Part 7
—¿Y qué más penitencia que la muerte en defensa de Cristo? —exclamó el guerrero sintiéndose con más fuerza que su antagonista—. ¡Morir, derramar uno su sangre por una causa, por una idea, por la religión, por Dios!...
—¡Oh! sí, es verdad, sí, sí —dijo la vieja abrumada por esta lógica.
—¿Nuestro Señor Jesucristo no nos dio el ejemplo? ¿No redimió a todo el género humano, y, muriendo, no limpió la gran mancha original, sin dejar rastro de ella?
Al decir esto, el señor Garrote frotaba con verdadero frenesí la hoja de acero, como si la herrumbre que tenía fuera la de su propia alma, y aquel orín el inveterado orín de su propia conciencia.
—Es verdad —gruñó la vieja—. Vaya el señor don Fernando a la guerra, si bien no estaría de más una confesión general y algún acto de reparación para tranquilizar el alma de quien yo me sé, de un ángel de Dios, señor don Fernando...
La beata fijó en Garrote sus penetrantes ojos negros, y Navarro frunció ligeramente el ceño, demostrando que aquel tratado de los ángeles de Dios no era muy de su agrado. Pero la santa mujer, hecha de muy antiguo a reprender sin rebozo las faltas ajenas y a sentenciar en materia de pecados con tanto aplomo como el Papa desde la silla del Pescador, no hizo caso del avinagrado gesto de don Fernando, y dijo:
—Señor Lucifer, de todas las excelentes muchachas que usted perdió para siempre, una sola existe en la Puebla de Arganzón; mas tan quebrantada por los disgustos y la vergüenza de su desgracia, que es difícil conocer en su abatido y ya viejo rostro a la hermosa hija de don Pablo el Riojano.
—Bueno, bueno —dijo Garrote frotando con más fuerza—. ¿Y qué tengo yo que ver con esa mujer?
—¡Conciencia empedernida! ¡Hombre sin entrañas! ¿No la perdió usted para siempre? En Pipaón, hace veintidós años, todo el mundo sabía que don Fernando Garrote tenía amores con la niña del Riojano, y se corrió la voz de que se iban a casar. Desde entonces ha pasado mucho tiempo. Vino doña Fermina a la Puebla hace dos años, traída por su mezquina herencia y el enfadoso pleito que la dejará sin camisa que ponerse. Pocos la tratan aquí, y en cuanto a sus tristes antecedentes, solo yo, por confidencia que me ha hecho, correspondiendo a mis cristianos consejos, sé que esta venerable y modesta mujer es la doncella engañada hace más de veinte años en Pipaón, y que Salvadorcillo Monsalud es de la propia carne, de la misma sangre y de los mismísimos huesos de este tenebrario que tengo delante.
—¡Cuánto sabe la madre! —dijo don Fernando, frotando el arma hasta desollarse los dedos—. Supe que Ferminilla había venido a la Puebla hace dos años trayendo consigo a un muchacho revoltoso; pero como casi todo el tiempo vivo en Peñacerrada, a ninguno de ellos he visto... y a la verdad, no son muchas las ganas...
—Pues yo la veo todos los días. Yo la acompaño y consuelo de la amarga tristeza que aún hoy sus desdichas y su atroz pecado le causan. Cuando llegó aquí, picome la curiosidad. Viéndola tan piadosa, tan santa y ejemplar, pues es mujer que no sale de su casa más que para ir a la iglesia, solicité su amistad: conocí que era un alma abatida y que necesitaba de mí. ¿Qué habría sido de ella sin mis consejos? Se los di, pues; mi conversación le agradó en extremo, y abriome su corazón confiándome todo, y especialmente la tristeza de su desgracia, cuyo autor fue este señoritico precioso.
—Bien, ¿y qué? —dijo Navarro esforzándose en aparecer risueño, y dejando a un lado la espada que estaba más limpia que alma de bienaventurado—. Yo, la verdad, lo hice sin mala intención.
—¡Sin mala intención! —exclamó la beata con enojado semblante—. Sin mala intención dicen que se rebeló Luzbel contra Dios. Esa buena mujer es la criatura más desgraciada que existe en el mundo; y aunque seguramente Dios la ha perdonado por su grande arrepentimiento y continuo llorar, ella jamás se consuela, y ahora, con la reciente desgracia del hijo que idolatraba, parece que va a entregar su alma al Señor.
—Pues qué, ¿ha muerto su hijo? —preguntó Garrote con vivo interés.
—Se ha pasado a los franceses, lo cual es peor que morir —repuso doña Perpetua—. Se ha pasado a los franceses, que es como morir el alma y seguir viviendo el cuerpo para afrenta de la familia y de la nación... Anoche mismo...
—¡Y dices que es hijo mío! —exclamó don Fernando con rabia, dando fuerte patada en el suelo—. No, madrita: ese muchacho no tiene mi sangre... Es mentira, ¡viven los cielos!
Iba a seguir protestando, cuando le interrumpió de súbito la presencia de su hijo Carlos, que acababa de entrar.
XIV
Carlitos era bastante parecido a su padre, salvo algunas diferencias: se le asemejaba en la tez morena, en los cabellos asimismo negros, en la arrogancia del cuerpo y talle y en cierta expresión de nobleza que en toda su persona gallardamente se mostraba. Diferenciábase en la estructura de las cejas, que en el mozo eran juntas, y en la seriedad invariable y algo torva que tenía en sus grandes ojos. Con respeto adelantose el joven hacia su padre, cuya mano besó, repitiendo la misma señal de veneración y cortesía en las arrugadas extremidades de la vieja. Don Fernando contemplaba a su hijo con el arrobamiento de un artista satisfecho y enfatuado ante la belleza de su obra maestra.
—¿Nos vamos ya? —le preguntó.
—Dentro de una hora —repuso el joven—. Difícil es que nos unamos a la partida de Longa, que está en Murguía con los ingleses; pero nos uniremos a los que están hacia Miranda con el general Morillo. Para no tropezar con los franceses, daremos la vuelta por Uralde y Burgueta, tomando el camino real en Armiñón. No hay nada que temer por ese lado.
Don Fernando se levantó para desperezarse, lo cual hizo como un león viejo, no sin que crujieran sus choquezuelas y sus articulaciones todas. Después dio algunos pasos por la habitación como para probar la elasticidad de sus miembros, y dijo:
—Esta máquina sirve todavía.
Y luego dio fuertes voces llamando a sus criados.
—¡El caballo!... ¡ensillar el caballo!
Doña Perpetua, firme siempre en la perpetuidad de su desaprobación, movía la cabeza en señal de duda respecto a la eficacia de aquella máquina para hacer algo de provecho, y si no con la boca, con los ojos reprendió a don Fernando por su atrevida aventura.
Al punto comenzó Garrote su atavío marcial, sepultando sus pies en antiguas botas de cuero fino. Forrose después en un chaleco grueso, y se fajó con una interminable banda de seda que le dio muchas vueltas en torno a la cintura, y sobre esto se puso un uniforme blanco de los antiguos regimientos, el cual, aunque viejo y fuera de moda, estaba servible. La cabeza la adornó con un deforme sombrero procedente de las campañas del anterior siglo y que recordaba al general O’Reilly. A pesar de la notoria ancianidad de dichas prendas, tal era la histórica figura del insigne Navarro que con ellas no resultaba ridículo.
Al vestirse parecía que se remozaba; la alegría brillaba en sus ojos; decía mil bufonadas graciosas, y con fatuidad chispeante se presentaba a sí mismo como modelo de apuestos militares, deprimiendo a la afeminada juventud del día. En mitad de esta escena entró el cura hecho un arsenal ambulante, según venía de armado y municionado, y celebró con palmadas y vítores los preparativos de su amigo, mostrando los suyos y volviéndose de todos lados para que le vieran.
—¡A matar franceses! —gritó el presbítero—. ¡A matar franceses y afrancesados, para gloria de la nación y triunfo de la fe!
—Señores —dijo Garrote con hueca voz y un poco del tonillo pedantesco de los oradores modernos—, toda mi vida la he consagrado al servicio del rey, de la patria, de la religión...
La beata, frunciendo el ceño, miró a don Fernando con expresión de burla.
—No, de la religión, no —añadió Navarro con modestia—; quiero decir que no he prestado a la religión servicios directos; pero siempre he sido piadoso, buen cristiano y temeroso de Dios... Alguno que otro pecadillo que anda suelto por ahí no es para darse de cabezadas, ¿no es verdad, señor cura?
—Sí, hombre, sí —exclamó el padre de almas con risa campechana—. Contra una juventud algo ligera, viene una vejez heroica en servicio de Dios.
—¡En servicio de Dios! A eso iba —prosiguió Garrote, acompañando sus palabras con una enérgica acción del dedo índice—. Quería decir que siempre fui ferviente cristiano, y una vez reventé a palos a dos contrabandistas porque hablaron mal de la santidad de Pío VI. Señores, en mis campañas gloriosas, o por mejor decir, en toda mi vida, he tenido por norte la honra del rey, la honra de la nación, y sobre todos los nortes y sures, el norte de la religión, que es mi guía, mi faro, mi luz del cielo.
—Si este don Fernando no hace ahora un par de heroicidades estupendas que dejen atrás la antigüedad de Aníbales y Césares —exclamó con entusiasmo el cura—, me dejo quitar el hábito que visto y las licencias del sagrado orden que practico.
—Pues bien, señores —siguió el héroe—, ¿a qué han venido aquí los franceses? A quitarnos nuestro rey, a quitarnos nuestra patria y a quitarnos, ¡oh crimen nefando!, nuestra santa religión. Ved a España entera cómo se levanta en contra de esa canalla y en pro de tan caros objetos. Ved a España, vedme a mí, que un poco tarde, pero a tiempo todavía, me decido a echar una cana al aire.
—¡Una cana al aire! —repitió doña Perpetua rascándose—. Si don Fernando no las deja todas en el campo de batalla, será milagro del cielo.
—Hay un mal grave, señores; un mal terrible, al cual es preciso combatir —continuó Garrote sin hacer caso de la vieja—. ¿Qué mal es este? Que los franceses han traído acá la idea de cambiar nuestras costumbres, de echar por tierra todas las prácticas del gobierno de estos reinos, de mudar nuestra vida, haciéndonos a todos franceses, descreídos, afeminados, badulaques, tontos de capirote y eunucos. ¿Y qué ha sucedido? Que mientras la mayor parte de los españoles se echaban al campo para extirpar toda la maleza galaica y sahumar con el vapor de la guerra el país infestado de franceses, unos pocos de los nuestros han admitido aquella mudanza. ¡Abominables tiempos, señores! Ved cómo hay en Madrid una casta de miserables sabandijos a quien llaman afrancesados, que son los que visten a la francesa, comen a la francesa y piensan a la francesa. Para ellos no hay España, y todos los que guerreamos por la patria somos necios y locos. Pero todavía existe una canalla peor que la canalla afrancesada, pues estos al menos son malvados descubiertos, y los otros hipócritas infames. ¿Sabéis a quién me refiero? Pues os lo diré. Hablo de los que en Cádiz han hecho lo que llaman la Constitución, y los que no se ocupan sino de nuevas leyes y nuevos principios y otras gansadas de que yo me reiría, si no viera que este torrente constitucional trae mucha agua turbia y hace espantoso ruido, por arrastrar en su seno piedras y cadáveres y fango. ¿Queréis pruebas? Pues oídlas. Estos hombres se fingen muy patriotas y aparentan odiar al francés; pero en realidad le aman. ¡Ah! Pasad la vista por sus abominables _Gacetas_. ¿Las habéis leído? Decís que no. Pues yo las he leído, y sé que respiran odio a los patriotas, al rey y a la sacrosanta religión. Son los discípulos de Voltaire, que van por el mundo predicando la nueva de Satanás.
El cura, al oír esto, sintió que las lágrimas se agolpaban a sus ojos. Eran lágrimas de admiración. Estaba pálido, mas no de envidia, aunque reconocía que él jamás había dicho en sus sermones cosas tan bellas.
—Pues bien, señores —añadió Navarro—, hoy voy a combatir contra los franceses, y mañana contra los afrancesados, que son peores, y después contra los llamados liberales, que son pésimos; y si yo no pudiere o si Dios se sirve llamarme a sí sobre el campo de batalla, aquí está mi hijo, a quien entregaré mi espada y que ya tiene mi espíritu.
—Dios, que vela por España —dijo el cura con acento solemne—, nos conservará a nuestro buen amigo y volveremos todos cubiertos de laureles.
—Los laureles —dijo la beata—, no caen mal sobre una frente serena que pueda alzarse ante el tribunal de Dios sin los rubores del pecado. Señor don Fernando, ponga sus cinco sentidos en lo que le he dicho, y no entregue su cuerpo al plomo enemigo sin descargar su alma del peso de tantas y tan negras culpas. El cuerpo que sirve de vaso a un alma limpia es respetado por la muerte; no así el que es saco de inmundicias. No hay contra el plomo y las bayonetas mejor coraza que una buena y general confesión.
—Viejecita —repuso don Fernando sonriendo—, como el cura va conmigo a la guerra, echaremos un párrafo por esos caminos, y entre batalla y batalla me iré descargando de todos mis pecados y él absolviéndome, todo esto al compás de nuestras caballerías.
—Cabal, cabal —exclamó el presbítero—. Por mucha que sea la faena, no falta un ratito para meter la mano en la conciencia y sacar algunos puñados de maleza.
—Y para los soldados, voto al chápiro —dijo don Fernando golpeando el suelo con la contera de la espada—, ha de haber un poquito de manga ancha. Ya se ve: siempre en campaña al sol y al frío, comiendo poco y bebiendo menos, sin otro regalo que mil trabajos, y teniendo por cama el suelo, por descanso la fatiga, por almuerzo la pólvora y por cena la metralla... ¡Oh!, los que así vivimos no podemos ser mirados como los demás: ¿no es verdad, señor cura?
—Verdad, verdad... ¡Conque en marcha!... ¿No se te olvida nada, Respaldiza? —dijo el cura preguntándose a sí mismo y tentándose el cuerpo—. No, nada se te olvida, curita... la pólvora, las balas, el frasquito de aguardiente, las lonjas de jamón... el chocolate crudo... el tabaco...
A todas estas iba llegando gente, amigos del insigne Garrote.
Llegó la hora de la partida, y los expedicionarios oprimían los lomos de sus respectivas caballerías. La salida de la casa fue una verdadera ovación. Don Fernando, seguido de su hijo, del cura y de los demás guerrilleros, rompió por entre la multitud que le vitoreaba, aclamándole padre de la patria y héroe de la Puebla. En aquel instante nadie se acordaba de las fechorías de don Fernando Garrote, que había sido siempre popular, muy popular, lo mismo por sus generosidades que por sus atrevimientos. En España los audaces de buena cepa, aunque sean bandidos o Tenorios, son siempre queridos y admirados del pueblo, que lo perdona todo, a excepción de la cobardía y la avaricia.
Luego que se encontró fuera de la villa y en pleno campo la pequeña partida, compuesta de una docena de hombres, Carlos, indicando la dirección de Treviño, que debían tomar por las montañas, se puso a vanguardia con otro amigo, para explorar el camino y ver si se distinguían fuerzas francesas. En tanto, don Fernando y el cura, quedándose solos atrás, emparejaron sus cabalgaduras, que perezosamente iban al paso, y entablaron el curiosísimo diálogo que se verá a continuación:
XV
—Señor cura —dijo Garrote—, ahora que nos encontramos solos, quiero que conversemos un poco sobre un asunto que me está escociendo por adentro.
—Ya le entiendo, amigo mío; usted es de parecer que, en vez de unirnos a la partida de Longa, marchemos solos al encuentro de los franceses.
—No es nada de eso, señor don Aparicio, lo que me preocupa.
—Ese fusil que lleva usted —añadió el cura—, es un arma de príncipes; en cambio, esa espada no sirve sino para degollar palominos. Por el contrario, mi sable vale un imperio, y esta escopeta no lo es más que en el nombre. Hagamos, pues, un cambalache: darele a usted el sable, pues la principal habilidad de usted consiste en el tajo, mientras que siendo mi fuerte la puntería, cogeré, por lo tanto, su fusil.
—No es eso tampoco lo que tenía que hablar.
—Usted tiene muy cansada la vista y no puede hacer la puntería.
—Que no es eso —repitió Garrote con enfado.
—¿Pues qué, hombre de Dios?
—Un caso de conciencia.
—¿Esas tenemos? —dijo el cura riendo—. Esta mañana estuve una hora en el confesonario sin que nadie se me acercara, y ahora que monto a caballo...
—No pierde el sacerdote el sacramento por ir a horcajadas.
—Jamás he visto que el ilustre Garrote se confesara; ¿y ahora que va a la guerra le entran esos escrúpulos? ¿Hay algún pecado nuevo? Pero no sé por qué recuerda ahora... Esa maldita Perpetua...
—No, los antiguos. Por lo mismo que voy a la guerra, siento un vivo deseo de reconciliarme con Dios... Aunque hombres como yo no mueren a dos tirones, quién sabe si por artes del enemigo me cogerá una bala...
—Y adiós alma... Nada, nada —dijo el cura—, aun los hombres más bravos deben venir a estas fiestas con el alma preparada... Aquí donde usted me ve, voy como un angelito de Dios... Me podrían enterrar con corona de rosas como a los niños.
—Vamos a ver. Si los pecados se perdonan con el arrepentimiento y la penitencia, los míos ya los puedo dar por idos. Estoy arrepentido de los males que he causado, y ahora que soy viejo y nada puedo, he caído en la cuenta de que hice mal, muy mal. En cuanto a la penitencia, ¿no es suficiente esta que yo mismo me impongo de dejar la tranquilidad y bienestar que disfrutaba en mi casa de Peñacerrada, para echarme al campo en busca de las privaciones, de las hambres, de las heridas, de los fríos, de los calores y quizás, quizás, de la muerte? Y todo esto no por una causa cualquiera, sino por la causa de Dios, de la religión y su santa Iglesia primero, y del rey y de España después.
—Mi parecer es —dijo el cura sonriendo y tentando de nuevo sus bolsillos y la alforja para ver si se le olvidaba algo— que con lo hecho por usted, con su arrepentimiento primero y el sacrificio de su bienestar después, hay para irse derecho al cielo.
Don Fernando respiró con desahogo, y muy vivamente añadió:
—Si ofendí a Dios con mis calaveradas, ahora le sirvo con mi heroísmo: ¿no es verdad? Váyase lo uno por lo otro. Jamás cometí acción ninguna indigna de un caballero... pues... ya me entiende usted... porque hay pecados de pecados.
—Es evidente... Pero si el arrepentimiento y la penitencia limpian el alma, no está de más un poco de palique con el cura...
—Ya, la confesión.
—La humillación del alma ante Dios, y aquello de reconocer verbalmente sus faltas y avergonzarse de ellas delante del sacerdote...
—Por hablar no quedará —dijo Garrote—; pero es lástima que esto no lo hiciéramos despacito en el pueblo, en vez de hacerlo a caballo por estos andurriales.
El cura rompió a reír.
—¡Qué singulares cosas tiene don Fernando Garrote! —exclamó avivando el paso de la cabalgadura—. Esta noche, cuando lleguemos a cualquier mesón... ¿Pero está usted triste, señor Navarro; a qué viene tanto mirar al suelo y ese gesto de ajusticiado?
—Amigo don Aparicio —repuso el guerrero—, no puedo apartar de mi pensamiento la idea de que me coja una bala.
—Los bravos no mueren...
—Si el caso llega —añadió el guerrillero muy preocupado y entristecido—, no moriré sin decir antes a voz en grito, ante Dios y los hombres, que siempre fui católico, apostólico, romano, y defensor de la santa Iglesia, cuyos dogmas creo desde el primero hasta el último.
—Bien, eso es lo principal... Ahora, señor Garrote, deme usted su fusil —dijo el cura con vivísimo interés mirando a un punto lejano hacia la izquierda—. ¿No le parece que se distingue por allí el morrión de un francés?
—No puede ser, hombre.
—Será algún rezagado. Anoche pasó por aquí el ejército enemigo.
—Pues como iba diciendo —prosiguió Garrote ensimismado y algo sombrío—, toda mi vida he sido católico, apostólico, romano... Jamás he robado a nadie el valor de un real. No he levantado falsos testimonios, y si dije alguna mentirilla leve, fue sin hacer daño a nadie, o por galanteo, pues... cosas de mujeres. Si he jurado en falso ha sido en asunto de amores. Honré a mis padres mientras vivieron; no he matado a nadie, ni...
—Ni deseado la mujer ajena —dijo el cura interrumpiéndole con risas.
—¡Alto, alto!, que ahí está el _busilis_ —gritó don Fernando.
—¿Qué, qué es lo que está? —dijo Respaldiza mirando con zozobra a un lado y otro.
—Nada, hombre; no hay que asustarse: lo principal de mis pecados, digo...
—Creí que había divisado usted algún destacamento enemigo. ¿Pero por dónde vamos, amigo Garrote?
—Vamos bien: adelante —dijo Navarro, tan solo preocupado de su conciencia.
Iban por un terreno bastante solitario, compuesto de cerros que se sucedían unos a otros, elevándose cada vez más. De trecho en trecho hallábanse pequeñas llanadas.
—Ya se sabe qué clase de pecados son los míos —continuó Garrote sin poder apartar el pensamiento de aquella idea—. No son en verdad de los que más afean al hombre; y en el mundo vemos que mientras se niega el agua y el fuego al asesino, al galanteador, no solo no se le niega nada, sino que todo el mundo le admira, le señala, y con su amistad se honran tontos y discretos, buenos y malos.
—Así es, en efecto —dijo Respaldiza—; lo cual no quita que el galantear sea pecado, porque es el desenfreno del más feo y torpe vicio, y con él se injuria a la familia, al mundo y a Dios.
—Por más que me diga el señor cura, no puedo creer que el galanteo sea vicio tan inmundo como el robar, el calumniar y blasfemar. Al hacer cocos a una doncella o mujer casada, parece como que se tributa cierto holocausto al Señor por las maravillas que puso en el alma y en el cuerpo. El espíritu pone de manifiesto lo que encierra de más noble, y la materia...
—Tate, tate, señor don Fernando —dijo entre risas Respaldiza—. Al querer confesarse está usted haciendo la apología de sus pecados, y revistiéndolos con las mentirosas formas de la voluptuosidad. Es una singularísima manera de arrepentirse... Vaya un polvito —añadió, sacando la tabaquera.
—No, no: ya estoy arrepentido, señor don Aparicio. Ya estoy arrepentido de todo —afirmó Garrote con decisión—. No sirvo ya para maldita cosa. ¡Quién me había de decir en aquellos tiempos, cuando todo el mundo me parecía pequeño para mis aventuras, que se me había de acabar la vigorosa energía!...
—Punto final, amigo mío —dijo el cura mirando a la izquierda.
—Iba a decir que ahora aborrezco todo aquello, y que lo deploro... Pero me pasa una cosa singular, amigo, y es que me arrepiento, pero no estoy tranquilo. El corazón me baila en el pecho, y siento en mí no sé qué comezón y zozobra.
El bravo cura se irguió de repente, alzándose sobre los estribos, y gritó con ansiedad:
—Señor don Fernando, el fusil, venga el fusil, ¡por todos los santos!
—¿Qué hay? ¿Viene algún destacamento francés? —preguntó el guerrero mirando al mismo punto hacia el cual se dirigían los atónitos ojos del presbítero.
—¡Un morrión! Por allí va el morrión de un francés.
—¿El morrión solo?
—Bajo el morrión ha de ir una cabeza, y bajo la cabeza un cuerpo; solo que va por aquel camino hondo y no se ve más que el cimborrio... Ese fusil, señor don Fernando, ¡por amor de Dios!
—Ya, ya le veo —dijo Garrote, poniéndose la palma de la mano sobre los ojos en forma de visera—. Pero es un hombre solo, un pobre soldado rezagado, quizás un prisionero fugitivo. ¿Qué hacemos?
—¡Bonita pregunta! Matarle. Un enemigo menos tendrá España.
—Pero si no me engaño —dijo don Fernando mirando a todos lados con inquietud—, nos hemos perdido. ¿En dónde están mi hijo y los demás amigos?
—Delante van. Ese fusil, señor don Fernando: veremos si el cura de la Puebla desmiente la fama de ser el mejor tirador de todo el condado, y aun de toda Álava.
—Amigo, ¿por dónde vamos? —repitió Navarro deteniendo el caballo—. Con esta conversación de mis pecados y de la bondad de Dios que todos me los perdona, nos hemos distraído, y sin saber cómo nos hallamos separados de los demás de la partida.
—¿Cómo es eso? ¡Gran geógrafo tenemos aquí! —exclamó el cura—. ¿Pues no es este el camino de Uralde?
—No, con mil demonios: aquellas casas que a lo lejos se parecen son las primeras de Añastro. Carlos y la compañía se han ido camino derecho a Uralde, y nosotros, ¡ahora caigo en ello, con cien mil pares de Satanases!, nos equivocamos en la encrucijada donde está la venta de Martín.