El libro de las tierras vírgenes

Part 24

Chapter 244,138 wordsPublic domain

El chacal miró á la grulla, y ésta al chacal. Si de algo estaban seguros en este mundo era de que la máquina podía ser cualquier cosa menos un buey. El chacal la había estado mirando repetidas veces desde las matas de aloe que bordeaban la línea, y, en cuanto á la grulla, estaba acostumbrada á ver locomotoras desde la primera que hubo en la India. Pero el _Mugger_ no había visto la máquina más que desde abajo, y la cupulilla de bronce le parecía la especie de joroba de un buey más pronunciada.

--Sí, un buey de nueva especie repitió el _Mugger_ pesando las palabras como para persuadirse á sí mismo, y el chacal contestó:

--Cierto que sí: es un buey.

--Y también podría ser... comenzó á decir el _Mugger_ con cierta aspereza.

--Cierto... cierto que sí, interrumpió el chacal sin esperar á que el otro hubiera terminado.

--¿Qué? dijo el _Mugger_ incomodado, porque adivinaba que los demás sabían más que él. ¿Qué es lo que podría ser? No había yo aun acabado de hablar. Tú dijiste que era un buey.

--Es lo que el Protector de los pobres quiera. Yo soy su servidor... y no el de esa cosa que atraviesa el río.

--Sea lo que fuere, es obra de los de la cara blanca, dijo la grulla, y, por mi parte, no quisiera yo echarme en sitio que está tan cerca de eso como este banco de arena.

--Tú no conoces á los ingleses como yo, contestó el _Mugger_. Cuando construían el puente había aquí un blanco que se metía en un bote, muchas veces, á la caída de la tarde, y golpeaba con los pies las tablas del fondo, diciendo en voz baja: ¿Está aquí? ¿Está allí? Traedme la escopeta. Yo le oí aun antes de verle... oí cada ruido que hizo... los crujidos, el resollar, cada golpecito dado en la escopeta, yendo río arriba y río abajo. Tanto como era cierto que yo le había privado de uno de sus obreros, evitando así un gran gasto de leña que hubieran necesitado para quemarlo, era, también, constante su empeño en venirse hasta el _ghaut_, y decir á gritos que me iba á matar, librando de esta suerte al río de _mi_ presencia... ¡de la presencia del _Mugger_ de _Mugger-Ghaut_! ¡Á _mí_! Hijos míos, yo nadé horas y horas bajo la quilla de su bote, y le oí disparar su escopeta á algunos leños; y, cuando estaba bien seguro de su cansancio, me levantaba junto á él y hacía castañetear mis dientes frente á su misma cara. Cuando el puente estuvo listo se marchó el inglés. Todos cazan de este modo, excepto cuando son ellos los cazados.

--¿Quién caza ahora á los de la cara blanca? ladró el chacal sumamente excitado.

--Ahora nadie; pero yo los he cazado en mis buenos tiempos.

--Algo recuerdo de esa caza. Entonces era yo joven, dijo la grulla haciendo sonar su pico de un modo muy significativo.

--Estaba yo aquí perfectamente establecido. Mi aldea se reedificaba por tercera vez, á lo que recuerdo, cuando mi primo, el gavial, trájome noticias de unas aguas muy ricas que había más arriba de Benares. Al principio no quise ir, porque mi primo, que no come más que peces, no sabe, á menudo, distinguir lo bueno de lo malo; pero oí á mi gente hablar por las tardes, y lo que dijeron me decidió.

--¿Y qué es lo que dijeron? preguntó el chacal.

--Lo suficiente para que yo, el _Mugger_ de _Mugger-Ghaut_, me saliera del agua y echara á andar. Partí á pie, de noche, metiéndome hasta en los más pequeños arroyos á medida que se me iban presentando; pero era entonces el comienzo de la estación calurosa y todos llevaban muy poca agua. Crucé caminos llenos de polvo; atravesé altas masas de yerba; me encaramé por las montañas á la luz de la luna. Hasta por las rocas trepé, hijos míos... fijaos bien en lo que os digo. Crucé el extremo del río Sirhind, el seco, antes de que pudiera encontrar la serie de ríos pequeños que van á desembocar al Ganges. Había un mes de estar viajando para regresar á donde se hallaban mi gente y el río que yo conocía. ¡Fué aquello cosa maravillosa!

--Y la comida ¿cómo iba durante el camino? dijo el chacal, que no tenía más alma que el estómago y no se sentía impresionado lo más mínimo por los viajes terrestres del _Mugger_.

--Comía lo que encontraba... _primo_, dijo el _Mugger_ muy pausadamente, como arrastrando cada palabra.

Ahora bien: no se llama _primo_ á nadie en la India más que en el caso de que pueda uno llegar á establecer con esta persona cierto parentesco, y como sólo en antiguos cuentos de hadas se casa el _Mugger_ con algún chacal, el nuestro comprendió por qué motivo se había visto elevado de pronto á formar parte de la parentela del _Mugger_.

Á haber estado solos no le hubiera importado; pero los ojos de la grulla centellearon de gozo al oir la pesada broma.

--La verdad es, padre, que debía haberlo sabido.

No le gusta á ningún cocodrilo que le llamen padre de ningún chacal, y el _Mugger_ de _Mugger-Ghaut_ contestó, entonces, mucho más de lo que conviene repetir aquí.

--El Protector de los pobres fué quién me llamó pariente. ¿Puedo yo acordarme del grado exacto de parentesco que haya entre nosotros? Á mayor abundamiento, comemos la misma clase de comida. El lo ha dicho, repuso el chacal.

Vino esto á agravar aun mucho más las cosas, porque á lo que tiraba el chacal era á indicar que el _Mugger_ debía de haber devorado la comida fresca cada día, en aquella marcha á pie, en vez de guardarla junto á sí hasta que estuviera en el verdadero estado en que él la necesita, como hacen todos los _muggers_ que se respetan algo, y también la mayor parte de las fieras cuando les es posible. Á decir verdad, uno de los mayores insultos que pueden dirigirse en toda la extensión del cauce del río es el calificar de «devorador de carne fresca». Es casi una cosa tan mala como el llamarle á un hombre caníbal.

--Comida fué aquella carne hace treinta estaciones, dijo con toda tranquilidad la grulla. Aunque estuviéramos hablando treinta estaciones más no volveríamos á verla ya. Cuéntanos, ahora, lo que ocurrió cuando llegaste á aquellas aguas tan buenas, después de tu sorprendente viaje por tierra. Si fuéramos á escuchar todos los aullidos de cada chacal, los negocios de la ciudad quedarían pronto paralizados, como dice el proverbio.

El _Mugger_ debió de agradecer la interrupción, porque continuó precipitadamente:

--¡Por las dos orillas del Ganges! ¡Cuando llegué allí me encontré con unas aguas como no las había visto nunca parecidas!

--¿Eran mejores que la gran inundación que hubo en la estación última? dijo el chacal.

--¡Mejores! Esa inundación no fué más que lo que ocurre cada cinco años: un puñado de forasteros ahogados, algunas gallinas, y un buey muerto que se queda en el agua cenagosa, gracias á las corrientes cruzadas. Pero en la estación de que me he acordado ahora, el río estaba bajo, el agua corría mansa, igual siempre, y, como ya me había advertido el gavial, los ingleses bajaban por ella tocando uno con otro. En aquella estación fué cuando engordé y crecí. Desde Agra, cerca de Etawah y del sitio en que se ensancha la corriente no muy lejos de Allahabad...

--¡Oh! ¡Qué remolino se formó bajo los muros del fuerte de Allahabad!... dijo la grulla. Acudieron allí como los patos á los juncales, y bailaban dando vueltas... así.

Empezó otra vez su horrible danza, mientras el chacal miraba con envidia. Como era natural, él no se acordaba del terrible año de que hablaban, del «año de la Insurrección». El _Mugger_ continuó:

--Sí, cerca de Allahabad, se tendía uno en el agua mansa, y dejaba que pasaran veinte para escoger uno de ellos; y había allí, principalmente, la ventaja de que los ingleses no iban llenos de joyas y de anillos en la nariz y en los tobillos, como mis mujeres van hoy. El que gusta demasiado de adornos acaba con una cuerda al cuello por único collar, como dice el refrán. Todos los cocodrilos que existían en todos los ríos engordaron entonces; pero mi Hado quiso que yo engordara más que ninguno de ellos. Las noticias que teníamos eran de que se cazaba á los ingleses arrojándolos á los ríos, y ¡por las dos orillas del Ganges! os aseguro que á nosotros nos pareció que ésa era la verdad. Así lo creí yo durante todo el tiempo que fuí en dirección del Sur, y eso que llegué, siguiendo la corriente, hasta más allá de Monghyr y de las tumbas que dominan el río.

--Ya conozco el sitio. Desde entonces es Monghyr una ciudad casi abandonada. Poquísimos son los que viven allí ahora.

Después de esto, fuíme corriente arriba muy despacio, perezosamente, y un poco más arriba de Monghyr me encontré con un bote lleno de blancos... ¡pero vivos! Eran, bien me acuerdo, mujeres, echadas bajo una tela sostenida por unos palos, é iban llorando á gritos. Nunca nos disparaba entonces nadie ningún tiro: nosotros éramos los únicos guardianes de los vados en aquellos tiempos. Todas las armas de fuego estaban ocupadas en otra parte. Las oíamos día y noche allá, tierra adentro, y el estruendo llegaba ó se iba según de donde soplaba el viento. Me levanté por completo frente al bote, porque nunca había visto vivos á los de las caras blancas, aunque bien los conocía... de otra suerte. Un niño blanco, desnudo, estaba de rodillas en uno de los costados del bote, é inclinando el cuerpo por encima, se le antojó arrastrar lentamente las manos por las aguas del río. Es hermoso el ver con qué alegría juega un niño con toda agua que corre. Yo había comido ya aquel día; pero aún me quedaba un rinconcillo vacío. Sin embargo, más que para llenarlo, por juego, me levanté hasta tocar casi las manos del niño. Ofrecían un blanco tan fácil que ni siquiera tuve que mirarlas cuando cerré la boca; pero, tan pequeñas eran que, aunque mis quijadas se cerraron debidamente (bien seguro estoy de ello), el niño retiró con rapidez las manos sin que hubieran recibido el menor daño. Debieron de pasar por el espacio que media entre diente y diente... las manecitas aquéllas, tan blancas. Hubiera podido cogerle entonces por los codos; pero, como he dicho, sólo por juego y por el deseo de ver cosas nuevas me había yo acercado allí. Cuantos iban en el bote gritaron, y al cabo de poco rato volví yo á levantarme del agua para observarlos. El barco pesaba demasiado para hacerle zozobrar. No eran más que mujeres las que en él iban; pero quien se fíe de una mujer puede decirse que camina sobre las yerbas que ocultan el agua de una laguna, como enseña el proverbio, y... ¡por las dos orillas del Ganges... que es eso gran verdad!

--Una vez una mujer me dió á mí una piel seca haciendo ver que era un pescado, dijo el chacal. Desde entonces estoy esperando poderle hincar el diente á su niño; pero, en fin, más vale comer la carne de un caballo que recibir de él una coz, como dice el refrán. ¿Y qué es lo que vuestra mujer hizo?

--Me disparó con una escopeta muy corta, de una clase que nunca había visto yo antes, ni volví á ver después. Cinco veces seguidas hizo fuego (no es difícil adivinar que el _Mugger_ tuvo que habérselas con algún revólver antiguo) y yo me quedé con la boca abierta, como bostezando, con una nube de humo alrededor de mi cabeza. Nunca ví cosa igual á aquélla. ¡Cinco veces, y con tanta presteza como cuando muevo yo la cola... así!

El chacal, que se iba sintiendo cada vez más interesado por el relato, tuvo apenas tiempo de saltar hacia atrás en el instante mismo en que la cola cortaba el aire como una guadaña.

--Hasta que no hubo sonado el quinto disparo (dijo el _Mugger_ con la tranquilidad del que nunca ha pensado en causar el menor daño á sus oyentes), hasta que no hubo sonado el quinto disparo no me hundí en el agua, y volví á salir de ella en el preciso momento en que un barquero les decía á todas aquellas mujeres blancas que, sin duda, había quedado yo muerto. Una de las balas incrustóse en mi cuello. No sé si aun está allí, por la razón de que no puedo volver la cabeza. Ven y míralo tú, muchacho. Así se demostrará que la historia que os he contado es verídica.

--¿Yo? dijo el chacal. ¿Acaso quien está acostumbrado á comer zapatos viejos y á romper huesos, como yo, podrá dudar de la palabra del que es la _envidia del río_? ¡Que cachorrillos ciegos se me coman la cola si por mi pobre entendimiento ha pasado ni la sombra de semejante idea! El Protector de los pobres se ha dignado contarme, á mí, que soy su esclavo, que una vez en su vida ha sido herido por una mujer. Con esto basta, y yo les contaré el cuento á todos mis hijos, sin pedir prueba alguna de la verdad que encierra.

--La excesiva urbanidad es, á veces, tan mala como la excesiva descortesía, porque, como dice el proverbio, hasta con requesones puede ahogarse á un convidado. _No_ deseo ni remotamente que ningún hijo tuyo sepa que el _Mugger_ de _Mugger-Ghaut_ recibió de una mujer la única herida que tiene en el cuerpo. Otras muchas cosas tendrán en que pensar tus hijos si han de procurarse la comida por tan tristes medios como su padre.

--¡Queda olvidado, y desde hace mucho tiempo! ¡No se ha dicho nunca! ¡Jamás existió ninguna mujer blanca! ¡Ni siquiera hubo barco alguno! ¡Nada, absolutamente, sucedió!

Movió el chacal la cola, como barriendo el suelo, para demostrar cuán en absoluto quedaba todo borrado de su memoria, y se sentó dándose aire importante.

--La verdad es que sucedieron muchas cosas, dijo el _Mugger_, al cual le había salido mal, por segunda vez, aquella noche, el querer llevarle ventaja á su amigo. (Ni uno ni otro, sin embargo, tenían mala intención. El comer y ser comido era cosa completamente legal en toda la extensión del río, y el chacal había venido allí para recoger las sobras de la comida del _Mugger_, cuando éste la hubiera terminado).

--Abandoné aquel bote, continuó, y fuíme corriente arriba, y cuando llegué á Arrah y á las aguas que están situadas detrás, no hallé ya más ingleses muertos. Durante cierto tiempo el río estuvo completamente vacío. Luego volvieron á verse uno ó dos cadáveres con chaquetas encarnadas; pero no ingleses, sino todos de una misma clase (del Indostán y _purbeeahs_)... después cinco ó seis de frente, y, al fin, desde Arrah hasta el Norte, más allá de Agra, parecía que pueblos enteros se habían arrojado al agua. Salían de las calas uno tras otro como bajan los maderos en la época de las lluvias. Cuando se levantaba el río también se levantaban ellos, por compañías enteras, de los bancos de arena en que habían estado reposando; y, al bajar el agua de la corriente, los arrastraba con ella por los cabellos á través de los campos y de la tierra virgen. Toda la noche, también, yendo hacia el Norte, oí los disparos de las armas de fuego, y durante el día el ruido de calzados pies de hombres que atravesaban los vados, ó aquel otro que producen las ruedas de un pesado carro al rodar sobre la arena por debajo del agua... y cada ola traía nuevos cadáveres. Al fin, hasta yo mismo tuve miedo, porque dije: si esto les ocurre á los hombres ¿cómo podrá salvarse el _Mugger_ de _Mugger-Ghaut_? Había, también, barcos que venían detrás de mí, corriente arriba, ardiendo continuamente, como arden, á veces, las embarcaciones que llevan algodón; pero sin jamás hundirse.

--¡Ah! dijo la grulla; barcos como los que van á Calcuta del Sur. Son altos y negros, tienen una cola que golpea el agua por detrás, y...

--Y son tres veces tan grandes como mi aldea, ¿eh? _Mis_ barcos eran bajos y blancos; golpeaban el agua á cada lado, y no eran más grandes de lo que deben ser los de cualquiera que cuente las cosas sujetándose á la verdad. Á mí me atemorizaron mucho, por lo que abandoné aquellas aguas y me vine á este río mío, ocultándome de día y caminando de noche cuando no podía hallar arroyos que me ayudaran. Volvíme á mi aldea; pero sin la esperanza de hallar en ella á ninguno de los de mi gente. Y, sin embargo, aquí estaban, arando, sembrando y segando, luego, las mieses, y yendo de un lado á otro por sus campos tan tranquilamente como sus ganados.

--¿Y había aún buena comida en el río? dijo el chacal.

--Más de la que podía yo desear. Hasta... y eso que yo no como barro... hasta estaba cansado, y, por lo que recuerdo, un poco asustado de aquel constante bajar por el río gente silenciosa. Á los de mi aldea les oí decir que todos los ingleses habían muerto; pero los que llegaban, boca abajo, por la corriente, no eran ingleses, como los de mi mismo pueblo pudieron ver. Entonces, mi gente dijo que lo mejor era no hablar palabra, pagar la contribución y arar la tierra. Al cabo de mucho tiempo, el río fué quedando limpio de cadáveres, y los que por él bajaban eran, sin ninguna duda, ahogados procedentes de inundaciones, como perfectamente podía ver yo, y aunque no era tan fácil, entonces, el procurarse comida, cordialmente me alegraba de ello. Que haya su poco de matanza de cuando en cuando no es malo... pero hasta el _Mugger_ puede llegar á hartarse, como ya dice el refrán.

--¡Todo eso es maravilloso, verdaderamente maravilloso! exclamó el chacal. Yo me he engordado nada más que de tanto oir hablar de comer. Y después de esto ¿puedo atreverme á preguntar qué es lo que hizo el Protector de los pobres?

--Me dije á mí mismo (¡y por las dos orillas del Ganges que me he mantenido firme en lo que entonces juré!) me dije á mí mismo que nunca más volvería á ir vagabundo de aquel modo. Así, pues, he vivido junto al _Ghaut_; bien cerca de mi gente, y los he vigilado año tras año, y tanto han llegado á quererme que hasta me echaban guirnaldas de caléndulas cada vez que me veían levantar la cabeza del agua. Sí, mi Hado ha sido muy bueno conmigo, y el río entero tiene la bondad de respetarme aunque débil y enfermo; sólo que...

--Nadie es feliz por entero, desde el pico hasta la cola, dijo la grulla con simpatía. ¿Qué más necesita el _Mugger_ de _Mugger-Ghaut_?

--Aquel niño tan pequeño y tan blanco del cual no pude apoderarme, dijo el _Mugger_ lanzando un profundo suspiro. Muy pequeño era, pero no me he olvidado de él. Aunque soy viejo, no quisiera morirme sin probar algo nuevo. Verdad que son gente de pies pesados, y medio locos, y así poco juego darían al cazarlos; pero aún me acuerdo de aquellos tiempos que pasé algo más lejos de Benares, y, si el niño vive, aún se acordará, también, él. Es muy posible que se pasee por la orilla de algún río diciendo que una vez pasó las manos por entre los dientes del _Mugger_ de _Mugger-Ghaut_, y que quedó vivo y en disposición de hacer de ello un cuento que contar. Mi Hado ha sido muy bueno conmigo; pero, á veces, en sueños, me molesta eso... la idea de aquel niñito blanco que iba en el bote.

Bostezó y cerró las quijadas.

--Y ahora, continuó, quiero descansar y pensar. Guardad silencio, hijos míos, y respetad á los ancianos.

Volvióse con dificultad y se arrastró hasta lo alto del banco de arena, mientras el chacal se retiraba, con la grulla, detrás de un árbol que había quedado detenido en el río, en el extremo más cerca del puente del ferrocarril.

--He aquí una vida agradable y provechosa, dijo con sardónica risa, mirando con ademán interrogante al ave, que le dominaba desde su altura. Y fíjate en que, ni una vez, le pareció oportuno decirme dónde podía hallar un bocado, por casualidad, en algún banco de arena. Y, sin embargo, cien veces le he indicado yo á él muy buenas cosas que estaban entre el barro, allá, corriente abajo. ¡Cuán cierto es el proverbio que dice: nadie se acuerda del chacal ni del barbero una vez ha sabido por ellos las noticias! ¡Ahora se va á dormir! _¡Aaah!_

--¿Y cómo puede un chacal cazar junto con un cocodrilo? dijo la grulla, fríamente. El uno es un ladrón de los grandes; el otro de los pequeños: no es muy difícil el adivinar quién es el que se lleva los mejores bocados.

Volvióse el chacal, gimiendo con rabia, é iba á enroscarse bajo el tronco del árbol cuando, de pronto, se acurrucó y púsose á mirar, á través de las ramas, hacia el puente, que estaba, casi, encima de su cabeza.

--¿Qué ocurre ahora? preguntó la grulla, abriendo las alas, algo inquieta.

--Espera un poco y lo veremos. El viento sopla desde aquí, donde estamos nosotros, hacia donde están ellos; pero no es á nosotros á quien buscan esos dos hombres.

--¿Hombres son? Mi oficio me proteje. Todo el mundo en la India sabe que soy sagrada.

La grulla, que es allí un excelente basurero, se mete por todas partes sin que nadie la moleste, y, así, la nuestra no se acobardaba nunca.

--En cuanto á mí, no valgo la pena de que me den más golpe que el que puede dar algún zapato viejo, dijo el chacal poniéndose á escuchar de nuevo. ¿Oyes estos pasos? continuó. Este ruido no es el que produce el cuero de los zapatos del país, sino que es debido al pie calzado de un blanco. ¡Escucha, otra vez! ¡Ruido de hierro contra hierro! ¡Es una escopeta! Amiga, esos locos ingleses de pesados pies vienen á hablar con el _Mugger_.

--Adviérteselo, pues. No hace más que un rato que alguien, que me parece que era un chacal hambriento, le llamaba «Protector de los pobres».

--Deja que mi primo cuide él mismo de conservar la piel. Mil veces me ha dicho que nada hay que temer de los blancos. Pues blancos deben de ser éstos. Ninguno de los aldeanos de _Mugger-Ghaut_ se atrevería á perseguirle. ¡Mira! ¡Ya te lo dije que había una escopeta! Ahora, por poco que la suerte nos ayude, podremos alimentarnos antes de que apunte el día. Fuera del agua no oye él bien... ¡y lo que es ésta vez no tendrá que habérselas con una mujer!

Brilló un momento el cañón de una escopeta sobre las traviesas del puente. El _Mugger_ estaba echado sobre el banco de arena, tan quieto como su propia sombra, un poco esparrancadas las patas delanteras; caída la cabeza entre ellas; roncando como... un cocodrilo.

Sobre el puente, una voz murmuró:

--El tiro resulta un poco raro... casi en dirección perpendicular... pero tan seguro como la colocación de un capital que se invirtiera en casas. Lo mejor será apuntarle detrás del cuello. ¡Caramba! ¡Qué enorme es el animal! ¡Y qué furiosos se van á poner los de la aldea cuando lo vean muerto! Como que es el _deota_, el dios de estos lugares.

--Me importa un comino, contestó otra voz. Me quitó unos quince de mis mejores _coolies_[23] mientras se construía el puente, y es ya hora de acabar con él. He estado persiguiéndolo en bote durante semanas enteras. Prepare V. el Martini[24] para cuando haya disparado yo los dos cañones de mi escopeta.

--Cuidado con el culatazo, pues. Un doble disparo con calibre cuatro no es cosa de broma.

--Eso es él quién ha de decirlo, y no yo. ¡Allá va!

Oyóse un estruendo como el que podría producir el disparo de un cañón de pequeñas dimensiones (las mayores escopetas que se usan para la caza de elefantes no se diferencian mucho de las piezas de artillería más pequeñas), y vióse una doble llamarada, seguida de la detonación seca y penetrante de un Martini, para cuya larga bala no ofrece la menor dificultad el atravesar las gruesas placas de un cocodrilo. Pero las balas explosivas habían hecho ya cuanto podía hacerse. Una de ellas dió precisamente detrás del cuello, un poco hacia la izquierda de la espina dorsal, mientras la otra reventaba algo más abajo, donde comienza la cola. De cien casos, en noventa y nueve puede un cocodrilo mortalmente herido arrastrarse hasta el agua, en los sitios de alguna profundidad, y escaparse así; pero el _Mugger_ de _Mugger-Ghaut_ estaba roto, literalmente, en tres pedazos. Apenas movió la cabeza, antes de quedar sin vida, y tan tendido estaba en el suelo como el mismísimo chacal.

--¡Rayos y truenos! dijo el pobre animalejo. ¿Es que aquella cosa tan rara que arrastra por encima del puente los coches cubiertos se ha venido abajo, por fin?

--No es más que el disparo de una escopeta, dijo la grulla (aunque hasta las plumas de la cola le temblaban), nada más que una escopeta. No hay duda que ha quedado muerto. Ahí vienen los blancos.

Los dos ingleses habían bajado del puente á toda prisa y cruzado el banco de arena, donde se pararon á admirar la longitud del _Mugger_. Entonces, un indígena provisto de un hacha cortó la enorme cabeza, y cuatro hombres la arrastraron á través de la lengua de tierra que allí había.