El libro de las mil noches y una noche; t. 7
Part 13
Se atavió con sus trajes más dignos de exhibirse y con las joyas y adornos que le quedaban, y se presentó á su amo, diciéndole, mientras mostraba en sus labios una sonrisa de buen augurio: «Por mi causa va á hacer cesar Alah tus tribulaciones. Para ello bastará que me conduzcas ante nuestro señor el Emir de los Creyentes, Harún Al-Rachid, quinto descendiente de Abbas, y me vendas á él, pidiéndole como precio diez mil dinares. Si encontrara este precio demasiado caro, dile: «¡Oh Emir de los Creyentes! Esta adolescente vale más todavía, como podrás advertir mejor tomándola á prueba. ¡Entonces se realzará á tus ojos, y verás que no tiene par ni rival y que verdaderamente es digna de servir á nuestro amo el califa!» Después, la esclava, insistiendo mucho, le recomendó que se guardase de rebajar el precio.
Abul-Hassán, que hasta aquel momento, por negligencia, no se había preocupado de observar las cualidades y talentos de su hermosa esclava, no estaba en situación para apreciar por sí mismo los méritos que pudiese ella poseer. Solamente le pareció que la idea no era mala y que tenía probabilidades de éxito. Se levantó, pues, en seguida, y llevando á Simpatía tras sí la condujo ante el califa, á quien repitió las palabras que ella le había recomendado que dijese.
Y el califa volvióse hacia la esclava y le preguntó: «¿Cómo te llamas?» Ella contestó: «Me llamo Simpatía.» Él le dijo: «¡Oh Simpatía! ¿estás versada en ciertos conocimientos y puedes enumerarme las diversas ramas del saber que has cultivado?» Ella le contestó: «¡Oh señor! Estudié la sintaxis, la poesía, el derecho civil y el derecho general, la música, la astronomía, la geometría, la aritmética, la jurisprudencia desde el punto de vista de las sucesiones, y el arte de descifrar las escrituras mágicas y las inscripciones antiguas. Me sé de memoria el Libro Sublime y puedo leerlo de siete maneras distintas; conozco exactamente el número de sus capítulos, de sus versículos, de sus divisiones, de sus diferentes partes y sus combinaciones, y cuántas líneas, palabras, letras consonantes y vocales encierra; recuerdo con precisión qué capítulos se inspiraron y escribieron en la Meca y cuáles otros se dictaron en Medina; no ignoro las leyes y los dogmas, sé distinguirlos con las tradiciones y diferenciar su grado de autenticidad; no soy una profana en lógica, ni en arquitectura, ni en filosofía, como tampoco en lo que afecta á la elocuencia, al lenguaje escogido, á la retórica y á las reglas de los versos, los cuales sé ordenar y medir sin omitir ninguna dificultad en su construcción; sé hacerlos sencillos y flúidos, como también complicados y enrevesados para deleitar sólo á las gentes delicadas; y si á veces pongo en ellos oscuridad, es para fijar más la atención y halagar al espíritu, que despliega por último su trama sutil y frágil; en una palabra, aprendí muchas cosas y retuve cuanto aprendí. Además, sé cantar perfectamente y bailar cual un pájaro, y tocar el laúd y la flauta, manejando asimismo todos los instrumentos de cuerda, y lo hago de cincuenta modos diferentes. ¡Por tanto, cuando canto y bailo se condenan quienes me ven y me oyen; si camino balanceándome, ataviada y perfumada, les mato; si meneo mi grupa, les derribo; si guiño un ojo, les traspaso; si agito mis brazaletes, les ciego; si toco, doy la vida, y si me alejo, hago morir! ¡Estoy versada en todas las artes, y he llevado mi saber á tal límite, que únicamente podrían llegar á distinguir su horizonte los escasos seres cuyos años hubieran transcurrido en el estudio de la sabiduría!»
Cuando el califa Harún Al-Rachid hubo oído estas palabras, se asombró y entusiasmó de encontrar tal elocuencia unida á belleza tal, tanto saber y juventud en la que frente á él se mantenía con los ojos respetuosamente bajos. Se volvió hacia Abul-Hassán y le dijo: «Quiero dar orden al instante para que vengan todos los maestros de la ciencia á fin de poner á prueba á tu esclava, y asegurarme por medio de un examen público y decisivo de si realmente es tan instruída como bella. ¡En caso de que saliese victoriosa de la prueba, no sólo te daría diez mil dinares, sino que te colmaría de honores por haberme traído semejante maravilla! ¡De no ser así, no hay nada de lo dicho, y seguirá perteneciéndote!»
Luego, acto continuo, el califa hizo llamar al sabio mayor de aquella época, Ibrahim ben-Sayar, que había profundizado en todos los conocimientos humanos; mandó que acudiesen también todos los poetas, los gramáticos, los lectores del Korán, los médicos, los astrónomos, los filósofos, los jurisconsultos y los doctores en teología. Y apresuráronse á ir á palacio todos, y se reunieron en la sala de recepción, sin saber por qué motivo se les convocaba.
Cuando lo ordenó el califa, todos se sentaron en corro sobre la alfombra, en medio de la cual la adolescente Simpatía permanecía en una silla de oro, donde el califa hízola colocarse, con el rostro cubierto por un velo ligero, y á través de él brillaban sus ojos y sonreían con su sonrisa los dientes...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 274.ª NOCHE_
Ella dijo:
...sonreían con su sonrisa los dientes.
Cuando en aquella asamblea se estableció un silencio tan completo que se hubiera podido oir el ruido de una aguja que cayese al suelo, Simpatía hizo á todos una zalema llena de gracia y dignidad, y con un modo de hablar verdaderamente exquisito, dijo al califa:
«¡Oh Emir de los Creyentes, manda! Aquí estoy pronta á cuantas preguntas quieran dirigirme los doctos y venerables sabios, lectores del Korán, jurisconsultos, médicos, arquitectos, astrónomos, geómetras, gramáticos, filósofos y poetas.»
Entonces el califa Arún Al-Rachid se encaró con todos aquéllos y les dijo desde el trono en que estaba sentado: «¡Hice que os mandaran venir aquí para, que examinéis á esta adolescente en lo que afecta á la variedad y profundidad de sus conocimientos, y no perdonéis nada que contribuya á que resalte á la vez vuestra erudición y su saber!» Y todos los sabios respondieron, inclinándose hasta tierra y llevando las manos á sus ojos y á su frente: «¡El oído y la obediencia á ti y á Alah, ¡oh Emir de los Creyentes!»
A estas palabras, la adolescente Simpatía se mantuvo algunos instantes con la cabeza baja, reflexionando; después alzó la frente y dijo: «¡Oh vosotros todos, maestros míos! ¿cuál es primeramente el más versado entre vosotros en el Korán y en las tradiciones del Profeta? (¡con Él la paz y la oración!)» Entonces se levantó uno de los doctores, designado por todos los dedos, y dijo: «¡Yo soy ese hombre!» Ella le dijo: «¡Interrógame, pues, á tu sabor sobre tal punto!» Y demandó el sabio lector del Korán:
«¡Oh joven, desde el momento en que estudiaste á fondo el santo Libro de Alah, debes conocer el número de capítulos, palabras y letras que encierra y los preceptos de nuestra fe! Dime, pues, para empezar, ¿quién es tu Señor, quién es tu Profeta, quién es tu Imán, cuál es tu orientación, cuál es tu norma de vida, cuál es tu guía en los caminos y quiénes son tus hermanos?»
Ella contestó: «¡Mi Señor es Alah; mi Profeta es Mohamed (¡con Él la oración y la paz!); mi ley, y por tanto mi Imán, es el Korán; mi orientación es la Kaaba, la casa de Alah, levantada por Abraham en la Meca; mi norma de vida es el ejemplo de nuestro santo Profeta; mi guía en los caminos es la Sunna, recopilación de tradiciones, y mis hermanos son todos los creyentes!»
Mientras comenzaba el califa á maravillarse de la claridad y precisión de estas respuestas en boca de una joven tan gentil, añadió el sabio:
«¡Dime! ¿Cómo sabes que hay un Dios?»
Ella contestó: «¡Por la razón!»
Él preguntó: «¿Qué es la razón?»
Ella dijo: «La razón es un don doble: innato y adquirido. La razón innata es la que puso Alah en el corazón de sus servidores escogidos, para hacerles que caminen por la senda de la verdad. Y la razón adquirida es en el hombre bien dotado fruto de la educación y de una labor constante.»
Él añadió: «¡Muy bien! Pero ¿dónde reside la razón?»
Ella contestó: «¡En nuestro corazón! Y desde él se elevan sus inspiraciones hacia nuestro cerebro, para establecer allí su domicilio.»
Él dijo: «¡Perfectamente! Pero ¿puedes decirme cómo aprendiste á conocer al Profeta? (¡con Él la plegaria y la paz!)»
Ella contestó: «Por la lectura del Libro de Alah, por las sentencias que contiene, por las pruebas y los testimonios de tal misión divina.»
Dijo él: «¡Muy bien! Pero ¿puedes decirme cuáles son los deberes indispensables de nuestra religión?»
Ella contestó: «En nuestra religión hay cinco deberes indispensables: la profesión de fe «¡No hay más Dios que Alah, y Mohamed es el enviado de Alah!», la oración, la limosna, el ayuno del mes de Ramadán y la peregrinación á la Meca cuando puede hacerse.»
Él preguntó: «¿Qué acciones pías son las más meritorias?»
Contestó ella: «Son seis: la plegaria, la limosna, el ayuno, la peregrinación, la lucha contra malos instintos y cosas ilícitas, ¡y por último, la guerra santa!»
Él dijo: «¡Bien contestado! Pero ¿qué objeto persigues con la plegaria?»
Ella replicó: «¡Sencillamente el de ofrecer al Señor el homenaje de mi adoración, alabarle y levantar mi espíritu hacia las regiones serenas!»
Él exclamó: «¡Ya Alah! ¡Excelente es esta respuesta! Pero ¿no requiere antes la oración preparativos indispensables?»
Ella contestó: «¡Ciertamente! ¡Es necesario purificarse por completo el cuerpo con las abluciones rituales, vestir trajes sin mácula, escoger un lugar limpio y claro, preservar la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas, abrigar intenciones puras y volverse hacia la Kaaba, en dirección á la Meca santa!»
«¿Qué valor tiene la plegaria?»
«¡Es el sostén de la fe, en la que se basa!»
«¿Cuáles son los frutos de la oración? ¿Cuál es su utilidad?»
«La plegaria verdaderamente hermosa no tiene utilidad terrena. ¡Es sólo el lazo espiritual entre la criatura y su Señor! ¡Puede producir diez frutos inmateriales y mucho más hermosos que los tangibles; aclara el corazón, ilumina el semblante, complace al Clementísimo, excita el furor del Maligno, atrae la misericordia, aleja los maleficios, preserva del mal, resguarda contra los atentados de los enemigos, fortalece al espíritu vacilante y acerca el esclavo á su dueño!»
«¿Cuál es la llave de la plegaria? ¿Y cuál es la llave de esta llave?»
«La llave de la plegaria es la ablución, y la llave de la ablución es la fórmula inicial: «¡En el nombre de Alah el Clemente sin límite, el Misericordioso!»
«¿Qué prescripciones han de seguirse para la ablución?»
«Según el rito ortodoxo del imán El-Schafiy ben-Idris, seis: la intención de purificarse sin otra mira que la de ser agradable al Creador; la ablución del rostro primeramente; la ablución de las manos hasta el codo; el frotamiento de parte de la cabeza; la ablución de los pies, incluso los talones, hasta los tobillos, y un orden estricto en el cumplimiento de estos diversos actos. Y tal orden implica la observancia de doce condiciones bien precisas, á saber:
»Primero pronunciar la fórmula inicial: «¡En el nombre de Alah!»; lavarse las palmas de las manos antes de sumergirlas en la jofaina; enjuagarse la boca; lavarse las narices tomando agua en el hueco de la mano y sorbiendo; frotarse toda la cabeza y frotarse las orejas al exterior y al interior con otra agua; peinarse la barba con los dedos; torcerse los dedos de pies y manos, haciendo que rechinen; utilizar el pie derecho antes que el pie izquierdo; repetir cada ablución tres veces; pronunciar el acto de fe después de cada ablución, y por último, una vez terminadas las abluciones, recitar además esta fórmula piadosa: «¡Oh Dios mío! ¡Cuéntame en el número de los arrepentidos, de los puros y fieles servidores! ¡Loor á mi Dios! ¡Confieso que no hay más Dios que Tú! ¡Tú eres mi refugio; de Ti imploro el perdón de mis culpas lleno de arrepentimiento! ¡Amín!»
»Esta fórmula, en efecto, es la que el Profeta (¡con Él la plegaria y la paz!) nos ha recomendado que recitemos, cuando dijo: «¡A quien la recite le abriré de par en par las ocho puertas del Edén y podrá entrar por la puerta que le plazca!»
El sabio dijo: «¡En verdad que contestaste de un modo excelente! Pero ¿qué hacen los ángeles y los demonios junto á aquel que practica sus abluciones?»
Simpatía respondió: «Cuando el hombre se prepara á verificar sus abluciones, los ángeles se colocan á su derecha y los diablos á su izquierda; pero no bien pronuncia la fórmula inicial: «¡En el nombre de Alah!», los diablos se ponen en fuga, y los ángeles se aproximan á él, desplegando sobre su cabeza un dosel luminoso de forma cuadrada que sostienen por las cuatro puntas, y cantan alabanzas á Alah é imploran el perdón de los pecados de aquel hombre. Pero en cuanto se olvida él de invocar el nombre de Alah ó deja de pronunciarlo, los diablos vuelven...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 275.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...los diablos vuelven tumultuosos, y trabajan todo lo posible por turbarle el alma, sugerirle la duda y enfriarle el espíritu y el fervor.
»Cuando el hombre hace sus abluciones, es obligatorio que corra el agua por todo su cuerpo, por todos sus pelos visibles ó secretos y por sus miembros sexuales, debiendo también frotarse por todas partes y no lavarse los pies hasta lo último.»
El sabio dijo: «¡Bien contestado! ¿Puedes ahora decirme cómo hay que proceder en la ablución llamada tayamum?»
Ella contestó: «La ablución llamada tayamum es la purificación con arena y polvo. Se verifica esta ablución en los siete casos siguientes, establecidos según usos conformes á la práctica del Profeta. Y se efectúa siguiendo las cuatro indicaciones previstas por la enseñanza directa del Libro.
»Los siete casos que permiten esta ablución, son: la carencia de agua; el miedo á agotar la provisión de agua; la necesidad de esta agua para beber; el temor de perder una parte de ella al transportarla; las enfermedades que producen aversión al agua; las fracturas que precisan reposo para soldarse; las heridas que no se deben tocar.
»En cuanto á las otras cuatro condiciones necesarias para cumplir esta ablución con arena y polvo, son: primeramente obrar de buena fe; luego tomar arena ó polvo con las manos y hacer ademán de frotarse con ello el rostro; después hacer ademán de frotarse también los brazos hasta los codos y secarse las manos.
»Hay dos prácticas igualmente recomendables por ser conformes á la Sunna: empezar la ablución con la fórmula invocadora: «¡En el nombre de Alah!», y efectuar la ablución de todo el lado derecho del cuerpo antes que la del lado izquierdo.»
El sabio dijo: «¡Muy bien! Pero, volviendo á la plegaria, ¿puedes decirme cómo debe verificarse y en qué acciones se basa?»
Ella replicó: «Los actos requeridos para hacer la plegaria constituyen otras tantas columnas que la sostienen. Estas columnas de la plegaria son: primera, la buena intención; segunda, la fórmula del Takbir, que consiste en pronunciar estas palabras: «¡Alah es el más grande!»; tercera, recitar la Fatiha, que es el capítulo que abre el Korán; cuarta, prosternarse con la cara en tierra; quinta, levantarse; sexta, hacer la profesión de la fe; séptima, sentarse sobre los talones; octava, hacer votos por el Profeta, diciendo: «¡Con Él sean la plegaria y la paz de Alah!»; novena, mantenerse siempre en la misma intención pura.
»Hay otras condiciones de una buena plegaria, tomadas solamente de la Sunna, á saber: levantar ambos brazos, con las palmas vueltas hacia arriba, en dirección á la Meca; recitar una vez más la Fatiha; recitar otro capítulo del Korán, por ejemplo, la Surata de la Vaca; pronunciar otras diversas fórmulas piadosas, y terminar con votos por nuestro Profeta. (¡Con Él la plegaria y la paz!)»
El sabio dijo: «¡En verdad que respondiste perfectamente! ¿Puedes ahora decirme cómo debe pagarse el diezmo de la limosna?»
Ella contestó: «Se puede pagar el diezmo de la limosna de catorce maneras: en oro, en plata, en camellos, en vacas, en carneros, en trigo, en cebada, en mijo, en maíz, en habas, en garbanzos, en arroz, en pasas y en dátiles.
»Por lo que se refiere al oro, si sólo posee una suma inferior á veinte dracmas de oro de la Meca, no hay que pagar ningún diezmo; pasando de esa suma, se da el tres por ciento. Lo mismo ocurre con la plata en la proporción correspondiente.
»Por lo que se refiere al ganado, quien posee cinco camellos paga un carnero; quien posee veinticinco camellos da uno como diezmo, y así sucesivamente en la misma proporción.
»Por lo que se refiere á carneros y borregos, de cada cuarenta se da uno. Y así sucesivamente con todo lo demás.»
El sabio dijo: «¡Perfectamente! ¡Háblame ahora del ayuno!»
Simpatía contestó: «El ayuno consiste en abstenerse de comer, de beber y de goces sexuales durante el día y hasta la puesta del sol, en el transcurso del mes de Ramadán, desde que sale la luna nueva. Es recomendable abstenerse igualmente, durante la comida, de todo discurso vano y de cualquier lectura que no sea la del Korán.»
El sabio preguntó: «Pero ¿no hay ciertas cosas que á primera vista parece que hacen ineficaz el ayuno, aunque, según enseña el Libro, no aminoran en nada su valor?»
Ella contestó: «En efecto, hay cosas que no hacen ineficaz el ayuno. Son las pomadas, los bálsamos y los ungüentos; el kohl para los ojos y los colirios; el polvo del camino; la acción de tragar saliva; las eyaculaciones nocturnas ó diurnas de licor viril cuando son involuntarias; las miradas dirigidas á una extranjera que no sea musulmana; la sangría ó las ventosas simples ó escarificadas. Tales son todas las cosas que no quitan ninguna eficacia al ayuno.»
Dijo el sabio: «¡Está muy bien! ¿Y qué piensas del retiro espiritual?»
Dijo ella: «El retiro espiritual es una estancia de larga duración en una mezquita, sin salir nunca mas que para satisfacer una necesidad, y renunciando al comercio con las mujeres y al uso de la palabra. La recomienda la Sunna; pero no es una obligación dogmática.»
Dijo el sabio: «¡Admirable! ¡Deseo ahora oirte hablar de la peregrinación!»
Ella contestó: «La peregrinación á la Meca ó hadj es un deber que todo buen musulmán ha de cumplir, por lo menos una vez en su vida, cuando llega á la edad de la razón. Para cumplirlo, hay que observar diversas condiciones. Debe uno revestirse con la capa de peregrino ó ihram, guardarse de tener comercio con mujeres, afeitarse el pelo, cortarse las uñas y taparse la cabeza y el rostro. La Sunna hace también otras prescripciones.»
El sabio dijo: «¡Perfectamente! ¡Pero pasemos á la guerra santa!»
Ella contestó: «La guerra santa es la que se lleva á cabo contra los infieles cuando el Islam está en peligro. No se debe hacer mas que para defenderse y jamás debe tomarse la ofensiva. ¡Cuando el creyente se ha puesto ya sobre las armas, debe ir contra el infiel sin volver sobre sus pasos nunca!»
El sabio preguntó: «¿Puedes darme algunos detalles sobre la compra y la venta?»
Simpatía contestó: «La compra y la venta deben hacerse con libertad por ambas partes, y en los casos importantes, patentizando el consentimiento y la aceptación.
»Pero hay algunas cosas prohibidas por la Sunna en la compra y en la venta. Así, por ejemplo...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 277.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...Así, por ejemplo, está expresamente prohibido cambiar dátiles secos por dátiles frescos, higos secos por higos frescos, carne curada y salada por carne fresca, manteca salada por manteca fresca, y en general, todas las provisiones frescas por otras añejas y secas de la misma especie.»
Cuando el sabio comentador del Libro hubo oído estas respuestas de Simpatía, no pudo menos de pensar que sabía ella tanto como él y no quiso declararse impotente para cogerla en falta. Resolvió, pues, hacerle preguntas más sutiles, y le interrogó:
«¿Qué significa lingüísticamente la palabra ablución?»
Ella contestó: «Eliminar por medio del lavatorio todas las impurezas internas ó externas.»
Preguntó él: «¿Qué significa la palabra ayunar?»
Ella dijo: «Abstenerse.»
Preguntó él: «¿Qué significa la palabra dar?»
Ella dijo: «Enriquecerse.»
Preguntó él: «¿Y el ir de peregrinación?»
Ella contestó: «Alcanzar la meta.»
Preguntó él: «¿Y hacer la guerra?»
Ella dijo: «Defenderse.»
A estas palabras, irguióse sobre sus pies el sabio y exclamó: «¡En verdad que para ella son insignificantes mis preguntas y argumentos! ¡Asombra el saber y la clarividencia de tu esclava, ¡oh Emir de los Creyentes!»
Pero Simpatía sonrió ligeramente y le interrumpió. «A mi vez--le dijo--quisiera hacerte una pregunta. ¿Puedes decirme ¡oh sabio lector! cuáles son las bases del Islam?»
Reflexionó él un instante y dijo: «Son cuatro: la fe iluminada por la razón sana; la rectitud; el conocimiento de los deberes y derechos estrictos y la discreción y el cumplimiento de los compromisos.»
Ella añadió: «¡Permíteme que te haga otra pregunta todavía! ¡Si no pudieses resolverla, tendré el derecho de arrebatarte el manto que te sirve como distintivo de sabio lector del Libro!»
Dijo él: «¡Acepto! ¡Venga la pregunta, ¡oh esclava!»
Ella preguntó: «¿Cuáles son las ramas del Islam?»
El sabio permaneció algún tiempo recapacitando, y finalmente no supo qué responder.
Entonces habló el propio califa y dijo á Simpatía: «¡Responde tú misma á la pregunta, y te pertenecerá el manto de este sabio!»
Simpatía se inclinó, y repuso: «¡Los ramajes del Islam son veinte: la observancia estricta de lo que enseña el Libro; conformarse con las tradiciones y la enseñanza oral de nuestro santo Profeta; no cometer nunca injusticias; comer los alimentos permitidos; no comer jamás alimentos prohibidos; castigar á los malhechores, á fin de que no aumente la malicia de los malos por causa de la indulgencia de los buenos; arrepentirse de las propias faltas; profundizar en el estudio de la religión; hacer bien á los enemigos; llevar vida modesta; socorrer á los servidores de Alah; huir de toda innovación y todo cambio; desplegar valor en la adversidad y fortaleza en las pruebas á que se nos someta; perdonar cuando se es fuerte y poderoso; ser paciente en la desgracia; conocer á Alah el Altísimo; conocer al Profeta (¡con Él la plegaria y la paz!); resistir á las sugestiones del Maligno; resistir á nuestras pasiones y á los malos instintos de nuestra alma; proclamarse en absoluto al servicio de Alah con toda confianza y toda sumisión!»
Cuando el califa Arún Al-Rachid hubo oído esta respuesta, ordenó que inmediatamente despojaran de su manto al sabio y sé lo dieran á Simpatía, lo cual se ejecutó en seguida, ante la confusión del sabio, que salió de la sala cabizbajo.
Entonces se levantó un segundo sabio, reputado por su sagacidad en los conocimientos teológicos, y á quien todos los ojos designaban para que tuviera el honor de interrogar á la joven. Se encaró con Simpatía, y le dijo:
«Sólo voy á hacerte breves y pocas preguntas, ¡oh esclava! Ante todo, ¿puedes decirme qué deberes han de observarse durante la comida?»
Ella contestó: «Lo primero es lavarse las manos, invocando el nombre de Alah en acción de gracias. Luego se sienta uno con la nalga izquierda; no se sirve para comer de más dedos que del pulgar y de los dos primeros; no se toman mas que bocados pequeños; se masca bien la comida, y no debe mirarse al vecino, para no azorarle ó cortarle el apetito.»
El sabio preguntó: «¿Puedes decirme ahora ¡oh esclava! á qué se llama cualquier cosa, la mitad de cualquier cosa y menos que cualquier cosa?»
Ella contestó sin vacilar: «¡El creyente es cualquier cosa, el hipócrita es la mitad de cualquier cosa y el infiel es menos que cualquier cosa!»
Él añadió: «¡Así es! ¡Dime! ¿Dónde está la fe?»