El Grande Oriente

Part 10

Chapter 103,946 wordsPublic domain

—Pero a pesar de todo, nosotros no hemos perdido nada todavía —añadió Campos—, y yo quiero ver quién es el guapo que se atreve a dar un golpe a las sociedades secretas, autoras, no solo de la revolución de España, sino de las de Portugal y Nápoles. Este poder inmenso no se pierde por una veleidad ministerial... Conque, amado Aristogitón, yo planteo nuestra cuestión en los mismos términos en que la planteé en mi casa hace ocho días, cuando te pusiste como un basilisco, y aun creo que intentaste pegar a tu maestro... pero hombre de Dios, ¿no me haces caso de lo que te digo? Mientras hablo, tú lees.

—Oigo perfectamente —dijo Monsalud dejando el periódico y tomando la taza—. La cuestión planteada en los mismos términos de aquel día...

—Cuando me quisiste pegar —repitió Campos con burla—. Después me estuve riendo de ti dos horas. Si yo fuera un hombre terrible, te hubiera echado por el balcón; estaba en mi derecho.

—No lo niego. Si yo hubiera sido un hombre imprudente le hubiera roto a usted la cabeza; también estaba en mi derecho por haber sido engañado. Usted intentó comprarme con viles ofertas de destinos y menudencias.

—Y ahora te compro por el precio que tú te has puesto: por la concesión de una gracia a que das suma importancia. La cosa en sí es la misma, no varía más que el precio y la clase de moneda. Tú me dejas en paz a mi sobrina...

—Y usted me pone en la calle a un pobre preso, que será ahorcado si las cosas siguen por el camino que llevan.

—Perfectamente. Trato clarísimo y que no da lugar a engaños ni malas interpretaciones. _Do ut des_.

Campos, como hombre que ve adelantar satisfactoriamente una negociación de importancia, respiró con fuerza, embaulando después media taza. _Robespierre_[2] subió a sus rodillas. Uno y otro se acariciaron.

[2] Un gato. Véase _La Fontana de Oro_.

—No debieras extrañar —añadió— que yo quisiera favorecerte con un buen destino y aun alejarte. A mí me gusta hacer las cosas con delicadeza. De este modo se llega al objeto sin ofender a nadie, sin ruido y sin dimes ni diretes. Creí que tú, hombre listo, me entenderías después del primer avance, y tomando lo que te daba, te dispondrías a callar y obedecer, dejándome el campo libre. Pero no entendiste. Tienes un candor honradillo que exige se te digan las cosas claras, y en verdad, a mí me repugnaba hablarte con claridad en asunto tan espinoso.

—Algo creí entender; pero como no contaba con la traición de Andrea, no pasé de sospechas vagas.

—¡La traición! —dijo Campos con gravedad irónica—. Pero hombre... ¡qué palabrotas se estilan ahora! Di más bien que mi sobrina comprendió lo que sacaba del noviazgo contigo. Por mi parte, de algún tiempo acá me desvelo porque disfrute una posición tónica y como corresponde a sus méritos. Es tiempo ya de que tenga un padre vigilante y cariñoso. Te confieso, amigo Aristogitón, que cuando sospeché tus niñadas con ella, y más aún, cuando las sospechas se trocaron en certidumbre..., ¡ay!, sentía impulsos de despedazarte. Pero meditando bien, resolví tener mucha calma, abordar la cuestión con astucia, evitar un escándalo que pudiera turbar la paz espiritual del buen Falfán de los Godos. De esta manera todos quedan contentos. No creas que me ha costado poco cautivar a Andreílla. La pícara se nos escapaba como una mariposa, cuando creíamos tenerla segura; pero conquistado tú, que eres el Montjuich, la rendición de la ciudadela es inevitable... ¿Te das por conquistado?

—Me doy por conquistado.

—¿Renuncias por completo y en absoluto a ella? ¿Huirás de su trato y de su vista, y en caso de que la casualidad te la ponga delante, harás con ella como si nunca la hubieras conocido?

—Lo haré.

—¿La despreciarás, la arrojarás de tu lado, le harás ver de una manera indudable que tú y ella sois como el agua y el fuego que no pueden juntarse?

—Como el agua y el fuego.

—Y si la tempestad arrecia, ¿serás capaz hasta de hacerle creer que estás enamorado de otra?

—También.

—Vamos, eres un hombre. Tus declaraciones merecen una _salva_. Echemos _pólvora fulminante_ en el _cañón_ y disparemos.

Los masones llamaban pólvora fulminante al _ron_. El _cañón_ y la _salva_ ya sabemos lo que eran.

—¡_Fuego_! —dijo Monsalud llevando la copa a sus labios.

—¡_Fuego_! —repitió Campos.

Los del _Arte-Real_, en sus _tenidas_ de banquetes, pronunciaban esta voz de mando para indicar los brindis.

—¿Pero a qué vienen tantas exigencias, que parecen pruebas masónicas —dijo Salvador—, si Andrea no necesita de mis desdenes para obedecerle a usted? ¿No ha dado su consentimiento?

¡Ah, ah!..., fíate de consentimientos. Dicen que la palabra _veleidad_ es femenina en todas las lenguas. Prueba de que todas las mujeres son veleidosas. Es verdad que Andrea, a fuerza de ruegos, de razones, de regalos, de mimos, de promesas, me prometió ser marquesa... ¡Marquesa, ya ves qué pedrada!..., y la muy tonta... Por algo se ha dicho que _entre el sí y el no de una mujer no se puede poner la cabeza de un alfiler_.

—Ella apetece más. La ambición, una vez desarrollada, no se satisface fácilmente. Creerá que Falfán de los Godos no es bastante rico.

—¡Si es millonario! No va por ahí la corriente —dijo Campos con desaliento—. Es que Andrea vuelve los ojos a este tunante y se arrepiente, se arrepiente la muy pícara de la promesa que me dio. Desde el otro día... Pero yo quisiera saber qué tienes tú para trastornar de este modo un cerebro, que después de todo es un cerebro de la raza de Campos, fecundo en gente sesuda.

—Andrea tiene conciencia: no es una muchacha corrompida —afirmó Monsalud, disimulando el interés que aquella parte de la conversación le producía.

—Qué conciencia ni conciencia... Resabios tontos de su enamoramiento infantil. Yo sé que eso desaparecerá; pero por de pronto me tiene inquieto. Desde aquel día que tú y yo estuvimos a punto de machacarnos las liendres, no sabes cómo se ha puesto esa muñeca. Está loca, rematadamente loca, y anoche tuve que encerrarla, porque quería salir.

—¿Salir?

—A buscarte; y se nos escapará, porque la niña es sutil. Por eso quiero estar seguro de ti. Querido Aristogitón, si tú no me ayudas, todo se pierde. No puedes tener idea de cómo está esa criatura. En mi casa no se oyen más que suspiros, y con las lágrimas que unos ojitos negros han derramado estos días se podía haber hecho otro estanque del Retiro. Sorprendila ayer desenvainando el puñal que conserva como recuerdo de su padre. ¡Ay, qué susto! Te aseguro que si no llego a tiempo, tenemos en casa una degollina, un suicidio, una de esas gracias que mi sobrina ha leído en las historias de griegos y romanos, y que ahora las novelas sentimentales tratan de poner en moda. ¿Has leído el _Werther_? Es un Dido macho que se mata por amor.

Salvador estaba pálido y no acertaba a decir nada.

—Por esta causa he querido prevenirte, asegurarme de tu formal renuncia, que espero cumplirás con honradez. Es posible que recibas alguna esquelita, aunque la hemos privado de tinta y papel; es también muy probable que la mariposa tienda sus alas y se eche a volar poéticamente por las calles de Madrid, y te busque y te encuentre... Veo que suspiras... mira, no vengas tú también con suspiros. En una mujer pase, pero un hombre es un hombre, Salvador, y sobre todo, un hombre que tiene a su padre en la cárcel a punto de ser ahorcado, debe tener corazón de bronce, portarse caballerosamente y cumplir su palabra.

—Yo la cumpliré —murmuró Salvador.

—Bueno, señor _Caballero Kadossch_. ¿Repites las ofertas que hace poco me has hecho?

—Las repito.

¿Acabaste para mi sobrina? —preguntó Cicerón en un tono que indicaba la idea de las resoluciones categóricas.

—Acabé —respondió Salvador en el propio tono del suicida que dice adiós a la vida.

—¿De modo que no harás caso de esquelitas, ni de recados, ni de visitas?

—No.

Se frotó los ojos con la mano derecha, cual si quisiera reducírselos a polvo.

En aquel momento arrojaba su corazón al perro.

XVII

—Pues lo pasado, pasado —dijo Campos—. Amigos otra vez. Olvidemos las ofensas que mutuamente nos hayamos hecho.

—_Pasemos la trulla_.

_Trulla_ era la cuchara de albañil, y la idea de _pasarla_ indicaba olvido y perdón de las injurias, idea que bien podía expresarse hablando como la gente.

—Ahora me toca a mí —dijo Salvador.

—Ahora te toca a ti —añadió Campos sacando dos cigarros habanos y ofreciendo uno a su amigo—. Ahí va esa _pólvora del Líbano_. Fumemos.

—¿Usted me promete que Gil de la Cuadra no será condenado a muerte?

—Eso no.

—¿Me promete usted que se sobreseerá su causa?

—Tampoco.

—Entonces...

—Lo que prometo es que tu padre, tu tío, tu pariente o lo que sea, saldrá de la cárcel.

—¿Cómo?

—Escapándose de ella, lo cual no es fácil; pero sí posible, sobre todo si tú y yo nos proponemos hacerlo. No hay que pensar en que el gobierno suelte la presa absolutista que tiene entre las garras. Es preciso ofrecer un par de víctimas al pueblo, y como no se le puede dar un león, se le da un conejo. Ya sabes que el cura Merino ha hecho la gracia de aparecer en Castilla; el _Abuelo_ ha levantado también una partida cerca de Aranjuez, y Aizquibil recorre con su gente el país de Álava. El _Pastor_ entra también en campaña, y a varios de su partida, que han sido cazados, se les encontraron muchos ochentines de los que acuñó el gobierno hace poco. Estos ochentines se dieron todos a la Casa Real, de modo que no hay duda alguna respecto a la mano que está moviendo esta vil máquina de las partidas.

—El rey.

—Sí, y cuando los ministros le hicieron notar la coincidencia, respondió tranquilamente: «Es muy extraño eso», y no dijo más. La corte trabaja con desesperación por encender la guerra civil, y los curas y los guerrilleros amparados por ella y por las juntas extranjeras, harán un esfuerzo terrible para restablecer el absolutismo. Nos aguarda un porvenir de rosas. Ya sabes lo que significan en nuestro amado país estas dos fuerzas: _curas, guerrilleros_.

—No tengo ilusiones en ese particular. La estupidez de los liberales, su corrupción y falta de sentido, anuncian a voces que volverá el absolutismo.

—Pues bien: cuando por todas partes no se ven más que peligros; cuando el gobierno se mira amenazado y provocado por los absolutistas, ¿no es natural que si logra poner la mano encima de alguno, apriete y apriete firme hasta ahogarle?

—Es natural. Los pobres gazapos que se han dejado coger pagarán las culpas de los lobos y de la corte, que los azuza.

—Evidentísimo. Por consiguiente, amigo Monsalud, no hay que pensar en que el gobierno perdone a ninguno de los que hoy están presos por conspiraciones realistas.

—Serán condenados...

—A muerte. El juez, señor Arias, confiesa privadamente que no halla motivo para tanto; pero la presión popular y la necesidad de hacer un escarmiento, la conveniencia de amedrentar a la corte, levantará el cadalso. Aquí tienes a la señora Libertad en tales trances que no puede pasarse sin el verdugo.

—¿De modo que no hay que soñar con un sobreseimiento?

—Locura. Vinuesa no se escapa de la horca. Los demás serán condenados a presidio... Puesto que no podemos evitar la sentencia, tratemos ahora de salvar a tu hombre. Yo estoy tan comprometido a ello moralmente como tú. Planteemos la cuestión. Primer punto. Todo el personal de la cárcel está en poder de gentuza comunera o milicianos nacionales de los más majaderos.

—Lo sé, y he resuelto hacerme comunero.

—Admirable idea —dijo Campos en tono de lisonja—. Y si procuras retener en la memoria todos los disparates y gansadas de los hijos de Padilla para contármelos, tu idea será sublime.

—Yo iré allá tan solo con el fin de contraer amistades que me sirvan para nuestro objeto.

—Excelente plan. En tanto el Grande Oriente se encarga de hacer en el personal de cárceles alguna variación.

—Cosa facilísima.

—No tanto, joven, no tanto. Tú no sabes cuánto se ha alambicado ya en la cuestión de destinos. No se puede estar trasegando la gente todos los días. Lo peor de todo es que hacemos una variación, y al punto nos conquistan los comuneros el nuevo personal. Se varía otra vez, y la defección se repite. Hacemos tercera hornada; pero llega un momento en que no se puede más, porque se acaban los carniceros, panaderos y pasteleros que quieren ser empleados públicos, en las porterías de los ministerios, en cárceles, en correos... Por este camino desaparecerá en Madrid toda la clase menestral.

—Pero los cambios traen numerosas cesantías.

—Pero los cesantes, esos insignes patricios desairados, no quieren volver a las panaderías, carnicerías y molinos de chocolate de donde salieron. Encuentran más fácil encastillarse en las _Fortalezas_ de Padilla, donde, haciendo comedias, se van adiestrando en la oratoria y en el arte de conspirar.

—¿Y cómo viven?

—Ese es el misterio. Lo evidente es que tienen dinero. ¿Ves esa turbamulta de vagos que aúllan en los cafés, que alborotan en la plaza de Palacio, que apedrean las casas de los ministros, que van a cantar coplas indecentes junto a la reja de la prisión de Vinuesa?... Pues todos ellos viven, y viven bien.

—Los ochentines del _Pastor_ harán ese milagro.

—Eso creo yo. Los ochentines...

—Pero contra los ochentines, el gobierno tiene los empleos públicos. Póngame usted en la cárcel de la Corona a un empleado que se preste a favorecer nuestro plan.

—Precisamente hay una vacante. Me he informado hoy.

—Mejor que mejor.

—Bueno; pues elige tú el candidato.

Salvador meditó breves instantes.

—Lo mejor será un hombre de bien, pues no se trata de salvar a ladrones y asesinos; se trata de hacer una buena obra, librando a un pobre anciano inocente, inocente, sí... porque Gil de la Cuadra, aun conspirando con todas sus fuerzas, no es capaz de hacer daño a un semejante ni a la sociedad.

—Pues mi opinión es que elijamos un tonto. Es fácil de encontrar.

—Ya tengo mi hombre —dijo vivamente y con alegría Monsalud.

—¿Has hallado el tonto?

—Un maestro de escuela.

—Viene a ser lo mismo. Apuesto a que has pensado en Sarmiento.

—No: lo echaríamos todo a perder —dijo Salvador arrepintiéndose—. Sarmiento es sencillo, pero su fanatismo rabioso le transfigura, haciéndole cruel. Me parece que debemos elegir un discreto.

—Bien puedes coger la linterna de Diógenes. Échate a buscar el discreto.

—Ya lo hallé —exclamó Monsalud, dándose una palmada en la frente.

—¿Quién?

—Yo mismo.

—Hombre... la idea no es mala —repuso Campos sonriendo—. Pero la verdad... ese destino no es propio para ti. Vales tú mucho más.

—¿Y qué me importa?

—El duque del Parque no querrá tener a su servicio a un sota-alcaide.

—Dejaré el servicio del duque del Parque

—¿Pero no se te ocurre otra persona?

—No me fío de nadie. Estoy decidido. Seré sota-alcaide.

—Vas a bregar con la gente más cruel, más perdida y más infame de la sociedad. El personal de cárceles allá se va con el de encarcelados.

—No me importa. He tenido una idea feliz.

—Pues adelante, y realicemos la idea feliz. Serás sota-alcaide. En tanto que te nombro... pues no creas que es cosa de un momento: lo menos hay treinta candidatos... hablaré a Copóns.

—¿El jefe político?

—¡Ah! —exclamó Campos con gozo—. Le tengo cogido, le tengo preso en mis redes. Precisamente anda tras de mí para que le favorezca en ciertas pretensiones que trae en Gracia y Justicia. Una bicoca: tres primos que fueron beneficiados y ahora se les antoja ser deanes. Son de la pacotilla de los que llaman modestos... ¡pobrecitos! Copóns es muy exaltado; el gobierno, que le puso en lugar de Palarea, no está muy contento con él. Necesita todo el arrimo del Grande Oriente para no venir a tierra. Muy bien: esto va a pedir de boca. Tu padre, tu abuelo, o lo que sea, se ha salvado.

Hablaron algo más, determinando algunos detalles del plan, y se separaron. Campos tenía que revisar unas cartas detenidas por orden superior. Salvador debía consagrarse a sus ocupaciones. Cuando volvió a su casa, entregáronle un billete que acababa de llegar. Conociendo en el sobre la letra de Andrea, sintió tanta ansiedad como pavor. La carta estaba trazada con indecisos rasgos, a prisa, y decía:

«Arrepentida, arrepentida, arrepentida de lo que he hecho.

»Ven al instante. Estoy esperándote en el Retiro, junto al Observatorio. Me he escapado de mi casa. Querido mío, mi vida y mi muerte: si no me perdonas, si no vienes al instante a mi lado, me moriré de desesperación.

»Lo que he hecho contigo es una villanía, una ofuscación.

»Un poco tarde lo he conocido; pero lo conozco al fin, lo confieso y te pido perdón.

»Te adoro, y ni Dios podrá hacer que yo pertenezca a otro. Eres mi dueño y puedes abofetearme, puedes matarme si me porto mal.

»Salvador, sácame del infierno en que estoy. Ven, no tardes ni un segundo. No vuelvo más a mi casa. Iré contigo a donde quieras: seré tu esposa, tu criada o lo que tú quieras... Sácame los ojos y dentro de ellos verás tu cara. Ya me parece que te siento venir... ¿Vendrás?... En el Retiro junto al Observatorio. Voy corriendo, no sea que llegues antes que yo. Adorado mío, te quiere con toda su alma y te ofrece el corazón y la vida,

ANDREA.»

Soledad, que entraba cuando Salvador concluía de leer la carta, notó su palidez y agitación.

—¿Qué tienes, hermano? —dijo llena de pesadumbre—. ¿Ese papel te dice algo desfavorable a mi pobre padre?

—No, no —replicó el hermano con desesperación—. Es todo lo contrario. Sola, abrázame, abraza a tu hermano.

La muchacha se arrojó llorando en brazos de Salvador.

—¿Pero te causan pena las buenas noticias?

—¡No, no!... la carta no dice nada —afirmó él sofocando la tempestad que bramaba en su alma—. Estoy alegre, hermana, hermana querida, abrázame otra vez. Tu padre se ha salvado.

* * * * *

Pasó Monsalud todo el día y toda la noche en un estado de agitación muy viva. A la mañana siguiente, cuando entró en casa del duque del Parque, un criado le dijo: «Han estado aquí dos mujeres buscándole a usted. Parecían ama y criada.»

—Si vuelven —repuso— dígales que he salido de Madrid.

Para evitar un encuentro que temía, salió del palacio por una puerta de servicio que daba a otra calle. Pero más tarde, al entrar en su casa, don Patricio Sarmiento repitió la noticia.

—Aquí han estado dos damiselas a preguntarme cuándo volvía usted. Parecen ama y criada... ¡Oh, edad dichosa esta en que nos vienen a buscar dos y tres veces en el breve espacio de unas horas!... Yo también, en mis juveniles años...

Sarmiento exhaló un suspiro.

—Si vuelven, dígales usted que he salido de Madrid, y que no volveré hasta dentro de un mes.

—¡Cuánta esquivez!... Pero en esa edad feliz... También uno ha tenido sus dulzuras ¿eh? No crea usted: este arrugado semblante y este flaco y débil cuerpo no han sido siempre así. Aquí, amiguito Salvador, aquí se sabe lo que es afán de amores; aquí se comprende bien eso de despreciar a una por apasionarse de la otra, volando de flor en flor cual inconstante mariposa... Pues, ¿y estar penando días y días por una mirada, solo por una mirada?... ¡ay!... ¿y aquello de estar cavilando por qué me miró así o dejó de mirarme?... Todos hemos tenido nuestro abril; todos hemos revoloteado y sacado la miel hiblea del cáliz de las frescas flores, señor Monsalud.

Cuando este se dirigió después de medio día a una tienda de la calle Mayor, donde solía hacer tertulia, un mancebo le dijo la muletilla:

—Han estado dos hembras a ver si había usted venido.

Más tarde pasó por la parte baja de la calle de Atocha. Detúvose de repente porque un objeto lejano llamó su atención: era el Observatorio astronómico. Singular trastorno debió producir en las ideas del joven la vista del hermoso edificio, porque apresuró el paso como quien huye de un fantasma temible.

¡Cosa extraña! Al anochecer, cuando fue al local ocupado por la masonería, en la calle de las Tres Cruces, con objeto de hacer unas preguntas a Sócrates, o como si dijéramos, a Canencia, un portero le cantó el atormentador estribillo de todo el día:

—Aquí han estado dos damas a preguntar si vendría usted esta noche.

Después marchó a _La Cruz de Malta_, café situado en la calle del Caballero de Gracia. Aguardábale allí don José Manuel Regato.

XVIII

En la calle que hoy se llama de Isabel la Católica, y antes de la Inquisición, pasando así bruscamente del nombre más horrible al más hermoso, hay una casa que hoy lleva el número 25 y antes tenía el 2, edificio perteneciente en su juventud al conde de Revillagigedo y que después fue Conservatorio de Música y Declamación. Diversas oficinas se han sucedido en dicha casa, y hoy sirve de albergue, si no estamos equivocados, a una dirección del ramo de Fomento. Pero lo más importante de este caserón en su variada y larga historia es que dentro de él estuvo la _Asamblea de los Comuneros_ durante los tres _llamados años_. Ya se habrá comprendido quiénes eran estos bravos hijos de Padilla. Cualquiera que haya vivido en España y prestado atención a sus cosas políticas, comprenderá que en aquella época, como en todas, los descontentos y los cesantes, los atrevidos, los pretendientes y los envidiosos, que son siempre el mayor número, no podían tolerar que determinada pandilla gobernase siempre el país y las Cortes. Este afán de renovación periódica del personal político, que en otras partes se hace por razón de ideas y de aspiraciones elevadas, se suele hacer aquí, y más entonces que hoy, por el turno tumultuoso de las nóminas. Esto es una vulgaridad tan manoseada, y ha trascendido de tal modo hasta llegar a las inteligencias más oscuras, que casi es de mal gusto ponerlo en un libro.

Los comuneros querían reformar la Constitución, porque no era bastante liberal todavía. Los ministeriales (nos referimos a la primera mitad de 1821) o doceañistas, o si se quiere los _masones_, convencidos de que su Constitución era la mejor de las obras posibles, y que la mente no concebía nada más perfecto, querían que se conservase intacta y sin corrección ni reforma como la naturaleza. De repente apareció un tercer partido, llamado de los _anilleros_, que quiso modificar la Constitución en sentido restrictivo, aspirando a una especie de transacción con la corte y la Santa Alianza. Sobre estas tres voluntades giraba aquel torbellino, que empezó con una sedición militar y terminó con una intervención extranjera.

Los comuneros, que nacieron del odio a los masones, como los hongos nacen del estiércol, creyendo que los ritos y prácticas de la masonería eran una antigualla desabrida, antiespañola, prosaica y árida, imaginaron que les convenía establecer un simbolismo caballeresco y nacional, propio para exaltar la imaginación del pueblo y aun de las mujeres, que por entonces tenían parte muy principal en estos líos. Siendo la representación primaria de los masones un templo en fábrica y los hermanos, arquitectos o albañiles, formaron los comuneros su partido de Comunidades, divididas en Merindades, Torres y Casas-Fuertes, y a sus logias llamaron _Castillos_ y a sus Venerables, _Castellanos_, _Alcaides_ a sus Vigilantes, y así sucesivamente. En los ritos y ceremonias modificaron todo lo que hay de teatral en la masonería, dándole forma caballeresca, o ideando ilusorias fortalezas, puentes levadizos, barbacanas, recintos, salas de armas, cuerpos de guardia, almacenes de enseres y demás mojigangas, todo creado por sus exaltadas fantasías, de tal modo, que más que militantes caballeros parecían rematados locos.