El libro de las tierras vírgenes

Part 21

Chapter 214,088 wordsPublic domain

--¡Bah! exclamó Mowgli. ¡Charla... charla! ¡Habladurías! Los hombres son hermanos de los _Bandar-log_. Ahora necesita enjuagarse la boca con agua; después querrá echar humo por ella; y, cuando haya acabado de hacer todo eso, le quedará aún el cuento por contar. Son los hombres muy avisados... Nadie será capaz de guardar á Messua, hasta que tengan todos bien atiborrados los oídos de las mentiras que cuenta Buldeo. Y... y yo me estoy volviendo ya tan perezoso como ellos.

Sacudió el cuerpo, deslizándose, nuevamente, en dirección de la choza. Estaba ya sobre la ventana cuando sintió el contacto de algo contra su pie.

--Madre, dijo, porque inmediatamente comprendió que le tocaba una lengua no desconocida para él, ¿qué estás haciendo ahí?

--Oí cantar á mis hijos en el bosque, y le seguí los pasos al que quiero yo más que á todos. Oye, ranita: tengo deseos de ver á la mujer que te dió la leche, dijo Mamá Loba, que venía empapada toda ella de rocío.

--La han atado y quieren matarla. Pero yo he cortado las ligaduras, y ella se escapará con su hombre hacia la Selva.

--Yo iré detrás, también. Vieja soy; pero aún tengo dientes.

Enderezóse Mamá Loba sobre sus patas traseras, y miró por la ventana hacia el interior de la obscura choza.

Dejóse caer sin ruido al cabo de unos momentos, y no dijo más que esto:

--Yo fuí quien te dió la primera leche; pero verdad es lo que dice Bagheera: el Hombre siempre vuelve al Hombre.

--Es posible, contestó Mowgli descompuesto el rostro, que tomó desagradable aspecto; pero lo que es esta noche disto mucho de seguir esa pista. Espérame aquí, y procura que no te vea _ella_.

--Tú sí que nunca me tuviste miedo, renacuajo mío, añadió Mamá Loba, retrocediendo hasta donde crecía la yerba, alta y espesa, y hundiéndose allí, para ocultarse como tan bien sabía hacer.

--Y ahora, dijo alegremente Mowgli al saltar, de nuevo, dentro de la choza, allí están todos, sentados alrededor de Buldeo, que les cuenta lo que no ocurrió. Para cuando haya acabado, dicen que seguramente vendrán aquí con la Flor... con fuego, quiero decir, y os quemarán á los dos. ¿Y entonces?

--Ya le he hablado á mi hombre, dijo Messua. Khanhiwara está á siete leguas de aquí... pero allí podríamos encontrarnos con los ingleses...

--Y ¿de qué manada son éstos? dijo Mowgli.

--No sé. Son blancos, y dícese que gobiernan toda esta tierra, y no permiten que las gentes se quemen, ó se peguen unos á otros, sin tener testigos. Si podemos llegar allí esta noche, viviremos; pero, de lo contrario, podemos darnos por muertos.

--Vivid, pues. Nadie pasará esta noche por las puertas de la aldea. Pero... ¿qué es lo que está haciendo _él_, tu hombre?

El marido de Messua, á gatas, cavaba la tierra en un rincón de la choza.

--Son sus ahorrillos, dijo Messua. Es lo único que podemos llevarnos.

--¡Ah!... ¡Ya!... Eso que pasa de mano en mano, y siempre está frío. ¿Es que también fuera de este lugar lo necesitan? dijo Mowgli.

Miróle el hombre fijamente y con aire de malhumor.

--Ese es un tonto, y no un diablo, murmuró. Con el dinero podré comprar un caballo. Tenemos el cuerpo demasiado adolorido para caminar muy lejos, y dentro de una hora toda la aldea se nos vendrá detrás, persiguiéndonos.

--Pues yo digo que no os seguirán hasta que á mí se me antoje; pero no está mal el pensar en procurarse un caballo, porque Messua está fatigada.

Levantóse el marido, y ató la última de sus rupias entre la ropa que llevaba ceñida á la cintura. Ayudó Mowgli á Messua para que pasara por la ventana, y el fresco aire de la noche pareció animarla; pero, á la luz de las estrellas, la Selva quedaba muy obscura, y ofrecía temeroso aspecto.

--¿Sabéis la pista que conduce á Khanhiwara? susurró Mowgli.

Contestaron ellos con un movimiento de cabeza.

--Bueno. Tened presente que no habéis de tener miedo. Y ninguna necesidad hay de apresurarse. Sólo que... sólo que podría ser que, delante y detrás de vosotros, hubiera su poquito de canturreo en la Selva.

--¿Crees tú que nos hubiéramos arriesgado á pasar una noche en ella por nada de este mundo, si no fuera el temor de ser quemados? Al fin y al cabo, más vale que le maten á uno las fieras que los hombres, dijo el marido de Messua; pero ésta miró á Mowgli y sonrió.

--Digo (continuó Mowgli lo mismo que si él fuera Baloo y estuviera repitiendo alguna antigua ley de la Selva, por centésima vez, á un cachorro algo obtuso), digo que ni un sólo diente de cuantos hay en la Selva se clavará en vuestra piel; ni una sola garra se levantará contra vosotros. No os cerrarán el paso hombres ni fieras antes de llegar á la vista de Khanhiwara. Ya tendréis quien os vigile.

Volvióse Mowgli prontamente hacia Messua y añadió:

--_Él_ no me cree; pero tú, al menos, ¿me querrás creer?

--¡Ay, hijo mío! Con toda el alma. Seas hombre, duende ó lobo de la Selva, yo te creo.

--_Él_ tendrá miedo cuando oiga cantar á mi gente. Tú, enterada ya, lo comprenderás. Andad ahora, y despacio, porque ninguna necesidad hay de apresurarse. Las puertas de la aldea están cerradas.

Arrojóse Messua sollozando á los pies de Mowgli; pero él la levantó en seguida, sintiendo como un escalofrío. Echóle ella, entonces, los brazos al cuello, y colmóle de bendiciones en cuantas formas se le ocurrieron; pero, entre tanto, su marido miró con envidiosos ojos hacia sus propios campos y dijo:

--Como logremos llegar á Khanhiwara y me haga yo oir de los ingleses, les pongo un pleito al brahmán, al viejo Buldeo y á los demás, que se va á comer vivos á todos los de la aldea. ¡Ya les haré yo pagar doble de lo que valen mis cosechas abandonadas y mis búfalos sin cuidar! Haré en ellos un escarmiento: justicia seca.

Mowgli echóse á reir.

--No sé, dijo, lo que justicia sea; pero... volved aquí para las próximas lluvias y veréis lo que habrá quedado.

Alejáronse en dirección de la Selva, y Mamá Loba saltó entonces del sitio en que estaba escondida.

--¡Síguelos! ordenóle Mowgli, y cuida de que sepa toda la Selva que éstos dos han de pasar sanos y salvos. Haz que corra la voz. Yo llamaría á Bagheera.

El largo, grave aullido alzóse y se extinguió luego, y Mowgli vió como el esposo de Messua vacilaba y se volvía en redondo, casi decidido á echar á correr, retrocediendo á la choza.

--¡Adelante! gritó alegremente Mowgli. Ya os dije que habría su poquillo de canto. Este grito os irá siguiendo hasta que lleguéis á Khanhiwara. Es una prueba de amistad que os da la Selva.

Hizo Messua que su marido siguiera adelante, y se perdieron en la obscuridad ellos y Mamá Loba, mientras Bagheera se levantaba del suelo, casi á los pies de Mowgli, temblorosa del júbilo que le inspiraba la noche, que posee la virtud de volver feroz al Pueblo de la Selva.

--Estoy avergonzada de ver qué hermanos tienes, dijo con susurro de gata.

--¿Qué? ¿No era dulce la canción que le cantaron á Buldeo? contestó Mowgli.

--¡Demasiado! ¡Demasiado! Hasta á mí me hicieron olvidarme de mi dignidad, y,--¡por el cerrojo que me libertó!--te aseguro que también yo fuí cantando por la Selva, ni más ni menos que si estuviera haciendo el amor en la primavera. ¿No me oiste?

[Ilustración]

--Otra caza traía yo entre manos. Pregúntale á Buldeo si le gusta la canción. Pero ¿dónde están _los Cuatro_? No quiero que ni uno de los de la manada humana cruce esta noche las puertas de la aldea.

--¿Para qué se necesitan, pues, _los Cuatro_? dijo Bagheera preparando las garras, llameándole los ojos y subiendo de tono más que nunca su sordo ronquido. Yo puedo detener á quien sea preciso, Hermanito. ¿Habrá, que matar á alguien, al fin? El cantar y la vista de los hombres encaramándose á los árboles me han puesto en muy buena disposición para ello. ¿Y quién es el Hombre para que le guardemos consideraciones... ese cavador moreno y desnudo... que ni tiene pelo ni dientes... y que se alimenta de tierra? Yo lo he seguido todo el día... por la tarde... á la blanca luz del sol. Yo le he hecho ir delante de mí como los lobos hacen con el gamo. ¡Yo soy Bagheera! ¡Bagheera! ¡Bagheera! ¡Como bailo con mi sombra así bailaba con aquellos hombres! ¡Mira!

La enorme pantera saltó como salta un gatito para cojer la hoja seca que da vueltas por encima de su cabeza; dió zarpazos en el aire á derecha é izquierda, haciendo silbar aquel con los golpes; se dejó caer de nuevo, sin el menor ruido, y volvió á saltar una y otra vez, mientras la especie de ronquido ó de gruñido que producía iba creciendo, como el vapor que ruge sordamente dentro de una caldera.

--Soy Bagheera... en medio de la Selva... en plena noche, y estoy en posesión de todas mis fuerzas. ¿Quién me resiste al atacar? Hombrecito, de un zarpazo podría echarte al suelo la cabeza, tan aplastada como si fuera una rana muerta en mitad del verano.

--¡Pega, pues! dijo Mowgli en el dialecto de la aldea, no en el lenguaje de la Selva, y las palabras humanas hicieron parar instantáneamente á Bagheera, obligándola á sentarse temblando y con la cabeza al mismo nivel que la de Mowgli. Una vez más miróla éste fijamente (como había mirado antes á los cachorros cuando se le rebelaron), en mitad de los ojos, de un color verde de berilo, hasta que la roja, deslumbradora llamarada que parecía brillar detrás del verde se extinguió, como la luz de un faro que apagan á larga distancia; hasta que los ojos se bajaron, y, con ellos, la enorme cabeza fué inclinándose también... baja... más baja á cada instante, y el encarnado rallo de una lengua vino á frotar el pie de Mowgli por el empeine.

--¡Hermana! ¡Hermana! ¡Hermana! murmuraba el muchacho acariciando con firmeza y suavidad á la vez á la pantera, desde el cuello hasta la espalda, que con la caricia se arqueaba. ¡Estate quieta! ¡Estate quieta! No es culpa tuya, sino de la noche.

--Sí, los olores de la noche, dijo Bagheera con aspecto de arrepentimiento. Este aire parece que me esté hablando á gritos. Pero ¿y _tú_ cómo sabes eso?

Claro está que, alrededor de una aldea india, hállase el aire impregnado de toda clase de olores, y para cualquier animal que tiene el olfato casi como único vehículo del pensamiento, los olores poseen la virtud de enloquecer, casi tanto como la música y ciertas drogas la tienen respecto á los seres humanos. Mowgli acarició á la pantera durante algunos minutos más, y ésta se tendió como un gato ante el fuego, metidas las patas bajo el pecho, y medio cerrados los ojos.

--Tú eres y _no eres_ uno de los de la Selva, dijo, al fin. Y yo no soy más que una pantera negra. Pero te quiero, Hermanito.

--Mucho se prolonga la conversación de ésos, allá á la sombra del árbol, dijo Mowgli sin prestar atención á las últimas palabras de la pantera. Buldeo debe de haberles contado infinidad de cuentos. Pronto vendrán á sacar de la trampa á la mujer y al hombre para ponerlos sobre la Flor Roja; pero se encontrarán con que la trampa se ha abierto. ¡Ja! ¡Ja!

--¡Vaya, escucha! dijo Bagheera. Ya se me ha pasado la fiebre. Permíteme ir á allí para que cuando vayan ellos se encuentren conmigo. Pocos serían los que salieran de sus casas después de verme á mí. No será esta la primera vez que me he visto metida en una jaula, y no creo que á mí me amarren con cuerdas.

--Pues ten juicio, contestó Mowgli riendo, porque empezaba él mismo á sentirse tan atrevido como la pantera, que se había ya deslizado dentro de la choza.

--¡Uf! gruñó Bagheera. Este sitio apesta á Hombre; pero aquí veo una cama parecida precisamente á la que me dieron para que me acostara en las jaulas de Oodeypore. Deja que me eche en ella.

Mowgli oyó crugir las cuerdas de la cama, que formaban el fondo de ésta, con el peso de la enorme fiera, al tenderse encima.

--Por el cerrojo que me libertó, te aseguro, continuó, que han de decir que ésta es caza mayor. Ven y siéntate á mi lado, Hermanito, que así les gritaremos juntos: «¡Buena suerte!»

--No; otra idea me bulle á mí en la cabeza. No ha de saber la manada de los hombres la parte que tengo yo en ese juego. Caza tú sola. No quiero verlos.

--¡Sea! dijo Bagheera. ¡Ah! Ahora vienen.

La conferencia celebrada á la sombra del árbol, allá al extremo de la aldea, había ido convirtiéndose en ruidosísima. Estalló, al fin, en salvajes alaridos y en una especie de alud de hombres y mujeres que remontaban la calle blandiendo garrotes, bambúes, hoces y cuchillos. Al frente iban Buldeo y el brahmán; pero la turba los seguía pisándoles los talones y gritando:

--¡Á la bruja y al brujo! ¡Vamos á ver si la moneda enrojecida al fuego les hará confesar! ¡Ya les enseñaremos á recoger lobos ó diablos! ¡No, mejor será apalearlos primero! ¡Antorchas! ¡Más antorchas! ¡Calienta el cañón de la escopeta, Buldeo!

Surgió aquí una pequeña dificultad: el pestillo de la puerta estaba cerrado y asegurado fuertemente; pero la multitud lo arrancó por completo, precipitándose la luz de las antorchas en la habitación donde, tendida cuan larga era sobre la cama, cruzadas las patas, y colgando un poco hacia un lado, negra como el abismo y terrible como un diablo, estaba Bagheera. Hubo, entonces, cosa de medio minuto de mortal silencio, mientras los de las primeras filas de la multitud, para abrirse paso, clavaban las uñas en los que tenían detrás, retrocediendo desde el umbral, y en aquel mismo instante levantó Bagheera la cabeza y bostezó... bostezó trabajosa, cuidadosamente, con verdadera ostentación, como tenía por costumbre hacer cuando quería insultar á alguno de sus iguales. Sus labios se encogieron y levantaron; su roja lengua se enroscó; su quijada inferior fué bajándose, bajándose, hasta mostrar la mitad del hirviente gaznate, y los enormes caninos se destacaron en las encías, hasta que los superiores y los inferiores sonaron con metálico ruido al chocar, como las aceradas guardas de una cerradura que vuelven á su sitio en los bordes de un arca. Un momento después la calle estaba vacía; Bagheera había saltado otra vez por la ventana y se hallaba al lado de Mowgli; y, entre tanto, un verdadero torrente de personas huía dando alaridos, gritando desaforadamente, atropellándose unos á otros, con el pánico que les dominaba y la prisa para llegar cada uno á su propia choza.

--No se moverán de allí hasta que se haga de día, dijo suavemente Bagheera. ¿Y ahora, qué más?

Parecía como si el silencio de la siesta se hubiera apoderado de la aldea; pero, escuchando atentamente, oyeron el ruido de pesadas cajas de las que sirven para guardar el grano, y que eran arrastradas sobre suelos de tierra para colocarlas contra las puertas. Tenía razón Bagheera: la gente de la aldea no se movería ya más hasta que se hiciera de día. Mowgli se sentó en silencio y púsose á pensar, mientras su rostro iba adquiriendo á cada momento tinte más sombrío.

--Pero ¿qué he hecho yo? dijo Bagheera, por fin, echándose á sus pies con aire zalamero.

--Nada más que un gran bien. Obsérvalos hasta que apunte el día. Yo me voy á dormir.

Corrió Mowgli hacia la Selva y dejóse caer como muerto sobre una roca, donde durmió, sin interrupción, todo el día y toda la noche siguiente.

Al despertarse, Bagheera estaba á su lado, y á los pies tenía un gamo que aquélla acababa de matar. Miraba la pantera curiosamente, mientras Mowgli comenzó á manejar el cuchillo, comió, bebió, y volvióse, al fin, de lado, con la barba apoyada en las manos.

--El hombre y la mujer han llegado sanos y salvos á la vista de Khanhiwara, dijo Bagheera. Tu madre mandó el aviso por medio de Chil, el milano. Hallaron un caballo antes de media noche (de la noche en que quedaron libres), y pudieron así alejarse con toda velocidad. ¿No te alegras de eso?

--Bien está, contestó Mowgli.

Y tu manada humana, allá en la aldea, no se ha movido hasta que el sol estaba ya alto, esta mañana. Entonces, tomaron su alimento, y corrieron, de nuevo, hacia sus casas.

--¿Te vieron, por casualidad?

--Es posible. Estaba yo revolcándome á la hora del alba ante la puerta, y podría ser, también, que hubiera cantado un poco por divertirme. Ahora, Hermanito, no queda ya más que hacer. Vente á cazar conmigo y con Baloo. Ha hallado unas colmenas nuevas que quiere enseñar, y todos nosotros deseamos que vuelvas, como antes, á estar en nuestra compañía. ¡No mires así, que hasta á mí me das miedo! Ni el hombre ni la mujer serán puestos ya sobre la Flor Roja, y todo va bien ahora en la Selva. ¿No es cierto? Olvidemos á la manada de los hombres.

--La olvidaremos de aquí á un rato. ¿Dónde comerá esta noche Hathi?

--Donde se le antoje. ¿Quién es capaz de decir lo que hará el Silencioso? Pero ¿por qué lo preguntas? ¿Qué puede hacer aquí Hathi que no podamos nosotros?

--Dile que venga con sus tres hijos á encontrarme.

--Pero... verdaderamente, Hermanito... no está bien que se le diga á Hathi: «ven», ó «márchate». Acuérdate de que él es el dueño de la Selva, y de que antes que la manada de los hombres cambiara el aspecto de tu rostro, él te enseñó las _palabras mágicas_ de la Selva.

--Lo mismo da. Yo tengo ahora una _palabra mágica_ contra él. Dile que venga á encontrar á Mowgli, la Rana; y, si no te escucha á la primera vez, dile que venga _por la destrucción de los campos de Bhurtpore_.

--_La destrucción de los campos de Bhurtpore_, repitió Bagheera dos ó tres veces, para estar segura de recordar las palabras. Voy en seguida, continuó. Lo peor que puede suceder es que Hathi se enfade, y daría yo toda la caza que puedo matar desde una luna á otra para oir una palabra mágica que pudiera obligar al Silencioso á hacer algo.

Marchóse, pues, dejando á Mowgli ocupado en dar furiosas cuchilladas á la tierra con su cuchillo de desollador. No había visto Mowgli en su vida sangre humana hasta que vió, y (lo que para él significaba mucho más) olió la sangre de Messua sobre las ligaduras con que la ataron. Y Messua había sido bondadosa con él, y, en cuanto al muchacho se le alcanzaba del cariño, la quería tan de veras como de verdad odiaba á todo el resto de la humanidad. Pero por profundo que fuera su aborrecimiento á los hombres, á su charla, su crueldad y su cobardía, por nada de cuanto pudiera ofrecerle la Selva se hubiera él decidido á arrebatar una sola vida humana, y á sentir ese terrible olor de sangre, fijo en su olfato nuevamente. Mucho más sencillo era su plan; pero mucho más completo también, y, á solas, se reía él cuando pensaba que, precisamente, uno de los cuentos que refería Buldeo bajo el árbol, al caer de la tarde, era lo que le había suscitado la idea.

--Verdaderamente fué una palabra mágica, murmuró á su oido Bagheera. Estaban comiendo junto al río, y obedecieron como si fueran bueyes. Míralos: ya vienen.

Habían llegado Hathi y sus tres hijos del modo que era en ellos habitual: sin producir el menor ruido. En los costados llevaban aun fresco el barro del río, y Hathi mascaba pensativo el verde tallo de un plátano que acababa de arrancar con los colmillos. Pero no había en todo su enorme cuerpo una sola línea que no le demostrara á Bagheera (capaz de ver las cosas con claridad cuando las tenía delante) que no asistía á una entrevista entre el dueño de la Selva y un humano cachorro, sino entre alguien que se presentaba con miedo y otro que carecía de él en absoluto. Los tres hijos se balanceaban, uno al lado de otro, detrás de su padre.

Mowgli levantó apenas la cabeza cuando Hathi le saludó con el grito de: _¡Buena suerte!_ Túvole mucho rato, antes de hablar, meciéndose, levantando una pata y después otra; y, al fin, cuando despegó los labios, fué para dirigirse á Bagheera, no á los elefantes.

--Voy á contar un cuento que me refirió á mí el cazador que fuíste tú á cazar hoy, dijo Mowgli. Es relativo á un elefante, viejo y sabio; que cayó en una trampa, y al cual el palo afilado que había en el fondo de ella le produjo una herida desde un poco más arriba de una pata hasta la parte alta del hombro, dejándole una señal blanca.

Tendió aquí Mowgli la mano, y, como Hathi se moviera, la luz de la luna hizo visible una larga cicatriz blanca sobre el costado de color de pizarra, cicatriz semejante á la que podría dejar un látigo metálico calentado al rojo.

--Unos hombres vinieron á sacarle de la trampa, continuó Mowgli; pero él rompió las cuerdas con que lo ataron, porque fuerzas tenía para ello, y se marchó, esperando, luego, á que se le hubiera cerrado la herida. Entonces volvió, furioso, de noche, á los campos de los cazadores aquéllos. Y ahora recuerdo que tenía tres hijos. Todo eso sucedió hace muchas, muchísimas _lluvias_, y lejos, muy lejos, allá por los campos de Bhurtpore. ¿Qué ocurrió en esos campos al venir la época de la siega, Hathi?

--Que los había ya segado yo, junto con mis tres hijos, contestó Hathi.

--¿Y respecto á la labor de arado que sigue á la siega? dijo Mowgli.

--Que no se dió, dijo Hathi.

--¿Y en cuanto á los hombres que viven cerca de los verdes cultivos que sustenta la tierra? preguntó Mowgli.

--Se marcharon.

--¿Y qué fué de las chozas en que dormían los hombres? dijo Mowgli.

--Sus techos, los hicimos pedazos nosotros, y la Selva se tragó las paredes, contestó Hathi.

--Y ¿qué más? dijo Mowgli.

--Tanto terreno cultivable como puedo yo recorrer en dos noches, yendo de Este á Oeste, y en tres, de Norte á Sur, pasó á ser dominio de la Selva. Sobre cinco aldeas arrojamos nosotros á los que la pueblan; y en ellas, y en sus terrenos, sean de los de pastos ó de los de labor, no hay hoy un solo hombre que se alimente de lo que produce la tierra. Esto fué _la destrucción de los campos de Bhurtpore_, realizada por mí y por mis tres hijos; y ahora te pregunto yo, Hombrecito, añadió Hathi ¿cómo tuviste tú noticia de todo esto?

--Un hombre fué quien me lo dijo, y ahora observo que hasta él, Buldeo, es capaz de decir la verdad. Bien hiciste las cosas, Hathi, el de la cicatriz blanca; pero la segunda vez se harán aun mejor, porque habrá un hombre que las dirija. ¿Conoces la aldea en que vive la manada humana que me arrojó á mí de aquélla? Todos son allí perezosos, sin sentido común y crueles; se entretienen en jugar con la boca y no matan al débil para comérselo, sino por diversión. Cuando están hartos serían capaces de echar sobre la Flor Roja á sus propios hijos. Yo lo he visto. No está bien que sigan viviendo aquí por más tiempo. ¡Les tengo odio!

--¡Mata, pues! dijo el más joven de los hijos de Hathi cogiendo un manojo de yerba, sacudiéndolo entre sus patas delanteras y arrojándolo lejos, mientras sus ojos, pequeños y rojizos, miraban de soslayo á uno y otro lado.

--¿Y para qué necesito yo huesos blancos? contestó Mowgli con malhumor. ¿Soy acaso algún lobato para entretenerme jugando al sol con algún cráneo? Maté á Shere Khan, y su piel se pudre allá sobre la Peña del Consejo; pero... pero no sé adonde ha ido á parar él, y vacío de su carne tengo aun el estómago. Esta vez quiero algo que pueda yo verlo y tocarlo. ¡Lanza á la Selva en masa contra la aldea, Hathi!

Al oir esto estremecióse Bagheera y se acurrucó. Comprendía ella, suponiendo que se llevaran las cosas hasta el extremo, una rápida embestida por la calle del pueblo y unos cuantos golpes repartidos á diestro y siniestro entre la multitud, ó bien el matar por astutos medios á algunos hombres, mientras araban, allá á la hora del crepúsculo; pero ese proyecto de borrar deliberadamente de la vista de hombres y de fieras á toda una aldea la aterrorizaba. Ahora comprendía porque Mowgli había mandado llamar á Hathi. Nadie más que el elefante, que tan larga vida contaba, podía trazar el plan de semejante guerra y llevarla á cabo.

--Que corran como corrieron los hombres que cultivaban los campos de Bhurtpore, hasta que el agua de lluvia sea el único arador que trabaje la tierra... hasta que el ruido de aquélla, al caer sobre las hojas, venga á reemplazar al del huso... hasta que Bagheera y yo podamos echarnos en la casa del brahmán, y el gamo vaya á beber en el estanque que hay detrás del templo... ¡Lanza sobre esa gente á toda la Selva, Hathi!