Part 14
—Eso es difícil hoy; pero no lo será dentro de seis meses, cuando estemos mejor organizados, y se multipliquen las _Casas fuertes_ de los regimientos, y se reciba el dinero que nos han prometido de América. Contentémonos ahora con dar una prueba de nuestro mucho poder, de lo que somos y lo que valemos, para que tiemble el cobarde tirano, y nos tengan miedo los mandarines.
—Ved aquí, amigos míos —dijo Sarmiento—, cómo admirablemente concuerda con mi opinión la del señor Regato. Siempre he sostenido la necesidad de elevar la voz para que nos oigan, de alzarnos sobre las puntas de los pies para que nos vean, de presentarnos en todas partes para que nos toquen, mientras llega la hora sublime de los bofetones.
—Yo no entiendo de estas máquinas sutiles —manifestó, con la ingenuidad de la barbarie, el llamado Sánchez, que era miliciano y había sido primero cortador de carne y después empleado en cárceles—. Yo lo que sé es que si conviene dar porrazo, se dé porrazo. No hay más que dos políticas: dar y recibir.
—En lenguaje sencillo —dijo Mejía—, ha expresado Sánchez la idea de que mientras no se puede realizar una insurrección que dé la victoria al pueblo, se hagan manifestaciones patrióticas con objeto de que se nos considere como un elemento importante, capaz de cualquier cosa en el gobierno o en la oposición.
—A eso iba —indicó Regato con acento magistral—. En pocas palabras, señores: el gobierno dice blanco, pues nosotros decimos negro; el gobierno quiere coles, nosotros lechugas; el gobierno dice _por aquí no se va_, nosotros decimos _por ahí iremos_.
—El gobierno dice _no más clubs_, nosotros respondemos _vengan clubs_.
—El gobierno quiere poca Milicia, nosotros mucha Milicia.
—El gobierno perdona a los absolutistas, pues condenémosles nosotros.
—Condenémosles, caballeros —gritó el tratante en corambres—. ¡Botijos! Si nosotros no hacemos la justicia, ¿quién la va a hacer?
Dando golpecitos en la mesa con el fondo del vaso, después de beberse el contenido, entonó esta canción:
Ay le-lé, que toma que toma, ay le-lé, que daca que daca, ya no bastan las razones, apelemos a la estaca.
—El ciudadano don Bruno ha tocado el punto más delicado de la política actual —dijo Regato—. El pueblo, señores, no debe consentir la impunidad de quien ha trabajado y trabaja aún en contra del pueblo.
—¡Botijos!... No.
—De ninguna manera.
—Consentirlo sería gravísimo desacierto —afirmó Sarmiento.
—Como me llamo Pelumbres, tan cierto es que todo el día he estado pensando en que debíamos hacer justicia, porque podemos y debemos hacerla. Y si el pueblo no es soberano para esto, ¿para qué lo es?
—A fe de Mejía, sostengo que cuando los jueces son inmorales y corrompidos, el pueblo no tiene más remedio que echársela de juez.
—Pues con una palabra basta —afirmó el tratante en pellejos.
—Es preciso sacar a Vinuesa de la cárcel antes que le indulten.
—Y ahorcarle —dijo Sánchez, apretándose su propia garganta.
—En la plazuela de la Cebada.
—En la plaza de Palacio, delante del balcón de Su Majestad —gruñó Pelumbres.
—Admirable y sensata idea —dijo Regato—; pero me parece irrealizable. No es preciso que se lleven las cosas a ese extremo de perfección.
—No puedo aconsejar tranquilo la muerte de un hombre —afirmó Sarmiento con gravedad—; pero hay sacrificios necesarios, indispensables, y el cura de Tamajón debe morir. También hay en la cárcel de la Corona un dichoso Gil de la Cuadra, exvecino mío, que es uno de los servilones más furibundos, y un conspirador terrible.
—Gil de la Cuadra —dijo Regato haciendo memoria—. ¡Ah!, ya: le protege Salvador Monsalud, después de haberle enamorado a su mujer, como me consta. Váyase lo uno por lo otro.
—_El traidor_ Monsalud se dirá de aquí en adelante —indicó Pelumbres—. Ese canalla, después de entrar en nuestra Sociedad, ha admitido un destino del gobierno.
—En la cárcel de la Corona precisamente —indicó Mejía—. No lo hubiera creído. Puesto de confianza, señores. Aquí hay gato encerrado.
—Tengo a Monsalud por una persona decente —dijo don Patricio—. Es amigo mío y no le creo capaz de servir a los masones. Le he oído hablar pestes de esos señores.
—Sea lo que fuere —dijo Sánchez—, ello es que antes de meter semejantes tipos en nuestra Sociedad, debiéramos pensarlo mucho.
—Es justa la censura, aunque confieso que yo le presenté —dijo Regato—; pero no hay motivo para desconfiar de tal joven. Tengo motivos para creer que puedo dominarle en un momento dado. Ese hombre será mío cuando yo quiera. En vez de importarnos que esté empleado en la cárcel, debemos felicitarnos de ello. Sacaremos partido de esta circunstancia.
—¡Rebotijos!... ¡Si está en mi lugar y en el puesto de que me echaron hace dos meses esos mamones!... ¿Pues no ha de importarme? Es un caballerito a quien tengo atravesado aquí.
—Dejemos esta cuestión mezquina, señores, y volvamos a lo principal —dijo Regato—. ¿Hay aquí gente de valor?
—Basta y sobra; pero si se quiere cosa mayor, con dar la voz en ciertos barrios, se tendrá toda la gente que se quiera.
—Señor don Bruno, ¿se puede ir a donde se quiera?
—Al cabo del mundo. Digan hora y lugar, y allá estaremos todos. No saldrá tan mal como la noche de los embajadores del Ruso y el Turco.
—Mañana... mañana... —dijo Regato meditando—. ¿Cuál será la mejor hora?
—Por la noche.
—No, por el día.
—A las doce del día —gritó el más decente de todos—. No se trata de ninguna traición, sino de una obra de justicia.
—¡Excelente idea! A las doce del día.
—_Coram populo_ —murmuró Sarmiento.
—¡Botijos! A las doce en punto.
—Y ahora —dijo Regato levantándose—, a prepararse. La cosa puede ser sencilla si el gobierno deja a la Milicia en la guardia de la cárcel. Pero si pone tropa...
—¡Si se atreve a poner tropa, entonces...!
—Que ponga tropa —gritó Pelumbres dando un puñetazo—, y se hará justicia a la tropa.
—Eso es, justicia a la tropa.
—Porque no es más que justicia.
—Esta noche hay otra vez asamblea, señores —dijo Regato con misterio—. Mucho cuidado con los caballeros comuneros de corbatín almidonado y palabrejas finas. Dirán, como esta noche, que estamos locos.
—¿Se guardará secreto?
—Hasta donde se pueda; pero hay que reclutar gente, mucha gente.
—¡A la _Fortaleza_, a la _Fortaleza_!
—En la _Fortaleza_ hay espías y traidores que todo se lo cuentan al gobierno.
—Si el gobierno lo sabe, mejor —vociferó Pelumbres—. ¿Qué apostamos a que voy a Palacio y se lo digo yo mesmo al rey?
Una carcajada general acogió estas palabras.
—Las cosas claras. Hacemos justicia. Yo lo digo a todo el que me quiera oír. ¡Muera Tamajón!
—¡Muera Tamajón! —repitieron todos menos Regato.
Este, con apagada voz y razones conciliatorias, quiso aplacar a sus amigos; pero estaban muy encariñados con la idea sugerida por el dos veces gato, para dejársela quitar. Hay que pensarlo mucho antes de arrojar la piltrafa a esta especie de carnívoros, porque una vez arrojada, el que pretenda quitársela se expone a recibir un mordisco o arañazo. Así lo comprendió el fundador de la Comunería. Cuando los individuos de su alto consejo salieron a la calle masticando el sangriento manjar que les había puesto en la boca, el cobarde Regato se asustó un poco; pero aún tenía seguridades de no ser sospechoso, y entre Pelumbres y don Bruno marchó resueltamente a la asamblea, que aún estaba abierta.
XXIII
Poco después de este suceso, las _Plazas fuertes_ y _Salas de armas_ encerraban un partido en ebullición. Pasada la media noche, la mayor parte de los comuneros sabían que estaba acordada para el día siguiente la muerte de Vinuesa. A la madrugada sabíanlo también los masones por su bien servido espionaje, y conmovido el _Grande Oriente_ ante la audaz amenaza, deliberó con calor y afán tan importante asunto. Lo que allí se dijo verase a continuación.
_Camarilla constitucional._ — Reuníase casi siempre en el Grande Oriente, con asistencia de muchos hombres que se tenían por lumbreras de otros que realmente lo eran, y de muchos que si carecían de orgullo o de mérito, cobraban buenos sueldos en las oficinas nacionales. En la masonería había, según los datos más verosímiles, cincuenta y dos diputados. De los ministros, la mitad por lo menos cargaban el mandil. Pocos eran entonces los hombres notables por su talento oratorio o por su pluma, que no doblasen la cerviz ante el misterio eleusiaco, y muchos que después han figurado en los partidos reaccionarios adoraron la _Acacia_. Tal fue el atractivo del Orden masónico, que aun se dice trataron con él clérigos no apóstatas y un general de franciscos que después fue arzobispo.[9] Para que nada faltase, los del _Arte-Real_ vieron en las logias a un infante, que recibió el nombre de _Dracón_, con la risible particularidad de que le llamaban _Bracón_. Un general muy célebre era designado _Bruto II_. Puede dudarse que el mismo Fernando VII _recibiese salario_ masónico; pero no que los nombres más ilustres y respetables del presente siglo, los nombres de Argüelles, Calatrava, Quintana, San Miguel, Flores Estrada, Galiano y otros figuraron en las listas de Maestros, siendo probable que todos ellos fueran _Sublimes perfectos_.
[9] Fr. Cirilo de Alameda desmintió de un modo enérgico la aseveración de Galiano.
La camarilla, en la hora que nos es permitido asistir a ella, estaba formada por seis individuos nada más, cuyos nombres, a excepción del de Campos, deben mantenerse en secreto. Si en el transcurso de la relación son conocidos, enhorabuena; pero no se culpe al novelador de haber manoseado nombres pertenecientes a personas de distinto valor, pero todas respetables, algunas de las cuales han respirado hasta hace poco... y quizás haya alguna que respire todavía.
Los de la camarilla reuníanse en la logia, pero familiarmente y sin ceremonia de rito, como clérigos en la sacristía. De los seis, cuatro eran diputados; y de estos, dos habían sido ministros, y uno lo fue en aquellos días. De los dos restantes, uno casi no era masón, hallándose en la categoría de _durmiente_, y el otro era Campos. Atención.
Tiene la palabra un joven de treinta y tres años, alto, elegante, fino, airoso. Sus modales y su vestido eran, como su estilo, la corrección misma. Su rostro morenísimo y su gran boca dábanle aspecto de fealdad; pero tenía la belleza de la expresión y un claro sello de hidalguía y caballerosidad que cautivaba. Sus ojos eran negros y vivísimos, llenos de esa luz particular que indica poderosa erección de la fantasía; sus cabellos alborotados y fuertes, algo parecidos a los de Chateaubriand, rodeaban una espaciosa y limpia y celeste frente, emblema del privilegiado artista. Era su voz grave y persuasiva, y si su estilo carecía de arrebato, tenía en cambio la serenidad más simpática y un acento que subyugaba oídos y corazones.
—Nosotros —dijo señalando a su amigo que junto a él se sentaba— estamos decididos a no asociar nuestro nombre a los errores que se están cometiendo. Amamos la libertad con delirio; pero aborrecemos los excesos del populacho y la ignominiosa licencia. Antes que empujar a la nación por este carril que la precipitará en el abismo, nos retiraremos de la política, perderemos toda influencia, perderemos nuestro propio prestigio, y entonces la vergüenza de haber contribuido a este desorden nos servirá de expiación. No se nos oculta que el absolutismo volverá y quizás pronto, si a tiempo no se pone mano en reparar el reino que se desquicia; y el absolutismo vendrá, porque las instituciones vigentes no ofrecen condiciones de vida saludable y duradera, porque carecen de fuerza para contener en límites razonables la iniciativa popular y son incapaces de fundar nada sólido. Que el gobierno, sabedor de la inicua amenaza de los exaltados, evite que se consume un horrendo delito; haga entender a esa gente que su destino y misión no es todavía ni será en mucho tiempo dirigir la cosa pública; establezca el imperio de la razón, de la calma, del buen sentido, y entonces variaremos de opinión. Mientras esto no suceda, la división será completa, y si hoy permanece oculta por nuestra prudencia, mañana transcenderá a las Cortes, y de las Cortes a todo el país.
—Y se formará el partido _anillero_ o de los _amigos de la Constitución_ —dijo un viejo alto y flaco, nervioso y lleno de vivacidad, que respondía entre masones al nombre de _Coriolano_, y era célebre por un folleto contra los absolutistas y varios escritos de Economía política—. Esta nueva escuela será funesta. Tendremos al fin tantos partidos como hombres, y no habrá un solo individuo que se resigne a pensar como los demás.
—_La Sociedad de los amigos de la Constitución_ —dijo el compañero del primer orador que junto a él se sentaba— responde a la necesidad imperiosa de establecer un término medio entre las antiguas leyes, que viven encarnadas en el país, y los principios liberales. ¿Por qué no hemos de decirlo? Yo, por lo menos, tengo mi ideal en la _Carta_ francesa, con las dos Cámaras y el voto absoluto.
Oyose un murmullo de desaprobación.
—Condenemos igualmente —dijo con gravedad el de los cabellos alborotados y la boca grande— toda clase de reuniones como esta, que o sirven para fomentar el jacobinismo y ofrecer un secreto peligroso a las intrigas y a las ambiciones, o no sirven para nada.
—Estamos disputando sobre si nos hemos de dividir más todavía, mientras una cuestión palpitante, fundada en una alarma falsa quizás, reclama nuestra atención. Este asunto no tiene espera. Nos está llamando, y nosotros le volvemos la espalda para discutir sobre si debemos ponernos un anillo en el dedo o un triangulillo en el ojal.
El que esto dijo era un hombre de más de cuarenta años, moreno como el anterior, de facciones bastas y gruesos labios. Fuerte y algo pesado era su cuerpo; carecía de soltura, gracia y flexibilidad; pero en cambio parecía poseedor de una gran energía. ¡Lástima que esta energía, circunscrita al entendimiento y al astro poético, no transcendiese a la voluntad!
Completaban su persona cabeza admirable, abultada y lobulosa; ojos grandes y hermosos; una frente a la cual no faltaba sino el laurel para ser olímpica; expresión grave, y tono sentencioso en la voz. Allí dentro le llamaban _Pelayo_.
—Es verdad, es verdad —dijeron los demás—. A la cuestión.
—Los comuneros han decidido sacrificar a don Matías Vinuesa —manifestó Campos, que parecía secretario de la Junta.
—Causa horror el ver que estas atrocidades se cometan; pero causa más horror aún que se anuncien —afirmó el que oímos al principio de la sesión.
—Yo no lo creo —dijo el poeta—. Los que se ocupan en propagar alarmas han escogido esta para el día de mañana. Reconozco que el pueblo está irritado...
—Con razón —manifestó _Coriolano_—. La sentencia del juez es capaz de sublevar al pueblo más generoso. ¿Por qué se vocifera tanto contra el populacho, cuando sus excesos no son más que el rechazo, digámoslo así, de las osadías de los absolutistas? No, no está el mal en la canalla, que es honrada y generosa; no morirá la libertad en manos del pueblo, sino en manos de los que quieren establecer una transacción imposible con el despotismo.
_Coriolano_, que se había expresado con energía, miró a los dos _anilleros_. Estos callaban, aunque uno de ellos era gran retórico.
—No disculpo ni disculparé a los exaltados que protestan contra la sentencia del juez —dijo _Pelayo_ con calor—; pero téngase presente que ha tiempo quedan impunes los mayores atentados y crímenes de los absolutistas. Dicen que Vinuesa es tonto: yo no lo creo. Su plan indica maquiavelismo, y por lo menos las intenciones de este clérigo han sido perversas. Ganar y corromper la tropa, sublevar al pueblo, sorprender a los principales diputados y a las primeras autoridades, sacrificarlas inmediatamente a la seguridad y a la venganza del partido conspirador y alzar sobre la sangre de aquellas víctimas el pendón de la tiranía y de la intolerancia: estos son los proyectos contenidos en los atroces papeles de Vinuesa. Convicto y aun confeso el miserable preso, no debe librarse de la suerte rigurosa a que se exponen siempre los que traman semejantes atentados contra la existencia de un gobierno establecido. El juez que ha despachado esta causa ha dicho públicamente que cualquiera de los cargos que obraban contra el reo era capital, y que, por consecuencia, era imposible salvarle. ¿A qué este cambio tan repentino? ¿Por qué, con tales antecedentes, Vinuesa no ha sido condenado más que a diez años de presidio? Semejante condescendencia ha llamado justamente la atención pública. Hasta se asegura que la Audiencia, en vez de agravar la pena, la suavizará más. Dícese que han mediado presentes a los cuales la integridad del juez ha resistido con nobleza y con honor; pero que después han intervenido ciertos recados imperiosos de Palacio, a cuyas fulminantes amenazas no ha podido sustraerse el magistrado, haciéndole blandear desgraciadamente en su fallo.[10]
[10] Este párrafo no es del narrador: es de las _Cartas a Lord Holland_.
—Siempre han de achacarse todos los yerros a la incorregible _mano oculta_ —dijo con desabrimiento el retórico.
—¡Siempre se han de achacar al populacho! —exclamó colérico el que respondía al nombre de _Coriolano_—. La plebe es causa de todo. La corte y el rey no hacen más que rezar. Con tan admirable sistema de crítica, resulta infaliblemente que la Constitución es detestable, y que debe convertirse en Carta.
—El populacho y la corte —afirmó el retórico— son igualmente culpables. Pero si se encomienda al primero el castigo de la última, esta vencerá.
—Eso es lo que no sabemos —repuso con inquietud y cierta excitación el economista—. Por de pronto tenemos que, según lo que acaba de decir nuestro discreto amigo, la irritación del pueblo contra Vinuesa y contra el juez Arias, está justificada.
—Braman de cólera los genios impacientes —sostuvo _Pelayo_— al contemplar semejante impunidad, y hasta los más templados prevén y lloran las tristes consecuencias que necesariamente ha de producir... Pero no puedo creer que un partido popular haya acordado fría y villanamente el sacrificio del reo. Tanta bajeza es inverosímil.
—Es cierta —dijo Campos, que hasta entonces, reconociendo su inferioridad, había permanecido mudo—. La asamblea comunera es un volcán que vomita sangre.
—¿Pero no queda duda de que han acordado eso?
—No queda duda. Lo sé por los espías que tengo allí.
—Si el gobierno se hace cómplice de iniquidad tan grande —dijo con honrada convicción el de los alborotados cabellos—, merece la execración del género humano.
Uno que hasta entonces no había pronunciado palabra, adelantó su cuerpo hacia la mesa, tirando de la silla, y habló de este modo:
—No puedo callar después de lo que he oído. Se quiere que el ministerio lo haga todo, y nadie le ayuda, nadie, señores, cuando tiene que defenderse contra la oposición de moderados y exaltados, y contra las conspiraciones de absolutistas y comuneros, que se dan la mano para trastornar al país. Pero el gobierno no merecerá la execración del género humano. ¿Acaso es él quien ha alentado las conspiraciones de los serviles? Si ha habido cohecho en el asunto de la causa de Vinuesa, la venalidad estaba consumada antes del 4 de marzo en que entramos nosotros. No podemos mudar jueces todos los días.
—No se trata de mudar jueces; se trata de impedir que una gavilla de asesinos deshonre la revolución.
—¡Patrañas! Señores, es preciso acostumbrarse a no ver asesinos en todas partes.
El que esto decía era un hombre casi anciano, masón, bastante listo y de mucha práctica en los negocios administrativos. ¿Por qué ocultar su nombre, que por sí se vela bastante con su propia oscuridad? Era don Mateo Valdemoro, ministro de la Gobernación. En la hora de la madrugada en que le vemos, quedábale solo un día de poltrona.
—Yo creo que hay por lo menos exageración —dijo _Pelayo_.
—Aunque sea exageración, deben tomarse precauciones —indicó Campos.
—Pero, señores, es ridículo que por una alarma necia, llenemos las calles de artillería —indicó el ministro, creyendo que expresaba una idea feliz—. Parecería una provocación, y lo que no es más que una alarma insignificante, podría trocarse en formidable motín. Nada me mortifica tanto como la idea, muy generalizada, de que el gobierno simpatiza con Vinuesa, con el _Abuelo_ y con los demás absolutistas presos.
—¿Entonces el plan del gobierno es cruzarse de brazos y dejar hacer? —preguntó con severidad el literato.
—El gobierno castigará los desmanes.
—¿Qué desmanes?
—Los que se cometan; pero no hará alarde de despotismo, no provocará al pueblo.
—Porque le tiene miedo.
—No es miedo, sino prudencia. Nada más natural y lógico que la excitación que existe contra Vinuesa. Si acuchillamos al pueblo, porque no simpatiza con los absolutistas, pasaremos por servirles, y nuestro lema es Constitución.
—Yo sigo creyendo que no habrá nada —dijo _Pelayo_, el cual, en su gran talento, tenía la más patriarcal buena fe—. Repito que el pueblo es bueno.
—Si no le instigaran los tunantes...
—Es más —añadió el ministro—. Si acuchillamos al pueblo, daremos un gustazo a la corte, Vinuesa estará libre dentro de dos meses, y las cárceles llenas de liberales.
—Pues ahorquen ustedes a Vinuesa —dijo con la mayor viveza el retórico—. Esto sería lógico. Lo absurdo es absolverle y permitir las horribles venganzas del populacho.
—Siempre el populacho... es decir, el gato —indicó _Coriolano_.
—Si ahorcamos a Vinuesa, exacerbaremos a los serviles y a la corte —dijo el ministro en tono de perspicacia—. Prudencia por un lado y por otro, es lo que conviene. ¿No es el sistema de ustedes contemporizar con todos?
El de los erizados pelos, es decir, el retórico o el literato, a quien esta pregunta se dirigía, estuvo un momento sin saber qué contestar.
—Sí; contemporizar —repuso al fin—, establecer un equilibrio perfecto dando la mano a unos y a otros; pero no a los infames, no a los asesinos.
—Estamos juzgando un suceso que no ha pasado todavía ni pasará probablemente —dijo _Pelayo_—. ¿A qué hablar de asesinos? Yo defiendo y defenderé siempre al pueblo. Si alguna vez asesina, hácelo con el puñal que le entregan los de arriba.
—Sea de oro, sea de hierro, lo que importa es que no haya puñal —objetó el retórico—. En una palabra, señores, estamos reunidos para acordar si se debe impulsar al gobierno a tomar una medida enérgica.
—¡Una provocación!... Yo opino como el ministro —manifestó _Pelayo_—. El pueblo es bueno, es generoso; pero no debe ser provocado.
—Pues preparémonos a que sea nuestro dueño —dijo el que había demostrado más seso—. Señores —añadió levantándose—, mi compañero y yo nos retiramos para no volver más aquí.
El viejo economista tiró al retórico de los faldones de su levita, diciéndole con buen humor:
—Señor cartista, no nos deje usted tan despiadadamente. Somos amigos y zanjaremos nuestras diferencias de familia. Discutamos.
—Me parece que se ha discutido bastante. ¿No ha llegado aún la ocasión de hacer algo?
Aquel hombre que tan bien se expresaba, demostrando tener en su espíritu el instinto de la eficacia política, era de voluntad flaca, como los demás. La sensatez de sus ideas hallábase circunscrita a la serena esfera de las aptitudes literarias, y al expresarse con tanta cordura, hablaba su talento, no esa facultad prodigiosa en que se confunden perspicacia y acción, conformando al hombre político. La misma perplejidad que tanto combatía le contaminó cuando fue ministro. Amaba la _Carta_, pero cuando pudo ocuparse de ella con éxito, pensaba demasiado en la de Horacio a los Pisones.
—Todo puede arreglarse —dijo Pelayo—. Por sí o por no, y aunque hay en esto mucho de ponderación, creo que se debe quitar la guardia de milicianos que está en la cárcel de la Corona, y reemplazarla con tropa de línea.
—Eso me parece una necesidad imperiosa —añadió Campos, atreviéndose, contra su costumbre, a algo más que callar y tomar lo que le dieran.