El libro de las tierras vírgenes

Part 22

Chapter 223,955 wordsPublic domain

--Pero yo... pero nosotros no tenemos cuestión alguna pendiente con ellos, y es preciso sentir toda la rabia que un gran dolor da para destrozar los sitios donde los hombres duermen, dijo Hathi dudando.

--¿Sois vosotros, acaso, los únicos que coméis yerba en la Selva? Trae á todas tus gentes. Deja que se encarguen de ello el ciervo, el jabalí y el _nilghai_. No tenéis vosotros necesidad ni de que os vean un palmo de piel hasta que los campos hayan quedado ya completamente limpios. ¡Lanza á toda la Selva allí, Hathi!

--¿No habrá matanza? Rojos de sangre tenía los colmillos cuando la destrucción de los campos de Bhurtpore, y no quisiera despertar nuevamente el olor que sentí entonces.

--Ni yo tampoco. No desearía ni ver siquiera cómo sus huesos andan esparcidos por la desnuda tierra. Que se vayan y busquen nuevos cubiles: no pueden quedarse aquí. He visto, he sentido el olor de la sangre de la mujer que me alimentó... de la mujer á quien hubieran matado ellos á no haber sido por mí. Sólo el olor de la yerba fresca creciendo sobre los umbrales de sus casas puede borrar de mi memoria el otro. Parece como que me queme la boca. ¡Lanza sobre ellos á toda la Selva, Hathi!

--¡Ah! dijo éste, así me quemaba á mí la piel la herida que me hizo aquella estaca, hasta que vimos como desaparecían las aldeas con el crecimiento de la vegetación en la primavera. Ahora me hago cargo de todo. Tu guerra la considero ya como nuestra. ¡Lanzaremos á toda la Selva sobre ellos!

Apenas tuvo Mowgli tiempo de recobrar el perdido aliento (todo él temblaba de coraje y de odio) cuando ya el sitio donde habían estado los elefantes se hallaba vacío, y Bagheera le contemplaba á él como aterrorizada.

--¡Por el cerrojo que me dejó escapar!... dijo, al fin, la pantera negra, ¿eres tú aquella cosita desnuda en favor de la cual hablé en la manada cuando todas las cosas eran más jóvenes que ahora? ¡Dueño de la Selva, cuando pierda yo mis fuerzas habla en favor mío... habla también en favor de Baloo... defiéndenos á todos nosotros! ¡Ante tí no somos más que cachorros... ranillas que tu pie destroza... cervatos que han perdido á su madre!

La idea de que Bagheera fuera un cervatillo perdido causó tal impresión en Mowgli que se echó á reir, perdió el aliento, volvió á recobrarlo y á perderlo, riéndose siempre, hasta que, al fin, tuvo que zambullirse en una laguna para que se le parara la risa. Entonces, púsose á nadar dando vueltas en ella, hundiéndose en el agua, de cuando en cuando, ora á la luz de la luna, ora fuera de ella, como una rana, como el animal que lleva el mismo nombre que á él le daban.

Entretanto, Hathi y sus tres hijos habían partido separados, en dirección de los cuatro puntos cardinales, y se alejaban á grandes pasos por los valles, á un cuarto de legua de distancia. Siguieron andando así durante dos días (ó sea anduvieron más de quince leguas) á través de la Selva; y cada paso que dieron y cada balanceo de sus trompas era visto, observado cuidadosamente y comentado por Mang, Chil, el Pueblo de los monos y todos los pájaros. Luego empezaron á comer, y comieron tranquilamente por espacio de una semana, ó cosa así. Hathi y sus hijos son parecidos á Kaa, la serpiente pitón de la Peña: no se apresuran, más que cuando hay necesidad de hacerlo.

Pasado este tiempo, y sin que nadie supiera el origen del rumor, comenzó á esparcirse por la Selva el de que en tal ó cual valle podían hallarse mejor comida y agua de lo acostumbrado. Los jabalíes (que son capaces de ir al fin del mundo para procurarse algo bueno que comer) empezaron á marcharse por grandes grupos, empujándose unos á otros por encima de las rocas; siguiéronles los ciervos, con las pequeñas y salvajes zorras que viven de los muertos y moribundos que hay en las manadas de aquéllos; el _nilghai_, de pesados hombros, marchó en línea paralela con los ciervos, y los búfalos que viven en los pantanos fuéronse también detrás del _nilghai_. La cosa más insignificante hubiera bastado para hacer que se volvieran las esparcidas é indóciles manadas, que pacían de cuando en cuando, vagaban de una parte á otra, bebían, y volvían á pacer; pero, siempre que se producía alguna alarma, no faltaba quien se encargara de apaciguarlos á todos. Unas veces era Sahi, el puerco espín, que venía con grandes noticias de cosas excelentes que podían comerse con sólo ir un poco más hacia adelante; otras era Mang el que gritaba dando ánimos, y se lanzaba por un claro de bosque para enseñar que nada había que estorbara el paso; ó Baloo, llena la boca de raíces, caminaba, bamboleándose, á lo largo de alguna indecisa fila, y, mitad asustando á todos, mitad retozando con ellos, les obligaba á tomar el verdadero camino. Muchos de los animales se volvieron atrás, se escaparon, ó dejaron de sentir ya interés por aquella marcha; pero también quedaron otros muchos decididos á seguir adelante. Al cabo de unos diez días, la situación era la siguiente: los ciervos, jabalíes, y _nilghais_ iban pulverizándolo todo, en un círculo de dos leguas ó dos leguas y media de radio, mientras los animales carnívoros libraban sus escaramuzas en los bordes de aquel gran círculo. Y el centro de éste era la aldea; y alrededor de ella iban madurando las cosechas; y en medio de los campos que las contenían había hombres sentados en lo que allí se llaman _machans_ (plataformas parecidas á palomares, hechas de palos colocados sobre cuatro puntales) para espantar á los pájaros y á los ladrones de otra clase. Entonces no hubo ya más contemplaciones con los ciervos: los carnívoros, colocándose detrás de ellos, los empujaron hacia adelante, al propio tiempo que hacia lo interior del círculo.

Cuando Hathi y sus tres hijos llegaron de la Selva, como deslizándose, y rompieron con la trompa los puntales de los _machans_, era una noche obscura. Cayeron éstos como si fueran rotos tallos de cicuta en flor, y los hombres que junto con ellos vinieron al suelo se encontraron con que á su lado resonaba el ruido gutural que hacen los elefantes. Entonces, la vanguardia de los azorados ejércitos de ciervos lanzóse, como una inundación, sobre las tierras de pastos y de cultivo, pertenecientes á la aldea; el jabalí de agudas pezuñas é inclinado á hozar, fuése, también, con ellos, con lo cual lo que el ciervo dejaba lo estropeaba él; y, de cuando en cuando, algún alboroto producido por los lobos agitaba á todas las manadas y las hacía correr de un lado á otro como locas, pisoteando la cebada verde y cegando las acequias. Antes de que apuntara el alba, la presión sobre la parte exterior del círculo cedió en uno de los puntos de éste. Los carnívoros habían retrocedido, dejando abierto el paso en dirección al Sur, y por allí se escapaban los gamos á manadas.

De los demás animales, otros, más atrevidos, se tendían entre los matorrales para terminar la comida á la noche siguiente.

Pero el trabajo puede decirse que estaba ya hecho. Cuando los aldeanos miraron hacia sus campos, por la mañana, vieron que las cosechas estaban perdidas. Y eso significaba que la muerte se hallaba cercana para ellos si no se marchaban, porque, un año sí y otro no, vivían tan próximos á morirse de hambre como próxima á ellos tenían la Selva. Al mandar á los búfalos para que fueran á pacer, los hambrientos animales se hallaron con que los ciervos habían dejado ya limpias todas las tierras de pastos, y así vagaron de un lado á otro por la Selva esparciéndose y yendo á juntarse con sus semejantes no domesticados; luego, al llegar la hora del crepúsculo, los tres ó cuatro caballitos que había en la aldea fueron hallados muertos en sus establos, con la cabeza destrozada. Sólo Bagheera podía haber dado golpes como aquéllos, y sólo á ella se le hubiera ocurrido la insolente idea de arrastrar el último cuerpo muerto hasta la calle.

No les quedaron á los aldeanos ánimos para encender fogatas en los campos aquella noche, y así Hathi y sus tres hijos fueron espigando entre lo que había quedado, y donde espiguea Hathi no hay necesidad de que nadie vaya detrás de él. Decidieron los hombres vivir del trigo que guardaban para semilla, hasta que vinieran las lluvias, y entonces ponerse á servir como criados para recuperar, con lo que ganaran, lo perdido aquel año; pero mientras el negociante de granos estaba ya pensando en sus repletos graneros y en los precios que podría obtener al vender lo almacenado, los afilados colmillos de Hathi arrancaban toda una esquina de su casa, hecha de tapia, y rompían la gran arca de mimbres, cubierta de amontonado estiércol de vaca, en la cual se guardaba el precioso grano.

Al descubrirse esta última pérdida llegó para el brahmán el momento oportuno de hablar. Hasta entonces había estado rezándoles á sus propios dioses sin obtener de ellos contestación. Podría ser, dijo, que, inadvertidamente, hubiera la aldea ofendido á alguno de los dioses de la Selva, porque era indudable que ésta se había puesto en contra de ellos. Como consecuencia de tales palabras mandaron á buscar al jefe de la más próxima tribu de gondos errantes (gente pequeña, lista y muy negra de color, que vive, dedicándose á la caza, en el corazón de la Selva, y cuyos antepasados fueron la raza más antigua de la India), los propietarios aborígenes de aquella tierra. Obsequiaron al gondo con lo poco que les quedaba, y él sosteníase sobre una pierna, arco en mano, y atravesados en el moño que formaban sus recogidos cabellos dos ó tres dardos envenenados, siendo su aspecto de temor y desprecio, á la vez, hacia los aldeanos, que le miraban ansiosos, y hacia sus destruidos campos. Deseaban saber, los que le consultaban, si sus dioses (los antiguos dioses) estaban incomodados con ellos, y qué sacrificios había que ofrecerles. El gondo no dijo una palabra, pero cogió unos sarmientos de _karela_, la especie de vid que produce amargas calabazas silvestres, y los puso entrelazados sobre la puerta del templo, frente á la cara de la roja imagen india cuyos ojos parecían mirar fijamente. Entonces, hizo un signo, como empujando con la mano en el espacio, en dirección del camino que conducía á Khanhiwara, y volvióse á su Selva, observando á los animales que la poblaban moverse en todas direcciones á través de ella. Bien sabía que cuando toda la Selva empieza á ponerse en movimiento sólo los hombres blancos son capaces de meterla en cintura.

No había necesidad de preguntar lo que significaba la predicción. Las calabazas silvestres crecerían en adelante en el sitio donde habían ellos adorado á su dios, y, cuanto antes mejor, convenía que todos se pusieran en salvo.

Pero es difícil arrancar á una aldea en masa del sitio en que parece estar sujeta con amarras. Allí siguieron sus habitantes mientras les quedaron comestibles de los usados en verano, y hasta probaron de alimentarse recogiendo nueces en la Selva; pero unas sombras de ojos brillantes les observaban, pasando ante ellos aun en mitad del día; y, cuando retrocedían corriendo hasta las paredes de sus chozas, notaban que los troncos de los árboles, por delante de los cuales habían pasado hacía menos de cinco minutos, tenían la corteza arrancada á tiras, y aparecían llenos de señales, hechas, como á cincel, por alguna enorme garra. Cuanto más se encerraban en su aldea, más atrevidas se volvían las fieras, que corrían por los prados rugiendo, junto al río Wainganga. Ni tiempo les quedaba para recomponer las paredes posteriores de los establos que daban hacia la Selva: el jabalí las pisoteaba; las vides silvestres, de nudosas raíces, se apresuraban, luego, á clavar sus codos sobre la tierra que acababan de conquistar, y, al fin, la gruesa yerba erizaba allí sus puntas, como las lanzas de un ejército de fantasmas que persiguiera á otro en retirada.

Los hombres solteros fueron los primeros en huir, y esparcieron por todas partes la noticia de que la aldea estaba condenada á desaparecer. ¿Quién podía luchar, decían, contra la Selva, ó contra sus dioses, cuando hasta la misma cobra de la aldea había abandonado el agujero que ocupaba en la plataforma, bajo el árbol á cuya sombra se celebraban las reuniones? Así, el escaso comercio que allí se practicaba con el mundo exterior fué reduciéndose, como los caminos trillados, en los claros de la maleza, fueron disminuyendo y borrándose. Al fin, los trompeteos nocturnos de Hathi y de sus tres hijos dejaron de molestar á los aldeanos, porque nada les quedaba ya que pudiera serles robado. La cosecha que había sobre la tierra y la semilla enterrada bajo ella habían desaparecido por igual. Los campos distantes perdían su antigua forma, y la hora había ya llegado de acogerse á la caridad de los ingleses que vivían en Khanhiwara.

Siguiendo la costumbre indígena, retrasaron los aldeanos su partida, dejándola de un día para otro, hasta que las primeras lluvias les cogieron desprevenidos; los abandonados techos de las chozas dieron paso á torrentes de agua; las tierras destinadas á pastos se inundaron hasta la altura del tobillo; y toda vida pareció renacer allí con fuerza tras los calores del verano. Entonces echaron á andar por el barro (hombres, mujeres y niños), bajo la lluvia matinal que les cegaba; pero se volvieron, por un impulso natural, para dar el último adiós á sus hogares.

En el momento en que atravesaba las puertas de la aldea la última familia, agobiada bajo el peso de los fardos, oyóse ruido de bigas y techos de bálago que se hundían detrás de los muros. Vieron entonces una trompa negra y brillante, parecida á una serpiente, levantada en alto por un momento y ocupada en esparcir el bálago hervido. Desapareció, y pronto pudo oirse el ruido de otro hundimiento al que siguió un agudo grito. Hathi había estado arrancando techos de las chozas como quien arranca nenúfares, y una biga le había alcanzado al caer. No necesitaba más que esto para mostrar toda su contenida fuerza, porque, de cuantos seres hay en la Selva, el elefante salvaje, cuando está furioso, es el más destructor por maldad, por gusto. Dió una patada á una pared de tapia, que se deshizo con el golpe, y, desmenuzándose, se convirtió en amarillo barro, gracias al torrente de agua que caía. Entonces, volvióse en redondo, y, dando agudos gritos, lanzóse á través de las estrechas calles, apoyándose fuertemente contra las chozas á derecha é izquierda, destrozando las desvencijadas puertas y aplastando los aleros, mientras sus tres hijos corrían detrás de él, como habían corrido cuando la destrucción de los campos de Bhurtpore.

--La Selva se tragará esas cáscaras que quedan, dijo una voz reposada, entre las ruinas. Lo que ahora hay que echar abajo es el muro exterior, añadió, y, en aquel momento, Mowgli, chorreándole la lluvia por los desnudos hombros y brazos, saltó desde una pared, que se venía al suelo como un búfalo cansado.

--Llegas oportunamente, dijo Hathi jadeante. ¡Oh! ¡Pero en Bhurtpore tenía yo los colmillos rojos de sangre!... ¡Al muro exterior, hijos míos! ¡Con la cabeza! ¡Todos á la vez! ¡Ahora!

Empujaron los cuatro, puestos uno al lado de otro; hizo comba la pared, rajóse, y cayó, mientras los aldeanos, mudos de terror, veían las feroces cabezas de los destructores, rayadas de arcilla, apareciendo por el roto boquete. Entonces huyeron, sin hogar ya y sin alimentos, por el valle, contemplando como la aldea, hecha pedazos esparcidos y pisoteados, se desvanecía á su espalda.

Un mes después, el lugar era un otero lleno de hoyos y cubierto de blanda, verde yerba recién nacida, y al terminar las lluvias, la Selva entera rugía á plenos pulmones en el sitio donde aun no hacía seis meses que el arado solía remover la tierra.

[Ilustración]

=Canción de Mowgli contra los hombres=

¡Sobre vosotros lanzaré las vides de pies veloces, y á la Selva entera mandaré luego que hasta el mismo rastro que en pos vuestro dejéis á borrar vaya!

Ante ella se hundirán todos los techos, quedarán sin sostén los viejos muros, y la amarga _karela_, como un manto irá á cubrirlo todo con sus hojas.

Donde á reuniros vais irán los míos á aullar sin tregua, y del dintel colgantes se verán en la puerta del granero á los grandes murciélagos inmóviles; y tendréis por guardiana á la serpiente que en vuestro hogar reposará tranquila, y la amarga _karela_ irá á dar fruto donde hoy en lechos os tendéis vosotros.

Yo haré que aunque sin ver á mis amigos sintáis su azote y les oigáis temblando: de noche he de mandarlos, cuando el suelo no ilumina la luna todavía.

Yo os daré por pastor al fiero lobo que en no acotados campos irá á erguirse, y la amarga _karela_ sus simientes esparcerá donde el amor gozasteis.

Yo en vuestros campos lanzaré á mi pueblo y, al frente de él, aun antes que vosotros, iré á segarlos, y, ya el pan perdido, tendréis que ir á espigar tras nuestras huellas.

Serán de hoy más los ciervos vuestras yuntas para labrar las tierras devastadas, que donde alzarse vuestro hogar solía sólo abrirá sus hojas la _karela_.

Sobre vosotros lanzaré las vides de pies que lejos van: vuestros linderos los borrará la Selva al invadiros y el bosque ha de reinar en vuestros prados.

Los techos se hundirán en vuestras casas, quedarán sin sostén los viejos muros y la amarga _karela_ con sus hojas irá á cubriros para siempre á todos.

[Ilustración]

[Ilustración]

LOS ENTERRADORES

Quien al chacal le llame «hermano mío» y parta su comida con la hiena, es como aquel que con Jacala, el vientre que en cuatro patas corre, pacte tregua.

_(Ley de la Selva)._

--¡Respetad á los ancianos!

La voz que esto decía era una voz pastosa (fangosa, más bien, y que os hubiera hecho estremecer si la hubieseis oído)... una voz que parecía el rumor de algo muy blando que se partiera en dos pedazos. Había en ella un quiebro especial que la hacía participar del graznido y del lamento.

--¡Respetad á los ancianos, compañeros del río!... ¡Respetad á los ancianos!

Nada podía verse en toda la ancha extensión ocupada por el cauce, exceptuando una flotilla de gabarras, de velas cuadradas y clavijas de madera, cargada de piedras para edificaciones, y que acababa de llegar bajo el puente del ferrocarril, siguiendo corriente abajo. Hicieron jugar los toscos timones para evitar el banco de arena que había formado el agua al rozar contra los estribos del puente, y mientras pasaban, á tres de fondo, la horrible voz comenzó de nuevo á decir:

--¡Brahmanes del río, respetad á los ancianos y achacosos!

Volvióse uno de los barqueros, que iba sentado en la regala de uno de los barcos, levantó la mano, dijo algo, que no era precisamente una bendición, y los botes siguieron adelante, crujiendo de cuando en cuando, iluminados por la luna. El ancho río indio, que tenía más bien el aspecto de una cadena formada por lagos pequeños que el de una verdadera corriente continua, era terso como un cristal, reflejando en el centro el cielo de color de arena roja, pero mostrándose salpicado de manchas amarillentas y de un color de púrpura obscuro cerca de sus bajas orillas, y aun tocando con ellas. En la estación lluviosa formábanse calas en el río; pero ahora sus secas bocas quedaban muy por encima de la superficie del agua. Sobre la orilla izquierda, casi bajo el puente del ferrocarril, veíase una aldea edificada con fango y ladrillos, con bálago y palos, cuya principal calle, llena de ganado que volvía á sus establos, iba en línea recta hasta el río, y terminaba en una especie de tosco desembarcadero de ladrillo, en el que la gente que necesitaba lavar podía meterse en el agua paso á paso. Este sitio se llamaba el _Ghaut_ de la aldea de _Mugger-Ghaut_[20].

Caía la noche á más andar sobre los campos de lentejas, arroz y algodón, en las tierras bajas, anualmente inundadas por el río; sobre los cañaverales que bordeaban el vértice del recodo que aquél formaba, y sobre la enmarañada maleza que crecía en las tierras de pastos, detrás de las adormecidas cañas. Los papagayos y los cuervos, que estuvieron charlando y dando gritos al ir á beber por la tarde, como de costumbre, habían volado ya tierra adentro para ir á dormir, cruzándose con los batallones de murciélagos que entonces salían; y nubes de aves acuáticas venían silbando á buscar el abrigo de los cañaverales. Había gansos de cabeza casi cilíndrica y de negra espalda, cercetas, patos silbadores, lavancos, tadornas, chorlitos, y, de cuando en cuando, un flamenco.

Cerraba pesadamente la marcha una grulla de las llamadas _ayudantes_, que volaba como si cada uno de sus aletazos fuera el último que iba á dar en su vida.

--¡Respetad á los ancianos!... ¡Brahmanes del río... respetad á los ancianos!

La grulla volvió á medias la cabeza, desvióse un poco en dirección de la voz y fué á pararse muy tiesa en el banco de arena que había debajo del puente. Entonces pudo verse bien su aire brutal y rufianesco. Por detrás parecía de gran respetabilidad, porque medía casi dos metros de alto, y su aspecto ofrecía bastante semejanza con el de un correctísimo pastor protestante de gran calva. Por delante era distinto, porque su cabeza á lo _Ally Sloper_[21] y su cuello no tenían ni una sola pluma, y en aquél llevaba una horrible bolsa de desnuda piel... á donde iba á parar cuanto su largo y afilado pico robaba. Eran sus patas largas, flacas y descarnadas; pero las movía con gran suavidad y las contemplaba con orgullo al alisarse las plumas de la cola, mirando de soslayo por encima del hombro y cuadrándose luego, como si obedeciera al grito de: «¡firmes!»

Un chacal pequeño y sarnoso que había estado ladrando como perrito hambriento allá en una hondonada, levantó las orejas y la cola y corrió al encuentro de la grulla.

Era el ser más bajo de toda su casta (y no quiere decir esto que en los mejores chacales haya mucho bueno, sino que éste era una especialidad en lo de la bajeza, por ser mitad mendigo y mitad criminal), dedicado á limpiar los montones de basura de la aldea, exageradamente tímido ó temerariamente fiero, con hambre perpetua, y lleno de astucia, que jamás le sirvió para maldita la cosa.

--¡Uf! dijo, sacudiéndose con aire lastimoso, al pararse. ¡Así la sarna se coma á los perros de la aldea! Tres mordidas me han dado por cada pulga que llevo encima, y todo porque miré (nada más que mirar, fijaos bien) un zapato viejo que había en un corral de vacas. Pues ¿qué he de comer? ¿Barro? Al decir esto se rascó debajo de la oreja izquierda.

--Oí yo, contestó la grulla con voz que parecía el ruido de una sierra embotada pasando á través de una gruesa tabla, oí yo decir que había un perrillo recién nacido dentro de ese zapato.

--Del dicho al hecho hay gran trecho, repuso el chacal que conocía bastantes refranes, aprendidos escuchando las conversaciones que tenían los hombres alrededor de las fogatas, al caer de la tarde.

--Cierto que sí. Y por esto, para estar yo segura de la verdad, me quedé cuidando á ese cachorro mientras los perros estaban ocupados en otro sitio.

--Estaban _muy_ ocupados, dijo el chacal. Bueno: no he de ir á caza de lo que sobre en la aldea por algún tiempo. ¿De modo que de veras había un perrillo ciego dentro de aquel zapato?

--Aquí está, contestó la grulla mirando por encima del pico á su bolsa que estaba llena. Poca cosa es, pero muy aceptable en estos tiempos en que la caridad ha muerto en este mundo.

--¡Ay! El mundo es duro como el hierro, en nuestros tiempos, exclamó el chacal gimiendo. En aquel instante sus inquietos ojos notaron una levísima ondulación en el agua, y se apresuró á decir, continuando:

--La vida es muy dura para todos nosotros, y no dudo de que hasta nuestro excelente amo, orgullo del _Ghaut_ y envidia del río...

--Un embustero, un adulador y un chacal son tres cosas que salieron á la vez de un mismo huevo, dijo la grulla sin dirigirse á nadie de un modo determinado, porque también era ella una grandísima embustera, cuando quería tomarse esa molestia.