Part 12
»Por consiguiente —prosiguió, satisfecho del éxito de su exordio—, esperemos, llenos de patriotismo, y no hablemos por ahora de republicanismo. El partido es un partido que debe estar preparado para empuñar el timón de la nave del Estado si se le llama con este fin. (_Muestras de regocijo._) Y se le llamará, ciudadanos caballeros, pues ¿quién lo duda? El segundo gobierno constitucional sigue la misma desatentada senda que el primero. El país está lo mismo hoy que ayer. El pueblo soporta las mismas cadenas; los tiranos no han cambiado, los mandarines siguen, los peligros crecen. El gobierno cree que va a durar mucho, ¿pues no lo ha de creer? Pero yo quiero ver cómo se las compone con las tramas de la Junta Apostólica en Galicia, con los guardias destituidos, con los obispos rebeldes, con la conspiración de Vinuesa, con la del Abuelo, con los tumultos de Zamora, con el motín de Alcoy, donde han sido destrozadas todas las máquinas, con el robo de la valija de Aragón, con los sucesos de Valladolid... Me parece que les cayó quehacer, ¿eh? (_Risas._) Yo pregunto: ¿cuál es el medio de que se acaben los trastornos? Establecer la libertad en toda su integridad. Esto es axiomático. Que los absolutistas vean una mano terrible dispuesta a caerles encima en cuanto chisten, y entonces se meterán bajo una silla. Y no me hablen a mí de conspiraciones demagógicas y republicanas. Aquí no hay nada de eso, y si lo hay es amaño de los constitucionales masones para desacreditar a nuestro partido. Ellos tienen el lema de _dar palos y gritar “que nos pegan”_, lo cual ya no hace efecto porque se va descubriendo la picardía. (_Carcajadas y bravos._)
»Seamos prudentes, seamos cuerdos. Sigamos defendiendo nuestros sacrosantos principios... hoy más libertad que ayer y mañana más que hoy... No nos arredremos, no volvamos la cara atrás. Adelante, siempre adelante. Pero vayamos con pie seguro. A su tiempo se enseñarán los dientes. Pues, ¡qué!, ¿creen que si logramos empuñar el timón de la nave del estado (esta figura de la _nave_ era la única que se había asimilado en su carrera parlamentaria el orador comunero), estaremos mano sobre mano, sin hacer nada, como el gobierno de la _coletilla_? Y ahora viene el repetir lo que ya se dijo en 1811:
¡Mirad qué gobernación! ¡Ser gobernados los buenos por los que tales no son!
»No, señores, es preciso que no se pueda decir de nosotros lo que de estos mandarines chinos. No seguirá el tole-tole de oprimir al patriota y ensalzar al que no lo es. Se encomendarán los destinos de la nación a los comprometidos por el sistema, no a los que no lo están. Se harán castigos ejemplares, se volverá todo del revés para que los pillos bajen y los patriotas suban. (_Muy bien._) No se dará el caso de que de los veinte millones de españoles, suden y trabajen los dieciocho, y apenas puedan llevar a la boca un pedazo de pan moreno, para que los otros dos millones se abaniquen y vivan rodeados de placeres. Entonces se permitirá que eso que llaman los infames _populacho_, se reúna donde le dé la gana, y grite y diga todos los defectos del ministerio. La suspirada libertad será un hecho y no llevarán _albarda_ más que los que quieran llevarla.[6] (_Grandes aplausos._)
[6] Casi todos los párrafos de este discurso son auténticos.
»En suma, señores, el partido declara por mi conducto que no quiere ser _vasayo_; que planteará el sistema en toda su pureza. Si para esto es preciso la violencia, venga la violencia. Si es preciso la guerra civil, venga la guerra. La Providencia salvará al partido. No olvidéis, señores, que _el Criador del Universo bendijo también los esfuerzos que hicieron Matatías y sus hijos para evadirse de la justa dominación del impío Antioco Epifáneo_. Entre tanto desechemos la idea de República. La Constitución establece la monarquía y nosotros respetamos al rey constitucional. No se diga que el partido ha sido el primero en alterar la augusta ley. Dejémosles que ellos se caigan solos; y si nos hicieren ascos y no quisieren nuestra ayuda para mantenerse derechos, ¿me entiende usted?, si prefieren apoyarse en la Santa Alianza y en sus diplomáticos, enviados, farsantes, zascandiles, espías y soplones, en los que fueron pajes de escoba del rey Pepillo, en los serviles españoles de todas clases y ropajes, con bandas, cruces y calvarios, en los de mitra, bonete e hisopo, en los seráficos, angélicos, en los tostadores y sus familiares, plumistas, guardas, alfileres, corchetes y agarrantes, en los que dicen _el rey mi amo_... entonces nos retiraremos, dejándoles que vayan a donde quieran, pues como dicen en mi tierra, _cuanto más se desvía el borrego, mayor topetazo pega_.»
Atronadoras exclamaciones de entusiasmo acogieron la frase final del discurso de Romero Alpuente, orador que, como se ha visto, no ha dejado de tener herederos en la política española.
Una voz que parecía cien voces, gritó:
—¡Viva Riego!
Contestó un alarido, y desde entonces el _importantísimo debate_ se convirtió en un importantísimo aquelarre. Romero Alpuente se fue, y en su lugar el señor Regato se dispuso a presidir (no hay otro verbo que pueda emplearse propiamente) el resto de lo que es forzoso llamar sesión.
Un orador pidió que se hiciesen manifestaciones contra la Santa Alianza en la persona de sus plenipotenciarios, idea que fue acogida con satisfactorio y general asentimiento por la asamblea, y procediose al nombramiento de una comisión que se encargase de rociar con peladillas los cristales de las casas donde vivían los embajadores de Austria y Rusia. No se había calmado la efervescencia causada por este suceso cuando un joven de buen porte, tan correcto de traje como de estilo y hasta afeminado, pronunció un discurso de energúmeno sobre el plan de Vinuesa y el escarmiento que debía hacerse en la persona de aquel malvado _aborto del infierno, compendio de todos los crímenes_.
Aseguró también que Vinuesa estaba conspirando dentro de la cárcel, y que si no se ponía remedio en ello, imaginaría un nuevo plan absolutista para matar la libertad. Acusó al infante don Carlos de complicidad con el cura de Tamajón, y afirmó que todo porrazo dado a Vinuesa sería porrazo dado a la corte. Aumentando en fogosidad a cada instante, llegó a sostener que el gobierno se estaba _portando traidoramente_ en este negocio, y que a él (al orador) le constaba que había intenciones de absolver al de Tamajón y aun darle una mitra, si era menester. Aseguró que el pueblo no debía consentir tal iniquidad, porque si la consentía no era digno de la fama que había adquirido en Portugal, Nápoles y el Piamonte, países que nos habían tomado por modelo, estableciendo la libertad al mágico grito de «¡_Vivan los discípulos de España_!»
Al discurso del joven, contestó otro mozalbete de muy distinta figura, educación y modales (pues en aquella asamblea había locos de todas clases), diciendo que la culpa de todo la tenían los masones, que dando a la nación el nombre de populacho y haciendo el bu con la anarquía, estaban poniendo las cosas como en los tiempos ominosos. Hizo reír al auditorio, afirmando que bien pronto se prohibiría _con pena de pecado mortal_ pronunciar el nombre de Riego; pero que él (el orador) estaba resuelto a exhalar el último suspiro diciendo ¡_Viva Riego_!, en atención a que Riego _había enjugado el llanto del pueblo español_. Esta figura, tan original como patética, produjo gran entusiasmo, con el cual, excitándose el espíritu del orador, dijo que él sabía el modo de resolver el asunto de Vinuesa; que el pueblo, como soberano que era, podía hacer su real gana, porque el gobierno recibía dinero de la Santa Alianza para ir arreglando la cama al despotismo, y esto no se debía consentir.
Mezclando berzas con capachos, aseguró que él había entrado en la prisión de Vinuesa y le había visto escribiendo planes y más planes; que corría mucho dinero absolutista para sacarle de la prisión y ponerle al frente de un gobierno despótico, y que el orador y Pelumbres, al salir una mañana de la taberna, habían oído una conversación sospechosa entre dos clérigos, de la cual dedujeron que Vinuesa se comunicaba constantemente con sus cómplices. Concluyó diciendo que él (el orador) no se pararía en barras, y que si los conspiradores vieran media docena de cabezas clavadas en otras tantas pértigas junto a la Mariblanca de la Puerta del Sol, doblarían la _cerviz_ (única palabra pedantesca que se permitió el orador en su largo discurso) ante el pueblo _re-soberano_.
Después de este joven plebeyo, otro joven decente habló de los que _clavaban constantemente el puñal en las entrañas de la madre patria_, y anunció su resolución de ocupar el primer puesto el día del peligro, sacrificando su existencia al triunfo de la libertad. Puso cual no digan dueñas a los masones, acusándoles de afrancesados e impostores, pues muchos, dijo, profanaban el nombre de Riego, tomándole en sus _asquerosas bocas_, siendo así que para pronunciar palabra tan angélica, _debían enjuagarse un mes antes con miel rosada_. Afirmó que Calatrava era un bajo adulador, Feliú un traidorzuelo, Martínez de la Rosa un mandria, Cano Manuel un bobo, Toreno un pedante, Argüelles un embustero. Después de mucho divagar, propuso a la asamblea que se diese un voto de gracias a don José Manuel Regato por lo bien que había conducido los diversos asuntos de la Comunería desde su origen. Regato estuvo a punto de llorar de emoción, y para demostrar de un modo incompleto su agradecimiento, convidó a cenar a varios de los más granaditos. La sesión terminó alegremente entre las alegres endechas del himno, que sonaban bajo las bóvedas de la fortaleza:
Es en vano calumnie la envidia al caudillo que adora el ibero; hasta el borde del hondo sepulcro nuestro grito será: ¡viva Riego!
El lector no será español si no recuerda al punto la música.
XX
En lo restante de la noche oíase por aquellos barrios el aullido de la Orden de Padilla, suelta por las calles. El himno, el _lairón_, cántico que por aquellos días había sustituido al feroz _trágala_, sonaba de calle en calle, como el ronquido de vinoso trasnochador. Íbanse perdiendo en el silencio de la noche, a medida que los grupos desaparecían, entrando en las tabernas, botillerías y cafés patrióticos. En uno de estos se vio que a deshora penetraba el señor Regato, acompañado de Pelambres, Pujitos, dos de los jóvenes que pronunciaron discursos aquella noche, Salvador Monsalud y otros. Cenaron alegremente, sin dejar de la boca los negocios políticos, y sus proyectos eran atrevidos y grandiosos como concepciones del genio. No pagó Regato todo el gasto, sino que ofreció dinero a los más necesitados, los cuales no tuvieron escrúpulo en tomarlo patrióticamente, por aquello de que tripas llevan pies, que no pies tripas.
Si Salvador Monsalud no se separara antes de tiempo de tan escogida sociedad, pretextando una enfermedad que no tenía, hubiera visto que el señor Regato, hombre opulentísimo aunque nadie le conocía rentas, ni sueldo, ni industria, recompensó largamente a todos, dándoles lo necesario para la existencia y sostén de sus respectivas familias. Cuando esto pasaba, habíanse retirado también los dos oradores con el gran Pujitos, y solo quedaban en compañía del generoso comunero, Pelumbres, don Bruno, _Chaleco_, y otros padres de la patria, de cuyas hazañas no puede tenerse idea sino presenciándolas, como las presenciará el lector en lo restante de este libro.
Cerca del día fue Salvador Monsalud a su casa. Su cabeza era un volcán. Los discursos que había oído, las caras de los oradores, la fisonomía astuta de Regato, la candidez estúpida de otros, el ramplón jacobinismo de Romero Alpuente, hervían dentro de ella. Trató de dormir; pero la asamblea, sin apartarse de sus excitados sentidos, continuaba zumbando y gesticulando con sus cien voces roncas y sus doscientas manos amenazadoras. Al punto comprendió que era producto infame de candidez y de perversidad, gárrula bastardía del entendimiento, explotada por una diplomacia diabólica. Comprendió que se había metido entre hombres, la mitad tontos, la mitad feroces, que marchaban juntos a un fin claro, con alianza parecida a la del asno y el lobo en más de una fábula. Del esfuerzo que necesitaba hacer su espíritu para descender al trato con tales gentes no hay que hablar, porque se comprenderá fácilmente.
Avanzado había la mañana, sin que el novel hijo de Padilla hubiera podido conciliar el sueño, cuando entró Campos lleno de zozobra y agitación.
—Esto ya pasa de broma —le dijo—. La niña no parece. Hemos ido al Retiro, y no está en el sitio que me indicaste. Valiente bromazo nos está dando la tonta... ¡Por los clavos de Cristo!, si casualmente no se hallara Falfán de los Godos fuera de Madrid, no sé como podríamos ocultarle que su novia se ha escapado de mi casa anteayer, y a estas horas no sabemos donde está.
—En la carta que enseñé a usted me decía que no volvería a su casa.
—Temo cualquiera necedad... Salvador, estoy muy inquieto —dijo Campos perdiendo aquella serenidad que indicaba en él un gran contento de la vida—. Sin duda esa loca está vagando por Madrid, y te busca de casa en casa, de café en café, como una perdida. ¡Qué deshonra!
—Creo lo mismo. Pero esto tiene que concluir.
—¿Estuvo ayer aquí?
—Dos o tres veces. Como no me ha encontrado en ninguna parte presumo que volverá. Si vuelve, señor Campos, ofrezco remitírsela a usted sin pérdida de tiempo.
—Es que debes hacerlo —dijo Cicerón con energía—. Es que si no lo haces, faltas a la solemne palabra que me diste, y entonces, amiguito, no hay nada de lo dicho. Ya tengo en mi casa tu nombramiento para la cárcel de la Corona; pero como yo no recoja hoy mismo esa oveja descarriada, creeré que me estás engañando, creeré que estás de acuerdo con ella, que la escondes en alguna parte, y...
El plácido semblante de Campos se enrojeció todo por la congestión que determinaba la ira.
—Mi determinación es irrevocable —contestó el joven—. Supongo..., casi estoy seguro de que volverá hoy. Avisaré a Lucas para que la deje subir.
—¿Convendrá traer acá dos individuos de la policía y un coche, que debe esperar en la calle de Bordadores? Conozco a Andrea y sé que no cederá por buenas.
—Nada de eso me corresponde a mí. Usted puede emplear los medios que quiera para llevársela. Yo no tengo que hacer sino poner fin a sus correrías y convencerla de que por más que me busque, no me encontrará en ninguna parte.
—Te comprendo —dijo Campos con viveza y señales de contento—. Tomaré mis medidas. No me moveré en todo el día de la tienda de Requejo. Sarmiento y yo nos pondremos de acuerdo para que, si la oveja viene a este aprisco, no se nos escape.
Después de este diálogo, que se prolongó un poco más, aunque sin ofrecer en el resto de él nada digno de contarse, Campos se retiró. Monsalud, contra su costumbre, hizo propósito de permanecer en su casa todo el día. Sin hacer nada en ella, tenía la inquietud y la movilidad exaltada de quien trae entre manos una ocupación grave. Iba y venía de una pieza a otra; hacía a su madre y a su hermana preguntas que ninguna de ellas entendía; se asomaba al balcón; hacía subir a don Patricio para darle órdenes; censuraba a veces que la casa no estuviese mejor dispuesta, y reprendía luego a las dos mujeres porque se agitaban arreglando las habitaciones.
Cerca del medio día se retiró a su cuarto. Solita entró en él. Llevaba un pañuelo atado alrededor de la cabeza para resguardarse del sutil polvo que zorros y escobas levantaban, y cubría su cuerpo con una falda bastante antigua, pieza de desecho cuyas funciones se concretaban a los días de limpieza. La figura de la joven no era con tal atavío un modelo de elegancia.
—Hermana, estás que no se te puede mirar —dijo Salvador observándola con cierta pena—. Es preciso que te pongas guapa.
—¿Yo?... ¿Cuándo? —repuso la joven con la mayor turbación—. ¿Y a qué vienen ahora esas guapezas?
—Me gustaría verte hoy arregladita y linda, como tú sabes ponerte cuando quieres. No es esto decir que me disguste verte así. Acá para entre los dos, siempre estás bien; pero...
—¿Vamos a algún baile? —preguntó Sola con malicia.
—No vamos a ningún baile —dijo Salvador con la torpeza que acompaña a las ideas de difícil explicación—; pero quisiera verte hoy como realmente eres; quisiera que cuantos entraran aquí te admirasen y reconocieran en ti...
—Bien te burlas de mí —dijo Solita llena de rubor—. Yo siempre estaré mal.
—¡Oh!, te equivocas —manifestó Salvador con un tono que antes era de benevolencia que de convicción—. Vamos, ¿también querrás sostener que no eres guapa? Más de cuatro quisieran...
—No sé por qué me dices esas tonterías.
—Mira, hermana, te agradeceré mucho que te pongas tu mejor vestido, que te arregles bien; pero muy bien.
—Ya sabes que estando mi padre en la cárcel no puedo ir a paseo ni al teatro.
—Si no pretendo llevarte a ninguna parte —dijo Salvador con impaciencia—. En fin, ¿te compones o no?
—Me compondré.
—Hazme ese gusto, hermana. Así no estás bien, y tú vales mucho. Yo quiero que se vea que tengo una hermana simpática, bonita... ¿me entiendes?
—Como si hablaras en griego.
—Pues vístete: ponte tu mejor vestido, ya sabes. Figúrate por un momento que soy tu novio. Vaya, ¿no tendrías interés en agradar a tu novio; no tendrías interés en que él te encontrara siempre linda?
—Si dijera que no, sería una melindrosa —respondió Soledad fingiendo que ponía en orden las sillas para que, vuelto el rostro, no se le conociera la emoción—. Pero como no eres mi novio ni lo serás...
—¿Te vistes, sí o no?
—Al momento, hombre, al momento.
Voló fuera del cuarto. Algún tiempo después regresaba vestida y ataviada con lo mejor que tenía.
—¡Oh, qué bien! —dijo Monsalud con sincera admiración—. Hermosa prenda se va a llevar ese bruto de Anatolio. Hermanita, estás preciosísima: te lo digo sinceramente.
El rostro de Soledad se encendió más, y viose en aquel puro cielo de modestia una chispa de vanidad que lo iluminó momentáneamente. Salvador no mentía, porque de muy distintas maneras está preciosa una mujer. En las incorrectas facciones de la hija del absolutista, en su descolorido semblante que a intervalos se inflamaba, en sus ojos, donde jugueteaba el alma, escondiéndose en la penumbra del pudor, o mostrándose en la claridad del cariño, había lo bastante para turbar la paz de cualquiera.
—Siéntate a mi lado —le dijo Salvador—; parece que estás asustada.
—¿Yo?... no.
—Dame acá esa mano. Tienes las manos más bonitas que he visto. ¿Por qué están tan frías y temblorosas?
—Es que las tuyas echan fuego y cuanto tocan lo encuentran helado.
—Ahora te has puesto como el papel... ¡qué palidez! Pues mira... así descoloridita es como estás mejor. En tu cara se ve tu alma bondadosa. Me consuela mucho verte a mi lado. Necesita uno personas así, que le compadezcan mucho, que le tengan lástima, que le mimen.
—Y por qué te he de compadecer, si tienes todo lo que deseas; si estás como nadie. Yo sí que soy digna de lástima.
—Pero tú tendrás a tu padre, y yo jamás, jamás recobraré lo que he perdido.
Ambos callaron, inclinando cada cual su cabeza cargada de pesos enormes.
—Me parece que siento ruido —dijo Solita vivamente—. Bueno será prevenir a Rosa, para que si llega esa mujer que ayer estuvo tres veces y que tanto te molesta, no la deje entrar.
—No; ya he advertido a Rosa que la deje pasar —dijo Salvador con turbación—. Quizás no venga más.
El ruido cesó; la casa continuaba en silencio.
—Me alegro de que mi madre haya salido hoy —indicó Salvador.
—Me parece que está ahí —repuso Solita poniendo atención—. Siento pasos en la escalera.
—No, no es mi madre —indicó Monsalud con ansiedad vivísima.
—Los pasos son precipitados... Se oye una voz de mujer... ¿Voy a ver?
—No; estate aquí, y no te muevas de mi lado.
Callaron los dos. Solita miró a su hermano como asombrada. Salvador clavaba sus ojos en la puerta, donde no había nada todavía; pero de antemano su alma, llena de ansiedad, observaba lo que había de venir.
Andrea apareció en la puerta. Estaba desfigurada por enfermiza palidez; sus ojos miraban todo con febril extravío, y el desmelenado cabello, así como el vestido en desorden, indicaban largas horas de insomnio, de lucha y de amargura.
Su primer movimiento fue un impulso poderoso hacia el hombre que buscaba y que había encontrado. Viose en su semblante la contracción que acompaña a un repentino desbordamiento de lágrimas. Pero dio tres pasos, y viendo que no estaba solo se detuvo. ¡Qué choque de ideas en aquella cabeza! El impulso, el tierno avance expansivo habían encontrado un obstáculo, un muro frío, y contra este la exaltada mujer se estrellaba palpitando y llena de congoja. Sus ojos atónitos, enrojecidos por el llanto, preguntaban sin pestañear: «¿Qué chiquilla es esta?»
Salvador se levantó. Estaba lívido.
—Tengo que hablarte —balbució Andrea, viendo que daba un paso hacia ella.
Después dirigió a Soledad miradas recelosas e impacientes, como diciendo: «¿Qué hace aquí esta mujer extraña? Que se vaya.»
—Es un error —dijo Salvador—. Usted no tiene nada que decirme, y se ha equivocado sin duda. Yo no sé quién es usted.
—¿No sabes quién soy?... Yo te lo diré —exclamó Andrea, cruzando las manos—. ¡Que se marche esa mujer!
Con imperioso gesto señaló la puerta.
Soledad, tan aterrada como curiosa, pero sumisa siempre, se levantó. Salvador le dijo severamente:
—Quédate.
—¡Conque, es decir...! —gritó Andrea con espantosa alteración de voz y de semblante.
—Que usted es quien no está en su sitio aquí y debe retirarse —respondió Monsalud—. Sin duda ha padecido una equivocación.
—¡Perverso!... ¿dices eso de veras?
Andrea, al pronunciar estas palabras, que salían de su pecho como bramidos, adelantó con los brazos abiertos hacia su amante. Los brazos tropezaron con dos manos de acero que los retorcieron, rechazando el hermoso cuerpo a que pertenecían.
—¡Oh, qué vil soy!... —gritó la indiana cayendo al suelo de rodillas—. ¡Rebajarme así!...
—¡Rebajarse así una marquesa!... —murmuró Salvador con sorda voz—. Señora, sentiré mucho que se ponga usted mala. ¿Quiere usted que mande traer un coche para llevarla a su casa?
Andrea se levantó de un salto. La mirada que arrojó a su amante, como una saeta furibunda, turbó tanto a Monsalud que este en breve rato no supo qué decir.
—Yo creí que eras un caballero —dijo la americana.
Se le conocía que estaba haciendo esfuerzos terribles para conservar una actitud digna. Los impulsos naturales la incitaban a gritar, a arrancarse el cabello, a coger entre las manos al hombre, como se coge un abanico, un juguete cualquiera, y destrozarle haciéndole pedazos pequeñitos.
Monsalud se dirigió hacia la puerta. Sus ojos y su gesto decían: «Váyase usted.»
—¡Pero si tú me oyeras...! —murmuró Andrea, pasando súbitamente de la ira a una aflicción profunda.
—No, no puedo oír a quien no conozco —repuso el hombre volviendo el rostro.
—¿No me conoce usted? —gritó Andrea con voz semejante a un rugido.
Diríase que se alzaba sobre las puntas de los pies. La mujer crecía. Sus brazos tiesos hacia atrás; sus puños cerrados; sus labios descoloridos, que temblaban; su fina nariz, que con nerviosas contracciones también expresaba la pasión desbordada; los músculos de su hermoso cuello, tirantes; sus ojos, que amenazaban entre llamaradas de despecho; el golpe violento de su pie en el suelo, como buscando apoyo para levantarse más... todos estos accidentes hubieran puesto miedo en el corazón más acostumbrado a tales embates.
—¿No me conoce usted? —repitió.
—No —repuso Monsalud.
—¿No me conoció usted?
—Tal vez, pero... ya no me acuerdo.
—Pues me conocerá usted —dijo Andrea con sofocada voz.
Dio algunos pasos fuera de la habitación; pero de súbito, con brusco movimiento se volvió y entró resueltamente. Detúvose; miró a Solita. Hubo un momento de esos en que se ve inminente e inevitable el peligro de un choque material, aun contando con la reconocida dignidad de las personas.