro hollín se acumulaba en el techo durante setenta y dos interminables horas. La muchacha hizo el recuento de la comida que les quedaba aún en el trineo: no había más que para dos días. Kotuko examinó las puntas de hierro y las ataduras, hechas de tendones de reno, de su arpón, de su lanza especial para focas y de su dardo para cazar pájaros. Nada más podía hacer.
--Pronto iremos á Sedna... muy pronto, murmuró la niña. De aquí á tres días no nos quedará más que echarnos... y partir. ¿No hará algo por nosotros tu _tornaq_? Cántale una canción de _angekok_ para hacerla venir.
Comenzó el muchacho á cantar en el tono altísimo de aullido que suelen tener las canciones mágicas, y al propio tiempo la furia de la tormenta empezó á ceder. En mitad de la canción estremecióse la niña, y en seguida colocó, sobre el hielo que formaba el piso de la choza, primero la mano, que cubría un mitón, y luego la cabeza. Siguió Kotuko su ejemplo, y los dos se arrodillaron, fija la mirada del uno en la del otro y escuchando con toda la tensión nerviosa de que eran capaces. Después arrancó él una delgada tira de ballena de un lazo para cazar pájaros, que tenía en el trineo, y, enderezándola la colocó derecha en un agujerito que hizo en el hielo, afirmándola con su mitón. Quedó casi tan delicadamente ajustada como la aguja de una brújula, y, una vez hecho esto, en lugar de seguir la pareja escuchando, miró atentamente. La delgada varilla tembló un poco... vibró de modo casi imperceptible; después la vibración se hizo ya más firme durante algunos segundos... desapareció... y, al fin, volvió á aparecer, pero esta vez señalando hacia otro punto de aquella especie de brújula.
--¡Demasiado pronto! exclamó Kotuko. Alguna gran porción de hielo flotante se ha roto, lejos, allá fuera.
La muchacha señaló hacia la varilla y sacudió la cabeza.
--Es que se rompe todo, dijo. Escucha el ruido en el suelo. Suenan golpes.
Al arrodillarse esta vez oyeron extrañísimos y sordos rumores, como frecuente golpear que resonara bajo sus mismos pies. Parecía ora que algún cachorrillo chillaba colocado sobre la luz de la lámpara; ya que alguien afilaba una piedra sobre el duro hielo; ora que tocaban un tambor cubierto con algo; pero todos esos rumores sonaban como muy prolongados y disminuidos, como si vibraran, pasando á través de un cuerno muy pequeño, durante larga y fatigosa distancia.
--No iremos á Sedna echados, dijo Kotuko. Esto es el deshielo. La _tornaq_ nos ha engañado. Vamos á morir.
Todo esto podrá parecer absurdo, pero ello es que la pareja se hallaba frente á un peligro muy real. Los tres días de viento habían barrido hacia el Sur el agua de la bahía de Baffin amontonándola contra el extremo de la gran extensión de hielo que iba desde la isla de Bylot hacia el Oeste. Además, la fuerte corriente que va hacia el Este desde el Estrecho de Lancaster llevaba durante algunas millas lo que llaman _hielo en pacas_ (hielo tosco y áspero que no se ha convertido aún en llana superficie), y estas _pacas_ caían como bombas sobre la masa de hielos flotantes, al mismo tiempo que el flujo y reflujo del tempestuoso mar la minaba y la iba haciendo cada vez más débil. Lo que Kotuko y la niña habían oído eran los ecos lejanos de aquella lucha que se verificaba á ocho ó diez leguas de distancia, y la indiscreta varilla se estremecía al choque de aquel continuo batallar.