El Grande Oriente

Part 11

Chapter 113,891 wordsPublic domain

Su color distintivo era el morado, así como los masones adoptaron el verde. La asamblea general recibía el nombre de _Alcázar de la libertad_, y el recinto donde se reunía, llamado _Plaza de armas_, estaba adornado con embadurnados lienzos y telones, representando torreoncillos con banderolas, lanzas y las indispensables inscripciones patrioteras. El presidente llamaba a los socios la _guarnición_, y a los neófitos, _reclutas_. Abríanse y cerrábanse las sesiones con fórmulas que harían reír a la misma seriedad, siendo de notar principalmente el parrafillo con que se despedían después de discutir largamente sobre mil innobles temas sugeridos por el egoísmo, el hambre o la envidia: «Retirémonos, compañeros, a dar descanso a nuestro espíritu y a nuestros cuerpos, para restablecer las fuerzas y volver con nuevo vigor a la defensa de las libertades patrias.»

Poco después de las diez de la noche Salvador Monsalud, acompañado del señor Regato, penetró en el _Alcázar de la libertad_ de la calle de la Inquisición. Era el local grande y espacioso, consistente en una serie de salas abovedadas a las cuales se descendía por media docena de escalones. Pobres farolillos que aquí no cometían la fatuidad de llamarse _estrellas_ las alumbraban, y un sordo rumor de gente anunciaba desde el vestíbulo que la colmena se había llenado ya de zánganos.

—El ceremonial nos manda esperar aquí —dijo Regato a su recluta, deteniéndose en la primera sala—. Voy a llamar al Alcaide.

Durante el breve rato de espera, Monsalud tuvo que resignarse a oír las felicitaciones de don Patricio Sarmiento, que a la sazón entraba, y que atronó la estancia con sus gritos y encarecimientos por el feliz suceso de aquella iniciación. Todo su porvenir caballeresco comunero diera el joven por sacudírsele de encima; pero al fin sacole de tan mal paso el Alcaide, apareciendo con Regato, y en seguida vendaron los ojos del recluta, mandándole que marchase apoyado en el brazo del comunero proponente.

—¿Quién es? —preguntó una voz.

—Un ciudadano —respondió Regato con toda la seriedad posible— que se ha presentado en las obras exteriores con bandera de parlamento a fin de ser alistado.

La misma voz gritó:

—Echad el puente levadizo.

Oyó entonces el neófito un espantable ruido que en derredor suyo sonaba, con tal estrépito, que no parecía sino que todos los alcázares y torres de España caían en ruinas; mas no se turbó por esto su esforzado corazón, ni aun se le mudó la color del rostro, que para mayores trances tenía coraje y alientos el bravo recluta. Además, bien sabía él, como todos, que aquel rumor provenía de una plancha de hierro semejante a las que usan en los teatros para imitar los fragorosos ecos del trueno, y que el ruido de hierros y cadenas era producido por una sarta de cacharros que tras de la puerta agitaba bestial paleto, simulando de este modo con notoria perfección el acto de bajar el puente levadizo.

Quitáronle la venda; retiráronse Alcaide y proponente, y quedó solo con el centinela, que estaba enmascarado. Estaba en el _Cuerpo de guardia_, y allí, como en la _Cámara de meditaciones_, debía el candidato reflexionar sobre su situación y contestar por escrito a varias preguntas referentes a las obligaciones y derechos del comunero. Monsalud observó el local, de cuyas paredes pendían varias armaduras mohosas y algunas espadas mojadas en sangre de cabrito, que para tan terrorífico uso suministraba un día sí y otro no el conserje de la Sociedad. Leyó los letreros conteniendo sentencias vulgares de la religión del honor, y se dispuso a tomar asiento junto a la mesa donde debía extender sus respuestas.

El centinela, que había permanecido tieso y grave, desempeñando su imponente papel, soltó de repente la risa y dijo al neófito:

—¿También tenemos por aquí al señor Monsalud?

Monsalud miraba a su interlocutor y no veía más que una máscara horrible, una figura espantosa con casco empenachado de gallináceas plumas, y un babero a guisa de celada de encaje.

—¡Qué!, ¿no me conoce usted? Soy Pujitos —dijo el centinela quitándose la máscara.

—Cómo te había de conocer, vecino, si parecías un valiente. ¿También tú te diviertes con estas mojigangas?

—Vaya un modo de prepararse... ¡Llamar mojigangas a una cosa tan seria, que va a derribar el ministerio y a poner un gobierno republicano! Señor don Salvador, ¿usted viene aquí a burlarse? Le aviso que los que se han burlado de esto no lo han hecho dos veces. Conque escriba el papelito y me volveré a poner la careta. Acabe usted pronto, que me sofoco y este demonche de cartón huele muy mal.

—¿No te fatiga esta tarea? ¿No es mejor que descanses en tu casa toda la noche después de haber trabajado todo el día?

—¡Quia! Si ya no hago más zapatos —dijo el gran patriota con expresión de hombre perspicuo—. El señor Regato me ha prometido darme un destino en la Contaduría de Propios. Don Patricio me enseña a echar la firma, que es lo que necesito, y salga el sol por Antequera.

—Ya sabía que eres de los que vocean en los motines, patean en _La Cruz de Malta_, y apedrean el coche del rey. ¿A cómo pagan esto?

Pujitos se puso serio al oír tamaña injuria.

—Vamos —dijo—. Está visto que usted viene aquí a mofarse. Pero siempre seremos amigos, o mejor dicho, compañeros de armas. Escriba el papelito y despache pronto. Me pongo la careta porque el Alcaide va a venir.

—No hay prisa. Dime, Pujitos, ¿vienes aquí todas las noches?

—Todas, desde el primer día. Soy caballero fundador, y el día lo paso en las cosas de la Milicia. Soy teniente, ¡uf, usted no sabe el trabajo que da esto! A la parada, a pasar lista, a revisar los uniformes, a hacer ejercicio de tiro, a aprender los reglamentos, a echar unas copas con los oficiales para discutir lo que ha de hacerse el día siguiente... y luego guardias y más guardias.

—¿Haces guardias de noche?

—Pues no. Anoche me tocó en el Principal, y mañana me toca en la cárcel de la Corona.

—¡En la cárcel de la Corona... mañana! —dijo Monsalud con interés—. Ya sé... es donde están presos esos cleriguchos que han hecho planes horribles para quitar la libertad.

—Y algunos que no son clérigos. Pero esos tunantes morirán, o no hay justicia en España. Dicen que el gobierno quiere condenarles a presidio nada más: esto se llama protección, ¿no es verdad?

—¿Y me has dicho que eres teniente?

—Nada menos; y si no fuera por las intrigas que hay en el batallón...

—Yo también seré miliciano y me afiliaré en tu batallón, gran Pujos —dijo Monsalud riendo—. Se me figura que entre tú y yo hemos de hacer algo extraordinario.

—Me alegraría de ello.

—Nos veremos pronto, y hablaremos... quizás mañana... Pero el tiempo pasa y hay que contestar a estas endiabladas preguntas.

—Escriba usted... Me parece que vienen ya.

Salvador escribió sus respuestas, que fueron llevadas a la _Plaza de armas_ para que las examinara la guarnición. No tardaron el Alcaide y el proponente en conducirle, vendado otra vez, a la puerta del salón de sesiones, que estaba cerrada. Por dentro una voz gritó:

—¿Quién es?

«Esta voz áspera y hueca, como una campana rajada —dijo Monsalud para sí—, es la de Romero Alpuente.»

Entre tanto el Alcaide respondía:

—Soy el Alcaide de este castillo, que acompaño a un ciudadano que se ha presentado a las avanzadas pidiendo parlamento.

—Por Dios, amigo Monsalud —indicó en voz baja Regato—, no se ría usted, le suplico encarecidamente que sofoque toda manifestación de burlas. Usted no quiere creerme, y yo repito que esto es serio, pero muy serio.

Abrieron la puerta de la _Plaza de armas_, que más parecía bodega que plaza, con diversas series de asientos ocupados por los caballeros, y un estradillo donde estaba el presidente, teniendo detrás fementido torreón de lienzo embadurnado, y un harapo que llamaban estandarte de Padilla, y una urna donde _se debían colocar todas las cenizas de los comuneros que se pudieran haber_.

El presidente le preguntó su nombre, edad, pueblo natal, empleo, profesión; luego le habló de las obligaciones que contraía, y del valor y constancia que había de mostrar para desempeñarlas. Levantáronse en seguida los caballeros, y Monsalud vio que todos ellos tenían una banda morada en el pecho, y una como espada o asador en la mano.

—Ya estáis alistado —le dijo el presidente—. Vuestra vida depende del cumplimiento de las obligaciones que habéis contraído, y vais a jurar. Acercaos y poned la mano sobre este escudo de nuestro jefe Padilla, y con todo el ardor patrio de que seáis capaz, pronunciad conmigo el juramento que debe quedar grabado en vuestro corazón.

Hecho lo que al neófito se le mandara, empezó este la retahíla del juramento, que abrazaba diversos puntos, y que concluía con la consabida conterilla que tanto ha hecho reír a la generación siguiente:

«Juro que si algún cab. com. faltase en todo o en parte a estos juramentos, le mataré luego que la Confederación le declare traidor; y si faltase yo, me declaro yo mismo traidor y merecedor de ser muerto con infamia por disposición de la Confederación de cab. com.; y para que ni memoria quede de mí después de muerto, se me queme, y las cenizas se arrojen a los vientos.»

—Cubríos —le dijo el presidente— con el escudo de nuestro jefe Padilla.

Tomó entonces el joven un mohoso broquel que le presentaron, y cubierto pecho y cara con tal defensa, pusieron en él los demás comuneros la punta de sus espadas, mientras el presidente dijo entre otras majaderías:

—Si no lo cumplís, todas estas espadas no solo os abandonarán, sino que os quitarán el escudo para que quedéis al descubierto, y os harán pedazos en justa venganza de tan horrendo crimen.

Poseídos algunos caballeros, como gente candorosa, del papel que estaban desempeñando, hincaban con excesiva fuerza la punta de sus asadores o espadas en el escudo o sartén que resguardaba la cara y busto del joven. El señor Regato, temeroso de que por desmedido celo de los caballeros se agujerease el escudo y perdiera un ojo su ahijado, creyó necesario interrumpir por un momento la majestad del ceremonial, diciendo:

—Cuidado, señores, que es de hojalata.[3]

[3] Todavía vive un comunero que corrió igual peligro.

La farándula no había terminado aún, porque tras la ceremonia del escudo, el Alcaide calzó la espuela al caballero, dándole espada y banda, con lo cual, y con acompañarle a recorrer las filas para que fuera dando la mano uno por uno a todos los confederados, el novel comunero descansó a la postre de tantas fatigas.

XIX

Salvador observó la diversidad de fisonomías que presentaba en su innoble recinto la _Plaza de armas_, y halló entre sus compañeros de caballería muchas caras conocidas. Algunos, pocos, eran diputados en el Congreso; allí estaba también el célebre Mejía, que algunos meses después fundó _El Zurriago_. Aunque el elemento principal de la Sociedad era la juventud, había bastantes viejos, no todos tan inocentes como don Patricio Sarmiento. Milicianos nacionales los había por docenas; la gente de poca instrucción y de locos apetitos burocráticos imperaba, y en todos los incidentes de la sesión salía a la superficie un espumarajo de patriotería gárrula, que era la fermentación de aquel elemento. No habrían transcurrido veinte minutos después de la admisión del nuevo caballero comunero, cuando un hombre desenfrenado que se ocupaba del asunto puesto a discusión, pronunció estas palabras:

—Yo propongo a nuestra asamblea que cesen las contemplaciones con la corte y que se dé el grito de ¡_Viva la República_!

Alborotose la guarnición con tales palabras, que algunos calificaron de admirable ocurrencia, otros de desatino mayúsculo; y si bien el presidente trató de volver la discusión al terreno que marcaba el tema, no fue posible conseguirlo. Entonces el señor Regato, manifestando ruidosamente que deseaba exponer algunas ideas que agradarían a la reunión, usó de la palabra en estos términos:

—«Señores: lo que ha dicho nuestro ilustre y valerosísimo compañero de armas, el caballero X..., ha asombrado a muchos; pero a mí no me asombra, porque yo soy más liberal hoy que ayer, y mañana más que hoy, porque mi lema, señores, es adelante y siempre adelante. Estamos cansados de sufrir, estamos cansados de esperar. ¿Os aterra la palabra _república_? Pues yo digo que a mí no me ha causado nunca terror esa palabra, ni me aterra hoy. Perdamos el miedo y seremos fuertes. Amenacemos y nos temerán. Somos los más, somos lo más granado de la España liberal. La Europa nos contempla, el Piamonte nos imita, Nápoles nos copia, Portugal se llama nuestro _discípulo_. Señores, seamos dignos de la Europa liberal, y ante nosotros temblarán el trono y los masones.»

Después de dar las gracias por los aplausos y de limpiarse el sudor, el orador prosiguió así:

—«No creáis que la idea republicana es nueva en España. Padilla y Lanuza, nuestros maestros, fueron republicanos. Viniendo a los tiempos modernos, en la proclamación de los derechos del hombre hecha por Muñoz Torrero en las Cortes del año 10, veo yo también la idea republicana. Leed las obras de Mariana y de Sempere, y veréis que en ellas palpita la república. (_Gran estupor._) Ahora, señores, volved los ojos a todos los ámbitos de la hispana península —el orador, excitado por la admiración general, se cree en el caso de tener estilo—; volved los ojos por doquiera: ¿qué veis? (_Gran silencio: indicio cierto de que nadie veía nada._) Pues veréis allá en las Andalucías, allá en la populosa ciudad de Málaga, bañada por las ondas del Mediterráneo, a Lucas Francisco Mendialdúa que concibió el plan de establecer la República, como consta en la proclama que imprimió, encabezada con las mágicas palabras _República española_ y firmada por _Un tribunal del pueblo_. Como acontece a los grandes genios innovadores, como aconteció a Colón, Galileo, Savonarola, etc., etc... Mendialdúa fue preso.[4] Pero así como de la noche sale el claro día, de las cárceles sale la libertad. (_Atronadores aplausos._)

[4] En enero del 24.

»Volved ahora los ojos al llamado reino de Aragón, y veréis allí a nuestro insigne jefe, al valiente entre los valientes, al político entre los políticos, al altísimo Riego, que desempeña el cargo de capitán general en aquella extensa y rica provincia. ¿Creéis que no hace nada? Indigno sería esto de su perspicua mirada, que cual la del águila penetra en lo más alto del cielo. No creáis que nuestro jefe está mano sobre mano, no; nuestro jefe trabaja por la República. (_Asombro general e innumerables bocas abiertas._) En Zaragoza están a la sazón algunos beneméritos patriotas franceses, cuyos nombres no pronunciaré.[5] Esos patriotas, pertenecientes a la gran Confederación francesa, están de acuerdo con nuestro jefe; no lo dudéis, están de acuerdo. Unidos todos, discurren cuál será el mejor medio de ponernos la República en España... ¡Guay de nosotros si no les ayudamos!... ¡Guay de nosotros si nos dormimos mientras ellos velan!... ¡Guay, guay!... Lo que puedo aseguraros es que si no nos ven dispuestos y valientes, irán con su proyectillo a Francia. Aquel país no se anda con chiquitas ni repara en niñerías. Estad seguros de que si nuestro jefe se presenta en el Pirineo enarbolando la bandera tricolor y gritando: ¡_Viva la República_!, todo el ejército francés se le unirá en seguida, y llegará a París en triunfal paseo, como Napoleón cuando volvió de la isla de Elba. (_Los comuneros acogen esta bola con grande algazara, señal cierta de que se la han tragado._)

[5] Llamábanse Uxón y Cugnet de Montarlot.

»Ahora volved los ojos a Galicia, donde está el general Mina; volvedlos luego a Barcelona, donde está el gran patriota Jorge Bessieres y veréis que estos campeones de la libertad tampoco están mano sobre mano. ¿Seremos menos aquí? ¿Nos espantaremos de la libertad? No, señores. Adelante, siempre adelante. ¡Viva la libertad! Yo, el más humilde de esta asamblea; yo, que he venido aquí porque me repugnaban los infames manejos de los de allá; yo, que estoy pronto a derramar hasta la última gota de mi sangre, hasta la última, señores, por el triunfo de la causa; yo, que jamás recibí destino de los tibios ni lo solicité; yo, que soy hombre puro, si hay hombres puros en España, os propongo con el corazón henchido de patriotismo que aceptéis desde luego la idea republicana, como ha propuesto mi esclarecido amigo el ciudadano X...»

Varios oradores pidieron la palabra. Después de una breve disputa sobre quién había de usarla, don Patricio Sarmiento se levantó y habló de este modo:

—Después del elocuentísimo discurso del fénix de los ingenios comuneros, don José Manuel Regato, ¿qué puedo decir yo, que soy un triste maestro de escuela, un oscuro preceptor de la tierna juventud? Pero si de algo sirven los consejos de un viejo que se ha quemado las cejas estudiando la historia del pueblo romano, quiero alzar esta noche mi humilde voz en este augusto recinto para enseñaros lo que no sabéis. Vuelvo los ojos en torno mío y veo zapateros, sastres, talabarteros, comerciantes, taberneros, colchoneros y otros artífices, gente toda muy honrada, muy patriota, muy digna, pero que no está versada en la historia romana. (_Rumores de disgusto._) No trato de ofender a nadie: afirmo un hecho y nada más, y como yo creo que para tratar ciertos asuntos, es necesario haberse quemado las cejas... (_Interrupciones donosas_), haberse quemado las cejas, como me las he quemado yo, de aquí infiero... Esas interrupciones y cuchicheos no hacen mella en mi ruda entereza, no señor; (_El orador se amostaza_) y así digo como el gran Temístocles: «pega, pero escucha.» ¿De qué se trata? De adoptar la idea republicana. Bien, yo pregunto a la docta asamblea: ¿Cuándo se estableció la República en Roma? Y la docta asamblea me contestará que el año 509 antes de Jesucristo. Muy bien contestado. ¿Y cuándo concluyó la República de Roma? El año 29. Total de tiempo en que existió la forma republicana: 480 años. Está muy bien. (_Más fuertes rumores._) Ahora pregunto: ¿cuáles fueron las causas que determinaron a los romanos a cambiar de forma de gobierno?

Los rumores se trocaban en tumulto y una voz gritó:

—¡Que se calle ese pedante!

—¡Que se vaya a la escuela!

—Al indocto grosero que de este modo me interrumpe —gritó don Patricio agitando los brazos y poniéndose muy encendido—, le contestaré que él es quien debe ir a la escuela a aprender lo que ignora.

—¡Aquí no se quieren estafermos! —aulló una voz, de la cual no se tendrá idea sino considerando de qué modo puede hablar el aguardiente.

—Señores —dijo el presidente con aquel formulismo parlamentario que algunos hombres quieren llevar a donde quiera que se oiga el sonsonete de un discurso—, no demos a España y a Europa el triste espectáculo de una discordia entre individuos de esta nobilísima asamblea. No se diga que andamos a la greña como los masones, a quienes yo aplico aquello de _riñen los pastores y se descubren los hurtos_. (_Prolongadas risas._)

—¡Que se calle don Patricio!

—¡Que se calle Pelumbres!

—Pues a mí no me da la gana de callarme... ¡a ver! —exclamó una voz que salía del formidable pecho de un hombre tiznado, fiero, corpulento, que parecía personificación de una fragua—. Y si a mi no me da la gana de callarme, a ver quién es el guapo que me cierra el pico... ¡A ver!

Diciendo esto, se levantaba el señor Pelumbres entre la multitud apiñada en los bancos. Su figura, así como su voz, pondrían miedo en toda asamblea que no fuera la de los Comuneros.

—Ciudadano Pelumbres —dijo el presidente—, ¿qué dirá la Europa si no guardamos la compostura propia de hombres de gobierno?... ¿Qué dirá?

—Eso es, ¿qué dirá? —repitieron don Patricio y los que deseaban que hablase.

—Es preciso tener moderación —continuó el presidente—. Puesto que el ciudadano Sarmiento estaba en el uso de la palabra, continúe su erudito discurso, que tiempo tiene de hablar el ciudadano Pelumbres. Yo le concederé la palabra, esperando en tanto de su finura y buen sentido que no interrumpa al orador en este importantísimo debate.

Ya entonces empezaba a ser costumbre el llamar _importantísimo debate_ a cualquier inútil disputa suscitada por la envidia o la vanidad.

—Señor presidente —gruñó Pelumbres, tambaleándose como un yunque sin equilibrio—, lo que digo es que el ciudadano Sarmiento es un animal... y a mí no me soba nadie.

Cayó en el asiento como quien se echa a dormir.

—Señor presidente —dijo con trémula voz Sarmiento—. La asamblea conoce bien mi carácter y mis servicios... no necesito responder a los cargos que me ha dirigido el ciudadano Pelumbres, porque la asamblea sabe muy bien que yo...

—Sí, sí —gruñó la asamblea.

Estaba el buen Sarmiento en pie, con el cuerpo doblado por la cintura, recogiéndose a un lado y otro los faldones de la levita, como quien se va a sentar y no se sienta.

—Agradezco las manifestaciones de simpatía de este ilustre areópago —dijo el orador—, y me parece que no debo molestar más al ilustre areópago, y que los injustos cargos que el ciudadano Pelumbres me ha dirigido, no deben contestarse sino con un magnánimo silencio.

—Bien, muy bien.

—Por lo cual me siento, dejando a nuestro esclarecido presidente la alta honra de continuar este _importantísimo debate_, para que nos diga su opinión, que es lo que más nos importa.

Rumores diversos manifestaban el deseo de que hablase el Castellano. Romero Alpuente se dispuso a hacer el gusto a sus presididos. Antes de copiar aquí su discurso, convendrá decir que el célebre demagogo de los tres años no era un jovenzuelo fogoso, como algunos creen, sino un vejete atrabiliario y furibundo, alto, flaco, descuadernado, anguloso, de gárrula elocuencia, de vulgares modos. Era tanta su fealdad, debida en primer término a la longitud de sus narices, que no es fácil se encontrara entonces ni se haya encontrado después su pareja. Alcalá Galiano, al lado suyo, se tenía por un Adonis.

Había sido magistrado de la Audiencia de Madrid, y en su vida privada era el hombre más inofensivo, más manso y para poco que imaginarse puede. El mismo que en público encarecía la necesidad de cortar no sé cuántos miles de cabezas, era incapaz de matar un mosquito. ¡Pobre carnero viejo que, habiendo leído algo de Robespierre y de Marat, quería parecerse a ellos! Pero solo los tontos confundían su clueco balido con el rugir de leones y panteras. Sus discursos, que alborotaban las Cortes y los clubs, eran un conjunto de garrulidades terroríficas, de chascarrillos y vulgares idiotismos. Carecía de formas literarias, y su lenguaje familiar era a veces tan divertido como sus amenazas demagógicas, que aquella bendita generación no tomaba siempre en serio. Algunos le llamaban el _Guzmán_ (el gracioso) de las Cortes. Tuvo además el pobre don Juan Romero Alpuente la desgracia de que en lo mejor de sus triunfos parlamentarios le saliera un enemigo folletinista, que usando el nombre de _don Pedro Tomillo Alvado_, le puso de hoja de perejil.

—«Caballeros comuneros —dijo Alpuente con voz que no tenía nada de temerosa—, o hay confianza en los hombres del partido, o no hay confianza en los hombres del partido. Si hay confianza en los hombres del partido, no se planteen cuestiones prematuras. Si algo debe hacerse se hará. No conviene precipitarse, no conviene comprometerse. Las cosas vendrán por sus propios pasos. El partido es el partido, y el que no crea que el partido es como debe ser, espere a ver en qué para el partido y se convencerá. (_Rumores. Asentimiento general._)