El libro de las mil noches y una noche; t. 7
Part 12
El buque en que había tomado pasaje llegó á Iskandaria después de una excelente travesía que le había destinado Alah (¡bendito sea!). Grano-de-Belleza desembarcó en seguida y quedó encantado del aspecto de Iskandaria, que nunca había visto á pesar de ser natural del Cairo. Y fué en seguida al zoco, en donde alquiló una tienda ya preparada y que se ponía á la venta en aquel estado, según anunciaba el pregonero. Era una tienda cuyo amo acababa de morirse de repente. Estaba amueblada con divanes, cual es costumbre, y sus mercancías consistían en objetos para la gente de mar, como velas, cuerdas, cordeles, arcas sólidas, sacas para pacotillas, armas de todas formas y precios, y sobre todo una cantidad enorme de hierro y antigüedades, muy estimadas por los capitanes de marina, que las compraban allí para venderlas á la gente de Occidente, pues los de este país estiman en mucho las cosas antiguas, y cambian sus mujeres é hijas por un pedazo de madera podrida, por ejemplo, ó por una piedra talismánica, ó por un sable viejo y enmohecido.
No es, pues, de asombrar que Grano-de-Belleza, durante los largos años de su destierro de Bagdad, tuviera muy buena suerte en su comercio y ganara diez por uno, ya que no hay nada más productivo que la venta de antigüedades, que se compran, por ejemplo, en un dracma, y se revenden en diez dinares.
Cuando Grano-de-Belleza hubo vendido todo lo que encerraba la tienda y se disponía á revenderla vacía, vió de pronto en uno de los estantes, que sabía estaban desguarnecidos, un objeto rojo y brillante. Lo cogió y comprobó, en el límite del asombro, que era una gran gema talismánica, tallada en seis facetas y colgada de una cadenilla de oro viejo. Y en las facetas estaban grabados nombres con caracteres desconocidos, que se parecían mucho á hormigas ó á insectos del mismo tamaño. Y la miraba con extraordinaria atención, calculando lo que podría valer, cuando advirtió delante de su tienda á un capitán mercante que se había parado para poder ver de más cerca aquel objeto que distinguió desde la calle.
El capitán, después de saludar, dijo á Grano-de-Belleza: «¡Oh mi dueño! ¿puedes cederme esa gema, si es que está á la venta?» El otro contestó: «Todo está á la venta, hasta la tienda.» El capitán preguntó: «Entonces, ¿consientes en venderme esa gema por ochenta y cuatro mil dinares de oro?»
Grano-de-Belleza, al oir aquello, pensó: «¡Por Alah! ¡Esta gema debe de ser fabulosamente preciosa! ¡Me voy á hacer el descontentadizo!» Y contestó: «¡Tú tienes ganas de broma, ¡oh capitán! ¡Pues ¡por Alah! á mí me cuesta cien mil dinares!» El otro dijo: «Entonces, ¿quieres dármela en cien mil?» Grano-de-Belleza dijo: «¡Bueno! ¡Pero es por ser para ti!» Y el capitán le dió las gracias y le dijo: «No tengo encima tanto dinero. Pero vendrás conmigo á bordo, y cobrarás el precio, y además te haré un regalo de dos piezas de paño, dos de terciopelo y dos de raso.»
Entonces Grano-de-Belleza se levantó, cerró con llave la puerta de la tienda y siguió á bordo al capitán. Y éste le rogó que le esperara sobre cubierta, y se marchó para buscar el dinero. Pero no volvió á parecer, y de pronto las velas se desplegaron por completo y la nave hendió el mar como un pájaro.
Cuando Grano-de-Belleza se vió prisionero en el agua, fué muy grande su estupefacción. Pero á nadie podía recurrir, tanto menos cuanto que no veía á ningún marinero á quien pedir explicaciones, y el barco volaba por el mar como si lo impulsara una fuerza invisible.
Mientras se hallaba perplejo y asustado, vió por fin llegar al capitán, que se acariciaba las barbas y le miraba con aspecto burlón, y acabó por decirle: «¿Eres realmente musulmán, Grano-de-Belleza, hijo de Schamseddin del Cairo, que has estado en Bagdad en el palacio del califa?» El otro contestó: «Yo soy el hijo de Schamseddin.» Y el capitán dijo: «¡Pues bien! ¡Dentro de pocos días llegaremos á Genoa, á nuestro país cristiano! ¡Y ya verás, musulmán, la vida que allí te espera!» Y se fué.
Y efectivamente, después de una feliz navegación, el barco llegó al puerto de Genoa, ciudad de los cristianos de Occidente. Y en seguida una vieja, acompañada por dos hombres, fué á bordo á buscar á Grano-de-Belleza, que no sabía ya qué pensar de aquellos sucesos. No obstante, fiándose del Destino bueno ó malo que le dirigía, siguió á la vieja, la cual, atravesando la ciudad, le guió á una iglesia que pertenecía á un convento de monjes.
Llegados á la puerta de la iglesia, la vieja se volvió hacia Grano-de-Belleza, y le dijo: «En adelante debes considerarte como criado de esta iglesia y de este convento. Tu servicio consistirá en despertarte todos los días al amanecer, y empezar por ir al bosque á buscar leña y volver lo antes posible para lavar el piso de la iglesia y el convento, sacudir las esteras y barrerlo todo; después cribarás el trigo, lo molerás, harás la masa del pan, la cocerás en el horno, cogerás una medida de lentejas, las molerás, las guisarás, y llenarás con ellas luego trescientas setenta escudillas, que habrás de entregar una por una á los trescientos setenta monjes del convento; más tarde vaciarás los orinales que están en las celdas de los monjes; por último, acabarás la obra regando el jardín y llenando los cuatro estanques y los toneles colocados á lo largo de la pared. Y este trabajo tiene que estar acabado siempre antes de mediodía, pues has de consagrar todas las tardes á obligar á los transeuntes á ir de buena ó mala gana á la iglesia á oir el sermón, y si se niegan, ahí tienes una maza coronada por una cruz de hierro, con la cual les matarás de orden del rey. Así no quedarán en la ciudad mas que los cristianos fervientes, que vendrán aquí á que los monjes los bendigan. ¡Y ahora empieza el trabajo y cuida de no olvidar mis encargos!»
Y dichas estas palabras, la vieja le miró guiñándole el ojo, y se fué.
Entonces Grano-de-Belleza dijo para sí: «¡Por Alah! ¡Eso es imposible!» Y no sabiendo qué decidir, entró en la iglesia, completamente desierta en aquel momento, y se sentó en un banco para tratar de reflexionar acerca de sucesos tan extraños como los que alternativamente iban sucediéndole.
Allí llevaba una hora, cuando oyó llegar á él, por debajo de los pilares, una voz tan dulce de mujer, que la escuchó en éxtasis, olvidando sus tribulaciones. Y tanto le conmovió aquella voz, que todas las aves de su alma se pusieron á cantar inmediatamente á un tiempo, y notó que bajaba sobre él la frescura bendita que la melodía solitaria da al espíritu. Y ya se levantaba para buscar la voz, cuando ésta se calló.
Pero de pronto, por entre las columnas apareció muy tapada una figura de mujer que adelantóse hacia él, y le dijo con voz trémula: «¡Ah, Grano-de-Belleza! ¡Cuánto tiempo hacía que pensaba en ti! ¡Bendito sea Alah, que ha permitido por fin que nos juntemos! ¡En seguida vamos á casarnos!»
Al oir semejantes palabras, Grano-de-Belleza exclamó: «¡No hay más Dios que Alah! ¡Seguramente todo cuanto me ocurre es un sueño! ¡Y en cuanto el sueño se disipe, me encontraré de nuevo en mi tienda de Iskandaria!» Pero la joven dijo: «¡No, ¡oh Grano-de-Belleza! es una realidad! Estás en la ciudad de Genoa, á la cual te he hecho transportar, á pesar tuyo, por mediación del capitán de marina que está á las órdenes de mi padre, el rey de Genoa. Sabe que, efectivamente, soy la princesa Hosn-Mariam, hija del rey de esta ciudad. La hechicería, que aprendí de niña, me ha revelado tu existencia y tu hermosura, y me he enamorado tanto de ti que envié al capitán á buscarte á Iskandaria. Y aquí en mi cuello está la gema talismánica que encontraste en tu tienda, y que había sido puesta en un estante por el mismo capitán para atraerte á bordo de su nave. Y dentro de pocos momentos verás claro el poder maravilloso que me da esta gema. Pero ante todo has de casarte conmigo. Y entonces quedarán satisfechos todos tus deseos.» Grano-de-Belleza le dijo: «¡Oh princesa! ¿me prometes siquiera volver á llevarme á Iskandaria?» Ella dijo: «Es lo más fácil.» Y entonces consintió en casarse con ella.
En seguida la princesa Mariam le dijo: «¿De modo, que quieres volver inmediatamente á Iskandaria?» Él contestó: «¡Sí, por Alah!» Ella dijo: «¡Vamos allá!» Y cogió la cornalina y volvió hacia el cielo una de sus caras, en que estaba grabada la imagen de una cama, y frotó rápidamente aquella cara con el pulgar, diciendo: «¡Oh cornalina, en nombre de Soleimán te ordeno que me proporciones una cama de viaje!»
Apenas pronunciadas tales palabras, se colocó delante de ellos un lecho de viaje, con sus sábanas y almohadones. Lo ocuparon los dos y se tendieron cómodamente. Entonces la princesa Mariam cogió entre los dedos la cornalina, volvió hacia el cielo una de sus caras, en que estaba grabado un pájaro, y dijo: «¡Cornalina, ¡oh cornalina! te ordeno, por el nombre de Soleimán, que nos transportes sanos y salvos á Iskandaria por la vía más directa!»
Apenas había dado la orden, cuando la cama se levantó sola por el aire, sin sacudidas, subió hasta la cúpula, salió por el mayor ventanal, y más rápida que el ave más rápida, hendió el espacio con maravillosa regularidad, y en menos tiempo que el necesario para orinar los depositó en Iskandaria.
Y en el instante mismo en que se apeaban, vieron llegar con dirección á ellos á un hombre vestido á la moda de Bagdad, á quien conoció en seguida Grano-de-Belleza: era el jefe de los guardias. Acababa de desembarcar en aquel momento para ponerse en busca del sentenciado. Se echaron uno en brazos de otro, y el jefe de los guardias anunció á Grano-de-Belleza la noticia del descubrimiento del culpable y de su ejecución, le contó todos los sucesos que habían pasado en Bagdad durante catorce años, y también le comunicó el nacimiento de su hijo Aslán, que había llegado á ser el caballero más hermoso de Bagdad.
Y Grano-de-Belleza, por su parte, refirió al jefe de los guardias todas sus aventuras desde el principio hasta el fin. Y aquello asombró en extremo al jefe de la guardia, que, cuando se le calmó algo la emoción, le dijo: «¡El Emir de los Creyentes desea verte cuanto antes!» El otro contestó: «¡Cierto que sí! Pero permíteme primero ir al Cairo á besar la mano á mi padre Schamseddin y á mi madre, y á decidirlos á que vengan con nosotros á Bagdad.»
Entonces el jefe de los guardias subió con ellos á la cama, que en un momento les transportó al Cairo, precisamente á la calle Amarilla, en donde estaba la casa de Schamseddin. Y llamaron á la puerta. Y la madre bajó á ver quién llamaba así, y preguntó: «¿Quién llama?» Y él contestó: «¡Soy yo, tu hijo Grano-de-Belleza!»
El júbilo de la madre fué inmenso, pues desde hacía muchos años se había puesto de luto, y cayó desmayada en brazos de su hijo. Y al venerable Schamseddin le pasó lo propio.
Cuando hubieron descansado tres días en la casa, subieron todos juntos á la cama, que por orden de la princesa Hosn-Mariam les transportó sanos y salvos á Bagdad, en donde el califa recibió á Grano-de-Belleza, abrazándole cual á un hijo, y le colmó de empleos y honores, así como á su padre Schamseddin y á su hijo Aslán.
Después de lo cual, Grano-de-Belleza se acordó de que en resumen el primer promotor de su fortuna era Mahmud-el-Bilateral, que al principio le había obligado con tanto ingenio á viajar, y más tarde le había recogido desprovisto de todo en la plataforma de la fuente pública. Y mandó buscarle por todas partes, y acabó por encontrarlo sentado en un jardín en medio de muchachos, con los cuales cantaba y bebía. Y le rogó que fuera á palacio y le hizo nombrar, por muy bilateral que fuera, jefe de vigilancia de Bagdad, en lugar de Ahmed-la-Tiña.
Cumplido este deber, Grano-de-Belleza, dichoso al encontrar un hijo tan hermoso y valiente como el joven Aslán, dió gracias á Alah por sus favores. Y vivió años y años en Bagdad en el colmo de la ventura, entre sus tres esposas, Zobeida, Yazmina y Hosn-Mariam, hasta que fué visitado por la Destructora de delicias y Separadora de amigos. ¡Alabado sea el Inmutable, en el cual convergen todas las cosas creadas!»
Y Schahrazada, al concluir de contar esta historia, se sintió algo cansada, y se calló.
Entonces, el rey Schahriar, que había permanecido inmóvil de atención todo aquel tiempo, exclamó: «Esa historia de Grano-de-Belleza, ¡oh Schahrazada! es realmente extraordinaria, y la de Mahmud-el-Bilateral y la de Sésamo el corredor, con su receta para calentar los compañones fríos, me han gustado en extremo. Pero he de expresarte mi asombro al ver tan pocos poemas en esta historia, pues ya estaba acostumbrado á los versos espléndidos. Y además he de decirte que las cosas del Bilateral todavía son para mí algo oscuras, y me encantaría que me dieras una explicación más clara de ellas, si es que puedes.»
Al oir lo dicho por el rey Schahriar, Schahrazada sonrió ligeramente y miró á su hermana Doniazada, á la cual encontró muy divertida, y después dijo al rey: «Ahora que esta niña lo puede oir todo, ¡oh rey afortunado! quiero contarte una ó dos de las AVENTURAS DEL POETA ABU-NOWAS, el más delicioso y encantador é ingenioso de todos los poetas del Irán y de la Arabia.
Y la pequeña Doniazada se levantó de la alfombra en que estaba acurrucada, y corrió á lanzarse en los brazos de su hermana, á quien abrazó tiernamente, y le dijo: «¡Oh, por favor, Schahrazada, empieza en seguida! ¡Serías muy amable si así lo hicieses, ¡oh hermana mía!» Y dijo Schahrazada: «¡Con mucho gusto, y como debido homenaje á este rey dotado de tan buenos modales!»
Pero como viese aparecer la mañana, Schahrazada, siempre discreta, aplazó el relato para el siguiente día.
_CUANDO LLEGÓ LA 270.ª NOCHE_
La pequeña Doniazada esperó á que Schahrazada hubiese terminado su cosa con el rey Schahriar, y levantando la cabeza, exclamó: «¡Oh hermana mía! ¿qué aguardas para contarnos esas anécdotas del delicioso poeta Abu-Nowas, amigo del califa y el más encantador entre todos los poetas del Irán y de la Arabia?» Y Schahrazada sonrió á su hermana y le dijo: «¡Sólo espero el permiso del rey para narrar algunas aventuras de Abu-Nowas, que, efectivamente, era un exquisito poeta, pero un grandísimo libertino!»
Entonces la pequeña Doniazada se levantó de un salto y corrió á abrazar á su hermana, diciéndole: «¡Te ruego que nos enteres de lo que hizo! ¡Cuéntanoslo en seguida!»
Y el rey Schahriar, volviéndose hacia Schahrazada, le dijo: «Verdaderamente, Schahrazada, me agradará oir una ó dos de esas aventuras, que preveo son deliciosas. Pero he de hacerte observar que esta noche me atraen más elevados pensamientos y me hallo predispuesto á oir de tu boca algunas palabras de sabiduría. ¡Así, pues, si te acuerdas de cualquier historia que pueda adiestrarme en el conocimiento de los preceptos buenos y haga que mi espíritu se aproveche de la experiencia de los prudentes y los sabios, no creas que dejaría de interesarme! ¡Al contrario! Luego, si no se acaba mi paciencia, podrás, Schahrazada, entretenerme con esas aventuras de Abu-Nowas.»
Al oir tales palabras del rey Schahriar, Schahrazada apresuróse á responder: «Precisamente, ¡oh rey afortunado! durante todo el pasado día medité sobre la historia de una joven admirable de belleza y de sabiduría y á quien llamaban SIMPATÍA. ¡Y estoy pronta á comunicarte cuanto sé de su conducta y de sus maravillosos conocimientos!»
Y exclamó el rey Schahriar: «¡Por Alah! ¡no tardes más en ponerme al corriente de lo que me anuncias! Porque nada me es tan grato como escuchar doctas palabras dichas por jóvenes hermosas. Y anhelo mucho que la historia prometida me satisfaga por completo, y á la vez me sea provechosa y me sirva cual ejemplo de la instrucción que debe poseer todo buen musulmán.»
Entonces Schahrazada reflexionó un instante, y después de levantar un dedo, dijo:
HISTORIA DE LA DOCTA SIMPATÍA
Se cuenta--pero Alah está mejor instruído en todas las cosas--que había en Bagdad un comerciante muy rico, cuya casa sostenía un tráfico inmenso. Gozaba de honores, de consideración, de prerrogativas y privilegios de todas clases; pero no era dichoso porque Alah no extendía sobre él su bendición hasta el punto de concederle un descendiente, aunque fuera del sexo femenino. A causa de ello había llegado á viejo sumido en la tristeza, y veía cómo poco á poco sus huesos se volvían transparentes y curvábase su espalda, sin poder obtener de alguna de sus numerosas esposas un resultado consolador. Pero un día en que había distribuído muchas limosnas, y visitado á los santones, y ayunado y rezado fervorosamente, se acostó con la más joven de sus esposas, y merced al Altísimo, aquella vez la dejó fecundada en tal hora y tal instante.
Al llegar el noveno mes, día tras día, la esposa del comerciante parió felizmente un niño varón, tan bello, que se diría era un trozo de luna.
En su gratitud hacia el Donador, no se olvidó á la sazón el comerciante de cumplir las promesas que hizo, y durante siete días enteros socorrió con largueza á pobres, viudas y huérfanos; después, en la mañana del séptimo día, pensó dar un nombre á su hijo, y le llamó Abul-Hassán.
El niño se crió en brazos de nodrizas y en brazos de bellas esclavas, y como á cosa preciosa le cuidaron mujeres y criados hasta que estuvo en edad de estudiar. Entonces se le confió á los maestros más sabios, que le enseñaron á leer las palabras sublimes del Korán y le adiestraron en la escritura hermosa, en la poesía, en el cálculo, y sobre todo en el arte de disparar el arco. Por tanto, su instrucción superó á la que en su generación y su siglo era corriente. Pero no fué esto todo.
Porque á sus diversos conocimientos añadía un encanto mágico y era perfectamente bello. He aquí en qué términos los poetas de su tiempo describieron sus gracias juveniles, la frescura de sus mejillas, las flores de sus labios y el naciente bozo que los adornaba:
_¿Ves en el jardín de sus mejillas esos botones de rosa que intentan entreabrirse, aunque la primavera pasó ya por los rosales?_
_¿No te asombra ver todavía florecer la rosa y apuntar el bozo en el hoyo sombrío de sus labios, como las violetas bajo las hojas?_
El joven Abul-Hassán fué, pues, la alegría de su padre y la delicia de sus pupilas durante el tiempo que el Destino le marcó de antemano. Pero cuando el anciano sintió acercarse el término que le estaba fijado, hizo sentarse á su hijo entre sus manos un día entre los días, y le dijo: «Hijo mío, se aproxima mi fin, y ya sólo me resta prepararme á comparecer ante el Dueño Soberano. Te lego grandes bienes, muchas riquezas y propiedades, poblados enteros y fértiles tierras y abundosos huertos, que os bastarán para vivir, no sólo á ti, sino también á los hijos de tus hijos. ¡Únicamente te recomiendo que sepas aprovecharte de ello sin abusar y dando gracias al Retribuidor y con el respeto que le es debido!» Luego murió de su enfermedad el viejo comerciante, y Abul-Hassán se afligió en extremo, y cuando terminaron las exequias fúnebres estuvo de duelo y se encerró con su dolor.
Pero no tardaron sus camaradas en distraerle y alejarle de sus penas, obligándole á entrar en el hammam para que se refrescara y á cambiar de trajes luego; y le dijeron, á fin de consolarle por completo: «¡Quien se reproduce en hijos como tú, no muere! ¡Aleja la tristeza, pues, y piensa en aprovecharte de tu juventud y de tus bienes!»
De modo que Abul-Hassán olvidó poco á poco los consejos de su padre, y acabó por persuadirse de que eran inagotables la dicha y la fortuna. Así, pues, no dejó de satisfacer todos sus caprichos, entregándose á todos los placeres, visitando á las cantarinas y tañedoras de instrumentos, comiendo todos los días una cantidad enorme de pollos, porque le gustaban los pollos, complaciéndose en destapar las botellas añejas de licores enervantes y en oir el tintineo de las copas que se entrechocan, deteriorando lo que pudo deteriorar, arruinando lo que pudo arruinar y trastornando lo que pudo trastornar, hasta tal punto, que á la postre se despertó un día sin nada entre las manos, á no ser su persona. Y de cuantos servidores y mujeres le hubo legado su difunto padre, no le quedaba mas que una sola esclava entre las numerosas esclavas.
Pero aún tuvo que admirar la continuidad dichosa de la suerte, que quiso fuese precisamente la propia maravilla de todas las esclavas de las comarcas de Oriente y de Occidente la que habitaba en la casa, ya sin lustre, del pródigo Abul-Hassán, hijo del difunto comerciante.
Efectivamente, esta esclava se llamaba Simpatía, y en verdad que jamás nombre alguno cuadró mejor á las cualidades de la que lo llevaba. La esclava Simpatía era una adolescente tan derecha como la letra aleph, de estatura proporcionada, y tan esbelta y delicada que podía desafiar al sol á que prolongase en el suelo su sombra; maravillosas eran la belleza y la lozanía de su rostro; todas sus facciones ostentaban con claridad la huella de la bendición y el buen augurio; su boca parecía sellada con el sello de Soleimán, como para guardar preciosamente el tesoro de perlas que encerraba; eran sus dientes collares dobles é iguales; las dos granadas de su seno aparecían separadas por el intervalo más encantador, y su ombligo era lo suficiente ancho y profundo para contener una onza de manteca moscada. En cuanto á su grupa monumental, remontaba dignamente la finura de su talle, y dejaba profundamente impreso en divanes y colchones el hueco creado por la importancia de su peso. Y á ella se refería esta canción del poeta:
_¡Es solar, es lunar, es vegetal como el tallo del rosal; está tan lejos del color de la tristeza cual lo están el sol, la luna y el tallo del rosal!_
_¡Cuando aparece, conmueve profundamente los corazones su presencia, y cuando se aleja, los corazones quedan aniquilados!_
_¡El cielo está en su rostro; sobre su túnica se extienden las grandezas del Edén, entre las cuales corre el arroyo de la vida, y la luna brilla bajo su manto!_
_¡En su cuerpo encantador se armonizan todos los colores: el encarnado de las rosas, la blancura resplandeciente de la plata, el negro de la baya madura y el color del sándalo! ¡Y es tan grande su belleza, que hasta el deseo la defiende!_
_¡Bendito sea Quien desplegó sobre ella la hermosura! ¡Feliz el amante que pueda saborear las delicias de sus palabras!_
Tal era la esclava Simpatía, único tesoro que poseía aún el pródigo Abul-Hassán...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 272.ª NOCHE_
Ella dijo:
...Tal era la esclava Simpatía, único tesoro que poseía aún el pródigo Abul-Hassán.
Y he aquí que, al percatarse de que su patrimonio habíase disipado irremediablemente, Abul-Hassán quedó sumido en un estado de desolación tan grande, que le robó el sueño y el apetito; y permaneció tres días y tres noches sin comer, ni beber, ni dormir, alarmando á la esclava Simpatía, que creyó verle morir, y resolvió salvarle á toda costa.