El libro de las mil noches y una noche; t. 7

Part 11

Chapter 114,018 wordsPublic domain

Oídas estas palabras, el walí besó la tierra entre las manos del califa, y exclamó: «¡Oh Emir de los Creyentes! El ladrón debe ser alguien de palacio, porque el vino que se agria lleva en sí su propio fermento. Y además, permite decir á tu esclavo que el único responsable ha de ser el comandante especial encargado de esta vigilancia, y que además conoce uno por uno á todos los ladrones de Bagdad y del Imperio. Su muerte habría de preceder por lo tanto á la mía, si no parecieran los objetos perdidos.»

Entonces se adelantó Ahmed-la-Tiña, comandante de vigilancia, y después de los homenajes debidos, dijo al califa: «¡Oh Emir de los Creyentes! ¡descubriremos al ladrón! Pero ruego al califa me facilite un firmán que me permita hacer pesquisas en casa de todos los habitantes de palacio y en las de todos los que entran aquí, sin excluir la del kadí, ni la del gran visir Giafar, ni la de Grano-de-Belleza, gobernador de palacio.» Y el califa mandó que se le facilitara en el acto el firmán pedido, y dijo: «De todos modos, he de cortar la cabeza á alguien, ó á ti ó al ladrón. ¡Escoge! ¡Y juro por mi vida y por la tumba de mis antepasados, que aunque el ladrón fuera mi hijo, el heredero de mi trono, mi decisión será la misma: la muerte por horca en la plaza pública!»

Oídas estas palabras, Ahmed-la-Tiña, con el firmán en la mano, se retiró y fué á buscar á dos guardias del kadí y á otros dos del walí, y empezó inmediatamente sus pesquisas visitando la casa de Giafar y la del kadí y la del walí, y llegó después á la de Grano-de-Belleza, que todavía ignoraba cuanto acababa de ocurrir.

Ahmed-la-Tiña, con el firmán en una mano y una pesada vara de cobre en la otra, entró en el vestíbulo y enteró de la situación á Grano-de-Belleza, y le dijo: «Yo me guardaría muy bien, señor, de llevar á cabo pesquisas en la casa del fiel confidente del califa. ¡Permíteme, pues, que me retire como si lo hubiera hecho!» Grano-de-Belleza dijo: «¡Alah me libre de ello, ¡oh jefe de vigilancia! ¡Tienes que cumplir tu deber hasta el fin!» Entonces Ahmed-la-Tiña dijo: «Voy á hacerlo sólo por fórmula.» Y con aspecto negligente salió al patio y empezó á darle la vuelta, golpeando en cada baldosín de mármol con la pesada vara de cobre, hasta que llegó al baldosín consabido, que al recibir el golpe, sonó á hueco.

Al oir este sonido, Ahmed-la-Tiña exclamó: «¡Oh señor, por Alah! ¡Se me figura que aquí debajo debe de haber algún subterráneo que encierra un tesoro de pasados siglos!» Y Grano-de-Belleza dijo á los cuatro guardias: «Tratad, pues, de quitar el baldosín, para que veamos lo que hay debajo.» Y en seguida los guardias hicieron penetrar sus instrumentos en las junturas del baldosín de mármol y lo levantaron. Y á la vista de todos aparecieron tres de los objetos robados: el alfanje, el sello y el rosario.

Al verlos, gritó Grano-de-Belleza: «¡En nombre de Alah!», y cayó desmayado.

Entonces Ahmed-la-Tiña mandó llamar al kadí, y al walí, y á los testigos, que levantaron inmediatamente acta del descubrimiento; y todos pusieron su sello en el documento, y el kadí en persona fué á entregárselo al califa, mientras los guardias se apoderaban de Grano-de-Belleza.

Cuando el califa tuvo entre las manos los tres objetos robados, menos la lámpara, y se enteró de que se habían encontrado en la casa de aquel á quien consideraba como su más fiel confidente é íntimo amigo, á quien había colmado de mercedes, depositando en él ilimitada confianza, permaneció durante una hora sin decir palabra, y después se volvió hacia el jefe de los guardias y dijo: «¡Que le ahorquen!»

Inmediatamente salió el jefe de los guardias y mandó pregonar la sentencia por todas las calles de Bagdad, y fué á la casa de Grano-de-Belleza, al cual prendió, y cuyos bienes y mujeres confiscó en el acto. Los bienes ingresaron en el Tesoro público y las mujeres iban á ser subastadas en el mercado como esclavas; pero entonces, el walí, padre de Gordo-Hinchado, declaró que se llevaba una, que era la esclava comprada por Giafar, y el jefe de los guardias hizo llevar á su propia casa á la otra, que era Zobeida, la de la voz hermosa.

Y este jefe de los guardias era precisamente el mejor amigo de Grano-de-Belleza, y le había consagrado un afecto paternal que nunca habíase desmentido. Y aunque ejecutaba en público las terribles medidas de rigor dictadas contra Grano-de-Belleza por la ira del califa, se propuso salvar la cabeza de su hijo adoptivo, y empezó por poner en seguridad dentro de su casa á una de sus esposas, á la bella Zobeida, aniquilada por la desventura.

Aquella misma noche había de ser ahorcado Grano-de-Belleza, encadenado por lo pronto en la cárcel. Pero el jefe de los guardias velaba por él. Fué á buscar al carcelero mayor, y le dijo: «¿Cuántos presos hay condenados á que les ahorquen esta semana sin remedio?» El otro contestó: «Unos cuarenta, poco más ó menos.» El jefe de los guardias dijo: «Quiero verlos á todos.» Y les pasó revista uno tras otro repetidas veces, y acabó por escoger uno que se parecía de un modo asombroso á Grano-de-Belleza, y dijo al carcelero: «¡Éste me va á servir, como en otro tiempo la bestia sacrificada por el Patriarca padre de Ismael en lugar de su hijo!»

Se llevó, pues, al preso, y á la hora señalada para el suplicio fué á entregárselo al verdugo, que inmediatamente, y ante la muchedumbre inmensa congregada en la plaza, y después de las formalidades piadosas acostumbradas, echó la cuerda al cuello del supuesto Grano-de-Belleza, y de un empujón lo lanzó, ahorcado, al espacio.

Hecho esto, el jefe de los guardias aguardó que oscureciera para ir á sacar de la cárcel á Grano-de-Belleza y llevárselo ocultamente á su casa. Y entonces le reveló lo que acababa de hacer por él, y le dijo: «Pero, ¡por Alah! ¿cómo te dejaste tentar por esos objetos preciosos, hijo mío, habiendo puesto el califa en ti toda su confianza?»

Al oir estas palabras, Grano-de-Belleza cayó desmayado de emoción, y cuando recobró el sentido á fuerza de cuidados, exclamó: «¡Por el Nombre augusto y por el Profeta, ¡oh padre mío! soy completamente ajeno á ese robo y desconozco su causa y su autor!» Y el jefe de los guardias no vaciló en creerlo, y le dijo: «¡Tarde ó temprano, hijo mío, se descubrirá al culpable! Pero tú no puedes seguir un momento en Bagdad, pues no en vano se tiene á un rey por enemigo. Por lo tanto, me voy á marchar contigo, dejando en casa cerca de mi mujer á tu esposa Zobeida, hasta que Alah, con su sabiduría, varíe tal estado de cosas.»

Después, sin dar tiempo siquiera á Grano-de-Belleza para despedirse de su esposa Zobeida, se lo llevó, diciéndole: «Ahora mismo nos vamos al puerto de Ayas, en el mar salado, para embarcarnos hacia Iskandaria[1], en donde aguardarás los sucesos viviendo tranquilamente, pues esa ciudad de Iskandaria, ¡oh hijo mío! es muy agradable de habitar y sus alrededores son verdes y benditos.»

En seguida ambos se pusieron en camino, de noche, y pronto se vieron fuera de Bagdad. Pero no tenían cabalgaduras, y ya no sabían cómo proporcionárselas, cuando vieron á dos judíos cambistas de Bagdad, hombres muy ricos y conocidos del califa. Entonces el jefe de los guardias temió que fueran á contar al califa que le habían visto con Grano-de-Belleza vivo. Se adelantó hacia ellos y les dijo: «¡Bajad de las mulas!» Y los dos judíos se apearon, temblando, y el jefe de los guardias les cortó la cabeza, les cogió el dinero y montó en una mula, dándole la otra á Grano-de-Belleza; y ambos siguieron su camino hacia el mar.

Llegados á Ayas, cuidaron de confiar sus mulas al propietario del khan en que pararon para descansar, encargándole que las cuidase mucho, y al día siguiente buscaron juntos un barco que saliera para Iskandaria. Acabaron por encontrar uno que estaba á punto de darse á la vela. Entonces, el jefe de los guardias, después de dar á Grano-de-Belleza todo el oro arrebatado á los judíos, le aconsejó vehementemente que aguardara en Iskandaria con toda serenidad las noticias que no dejaría de enviarle desde Bagdad, y hasta que esperase su llegada á Iskandaria, desde donde le volvería á llevar á Bagdad cuando se descubriera al culpable. Luego le abrazó, llorando, y le dejó cuando ya el navío henchía las velas. Y se volvió á Bagdad.

Y véase lo que averiguó.

Al día siguiente de ahorcar al supuesto Grano-de-Belleza, el califa, muy trastornado todavía, llamó á Giafar y le dijo: «¿Has visto, ¡oh mi visir! cómo ha agradecido ese Grano-de-Belleza mis bondades y el abuso de confianza que ha cometido conmigo? ¿Cómo un ser tan hermoso podía tener un alma tan fea?» El visir Giafar, hombre de admirable cordura, que no podía apreciar los motivos de una conducta tan ilógica, se contentó con responder: «¡Oh Emir de los Creyentes! Las acciones más raras sólo son raras porque no comprendemos sus causas. De todos modos, lo único que podemos juzgar es el efecto del acto. ¡Y ese efecto ha sido bien lastimoso para el autor, puesto que le llevó á la horca! ¡No obstante, ¡oh Príncipe de los Creyentes! el egipcio Grano-de-Belleza tenía en los ojos tal reflejo de bondad espiritual, que mi entendimiento se niega á creer en el hecho comprobado por mis sentidos visuales!»

Oídas estas palabras, el califa estuvo una hora reflexionando, y después dijo á Giafar: «De todas maneras, quiero ir á ver el cuerpo del culpable balanceándose en la horca.» Y se disfrazó y salió con Giafar, y llegó al sitio en que el falso Grano-de-Belleza colgaba entre el cielo y la tierra.

El cuerpo estaba envuelto en un sudario que lo tapaba por completo. Y Giafar le quitó el sudario, y el califa miró, pero retrocedió en seguida, estupefacto, exclamando: «¡Oh Giafar! ¡ese no es Grano-de-Belleza!» Giafar examinó el cuerpo, y conoció que, efectivamente, no era Grano-de-Belleza; pero no lo dió á entender, y preguntó con calma: «¿Pues en qué conoces, ¡oh Emir de los Creyentes! que no es Grano-de-Belleza?» El califa contestó: «En que era más bien bajo de estatura, y éste es alto.» Giafar contestó: «Esa no es prueba. Los ahorcados se alargan.» El califa dijo: «¡El gobernador de palacio tenía dos lunares en las mejillas, y éste no los tiene!» Giafar explicó: «¡La muerte transforma y varía la fisonomía!» Pero el califa dijo: «Fíjate bien, ¡oh Giafar! y observa las plantas de los pies de este ahorcado: llevan tatuadas, según costumbre de los herejes sectarios de Alí, el nombre de los dos grandes jeques. ¡Y bien sabes que Grano-de-Belleza no era chiita, sino sunnita!» Ante tal comprobación, Giafar dijo: «¡Sólo Alah conoce el misterio de las cosas!» Después regresaron ambos á palacio, y el califa mandó que se enterrara aquel cuerpo. Y desde aquel día desterró de su memoria hasta el recuerdo de Grano-de-Belleza.

En cuanto á la esclava, segunda esposa de Grano-de-Belleza, fué llevada por el emir Khaled á su hijo Gordo-Hinchado. Y éste, que no se había movido de la cama desde el día de la venta, se levantó resollando y quiso acercarse á ella y cogerla en brazos. Pero la bella esclava, irritada y asqueada por el aspecto horrible del idiota, sacó inmediatamente un puñal del cinturón, y exclamó, levantando el brazo: «¡Apártate, ó te mato con este puñal y en seguida me lo clavo en el pecho!» Entonces la madre de Gordo-Hinchado se adelantó, alargando los brazos, y gritó: «¿Cómo te atreves á resistir á los deseos de mi hijo, ¡oh esclava insolente!?» Pero la joven dijo: «¡Oh traidora! ¿qué ley permite á una mujer pertenecer á dos hombres á un tiempo? Y dime, ¿desde cuándo pueden vivir los perros en la morada de los leones?»

Al oir estas palabras, la madre de Gordo-Hinchado dijo: «¡Bueno! ¡Si así es, ya verás qué vida te daremos aquí!» Y la joven replicó: «¡Prefiero morir á renunciar al cariño de mi amo, vivo ó muerto!» Entonces la esposa del walí la mandó desnudar, y le quitó los buenos trajes de seda y las alhajas, y le puso encima del cuerpo una mala y vieja falda de pelo de cabra, y la mandó á la cocina, diciendo: «¡En adelante, tus funciones de esclava en esta casa consistirán en pelar cebollas, poner las cazuelas á la lumbre, exprimir el jugo de los tomates y hacer la masa para el pan!» Y la joven dijo: «¡Prefiero ese oficio de esclava á verle la cara á tu hijo!»

Y desde aquel día trabajó en la cocina; pero no tardó en granjearse las simpatías de las demás esclavas, que no la dejaban ocuparse en nada y le hacían todo el trabajo.

En cuanto á Gordo-Hinchado, al ver que no podía conseguir á la hermosa esclava Yazmina, se metió otra vez en el lecho y no se volvió á levantar.

Hay que recordar que Yazmina, la primera noche de bodas, quedó fecundada por Grano-de-Belleza. Y á los pocos meses de su llegada á la casa del walí, dió á luz un niño varón, tan bello como la luna, al cual llamó Aslán, llorando á lágrima viva, tanto ella como las otras esclavas, porque no estaba allí el padre para dar nombre á su hijo.

Su madre amamantó dos años á Aslán, que llegó á ser robusto y muy hermoso. Y cuando ya sabía andar solo, quiso su destino que un día, mientras su madre estaba ocupada, subiera los peldaños de la escalera de la cocina y llegase á la sala, en donde se hallaba rezando su rosario de ámbar el emir Khaled, padre de Gordo-Hinchado.

Al ver al pequeño Aslán, cuya semejanza con su padre Grano-de-Belleza era absoluta, el emir Khaled sintió que se le arrasaban los ojos en lágrimas, y llamó al niño, y se lo puso en las rodillas, y empezó á acariciarlo enternecido, y dijo para sí: «¡Bendito sea Aquel que crea objetos tan hermosos y les da alma y vida!»

Entretanto, la esclava Yazmina se enteró de la ausencia de su hijo; buscóle por todas partes enloquecida, y á pesar de las costumbres, se decidió á entrar, con la mirada extraviada, en la sala en que se encontraba el emir Khaled. Y vió al niño Aslán en las rodillas del walí, entreteniéndose en meter los deditos por entre las barbas venerables del emir. Pero al percibir á su madre, el chiquitín se echó hacia adelante tendiendo los brazos, y el emir Khaled le sujetó, y dijo á Yazmina con bondad: «¡Acércate, ¡oh esclava! ¿Es hijo tuyo este niño?» Ella respondió: «¡Sí, mi amo, es el fruto de mi corazón!» Y él preguntó: «¿Y quién es su padre? ¿Es alguno de mis servidores?» Y la esclava dijo, entre un torrente de lágrimas: «Su padre es mi esposo, Grano-de-Belleza. ¡Pero ahora, ¡oh mi amo, es hijo tuyo!» Y el walí, muy conmovido, dijo á la esclava: «¡Por Alah! ¡Tú lo has dicho! ¡Desde ahora es hijo mío!» E inmediatamente lo adoptó, y dijo á su madre: «¡Desde hoy tienes que considerar á tu hijo como mío, y cuando esté en edad de comprender, dale á entender que nunca tuvo otro padre que yo!» Y Yazmina contestó: «¡Escucho y obedezco!»

Entonces el emir Khaled se encargó, como verdadero padre, del hijo de Grano-de-Belleza, y le dió una educación esmeradísima, y lo puso en manos de un maestro muy sabio, que era un calígrafo de primer orden, y le enseñó á escribir muy bien, el Korán, la geometría y la poesía. Y cuando el joven Aslán fué mayor, su padre adoptivo, el emir Khaled, le enseñó personalmente á montar á caballo, á manejar las armas, á justar con la lanza y á luchar en los torneos. Y de tal modo, al cumplir los catorce años era un caballero consumado, y fué elevado por el califa al título de emir, como su padre el walí.

Y el Destino dispuso un día que se encontraran el joven Aslán y Ahmed-la-Tiña á la puerta de la tienda del judío Abraham. Y Ahmed-la-Tiña convidó al hijo del emir á tomar un refresco.

Cuando se hubieron sentado, Ahmed-la-Tiña empezó á beber, como de costumbre, hasta emborracharse. Entonces se sacó del bolsillo la lamparita de oro adornada con pedrería que había robado en otro tiempo, y la encendió, porque había oscurecido. En seguida Aslán le dijo: «¡Ya Ahmed! Esa lámpara es muy hermosa. ¡Dámela!» El jefe de vigilancia replicó: «¡Alah me libre! ¿Cómo voy á darte un objeto que ha perdido ya tantas almas? Sabe, en efecto, que esta lámpara ha sido causa de la muerte de un gobernador de palacio, de cierto egipcio llamado Grano-de-Belleza.» Y Aslán, muy interesado, exclamó: «¡Cuéntame eso!»

Entonces Ahmed-la-Tiña le contó toda la historia desde el principio hasta el fin, jactándose en medio de su borrachera de haber sido el autor de la proeza.

Cuando el joven Aslán volvió á su casa, contó á su madre Yazmina la historia que había oído referir á Ahmed-la-Tiña, y le dijo que la lámpara estaba todavía en poder de aquel malvado.

Al oir aquello, Yazmina exhaló un grito agudo y cayó desmayada...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 269.ª NOCHE_

Ella dijo:

Al oir aquello, Yazmina exhaló un grito agudo y cayó desmayada. Y cuando volvió en sí, prorrumpió en sollozos y se echó al cuello de su hijo Aslán, y le dijo entre lágrimas: «¡Oh hijo mío, Alah acaba de hacer brillar la verdad! ¡No puedo callar ya mi secreto! Sabe ¡oh mi Aslán! que el emir Khaled no es mas que tu padre adoptivo; tu padre por la sangre es mi amado esposo Grano-de-Belleza, que fué castigado, según ves, en lugar del culpable. Por consiguiente, hijo mío, tienes que ir á buscar en seguida á un antiguo amigo íntimo de tu padre, el venerable jefe de la guardia del califa, y contarle lo que acabas de descubrir. Y después le dirás: «¡Te ruego por Alah que me vengues del matador de mi padre Grano-de-Belleza!»

Inmediatamente el joven Aslán fué á buscar al jefe de los guardias de palacio, el mismo que había salvado la vida á Grano-de-Belleza, y le dijo lo que Yazmina le había encargado que le dijera.

Entonces, el jefe de los guardias, en el colmo de la sorpresa y de la alegría, dijo á Aslán: «¡Bendito sea Alah, que desgarra los velos y hace brotar la claridad entre las tinieblas!» Y añadió: «¡Mañana mismo, ¡oh hijo mío! Alah te vengará!»

En efecto, aquel día el califa daba un gran torneo en que debían justar todos los emires y los mejores jinetes de Bagdad, y se había de organizar una partida de pelota á caballo. Y el joven Aslán estaba entre los jugadores de pelota. Y se había puesto su cota de malla y cabalgaba el mejor caballo de las cuadras de su padre adoptivo el emir Khaled. Y realmente estaba espléndido, y hasta el califa se prendó en extremo de su continente y de su vigorosa juventud. Y quiso que fuera su compañero.

Y empezó el juego. Y por una y otra parte los jugadores desplegaron gran arte en sus movimientos y maravillosa destreza para despedir la pelota con el mazo á todo galope de sus caballos.

Pero de pronto, uno de los jugadores del bando opuesto al que dirigía el califa en persona lanzó la pelota derechamente contra la cara del califa, con golpe tan diestro y certero, que infaliblemente el califa habría perdido un ojo y acaso la vida, si el joven Aslán, con admirable maestría, no hubiera parado la pelota al vuelo con su mazo. Y la devolvió tan terriblemente en dirección contraria, que alcanzó en la espalda al jinete que la había lanzado, y le hizo perder los estribos y le rompió el espinazo.

Vista tan brillante acción, el califa miró al joven, y le dijo: «¡Vivan los valientes, ¡oh hijo del emir Khaled!» Y el califa se apeó en seguida, después de dar fin al torneo, y reunió á los emires y á todos los jinetes que habían tomado parte en el juego, y llamó al joven Aslán, y ante todos los circunstantes le dijo: «¡Oh valeroso hijo del walí de Bagdad, quiero oirte á ti mismo calcular la recompensa que merece una hazaña como la tuya! ¡Estoy dispuesto á acceder á todas tus peticiones! ¡Habla!»

Entonces el joven Aslán besó la tierra entre las manos del califa, y le dijo: «¡Pido la venganza al Emir de los Creyentes! ¡La sangre de mi padre aún no ha sido rescatada y vive el matador!»

Al oir tales palabras, el califa llegó al límite del asombro, y exclamó: «¿Qué dices, ¡oh Aslán! de vengar á tu padre? ¡Pero si tu padre el emir Khaled está á mi lado, bien vivo, gracias á Alah!» Y Aslán contestó: «¡Oh Emir de los Creyentes! ¡El emir Khaled ha sido para mí el mejor de los padres adoptivos! ¡Sabe, en efecto, que no soy su hijo por la sangre, pues mi padre fué Grano-de-Belleza, el gobernador de palacio.»

Cuando el califa oyó aquellas palabras, vió que la luz se convertía en tinieblas delante de sus ojos, y dijo con voz alterada: «Hijo mío, ¿no sabes que tu padre fué traidor al Príncipe de los Creyentes?» Pero Aslán exclamó: «¡Preserve Alah á mi padre de haber sido el autor de la traición! ¡El traidor está á tu izquierda, ¡oh Emir de los Creyentes! ¡Es el jefe de vigilancia, Ahmed-la-Tiña! ¡Manda que lo registren, y en su bolsillo se encontrarán las pruebas de su traición!»

Al oir aquello, el califa mudó de color y se puso amarillo como el azafrán, y con voz espantable llamó al jefe de la guardia y le dijo: «¡Registra delante de mí al jefe de vigilancia!» Entonces el jefe de los guardias, el íntimo amigo de Grano-de-Belleza, se acercó á Ahmed-la-Tiña y le registró los bolsillos en un momento, y sacó de pronto la lámpara de oro robada al califa.

Entonces éste, sin poder apenas reprimirse, dijo á Ahmed-la-Tiña: «¡Ven acá! ¿De dónde te ha venido esa lámpara?» El otro contestó: «¡La compré, ¡oh Príncipe de los Creyentes!» Y el califa dijo á los guardias: «¡Dadle ahora mismo de palos hasta que confiese!» Y en seguida Ahmed-la-Tiña fué apresado por los guardias, desnudado, y apaleado, y acribillado á golpes, hasta que confesó y contó toda la historia desde el principio hasta el fin.

El califa se volvió entonces hacia el joven Aslán, y le dijo: «¡Ahora te toca á ti! ¡Lo vas á ahorcar con tus propias manos!» Y en seguida los guardias echaron la cuerda al cuello de Ahmed-la-Tiña, y Aslán la cogió con ambas manos, y ayudado por el jefe de los guardias, izó al bandido hasta lo más alto de la horca, levantada en medio del campo de carreras.

Cuando se hubo hecho justicia, el califa dijo á Aslán: «¡Hijo mío, todavía no me has pedido una merced por tu hazaña!» Y Aslán respondió: «¡Oh Príncipe de los Creyentes! ¡ya que me permites una petición, te ruego que me devuelvas á mi padre!»

Al oir aquello, el califa se echó á llorar, conmovidísimo, y después murmuró: «Pero ¿no sabes, hijo mío, que tu pobre padre murió ahorcado en virtud de una sentencia injusta? O más bien es probable que muriera, pero no seguro. ¡Por esto, te juro por el valor de mis antepasados otorgar el mayor favor á quien me anuncie que tu padre Grano-de-Belleza no ha muerto!»

Entonces el jefe de los guardias se adelantó hasta la presencia del califa, y dijo: «Dame la palabra de seguridad.» Y el califa respondió: «¡La seguridad está contigo! ¡Habla!» Y el jefe de los guardias dijo: «Te anuncio la buena nueva, ¡oh Emir de los Creyentes! ¡Tu antiguo y fiel servidor Grano-de-Belleza está vivo!»

El califa exclamó: «¿Es cierto lo que dices?» El jefe de los guardias contestó: «¡Por la vida de tu cabeza, te juro que es la verdad! ¡Yo fui el que salvé á Grano-de-Belleza, mandando ahorcar en lugar suyo á un sentenciado que se le parecía como un hermano se parece á un hermano! ¡Y ahora él está seguro en Iskandaria, en donde supongo que será tendero del zoco!»

Al oir aquello, el califa se puso contentísimo, y dijo al jefe de los guardias: «¡Hay que ir á buscarle y traérmelo en brevísimo plazo!» Y el jefe de los guardias contestó: «¡Escucho y obedezco!» Entonces el califa mandó que le entregaran diez mil dinares para gastos de viaje, y el jefe de los guardias se puso en camino para Iskandaria, donde le encontraremos, si Alah quiere.

* * * * *

Y ahora verás lo que le pasó á Grano-de-Belleza.