El libro de las tierras vírgenes

Part 15

Chapter 154,025 wordsPublic domain

--La séptima pareja del primer cañón de la batería de los grandes. Estábamos durmiendo cuando llegaron los camellos; pero, al sentir que nos pisoteaban, levantámonos y nos fuimos. Más vale tenderse en paz sobre el barro que sentir que le molestan á uno estando sobre un buen lecho. Á tu amigo, que está aquí presente, le dijimos que no había para qué asustarse; pero sabe tanto que opinó todo lo contrario. ¡Bueno!

Y continuaron rumiando.

--Ahí tienes lo que pasa cuando se tiene miedo. Se burlan de tí hasta los bueyes que arrastran los cañones. Me parece que estarás satisfecho, muchacho.

El muleto rechinó los dientes, y oí que algo decía sobre el poco miedo que le inspiraban todos los cochinos bueyes de este mundo, todos esos montones de carne; pero los bueyes no hicieron más que chocar los cuernos, uno contra otro, y seguir rumiando.

--No vengas ahora á incomodarte después de haber tenido miedo: mira que es ésta la peor clase de cobardía, dijo el caballo. Á cualquiera puede perdonársele el azorarse un poco de noche (ó al menos así lo creo yo), cuando ve cosas que le parecen incomprensibles. Nosotros (los cuatrocientos cincuenta que somos), hemos roto innumerables veces las ataduras que nos retenían á las estacas, sólo porque algún _recluta_ venía á contarnos cuentos de látigos que se habían vuelto serpientes, allá en su tierra, en Australia, y, después de oirlo, nos asustaban horriblemente hasta los colgantes cabos de nuestros cabestros.

--Todo esto está muy bien en el campamento, afirmó Billy. Yo mismo confieso que siento ganas de salir escapado, sólo por el gusto de hacerlo, cuando he estado sin andar uno ó dos días; pero ¿qué es lo que vos hacéis cuando estáis en servicio activo?

--¡Ah! Eso es harina de otro costal, dijo el caballo. Entonces llevo encima á Dick Cunliffe, y él me aprieta las rodillas á los lados, reduciéndose cuanto he de hacer á mirar bien donde pongo los pies, conservar las patas traseras dobladas bajo el cuerpo, y obedecer al freno.

--Y ¿qué es obedecer al freno? preguntó el muleto.

--¡Por los gomeros azules de mi tierra! relinchó el caballo. ¿Acaso no te enseñan á tí también eso en el oficio que tú desempeñas? ¿Cómo puedes hacer nada si no sabes volverte en redondo, de pronto, al sentir que te aprietan la rienda sobre el cuello? Para el hombre que va contigo es cuestión de vida ó muerte, y, por supuesto, también lo es para tí. Da la vuelta sobre las patas traseras, bien recogidas, en el mismo momento en que sientas la rienda sobre el pescuezo. Si no tienes sitio para revolverte bien, levántate de manos, y gira, entonces, sobre los cuartos posteriores. Esto es lo que se llama obedecer al freno.

--Á nosotros no nos enseñan así, dijo Billy, el mulo, con gran frialdad. Lo que aprendemos es á acatar las órdenes del hombre que nos guía: dar un paso hacia aquí ó hacia allí, según él nos mande. Al fin, creo que todo será, poco más ó menos, lo mismo. Pero con tanta fantasía, y tanto empinarse, lo que debe de ser muy malo para vuestros corvejones ¿queréis decirme qué es lo que _realmente_ hacéis?

--Eso es según los casos, dijo el caballo. Generalmente tengo que ir entre una infinidad de hombres desgreñados, que gritan y llevan cuchillos (unos cuchillos largos y brillantes, peores que los del albeitar) y he de atender á que la bota de Dick toque exactamente la del hombre que está á su lado; pero sin apretarla. Veo la lanza de Dick cerca de mi ojo derecho, y sé, entonces, que no hay cuidado. No quisiera ser del hombre ó del caballo que se nos pusiera delante, á Dick y á mí, cuando tenemos prisa.

--¿Y los cuchillos no hacen daño? preguntó el muleto.

--Te diré... á mí me hirieron una vez en el pecho; pero no fué culpa de Dick.

--¡Poco me importaría á mí de quien era la culpa si me hirieran! exclamó el muleto.

--Pues ha de importarte, contestó el caballo. Para no tener confianza en _tu hombre_, tanto da que te escapes de una vez. Esto es lo que hacen algunos de nuestros caballos, y yo me guardaré de censurarlos. Como decía, la culpa no fué de Dick. Había un hombre tendido en el suelo, y yo me alargué cuanto pude para no pisarlo; pero él me tiró un tajo. Otra vez que haya de pasar sobre un hombre tendré buen cuidado de pisarlo... y apretaré de firme.

--¡Je! dijo Billy, todo eso son locuras. Los cuchillos son siempre una cosa muy fea. Lo bonito es encaramarse por una montaña, bien ensillado, agarrarse fuerte, con las cuatro patas y hasta con las orejas, y trepar, arrastrarse, moverse de todas las maneras posibles, hasta que se llega á algunas docenas de metros por encima de la altura á que cualquiera otro pueda hallarse, sobre un reborde del terreno en que no hay más sitio que el preciso para poner los cascos. Entonces te paras, te estás quieto (no le pidas nunca á ningún hombre que te tenga del cabestro), te estás quieto mientras ponen en orden los cañones, y, luego, miras como las bombas, que parecen diminutas adormideras, caen entre las copas de los árboles, allá abajo, lejos, muy lejos.

--¿Y no dáis nunca un paso en falso? preguntó el caballo.

--Dicen que cuando un mulo lo dé será cuando pueda rasgársele una oreja á una gallina, contestó Billy. Alguna vez que otra, _acaso_, por culpa de un basto mal puesto, podrá caerse un mulo; pero ocurre esto rarísimas veces. Quisiera poderos enseñar cómo trabajamos. Es cosa hermosísima. ¡Con decir que me costó tres años el llegar á adivinar para qué teníamos hombres que nos dirigieran!... Toda la ciencia consiste en procurar que el cuerpo no se destaque como una mancha contra el cielo, porque, de no hacerlo así, serviría uno de blanco y podrían tirarle. Acuérdate de esto, muchacho. Escóndete siempre tanto como puedas, aunque para ello tengas que dar un rodeo de un cuarto de legua. Yo soy el que dirige la batería cuando hay que hacer alguna de esas ascensiones.

--¡Que le tiren á uno, sin dejarle siquiera la posibilidad de arrojarse sobre el que dispara! dijo el caballo, profundamente pensativo. ¡No podría sufrir yo eso! ¡Me moriría de ganas de atacar, junto con Dick!

--¡Ca! ¡No lo creáis! Ya sabemos nosotros que, en cuanto estén colocados todos los cañones, ellos serán los que se encarguen del ataque. Esto es científico y elegante; pero los cuchillos... ¡qué asco!

Rato hacía que el camello estaba balanceando la cabeza con el vivo deseo de meter baza en la conversación. Al fin, le oí decir, mientras carraspeaba nerviosamente:

--Yo... yo... yo he entrado también en batalla, más ó menos; pero no trepando ni corriendo, como vosotros.

--Sin duda. Ahora que hablas de ello, noto que á tí no debieron de hacerte ni para trepar ni para correr mucho. Bueno, vamos á ver, ¿cómo fué eso, costal de paja.

--Fué... como debe ser: nos echamos todos...

--¡Por vida de mi pretal y mi grupera! dijo entre dientes el caballo... ¿Os echasteis?...

--Nos echamos... y éramos cien... siguió diciendo

[Ilustración] el camello, formando un gran cuadro, después de lo cual amontonaron los hombres nuestros fardos y sillas, fuera del cuadro, y pusiéronse á disparar, por encima de nosotros, desde los cuatro lados á la vez.

--¿Qué clase de hombres eran? ¿Los primeros transeuntes...? preguntó el caballo. Enséñannos también, en la escuela de equitación, á tendernos y dejar que nuestros amos disparen por encima de nosotros; pero el único hombre á quien le permitiría yo hacer eso es Dick Cunliffe. Me molesta, haciéndome cosquillas junto á la cincha, y, además, con la cabeza en el suelo no puedo ver nada.

--¿Y qué importa quién es el que dispara por encima de uno? dijo el camello. Infinidad de hombres y de camellos tiene uno al lado, é infinidad de nubes de humo también. Entonces no tengo yo miedo. Me estoy quieto y espero.

--Y, sin embargo, repuso Billy, tienes pesadillas por la noche y alborotas todo el campamento. ¡Vaya! ¡Vaya! Antes de que yo me tendiera (nada digo ya de echarme á medias), y le permitiera á ningún hombre disparar por encima de mí, mis patas y su cabeza me parece que trabarían conocimiento. ¿Cuando oyó nadie cosa tan horrible como ésta?

Reinó largo silencio. Al cabo, uno de los bueyes levantó la enorme cabeza y dijo:

--Todo eso es verdaderamente absurdo. No hay más que un modo de entrar en lucha.

--¡Ah! ¡Vamos! ¡Sigue, sigue! contestó Billy. No hagas caso de que esté yo delante. ¡Hazme este favor! Supongo que vosotros, buena gente, tomáis parte en el combate sosteniéndoos sobre la punta del rabo.

--No hay más que un modo, repitieron ambos á la vez. (De fijo que eran gemelos). Y el modo es éste: uncirnos, las veinte parejas que formamos nosotros, al cañón grande, en cuanto empieza á tocar la trompa _El de las dos colas_. (_El de las dos colas_ es, en el lenguaje vulgar de los campamentos, el elefante).

--¿Y por qué toca él la trompa? preguntó el muleto.

--Para significar que no quiere ya acercarse más al humo que hay del lado de allá. _El de las dos colas_ es un grandísimo cobarde. Entonces empujamos todos juntos el cañón grande... _¡Heya! ¡Hullah! ¡Heeyah! ¡Hullah!_ Lo que es _nosotros_ no nos encaramamos como gatos ni corremos como terneros. Atravesamos la llanura, la tierra nivelada, veinte parejas de frente, hasta que nos desuncen de nuevo, y, entonces... á pacer, mientras los cañones grandes tienen la palabra, y se la dirigen, á través del llano, á alguna ciudad de paredes de tapia, las cuales van cayendo en grandes pedazos, y nubes de polvo se elevan por el aire como al regresar de innumerables rebaños.

--¡Ah! ¿Y aquel es el momento que aprovecháis vosotros para pacer? dijo el muleto.

--Aquel, ó cualquier otro. El comer siempre es agradable. Nosotros vamos comiendo, hasta que nos uncen de nuevo, y arrastramos otra vez el cañón hacia donde _El de las dos colas_ está esperándolo. Hay, á veces, en la ciudad, cañones de grandes dimensiones que contestan á los nuestros y matan á algunos de nosotros; pero así es más abundante el pasto para los que quedan. Eso es cosa del Destino... Nada más que del Destino. Pero sea como fuere, _El de las dos colas_ es un grandísimo cobarde. Ese es el verdadero modo de combatir. Nosotros dos somos hermanos, somos hijos de Hapur. Nuestro padre era uno de los bueyes sagrados de Siva. Hemos dicho.

--¡Bueno! En verdad que algo he aprendido esta noche, afirmó el caballo. ¿Y vosotros, caballeros de la batería de cañones de montaña, también os sentís en disposición de comer cuando los cañones disparan contra vosotros y tenéis á retaguardia al _de las dos colas_?

--Tan poco, casi, como pocas son las ganas que tenemos de echarnos y de dejar que los hombres se tiendan sobre nosotros, ó bien de lanzarnos sobre gentes que empuñan cuchillos. Jamás oí semejantes simplezas. El borde de un precipicio en una montaña; una carga en que el peso esté bien distribuído; un mozo de quien pueda uno estar seguro de que le dejará ir por donde quiera... dénme eso y cuenten conmigo; pero lo que es lo demás... no, dijo Billy pegando en el suelo una patada.

--Por supuesto, contestó el caballo, no todos somos de la misma pasta, y bien adivino que á vuestra familia, por la línea paterna, debía de costarle mucho el entender ciertas cosas.

--Dejad tranquila á mi familia y á su línea paterna dijo Billy incomodado (porque no hay mulo al cual no le disguste el que le recuerden que su padre era un asno). Fué mi padre un caballero del Sur, y podía, si se le antojaba, derribar, morder, y reducir á piltrafas, de puro darle de coces, á cualquier caballo que se le atravesara en el camino. ¡Tenlo presente, gran _Brumby_!

Significa _Brumby_ un caballo salvaje, sin crianza. Imaginad lo que sentiría el noble bruto, vencedor en las carreras, que se oyera tratar de acémila por uno que arrastrara un carro, y tendréis idea de la impresión que recibiría en aquel momento el caballo australiano. Ví como el blanco de los ojos le brillaba en la sombra.

--Mira, hijo de un borrico traído de Málaga, exclamó, apretando los dientes, voy á tener que enseñarte que yo desciendo por la línea materna de Carbine, la que ganó la _copa de Melbourne_; y que en mi tierra no estamos acostumbrados á dejarnos pisotear por un mulo, que, si charla como un loro, tiene tanta cabeza como un cerdo, y que no pertenece más que á una batería de cerbatanas para jugar los chiquillos. ¡Ponte en guardia!

--¡Y tú en dos pies! chilló Billy.

Hiciéronlo así ambos, puestos frente á frente, y ya esperaba yo asistir á una furiosa lucha, cuando, en medio de la obscuridad, y en dirección hacia la derecha, oyóse una voz gutural y profunda que decía:

--Pero, hijos, y ¿por qué os peleáis ahora? Estaos quietos.

Bajaron las patas ambos animales con un ronquido de disgusto, porque no hay caballo ni mulo alguno que pueda sufrir la voz del elefante.

--¡Es _El de las dos colas_! dijo el primero. ¡No puedo resistirlo! ¡Una cola á cada extremo! ¡Eso no es jugar limpio!

--Es lo que yo pienso, contestó Billy, apretándose contra el caballo para sentirse más acompañado. En ciertas cosas nos parecemos bastante.

--Las habremos heredado de nuestras madres, dijo el caballo. ¡Vaya! No vale la pena de que nos peleemos. ¡Eh, tú! _¡Dos colas!_ ¿Estás atado?

--Sí, contestó el interpelado con una risa que parecía írsele subiendo trompa arriba. Estoy sujeto para toda la noche. Ya he oído lo que habéis estado hablando. Pero no tengáis miedo: no voy á acercarme.

Los bueyes y el camello dijeron entonces, casi en alta voz:

--¡Tenerle miedo al _de las dos colas_! ¡Qué bobería!

Y los bueyes prosiguieron:

--Sentimos que lo hayas oído; pero es la verdad. Dínos, _Dos colas_, ¿por qué les temes á los cañones cuando disparan?

--Veréis... dijo _El de las dos colas_, frotando una de sus patas traseras contra la otra, ni más ni menos que lo que suele hacer con las piernas un chico que recita unos versos: no estoy muy seguro de que me entendáis si os lo explico.

--No, no lo entenderemos; pero ello es que tenemos que arrastrar los cañones, dijeron los bueyes.

--Sí, ya lo sé. Y también sé que sois mucho más valientes de lo que os figuráis. Pero yo soy distinto. El capitán de mi batería me llamó, uno de estos días, _anacronismo paquidermatoso_.

--Esto será otra nueva manera de combatir, supongo yo; dijo Billy que empezaba á recobrar el uso de sus facultades.

--Tú no sabes lo que eso significa, por supuesto; pero yo sí. Significa una cosa que está entre dos aguas, ó entre dos luces, indecisa, y así estoy yo, precisamente. Yo veo claro dentro de mi cabeza lo que ocurrirá cuando reviente una bomba, y vosotros, bueyes, no podéis verlo.

--Pues yo sí puedo, dijo el caballo. Por lo menos, en parte. Y hago todo lo posible para no pensar en ello.

--Yo alcanzo á verlo mejor que tú, y ¡vaya si lo pienso!... Sé que hay en mí un buen corpachón que cuidar, y sé también que nadie sabe cómo curarme cuando estoy enfermo. Todo lo más que hacen es quitarle el salario á mi cornaca hasta que vuelvo á estar bien, y lo que es en él ninguna confianza puedo yo tener.

--¡Ah! contestó el caballo. Ahí está la clave de todo. Yo puedo fiarme de Dick.

--Pues lo que es á mí, podrías ponerme encima todo un regimiento de Dicks sin que me encontrara poco ni mucho mejor. Sé lo suficiente para no hallarme muy á gusto, y no lo necesario para seguir adelante, á pesar de todo.

--No lo entendemos, dijeron los bueyes.

--Ya sé que no. No es á vosotros á quienes me dirijo. Vosotros no sabéis lo que es sangre.

--Pues lo sabemos. Es una cosa roja á la que chupa la tierra, y que huele.

El caballo dió una coz, un salto y relinchó.

--No me habléis de eso, dijo. Me parece que la estoy oliendo ahora, con sólo imaginármela. Me da ganas de correr... cuando no llevo á Dick montado sobre mí.

--¡Pero si aquí no la hay! dijeron el camello y los bueyes. ¡No seas tan tonto!

--¡Es vil cosa!... dijo Billy. Á mí no me da ganas de correr; pero no quiero hablar de ella.

--¡Esa es la fija! exclamó _El de las dos colas_, moviendo la suya como para explicar mejor sus palabras.

--Sí, sin duda. Pero los fijos somos nosotros que hemos estado aquí toda la noche, dijeron los bueyes.

_El de las dos colas_ dió una patada en el suelo, haciendo resonar su anillo de hierro.

--No os hablo á _vosotros_, dijo. No podéis ver lo que pasa dentro de vuestra cabeza.

--No. No vemos más que lo que pasa fuera, y cuatro ojos tenemos para ello. No vemos más que lo que está delante de nosotros.

--Si yo pudiera limitarme á hacer esto, no se os necesitaría á vosotros para que arrastrarais los cañones de grandes dimensiones. Si fuera como mi capitán (que ve las cosas en su cabeza antes de que empiece el fuego, y tiembla todo él, pero sabe demasiado para que se le ocurra la idea de escaparse), si yo fuera como él, entonces sí que podría arrastrar los cañones. Pero á ser tan sabio, no estaría, tampoco, aquí. Sería rey en la selva, como fuí en otro tiempo, durmiendo durante la mitad del día, y bañándome siempre que se me antojara. Hace un mes que no he podido bañarme á gusto.

--Muy bonito es todo eso, dijo Billy, pero el darle á las cosas rimbombantes nombres no las mejora en lo más mínimo.

--¡Chitón! contestó el caballo. Yo creo que entiendo lo que quiere decir _Dos colas_.

--Me entenderás de aquí á un instante, dijo este último de mal humor. ¡Á ver! ¿Quieres explicarme por qué á tí no te gusta esto?

Y comenzó entonces á hacer sonar furiosamente su trompa.

--¡Basta! ¡Basta! ¡Calla! exclamaron Billy y el caballo al mismo tiempo.

Yo oí como pateaban y temblaban, porque el trompeteo de un elefante es siempre desagradable, y sobre todo de noche.

--¡No quiero callar! dijo _El de las dos colas_. ¿Me haréis ahora el favor de explicarme esto? _¡Rrrumf! ¡Rrrert! ¡Rrrumf! ¡Rrrah!_ Paróse, luego, de pronto, y pude yo oir en medio de la obscuridad algo que se quejaba, algo que pronto adiviné ser Vixen, que me había hallado, al fin. Sabía ella, tan bien como yo, que á nada teme tanto un elefante como á un perrito que ladra; por lo cual se paró, para molestar al _de las dos colas_, en el sitio donde estaba atado, y allí se estuvo ladrando entre sus enormes pies. _Dos colas_ se agitó, queriendo huir, y comenzó á chillar.

--¡Márchate, perro! exclamó. No me vengas á oler los zancajos si no quieres recibir una patada. ¡Perrito bueno... perrito mono! ¡Vete! ¡Anda á tu casa, maldito animal que no para de ladrar! Pero ¿por qué no lo apartan de ahí? ¡Va á acabar por morderme!

--Paréceme, dijo Billy dirigiéndose al caballo, que nuestro amigo _Dos colas_ tiene miedo de infinidad de cosas. Si á mí me dieran un buen pienso por cada perro que he lanzado, de una coz, al otro lado del campo de maniobras, estaría casi tan gordo como _Dos colas_.

Dí un silbido, y Vixen vino corriendo hacia mí, llena de barro toda ella, me lamió la nariz y contóme un larguísimo relato de sus aventuras en el campamento, mientras iba en mi busca. Nunca le había dicho que entendiera el lenguaje de los animales, porque, de lo contrario, se habría tomado conmigo toda clase de libertades. Así, pues, me contenté con ponérmela sobre el pecho, abotonando por encima de ella mi sobretodo, y _El de las colas_ se movió cuanto quiso, pateó y gruñó, solo ya.

--¡Cosa más rara! dijo. ¡Es extraordinario! Viene ya de familia. Pero ¡á ver! ¿dónde se ha metido ahora aquel diablo de animalejo?

Oíle que iba tanteando con la trompa.

--De uno ú otro modo, todos parecemos tener algún punto flaco, prosiguió, soplando para limpiarse la nariz. Ustedes, caballeros, se alarmaron un poco, me parece, cuando oyeron el sonido de mi trompa ¿verdad?

--Alarmarnos, precisamente, no; pero á mí me causó la impresión de que me picaban algunos tábanos en el sitio en que otras veces llevo la silla. No vuelvas á empezar.

--Á mí me da miedo un perrito, y al camello que ahí está le asustan las pesadillas que tiene por la noche.

--¡Fortuna que no tenemos que combatir todos del mismo modo! dijo el caballo.

--Lo que yo quisiera saber, observó el mulo, que había estado callado durante largo tiempo, lo que yo quisiera saber es por qué tenemos que combatir, sea del modo que fuere.

--Porque nos lo mandan, dijo el caballo con un ronquido de desprecio.

--Una orden que nos dan, añadió el mulo. Y rechinó los dientes al decirlo.

--_¡Hukm hai!_ (es una orden), dijo el camello con un ruido gutural, y _Dos colas_ y los bueyes repitieron _¡Hukm hai!_

--Sí; pero ¿quién es que da las órdenes, dijo, entonces, el muleto, el recluta.

--El hombre que va á tu lado... ó se te sienta encima... ó sostiene la cuerda que te atan á la nariz... ó te retuerce la cola... dijeron, sucesivamente, Billy, el caballo, el camello y los bueyes.

--Pero ¿quién les da á ellos las órdenes?

--Eso es querer saber demasiado, joven, dijo Billy, y es exponerse á recibir una coz. Tú no has de hacer más que obedecer al hombre que te guía, y no meterte á preguntar nada.

--Tiene razón, dijo _El de las dos colas_. Yo no siempre puedo obedecer, porque estoy como entre la espada y la pared; pero ello es que Billy tiene razón. Obedece al hombre que tienes al lado y que te da la orden, ó, de lo contrario, toda la batería tendrá que pararse por tu culpa; esto sin contar la paliza que te llevarás.

Levantáronse los bueyes para marcharse.

--La mañana se acerca, dijeron. Nos volvemos á nuestros puestos. Es cierto que nosotros no vemos más que con los ojos, y que no nos pasamos de listos; pero, así y todo, somos, esta noche, los únicos que no hemos tenido miedo. ¡Buenas noches, valientes!

Nadie contestó, y el caballo dijo, entonces, para mudar de conversación:

--¿Dónde está el perrito aquel? Un perro significa siempre que no anda lejos un hombre.

--Aquí estoy, ladró Vixen... bajo la cureña, con mi amo. ¡Como tú, camello, gran bestia, atolondrado, fuíste y nos echaste á rodar la tienda!... Mi amo está muy incomodado contigo.

--¡Psché! dijeron los bueyes. ¡Debe de ser un blanco!

--Por supuesto que sí. Pues ¿qué os figuráis? ¿Que á mí me cuida algún boyero negro?

--_¡Huah! ¡Ouach! ¡Ug!_ dijeron los bueyes. Vámonos pronto.

Lanzáronse por entre el barro, y con tan poco acierto que, sin saber como, metieron por el yugo que llevaban la lanza de un carro de municiones y se quedaron allí cogidos.

--Os habéis lucido, dijo con gran calma Billy. No forcejéis. Aquí os toca estar hasta que se haga de día. Pero ¿qué diablos os pasa ahora?

Lanzaron los bueyes aquellos largos y silbantes ronquidos que suele dar el ganado en India, y empujáronse, chocaron uno contra otro, dieron vueltas, patearon, resbalaron, y casi cayeron en el barro, gruñendo con salvaje furia.

--Mirad que vais á romperos el pescuezo, dijo el caballo. ¿Qué tenéis con los hombres blancos? Yo vivo con ellos.

--¡Se... nos... comen! ¡Tira! ¡Tira! contestó el buey que más cerca estaba. Saltó á pedazos el yugo, y ellos marcháronse juntos, andando pesadamente.

Hasta entonces no supe por qué el ganado indio le teme tanto á los ingleses: nosotros comemos buey, (cosa á la que nunca toca allí un boyero), y, por supuesto, al ganado no le gusta eso.

--Que me azoten con las mismas cadenas de mi basto si podía yo pensar que dos enormes pedazos de carne como ésos iban á perder la cabeza de tal modo, dijo Billy.

--No importa. Yo voy á ver á ese hombre. Sé que la mayor parte de los blancos llevan cosas en los bolsillos.

--Pues entonces te dejo. No soy muy aficionado á ellos. Por otra parte, hombres blancos que no tengan un sitio en que dormir es casi seguro que serán ladrones, y yo llevo encima una parte, bastante regular, de propiedad del Gobierno. Ven, muchacho: vámonos á nuestros puestos. ¡Buenas noches, Australia! Supongo que nos encontraremos mañana en la parada. ¡Buenas noches, costal de paja, y procura dominar un poco tus impresiones! ¿eh? ¡Buenas noches, _Dos colas_! Si nos encontramos mañana en el campo de maniobras no vayas á hacer sonar la trompa. Nos desbaratarías todas las filas.