El libro de las tierras vírgenes
Part 14
Sabía Toomai que mientras él se estuviera acostado y bien quieto sobre el cuello de Kala Nag, nada le ocurriría; porque, hasta en las embestidas y luchas de una _keddah_, ningún elefante salvaje coge con la trompa á un hombre para desmontarlo del cuello de un elefante domesticado; y, además, aquellos elefantes ni se acordaban siquiera de los hombres, en tal noche. Por un momento se pusieron alerta, con las orejas hacia delante, al oir sonar unos hierros en el bosque; pero era Pudmini, el elefante mimado de Petersen Sahib, que había arrancado por completo su cadena y llegaba gruñendo, resoplando, montaña arriba. De fijo que habría roto sus estacas y se habría ido en derechura hacia aquel sitio, desde el campamento de Petersen Sahib. Toomai chico vió también otro elefante, uno que no conocía, con hondas desolladuras en la piel de la espalda y del pecho, causadas por cuerdas. También él debía de haberse escapado de algún campamento situado entre las montañas.
Al fin, no se oyeron ya, en el bosque, más ruidos de elefantes, y Kala Nag avanzó, desde el sitio en que estaba parado entre los árboles, hasta el centro del grupo, produciendo una especie de cloqueo y de sonidos guturales, tras de lo cual, todos los elefantes empezaron á moverse y á hablar en su lenguaje.
Echado aún como estaba, vió Toomai chico centenares de anchas espaldas, orejas balanceándose, trompas que se movían, y ojillos que rodaban en sus cuencas. Oyó el golpear de los colmillos chocando casualmente unos con otros; el seco rozar de las trompas enlazadas; el de los enormes costados y hombros en medio de aquella muchedumbre, y el incesante chasquido ó zumbido de las grandes colas. Luego, una nube pasó por delante de la luna, y él se quedó en la más completa obscuridad; pero el callado rozar, empujar y producir sordos ruidos guturales continuó del mismo modo. Sabía el muchacho que en torno de Kala Nag había multitud de elefantes, y que no existía la menor probabilidad de sacarle de aquella asamblea; así, pues, apretó los dientes y se echó á temblar. Al menos en una _keddah_ había luz de antorchas y gritería; pero aquí se hallaba completamente solo y á obscuras, y hubo un momento en que sintió junto á una rodilla el contacto de una trompa.
Después, bramó un elefante, y todos se pusieron á imitarle por espacio de cinco ó de diez terribles segundos. El rocío cayó desde los árboles como lluvia sobre las invisibles espaldas, y comenzó á oirse un ruido sordo, muy bajo al principio, y que Toomai chico no podía saber de donde provenía; pero creció y creció, y Kala Nag levantó una de sus patas delanteras, después la otra, y las dejó caer sobre el suelo... (¡una, dos! ¡una, dos!) con tanta fuerza como si fueran gruesos martillos de herrería. Los elefantes pateaban, ahora, todos á la vez, y el ruido sonaba como tambor de guerra que alguien tocara á la boca de una caverna. Siguió el rocío cayendo de los árboles hasta que no quedó ya más; el estruendo continuó; la tierra retemblaba, y Toomai chico púsose las manos sobre los oídos para amortiguar el ruido. Pero aquel golpear de centenares de pesadas patas sobre la desnuda tierra era tan gigantesco, desapacible y repetido que le parecía que todo su cuerpo vibraba por entero. Una ó dos veces sintió como Kala Nag y todos los demás elefantes se adelantaban algunos pasos, y el pisar se convertía en rumor de cosas verdes, jugosas, que eran aplastadas; pero, un minuto ó dos más tarde, el violento moverse de las patas sobre la dura tierra comenzaba de nuevo. Crujía, y parecía quejarse, un árbol, á poca distancia de él. Alargó el brazo y tocó la corteza; pero Kala Nag siguió adelante, pateando aún, y no pudo él darse cuenta del sitio en que se hallaba. Ningún sonido producían los elefantes, excepto una vez, cuando dos ó tres de los más jóvenes chillaron al mismo tiempo. De pronto, oyó pesado golpe y un rumor como de confusión y desorden, y el patear continuó. Debió de durar dos horas bien cumplidas, y á Toomai chico dolíanle ya todos los nervios del cuerpo; pero por el olor del aire de la noche adivinaba la proximidad de la mañana.
Rayó el alba, tendiendo un manto de amarillo claro por detrás de las montañas, y, con el primer rayo de luz, paróse el estruendo como á un mandato. Antes de que á Toomai chico hubieran dejado de zumbarle los oídos, y hasta antes de que hubiera tenido tiempo de cambiar de posición, no quedó ya ningún elefante á la vista, excepto Kala Nag, Pudmini y el elefante que mostraba las desolladuras producidas por las cuerdas; y no se observó el más leve signo, ni roce ó murmullo en las vertientes de las montañas, que indicara á dónde habían ido los otros.
Miró fijamente Toomai chico una y otra vez. El claro aquel, por lo que él recordaba, había crecido durante la noche. En el centro veíanse más árboles; pero la maleza y la yerba, á los lados, habían retrocedido. Toomai chico volvió á mirar atentamente. Ahora comprendía el continuo apisonar. Los elefantes habían agrandado el sitio pateándolo todo: la espesa yerba y los jugosos juncos de Indias habían sido convertidos en una masa inmunda, la masa en tiras, las tiras en fibras delgadísimas, y las fibras en dura tierra.
--¡Ah! dijo Toomai chico, sintiendo que los ojos se le cerraban, Kala Nag, señor mío, juntémonos con Pudmini y vamos al campamento de Petersen Sahib, porque, si no, me caigo de tu cuello al suelo.
Miró el tercer elefante alejarse juntos á los otros dos, resopló, dió media vuelta, y siguió, solo, su dirección propia. Debía de pertenecer á alguno de los reyezuelos indígenas, que estaría á diez, veinte ó treinta leguas de distancia.
Dos horas más tarde, mientras Petersen Sahib se desayunaba, los elefantes, que habían sido atados aquella noche con dobles cadenas, comenzaron á dar grandes bramidos, y Pudmini, llena de barro hasta los hombros, acompañada de Kala Nag, que tenía las patas muy adoloridas, entró, bamboleándose, en el campamento.
La carita de Toomai chico estaba casi gris de tan pálida, y muy hundida, llevando el muchacho el cabello lleno de hojas y empapado en rocío; pero, haciendo un esfuerzo, saludó á Petersen Sahib y gritó con apagada voz:
--¡El baile!... ¡el baile de los elefantes!... ¡Yo lo he visto... y... me estoy muriendo!... Y como Kala Nag se echara, resbaló él desde su cuello, presa de mortal desmayo.
Pero como los niños indígenas no tienen nervios, ó no vale la pena de hablar de los que tengan, al cabo de dos horas estaba ya acostado, muy contento, en la hamaca de Petersen Sahib, con el capote de caza perteneciente á éste bajo la cabeza, y en el estómago un vaso de leche caliente, un poco de _brandy_ y una pequeña dosis de quinina; y mientras los viejos cazadores de las selvas, velludos y cubiertos de cicatrices, estaban sentados, á tres de fondo, delante de él, mirándolo como si fuera un aparecido, refirió el muchacho lo que tenía que contar, en breves palabras, como hacen los niños, y terminó con las siguientes:
--Ahora, si hay algo de lo que he dicho que os parezca mentira, mandad hombres para que lo vean, y hallarán que el pueblo de los elefantes ha apisonado un espacio mucho mayor que el que existía en su salón de baile, y hallarán diez... y diez... y muchas veces diez pistas que conducen á este salón. Ensancharon el sitio con las patas. Yo lo he visto. Kala Nag me llevó, y yo lo ví. También Kala Nag tiene muy cansadas las piernas.
Tendióse Toomai chico y durmió durante toda la tarde, hasta que llegó el anochecer, y, mientras dormía, Petersen Sahib y Machua Appa siguieron la pista de los dos elefantes, durante cuatro leguas, á través de los montes. Había pasado Petersen Sahib diez y ocho años cazando elefantes, y sólo un _salón de baile_ como aquél había visto con anterioridad.
No tuvo Machua Appa que dar más que una ojeada al claro para ver lo que habían hecho allí, ni necesitó arañar más que una vez con el dedo del pie la tierra compacta, apretada.
--Verdad es lo que habla el muchacho, dijo. Todo esto se hizo ayer noche, y yo he contado setenta pistas diferentes que cruzaban el río. ¡Mirad, Sahib, como los hierros de Pudmini cortaron la corteza de este árbol! Sí; también estaba en la reunión.
Miráronse uno á otro, de arriba abajo, pasmados, porque las cosas de los elefantes exceden en profundidad á cuanto puede imaginar cualquier hombre, sea blanco ó negro.
--Cuarenta y cinco años hace, dijo Machua Appa, que sigo á los señores elefantes; pero nunca oí que ningún hombre de mujer nacido viera lo que ha visto este muchacho. Por todos los dioses de las montañas os digo que esto es... ¿cómo podremos llamarlo?... y, sin acabar la frase, limitóse á sacudir la cabeza.
Cuando estuvieron de vuelta en el campamento era ya la hora de la cena. Comió Petersen Sahib solo, en su tienda; pero dió orden de que á su gente, allí acampada, se le dieran dos corderos y algunos pollos, además de doble ración de harina, arroz y sal, porque era imprescindible algo de banquete.
Á paso más que regular había llegado Toomai grande del otro campamento, en la llanura, yendo en busca de su hijo y de su elefante, y, al hallarlos, los contempló á uno y otro de tal modo que no parecía sino que le causaban miedo. Celebróse una fiesta, junto á las llameantes hogueras, frente á las filas de atados elefantes, siendo Toomai chico el héroe de ella; y los grandes cazadores, los ojeadores, cornacas y laceros, los hombres que conocían todos los secretos para domar los más bravos elefantes, se lo pasaron de uno á otro, y marcaron su frente con sangre tomada del pecho de un «gallo de la selva» recién muerto, queriendo indicar con esto que era un habitante de los bosques, un iniciado, y libre, por lo tanto, en toda la extensión que abarcan las selvas.
Al fin, cuando las llamas empezaron ya á apagarse y la roja luz de los tizones daba á los elefantes un aspecto que no parecía sino que también ellos estuvieran empapados en sangre, Machua Appa, el jefe de todos los cornacas de todas las _keddahs_; Machua Appa, el _alter ego_ de Petersen Sahib, que por espacio de cuarenta años no había visto un camino hecho por mano de hombres; Machua Appa, cuya grandeza era tanta que nadie sabía que tuviera otro nombre más que el de Machua Appa, saltó, y, poniéndose de pie, levantando en el aire á Toomai chico, por encima de su cabeza, gritó:
--Oidme, hermanos míos. Oidme también vosotros, señores, señores míos que estáis ahí en las filas: ¡soy yo, Machua Appa, quien os habla! Este pequeñín no se llamará ya de aquí en adelante Toomai chico, sino Toomai, el de los elefantes, como antes que á él se llamó ya á su bisabuelo. Lo que jamás vió hombre alguno lo ha visto él durante toda una noche, porque es el favorito del pueblo de los elefantes, y, al par, de los dioses de todas las selvas, que con él están. Llegará á ser un gran ojeador; llegará á ser más grande que yo mismo, más que yo mismo: Machua Appa. Sabrá seguir la pista reciente, y la medio borrada, y la mixta, con ojo seguro. Ningún daño recibirá en la _keddah_ cuando corra por debajo de los elefantes salvajes para atarlos, y si por casualidad resbalara y cayera frente á un elefante feroz, en el momento de embestir éste, sabiendo la fiera quien es él no se atreverá á aplastarlo. _¡Aihai!_ señores míos que estáis ahí entre cadenas... (y al decirlo dió una vuelta hacia las filas de estacas), ante vosotros tenéis al pequeñuelo que ha visto los bailes que celebráis en escondidos sitios... lo que jamás vió ningún hombre. ¡Prestadle vuestro homenaje, señores míos ¡_Salaam karo_, hijos míos! ¡Saludad á Toomai, el de los elefantes! ¡Gunga Pershad, _ahaa_! ¡Hira Guj, Birchi Guj, Kuttar Guj, _ahaa_! ¡Pudmini (tú que le has visto en el baile, y tú también, Kala Nag, perla de los elefantes)! _¡ahaa!_ ¡Todos á la vez! ¡Á Toomai, el de los elefantes! _¡Barrao!_
Y al oir el último de estos salvajes gritos, la fila entera de elefantes lanzó al aire las trompas, hasta hacer que los extremos tocaran las frentes, y prorrumpió en el gran saludo, el trompetear atronador que sólo oye el Virrey de la India, el _Salaamut_ de la _keddah_.
Pero todo esto se hacía, únicamente, por Toomai chico, que había visto lo que jamás vió antes hombre alguno: ¡el baile de los elefantes, por la noche, y solo, en el corazón de las montañas de Garo!
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=Siva y el saltamontes=
(_Canción que la madre de Toomai le cantaba á su hijo menor_).
Siva, que manda al hombre las cosechas, y hace que sople el viento, sentado en el umbral de un claro día, ha de ello mucho tiempo, repartió su porción, á cada uno, de pan, trabajo y duelos, desde el Rey, que en el _guddee_ se reclina, al pobre pordiosero.
Hízolo todo Siva, el que proteje, sí, todo _¡Mahadeo!_ dió el espino al camello, al buey forraje, y á tí, mi niño, por cojín mi pecho.
Al rico dióle trigo, mijo al pobre; al santón que pidiendo de puerta en puerta va, dióle mendrugos; reses al tigre hambriento, carroña dió al milano, y á los lobos que van rondando fieros en torno á los poblados, por la noche, dióles trapos y huesos.
Á todo atendió él, de lo más alto hasta lo más pequeño; pero Parbati, su mujer, burlarle quiso como por juego, en tan diversas cosas ocupado al gran esposo viendo, y así robando al dios un saltamontes escondiólo en su pecho.
Tal hizo su mujer á Siva, el Grande, _¡Mahadeo! ¡Mahadeo!_ ¡Tratárase de un buey!... Mas, hijo mío, no se trataba más que de un insecto.
Terminado el reparto, sonriente dijo ella á su dueño: --¿De entre un millón de bocas no habrá una, Señor, sin alimento?
Ni una, dijo Siva, ni siquiera, añadió sonriendo, la diminuta que ocultaste, ha poco, aquí, junto á tu pecho.
Sacó entonces Parbati, la ladrona, el escondido insecto y vió que hasta él comía verde hojuela nacida aquel momento.
Viólo asombrada, y á los pies de Siva temblorosa cayendo, rezó al dios que, en verdad, á cuanto existe dió apropiado sustento.
Hízolo todo Siva, el que protege, sí, todo... _¡Mahadeo!_ dió el espino al camello, al buey forraje, y á tí, mi niño, por cojín mi pecho.
[Ilustración]
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LOS SERVIDORES DE SU MAJESTAD
Resolvedlo por quebrados ó bien por regla de tres: Tweedle-dum no será nunca Tweedle-dee: ya lo veréis.
Dadle vueltas al problema, retorcedlo sin cesar: la vía de Pilly-Winky no es la que á Winkie-Pop va.
Había estado lloviendo copiosamente durante un mes entero... lloviendo sobre un campamento de treinta mil hombres, millares de camellos, elefantes, caballos, bueyes y mulas, todo ello reunido, en un sitio llamado Rawal Pindi, para que lo revistara el Virrey de la India. Recibía éste la visita del Emir del Afganistán, rey salvaje de un salvajísimo país, y el Emir había traído consigo, como escolta, ochocientos hombres y otros tantos caballos que jamás habían visto en su vida un campamento ó una locomotora: hombres y caballos salvajes, también, sacados de algún sitio en el corazón del Asia Central. No pasaba una noche sin que un pelotón de esos caballos rompiera las cuerdas con que estaban atados, y se lanzara con estrépito de un lado á otro del campamento, por entre el barro y en medio de la obscuridad, ó bien sin que los camellos se desataran y corrieran por allí, tropezando con las cuerdas que sostenían las tiendas, y ya puede imaginarse lo agradable que esto sería para la gente que intentaba entregarse al sueño. Estaba mi tienda lejos de las filas de camellos, y creía yo que el sitio era seguro; pero una noche asomó un hombre, por aquélla, la cabeza, y me gritó:
--¡Salid pronto, que vienen! Á mí me han derribado ya la tienda.
Ya sabía yo quienes eran los que venían, y así púseme las botas, echéme el impermeable y salí corriendo por el lodo. Vixen, mi perrita _fox-terrier_, salió por el otro lado; y á poco se oían bramidos, gruñidos y burbujeos, tras de lo cual hundióse la tienda, por haber saltado hecho astillas el palo que la sostenía, y comenzó á bailar como duende loco. Un camello se había metido y enredado en ella, y á pesar de mi malhumor y de la mojadura, no pude menos de reirme. Luego seguí corriendo, porque no sabía cuántos eran los camellos que se habían soltado, y al cabo de poco rato perdí de vista el campamento, caminando con dificultad por entre el barro.
Caí, al fin, sobre la cureña de un cañón, y esto fué para mí indicio de que me hallaba cerca del sitio en que acampaba la artillería y donde las piezas eran colocadas por la noche. Como no quería seguir vagando bajo la lluvia y en medio de la obscuridad, puse mi impermeable sobre la boca de uno de los cañones, formé así una especie de choza con dos ó tres atacadores que hallé á mano, y me tendí sobre la cureña de otro de aquéllos, preguntándome por dónde debía de andar Vixen y dónde yo mismo estaría.
Cuando iba ya á dormirme oí ruido de arreos y una especie de gruñido, tras de lo cual pasó junto á mí un mulo sacudiendo las mojadas orejas. Pertenecía á una batería de cañones atornillables ó de montaña, porque así me lo indicaba el ruido de las correas, anillas, cadenas y demás pegando sobre el basto. Estos cañones, cómodos y pequeños, se componen de dos piezas que se unen en el momento de usarlos, pudiendo así llevarse fácilmente, por las montañas, donde los mulos hallen un sendero, por lo cual prestan grandes servicios en todos los países en que abundan las rocas[12].
Venía detrás del mulo un camello cuyas enormes y blancas patas se hundían y resbalaban en el barro, mientras su cuello se balanceaba, dirigiéndose hacia todos lados como el de una gallina perdida. Afortunadamente conocía yo lo bastante el lenguaje de los animales (no el de los salvajes, por supuesto, sino el de los que se hallan en los campamentos, que había aprendido de los indígenas), para saber lo que decía entonces.
Debía de ser el mismo que entró en mi tienda, porque le gritó al mulo:
--¿Qué haré? ¿Á dónde iré? Me he peleado con una cosa blanca que se movía, y la cosa cogió un palo y me pegó un golpe en el cuello. (Referíase al palo roto de mi tienda, y yo me alegré mucho de oirlo). ¿Seguiremos corriendo?
--¡Ah! ¿Sois tú y tus amigos los que habéis venido á turbar la tranquilidad del campamento? Perfectamente. Ya te lo pagarán con una paliza en cuanto se haga de día; pero, de todos modos, voy á darte yo algo á cuenta.
Oí entonces el ruido de los arreos al retroceder el mulo, y el camello recibió un par de coces en las costillas, que resonaron como un tambor.
--Otra vez, dijo el mulo, lo pensarás mejor antes de pasar corriendo por entre una batería, de noche, y como si gritaras: ¡ladrones! ¡fuego! Échate y no muevas más ese estúpido cuello.
Doblóse el camello como suelen hacerlo éstos, en forma de escuadra, y se echó dando gemidos.
Oyóse acompasado ruido de cascos en medio de la obscuridad, y un gran caballo de los del ejército se acercó galopando con la misma regularidad que si estuviera en una parada, saltó por encima de una cureña y se paró junto al mulo.
--¡Eso es una vergüenza! exclamó, dando resoplidos. Ya han empezado esos camellos á meter bulla por entre nuestras filas... y es la tercera vez en lo que va de semana. ¿Cómo puede conservarse bien un caballo si no le dejan dormir por la noche?... ¿Quién anda por ahí?
--Soy el mulo que lleva la pieza de culata del cañón número dos de la primera batería de montaña, dijo el mulo, y aquel es uno de vuestros amigos. También á mí me ha despertado. ¿Quién sois vos?
--El número quince, compañía _E_, del noveno de lanceros... Soy el caballo de Dick Cunliffe. Echaos un poco hacia allá. Así.
--¡Oh! ¡Mil perdones! contestó el mulo. Está tan obscuro que no se distingue casi nada. Yo me marché de mi fila para ver si aquí podía tener un poco de paz y de tranquilidad.
--Señores míos, dijo el camello humildemente, tuvimos esta noche una pesadilla que nos atemorizó muchísimo. Yo no soy más que uno de los camellos de carga del treinta y nueve de la infantería indígena, y no tengo el valor que poseéis vosotros, señores míos.
--Entonces, ¿por qué demonio no te quedas en tu sitio y llevas el bagaje del treinta y nueve de la infantería indígena, en vez de estar corriendo por todo el campamento? repuso el mulo.
--¡Es que la pesadilla era tan horrible! Yo siento lo ocurrido. Pero, ¡escuchad! ¿Qué es eso? ¿Empezaremos á correr otra vez?
--¡Échate! dijo el mulo, ó si no vas á romperte esas piernas tan largas, tropezando con los cañones. Enderezó una de las orejas y púsose á escuchar, ¡Bueyes! exclamó. Los bueyes que arrastran los cañones. ¡Por vida de!... que entre tú y tus amigos habéis despertado á todo el campamento. Se necesita alborotar mucho para lograr que uno de los bueyes de las baterías se levante.
Oí una cadena que se arrastraba por el suelo, y una de las parejas de enormes y tercos bueyes blancos que arrastran los pesados cañones de sitio cuando los elefantes no se atreven á acercarse ya más á los fuegos del enemigo, llegó, empujando el hombro uno contra otro; y, casi pisando la cadena, venía también un mulo de los de las baterías, llamando á grandes voces á Billy.
--Este es uno de nuestros reclutas, dijo el mulo viejo al caballo. Me está llamando. ¡Aquí estoy, muchacho! ¡Basta de chillar! La obscuridad no hizo nunca daño á nadie.
Echáronse juntos los bueyes y comenzaron á rumiar; pero el mulo joven se precipitó junto á Billy.
--¡Qué cosas! exclamó. ¡Qué horribles y espantables cosas, Billy! Viniéronse á nuestras filas mientras estábamos durmiendo. ¿Crees que nos matarán?
--¡Me están dando unas ganas de largarte una coz de padre y señor mío! ¡Mira que ocurrírsele á un mulo de tu estampa, y tan bien enseñado como tú, venir á deshonrar la batería delante de estos caballeros!...
--¡Poco á poco! dijo el caballo. Acordaos de que, al principio, todos son siempre así. La primera vez que yo ví á un hombre (era en Australia, cuando tenía tres años de edad), estuve corriendo por espacio de medio día, y, si hubiera visto un camello, estaría corriendo aún á estas horas.
Casi todos los caballos que sirven para la caballería inglesa en la India son llevados allí desde Australia, y domados por los mismos soldados.
--¡Verdad es! asintió Billy. No tiembles más, muchacho. La primera vez que me enjaezaron á mí por completo, con todas las cadenas colgándome desde la espalda, me puse en dos pies, los delanteros, y á coces lo hice todo pedazos. No sabía aún entonces la verdadera ciencia de cocear; pero cuantos formaban parte de la batería dijeron que no habían visto nunca cosa semejante.
--Pero lo que se oía ahora no era ruido de arreos ni retintín alguno, dijo el muleto. Ya sabes que esto no me impresiona ya. Eran cosas parecidas á árboles, y caían por entre las filas burbujeando; y á mí se me rompió el cabestro, y no pudiendo hallar ni al que me cuidaba ni á tí, Billy, me escapé con... con estos caballeros.
--¡Je! exclamó Billy. Yo, en cuanto oí que los camellos se habían soltado, me fuí por mi cuenta, sin alborotar. Cuando un mulo de una batería... de una batería de cañones de montaña... llama caballeros á los bueyes que arrastran cañones de la otra clase, es preciso que esté bajo el peso de profunda emoción. ¿Quién sois vosotros, buena gente, que estáis ahí echados?
Dejaron de rumiar los bueyes por un momento, y contestaron á la vez: