El libro de las mil noches y una noche; t. 7
Part 10
«DESPUÉS DE LOS DESEOS MÁS COMPLETOS DE DICHA Y SALUD DE PARTE DE SCHAMSEDDIN Á SU HIJO ALAEDDIN GRANO-DE-BELLEZA:
»Sabe ¡oh hijo amado! que el rumor del desastre sufrido por tu caravana y la pérdida de tus bienes ha llegado hasta mí. En seguida te he mandado preparar una nueva caravana de cincuenta mulos cargados de mercaderías por valor de cincuenta mil dinares de oro. Además, tu madre te envía un traje precioso que ha bordado ella misma, y como regalo para tu esposa un jarro y una jofaina, que nos atrevemos á esperar que le gusten.
»Efectivamente, supimos con cierto asombro que has servido de Desligador en un divorcio ligado por la fórmula de la Repudiación por Tres. Pero ya que la mujer resulta á gusto tuyo después de la prueba, has hecho bien en conservarla. Y así, las mercancías que te enviamos bajo la custodia del pequeño abisinio Salim servirán muy holgadamente para pagar los diez mil dinares que debes como indemnización al primer marido.
»Tu madre y todos los nuestros están contentos y sanos, esperando tu próxima vuelta, y te envían sus zalemas afectuosas y la mayor expresión de ternura.
»¡Vive dichoso largo tiempo!»
Esta carta y la llegada inesperada de aquellas riquezas alborotaron de tal modo á Grano-de-Belleza, que no pensó ni por un instante en lo inverosímil del suceso. Subió á las habitaciones de su esposa y la enteró de lo ocurrido.
Aún no había terminado sus explicaciones, cuando llamaron á la puerta, y el padre de Zobeida y el primer marido entraron en el vestíbulo. Iban á tratar de convencer á Grano-de-Belleza de que se divorciara amistosamente.
Y el padre de Zobeida dijo á Grano-de-Belleza: «¡Hijo mío, ten piedad de mi primer yerno, que quiere mucho á su ex esposa! Alah te ha enviado riquezas que te permitirán comprar las esclavas más bellas del mercado, y casarte también, en legítimas nupcias, con la hija del más importante de los emires. ¡Devuelve, pues, á ese pobre hombre su ex esposa, y él consentirá en ser tu esclavo!» Pero Grano-de-Belleza contestó: «Precisamente me ha enviado Alah todas esas riquezas para remunerar con liberalidad á mi antecesor. Dispuesto estoy á darle los cincuenta mulos con sus mercancías y hasta el lindo esclavo abisinio Salim, y á no conservar de todo ello mas que el regalo destinado á mi esposa, ó sea el jarro y la jofaina.» Y añadió: «Y si tu hija Zobeida consiente en volver con su anterior esposo, estoy conforme con desligarla.»
Entonces el padre entró en el aposento de Zobeida y le preguntó: «¿Qué? ¿Consientes en volver con tu anterior marido?» Y ella respondió, haciendo grandes gestos: «¡Ya Alah! ¡Ya Alah! ¡Si nunca supo el valor de los arriates de mi jardín y siempre se paró á mitad de camino! ¡No, por Alah! ¡Me quedo con el joven que me ha explorado en todos sentidos!»
Cuando el primer esposo se cercioró de que había de perder toda esperanza, le entró tal pena, que le estalló el hígado en el acto, y murió.
En cuanto á Grano-de-Belleza, siguió gozando con la encantadora y sagaz Zobeida; y todas las noches, después del banquete y de múltiples copulaciones y cosas semejantes, organizaba con ella un concierto capaz de hacer bailar á los peñascos y de suspender en el fondo del cielo el vuelo de las aves.
A los diez días de casado, recordó de pronto la promesa que le había hecho el jefe de los derviches de enviarle los diez mil dinares, y dijo á su esposa: «¡Mira qué jefe de embusteros! ¡Si hubiera yo tenido que esperar la realización de su promesa, me habría muerto de hambre en la cárcel! ¡Por Alah! ¡Como le encuentre otra vez, le diré lo que pienso de su mala fe!»
Y después, como iba anocheciendo, mandó encender las luces de la sala de recepciones, y se disponía á organizar el concierto, como todas las noches, cuando llamaron á la puerta. Quiso ir á abrir él mismo, y no se sorprendió poco al ver á los cuatro derviches de la primera noche. Se echó á reir en su cara, y les dijo: «¡Bien venidos sean estos embusteros, hombres de mala fe! Pero, de todos modos, os invito á entrar, pues Alah me ha librado de tener en adelante necesidad de vuestros favores. ¡Y además, aunque embusteros é hipócritas, sois muy agradables y bien educados!» Y les introdujo en el salón de recepciones, y rogó á Zobeida que les cantara algo desde detrás del tapiz. Y ella lo hizo de manera capaz de arrebatar la razón, de hacer bailar á las piedras y de suspender en el fondo del cielo el vuelo de las aves.
En un momento dado, el jefe de los derviches se levantó y se ausentó para evacuar una necesidad. Entonces, uno de los falsos derviches, que era el poeta Abu-Nowas, se inclinó hacia el oído de Grano-de-Belleza, y le dijo...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 266.ª NOCHE_
Ella dijo:
...el poeta Abu-Nowas, se inclinó hacia el oído de Grano-de-Belleza, y le dijo: «¡Oh encantador huésped nuestro! Permíteme que te dirija una pregunta. ¿Cómo has podido creer un momento que tu padre Schamseddin te enviara los cincuenta mulos cargados de riquezas? ¡Vamos á ver! ¿Cuántos días se necesitan para ir al Cairo desde Bagdad?» El otro contestó: «Cuarenta y cinco.» Abu-Nowas preguntó: «¿Y para volver?» El otro contestó: «Otros cuarenta y cinco lo menos.» Abu-Nowas se echó á reir, y dijo: «¿Y cómo quieres que en menos de diez días tu padre haya averiguado la pérdida de la caravana y haya podido mandarte la segunda?» Grano-de-Belleza exclamó: «¡Por Alah! ¡Mi alegría fué tan grande, que no me dió tiempo de pensar todo eso! Pero dime, entonces, ¡oh derviche! ¿quién ha escrito la carta? ¿De dónde procede el envío?» Abu-Nowas contestó: «¡Ah Grano-de-Belleza! ¡Si fueras tan perspicaz como hermoso, hace tiempo que habrías adivinado que nuestro jefe, con su traje de derviche, es nuestro amo el califa, el Emir de los Creyentes, Harún Al-Rachid, y el segundo derviche, el sabio visir Giafar el Barmecida, y el tercero, el portaalfanje Massrur, y yo mismo, tu esclavo y admirador Abu-Nowas, sencillamente poeta!»
Oídas estas palabras, Grano-de-Belleza llegó al límite de la sorpresa y de la confusión, y preguntó tímidamente: «Pero, ¡oh gran poeta Abu-Nowas! ¿cuál es el mérito que me ha traído tantos beneficios del califa?» Abu-Nowas sonrió, y dijo: «¡Tu hermosura!» Y añadió: «A sus ojos, el mérito mayor es ser joven, simpático y hermoso. Y se le figura que nunca es caro comprar el espectáculo de un ser bello y el ver un rostro lindo.»
A todo esto el califa volvió á ocupar su sitio en la alfombra, y entonces Grano-de-Belleza fué á inclinarse entre sus manos, y le dijo: «¡Oh Emir de los Creyentes! ¡Alah te conserve á nuestro respeto y á nuestro amor, y nunca nos prive de los beneficios de tu generosidad!» Y el califa le sonrió y le acarició levemente la mejilla, y le dijo: «Mañana te aguardo en palacio.» Después levantó la sesión, y seguido de Giafar, Massrur y Abu-Nowas, que encargó á Grano-de-Belleza que no olvidase lo ofrecido, se marchó.
Al día siguiente, Grano-de-Belleza, á quien su esposa había aconsejado repetidamente que fuera á palacio, eligió las cosas más preciosas de las que le había llevado el pequeño abisinio Salim, las encerró en un lindísimo cofrecillo, y colocó éste en la cabeza del hermoso esclavo; y después de que le vistió y arregló con esmero su esposa Zobeida, se dirigió hacia el diván, acompañado del esclavo con su carga. Y subió al diván, y poniendo el cofrecillo á los pies del califa, le dirigió un cumplimiento en versos bien rimados, y le dijo: «¡Oh Emir de los Creyentes! Nuestro bendito Profeta (¡sean con Él la plegaria y la paz!) aceptaba los regalos para no causar pena á quienes se los ofrecían. ¡Tu esclavo sería también muy feliz si quisieras recibir este cofrecillo como señal de mi gratitud!»
Encantado el califa de la atención del joven, le dijo: «¡Demasiado regalo es, ¡oh Grano-de-Belleza! pues tu persona supone ya un perfecto presente! Sé bien venido á mi palacio; hoy mismo te conferiré un buen empleo.» E inmediatamente destituyó de su cargo al síndico de los mercaderes de Bagdad, y nombró para tal puesto á Grano-de-Belleza.
Después, para que todo el mundo se enterara del nombramiento, el califa escribió un firmán con el decreto correspondiente, y lo mandó entregar al walí, el cual se lo dió á un pregonero, que lo promulgó por todos los zocos y calles de Bagdad.
En cuanto á Grano-de-Belleza, desde aquel día empezó á ver con regularidad al califa, que ya no podía pasarse sin él. Y como no tenía tiempo para vender personalmente sus mercancías, mandó abrir una hermosa tienda, á cuyo frente puso al esclavillo moreno, que desempeñó á maravilla tan delicado oficio.
Apenas habían transcurrido dos ó tres días, cuando fueron á anunciar al califa la súbita defunción de su gran copero. Y el califa nombró inmediatamente á Grano-de-Belleza gran copero, y le regaló un ropón de honor, apropiado para tan alto cargo, y le asignó suntuosos emolumentos. Y de esta manera ya no se separaba de él.
A los dos días, y estando Grano-de-Belleza al lado del califa, entró el gran chambelán, besó la tierra delante del trono, y dijo: «¡Conserve Alah los días del Emir de los Creyentes, y los aumente en otros tantos como la muerte acaba de arrebatar al gobernador de palacio!» Y añadió: «¡Oh Emir de los Creyentes, el gobernador de palacio acaba de fallecer!» El Emir de los Creyentes dijo: «¡Téngale Alah en su misericordia!» Y en el acto nombró á Grano-de-Belleza gobernador de palacio en vez del difunto, y le asignó emolumentos más suntuosos todavía. Y de esta manera Grano-de-Belleza tenía que estar continuamente al lado del califa. Hecho este nombramiento y comunicado á todo el palacio, el califa levantó la sesión, agitando el pañuelo como de costumbre...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 267.ª NOCHE_
Ella dijo:
...el califa levantó la sesión, agitando el pañuelo como de costumbre, y se quedó solo con Grano-de-Belleza.
Y desde entonces Grano-de-Belleza pasó todos los días en palacio, y no volvía á su casa hasta bien entrada la noche, y se acostaba feliz con su esposa, á quien contaba todos los sucesos del día.
El afecto del califa á Grano-de-Belleza fué acrecentándose diariamente, hasta el punto de que lo habría sacrificado todo antes que dejar sin satisfacer el menor deseo del joven, como lo demuestra el hecho siguiente:
El califa daba un concierto, al cual asistían sus íntimos amigos de siempre: Giafar, el poeta Abu-Nowas, Massrur y Grano-de-Belleza. Detrás del tapiz cantaba la propia favorita del califa, la más bella y perfecta de sus concubinas. Pero de pronto el califa miró fijamente á Grano-de-Belleza, y le dijo: «Amigo, estoy leyendo en tus ojos que te gusta mi favorita.» Y Grano-de-Belleza contestó: «¡Lo que gusta al amo debe gustar al esclavo!» Pero el califa exclamó: «¡Por mi cabeza y por la tumba de mis antepasados! ¡Grano-de-Belleza, te pertenece mi favorita desde este momento!» Y llamó en seguida al jefe de los eunucos, y le dijo: «¡Transporta á casa del gobernador de palacio todo el ajuar y las cuarenta esclavas de mi favorita Delicia-de-los-Corazones, y después llévala también á su casa en una silla de manos!» Pero Grano-de-Belleza dijo: «¡Por tu vida, ¡oh Príncipe de los Creyentes! dispensa á tu indigno esclavo de tomar lo que le pertenece al amo!» Entonces el califa comprendió la idea de Grano-de-Belleza, y le dijo: «¡Razón tienes! ¡Es probable que tu esposa tenga celos de mi ex favorita! ¡Quédese ésta, pues, en palacio!» Después se volvió hacia su visir Giafar, y le dijo: «¡Oh Giafar! Tienes que ir inmediatamente al zoco de los esclavos, pues hoy es día de mercado, y comprar en diez mil dinares la esclava más bella de todo el zoco. ¡Y la mandarás llevar en seguida á casa de Grano-de-Belleza!»
Giafar se levantó en el acto, fué al zoco de los esclavos, y rogó á Grano-de-Belleza que le acompañara para indicarle la que prefiriese.
Y el walí de la ciudad, emir Khaled, había ido también al zoco aquel día á comprar una esclava para su hijo, que acababa de llegar á la edad de la pubertad.
Porque el walí de la ciudad tenía un hijo. Pero este hijo era un muchacho tan feo, que haría abortar á una parturienta, contrahecho, hediondo, de aliento fétido, de ojos atravesados y de boca tan ancha como la vulva de una vaca vieja. Por eso le llamaban Gordo-Hinchado.
Precisamente la víspera por la noche había cumplido Gordo-Hinchado los catorce años, y su madre estaba alarmada hacía algún tiempo por no observar en él ningún síntoma de virilidad real. Pero no tardó en tranquilizarse al notar, la mañana de aquel día, que su hijo Gordo-Hinchado había copulado en sueños en la cama, dejando en ella huellas evidentes.
Tal observación había entusiasmado en extremo á la madre de Gordo-Hinchado, y la había hecho ir corriendo á ver á su esposo, al cual había comunicado la feliz nueva, obligándole á marchar inmediatamente al zoco, acompañado de su hijo, para comprarle una hermosa esclava que le conviniera.
Y el Destino, que está en manos de Alah, quiso que aquel día se encontraran en el zoco Giafar y Grano-de-Belleza con el emir Khaled y su hijo Gordo-Hinchado.
Después de las zalemas acostumbradas, se reunieron en un grupo y ordenaron que desfilaran por delante de ellos los corredores, cada cual con las esclavas blancas, morenas ó negras de que dispusiese.
Así vieron cantidad innumerable de muchachas griegas, abisinias, chinas y persas; y ya se iban á retirar sin haber elegido ninguna, cuando el mismo jefe de los corredores pasó el último, llevando de la mano á una joven con la cara destapada, más hermosa que la luna llena del mes de Ramadán.
Al verla, Gordo-Hinchado empezó á resollar con fuerza para expresar su deseo, y le dijo á su padre, el emir Khaled: «¡Esa es la que necesito!» Y por su parte, Giafar preguntó á Grano-de-Belleza: «¿Te conviene esa?» Y el otro respondió: «Es la que elijo.»
Entonces Giafar preguntó á la joven: «¿Cómo te llamas, ¡oh esclava gentil!?» Ella contestó: «¡Oh mi señor! Yazmina.» Y el visir preguntó al corredor: «¿En cuánto está tasada Yazmina?» El corredor dijo: «En cinco mil dinares, ¡oh mi amo!» Y Gordo-Hinchado gritó: «¡Ofrezco seis mil!»
En aquel momento se adelantó Grano-de-Belleza, y dijo: «¡Ofrezco ocho mil!» Entonces Gordo-Hinchado resolló con rabia, y exclamó: «¡Ocho mil un dinares!» Giafar dijo: «¡Nueve mil uno!» Pero Grano-de-Belleza dijo: «¡Diez mil dinares!»
Y el corredor, temiendo que se arrepintiera alguno, dijo: «¡Adjudicada en diez mil dinares la esclava Yazmina!» Y se la entregó á Grano-de-Belleza.
Al ver aquello, Gordo-Hinchado se cayó, azotando el aire con pies y manos, y desconsolando á su padre el emir Khaled, que no le había llevado al zoco mas que por complacer á su esposa, pues le detestaba por idiota y feo.
En cuanto á Grano-de-Belleza, tras de dar las gracias al visir Giafar, se llevó á Yazmina, y la amó, y ella le amó también. Y después de haberla presentado á su esposa Zobeida, que la encontró simpática y le felicitó por su elección, se unió con ella legítimamente, tomándola como segunda esposa. Y durmió con ella aquella noche, y la fecundó, como se demostrará más adelante.
Y vamos ahora con Gordo-Hinchado.
Cuando á fuerza de promesas y mimos lograron llevarle á su casa, se tiró sobre el diván, y no quiso levantarse para comer ni beber, y por otra parte, casi había perdido la razón.
Mientras todas las mujeres de la casa, consternadas, rodeaban á la madre de Gordo-Hinchado, que había llegado á los límites de la perplejidad, entró una vieja, que era la madre de un ladrón famoso, sentenciado entonces á prisión perpetua, y conocido de toda Bagdad con el sobrenombre de Ahmed-la-Tiña.
Este Ahmed-la-Tiña era tan diestro en el arte de robar, que para él constituía cosa de juego apoderarse de una puerta en las narices del portero y hacerla desaparecer en un momento como si se la tragase, perforar las paredes delante de un casero fingiendo orinar, arrancarle las pestañas á un individuo sin que lo notara, y limpiar de kohl los ojos de una mujer sin que se enterase ella.
La madre de Ahmed-la-Tiña entró en el aposento de la de Gordo-Hinchado, y después de las zalemas, le preguntó: «¿Cuál es la causa de tu aflicción, ¡oh mi señora!? ¿Y qué mal padece mi joven amo, tu hijo, á quien Alah conserve?» Entonces la madre de Gordo-Hinchado contó á aquella vieja, que hacía tiempo la proveía de criadas, la contrariedad que les ponía á todos en tal estado. Y la madre de Ahmed-la-Tiña exclamó: «¡Oh mi señora! Únicamente mi hijo os puede sacar del paso; ¡lo juro por tu vida! Trata de lograr que le suelten, y ya sabrá inventar un medio de traer á la bella Yazmina á los brazos de nuestro joven amo, tu hijo. Porque ya sabes que mi pobre hijo se halla encadenado y tiene en los pies una argolla de hierro, en la cual están grabadas estas palabras: «Cadena perpetua.» ¡Y todo por haber fabricado moneda falsa!» Y la madre de Gordo-Hinchado prometió protegerle.
Efectivamente, aquella misma noche, cuando su esposo el walí, de regreso en su casa, fué á buscarla después de cenar, se había ella arreglado y perfumado, adoptando un aspecto amable. Y el emir Khaled, que era un hombre muy bueno, no pudo resistir el deseo que provocaba en él la contemplación de su mujer, y quiso poseerla; pero ella se resistió, diciendo: «¡Júrame por el divorcio, que me concederás lo que te pida!» Y se lo juró. Entonces ella le enterneció hablándole de la desgracia de la anciana madre del ladrón, y logró de él la promesa de que le soltarían. Y entonces dejó que la montara el esposo.
Y á la mañana siguiente, el emir Khaled, después de las abluciones y la oración, se fué á la cárcel en que estaba encerrado Ahmed-la-Tiña, y le preguntó: «¿Y qué, bandido, te arrepientes de tus pasadas fechorías?» Y el otro contestó: «Me arrepiento, y lo proclamo con la palabra como lo pienso con el corazón.» Entonces el walí le sacó de la cárcel y le llevó ante el califa, que se quedó asombrado al verle vivo todavía, y le preguntó: «¿Y cómo no te has muerto aún, bandido?» El otro contestó: «¡Por Alah, oh Emir de los Creyentes, la vida de los malos es muy dura de pelar!» Entonces el califa se echó á reir á carcajadas, y dijo: «¡Manden venir al herrero para que le quite la argolla!» Y luego dijo: «Como estoy enterado de tus hazañas, voy á ayudarte ahora á persistir en tu arrepentimiento, y como eres el que más conoce á los ladrones, te nombro jefe de vigilancia de Bagdad.» Y en seguida el califa mandó promulgar un edicto nombrando á Ahmed-la-Tiña jefe de vigilancia. Entonces Ahmed besó la mano al califa y en seguida empezó á ejercer sus funciones.
Y para festejar alegremente su libertad y su nuevo cargo, principió por ir á la taberna regida por el judío Abraham, testigo de sus pasadas hazañas, vaciando dos ó tres frascos de su bebida favorita, vino jónico excelente. Y cuando su madre fué á buscarle para hablarle de la gratitud qne debía manifestar siempre á la esposa del emir Khaled y madre de Gordo-Hinchado, que había sido la causante de su libertad, le encontró medio borracho y tirándole de las barbas al judío, que no se atrevía á protestar por respeto al cargo temible del antiguo Ahmed-la-Tiña, actual jefe de vigilancia.
De todos modos, la vieja logró sacarle de allí, y hablándole reservadamente, le contó cuantas incidencias motivaron su libertad, y le dijo que había que discurrir inmediatamente algo para quitar la esclava á Grano-de-Belleza, gobernador de palacio.
Oídas estas palabras, Ahmed-la-Tiña dijo á su madre: «Se hará esta misma noche, pues es facilísimo.» Y la dejó para ir á preparar el golpe...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 268.ª NOCHE_
Ella dijo:
...Y la dejó para ir á preparar el golpe.
Y hay que advertir que aquella noche el califa había entrado en el aposento de su esposa porque era el primer día del mes, y reservaba con regularidad aquel día para hablar con ella de los asuntos corrientes y preguntarle su opinión sobre todas las cuestiones generales y particulares del Imperio. Efectivamente, cifraba en ella una confianza ilimitada, y la quería por su cordura y su belleza inextinguible. Pero también hay que advertir que antes de entrar en la habitación de su esposa el califa tenía la costumbre de dejar en el vestíbulo, encima de un velador especial, un rosario de cuentas alternadas de ámbar y turquesas, su alfanje recto, con empuñadura de jade incrustada de rubíes gordos como huevos de paloma, su sello regio y una lamparita de oro adornada con pedrería, que le alumbraba cuando por las noches inspeccionaba secretamente el palacio.
Ahmed-la-Tiña conocía todos estos pormenores, que le sirvieron para realizar su proyecto. Aguardó las tinieblas de la noche y el sueño de los esclavos para colgar una escala de cuerda á lo largo del muro del pabellón que servía de aposento á la esposa del califa, trepar por ella y penetrar silencioso como una sombra en el vestíbulo. Llegado allí, se apoderó en un momento de los cuatro objetos preciosos, y se apresuró á bajar por donde había subido.
Desde allí corrió á casa de Grano-de-Belleza, y por el mismo medio penetró en el patio, y sin hacer el menor ruido quitó uno de los baldosines de mármol del pavimento, abrió rápidamente un hoyo y allí metió los objetos robados. Y después de haberlo dejado todo en orden, desapareció para seguir bebiendo en la taberna del judío Abraham.
Sin embargo, Ahmed-la-Tiña, á fuer de perfecto ladrón, no había podido resistir al deseo de apropiarse uno de los objetos preciosos. Por lo tanto, había separado la lamparita de oro, y en vez de enterrarla con lo demás en el hoyo, se la había metido en el bolsillo, diciendo para sí: «¡No acostumbro á dejar de cobrar la comisión! ¡Me pagaré á mí mismo!»
Volviendo al califa, grande fué su sorpresa cuando por la mañana ya no encontró en el velador los cuatro objetos preciosos. Y cuando, interrogados los eunucos, se tiraron de bruces al suelo, protestando de su ignorancia, le entró al califa una cólera sin límites, de tal modo, que se puso inmediatamente el terrible ropón del furor. El tal ropón era todo de seda roja, y cuando el califa se lo ponía era señal de seguro desastre y de calamidades espantosas sobre la cabeza de cuantos le rodeaban.
Revestido el califa con el ropón rojo, entró en el diván y se sentó en el trono, solo en el salón. Y todos los chambelanes y visires entraron uno por uno y se prosternaron con la cara contra el suelo, y permanecieron en tal postura, menos Giafar, que, aunque muy pálido, estaba erguido, con los ojos fijos en los pies del califa.
Pasada una hora de espantable silencio, el califa miró á Giafar impasible, y le dijo con voz sorda: «¡La copa hierve!» Giafar contestó: «¡Alah evite todo mal!»
Pero en aquel momento entró el walí acompañado de Ahmed-la-Tiña. Y el califa le dijo: «¡Acércate, emir Khaled! Dime cómo está la tranquilidad pública en Bagdad.» El walí, padre de Gordo-Hinchado, contestó: «La tranquilidad es perfecta en Bagdad, ¡oh Emir de los Creyentes!» El califa exclamó: «¡Mientes!» Y como el walí, trastornado, aún no sabía el origen de aquella ira, Giafar, que estaba á su lado, le deslizó al oído en dos palabras el motivo, acabando de consternarle. Después le dijo el califa: «¡Si antes de esta noche no has podido dar con los objetos preciosos que me son más queridos que mi reino, colgaremos tu cabeza á la puerta de palacio!»