El libro de las mil noches y una noche; t. 8

Part 11

Chapter 114,058 wordsPublic domain

Cuando Zumurrud comprendió que el joven carecía de dinero, le dijo: «¡De todos modos, cierra el trato! ¡Dame la mano, envuélveme en tu manto y pasa un brazo alrededor de mi cintura, que es, como sabes, la señal de aceptación!» Alischar, que ya no tenía motivo para negarse, se apresuró entonces á hacer lo que le mandó Zumurrud, y ésta sacó al momento de su faltriquera un bolsillo, que le entregó, y le dijo: «¡Ahí dentro hay mil dinares; tienes que ofrecer novecientos á mi amo, y conservar los otros cien para nuestras necesidades más apremiantes!» Y en seguida Alischar entregó al mercader los novecientos dinares, y se apresuró á coger á la esclava de la mano y llevársela á su casa.

Cuando llegaron á la casa, Zumurrud se sorprendió al ver que la habitación se reducía á un miserable cuarto, cuyo único mueblaje consistía en una mala estera vieja y rota por varias partes. Se apresuró á dar á Alischar otro bolsillo con mil dinares más, y le dijo: «Corre pronto al zoco, para comprar todos los muebles y alfombras que hagan falta, y comida y bebida. ¡Y escoge lo mejor que haya en el zoco! Además, tráeme una gran pieza de seda de Damasco de la mejor clase, de color de granate, y carretes de hilo de oro, y carretes de hilo de plata, y carretes de hilo de seda, de siete colores diferentes. Y no olvides comprar agujas grandes, y también un dedal de oro.» Y Alischar ejecutó en seguida sus órdenes, y llevó todo aquello á Zumurrud. Entonces ella tendió por el suelo las alfombras, arregló los colchones y divanes, lo colocó todo en orden, y puso el mantel, después de haber encendido los candelabros.

Se sentaron entonces ambos, y comieron y bebieron, y se pusieron muy contentos. Tras de lo cual, se tendieron en su cama nueva y se satisfacieron mutuamente. Y pasaron toda la noche estrechamente enlazados, entre las más puras delicias y los más alegres retozos, hasta por la mañana. Y su amor se consolidó con pruebas indudables y se grabó en su corazón de manera indeleble.

Sin perder tiempo, la diligente Zumurrud se puso en seguida á la labor.

Cogió la pieza de seda de Damasco color de granate, y en pocos días hizo con ella un cortinaje, en cuyo contorno representó con arte infinito figuras de aves y animales, y no hubo un animal en el mundo, pequeño ni grande, que no quedara representado en aquella tela. Y la ejecución era tan asombrosa de parecido y de vida, que se diría movíanse los animales de cuatro pies y se creía oír cantar á las aves. En medio de la cortina estaban bordados grandes árboles cargados de fruta, y de sombra tan hermosa, que con verla se sentía una gran frescura. ¡Y todo aquello fué ejecutado en ocho días, ni más ni menos! ¡Gloria al que da tanta habilidad á los dedos de sus criaturas!

Terminada la cortina, Zumurrud le dió brillo, la planchó, la dobló y se la entregó á Alischar, diciéndole: «Ve á llevarla al zoco y véndesela á cualquier mercader con tienda abierta, y no por menos de cincuenta dinares. Pero guárdate muy bien de cedérsela á cualquier mercader de paso que no sea conocido en el zoco, pues eso sería causa de una cruel separación entre nosotros. Porque tenemos enemigos que nos acechan. ¡Desconfía de los caminantes!» Y Alischar respondió: «¡Escucho y obedezco!» Y fué al zoco y vendió por cincuenta dinares á un mercader con tienda abierta la consabida cortina maravillosa..

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ LA 320.ª NOCHE

Ella dijo:

...y vendió por cincuenta dinares á un mercader con tienda abierta la consabida cortina maravillosa. Después compró otra vez seda é hilo de oro y plata, en cantidad suficiente para una nueva cortina ó una alfombra de gusto, y se lo llevó todo á Zumurrud, que volvió á poner manos á la obra, y en otros ocho días ejecutó una cortina más hermosa aún que la anterior, y que también produjo la cantidad de cincuenta dinares. Y durante el espacio de un año vivieron de tal suerte, comiendo, bebiendo y sin carecer de nada ni dejar de satisfacer su mutuo amor, más ardiente cada día.

Un día salió Alischar de la casa, llevando, según costumbre, un paquete que contenía un tapiz ejecutado por Zumurrud, y emprendió el camino del zoco para presentárselo á los mercaderes por mediación del pregonero, como siempre. Llegado al zoco, se lo entregó al pregonero, que empezó á pregonarlo delante de las tiendas de los mercaderes, cuando acertó á pasar un cristiano, uno de esos individuos que pululan á la entrada de los zocos, asediando á los parroquianos con sus ofrecimientos.

Este cristiano se aproximó al pregonero y á Alischar, y les ofreció sesenta dinares por el tapiz, en vez de los cincuenta por que se pregonaba. Pero Alischar, que sentía aversión y desconfianza hacia aquella clase de individuos, y recordaba, además, el encargo de Zumurrud, no quiso vendérselo. Entonces el cristiano aumentó su oferta y acabó por proponer cien dinares, y el pregonero le dijo al oído á Alischar: «¡Verdaderamente, no desaproveches esta excelente ocasión!» Porque el pregonero ya había sido sobornado secretamente por el cristiano con diez dinares. Y maniobró tan bien sobre el espíritu de Alischar, que le decidió á entregar el tapiz al cristiano, mediante la cantidad convenida. Y lo hizo no sin gran aprensión, cobrando los cien dinares, y volvió á emprender el camino de su casa.

Conforme iba andando, al volver una esquina notó que le seguía el cristiano. Se paró y le preguntó: «¿Cristiano, qué tienes que hacer en este barrio en donde no entra la gente de tu clase?» Éste dijo: «Perdona, ¡oh señor! pero tengo un encargo que hacer al final de esta calleja. ¡Alah te conserve!» Alischar siguió su camino, y llegó á la puerta de su casa. Y allí notó que el cristiano, después de haber dado un rodeo, había vuelto por el otro extremo de la calle y llegaba á su puerta al mismo tiempo que él. Y le gritó, lleno de ira: «¡Maldito cristiano! ¿Á qué me sigues de esa manera por donde voy?» El otro contestó: «¡Oh señor mío! ¡créeme que me encontraste aquí por casualidad! ¡Pero te ruego que me des un trago de agua, y Alah te recompensará, porque la sed me quema interiormente!» Y Alischar pensó: «¡Por Alah! ¡No se dirá que un musulmán se ha negado á dar de beber á un perro sediento! ¡Voy á darle un poco de agua!» Y entró en su casa, cogió un cántaro de agua, é iba á salir para dársela al cristiano, cuando Zumurrud le oyó levantar el pestillo y salió á su encuentro, conmovida por su ausencia prolongada. Y le dijo, besándole: «¿Cómo tardaste tanto en volver hoy? ¿Vendiste al fin el tapiz, y ha sido á un mercader con tienda, ó á un transeunte?» Él respondió, visiblemente turbado: «He tardado un poco porque el zoco estaba lleno, pero de todos modos acabé por vendérselo á un mercader.» Ella dijo con cierta duda en la voz: «¡Por Alah! Mi corazón no está tranquilo. Pero ¿adónde vas con ese cántaro?» Él dijo: «Voy á dar de beber al pregonero del zoco, que me ha acompañado hasta aquí.» Pero no la satisfizo esta respuesta, y mientras salía Alischar, recitó, muy ansiosa, estos versos del poeta:

_¡Oh corazón mío, que piensas en el amado; pobre corazón lleno de esperanza y que crees eterno el beso! ¿no ves que á tu cabecera vela, con los brazos tendidos, la Separadora, y que en la sombra te acecha, pérfido, el Destino?_

Cuando Alischar se dirigía hacia afuera, encontróse con el cristiano, que ya había entrado en el zaguán por la puerta abierta. Al verlo, el mundo se ennegreció delante de sus ojos, y exclamó: «¿Qué haces ahí, perro, hijo de perro? ¿y cómo osaste penetrar en mi casa sin mi permiso?» El otro contestó: «¡Por favor, ¡oh mi señor! perdóname! Cansado de haber andado todo el día y sin poderme ya tener de pie, me vi obligado á pasar el umbral, pues al cabo no hay tanta diferencia entre la puerta y el zaguán. ¡Además, no pido mas que el tiempo suficiente para tomar aliento y me voy! ¡No me rechaces, y Alah no te rechazará!» Y cogió el cántaro que sostenía Alischar muy perplejo, bebió lo necesario y se lo devolvió. Y Alischar se quedó de pie enfrente, esperando que se fuera. Pero pasó una hora, y el cristiano no se movía. Entonces, Alischar, sofocado, le gritó: «¿Quieres marcharte ahora mismo y seguir tu camino?» Pero el cristiano le contestó: «¡Oh señor mío! No serás de aquellos que hacen un beneficio á alguien para obligarle estar lamentándolo toda la vida, ni de aquellos de quienes dijo el poeta:

_¡Se desvaneció la raza generosa de los que, sin contar, llenaban la mano del pobre antes de que se les tendiese!_

_¡Ahora hay una raza vil de usureros, que calculan el interés de un poco de agua prestada al pobre del camino!_

»Yo, mi señor, ya he apagado la sed con el agua de tu casa; pero ahora me atormenta de tal manera el hambre, que me contentaría con lo que te haya quedado de la comida, aunque fuera un pedazo de pan seco y una cebolla, nada más.» Alischar, cada vez más enfurecido, le gritó: «¡Vaya, vaya! ¡Fuera de aquí! ¡Basta de citas poéticas! ¡No queda nada en la casa!» El otro contestó sin moverse del sitio: «¡Señor, perdóname! Pero si no hay nada en tu casa, tienes encima los cien dinares que te ha producido el tapiz. Te ruego, pues, por Alah, que vayas al zoco más cercano á comprarme una torta de trigo, para que no se diga que abandoné tu casa sin que se haya partido entre nosotros el pan y la sal.»

Cuando Alischar oyó estas palabras, dijo para sí: «No hay duda posible. Este maldito cristiano es un loco y un extravagante. Y lo voy á echar á la calle y á azuzar contra él á los perros vagabundos.» Y cuando se preparaba á empujarle afuera, el cristiano, inmóvil, le dijo: «¡Oh mi señor! ¡es un solo pedazo de pan el que deseo, y una sola cebolla para poder matar el hambre! ¡De modo que no hagas mucho gasto por mí, que sería demasiado! Porque el prudente se contenta con poco; y como dice el poeta:

_¡Un pan seco basta para apagar el hambre que tortura al sabio, cuando el mundo no bastaría para saciar el falso apetito del tragón!_

Cuando Alischar vió que no le quedaba más remedio que ceder, dijo al cristiano: «¡Voy al zoco á buscar de comer! ¡Espérame aquí sin moverte!» Y salió de la casa después de haber cerrado la puerta, y sacó la llave de la cerradura para metérsela en el bolsillo. Fué apresuradamente al zoco, compró queso asado con miel, pepinos, plátanos, hojaldre y pan recién salido del horno, y se lo trajo todo al cristiano, diciéndole: «¡Come!» Pero éste se negó, diciendo: «¡Oh mi señor! ¡qué generosidad la tuya! ¡Lo que traes basta para alimentar á diez personas! ¡Es demasiado, á menos que quieras honrarme comiendo conmigo!» Alischar respondió: «Yo estoy harto. ¡Come solo!» El otro exclamó: «¡Oh mi señor, la sabiduría de las naciones nos enseña que el que se niega á comer con su huésped es indudablemente un bastardo adulterino!...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ LA 321.ª NOCHE

Ella dijo:

»...el que se niega á comer con su huésped es indudablemente un bastardo adulterino!» Estas palabras no tenían réplica posible. Alischar no se atrevió á negarse, y se sentó al lado del cristiano, y se puso á comer con él distraídamente. Y el cristiano se aprovechó de la distracción de su huésped para mondar un plátano, partirlo, y deslizar en él con destreza banj puro mezclado con extracto de opio, en dosis suficiente para derribar á un elefante y dormirlo durante un año. Mojó el plátano en la miel blanca, en la cual nadaba el excelente queso asado, y se lo ofreció á Alischar, diciéndole: «¡Oh mi señor! ¡Por la verdad de la fe, acepta de mi mano este suculento plátano que mondé para ti!» Alischar, que tenía prisa por acabar, cogió el plátano y se lo tragó.

Apenas había llegado el plátano á su estómago, cayó Alischar al suelo, dando con la cabeza antes que con los pies, privado de sentido. Entonces el cristiano brincó como un lobo pelado y se precipitó afuera, pues en la calleja de enfrente permanecían en acecho varios hombres con un mulo, y á su cabeza estaba el viejo Rachideddín, el miserable de los ojos azules al cual no había querido pertenecer Zumurrud, y que había jurado poseerla á la fuerza á todo trance. Este Rachideddín no era mas que un innoble cristiano, que profesaba exteriormente el islamismo para gozar sus privilegios cerca de los mercaderes, y era el propio hermano del cristiano que acababa de traicionar á Alischar, y que se llamaba Barssum.

Este Barssum corrió, pues, á avisar á su miserable hermano del resultado de su ardid, y los dos, seguidos por sus hombres, penetraron en la casa de Alischar, se precipitaron en la inmediata habitación, alquilada por Alischar para harem de Zumurrud, lanzáronse sobre la hermosa joven, á la cual amordazaron y agarraron para transportarla en un momento á lomos del mulo, que pusieron al galope, á fin de llegar en pocos instantes, sin que nadie les molestara en el camino, á casa del viejo Rachideddín.

El viejo miserable de ojos azules y bizcos mandó entonces llevar á Zumurrud á la estancia más apartada de la casa, y se sentó cerca de ella, después de haberle quitado la mordaza, y le dijo: «Hete aquí ya en mi poder, bella Zumurrud, y no será el bribón de Alischar quien venga ahora á sacarte de mis manos. Empieza, pues, antes de acostarte en mis brazos y de experimentar mi valentía en el combate, por abjurar de tu descreída fe y consentir en ser cristiana, como yo soy cristiano. ¡Por el Mesías y la Virgen! ¡Si no te rindes inmediatamente á mi doble deseo, te someteré á los peores tormentos y te haré más desdichada que una perra!»

Al oir estas palabras del miserable cristiano, los ojos de la joven se llenaron de lágrimas, que rodaron por sus mejillas, y sus labios se estremecieron y exclamó: «¡Oh malvado de barbas blancas! ¡por Alah! ¡podrás hacer que me corten en pedazos, pero no conseguirás que abjure de mi fe; podrás apoderarte de mi cuerpo por la violencia, como el cabrón en celo con la cabra joven, pero no someterás mi espíritu á la impureza compartida! ¡Y Alah sabrá pedirte cuenta de tus ignominias tarde ó temprano!»

Cuando el anciano vió que no podía convencerla con palabras, llamó á sus esclavos y les dijo: «¡Echadla al suelo, y sujetadla boca abajo fuertemente!» Y los esclavos la echaron al suelo boca abajo. Entonces aquel miserable cristiano viejo agarró un látigo y empezó á azotarla con crueldad en sus hermosas partes redondeadas, de modo que cada golpe dejaba una larga raya roja en la blancura de las nalgas. Y Zumurrud, á cada golpe que recibía, en vez de debilitarse en la fe, exclamaba: «¡No hay más Dios que Alah, y Mohamed es el enviado de Alah!» Y el otro no dejó de azotarla hasta que no pudo ya levantar el brazo. Entonces mandó á sus esclavos que la llevasen á la cocina con las criadas y que no le dieran de comer ni de beber. ¡Esto en cuanto á ellos dos!

En cuanto á Alischar, quedó tendido sin sentido en el zaguán de su casa hasta el día siguiente. Entonces volvió en sí y abrió los ojos, disipada ya la embriaguez del banj y desaparecidos de su cabeza los vapores del opio. Se sentó entonces en el suelo, y con todas sus fuerzas llamó: «¡Ya Zumurrud!» Pero no le contestó nadie. Levantóse anhelante y entró en la habitación, que encontró vacía y silenciosa, y con los velos y chal de Zumurrud tirados por el suelo. Se acordó del cristiano importuno, y como también éste había desaparecido, ya no dudó del rapto de su amada Zumurrud. Entonces se tiró al suelo, dándose golpes en la cabeza y sollozando; después se desgarró los vestidos, y lloró todas las lágrimas de la desolación; y en el límite de la desesperanza, se lanzó fuera de su casa, recogió dos piedras grandes, una con cada mano, y empezó á recorrer enloquecido todas las calles, golpeándose el pecho con las piedras y gritando: «¡Ya Zumurrud, Zumurrud!» Y los chiquillos le rodearon, corriendo como él y gritando: «¡Un loco, un loco!» Y los conocidos que le encontraban le miraban con lástima y lamentaban la pérdida de su razón, diciendo: «¡Es el hijo de Gloria! ¡Pobre Alischar!»

Y siguió vagando de aquel modo y haciéndose sonar el pecho á guijarrazos, cuando le encontró una buena vieja, que le dijo: «Hijo mío, ¡así goces de la seguridad y la razón! ¿Desde cuándo estás loco?» Y Alischar le contestó con estos versos:

_¡La ausencia de una mujer me hizo perder la razón! ¡Oh vosotros que creéis en mi locura, traedme á la que hubo de causarla, y daréis á mi espíritu la frescura de un díctamo!_

Al oir tales versos y al mirar más atentamente á Alischar, la buena anciana comprendió que debía ser un enamorado infeliz, y le dijo: «¡Hijo mío, no temas contarme tus penas y tu infortunio! ¡Acaso me haya puesto Alah en tu senda para ayudarte!» Entonces Alischar le contó su aventura con Barssum el cristiano.

Enterada la buena vieja, estuvo reflexionando una hora, y luego levantó la cabeza y le dijo á Alischar: «¡Levántate, hijo mío, y ve pronto á comprarme un cesto de buhonero, en el cual colocarás, después de adquirirlos en el zoco, pulseras de cristal de colores, anillos de cobre plateado, pendientes, dijes y otras varias cosas como las que venden las piadosas por las casas á las mujeres. Y yo me pondré el cesto en la cabeza, y recorreré las casas de la ciudad, vendiendo esas cosas á las mujeres. Y así podré hacer averiguaciones que nos orientarán, y sí Alah quiere, contribuirán á que encontremos á tu amada Sett Zumurrud!...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ LA 322.ª NOCHE

Ella dijo:

»...encontremos á tu amada Sett Zumurrud.» Y Alischar se puso á llorar de alegría. Y después de haber besado las manos á la buena vieja, se apresuró á comprar y entregarle lo que le había indicado.

Entonces la vieja se fué á vestirse á su casa. Se tapó la cara con un velo color de miel obscuro, se cubrió la cabeza con un pañuelo de cachemira, se envolvió en un velo grande de seda negra, se puso en la cabeza la consabida cesta, y cogiendo un bastón para sostener su respetable vejez, empezó á recorrer lentamente los harems de personajes y mercaderes por los distintos barrios, y no tardó en llegar á la casa del viejo Rachideddin, el miserable cristiano que pasaba por musulmán, el maldito á quien Alah confunda y abrase en el fuego del infierno y atormente hasta la extinción del tiempo. ¡Amin!

Y llegó precisamente en el momento en que la desventurada joven, arrojada entre las esclavas y criadas de la cocina, y dolorida aún de los golpes que había recibido, yacía medio muerta en una mala estera.

Llamó á la puerta la vieja, y una esclava abrió y la saludó amistosamente. Y la vieja le dijo: «Hija mía, tengo cosas bonitas que vender. ¿Hay en casa quien las compre?» La criada dijo: «¡Ya lo creo!» Y la llevó á la cocina, en donde la vieja se sentó con gran compostura, rodeándola en seguida las esclavas. Fué muy benévola en la venta, y les cedió, por precios muy módicos, pulseras, sortijas y pendientes, de modo que se granjeó su confianza y ganó sus simpatías por su lenguaje virtuoso y la dulzura de sus modales.

Pero al volver la cabeza vió á Zumurrud tendida, é interrogó á las esclavas, que le dijeron cuanto sabían. É inmediatamente comprendió que estaba en presencia de la que buscaba. Se acercó á la joven y le dijo: «¡Hija mía! ¡aléjese de ti todo mal! ¡Alah me envía para socorrerte! ¡Eres Zumurrud, la esclava amada de Alischar, hijo de Gloria!» Y la enteró del objeto de su venida, disfrazada de vendedora, y le dijo: «Mañana por la noche estate dispuesta á dejarte raptar; asómate á la ventana de la cocina que da á la calle, y cuando veas que alguien, entre la obscuridad, se pone á silbar, esa será la seña. Responde silbando también, y salta sin temor á la calle. ¡Alischar en persona estará allí y te salvará!» Y Zumurrud besó las manos á la vieja, que se apresuró á salir y enterar á Alischar de lo que acababa de suceder, añadiendo: «Irás allá, al pie de la ventana de la cocina de ese maldito, y harás tal y cual cosa.»

Entonces Alischar dió mil gracias á la vieja por sus favores, y quiso hacerle un regalo; pero no lo aceptó ella, y se fué deseándole buen éxito y felicidades, y le dejó recitando versos sobre la amargura de la separación.

Á la noche siguiente, Alischar se encaminó á la casa descrita por la buena vieja y acabó por encontrarla. Se sentó al pie de la pared y aguardó que llegara la hora de silbar. Pero cuando llevaba allí un rato, como había pasado dos noches de insomnio, le venció de pronto el cansancio y se durmió. ¡Glorificado sea el Único, que nunca duerme!

Mientras Alischar permanecía aletargado al pie de la pared, el Destino envió hacia allí, en busca de alguna ganga, á un ladrón entre los ladrones audaces, que, después de dar vuelta á la casa sin encontrar salida, llegó al sitio en que dormía Alischar. Y se inclinó hacía éste, y tentado por la riqueza de su traje, le robó hábilmente el hermoso turbante y el albornoz, y se los puso en seguida. En el mismo momento vió que se abría la ventana y oyó silbar á alguien. Miró, y vió una forma de mujer que le hacía señas y silbaba. Era Zumurrud, que le tomaba por Alischar.

Al ver aquello, el ladrón, aunque sin saber lo que significaba, pensó: «¡Me convendrá contestar!» Y silbó. En seguida salió Zumurrud por la ventana y saltó á la calle con ayuda de una cuerda. Y el ladrón, que era un mozo robusto, la cogió á cuestas y se alejó con la rapidez del relámpago.

Cuando Zumurrud vió que su acompañante tenía tanta fuerza, se asombró mucho, y le dijo: «Amado Alischar, la vieja me había dicho que apenas podías moverte por lo que te habían debilitado la pena y el temor. ¡Pero veo que estás más fuerte que un caballo!» Pero como el ladrón no contestaba y corría con mayor celeridad, Zumurrud le pasó la mano por la cara y se la encontró erizada de pelos más duros que la escoba del hammam, de tal modo que parecía un cerdo que se hubiera tragado una gallina, cuyas plumas se le salieran por la boca. Al encontrarse con aquello, la joven sintió un terror espantoso, y empezó á darle golpes en la cara, gritando: «¿Quién eres y qué eres?» Y como en aquel momento estaban ya lejos de las casas, en campo raso invadido por la noche y la soledad, el ladrón se detuvo un momento, dejó en el suelo á la joven, y gritó: «¡Soy Djiwán el kurdo, el compañero más terrible de la gavilla de Ahmad Ed-Danaf! ¡Somos cuarenta mozos que llevamos mucho tiempo privados de carne fresca! ¡La noche próxima será la más bendita de tus noches, pues todos te cabalgaremos sucesivamente, y te pisaremos el vientre, y nos revolcaremos entre tus muslos, y le haremos dar vueltas á tu capullo hasta por la mañana!»

Cuando Zumurrud oyó semejantes palabras de su raptor, comprendió todo lo horrible de su situación, y se echó á llorar, golpeándose el rostro y deplorando el error que la había entregado á aquel bandido perpetrador de violencias y á sus cuarenta compañeros. Y después, viendo que su destino aciago la perseguía y que no podía luchar contra él, se dejó llevar de nuevo por su raptor sin oponer resistencia y se contentó con suspirar: «¡No hay más Dios que Alah! ¡Me refugio en Él! ¡Cada cual lleva su Destino atado al cuello, y haga lo que quiera, no puede alejarse de él!...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ LA 323.ª NOCHE

Ella dijo:

»...¡Cada cual lleva su Destino atado al cuello, y haga lo que quiera, no puede alejarse de él!»