El libro de las tierras vírgenes

Part 13

Chapter 133,885 wordsPublic domain

--¿Lo que ocurrirá? Lo peor. Petersen Sahib es un loco. ¿Crees tú que si no lo fuera iría á caza de esos diablos? En lo posible está que se le ocurra hasta el emplearte á tí como cazador de elefantes, y hacerte dormir en cualquier parte de esas selvas que están llenas de fiebres, para que, al fin, te pateen, hasta matarte, en la _keddah_. Afortunadamente, todas estas bromas terminan ahora, sin accidentes que lamentar. La semana próxima se acaba la cacería, y á nosotros, la gente del llano, nos mandan otra vez á nuestros puestos. Entonces, podremos andar por buenos caminos, y olvidaremos todas esas cosas. Pero, hijo mío, me duele que te mezcles en un asunto que está reservado á esas sucias gentes de la selva que se llaman asameses. Kala Nag no obedece á nadie más que á mí, y, por lo tanto, véome yo obligado á ir con él á la _keddah_; pero él no es más que un elefante de combate, y no ayuda á atar á los demás. Por esto, yo permanezco sentado con toda comodidad, como le corresponde á un _mahout_ (y no á un mero cazador), á un _mahout_, digo, á un hombre que disfrutará de una pensión al terminar el servicio. ¿Te parece si la familia de Toomai, el de los elefantes, merece que la pisoteen entre el polvo de una _keddah_? ¡Mal hijo! ¡Pillo! ¡Perdido! Anda, y lava á Kala Nag, límpiale las orejas, y mira que no tenga espinas en las patas, ó de lo contrario, entonces sí que, con toda seguridad, te coge Petersen Sahib y hace de tí un cazador medio salvaje... un perseguidor de elefantes, uno de ésos que siguen sus huellas, un oso de la selva. ¡Oh! ¡Qué vergüenza! ¡Márchate de mi vista!

Alejóse Toomai chico sin decir palabra; pero le contó á Kala Nag sus penas, mientras estaba examinándole las patas.

--¡No importa! dijo el muchacho, levantándole la punta de la oreja derecha. Le han dicho mi nombre á Petersen Sahib, y tal vez... tal vez... tal vez... ¿quién sabe?... ¡Hola! ¡Mira que espina tan grande te he arrancado!

Los primeros días que siguieron á aquel se emplearon en juntar á todos los elefantes; en obligar á caminar á los salvajes, que acababan de ser cogidos, entre otros dos que estaban ya domesticados, á fin de que no dieran luego tanto que hacer al emprender la marcha descendente hacia los llanos; finalmente en recoger mantas, cuerdas ú otras cosas, que quedaron estropeadas ó se habían perdido en el bosque.

Llegó Petersen Sahib montado en su diestro elefante hembra llamado Pudmini. Había visitado ya otros de los campamentos, situados entre las montañas, para verificar los pagos, porque la estación tocaba á su fin, y bajo un árbol, sentado á una mesa, veíase á un dependiente suyo, indígena, que iba entregando á los cazadores, uno por uno, su salario. En cuanto había cobrado, volvíase cada hombre al lado de su elefante, y se juntaba á la fila que estaba próxima á partir.

Los ojeadores, cazadores y domadores, los hombres empleados constantemente en la keddah, que de cada dos años pasan uno en la selva, iban sentados á la espalda de los elefantes que formaban parte de las fuerzas permanentes de Petersen Sahib, ó se recostaban contra los árboles con el fusil al brazo, burlándose de los cornacas que se iban, y riendo cuando los elefantes recién cazados rompían las filas y comenzaban á correr.

Toomai grande dirigióse al dependiente que arreglaba las cuentas, llevando detrás de él á Toomai chico, y Machua Appa, el jefe de los ojeadores, dijo en voz baja á uno de sus amigos:

--¡Ahí va uno que sirve de veras para cazar elefantes! ¡Qué lástima que á ese gallito de la selva lo manden ahora á mudar la pluma allá en los llanos!

Pues bien: tenía Petersen Sahib finísimo el oído, como corresponde á un hombre avezado á escuchar al más silencioso de todos los seres vivientes: el elefante salvaje, y dió media vuelta sobre la espalda de Pudmini, donde estaba echado, preguntando:

--¿Qué estáis diciendo? No sabía que entre los cornacas del llano hubiera ninguno que sirviera ni para atar á un elefante muerto.

--No hablamos de un hombre, sino de un niño. Se metió en la _keddah_, durante la última cacería, y le arrojó la cuerda á Barmao cuando queríamos separar de la madre á aquel elefante joven que tiene una pústula en el hombro.

Señaló Machua Appa hacia el sitio donde estaba Toomai chico, miró Petersen Sahib, y el muchacho saludó hasta tocar al suelo.

--¿El, arrojar una cuerda? Si es más pequeño que una estaca. ¡Chiquillo! ¿Cómo te llamas? dijo Petersen Sahib.

Estaba Toomai chico demasiado asustado para hablar; pero á su espalda tenía á Kala Nag, y Toomai le hizo un signo con la mano, por lo cual el elefante lo cogió con la trompa, levantándolo á la altura de la cabeza de Pudmini, frente á frente del gran Petersen Sahib. Toomai chico cubrióse en aquel momento la cara con las manos, porque, al fin y al cabo, no era más que un chiquillo, y, excepto para todo lo concerniente á elefantes, era tan tímido como pudiera serlo cualquier otro muchacho.

--¡Ah! dijo Petersen Sahib sonriéndose, ¿y por qué le has enseñado á tu elefante á hacer esto? ¿Para que te ayudara á robar el trigo verde, puesto á secar sobre el techo de las casas?

--Trigo verde, no, Protector de los pobres,... melones, sí, contestó Toomai chico, y, al oirlo, cuantos hombres había allí prorrumpieron en ruidosa carcajada. En su infancia, la mayor parte de ellos había enseñado á hacer lo mismo á sus elefantes. Toomai chico estaba como colgando en el aire á la altura de dos metros y medio; pero hubiera querido, en aquel momento, estar á igual profundidad bajo tierra.

--Es Toomai, mi hijo, Sahib, dijo Toomai grande arrugando el entrecejo. Es un chiquillo muy malo que acabará en presidio, Sahib.

--¡Oh! Respecto á eso, lo dudo, contestó Petersen Sahib. El muchacho que se atreve, á su edad, á meterse en una _keddah_ en pleno, no va á parar á ningún presidio. Mira, chiquillo, ahí tienes cuatro annas para gastar en dulces, porque veo que bajo ese montón de cabello se esconde realmente una cabecita. Con el tiempo, podría ser que también tú llegaras á ser cazador.

Toomai grande frunció las cejas con mayor fuerza que nunca.

Acuérdate, sin embargo, de que las _keddahs_ no son sitio adecuado para que los niños jueguen allí, continuó Petersen Sahib.

--¿Y no me permitirán ir á ellas, Sahib? preguntó Toomai chico, acompañando la pregunta con un gran suspiro.

--Sí. Y Petersen Sahib sonrió de nuevo. Cuando hayas visto bailar á los elefantes. Entonces será el momento oportuno. Lo que es _cuando los hayas visto bailar_ ven á encontrarme, y te dejaré entrar en todas las _keddahs_.

Hubo entonces otra explosión de carcajadas, porque era aquélla una de las bromas que usan los cazadores de elefantes, y equivale, precisamente, á decir _nunca_. Hay en los bosques, grandes y llanos claros, escondidos en ellos, que se llaman salones de baile de los elefantes; pero hasta el hallarlos no es más que pura casualidad, y no hay hombre que haya visto nunca cómo los elefantes bailan allí. Cuando un cornaca alaba demasiado su propia habilidad y valor, suelen decirle los otros:

--¿Y cuando fué que viste bailar á los elefantes?

Puso Kala Nag en el suelo á Toomai chico, y éste volvió á saludar profundamente; marchóse con su padre; dió la pieza de cuatro annas á su madre, que criaba á un hermanito del muchacho; subieron todos sobre la espalda de Kala Nag; y la fila de elefantes, gruñendo y dando agudos gritos, bajó, por un atajo de la montaña, hacia la llanura. Fué la marcha sumamente animada, porque los elefantes nuevos suscitaban grandes dificultades á cada vado, y había que acariciarlos ó pegarles continuamente.

Toomai grande conducía á Kala Nag con aire de despecho, pues estaba de malísimo humor; pero Toomai chico sentíase tan feliz que ni tenía ganas de hablar. Petersen Sahib se había fijado en él, habíale dado dinero, y, como consecuencia, experimentaba el muchacho la misma impresión de un soldado raso á quien hubieran hecho salir de las filas para recibir los elogios del general en jefe.

--¿Qué quería decir Petersen Sahib con aquello del baile de los elefantes? dijo, por fin, en voz baja, dirigiéndose á su madre.

Oyólo Toomai grande, y refunfuñó:

--Que no has de ser nunca uno de esos búfalos montañeses que hacen de ojeadores. Eso es lo que quería decir. ¡Eh! ¡Vosotros! ¡Ahí delante! ¿Qué es lo que nos cierra el paso?

Volvióse en redondo, con malhumor, un cornaca asamés, que iba á la distancia de dos ó tres elefantes delante de él, y gritó:

--Trae á Kala Nag, y haz obedecer á este elefante mío. ¡No sé por qué Petersen Sahib ha tenido que escogerme á mí para ir con vosotros, burros de los arrozales! Pon de lado á tu animal, Toomai, y déjale que empuje con los colmillos. ¡Por todos los dioses de las montañas te juro que esos elefantes tienen los diablos en el cuerpo, ú olfatean á sus compañeros de la selva!

Pególe Kala Nag en las costillas al elefante nuevo y le metió el resuello en el cuerpo, mientras Toomai grande decía:

--En la última cacería hemos limpiado de elefantes salvajes todas las montañas. Lo que hay es que conducís muy mal. ¡Á ver si querréis que conserve yo el orden en toda la fila!

--Pero ¿no oís lo que dice? contestó el otro cornaca. ¡_Hemos_ limpiado de elefantes las montañas! Lo que es vosotros, hombres del llano, sois muy sabios. Cualquiera que no sea una de esas cabezas vacías que nunca han visto la selva sabe que _ellos_ ya están enterados de que las cacerías han terminado para toda la temporada actual. Por lo tanto, esta noche, todos los elefantes salvajes... pero ¿á qué perder el tiempo enseñándole lo que yo sé á esa tortuga de río?...

--¿Que esta noche los elefantes... qué? gritó Toomai chico.

--¡Hola, muchacho! ¿Estás tú ahí? Bueno ¿pues á tí te lo diré, porque tú tienes la cabeza bien organizada. Esta noche bailarán, y valdría más que tu padre, que ha _limpiado_ de elefantes _todas_ las montañas, doblara el número de cadenas que se atan á las estacas.

--¿Qué estás ahí charlando? Cuarenta años hace que entre mi padre y yo hemos cuidado elefantes y nunca hemos oído esos cuentos de que sea verdad que bailen.

--Sí, pero un hombre del llano, que vive en su barraca, no conoce nada más que las cuatro paredes de esa barraca. ¡Bueno! Deja libres á tus elefantes esta noche, y verás lo que ocurre. En cuanto al baile, yo he visto donde... _¡Bapree-Bap!_ ¿Cuántos recodos más tiene este río Dihang? Aquí hay otro vado, y ahora tendremos que hacer nadar á los pequeños. ¡Paraos, vosotros, los que venís detrás!

Y por ese estilo, hablando, y disputándose, y chapoteando en el río, verificóse la primera marcha hacia una especie de campamento en que se recibían los elefantes nuevos; pero, mucho antes de llegar allí, habían ya perdido cien veces la paciencia.

Luego, los elefantes fueron sujetados por las patas traseras por medio de cadenas fijas á las estacas, añadiéndose, además, á los nuevos, un refuerzo de cuerdas; púsoseles delante su montón de forraje; y los cornacas montañeses regresaron, para juntarse á Petersen Sahib, aprovechando las últimas horas de claridad de la tarde, y encargando á los cornacas del llano que tuvieran más cuidado que nunca aquella noche, riéndose cuando éstos les preguntaban el motivo.

Toomai chico cuidó de la comida de Kala Nag, y luego, como oscureciera ya, comenzó á vagar por el campamento, poseído de inefable alegría, y buscando un _tam-tam_. Cuando un muchacho indio siente que su corazón rebosa de felicidad no corretea de un lado á otro ni hace ruido de un modo irregular. Siéntase solo y se regala á sí mismo con una especie de fiesta. ¡Y á Toomai chico le había hablado nada menos que Petersen Sahib! Si no hubiera podido hallar lo que buscaba, la misma alegría contenida tal vez le hubiese causado la muerte. Pero el vendedor de dulces que había en el campamento le prestó un _tam-tam_, un tamboril que se tocaba dándole con la palma de la mano, y entonces él sentóse, cruzadas las piernas, frente á Kala Nag, mientras en el cielo iban apareciendo las estrellas. Con el _tam-tam_ sobre las rodillas, estuvo toca que toca, y cuanto más pensaba en el grandísimo honor que se le había dispensado más tocaba, solo, completamente solo, entre el forraje de los elefantes. No había en su música melodía alguna ni palabras; pero tocando el tamboril se sentía feliz.

Los elefantes nuevos tiraban de las cuerdas, daban gritos ó bramidos de cuando en cuando, y á ratos podía él oir también á su madre, allá en la barraca del campamento, que adormecía á su hermanito cantándole una antigua, muy antigua canción sobre el gran dios Siva, que indicó una vez á todos los animales lo que debían comer. Es una cancioncilla muy tierna cuyas primeras estrofas dicen:

Siva, que manda al hombre las cosechas, y hace que sople el viento, sentado en el umbral de un claro día, ha de ello mucho tiempo, repartió su porción, á cada uno, de pan, trabajo y duelos, desde el Rey, que en el _guddee_ se reclina, al pobre pordiosero.

Hízolo todo Siva, el que proteje, sí, todo, _¡Mahadeo!_ dió el espino al camello, al buey forraje, y á tí, mi niño, por cojín mi pecho.

Acompañó Toomai chico cada estrofa con un alegre tamborileo al terminarse, hasta que él mismo sintió sueño y se tendió sobre el forraje, al lado de Kala Nag.

Al fin, los elefantes comenzaron á echarse, uno tras otro, según su costumbre, hasta que sólo Kala Nag quedó en pie á la derecha de la fila, y, entonces, balanceóse suavemente, con las orejas hacia delante, para prestar oído á los rumores que llevara el viento de la noche, al soplar blandamente por entre las montañas. El aire venía impregnado de aquellos ruidos nocturnos que, juntos, producen un solo é inmenso silencio: el golpear de un bambú contra otro; el correr de algo vivo por entre los matorrales; el arañar y los ahogados chillidos del pájaro medio despierto (los pájaros se despiertan de noche con mucha más frecuencia de lo que nosotros imaginamos); y el caer del agua, allá lejos, muy lejos. Toomai chico durmió durante algún tiempo, y, al despertar, la luna brillaba ya en toda su fuerza, y Kala Nag estaba aún de pie con las orejas hacia delante. Volvióse Toomai chico, haciendo crujir el forraje, y observó la curva de la enorme espalda proyectándose contra el fondo del cielo y contra la mitad de las estrellas que en él había; pero, mientras observaba esto, oyó, tan lejos que dijérase que á aquel gran silencio lo atravesaba sólo la punta de un alfiler, el _huut-tuut_, el grito parecido al sonar de un cuerno de caza, que lanzaba un elefante salvaje.

Cuantos elefantes había en las filas saltaron como si les hubieran disparado un tiro, y sus gruñidos despertaron, al fin, á los _mahouts_, que salieron y comenzaron á dar martillazos sobre las estacas con enormes mazos, ataron mejor unas cuerdas é hicieron nudos en otras, hasta que todo volvió á quedar tranquilo. Había uno de los elefantes nuevos arrancado, casi, su estaca, y Toomai grande le quitó entonces á Kala Nag la cadena que llevaba sujeta á una pata, y con ella ató las posteriores del otro elefante á las anteriores; pero le pasó á Kala Nag, en el sitio donde había estado la cadena, un lazo hecho de yerba retorcida, y díjole que se acordara de que quedaba bien atado. Centenares de veces habían hecho lo mismo, con buen resultado, su padre y su abuelo. Kala Nag no contestó á aquella orden con su _glu-glu_ habitual. Continuó de pie, mirando á lo lejos, á favor de la clara luz de la luna, algo levantada la cabeza y extendidas las orejas como abiertos abanicos, en dirección de los grandes repliegues que forman las montañas de Garo.

--Observa si le aumenta la intranquilidad, más entrada la noche, dijo Toomai grande al chico, y después de esto fuése á la barraca y durmióse. Iba ya á dormirse, también, Toomai chico, cuando oyó que la cuerda de fibras de coco se rompía, produciendo leve, casi metálico ruido; y Kala Nag avanzó, desde el sitio en que estaban las estacas, tan pausada y silenciosamente como nube que se desliza fuera de la embocadura de un valle. Corrió Toomai chico detrás de él, descalzos los pies, por el camino, que bañaba la luz de la luna, y en voz muy baja le dijo:

--¡Kala Nag! ¡Kala Nag! ¡Llévame contigo, Kala Nag! Volvióse el elefante sin hacer el menor ruido, dió tres grandes pasos hacia el muchacho, bajó la trompa, se lo montó en el cuello, y, casi sin dar á Toomai chico el tiempo preciso de colocar bien las piernas, se deslizó hacia el bosque.

Vino, entonces, de las filas de elefantes, como una ráfaga de furiosos bramidos, y luego volvió á reinar el silencio sobre todas las cosas, y Kala Nag comenzó la marcha. Algunas veces un montón de yerbas altas le acariciaba los costados como una ola acaricia los de un barco, y otras un colgante racimo de pimienta silvestre le arañaba la espalda, ó un bambú se quebraba por el sitio donde él lo había tocado con el hombro; pero en los intervalos avanzaba sin producir, absolutamente, rumor alguno, resbalando como el humo á través del espeso bosque de Garo. Iba monte arriba; pero, aunque Toomai chico mirara á las estrellas por entre los claros de los árboles, no podía decir en qué dirección.

De pronto, Kala Nag llegó á la cima de la pendiente, y se paró por un momento, durante el cual pudo ver Toomai chico las copas de los árboles como manchas, ó como grandes pieles tendidas á la luz de la luna, en el espacio de infinidad de leguas de terreno, y la niebla, de un color blanco azulado, flotando sobre el río, allá en la hondonada. Apoyóse Toomai en el cuello del elefante, y, recostado, miró, sintiendo que todo el bosque velaba allá abajo, que todo él velaba, y vivía, y estaba lleno de multitud de seres. Un grande y pardo murciélago de los que se alimentan de frutos pasó rozándole una oreja; las púas de un puerco espín sonaron, chocando unas contra otras en la espesura; y allá en la obscuridad, entre los troncos de los árboles, oyó á un jabalí hurgando en la tierra, húmeda y tibia, y oliendo, resoplando al hacerlo.

Luego volvieron á cerrarse las ramas sobre su cabeza, y Kala Nag comenzó á bajar hacia el valle, no suavemente, como antes, sino como cañón que se soltara por empinado terraplén: de una sola embestida. Movíanse los enormes músculos con la rapidez de pistones, abarcando á cada paso la distancia de unos dos metros y medio, y la arrugada piel de los hombros crujía sobre las puntas de los huesos. Á cada lado de él se abría violentamente la maleza, con un ruido como el de rajado cañamazo, y los rebrotes que apartaba á derecha é izquierda con los hombros saltaban de nuevo hacia atrás, pegándole en los costados, mientras grandes colgajos de enredaderas, mezcladas en montón, pendían de sus colmillos al mover él la cabeza hacia uno y otro lado, abriéndose camino. Entonces, Toomai chico tendióse, bien apretado contra el gran cuello, para que alguna de las ramas que se balanceaban no lo arrojara al suelo, y, en su interior, se dijo que ojalá no se hubiera movido del sitio donde se hallaban los otros elefantes.

La yerba empezaba á estar húmeda, las patas de Kala Nag se hundían al pisar, y la neblina de la noche helaba á Toomai chico. Oyóse un chapoteo, luego ruido de agua, y Kala Nag entró á grandes pasos en el lecho de un río, tanteando á cada zancada el camino que había de seguir. Dominando el rumor del agua que se arremolinaba en torno á las piernas del elefante, podía oir Toomai chico más chapoteos y algunos bramidos, que venían tanto de uno como de otro extremo del río, grandes gruñidos y ronquidos de cólera; y toda la neblina que flotaba en el aire parecía estar llena de movibles, vacilantes sombras.

--¡Ah! dijo á media voz y dando diente con diente. Todo el pueblo de los elefantes se ha echado fuera esta noche. Realmente, va á haber, pues, _el baile_.

Salió Kala Nag del río con gran ruido; hizo sonar la trompa, soplando para limpiarla del agua, y comenzó á subir por otra cuesta; pero esta vez no iba solo, ni tenía que abrirse camino; estaba ya abierto, y con una anchura de cerca de dos metros, frente á él, donde la yerba de la selva probaba de erguirse nuevamente. Por aquel sitio debían de haber pasado, pocos minutos hacía, innumerables elefantes. Miró hacia atrás Toomai chico, y á su espalda, uno salvaje, de enormes colmillos, con los ojuelos de cerdo brillándole como ascuas, salía del río entre la neblina. Luego, volvió á cerrarse el ramaje de los árboles, y siguieron adelante, subiendo, entre bramidos y entre estallidos de las ramas que se rompían á su paso.

Al fin, Kala Nag se paró junto á dos troncos de árboles, en la cumbre misma de la montaña. Formaban aquéllos parte de un grupo que se elevaba alrededor de un espacio irregular de unas ciento cincuenta áreas, y, en todo este espacio, pudo ver Toomai chico que la tierra había sido apisonada hasta quedar tan dura como un ladrillo. En el centro de aquel claro crecían algunos árboles; pero su corteza había desaparecido por el roce, y la madera blanca que quedaba al descubierto aparecía brillante, y como pulimentada á trechos, á la luz de la luna. De las ramas más altas colgaban enredaderas, cuyas flores, en forma de campanilla, grandes, blancas, como de cera, y semejantes á clemátides, colgaban también, profundamente dormidas; pero, dentro de los límites del claro aquel, no crecía ni un solo tallo de yerba: nada había más que la tierra apisonada.

La luna daba á ésta un color gris de hierro, excepto donde se veían, de pie, algunos elefantes, cuya sombra era negra como tinta. Miró Toomai chico, aguantando el aliento, con los ojos que se le saltaban de las órbitas, y, mientras miraba, más y más elefantes salían, balanceándose, de entre los árboles, y penetraban en aquel espacio abierto. No podía Toomai chico contar más que hasta el número diez, y contó, entonces, y volvió á contar, con los dedos, hasta que perdió la cuenta de tantos dieces, y la cabeza comenzó á darle vueltas. Fuera del claro, oía los chasquidos de la maleza al romperse, cuando pasaban los elefantes, subiendo por la montaña; pero, en cuanto estaban dentro del círculo que formaban los troncos de los árboles, se movían como si no fueran más que sombras.

[Ilustración]

Había allí machos salvajes, de blancos colmillos, con hojas, frutos y ramitas que se les habían quedado entre las arrugas del cuello ó los pliegues de las orejas; gruesas hembras de pesado andar, con inquietos pequeñuelos, de un color negro algo rosado, que no medían más que cosa de un metro de altura y correteaban por debajo del vientre de aquéllas; elefantes jóvenes, cuyos colmillos apuntaban apenas, y que se sentían ya muy orgullosos de tenerlos; hembras flacas, demacradas, que se habían quedado solteronas, con caras ansiosas, hundidas, y trompas que parecían ásperas cortezas; salvajes y viejos elefantes luchadores, cubiertos de cicatrices desde la paletilla hasta el costado, con grandes verdugones y mal cerradas heridas de las pasadas luchas, y el barro de sus solitarios baños colgando, endurecido, á cada lado de los hombros; y uno había, finalmente, con un colmillo roto y las señales, el terrible vaciado, que deja en la piel la garra del tigre.

Estaban todos de pie, frente á frente; caminaban de un lado á otro por aquel pedazo de terreno, de dos en dos; ó se mecían solitarios... Y había allí docenas y más docenas de elefantes.