El libro de las tierras vírgenes
Part 23
--Sí, la envidia del río..., repitió el chacal elevando la voz. Hasta él mismo opina, sin duda, que desde que se construyó el puente es más escasa la buena comida. Pero, por otra parte, aunque no quisiera yo decirle esto en su propia y nobilísima cara, es él tan sabio y virtuoso... como poco... ¡ay! tengo yo de ambas cosas...
--Cuando el chacal confiesa que es gris muy negro debe de ser, murmuró la grulla, á la cual no se le alcanzaba, entonces, lo que iba á suceder.
--Que no le falte nunca la comida á él, y, como consecuencia...
Oyóse un ruido sordo de algo que rozaba, como si un bote acabara de tocar en sitio donde el agua fuera poco profunda. Volvióse en redondo el chacal y se encaró (al fin más vale siempre hacerlo así), con el animal de quien había estado hablando en aquellos momentos. Era un cocodrilo de más de siete metros de largo, encerrado en lo que bien podía compararse á una plancha de caldera de triples remaches, claveteada, carenada y adornada luego con una especie de cresta; con unos dientes amarillos cuyas puntas colgaban desde la mandíbula superior, pasando sobre la inferior, hermosamente terminada en una especie de pico de flauta. Era el achatado _Mugger_, ó _bocón_, de la aldea de _Mugger-Ghaut_, más viejo que ninguno de los aldeanos, que había dado su nombre al lugar, y algo como el diablo de aquel río, en su parte vadeable, antes de que se construyera el puente del ferrocarril: un asesino, un devorador de carne humana, y un fetiche local, todo en una pieza. Quedóse tendido, con la barba en la orilla del agua, conservándose en esta posición gracias á una casi invisible ondulación de la cola, y bien sabía el chacal que bastaría un solo golpe de esta última, dado en el agua, para que el _Mugger_ se elevara por la orilla con la velocidad de una máquina de vapor.
--¡Feliz encuentro, protector de los pobres!, dijo con servil adulación, retrocediendo un poco á cada palabra. Oimos una voz deliciosa y nos acercamos con la esperanza de un poco de conversación agradable. Mi presunción desmesurada me indujo, mientras esperábamos, á hablar de vos. Espero que nada se habrá oído por casualidad.
Ahora bien, el chacal había hablado precisamente para que le oyeran, porque sabía que la adulación era el mejor medio de procurarse algo para comer; y el _Mugger_ sabía que únicamente con tal fin había hablado el chacal; y el chacal no ignoraba que el _Mugger_ lo supiera; y éste sabía que el chacal estaba seguro de que lo sabía él; pero, á pesar de ello, quedábanse todos tan contentos.
El viejísimo animal adelantóse, jadeando y gruñendo, sobre la orilla, mientras farfullaba sus acostumbradas palabras:
--¡Respetad á los viejos y achacosos!
Durante todo este tiempo sus ojillos brillaban como brasas bajo los pesados, córneos párpados, encima mismo de su triangular cabeza, al paso que iba arrastrando el cuerpo, hinchado como un barril, entre sus patas ganchosas. Al fin, se paró, y acostumbrado y todo, como estaba el chacal, á sus maneras, no pudo evitar un estremecimiento, que experimentaba ya por centésima vez, cuando vió cuan exactamente se parecía el _Mugger_ á un leño arrojado junto á la orilla del río. Hasta había tenido el cuidado de tenderse formando, precisamente, con el agua el mismo ángulo que, al encallar naturalmente, formaría un madero, teniendo en cuenta cómo era la corriente en aquella época y lugar. Todo esto no era, por supuesto, más que cuestión de hábito, porque el _Mugger_ había venido á tierra únicamente por gusto; pero nunca un cocodrilo está bastante harto, y si el chacal hubiera llegado á equivocarse, tomándolo por lo que parecía y no por lo que era, no habría quedado con vida para seguir filosofando sobre este asunto.
--Hijo mío, no he oído nada, dijo el _Mugger_ cerrando un ojo. Nada podía oir, porque el agua me lo impedía, y, por otra parte, el hambre me tenía desfallecido. Desde que se construyó el puente del ferrocarril la gente de mi aldea ha dejado ya de quererme, y esto me tiene con el corazón traspasado de dolor.
--¡Qué vergüenza! dijo el chacal. ¡Un corazón tan noble como el vuestro! Pero los hombres son todos parecidos, por lo que á mí se me alcanza.
--Nada de eso. Hay entre ellos muy grandes diferencias, por cierto, contestó el _Mugger_ con dulzura. Unos son flacos como bicheros de bote; otros, gordos como cachorros de chac... digo, de perro. Jamás quisiera yo hablar mal de los hombres sin motivo para ello. Los hay de muy diversas clases; pero los años me han demostrado que, en general, son muy buenos. Ni en los hombres, ni en las mujeres, ni en los niños, hallo yo nada que reprochar. Y acuérdate, hijo mío, de que aquel que desprecia al mundo será despreciado por él.
--La adulación es peor que una lata vacía en el estómago; pero la verdad es que lo que acabo de oir no es más que sabiduría pura, dijo la grulla, bajando una de sus patas.
--Considerad, sin embargo, lo ingratos que son con quien es tan bondadoso, comenzó á decir el chacal muy tiernamente.
--¡No, no, no son ingratos! contestó el _Mugger_. Es que no piensan en los demás: no otra cosa. Pero yo he notado, estando fijo en mi puesto allá por debajo del vado, que las escaleras del puente nuevo son tan difíciles de subir que es una crueldad el obligar á pasar por ellas á los ancianos y á los niños. Los primeros no son, en realidad, tan dignos de consideración; pero los que á mí me apenan (me apenan verdaderamente), son los niños que están gordos. Sin embargo, paréceme que, á no tardar, cuando haya pasado ya la novedad ésa del puente, veremos á mis gentes chapoteando por el agua del vado como antes, valerosamente, desnuda la morena pierna. Entonces el viejo _Mugger_ se verá honrado otra vez.
--Pero yo estoy seguro de haber visto guirnaldas de caléndulas flotando en el borde del _Ghaut_ esta misma tarde, dijo la grulla.
Las guirnaldas de caléndulas son una muestra de veneración en toda la India.
--Error... error. Era la mujer del vendedor de confituras. Va perdiendo la vista cada año más, y no es capaz ya de distinguir entre un madero y yo... el _Mugger_ del _Ghaut_. Ya ví la equivocación cuando arrojó la guirnalda, porque estaba echado al pie mismo del _Ghaut_, y, si llega á dar un paso más, le hubiera demostrado que había un poco de diferencia entre lo que á ella le parecía igual. Mas, en fin, la intención era buena y hay que considerar el espíritu de la ofrenda y no otra cosa.
--¿De qué sirven las guirnaldas de caléndulas cuando está uno ya en el estercolero? dijo el chacal dedicándose á cogerse las pulgas; pero no quitando ojo, con cierto aburrimiento, de su Protector de los pobres.
--Cierto, pero no han empezado aún á hacer el estercolero al cual he de ir á parar yo. Cinco veces he visto el río retroceder desde la aldea y dejar al descubierto nueva tierra, al pie de la calle. Cinco veces he visto reedificar la aldea sobre las orillas, y la veré reedificar aun cinco veces más. No soy yo un inconstante gavial[22], que se dedica á coger peces, hoy en Kasi y mañana en Prayag, como dice el proverbio, sino el verdadero y continuo vigilante del vado. Por algo, muchacho, por algo lleva mi nombre la aldea, y «quien mucho vigila», como suele decirse, «obtendrá, al fin, su galardón».
--Mucho he vigilado yo... mucho... casi toda mi vida, y el premio que he recibido son mordiscos y cardenales, dijo el chacal.
--¡Ja, ja, ja! contestó soltando la carcajada la grulla.
Nació el chacal en Agosto y en Septiembre son las lluvias... ¡y él dice que _no recuerda_ ver llover como hoy diluvia!
Tiene la grulla ayudante una particularidad muy desagradable. En épocas que se reproducen con irregularidad sufre de agudos ataques de hormigueos ó calambres en las piernas, y aunque tenga la virtud de la resistencia en mayor grado que cualquiera de las otras clases de grullas, que, sin embargo, muestran siempre un aire de inmensa impasibilidad, se echa á revolotear en salvajes danzas guerreras bailadas en su especie de zancos torcidos, abriendo á medias las alas y moviendo de arriba abajo su cabeza calva; y mientras esto hace, por motivos que ella sabrá, sin duda, cuida grandemente de que sus más fuertes ataques vayan acompañados de sus más acerbas críticas. Al terminar la última palabra de su cantar cuadróse de nuevo muy tiesa, diez veces más digna que nunca del nombre de _ayudante_, que llevaba.
El chacal retrocedió acobardado, aunque había visto ya sucederse en su vida tres estaciones del año; pero no puede uno darse fácilmente por ofendido y contestar á un insulto cuando proviene éste de quien posee un pico de un metro de largo y el poder de clavarlo como una jabalina. La grulla se distinguía por lo cobarde; pero el chacal era aun peor que ella.
--Hay que vivir para aprender, dijo el _Mugger_, y bien puede afirmarse lo siguiente: los chacales pequeños abundan mucho; pero un _bocón_ como yo es raro. Á pesar de ello no soy yo orgulloso, porque el orgullo conduce á la propia perdición; mas, fíjate bien, eso es cosa del Hado, y contra el Hado ni uno solo de los que nadan, caminan ó corren debiera decir palabra. Yo estoy contento del Hado. Con buena suerte, buen ojo y la costumbre de asegurarse de que está libre la salida antes de que te metas en alguna cala ó remanso, mucho puede hacerse.
--Oí decir una vez que hasta el Protector de los pobres se equivocó, dijo el chacal, maliciosamente.
--Cierto, pero hasta entonces vino el Hado en mi ayuda. Era antes de que hubiera adquirido todo mi desarrollo... tres hambres antes de la última que ha habido. (¡Por la margen derecha é izquierda del Ganges que la corriente de los ríos era enorme en aquellos tiempos!) Pues sí, era yo joven y atolondrado, y al venir la inundación que hubo ¿quién más contento que yo? Con poca cosa me bastaba entonces para considerarme muy dichoso. La aldea estaba completamente inundada, y yo nadé por encima del _Ghaut_ yéndome tierra adentro, hasta llegar á los campos de arroz, que encontré llenos de barro. Acuérdome también de un par de brazaletes (por cierto que eran de cristal y no les hice el menor caso) que encontré aquella tarde. Sí, brazaletes de cristal, y, si la memoria no me es infiel, también hallé un zapato. Debiera haber sacudido aquel zapato... y el otro, pues había dos; pero estaba yo hambriento. Más tarde aprendí á proceder mejor. ¡Ah, sí! Comí, pues, y descansé; mas, cuando me disponía á volver al río, la inundación había bajado ya mucho de nivel, y yo pasé caminando por el barro de la calle principal. ¿Quién sino yo hubiera hecho esto? Acudió toda mi gente, sacerdotes, mujeres y niños, y yo los miré con benevolencia. El fango no se presta para que uno pueda combatir bien. Uno de los barqueros dijo:
--Id á buscar hachas y matadlo, que es el _Mugger_ del vado.
--Nada de eso. ¡Mirad! Se lleva por delante la inundación. Es el dios que protege á la aldea.
Entonces me arrojaron gran cantidad de flores, y alguien tuvo la feliz ocurrencia de ponerme una cabra en mitad del camino.
--¡Qué buena!... ¡Pero qué buena es la cabra! exclamó el chacal.
--Tiene muchos pelos... muchos pelos... y cuando se la encuentra uno en el agua es más que probable que dentro de ella haya escondido algún anzuelo en forma de cruz. Pero lo que es aquella cabra la acepté, y me fuí, triunfalmente, hasta el _Ghaut_. Más tarde, el Hado hizo que cayera en mi poder aquel barquero que había querido cortarme la cola con un hacha. Su bote embarrancó en un banco de que vosotros no os acordaríais ahora, aunque os dijera dónde está.
--No _todos_ somos aquí chacales, dijo la grulla. ¿Era el banco que se formó donde se fueron á pique los barcos que acarreaban piedras, el año de la gran sequía... un banco de arena muy largo que duró por espacio de tres inundaciones?
--Había dos, dijo el _Mugger_: uno más arriba y otro más abajo.
--¡Ah, sí! Se me había olvidado. Un canal los separaba, y más tarde se secó también, dijo la grulla, que se sentía orgullosa de su buena memoria.
--En el banco de abajo fué á embarrancar la barca del hombre que tan buenas intenciones tenía respecto á mí. Estaba durmiendo en la proa, y, medio despierto, saltó al agua, que le llegaba hasta la cintura (ó no, no más que hasta las rodillas) para empujar la embarcación. Ésta, vacía, siguió adelante, yendo á tocar de nuevo en la tierra del próximo recodo que la corriente formaba entonces. Yo fuí siguiendo también, porque sabía que no faltarían hombres que salieran para arrastrar el barco hasta la playa.
--¿Y sucedió así? preguntó el chacal un poco despavorido.
Era éste un modo de cazar tan en grande que le causaba profunda impresión.
--Acudieron los hombres allí y más abajo también. No fuí ya más lejos; pero esto me permitió apoderarme de tres en un día... tres _manjis_ (barqueros) bien gordos, y, excepto el último (con el cual tuve ya menos cuidado que con los otros), ni uno pudo gritar para advertir á los que se hallaban en la orilla del río.
--¡Ah! ¡Qué modo de cazar! ¡Con qué nobleza! ¡Pero cuánta habilidad y qué superior juicio reclama! dijo el chacal.
--No, habilidad no, muchacho, sino solamente pensar un poco. El pensar es á la vida lo que la sal al arroz, como dicen los barqueros, y yo he pensado siempre profundamente. El gavial, mi primo, el que se alimenta de peces, me tiene dicho cuán difícil es para él el seguirlos, y cuánto difieren unos de otros, y cómo él necesita conocerlos á todos en conjunto y á cada uno por separado. Á esto le llamo yo sabiduría; pero, por otra parte, hay que tener en cuenta que mi primo, el gavial, vive entre su gente. _Mi_ gente no nada por bandadas, con la boca fuera del agua, como hace _Rewa_; ni sale constantemente á la superficie del agua, ni se vuelve de lado, como suelen _Mohoo_ y el diminuto _Chapta_; ni se junta en los bancos de arena después de una inundación, como _Batchua_ y _Chilva_.
--Todos son manjares exquisitos, dijo la grulla, acompañando las palabras con un chasquido del pico.
--Eso dice mi primo, y convierte en ocupación muy seria el cazarlos; pero ellos no se le encaraman por los bancos de arena para escaparse de sus dientes. _Mi_ gente es muy distinta. Vive en la tierra, en casas, entre sus ganados. Yo necesito saber lo que hacen y hasta lo que piensan hacer; y así poniendo primero la trompa del elefante, y luego la cola, como suele decirse, reconstruyo el elefante entero. ¿Qué cuelga de una puerta una rama verde con un anillo de hierro? Pues el viejo _Mugger_ sabe que ha nacido un niño en aquella casa y que algún día vendrá al _Ghaut_ á jugar. ¿Va á casarse una doncella? Pues el viejo _Mugger_ lo sabe, porque ve cómo los hombres van y vienen con regalos; y, al fin, ella, también, acude al _Ghaut_ para bañarse antes de la boda, y... allí está él. ¿Qué ha cambiado el río su curso y ha dejado nuevas tierras donde antes no había más que arena? El _Mugger_ lo sabe igualmente.
--Bien, ¿y de qué sirve el saber esto? dijo el chacal. El río ha cambiado de sitio hasta durante mi corta vida.
Los ríos en la India están casi siempre mudando su curso, y se desvían á veces hasta media legua ó más en una sola estación, inundando los campos de una de las orillas y esparciendo fertilizante cieno sobre la opuesta.
[Ilustración]
--No hay conocimiento más útil que éste, dijo el _Mugger_, porque á tierra nueva, nuevas pendencias. El _Mugger_ lo sabe... ¡oh, lo sabe perfectamente! En cuanto el agua se ha retirado, arrástrase él por las estrechas grietas que los hombres creen que no son bastante anchas para que en ellas pueda esconderse ni un perro, y allí espera. Á poco aparece un labriego diciendo que plantará aquí cohombros, y allí melones, en la tierra nueva que el río le ha dado. Con los pies desnudos tantea aquel cieno excelente. Á los pocos instantes llega otro, diciendo que él cultivará allí cebollas, zanahorias y caña de azúcar, en tal y tal sitio. Se acercan como dos botes que tuercen el rumbo hacia igual punto, y, al acercarse, cada uno de ellos mira al otro con ojos que parecen rodar bajo el enorme turbante azul. El viejo _Mugger_ ve y oye. Danse mútuamente el nombre de _hermano_, y van á amojonar la nueva tierra. El _Mugger_ corre, detrás de ellos, de un lado á otro, deslizándose, muy aplastado contra el suelo, por entre el barro. ¡Ahora empiezan á disputarse! ¡Ya se insultan! ¡Ahora se arrancan los turbantes! ¡Ya levantan sus _lathis_ (garrotes), y, por fin, cae uno de espaldas en el fango y el otro se va corriendo. Cuando vuelve, la cuestión queda definitivamente zanjada, y de ello puede dar fe el bambú herrado del vencido. Y aun no le agradecen nada al _Mugger_. No; gritan: ¡un asesinato! y las familias se pelean á garrotazos, veinte de este bando y veinte del otro. Mi gente son muy buena gente... _jats_ de las montañas... _malwais_ del Bêt. Cuando pegan, no pegan por juego, y una vez ha terminado la lucha, el viejo _Mugger_ espera allá lejos en el río, donde no se le puede ver desde la aldea, detrás de las matas de _kikar_ que hay por allá. Entonces, bajan mis _jats_ de anchos hombros, ocho ó nueve juntos, á la luz de las estrellas, conduciendo al muerto, colocado sobre una cama. Son viejos de barba gris y de voz tan profunda como la mía. Encienden un fuego (¡ah! ¡cómo conozco yo ese fuego!), tragan tabaco, formando un círculo mueven la cabeza todos á la vez hacia delante, ó hacia un lado, en dirección del muerto que está sobre la orilla. Dicen que las leyes inglesas arreglarán aquello por medio de la horca, y que la familia del matador tendrá que pasar por la vergüenza de ver cómo lo cuelgan en el gran patio de la cárcel. Entonces, contestan los amigos del muerto: «pues que lo ahorquen», y la conversación vuelve á empezar de nuevo... una, dos, veinte veces durante la interminable noche. Al fin, dice uno:
--La lucha fué cara á cara, con nobleza. Tomemos el dinero que nos ofrecen y un poco más, y no digamos palabra de lo sucedido.
Y empiezan á regatear sobre el dinero, porque el muerto era hombre robusto y ha dejado muchos hijos. Pero todavía antes del _amratvela_ (la salida del sol), lo queman un poco con el fuego preparado al efecto, según la costumbre, y el muerto viene á parar á mí, y lo que es él no dirá ya nada sobre el asunto. ¡Ah! hijos míos, el _Mugger_ sabe... sabe muchas cosas... y los _Malwah Jats_ son muy buena gente.
--Tienen el puño demasiado cerrado... son harto mezquinos para llenarme el buche, dijo graznando la grulla. Ellos sí que no gastan inútilmente el lustre poniéndolo en los cuernos de la vaca, como suele decirse; y, á ver, quisiera yo que me dijeran ¿quién es el que puede espigar después que ha pasado un _Malwah_?
--¡Ah, yo!... yo espigueo... los _espigueo_ á ellos, dijo el _Mugger_.
--Pues bien: en Calcuta del Sur, antes, siguió diciendo la grulla, todo lo tiraban á la calle, y nosotros podíamos escoger y revolverlo todo. ¡Esos sí que eran buenos tiempos! Pero hoy... hoy las calles están mondas como la cáscara de un huevo, y mi gente vuela hacia otro sitio. Una cosa es ser limpio, y otra quitar el polvo, barrer y regar siete veces cada día: eso aburre hasta á los mismos dioses.
--Contóme un día un chacal de las tierras bajas que en Calcuta del Sur todos los nuestros estaban gordos como nutrias en la estación de las lluvias, dijo el chacal, haciéndosele la boca agua sólo con pensarlo.
--¡Ah! Pero allí están los de la cara blanca... los ingleses, y ellos llevan consigo unos perros gordos, que conducen de no sé donde, allá, río abajo, en unos barcos, y que cuidan de que esos mismos chacales de que hablas estén flacos, replicó la grulla.
--¿Tienen, pues, tan duro el corazón como esa gente? Debía haberlo supuesto. Ni la tierra, ni el cielo, ni el agua se muestran caritativos con el chacal. Yo ví las tiendas de uno de los de la cara blanca, en la última estación, después de las lluvias, y además le cogí unas riendas nuevas, amarillas, para comérmelas. Los blancos no saben preparar bien las pieles. Aquellas riendas me pusieron muy enfermo.
--Peor es lo que me sucedió á mí, dijo la grulla. Cuando no contaba yo más que tres estaciones y era tan joven como atrevida, fuíme al sitio del río en que atracan los barcos grandes. Los barcos de los ingleses tienen triple tamaño que esta aldea.
--Ésta, por lo visto, ha estado en Delhi y quiere hacernos creer que allí la gente anda cabeza abajo, murmuró el chacal.
El _Mugger_ abrió el ojo izquierdo y miró fijamente á la grulla.
--Pues es verdad, dijo la enorme ave insistiendo. Un embustero no miente más que cuando tiene la esperanza de que le van á creer. Pues bien: nadie que no hubiera visto aquellos barcos podría dar fe á esta verdad que digo.
--Esto es ya algo más puesto en razón, contestó el _Mugger_. ¿Y qué más?
--De las profundidades de uno de aquellos barcos estaban sacando grandes pedazos de una materia blanca que, al cabo de muy poco rato, se deshacía, convirtiéndose en agua. Buena parte de los pedazos se desmenuzó, cayendo sobre la orilla, y el resto lo colocaron prontamente en una casa de gruesas paredes. Pero un barquero cogió, riéndose, uno de aquellos trozos, que no era mayor que un perrillo, y me lo tiró. Yo (como todos los míos) trago sin reflexionar, y también me tragué aquello, según nuestra costumbre. Inmediatamente sentí un gran frío que, empezando en el buche, me corría hasta la punta de los dedos, y aun de hablar me privaba, mientras los barqueros se estaban burlando de mí. En mi vida he sentido frío igual. Con el dolor y el aturdimiento que experimentaba púseme á bailar hasta que pude recobrar el perdido aliento, y entonces volví á bailar, protestando á gritos contra la falsedad de este mundo, mientras los barqueros seguían riéndose de mí, hasta caerse por el suelo. ¡Lo más estupendo de todo, dejando aparte aquel frío maravilloso, es que nada, absolutamente, había en mi buche cuando hube terminado mis lamentaciones!
La grulla había hecho todo lo posible para describir lo que sintió después de tragarse un pedazo de hielo de siete libras, que provenía del lago de Wenham, traído de allí por un barco americano de los dedicados á aquel transporte, en los tiempos en que Calcuta no fabricaba aun con máquina el hielo; pero, como la grulla no sabía lo que esta materia era, y como aun lo sabían menos el _Mugger_ y el chacal, el cuento no les produjo el debido efecto.
--Cualquier cosa, dijo el _Mugger_ cerrando nuevamente el ojo izquierdo... _cualquier cosa_ es posible cuando la origina un barco que tiene tres veces el tamaño de _Mugger-Ghaut_. Mi aldea no peca de pequeña.
Oyóse un silbido por encima del puente, y el tren correo de Delhi pasó por él, llenos de luz todos los coches y siguiéndolos fielmente las sombras á lo largo del río. Hundióse de nuevo, con estruendo, en la obscuridad; pero el _Mugger_ y el chacal estaban tan acostumbrados á oirlo que ni siquiera movieron la cabeza.
--¿Acaso es eso menos maravilloso que un barco de triple tamaño que _Mugger-Ghaut_? dijo el ave mirando hacia arriba.
--Yo ví edificar eso, joven. Piedra por piedra ví cómo se elevaban los estribos del puente, y cuando los hombres se caían desde ellos (generalmente tenían maravillosa destreza para no poner el pie en falso... pero, en fin, cuando se caían) allí estaba yo alerta. Desde que el primer estribo estuvo hecho no se acordaron ya más de ir corriente abajo, en busca de los cadáveres, para quemarlos. Con esto me evitaron no pocas molestias. Por lo demás, nada hubo de extraño en la construcción del puente, añadió el _Mugger_.
--Pero ¿y eso que pasa por encima de él arrastrando los carros cubiertos con techos? ¡Eso sí que es extraño! repitió la grulla.
--Es, sin ningún género de duda, un buey de una nueva especie. Algún día sucederá que no podrá sentar bien el pie, y, perdiendo el equilibrio, se caerá del mismo modo que hicieron los hombres. El viejo _Mugger_ estará entonces, también, alerta.