Part 13
Con la voz más áspera, más impertinente, más insolente y procaz que puede imaginarse, Andrea hizo esta pregunta:
—¿Y tú quién eres?
Solita quedose muerta de espanto. Su propia turbación le impidió correr hacia su hermano y abrazarse a él buscando un refugio.
—Eso no se pregunta a los que están en su casa, sino a los que vienen de fuera.
Al oír esto Solita se reanimó. En aquel momento pensaba una cosa. Pensaba que si ella fuera mujer valerosa, echaría a escobazos de la casa a la insolente dama.
—¡Oh, qué vil soy! —repitió Andrea corriendo otra vez hacia la puerta—. ¡Rebajarme así...!
Apartando el rostro para no ver el de su amante, salió precipitada y atropellándose de la casa. Habiéndosele unido su criada en la escalera, ambas bajaron.
Salvador se dejó caer en una silla, y apretando su cabeza entre las manos, se clavaba en el cráneo las uñas.
—¡Oh, Dios mío, qué infeliz soy!... Sola, Sola, ¿has visto...? ¡Maldito sea yo mil veces! ¡Maldito sea el día en que nací!
—Pero esa mujer —balbució la muchacha saliendo de su estupefacción—, ¿es un demonio...? Comprendo que te cause tanto furor...
—¡No es demonio, es un ángel; y no me causa furor, sino que la adoro!... ¿No la viste? ¿Has visto mujer más hermosa?
—¿Tú...?
—¡La adoro, me muero por ella!... Pero tú eres una tonta y no puedes comprender esto. Sola, hermana mía, lloro porque... no puedo... Ten compasión, ten lástima, mucha lástima de mí.
Solita tuvo tanta lástima, que se echó a llorar.
XXI
La calle de la Cabeza es una de las más tristes de Madrid. Compónese toda ella de casas viejas y feas, entre las cuales descuellan la enorme fachada meridional de la del marqués de Perales, y otra que tiene grabada sobre la puerta esta inscripción: _Aparta, Señor, de mí lo que me apartó de ti_. Contrastando con las vías cercanas, aquella no tiene tiendas, y la mayor parte de las puertas están cerradas, a excepción de las cocheras y cuadras que por allí mucho abundan. Hacia el Ave María la calle se eleva, como si quisiera subir a los balcones de las casas. Hacia la Comadre se hunde, buscando los sótanos. Algunas acacias, que se asoman por encima de altos muros junto a San Pedro Mártir, están mirando con tristeza al escaso número de transeúntes. Se oyen tan pocos ruidos allí, que la calle no parece estar en Madrid y a dos pasos del Lavapiés. Toda ella tiene un aspecto sombrío, un tinte lúgubre, una mala sombra que no puede definirse, una atmósfera que abruma, un silencio que hiela. Las calles, como las personas, tienen cara, y cuando esta es antipática y anuncia siniestros designios, una fuerza instintiva nos aleja de ella.
Vulgarmente se cree que en la calle de la Cabeza no ha pasado nunca nada digno de contarse. Por el contrario, es una calle trágica, quizás la más trágica de Madrid. La tradición que le da nombre y que no carece de mérito en lo que tiene de fantástica, es como sigue. Vivía por aquellos barrios un cura medianamente rico. Su criado, por robarle, le asesinó, cortándole ferozmente la cabeza, y con todo el dinero que pudo encontrar huyó a Portugal. No fue posible descubrir al autor del crimen, y enterrado el clérigo, bien pronto su desastroso fin quedó olvidado. Pero el asesino, después de haberse dado muy buena vida en Portugal durante muchos años, volvió a Madrid hecho un caballero, aunque no tanto que olvidase su primitiva condición de criado. Solía ir él mismo al Rastro todas las mañanas a hacer su compra, y un día adquirió una cabeza de carnero. Llevábala bajo la capa, y como chorreaba mucha sangre, que iba dejando rastro en el suelo, fue detenido por un alguacil, que le mandó mostrar lo que oculto llevaba. ¡Horrible espectáculo! Al echar a un lado el embozo, el criado alargó en la derecha mano la cabeza del sacerdote a quien había dado muerte.
¡Milagro, milagro! Este fue el grito general. Confesó todo el asesino y le llevaron a la horca, acompañado de la cabeza del sacerdote, que había sido de carnero, y cuya vista horrorizaba y edificaba juntamente al pueblo. Murió, según dicen, con grandísima devoción y arrepentimiento, y hasta que no entregó su alma a Dios, no recobró la testa del cura su primitiva forma carneril. Felipe III, que a la sazón nos gobernaba, mandó labrar en piedra una cabeza que se puso en la casa del crimen para memoria de aquel estupendo caso.
En este siglo, la calle de la Cabeza presenció muy cerca el horrible asesinato del marqués de Perales el 1.º de diciembre de 1808.[7] Cuando las revueltas políticas del 14, vio encarcelar a los diputados y ministros, y aquel silencio tétrico fue turbado en más de una ocasión por los rugidos de la plebe furiosa embriagada. Nuestra narración nos lleva ahora a la citada calle y a uno de sus edificios más antipáticos y más feos: la cárcel eclesiástica o de la Corona, que estaba en la esquina de la calle Real de Lavapiés, y que todavía existe, aunque destinada a cuadras o cocheras.
[7] Véase _Napoleón en Chamartín_.
Un portalón daba entrada al patio, que no había sufrido variaciones esenciales, y tenía en dos de sus lados columnas de piedra para sostener la crujía alta. Las prisiones estaban en el piso bajo y en los sótanos, y consistían en calabozos inmundos, algunos con rejas a la calle. Dos puertecillas abiertas a un lado y otro del zaguán indicaban el cuerpo de guardia y las habitaciones de algunos empleados de la cárcel. Todas y cada una de las partes del edificio, dentro y fuera, arriba y abajo, ofrecían repugnante aspecto de incuria, descuido y degradación.
La ignominia de la cárcel empezaba desde la puerta. En la esquina del edificio se veían multitud de inscripciones terroríficas e indecentes. A conveniente altura, una de esas manos de artista que tanto abundan en España, había pintado una horca de la cual pendía un cura, y debajo se leía _Tamajón_. En la misma puerta otro artista había trazado una especie de cuadro de ánimas donde varios curas recibían tizonazos de los demonios, y más lejos varios milicianos nacionales, caracterizados en la pintura tan solo por el morrión, asaban un cerdo que llevaba el nombre de _Vinuesa_. En el portal repetíanse las horcas, y además otra ingeniosa pintura. Un grotesco y ventrudo muñeco, que tenía en la panza el consabido letrero, abría la boca. Como si esta fuera la de un horno, varios milicianos o figurillas de morrioncete metían por ella con sendas palas un objeto en que se leía _Constitución_. Por debajo una escritura infernal rezaba el _Trágala, perro, tú servilón_.
Vinuesa estaba en un calabozo del piso bajo. En la puerta negra habían trazado con tiza la horca y el ahorcado; repetidas formulillas, como _Muera el traidor_, y una cuarteta que decía:
¡Considera, alma piadosa, en esta nona estación el árbol de que colgaron al cura de Tamajón!
Dentro del calabozo no reinaba oscuridad profunda. Veíase al infeliz reo arrojado en el suelo sobre un jergón inmundo. Era un hombre viejo, aunque entero, de cuerpo pequeño que debió ser fornido; pero la larga prisión habíale extenuado considerablemente. Su pelo entrecano; su barba blanca, muy crecida por no haberse afeitado durante el encierro; su rostro en que se pintaban resignación y amargura, dábanle aspecto venerable que sin duda no tenía cuando andaba suelto por la villa, o haciendo planes en su casa de la inmediata calle de San Pedro Mártir. Vestía sotana suelta, raída y llena de jirones; un gorro negro de punto, calado hasta más abajo de las orejas, le cubría la cabeza. Cuando no estaba echado sobre el miserable jergón, se paseaba de un ángulo a otro, o se sentaba en la única silla, apoyando los brazos sobre una mesa negra, y la cabeza en los brazos para dormir un poco. En la mesa negra estaba pintada también con tiza la horca y un diablillo que tiraba de los pies del ahorcado. En las paredes se leían varias estrofas de las más indecentes del _lairón_. Pero al desgraciado preso no le mortificaba tanto leerlas como oírlas, y este era su principal tormento.
Todos los chulillos que pasaban de vuelta para el Lavapiés a la madrugada; todos los rondadores guitarristas que iban a recorrer las calles; todos los grupos de vagos que regresaban de los clubs o de las logias; todos los patriotas que salían de las tabernas a hora avanzada, y los chiquillos al salir de la escuela por las tardes o al ausentarse de ella para ir de huelga o pedrea al Mundo Nuevo, hacían escala al pie de la reja del calabozo de Vinuesa; así es que este oía constantemente durante dieciocho horas de las veinticuatro del día, los famosos versos:
Dicen que vienen los rusos por las ventas de Alcorcón. _Lairón, lairón._ Y los rusos que venían eran seras de carbón. _Lairón, lairón._
Estas eran las estrofas comunes; pues las picarescas o indecentes en que se atribuían al _cura de Tamajón_ las mayores atrocidades y desvergüenzas, no pueden copiarse. El populacho veía en Vinuesa un galanteador de muchachas, corruptor de doncellas, tercero, mancebista y cuanto abominable y ruin puede imaginarse. Nada de esto es verdad. Su único delito había sido el plan que conocemos; pero si hubiera faltado a las leyes morales con perversidad o indecencia, habría purgado sus culpas con el infierno expiatorio que tenía en la prisión. Era este un lúgubre ventanillo cuadrado y pequeño, con una cruz de hierro en el vano. Por allí entraba la voz del terrible populacho cantando infames coplas, amenazando e insultando sin cesar al pobre reo. Vinuesa aborrecía el nefando agujero por donde le entraban la luz y la ira de la nación vengativa; y por verle tapado, aunque le dejase a oscuras, diera lo restante de su vida y la esperanza de libertad. Si lograba conciliar el sueño, no dejaba de ver aquel boquete horrible, que en su mente febril se representaba como el ojo y la boca de la inmunda canalla, que sin cesar le vigilaba y le escupía.
Gil de la Cuadra estaba encerrado en un calabozo de otra crujía, y no gozaba de la preeminencia de vistas a la calle. En su encierro había bastante claridad, y tenía mejores muebles que Vinuesa, entre ellos una cama en alto. También su puerta se ornaba con inscripciones; pero en el interior no las había. Mortificábanle principalmente los gritos, cantos y disputas de los milicianos nacionales, que tenían su cuerpo de guardia en el zaguán, y que alborotaban en el patio mucho más de lo conveniente.
Bastante después del encierro sintiose atacado de dolores en las articulaciones de las piernas, y no dudó que su reumatismo constitucional le iba a hacer una nueva visita. Guardó cama, resignándose al suplicio de sus dolores con paciencia cristiana, y tuvo varias alternativas de alivio o recrudescencia. A falta de auxilios médicos, disfrutó de los cuidados de un calabocero algo piadoso, que por haber padecido del mismo mal, no solo poseía recetas y cierta ciencia práctica, sino también una compasión hacia todos los reumáticos.
De esta manera transcurrieron muchos días. Lo que más hondamente perturbaba la naturaleza moral y física del exoidor, era la incomunicación, y con esta la negra tristeza en que vivía, si aquello era vivir. Solo, febril, contemplando perpetuamente su situación, midiendo sin cesar la considerable distancia que le separaba de su hija, pasaba las largas horas del encierro, y veía la lenta serie de noches y días, marchando como las ruedas de una máquina de tormento. A ratos oraba, a ratos derramaba amargo llanto; por breves momentos recibía consuelo de su propia imaginación, representándose la libertad y la paz de su casa; pero estas bellas sombras pasaban pronto, y el calabozo le ponía delante sus cuatro paredes inalterables. Conocido el estado de su ánimo, lleno de amargura, se comprenderá cuáles serían su asombro y emoción al ver que un día se abrió la puerta del calabozo, que entró un hombre, y que en aquel hombre reconoció, después de congojosas dudas, la persona auténtica de Salvador Monsalud.
Este corrió a abrazarle; Gil de la Cuadra se desmayó de alegría.
—¡Mi hija, mi hija!... —murmuró cuando recobraba el uso de la palabra—. ¿Ha muerto? ¿Vive?
—Ánimo, señor Gil —gritó Monsalud—. Pronto verá usted a su hija, que está buena como nunca, y muy contenta al saber que pronto estará usted libre.
—¡Yo libre! —exclamó el anciano abrazando a su amigo.
—Todavía no; pero pronto será.
—¿Y Anatolio?
—No ha venido aún.
Siguió haciendo preguntas, menudeándolas con tanta prisa, que casi no daba tiempo a la contestación, y al fin se ocupó de su causa, que había dejado para lo último. Monsalud en breves términos le explicó, si no todo, gran parte de lo que había hecho, así como las circunstancias de su presencia en la cárcel y el destino que desempeñaba.
—Tengo la seguridad —dijo— de que conseguiré un objeto en el cual he empleado tanta actividad, tanta fuerza, tanta paciencia. La santidad de la obra emprendida, que es el cumplimiento de una de las primeras leyes cristianas, me hace creer que esta vez, como otras, mi trabajo no será estéril. He sufrido contrariedades, amigo mío, contrariedades graves; pero al mismo tiempo he llegado a conocer uno de los mayores goces que puede sentir el hombre y que hasta ahora...
—No había usted conocido.
—Al menos en tan alto grado.
—El goce incomparable de hacer bien a un semejante —dijo Cuadra con voz balbuciente por la emoción.
—Ese, sí, y el de poder dar forma al agradecimiento expresándolo en hechos.
—¡Oh, sí! También eso es un goce inaudito.
—Y tranquilizar la conciencia...
—Es verdad.
—Porque el recuerdo de las grandes faltas —añadió Monsalud— no se atenúa sino con la práctica constante de buenas acciones.
—También, también.
—Todo me anuncia que esta vez mi afán no tendrá, como otras veces, un éxito desdichado. El corazón mío, que es la desconfianza misma, me está diciendo ahora: «Triunfamos, triunfamos de seguro.» Será usted libre, amigo mío, y lo será pronto. Solo le recomiendo a usted un poco de paciencia. Consuélese usted con saber que me tiene muy cerca, y que estoy discurriendo los medios de rematar nuestra obra.
Gil de la Cuadra, arrojándose en brazos de su protector, lloró como un niño.
XXII
Mientras esto ocurría, todo Madrid se alarmaba con una estupenda novedad. Por todos los barrios, por todos los clubs, por todos los círculos corría una noticia que muchos suponían increíble, por lo disparatada, y otros aceptaban con resignación como una nueva prueba de los desaciertos y traiciones del ministerio. El fiscal de la causa formada contra Vinuesa no pedía para este más que diez años de presidio. El irritado pueblo, a quien habían hecho creer que la muerte del arcediano no era bastante castigo para las culpas de este, vio en los diez años de presidio una pena tan suave, que más que pena le parecía recompensa. De los demás conspiradores absolutistas nada se decía aún; mas era probable que recibirían en pago de sus infamias algunos años de encierro, es decir, confites.
No es preciso indicar que en todo Madrid, y principalmente en los barrios bajos, era un evangelio la opinión de que _había corrido mucho dinero_ para absolver a los malhechores; los más listos decían:
—¿Pues qué? El rey no podía dejar perecer a sus amigos.
En esto se equivocaban, porque Fernando se distinguía de todos los malvados por un funesto sistema de abandonar cobardemente a cuantos le habían servido, y aun gozarse de un modo incalificable en la desgracia de ellos, como lo prueban, entre otros hechos, las célebres palabras que pronunció ante los guardias fugitivos y vencidos el 7 de julio. La verdadera causa de la lenidad relativa del fiscal, y más tarde del juez, fue que el ministerio y los masones habían llegado a comprender cuán bárbara y soez era la excitación vengativa del populacho, a pesar de haberla excitado ellos mismos en febrero y marzo, y quisieron rendir homenaje a la humanidad y la justicia, evitando un sacrificio inútil. Hemos llamado lenidad a la pena anunciada, porque con respecto al furioso ardor de la canalla lo parecía; pero en rigor de justicia era una atrocidad, que solo tiene disculpa en las infames transacciones a que obligan los yerros políticos.
En _Comuneros_ la noticia fue chispa arrojada a la mina. La fortaleza reventó, y una explosión de salvajismo, de barbarie, de odio y necedad atronó la _Plaza de armas_. Los honrados y los inocentes, que no eran los menos bajo el estandarte de Padilla, hacían coro a los malvados, por la solidaridad que entre todos reinaba. Eran los primeros envueltos en el torbellino, y sin saberlo, estaban tan locos como los demás; mejor dicho, los honrados y los inocentes eran los verdaderos locos, porque los perversos conservaban bajo la borrachera de venganza su nefanda razón. Pero, en realidad, la noticia de la blandura del juez más les agradaba que les afligía. Servíales de pretexto para poner en ejercicio su ideal de barbaridades, desafueros, y de admirable tema para gritar contra los ministros, llenándoles de befa y escarnio. Acogieron, pues, el suceso con el frenesí del beodo a quien dan aguardiente, y se hartaron de furia, de exaltación política, poniéndose como demonios en la sesión que celebraron la noche de la noticia.
Romero Alpuente, a quien respetaban, no pudo presidir la sesión, porque le fue imposible sofocar el tumulto. Regato emitía con su habitual tono de importancia opiniones furibundas. Mejía sudaba gritando, y con el rostro encendido, gesticulaba sin poder conseguir que le oyeran. Pelumbres daba golpes en los bancos con un bastón semejante a la clava de Hércules. Don Patricio, renunciando a ser oído por toda la asamblea, pronunciaba, ora frases áticas, ora apóstrofes demostenianos en un pequeño grupo que se formó a su lado. En suma, la _Plaza de armas_, más que guarnición regular, parecía un ejército indisciplinado, un manicomio insurrecto, o un infierno en que fuese ley la libertad individual para hacer diabluras. Cada cual pedía una cosa distinta, y es incomprensible que no se rompieran las cabezas unos a otros, único medio y fórmula de conciliar todas las opiniones.
Era que comúnmente la asamblea en pleno no resolvía nada nunca, siendo más bien doctrinales, digámoslo así, sus sesiones, que ejecutivas. La alta dirección de la _Comunería_ estaba, como la de los masones, en un pequeño consejo, en cuyo seno ha llegado la hora de que nos introduzcamos osadamente. Hemos presentado en otro libro la camarilla de Palacio.[8] Tócales ahora su vez a las camarillas populares, poderes igualmente misteriosos y perturbadores; y la dificultad de nuestro trabajo aumenta, porque las camarillas eran dos: la del populacho o de los patriotas, y la de los constitucionales o moderados. Procedamos con método.
[8] Véanse las _Memorias de un cortesano de 1815_.
_Camarilla del populacho._ — No tenía local fijo. Reuníase algunas veces en un departamento reservado del café de Lorencini; otras en el mismo local de la asamblea, o en casa de Regato. La reunión de ella que nosotros vamos a presenciar, no fue celebrada en ninguno de estos parajes, sino en una taberna de la calle de la Estrella. De los veinte diputados comuneros no asistió ninguno; de los periodistas, solo Mejía; de los que tenían cargos oficiales en la asamblea de Padilla, solo Regato; de los viejos, solo don Patricio Sarmiento; pero no faltaba ni uno siquiera de los amigos de Timoteo Pelumbres, ni tampoco la pandilla de milicianos nacionales, en la cual alzaba el gallo con altanera superioridad Pujitos. Sumaban entre todos once personas, y para poder discutir con más libertad, Regato mandó al tabernero que cerrase, luego que todos estuvieron dentro, y cuando el vino empezó a hacer su oficio para que las lenguas pudiesen desempeñar mejor el suyo.
—Queridos compañeros —dijo Regato—, estamos perdidos.
Esta frase hábil produjo la sensación apetecida.
—Perdidos, porque el gobierno nos va a meter el diente, y los hombres gordos de nuestro partido se esconden en su casa llenos de miedo.
—Romero Alpuente —dijo uno— tiembla como una gallina mojada.
—Desde que se ha dicho que el gobierno va a pegar, nuestros diputados ya están buscando vendas.
—Está visto que, para reclutar gente valerosa —dijo Regato, a quien agradaba mucho la veneración con que era oído—, no hay que contar con la gente de lengua y pluma. ¡Pobre pueblo, siempre sudando por gobernar, como manda la ley de Dios, y siempre engañado por tanto pillo! Está visto que mientras el pueblo no diga: «Pues quiero y esto ha de ser», y lo haga como lo dice, no tendremos libertad.
—Pero cuando el pueblo quiere portarse como quien es —manifestó Pelumbres—, vienen los _futraques_, llenos de jabón y pomada, y sacan los catecismos de la política para decirnos cosas lelas y de mil flores... con lo cual se acaba todo, y en buenas palabras resulta que somos unos zopencos y ellos unos Salomones. Nosotros trabajamos y ellos comen.
—Señores —repitió Regato dando un suspiro—, estamos perdidos. El gobierno, viendo que no servimos para nada (y no me vuelvo atrás...), que no servimos para nada, va a pegar, pero a pegar muy fuerte.
Breve silencio siguió a estas palabras.
—Los palos serán para el que los aguante; que yo...
—Los palos serán para todos —afirmó Regato en el tono de la mayor competencia—. Yo sé de buena tinta lo que trama el gobierno; lo sé todo, y pues venimos aquí para ver cómo nos defendemos, lo voy a decir.
—El gobierno va a cerrar los cafés.
—Y a reformar la Milicia nacional de modo que no entren sino los que él quiera.
—Y a corregir la Constitución.
—Y a poner dos Congresos: uno como el que está, y otro de clérigos, obispos, generales, marqueses, camaristas, y toda la recua de alabarderos, _persas_ y serviles.
—Y a suprimir todos los periódicos —indicó Pujitos, dando a entender de este modo sus aficiones literarias.
—Y a mandar a Riego a Filipinas.
—Todo eso y mucho más hará el gobierno —dijo Regato—; pero como a quien más aborrece es a los buenos patriotas, empezará su obra acogotando a los buenos patriotas, que somos nosotros.
—Nosotros —repitieron algunos.
—Y pasando la mano por el lomo a los serviles, que serán los mandarines de mañana. ¿Qué significa la libertad de Vinuesa?
—¿La libertad?
—La libertad, sí. Para los bobos, eso de los diez años de presidio significa... diez años de presidio; pero para nosotros, que somos tan listos y vemos un mosquito en la punta de una torre, esa pena no es más que la absolución del cura.
—Es lo mismo que yo pensaba.
—Le sacan de la cárcel; hacen la pamema de llevarle a Ceuta; métenle en cualquier convento donde habrá abundancia de buenas magras, pollos con tomate, gran trago de vino y muchachas bonitas; dicen luego que se ha escapado, y al poco tiempo, indulto. Tras el indulto viene la canonjía, y tras la canonjía, la mitra.
—Pues estamos bien —dijo uno con impaciencia, golpeando el suelo con su bastón—. Protesto.
—Protesto yo también —bramó Pelumbres.
—Si la Sociedad de los _Comuneros_, que empezó con tan buen pie, no saca ahora la cabeza, ¿para qué sirve?
—Para nada, Sánchez, para nada —repuso un hombre que era tratante en cueros—. Dende que oí discursos y vi papeles y _toma la palabra, daca la palabra_, se me cayeron las alas del corazón... ¡Botijos!, yo no sirvo para esto.
—Es muy posible que el gobierno tenga la alevosa intención de indultar a Vinuesa y aun darle una mitra —apuntó con gravedad un individuo de aspecto decente, furibundo patriota cándido que tenía dos tiendas y un buen nombre que no hace al caso—. Yo creo cuanto ha dicho el amigo Regato, porque el gobierno es en la superficie liberal, y en el fondo, absolutista.
—Si Riego estuviera en Madrid, otro gallo nos cantara, amigos —indicó Regato—. Yo de mí sé decir que si tuviera dos docenas, dos docenas nada más de buenos patriotas, intentaría cualquiera sublimidad.
—Cualquier hazaña épica, digna de perpetuarse en mármoles —dijo don Patricio—. Señor Regato, manifieste usted con claridad su pensamiento. ¿Se trata de que Madrid se levante en masa, y arroje del gobierno a ese ministerio, y convoque otras Cortes, y le caliente las orejas al _Rey neto_?