El libro de las mil noches y una noche; t. 8

Part 12

Chapter 124,005 wordsPublic domain

El terrible kurdo Djiwán se echó de nuevo á cuestas á la joven, y siguió corriendo hasta una caverna oculta entre rocas, donde habían establecido su domicilio la gavilla de los cuarenta y su jefe. Arreglaba allí la casa de los ladrones y les preparaba la comida una vieja, que era precisamente la madre del raptor de Zumurrud. Ella fué la que al oir la seña convenida salió á la entrada de la caverna á recibir á su hijo con la capturada. Djiwán entregó la persona de Zumurrud á su madre, y le dijo: «Cuida bien de esta gacela hasta mi regreso, pues voy á buscar á mis compañeros para que la cabalguen conmigo. Pero como no hemos de volver hasta mañana á mediodía, porque tenemos que realizar algunas proezas, te ruego que la alimentes bien, para que pueda soportar nuestras cargas y nuestros asaltos.» Y se fué.

Entonces la vieja se acercó á Zumurrud y le dió de beber, y le dijo: «Hija mía, ¡qué dichosa serás cuando penetren pronto en tu centro cuarenta mozos robustos, sin contar al jefe, que él solo es tan fuerte como todos los demás juntos! ¡Por Alah! ¡qué suerte tienes con ser joven y deseable!» Zumurrud no pudo contestar, y envolviéndose la cabeza con el velo, se tendió en el suelo y así permaneció hasta por la mañana.

La noche la había hecho reflexionar, cobró ánimos y dijo para sí: «¿En qué indiferencia condenable caigo al presente? ¿Voy á aguardar sin moverme la llegada de esos cuarenta bandidos perforadores, que me estropearán al taladrarme y me llenarán como el agua llena un buque hasta hundirlo en el fondo del mar? ¡No, por Alah! ¡Salvaré mi alma y no les entregaré mi cuerpo!» Y como ya era día claro, se acercó á la vieja, y besándole la mano, le dijo: «Esta noche he descansado bien, mi buena madre, y me siento con muchos ánimos y dispuesta á honrar á mis huéspedes. ¿Qué haremos ahora para pasar el tiempo hasta que lleguen? ¿Quieres, por ejemplo, venir conmigo al sol, y dejar que te despioje y te peine el pelo, buena madre?» La vieja contestó: «¡Por Alah! ¡Excelente ocurrencia, hija mía, pues desde que estoy en esta caverna no me he podido lavar la cabeza, y sirve ahora de habitación á todas las clases de piojos que se alojan en la cabellera de las personas y en los pelos de los animales! ¡Y cuando anochece, salen de mi cabeza y circulan en tropel por todo mi cuerpo! ¡Y los tengo blancos y negros, grandes y chicos! ¡Hay algunos, hija mía, que tienen un rabo muy largo, y se pasean hacia atrás, y otros de olor más fétido que los follones y los cuescos más hediondos! ¡Si consigues librarme de esos animales maléficos, tu vida conmigo será muy dichosa!» Y salió con Zumurrud fuera de la caverna y se acurrucó al sol, quitándose el pañuelo que llevaba á la cabeza. Y entonces pudo ver Zumurrud que había allí todas las variedades de piojos conocidas y otras más. Sin perder valor, empezó á quitarlos á puñados, y á peinar los cabellos por la raíz con espinas gordas; y cuando no quedó mas que una cantidad normal de aquellos piojos, se puso á buscarlos con dedos ágiles y numerosos y á aplastarlos entre dos uñas, según se acostumbra. Y alisó la cabellera con suavidad, con tanta suavidad, que la vieja se sintió invadida de un modo delicioso por la tranquilidad de su propia piel limpia, y acabó por dormirse profundamente.

Sin perder tiempo, Zumurrud se levantó y corrió á la caverna, en la cual cogió y se puso ropa de hombre; y se rodeó la cabeza con un turbante hermoso, que procedía de un robo hecho por los cuarenta, y salió á escape para dirigirse á un caballo, robado también, que por allí pacía con los pies trabados; le puso silla y riendas, saltó encima á horcajadas y salió á galope en línea recta, invocando al Dueño de la salvación.

Galopó sin descanso hasta que anocheció; y al amanecer siguiente reanudó la carrera, sin parar mas que alguna que otra vez para descansar, comer alguna raíz y dejar pacer al caballo. Y así prosiguió durante diez días y diez noches.

Por la mañana del día undécimo, salió al cabo del desierto que acababa de atravesar y llegó á una verde pradera por donde corrían hermosas aguas y alegraba la vista el espectáculo de frondosos árboles, de umbrías, y de rosas y flores que un clima primaveral hacía brotar á millares; allí jugueteaban también aves de la creación y pastaban rebaños de gacelas y de animales muy lindos.

Zumurrud descansó una hora en aquel sitio delicioso, y luego montó de nuevo á caballo, y siguió un camino muy hermoso que corría por entre masas de verdor y llevaba á una gran ciudad, cuyos alminares brillaban al sol en lontananza.

Cuando estuvo cerca de los muros y de la puerta de la ciudad, vió una muchedumbre inmensa, que al distinguirla empezó á lanzar gritos delirantes de alegría y triunfo, y en seguida salieron de la puerta y fueron á su encuentro emires á caballo y personajes y jefes de soldados, que se prosternaron y besaron la tierra con muestras de sumisión de súbditos á su rey, mientras por todas partes brotaba este clamor inmenso de la multitud delirante: «¡Dé Alah la victoria á nuestro sultán! ¡Traiga tu feliz venida la bendición al pueblo de los musulmanes, ¡oh rey del universo! ¡Consolide Alah tu reinado, ¡oh rey nuestro!» Y al mismo tiempo millares de guerreros á caballo se formaron en dos filas para separar y contener á las masas en el límite del entusiasmo, y un pregonero público, encaramado en un camello ricamente enjaezado, anunciaba al pueblo á toda voz la feliz llegada de su rey.

Pero Zumurrud, disfrazada de caballero, no entendía lo que podía significar todo aquello, y acabó por preguntar á los grandes dignatarios, que habían cogido por cada lado las riendas del caballo: «¿Qué pasa, distinguidos señores, en vuestra ciudad? ¿Y qué me queréis?» Entonces, de entre todos ellos se adelantó un gran chambelán, que, tras de inclinarse hasta el suelo, dijo á Zumurrud: «El Donador, ¡oh dueño nuestro! no contó sus gracias al otorgártelas! ¡Loor se le dé! ¡Te trae de la mano hasta nosotros para colocarte como nuestro rey sobre el trono de este reino! ¡Loor á Él, que nos da un rey tan joven y tan bello, de la noble raza de los hijos de los turcos de rostro brillante! ¡Gloria á Él! Porque si nos hubiera enviado algún mendigo ó cualquiera otra persona de poco más ó menos, nos habríamos visto obligados también á aceptarlo por nuestro rey y á rendirle pleito homenaje. Sabe, en efecto...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

[IMAGEN]

PERO CUANDO LLEGÓ LA 324.ª NOCHE

Ella dijo.

»...Sabe, en efecto, que la costumbre de los habitantes de esta ciudad cuando muere nuestro rey sin dejar hijo varón, es dirigirnos á esta carretera y aguardar la llegada del primer caminante que nos envíe el Destino para elegirle como rey y saludarle como á tal. ¡Y hoy hemos tenido la dicha de encontrarte á ti, el más hermoso de los reyes de la tierra y el único de tu siglo y de todos los siglos!»

Y Zumurrud, que era una mujer de seso y de excelentes ideas, no se desconcertó con noticia tan extraordinaria, y dijo al gran chambelán y á los demás dignatarios: «¡Oh vosotros todos, fieles súbditos míos desde ahora, no creáis de todos modos que yo soy algún turco de obscuro nacimiento ó hijo de algún plebeyo. ¡Al contrario! ¡Tenéis delante de vosotros á un turco de elevada estirpe que ha huído de su país y de su casa después de haber reñido con su familia, y ha resuelto recorrer el mundo buscando aventuras! ¡Y como precisamente el Destino me hace dar con una ocasión bastante propicia para ver algo nuevo, consiento en ser vuestro rey!»

Y en seguida se puso á la cabeza de la comitiva, y entre las aclamaciones y gritos de júbilo de todo el pueblo, hizo su entrada triunfal en la ciudad.

Al llegar á la puerta principal de palacio, los emires y chambelanes se apearon, y la sostuvieron por debajo de los brazos, y la ayudaron á bajar del caballo, y la llevaron en brazos al gran salón de recepciones; y después de revestirla con los atributos regios, la hicieron sentar en el trono de oro de los antiguos reyes. Y todos juntos se prosternaron y besaron el suelo entre sus manos, pronunciando el juramento de sumisión.

Entonces Zumurrud inauguró su reinado mandando abrir los tesoros regios acumulados durante siglos, y mandó sacar cantidades considerables, que repartió entre los soldados, los pobres y los indigentes. Así es que el pueblo la amó é hizo votos por la duración de su reinado. Y además Zumurrud tampoco se olvidó de regalar gran cantidad de ropas de honor á los dignatarios de palacio, y otorgar mercedes á los emires y chambelanes, así como á sus esposas y á todas las mujeres del harem. Además, abolió el cobro de impuestos, los consumos y las contribuciones, y mandó libertar á los presos, y corrigió todos los males. Y de tal modo ganó el afecto de grandes y chicos, que todos la tenían por hombre, y se maravillaban de su continencia y castidad cuando supieron que nunca entraba en el harem ni se acostaba jamás con sus mujeres. En efecto, no quiso tener de noche más servicio particular que el de sus lindos eunucos, que dormían atravesados delante de su puerta.

Lejos de ser dichosa, Zumurrud no hacía mas que pensar en su amado Alischar, de quien no tuvo noticias, no obstante todas las investigaciones que mandó hacer secretamente. Y no cesaba de llorar cuando estaba sola, ni de rezar y ayunar para atraer la bendición de Alah sobre Alischar y lograr volverle á ver sano y salvo después de la ausencia. Y así pasó un año; y todas las mujeres del palacio levantaban los brazos, desesperadas, y exclamaban: «¡Qué desgracia para nosotras que el rey sea tan devoto y casto!»

Al cabo del año, Zumurrud tuvo una idea y quiso ejecutarla inmediatamente. Mandó llamar á visires y chambelanes, y les ordenó que los arquitectos é ingenieros abrieran un vasto meidán, de una parasanga de ancho y largo, y que construyeran en medio un magnífico pabellón con cúpula, que había de tapizarse ricamente para colocar un trono, y tantos asientos como dignatarios había en palacio.

Se ejecutaron en muy poco tiempo las órdenes de Zumurrud. Y trazado el meidán, y levantado el pabellón, y dispuestos el trono y los asientos en el orden jerárquico, Zumurrud convocó á todos los grandes de la ciudad y del palacio, y les ofreció un banquete tal, que ningún anciano recordaba de otro parecido. Y al final del festín, Zumurrud se volvió hacia los invitados y les dijo: «¡En adelante, durante todo mi reinado, os convocaré en este pabellón á principios de cada mes, y os sentaréis en vuestros sitios, y convocaré asimismo á todo el pueblo, para que tome parte en el banquete, y coma y beba, y dé gracias al Donador por sus dones!» Y todos le contestaron oyendo y obedeciendo. Y entonces añadió: «¡Los pregoneros públicos llamarán á mi pueblo al festín y les advertirán que será ahorcado quien se niegue á venir!»

Y al principio del mes los pregoneros públicos recorrieron las calles, gritando: «¡Oh vosotros todos, mercaderes y compradores, ricos y pobres, hambrientos y hartos, por orden de nuestro señor el rey, acudid al pabellón del meidán! ¡Comeréis y beberéis y bendeciréis al Bienhechor! ¡Y será ahorcado quien no vaya! ¡Cerrad las tiendas y dejad de vender y comprar! ¡El que se niegue será ahorcado!»

Á esta invitación, la muchedumbre acudió y se hacinó en el pabellón, estrujándose en medio del salón unos á otros, mientras el rey permanecía sentado en el trono, y á su alrededor, en los sitios respectivos, aparecían colocados jerárquicamente los grandes y dignatarios. Y todos empezaron á comer toda clase de cosas excelentes, como carneros asados, arroz con manteca, y sobre todo el excelente manjar llamado «kisck», preparado con trigo pulverizado y leche fermentada. Y mientras comían, el rey los examinaba atentamente uno tras otro, y durante tanto tiempo, que cada cual decía á su vecino: «¡Por Alah! ¡No sé por qué me mira el rey con esa obstinación!» Y entretanto, los grandes y dignatarios no dejaban de alentar á toda aquella gente, diciéndole: «¡Comed sin cortedad y hartaos! ¡El mayor gusto que le podéis dar al rey es demostrarle vuestro apetito!» Y ellos decían: «¡Por Alah! ¡En toda la vida hemos visto un rey que quisiera tan bien á su pueblo!»

Y entre los glotones que comían con más ardiente voracidad, haciendo desaparecer en su garganta fuentes enteras, estaba el miserable cristiano Barssum que durmió á Alischar y raptó á Zumurrud, ayudado por su hermano el viejo Rachideddín. Cuando Barssum acabó de comer la carne y los manjares con manteca ó grasa, vió una fuente colocada fuera de su alcance, llena de un admirable arroz con leche cubierto de azúcar fino y canela; atropelló á todos los vecinos y agarró la fuente, que atrajo á sí y colocó debajo de su mano, y cogió un enorme pedazo, que se metió en la boca. Escandalizado entonces uno de sus vecinos, le dijo...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

[IMAGEN]

PERO CUANDO LLEGÓ LA 325.ª NOCHE

Ella dijo:

...Escandalizado entonces uno de sus vecinos, le dijo: «¿No te da vergüenza tender la mano hacia lo que está lejos de tu alcance, ni apoderarte de una fuente tan grande para ti solo? ¿Ignoras que la educación nos enseña á no comer mas que lo que tenemos delante?» Y otro añadió: «¡Ojalá que ese manjar te pese en la barriga y te trastorne las tripas!» Y otro muy chistoso, gran aficionado al haschich, le dijo: «¡Eh, por Alah! ¡Repartamos! ¡Acerca eso, que tome yo un bocado, ó dos ó tres!» Pero Barssum le dirigió una mirada despreciativa, y le gritó con violencia: «¡Ah maldito devorador de haschich! ¡Este noble manjar no se ha hecho para tus mandíbulas! ¡Está destinado al paladar de los emires y gente delicada!» Y se preparaba á meter otra vez los dedos en la deliciosa pasta, cuando Zumurrud, que lo observaba hacía un rato, le conoció, y mandó hacia él á cuatro guardias diciéndoles: «¡Id en seguida á apoderaros de ese individuo que come arroz con leche, y traédmelo!» Y los cuatro guardias se precipitaron sobre Barssum, le arrancaron de entre los dedos el bocado que iba á tragar, le echaron de cara contra el suelo y le arrastraron por las piernas hasta delante del rey, entre los espectadores asombrados, que en seguida dejaron de comer, cuchicheando unos junto á otros: «¡Eso es lo que se saca por ser glotón y apoderarse de la comida de los demás!» Y el comedor de haschich dijo á los que le rodeaban: «¡Por Alah! ¡qué bien he hecho en no comer con él ese excelente arroz con leche! ¿Quién sabe el castigo que le darán?» Y todos empezaron á mirar atentamente lo que iba á ocurrir.

Zumurrud, con los ojos encendidos por dentro, preguntó al hombre: «Dime, hombre de malos ojos azules, ¿cómo te llamas y cuál es el motivo de tu venida á este país?» El miserable cristiano, que se había puesto turbante blanco, privilegio de los musulmanes, dijo: «¡Oh nuestro señor el rey, me llamo Alí y tengo el oficio de pasamanero. He venido á este país á ejercer mi oficio y á ganarme la vida con el trabajo de mis manos!»

Entonces Zumurrud dijo á uno de sus eunucos: ¡Ve pronto á buscar en mi mesa la arena adivinatoria y la pluma de cobre que me sirve para trazar las líneas geománticas!» Y en cuanto se ejecutó su orden, Zumurrud extendió cuidadosamente la arena adivinatoria en la superficie plana de la mesa, y con la pluma de cobre trazó la figura de un mono y algunos renglones de caracteres desconocidos. Después de lo cual recapacitó profundamente un rato, levantó de pronto la cabeza, y con voz terrible que fué oída por toda la muchedumbre, le gritó al miserable: «¡Oh perro! ¿cómo te atreves á mentir á los reyes? ¿No eres cristiano y no te llamas Barssum? ¿Y no has venido á este país para buscar una esclava raptada por ti en otro tiempo? ¡Ah perro! ¡Ah maldito! ¡Ahora mismo vas á confesar la verdad que me acaba de revelar tan claramente la arena adivinatoria!»

Aterrado el cristiano al oir estas palabras, se cayó al suelo juntando las manos, y dijo: «¡Perdón, ¡oh rey del tiempo! no te engañas! ¡En efecto (preservado seas de todo mal), soy un innoble cristiano y vine aquí con la intención de apoderarme de una musulmana á quien rapté y que huyó de nuestra casa!»

Entonces Zumurrud--en medio de los murmullos de admiración de todo el pueblo, que decía: «¡Ualah! ¡no hay en el mundo un geomántico lector de arena comparable con nuestro rey!»--llamó al verdugo y á sus ayudantes y les dijo: «¡Llevaos á ese miserable perro fuera de la ciudad, desolladle vivo, rellenadle con hierba de la peor calidad, y volved y clavad la piel en la puerta del meidán! En cuanto al cadáver, hay que quemarlo con excrementos secos y enterrar en el albañal lo que sobre.» Y contestaron oyendo y obedeciendo, y se llevaron al cristiano, y lo ejecutaron según la sentencia, que al pueblo le pareció llena de justicia y cordura.

Los vecinos que habían visto al miserable comer el arroz con leche no pudieron dejar de comunicarse mutuamente sus impresiones. Uno dijo: «¡Ualah! ¡En mi vida volveré á dejarme tentar por ese plato, aunque me gusta en extremo! ¡Trae mala sombra!» Y el comedor de haschich exclamó, agarrándose el vientre porque tenía cólico de terror: «¡Ualah! ¡Mi buen destino me ha librado de tocar á ese maldito arroz con canela!» ¡Y todos juraron no volver á pronunciar ni el nombre del arroz con leche!

Á todo esto, entró un hombre de aspecto repulsivo, que se adelantó rápidamente, atropellando a todo el que hallaba al paso, y viendo todos los sitios ocupados menos alrededor de la fuente del arroz con leche, se acurrucó delante de ella y en medio del espanto general se dispuso á tender la mano para comerlo.

Y Zumurrud en seguida conoció que aquel hombre era su raptor, el terrible Djiwán el kurdo, uno de los cuarenta de la gavilla de Ahmad Ed-Danaf. El motivo que lo llevaba á la ciudad no era otro que buscar á la joven, cuya fuga le había inspirado un furor espantoso cuando estaba ya preparado á cabalgarla con sus compañeros. Y se había mordido la mano de desesperación y había jurado que la encontraría, aunque estuviera escondida detrás del monte Cáucaso, ú oculta como el alfónsigo en la cascara. Y había salido á buscarla, y había acabado por llegar á la ciudad consabida, y por entrar con los demás en el pabellón para que no le ahorcaran...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

[IMAGEN]

PERO CUANDO LLEGÓ LA 326.ª NOCHE

Ella dijo:

...y entrar con los demás en el pabellón para que no le ahorcaran.

Sentóse, pues, ante la fuente de arroz con leche y metió toda la mano en medio. Y entonces por todas partes le gritaron: «¡Eh! ¿Qué vas á hacer? ¡Ten cuidado! ¡Te van á desollar vivo! ¡No toques á esa fuente, que es de mala sombra!» Pero el hombre les dirigió miradas terribles y les gritó: «¡Callaos vosotros! ¡Quiero comer de este plato y llenarme la barriga! ¡Me gusta el arroz con leche!» Y le dijeron otra vez: «¡Que te ahorcarán y te desollarán!» Y por toda contestación se acercó más á la fuente, en la cual ya había metido la mano, y se inclinó hacia ella. Al verlo el comedor de haschich, que era el que tenía más cerca, se escapó asustado y libre ya de los vapores del haschich, para sentarse más lejos, protestando de que no tenía nada que ver con lo que ocurriera.

Y Djiwán el kurdo, después de haber metido en la fuente la mano negra como la pata del cuervo, la sacó enorme y pesada como el pie de un camello. Redondeó en la palma el prodigioso pedazo que había sacado, hizo con él una bola tan gorda como una cidra, y con un movimiento giratorio se la arrojó al fondo de la garganta, en donde se hundió con el estruendo de un trueno ó con el ruido de una cascada en una caverna sonora, hasta el punto de que la cúpula del pabellón resonó con un eco sonoro que hubo de repercutir saltando y rebotando. ¡Y fué tal la huella dejada en la masa de donde se sacó el pedazo, que se vió el fondo de la enorme fuente!

Al percibir aquello, el comedor de haschich levantó los brazos y exclamó: «¡Alah nos proteja! ¡Se ha tragado la fuente de un solo bocado! ¡Gracias á Alah que no me creó arroz con leche ó canela ú otra cosa semejante entre sus manos!» Y añadió: «¡Dejémosle comer á su gusto, pues ya veo que se le dibuja en la frente la imagen del desollado y ahorcado que ha de ser!» Y se puso más lejos del alcance de la mano del kurdo, gritándole: «¡Así se te pare la digestión y te ahogue, espantoso abismo!» Pero el kurdo, sin hacer caso de lo que decían á su alrededor, metió otra vez los dedos, gordos como estacas, en la masa tierna, que se entreabrió con un crujido sordo, y los sacó con una bola como una calabaza en las puntas, y ya le estaba dando vueltas en la palma antes de tragarla, cuando Zumurrud dijo á los guardias: «¡Traedme pronto al del arroz, antes de que se trague el bocado!» Y los guardias saltaron sobre el kurdo, que no los veía por tener la mitad del cuerpo encorvado encima de la fuente. Y le derribaron con agilidad, le ataron las manos á la espalda y le llevaron á presencia del rey, mientras decían los circunstantes: «Él se empeñó en perderse. ¡Ya le habíamos aconsejado que se abstuviera de tocar á ese nefasto arroz con leche!»

Cuando le tuvo delante, Zumurrud le preguntó: «¿Cuál es tu nombre? ¿Cuál es tu oficio? ¿Y qué causa te ha impulsado á venir á esta ciudad?» El otro contestó: «Me llamo Othmán, y soy jardinero. Respecto al motivo de mi venida, busco un jardín en donde trabajar para comer.» Zumurrud exclamó: «¡Que me traigan la mesa de arena y la pluma de cobre!» Y cuando tuvo ambos objetos, trazó caracteres y figuras con la pluma en la arena extendida, reflexionó y calculó una hora, después levantó la cabeza y dijo: «¡Desdicha sobre ti, miserable embustero! Mis cálculos sobre la mesa de arena me enteran de que en realidad te llamas Djiwán el kurdo, y que tu oficio es el de bandolero, ladrón y asesino! ¡Ah cerdo, hijo de perro y de mil zorras! ¡Confiesa en seguida la verdad ó lo harás á golpes!»

Al oir estas palabras del rey--del cual no podía sospechar que fuese la joven robada poco antes por él--, palideció, le temblaron las mandíbulas y los labios se le contrajeron, dejando al descubierto unos dientes que parecían de lobo ó de otra alimaña silvestre. Después intentó salvar la cabeza declarando la verdad, y dijo: «¡Cierto es cuanto dices, ¡oh rey! ¡Pero me arrepiento ante ti ahora mismo, y en adelante seguiré el buen camino!» Mas Zumurrud le dijo: «¡Me es imposible dejar vivir en el camino de los musulmanes á una fiera dañina!» Después ordenó: «Que se lo lleven y le desuellen vivo y le rellenen de paja para clavarle á la puerta del pabellón, y sufra su cadáver la misma suerte que el del cristiano!»

Cuando el comedor de haschich vió que los guardias se llevaban á aquel hombre, se levantó y se volvió de espaldas á la fuente de arroz, y dijo: «¡Oh arroz con leche, salpicado con azúcar y canela, te vuelvo la espalda, porque no te juzgo, malhadado manjar, digno de mis miradas, ni casi de mi trasero...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

[IMAGEN]

PERO CUANDO LLEGÓ LA 327.ª NOCHE

Ella dijo:

«...porque no te juzgo, malhadado manjar, digno de mis miradas, ni casi de mi trasero! ¡Te escupo encima y abomino de ti!» Y nada más por lo que á él respecta.