El libro de las tierras vírgenes

Part 12

Chapter 123,802 wordsPublic domain

--He llegado con gran oportunidad, dijo, porque á través de la piel veía ya dentro de los huevos las diminutas cobras enroscadas, y no ignoraba que, en el instante mismo de nacer, cada cobra de aquéllas podía ya matar á un hombre ó á una mangusta. Mordió el extremo de los huevos con toda la rapidez posible, cuidando de aplastar á las cobras, y revolvió, de cuando en cuando y por todos lados, el lecho para ver si se le había quedado á medio romper algún huevo. Al fin, quedaron únicamente tres, y Rikki-tikki comenzaba á gozarse en su hazaña, cuando oyó que la esposa de Darzee le gritaba:

--Rikki-tikki, he llevado á Nagaina en dirección de la casa; y se ha metido en la galería; y ahora... ¡oh! ¡ven, corre!... va á matar á alguien.

Aplastó Rikki-tikki dos de los huevos y saltó del melonar hacia atrás con el tercero en la boca, corriendo en dirección á la galería tan aprisa como sus patas quisieron llevarla. Teddy, su madre y su padre se hallaban allí, sentados á la mesa para tomar el desayuno; pero Rikki-tikki vió que nada comían. Dijérase que estaban petrificados, y su rostro era intensamente pálido. Nagaina, enroscada en forma de espiral sobre la estera, á poca distancia de la desnuda pierna de Teddy, se balanceaba, cantando con aire triunfal.

--¡Hijo del hombre que mató á Nag! silbó, no te muevas. No estoy preparada aún. Espera un poco. No os mováis ninguno de vosotros. Al menor movimiento que hagáis os salto encima... y si no os movéis, también. ¡Oh, gente estúpida, que mató á mi Nag!...

Los ojos de Teddy estaban como clavados en los de su padre, y éste no podía hacer más que murmurar:

--Estate quieto, Teddy. Conviene que no te muevas. Estate quieto.

En aquel momento apareció Rikki-tikki, y gritó:

--¡Vuélvete, Nagaina, vuélvete y ven á batirte conmigo!

--Cada cosa á su tiempo, contestó aquélla, sin mover los ojos. Ya arreglaré cuentas _contigo_ de aquí á un rato. Mira á tus amigos, Rikki-tikki: ahí los tienes inmóviles y pálidos. Es que me temen. No se atreven á moverse, y si llegas á dar un paso más hacia mí, salto y les muerdo.

--Da una ojeada á tus huevos, dijo Rikki-tikki; allá en el melonar, junto á la pared. Anda y míralos, Nagaina.

Volvióse á medias la enorme serpiente y vió el huevo sobre el suelo de la galería.

--¡Ah! ¡Dámelo! dijo.

Puso Rikki-tikki sus patas una á cada lado del huevo, y con los ojos inyectados, contestó:

--¿Cuánto me dan por un huevo de serpiente? ¿Por una cobra chiquita? ¿Por una cobra de rey, menudita? ¿Por la última, la última de una nidada? Las hormigas se están ya comiendo á las otras allá en el melonar.

Volvióse entonces en redondo Nagaina, olvidándose de todo por aquel único huevo; y Rikki-tikki vió como el padre de Teddy alargaba su fuerte y ancha mano, cogía al niño por un hombro, y, levantándolo por encima de la mesita y de las tazas del te, lo ponía fuera del alcance de Nagaina.

--¡Te he engañado! ¡Te he engañado! ¡Te he engañado! _Rikk-tick-tick_, dijo Rikki-tikki riendo. El niño se ha salvado, y yo... _¡yo!_... _¡yo!_... soy la que cogí ayer noche por la capucha á Nag en el cuarto de baño.

Entonces comenzó á dar saltos, con las cuatro patas á la vez y baja la cabeza, al ras del suelo casi.

--Me tiró por todos lados; pero no logró desprenderse de mí. Ya estaba muerta antes de que viniera el hombre grueso á hacerla pedazos. Yo lo hice. _¡Rikki-tikki-tick-tick!_ ¡Anda, ven, pues, Nagaina! ¡Ven á luchar conmigo! Te aseguro que no te durará mucho el ser viuda.

Vió Nagaina que había perdido la ocasión oportuna de matar á Teddy, y, entre tanto, el huevo continuaba en el suelo, entre las patas de Rikki-tikki.

--Dame el huevo, le dijo. Dame el último que queda de mis huevos, y me marcharé, y no volveré nunca más. Y al decirlo bajaba la capucha.

--Sí, te irás y no volverás nunca, porque has de ir á parar al estercolero con Nag. ¡Defiéndete, viuda! El hombre grueso ha ido ya á buscar la escopeta. ¡Defiéndete!

Rikki-tikki saltaba alrededor de Nagaina, procurando únicamente mantenerse fuera del alcance de sus golpes, los ojillos reluciéndole como dos ascuas. Replegóse Nagaina sobre sí misma y se lanzó contra ella. Rikki-tikki saltó en el aire, echándose hacia atrás. Una y otra vez atacó la serpiente, y su cabeza dió con sordo ruido contra la estera de la galería, enroscándose luego el cuerpo como la espiral de un reloj. Entonces, púsose á saltar Rikki-tikki, describiendo círculos para llegar á colocarse detrás de Nagaina, y ésta giraba en redondo para que su cabeza y la de su enemiga quedaran siempre frente á frente, con lo cual el ruido que sobre la estera producía su cola era como el de las hojas secas arrastradas por el viento.

No se acordaba ya del huevo. Allí quedaba aún sobre el suelo de la galería, y Nagaina iba acercándose más á él, hasta que, al fin, mientras Rikki-tikki se detenía para tomar aliento, lo cogió en la boca, volvióse hacia los escalones que daban acceso á la galería, y se lanzó como una flecha al estrecho caminillo, perseguida por Rikki-tikki. Cuando una cobra huye para salvar su vida en peligro, parece la punta de un látigo en el momento en que el carretero la hace chasquear sobre el caballo.

No se le ocultaba á Rikki-tikki que no tenía, entonces, más remedio que coger á la serpiente, porque de lo contrario, todo su trabajo habría sido inútil y tendría que volver á empezarlo. Dirigióse aquélla, en línea recta, hacia la yerba alta que crecía junto al espino, y al pasar corriendo oyó Rikki-tikki á Darzee que entonaba aún su estúpido himno triunfal. Pero la esposa de Darzee era más discreta que él. Arrojóse del nido en el instante mismo de pasar Nagaina, y empezó á revolotear sobre la cabeza de la serpiente. Si Darzee hubiera prestado también su ayuda hubiera sido posible que la hicieran retroceder; pero entonces no hizo Nagaina más que bajar su capucha y seguir adelante. Sin embargo, el momento que perdió al hacer esto permitió á Rikki-tikki acercarse más, y cuando la fugitiva se metió en la madriguera, semejante á la boca de un nido de ratas, en que ella y Nag solían vivir, los blancos dientes de su perseguidora se clavaron en la cola de Nagaina, y ambas entraron juntas en la madriguera... cosa que ninguna mangusta, por vieja y lista que sea, se atreve á hacer. En el agujero aquél reinaba completa obscuridad, y Rikki-tikki no sabía si se ensancharía de pronto, ofreciendo á Nagaina el espacio necesario para revolverse y morderle. Aguantó firme, y clavó las patas en el suelo para que hicieran de freno en la obscura pendiente de aquella tibia y húmeda tierra.

Luego, la yerba que crecía á la entrada del agujero dejó ya de moverse, y Darzee dijo:

--Todo ha terminado para Rikki-tikki. Entonemos himnos á su muerte. ¡La valiente Rikki-tikki ha muerto! Porque no hay duda que Nagaina la matará allí, bajo tierra.

Así, pues, púsose á cantar una triste melodía que improvisó inspirado por la impresión del momento, y precisamente cuando llegaba á la parte más patética, movióse otra vez la yerba, y Rikki-tikki, cubierta de polvo, se arrastró pausadamente fuera del agujero, relamiéndose los bigotes. Darzee callóse en seguida, dando un grito. Sacudióse un poco el polvo Rikki-tikki, y estornudó.

--Todo ha terminado, dijo. Nunca más saldrá ya de aquí la viuda.

Y las hormigas rojas que viven entre los tallos de la yerba la oyeron, y comenzaron á ir en largas hileras á ver si era verdad lo que decía.

Rikki-tikki se enroscó sobre la yerba... y durmió, durmió hasta muy entrada la tarde, porque bien pesada había sido su labor aquel día.

--Ahora, dijo al despertarse, volveré á la casa. ¡Darzee! Cuéntale al _calderero_ lo ocurrido, y él le contará, después, á todo el jardín que Nagaina ha muerto.

El _calderero_ es un pájaro que produce un ruido semejante, de todo punto, al de un martillo que pegara sobre un caldero de cobre; y el motivo de que esté produciéndolo constantemente es porque él es el pregonero de todo jardín indio, y le cuenta las últimas noticias á quien quiera oirlas. Al pasar Rikki-tikki por el caminillo que conducía á la casa oyó sus notas de _¡alerta!_ parecidas á las de un diminuto _gongo_ de los que sirven para anunciar la hora de la comida; y después el acompasado _¡din-don-tock!_ «Nag ha muerto... _¡don!_» «¡Nagaina ha muerto... _din-don-tock!_» Al oirlo, todos los pájaros del jardín prorrumpieron en cantos, y las ranas siguieron su ejemplo; porque Nag y Nagaina no sólo tenían la costumbre de comer pájaros, sino ranas también.

Cuando llegó Rikki-tikki á la casa, Teddy, su madre (la cual estaba aún muy pálida, porque se había desmayado), y el padre, salieron y casi derramaron sobre ella lágrimas de agradecimiento; y aquella noche comió cuanto le dieron hasta que ya no pudo más, y entonces, llevada por Teddy sobre el hombro, fuése á la cama. Allí la halló la madre del niño, cuando á última hora fué á verle dormir.

--Ha salvado nuestra vida y la de Teddy, le dijo á su marido. ¡Figúrate! Nos ha salvado la vida á todos.

Rikki-tikki despertó entonces sobresaltada, porque todas las mangustas tienen muy ligero el sueño.

--¡Ah! ¿Sois vosotros? ¿Á qué venís á molestarme? Todas las cobras están ya muertas; y si alguna quedara, para eso estoy yo aquí.

Tenía Rikki-tikki derecho á sentirse orgullosa de sí misma; pero no se ensoberbeció más de lo justo, y conservó el jardín como debe hacerlo una mangusta, defendiéndolo con los dientes, y á saltos, y de todos modos, hasta lograr que ni una sola cobra se atreviera á asomar la cabeza en el recinto cercado por las cuatro paredes.

[Ilustración]

=Cántico de Darzee en honor de Rikki-tikki-tavi=

Soy pájaro y tejedor, dobles son mis alegrías: gozo al cruzar por los aires, gozo al tejer mi casita.

Sube y baja el compás de mi canto, sube y baja mi casa que oscila.

Alza la frente y entona ¡oh madre! tu cancioncilla; ya no existe nuestro azote, ya ha muerto la Muerte misma.

Sobre el polvo y estiércol se pudre la que oculta entre rosas vivía.

¿Quién de ella nos ha librado? Que su nombre se repita: Rikki, la valiente, ha sido, de ojos que cual ascuas brillan.

Rikki-tikki, de dientes ebúrneos, Rikki-tik, de mirada encendida.

Que le den gracias las aves con sus colas extendidas, bajas las frentes, cantando cual ruiseñor cantaría.

Pero no, que yo soy quien la canta. ¡Escuchad mi alabanza á la invicta!...

(_Aquí interrumpió Darzee su canción, y el resto de ella se ha perdido._)

[Ilustración]

NOTAS:

[11] Casa de campo en las Indias inglesas.--N. del T.

[Ilustración]

TOOMAI, EL DE LOS ELEFANTES

Pensar quiero en lo que fuí y olvidar que estoy atado; y recordar el pasado, y cuanto en el bosque ví.

No quiero al hombre venderme por un puñado de caña, sino huir á la montaña y entre los míos perderme.

Quiero, hasta el alba vagando, ir el beso recibiendo del aire que va corriendo, del agua que va pasando.

Quiero olvidar mis pesadas cadenas y mis dolores; ver á mis viejos amores y á mis libres camaradas.

Kala Nag, que significa la _serpiente negra_, había servido al Gobierno de la India, de todos los modos posibles para un elefante, por espacio de cuarenta y siete años, y como ya tenía veinte bien cumplidos cuando lo cazaron, arroja la suma un total de cerca de setenta años... la edad madura para un elefante.

Acordábase de haber tirado, con un gran cojín de cuero en la frente, de un cañón que se había atascado en el barro, y ocurrió esto antes de la guerra del Afganistán que hubo en 1842, cuando él no había adquirido aún todo su desarrollo. Su madre, Radha Pyari (_Radha, la niña mimada_) que fué cogida con Kala Nag en la misma cacería, díjole, antes de que mudara los colmillos de leche, que los elefantes que tienen miedo acaban siempre por hacerse daño; y Kala Nag estaba convencido de la bondad de este consejo, porque la primera vez que vió estallar una bomba retrocedió, dando gritos, hacia un sitio en que había unos fusiles formando pabellón, y las bayonetas se le clavaron en todas las más blandas partes de su cuerpo. Así, pues, antes de cumplir los veinticinco años, no tenía ya miedo, y, como consecuencia, era el elefante más querido y bien cuidado de cuantos estaban al servicio del Gobierno en la India. Había llevado á cuestas infinidad de tiendas (nada menos que mil doscientas libras de peso), en la marcha á través de la India septentrional; lo izaron á un barco, al extremo de una grúa de vapor, llevándolo luego días y días por el mar, y obligándole á transportar un mortero, colocado sobre su espalda, en país extraño y lleno de rocas, que se hallaba á larga distancia de la India; vió al emperador Teodoro tendido sin vida allá en Magdala; y había vuelto en el barco, con méritos suficientes, al decir de los soldados, para que le dieran la medalla de la guerra de Abisinia. Hubo de ver á otros elefantes, compañeros suyos, morir de frío, de epilepsia, de hambre ó de insolación en un sitio llamado Ali Musjid, diez años más tarde; y luego lo habían mandado á centenares de leguas hacia el Sur para acarrear enormes vigas de madera de _tec_, en los almacenes de Moulmein. Allí dejó casi medio muerto á un elefante joven que se insubordinó resistiéndose al trabajo.

Después de esto lo separaron de aquella ocupación de acarrear madera y lo pusieron, junto con unos pocos más que estaban ya acostumbrados al oficio, á ayudar en la caza de elefantes salvajes, allá entre las colinas de Garo. El Gobierno de la India cuida muy escrupulosamente de cuanto se refiere á los elefantes. Hay todo un departamento especial que no hace otra cosa más que perseguirlos, cogerlos, domarlos, y mandarlos de un lado á otro del país cuando sus servicios se necesitan para algún trabajo.

Medía Kala Nag, á la altura de los hombros, tres metros bien cumplidos, y sus colmillos habían sido cortados, dejándoles sólo un pedazo de cosa de un metro y medio de largo, el cual, para que no se rajara, iba cubierto en el extremo con unas tiras de cobre; pero ello es que podía hacer mucho más él con aquel par de trozos que cualquier elefante no adiestrado con enteros y afilados colmillos.

Cuando tras largas semanas de vigilante labor acorralando á sus semejantes esparcidos por las montañas, los cuarenta ó cincuenta monstruos salvajes se veían obligados á entrar en la última empalizada, y la enorme puerta, hecha de troncos de árbol unidos, después de levantada, caía con estrépito detrás de ellos, Kala Nag, obedeciendo á una voz de mando, penetraba en aquel movedizo y bramador _pandemonium_ (generalmente de noche, cuando la vacilante luz de las antorchas hacía difícil el calcular las distancias), y cogiendo por su cuenta al mayor, más salvaje de los elefantes, y de más largos colmillos, lo golpeaba y perseguía hasta reducirlo al silencio y quietud más completos, mientras los hombres, montados en los otros elefantes, lanzaban cuerdas sobre los más pequeños y los ataban.

En cuestión de luchas nada había que pudiera ocultársele á Kala Nag, la vieja y avisada _serpiente negra_, porque más de una vez, en sus buenos tiempos, resistiera la embestida del tigre herido, y, enroscando la suave trompa para que quedara fuera de peligro, había lanzado al aire, de medio lado, á la fiera, en el momento de saltar, verificando esto con un rápido movimiento de cabeza, parecido al de una hoz al segar, é inventado por él mismo; habíala revolcado por el suelo y arrodilládose encima, manteniendo allí sus enormes rodillas hasta que la vida abandonara el cuerpo, acompañada de un suspiro y un rugido, y dejando sólo sobre el suelo una masa fofa y rayada, que Kala Nag arrastraba cogiéndola por la cola.

--Sí, dijo Toomai grande, su cornaca, el hijo de Toomai el Negro, que lo llevó á Abisinia, y nieto de Toomai el de los elefantes, que lo había visto coger; nada hay que cause miedo á la _Serpiente Negra_, excepto yo. Ha visto tres generaciones de nuestra familia que lo han alimentado y cuidado, y vivirá hasta llegar á ver la cuarta.

--También _á mí_ me teme, dijo Toomai chico, poniéndose de pie para mostrarse en toda su altura, de poco más de un metro, liado al cuerpo únicamente un trapo. El hijo mayor de Toomai grande tenía diez años de edad, y, según la costumbre establecida, sustituiría á su padre, en el sitio que éste ocupaba sobre el cuello de Kala Nag, cuando fuera más crecido, empuñando entonces el pesado _ankus_ de hierro, la aguijada para elefantes, cuya punta habían gastado ya con el uso su padre, su abuelo y su bisabuelo. Bien sabía el muchacho lo que decía; porque á la sombra de Kala Nag había nacido; con el extremo de su trompa jugaba antes de dar los primeros pasos; condújole al abrevadero en cuanto pudo andar, y tan imposible era que á Kala Nag se le antojara desobedecer sus chillonas vocecitas de mando, como que hubiera soñado, siquiera, en matarle, aquel día en que Toomai grande puso á su recien nacido y moreno niño bajo los colmillos de Kala Nag, diciéndole á éste que saludara á su futuro amo.

--Sí, dijo Toomai chico, _me_ teme. Y dió largos pasos en dirección de Kala Nag, le llamó _cerdo cebado_ y le hizo levantar las patas una tras otra. ¡Vaya! añadió, eres un elefante enorme. Y movió la desgreñada cabeza, repitiendo lo que le había oído decir á su padre:

--Bien puede el Gobierno pagar por los elefantes; pero la verdad es que ellos son nuestros, son de los _mahouts_. Cuando serás viejo, Kala Nag, vendrá algún rajah rico y te comprará al Gobierno, por el tamaño que tienes y por lo bien que te hemos educado, y entonces nada tendrás que hacer, como no sea llevar aretes de oro en las orejas, un pabellón de oro sobre la espalda y una tela roja á los lados, cubierta también de oro, abriendo así la marcha en las procesiones del Rey. Entonces, Kala Nag, me sentaré yo sobre el cuello de vuesa merced, llevando un _ankus_ de plata, y unos hombres correrán delante de nosotros con bastones dorados, y gritando: «¡paso al elefante del Rey!» Bueno será eso, Kala Nag; pero no tan bueno como nuestras cacerías por las selvas.

--¡Psche! dijo Toomai grande. No eres más que un chiquillo, y tan salvaje como un búfalo joven. Ese correr de un lado para otro entre montañas no es el mejor de los servicios que prestamos al Gobierno. Yo voy envejeciendo ya, y no gusto de los elefantes salvajes. Que me den establos de ladrillo con un compartimento para cada elefante; gruesas estacas para amarrarlos fuertemente; y llanos, anchos caminos para hacerlos maniobrar, en vez de ese continuo ir y venir, acampando hoy en un sitio y mañana en otro. ¡Ah! ¡Los cuarteles de Cawnpore sí que eran buenos! Tocando con ellos había un bazar, y sólo teníamos tres horas diarias de trabajo.

Acordóse Toomai chico de los locales para elefantes en Cawnpore y nada contestó. Á él le gustaba mucho más la vida de campamento, y odiaba esos caminos llanos, anchos; la diaria obligación de ir á forrajear en el sitio destinado á ello; las interminables horas en que nada había que hacer, como no fuera mirar á Kala Nag moviéndose impaciente, atado á sus estacas.

Lo que á Toomai chico le encantaba era encaramarse por caminos difíciles, que sólo un elefante podía seguir; luego, el hundirse en el valle que se abría bajo sus pies; el entrever allá, á lo lejos, los elefantes salvajes, paciendo á pocas leguas de distancia; la huída del jabalí asustado, ó del pavo real, casi á los pies de Kala Nag; las lluvias calientes, que le ciegan á uno, cuando montes y valles humean todos; las hermosas mañanas de niebla en que nadie sabía aún donde acamparía aquella noche; la constante, cautelosa persecución de los elefantes salvajes, y la loca carrera, las llamaradas y el barullo de la última noche de caza, cuando los elefantes acorralados se precipitaban dentro de la empalizada, como desprendidas peñas en algún hundimiento de terreno, y, al ver que no podían salir de allí, se arrojaban contra los pesados troncos, para no apartarse de ellos más que á fuerza de gritarles, de blandir llameantes antorchas y de disparar cartuchos cargados con pólvora sola.

Hasta un chiquillo podía ser allí útil, y Toomai lo era tanto que valía por tres. Empuñaba su antorcha y la agitaba en el aire, gritando de tal modo que pocos le aventajaban. Pero el mejor tiempo era aquel en que empezaban á sacarse fuera los elefantes, y la _keddah_ (ó sea la empalizada) parecía un cuadro en que estuviera pintado el fin del mundo, teniendo los hombres que entenderse por signos, porque no podían oirse unos á otros. Encaramábase, entonces, Toomai chico al extremo de uno de los vacilantes troncos de la empalizada, tendidos sobre los hombros los cabellos castaños, requemados, desteñidos por el sol hasta hacerlos blanquear, en todo semejante á un duende iluminado por las llamas de las antorchas; y, en cuanto se apaciguaba algo el tumulto, podían oirse las chillonas voces con que animaba á Kala Nag, dominando bramidos, crujidos, chasquear de cuerdas y gruñir de los atados elefantes.

--_¡Maîl, Maîl, Kala Nag!_ (¡Sigue, sigue _serpiente negra_!) _¡Dant do!_ (¡Dale con el colmillo!) _¡Somalo! ¡Somalo!_ (¡Cuidado! ¡Cuidado!) _¡Maro! ¡Mar!_ (¡Duro! ¡duro!) ¡Cuidado con el palo! _¡Arre! ¡Arre! ¡Hai! ¡Yai! ¡Kya-a-ah!_--gritaba el muchacho, y la gran lucha entre Kala Nag y el elefante salvaje era sostenida tan pronto en un lado como en otro, dentro de la empalizada, y los cazadores de elefantes se enjugaban el sudor que les caía por los ojos, no olvidándose de dirigir un saludo de aprobación á Toomai chico, que bailaba de alegría sobre el extremo de los troncos.

Pero algo más que bailar hizo. Dejóse resbalar una noche del tronco en que estaba, y se mezcló entre los elefantes, para arrojarle el cabo de una cuerda, caída en el suelo, á uno de los cazadores que intentaba lanzarla á la pata de uno de los elefantes más jóvenes, mientras éste coceaba (siempre los pequeños dan más trabajo que los ya crecidos). Viólo Kala Nag, cogiólo con la trompa y se lo pasó á Toomai grande, el cual le dió algunos pescozones y volvió á colocarlo sobre el tronco.

Á la mañana siguiente riñóle diciéndole:

--¿No te basta con tener buenos establos de ladrillo para los elefantes y con acarrear tiendas de un lado á otro, que ahora necesitas ponerte á coger elefantes por tu propia cuenta, como un perdido? Para que lo sepas, los cazadores, esos locos, que tienen menos salario que yo, le han hablado ya del asunto á Petersen Sahib.

Toomai chico tuvo miedo. No se le alcanzaba mucho respecto á los hombres blancos; pero, á Petersen Sahib se lo imaginaba como el más grande de todos los de este mundo. Era el jefe de las operaciones de la _keddah_: el encargado de coger elefantes para el Gobierno de la India, y el que estaba mejor enterado que nadie de sus costumbres.

--Y ¿qué es... qué es lo que ocurrirá?