El equipaje del rey José

Part 8

Chapter 84,063 wordsPublic domain

—Adelante —dijo el cura con resolución—. Buscaremos un atajo por aquí a la izquierda... ¿Hay miedo, señor don Fernando? Lo mismo da ir por Uralde que por Añastro. Usted tiene la culpa, pues charla que charla...

—No hagamos calaveradas —dijo Garrote bastante intranquilo—. Casi estamos en país enemigo. A lo mejor saldrá de detrás de una mata un puñado de franceses.

—Aquel que allí está no se me escapa —dijo el cura, observando siempre el morrión que por el camino hondo se movía—. ¿Nos vamos a él?

—¡Dos contra uno! —exclamó con desdén don Fernando—. Esta heroicidad no es de las mías.

—¿Pero si ese uno se convierte en seis dentro de un rato? ¿Quién sabe lo que habrá detrás de aquella colina?

—Pues vamos a él —dijo don Fernando dirigiendo su caballo por un sembrado y hacia el punto donde el formidable morrión aparecía—. Esta guerra en detalle es la que a mí me enamora, y la verdad es que hecha con inteligencia, no hay ejército invasor que a ella resista.

—¡El fusil, ese fusilito, por amor de Dios y de María Santísima!

—¡Ahí va!... ¡que Dios esté en la chispa, en la pólvora y en la bala!

Galoparon buen trecho por el sembrado, y de pronto, como liebre que levantan perros, viose salir del camino hondo un soldado francés, el cual, azorado y temeroso al ver sobre sí dos tan disformes jinetes, echó a correr con ligerísimos pies, mirando hacia atrás a cada instante para ver si era perseguido.

—Alto ahí, amiguito —gritó el cura—, que no te salvarás aunque tengas mejores piernas que Mercurio el de los alados talones... ¡Alto!

—Ríndete y nada te haremos por ser dos contra uno —gritó don Fernando llevándose la mano al sombrero, que con el fuerte viento se le tambaleaba sobre el cráneo—. Date, tunantuelo, que somos generosos y caballeros.

—¡Borracho, ladrón! Ríndete o te tiendo...

Aunque muy velozmente corría el francés, al poco rato pusiéronse los caballos a medio tiro; disparó don Aparicio su fusil, hiriendo al fugitivo con tan fatal acierto en mitad de la espalda, que después de dar algunos pasos vacilantes cayó al suelo.

—¡Qué ojo! ¡Señor Garrote! Por Santa Lucía bendita. ¡Qué puntería! —exclamó con júbilo Respaldiza—. Yo mismo me admiro, yo mismo me alabo, yo mismo me hago mi apoteosis, porque soy en esto del tirar una de las más grandes maravillas de la creación.

—La verdad es que, como cacería, esto ha sido admirable —repuso Garrote—; pero como acción de guerra no se puede poner al lado de las de Wellington. Ese pobre muchacho lo pasa mal.

Llegaron al sitio donde el francés se revolvía en su sangre, profiriendo injurias y blasfemias contra sus perseguidores.

—Arriba, muchacho; eso no es nada —dijo Navarro, cuya generosidad, como hemos dicho, se mostraba en todas ocasiones—. Dinos dónde está el destacamento a que perteneces, y te perdonamos la vida.

—El destacamento —repitió el cura—. Sí: para huir de él.

—O para atacarle si es de poca gente. Usted con su puntería y yo con mis puños...

A esta bravata siguió un rato de silencio, porque el pobre francés herido se había desmayado. Mirábanse Garrote y don Aparicio sin saber qué partido tomar, cuando sintiose a lo lejos ruido de caballos; y como alzaran a un mismo tiempo la vista cura y seglar, vieron que hacia ellos se dirigía por el camino hondo hasta una docena de franchutes a caballo. Púsose más pálido que la cera de su iglesia el buen Respaldiza, y don Fernando, a pesar de su garrotesca bravura, frunció el majestuoso ceño. El primer impulso del tirador fue huir; mas detúvole su amigo, bien porque creyera imposible la fuga, bien porque la impavidez de su alma atrevida gozase en la temerosa aproximación del peligro.

—¡El sable, el sable! —gritó tomando el arma de su amigo, a quien entregó la espada vieja.

La mano del cura temblaba.

—Hemos cometido una acción villana asesinando a un hombre —exclamó con solemne acento Garrote—; Dios nos castiga. Ahora... pelear como buenos españoles, y morir como caballeros cristianos.

—¿Qué hacemos?

—¿Qué hemos de hacer? ¡A ellos! Dios sea con nosotros.

No hubo muchos ni variados lances en aquel suceso, porque en el espacio de pocos minutos los enemigos se acercaron a nuestros dos héroes, diciéndoles en castellano que se rindieran.

—Son españoles.

—Afrancesados... mala gente... —murmuró don Aparicio.

—¡Que me rinda yo! —gritó Navarro esgrimiendo el sable—. Ahora sabréis, canallas, traidores, cómo acostumbra a hacer sus rendiciones don Fernando Garrote el de la Puebla. Si he de morir, moriré matando.

Y sin más dimes ni diretes, comenzó a descargar sablazos sobre los que más cerca tenía. En tanto Respaldiza, viendo a su amigo enredado con los franceses, quiso ponerse en salvo; pero se lo impidieron, y en un santiamén fueron ambos desarmados. Garrote había descalabrado a uno y herido levemente a otro, recibiendo en cambio dos pistoletazos, que por fortuna solo hicieron estragos en el alto sombrero. Gritó, vociferó, injurió en nombre de Dios, del rey y de España; pero al cabo, ambos fueron conducidos prisioneros sobre sus mismas cabalgaduras, y muy bien vigilados por los doce dragones, que se pusieron en marcha después de recoger el herido.

XVI

Así acabó la grande, la memorable expedición de don Fernando Garrote y del reverendo beneficiado de la Puebla. Mientras esto sucedía, Carlos Navarro y la compañía buscaban inútilmente a los dos viejos adalides en el camino de Uralde.

Silenciosamente y abrumados de amargura y desesperación, marchaban los dos prisioneros el uno tras el otro; los caballos que montaban no parecían menos tristes que sus amos, a juzgar por la lentitud de su paso y la inclinación de la cabeza. Los españoles y franceses que les habían cogido y les custodiaban, iban charlando en una y otra lengua mezcladamente, y uno de ellos dijo:

—A estos tunantes no les perdonará el general Gazán... han asesinado un francés, y ya sabemos con qué moneda se pagan estas deudas.

—El uno de ellos parece cura.

—Y el otro sacristán.

Don Fernando Garrote se puso lívido al oír que se le llamaba sacristán, y después se le encendió hasta la raíz del cabello el pálido rostro. Si hubiera tenido armas, habría castigado en el acto tanta insolencia en menos que se dicen castañas. Respaldiza, durante el camino, sintiéndose sediento, pidió que le dejaran beber de un arroyo cercano.

—Tiempo hay de beber. En Aríñez no falta agua, padrito. Y si no, tome un buche de la del bautismo, que como cura debe de tener tan a la mano... Beberá antes que le despachen.

—¡Despacharme! —exclamó don Aparicio con acento compungido—. ¿Qué es eso de despachar?

Garrote, colérico por la cobardía que mostraba su amigo, le miró con ojos fieros.

—¡Que nos despachen! —gritó—. ¿Qué mayor gloria para buenos españoles que morir a manos de estos tunantes?

—Cierre el pico el vejete sacristán —gritó un jurado—, o no aguardamos a llegar al Cuartel general.

—¡Traidor! Tu persona es para mí tan despreciable como la de un vil esclavo, y tus palabras como los ladridos de un perro —exclamó con admirable entereza Navarro—. Si quieres darme la muerte aquí mismo, dámela. Ni porque me mates he de aborrecerte más, ni porque me dejes vivo he de estimarte. Soy un hombre leal que sirve a su patria, y tú un cobarde desleal que sirve al enemigo.

En aquel mismo instante se acabara la vida, y con la vida las hazañas de don Fernando Garrote, si el sargento que mandaba la tropa no impusiera silencio a todos, mandándoles seguir adelante.

Después de tres horas largas y penosas de camino, llegaron a Aríñez, y los dos prisioneros fueron presentados a un coronel. Las tropas francesas entre las cuales se encontraban, pertenecían a la división del general Gazán. Caía la tarde, y los soldados se preparaban a pasar la noche lo mejor posible: encendíanse las cocinas de campaña, y en torno a las casas de labor se veían alegres corrillos. Los caballos bebían en una gran acequia que de un punto a otro atravesaba el pueblo, y los oficiales organizaban sus meriendas al aire libre.

Don Fernando Garrote se quedó sin alma cuando se vio entre aquella gente. Deseaba morirse, o que la tierra se abriese para tragársele, o que reventase a su lado el más poderoso de los cañones franceses. Lleváronle de Herodes a Pilatos durante largo rato de la tardecita, cual si no supiesen qué hacer de él, y unos le tenían lástima, otros le miraban con desdén o con ira. Pero el que excitaba más sentimientos de enojo era don Aparicio, por ser muy aborrecidos entre los extranjeros los curas armados; así es que después que le concedieron el apagar la rabiosa sed en la misma acequia donde hociqueaban los caballos, echáronle una cuerda al cuello, sin consideración alguna a las órdenes sacerdotales.

No fueron tan crueles con Garrote, quizás porque mostraba dignidad en su infortunio, y no hacía aspavientos ni exhalaba femeniles quejas como su compañero. Lleváronles a los dos a un gran patio, contiguo a una casa grande y vieja, el cual parecía servir de taller de herrería y carretería, porque en él había varios soldados artífices trabajando, y allí podían discurrir libremente los dos prisioneros; mas no escaparse, porque un centinela guardaba la puerta.

Respaldiza, despavorido y medio muerto de terror, echose al suelo para llorar su desventura. Navarro se paseaba de largo a largo, sin hablar a su amigo ni a nadie. En las bardas de aquel corral que caían a poniente, había unas rejas por donde se veía la carretera de Vitoria. No cesaban de pasar por ella carros cargados de cajas y arcones de diversos tamaños, los cuales venían del lado de la Puebla, y se detenían, acomodándose en el estrecho camino para dar descanso a las caballerías. También había multitud de galeras y sillas de posta, donde iban las familias españolas que abandonaban la Corte con los franceses. El ruido y el tumulto de aquella parte del camino, donde se reunían y amalgamaban tantos vehículos y caballos, eran espantosos. Unida esta algazara con los martillazos de los que trabajaban sobre el yunque dentro del patio, resultaba una música infernal que hubiera vuelto loco a don Fernando Garrote si el cerebro de este pudiera descomponerse por otra causa que por el espantoso hervir de las ideas.

Paseábase el esclarecido varón con la barba clavada en el pecho y las manos dentro de los bolsillos; su espíritu, después de vagar un buen espacio por las dulces regiones del pensamiento religioso, se irritó de repente, y la idea del suicidio se le puso delante siniestra y halagüeña a la vez, aterrándole y consolándole. Miró Navarro a los que machacaban hierro sobre el yunque, y consideró que le harían merced en dejarle poner su vieja cabeza entre ambos hierros. Después fijó su atención en las diversas herramientas que pendían del techo de un tingladillo donde estaban la fragua y el fuelle; pero no creyó posible apoderarse de ellas, ni menos usarlas contra su vida sin ser inmediatamente visto y atajado. Volviendo al inquieto pasear, puso sus miradas en un pozo que en mitad del patio había, y al punto hizo resolución de arrojarse en él de cabeza; pero tardaba mucho en decidirse a ello, y observaba de soslayo la soga y polea. Acercose al brocal para mirar al fondo, y vio allá abajo su imagen temblorosa y desfigurada dentro de un círculo luminoso. En esta contemplación se detenía, cuando un francés le arrancó de allí, señalándole la fragua.

—Camarada —le dijo en mal español con sonrisa burlona—, allí hacen falta vuestros servicios.

Un español joven, moreno y agraciado acercose en tanto al cura, que no se apartaba de su rincón, y con acento de chacota le dijo:

—¿Qué bueno por aquí, señor Respaldiza? Parece que la expedición no ha salido bien.

—¡Ay, Salvadorcillo de mi alma! —exclamó acongojado el cura—. Al verte, me parece que veo un ángel del cielo... Dime, ¿nos matarán?... ¿Intercederás por nosotros? Yo te ruego que olvides las palabrillas coléricas que se cruzaron entre nosotros anoche en casa de tu madre. Yo suelo gastar esas bromitas...

—Olvidadas están, señor cura; pero me parece que nada puedo hacer por ustedes. ¿Quién es el compañero?

—Allí lo tienes junto al pozo, don Fernando Garrote, el primer caballero de toda la comarca.

—Le hubiera conocido —dijo Monsalud observándole— nada más que por la semejanza que tiene con su hijo Carlos.

Y acercándose a Navarro, que en aquel instante disputaba con el francés, tomó nuestro joven una expresioncilla bastante insolente, y habló de este modo al infeliz anciano:

—Señor don Fernando, aquí dicen que vaya usted a menear el fuelle, y yo creo que este honroso oficio nadie puede desempeñarlo mejor que un señor de la llave dorada.

Miró Garrote al atrevido soldado con tanta ira, que los ojos parecían saltársele del casco.

—Mozuelo sin honor ni vergüenza —exclamó con dignidad y altanería—, ¿piensas que un hombre como yo ha venido aquí para oír tus necedades, ni menos para obedecerte? Estos miserables exterminarán a la gente honrada; pero no la deshonrarán.

—¡Al fuelle! ¡Al fuelle! —gritaron varias voces, y con más fuerza que ninguna la del mozo que hasta entonces había movido sin descanso la enfadosa máquina.

—¡Soplad vosotros, canallas! —gritó Navarro, echando inmediatamente mano al lugar donde debía estar el puño de la espada.

—No hay que apurarse por tan poca cosa —dijo de improviso el cura levantándose del suelo y acudiendo oficiosamente al lugar de la disputa—. Si es preciso que alguien sople, yo soplaré, que lo haré muy bien, caballeritos, y bueno es un poco de ejercicio a estas horas.

Deseando congraciarse con sus verdugos, Respaldiza, cuya poquedad de ánimo y corazón pequeño se habían mostrado ya, a todo se prestaba.

—¿Qué más da? —decía entre dientes—. Más padeció Jesús por nosotros. A él le pusieron atado a una columna y le abofetearon y escupieron. Movamos el fuelle, herreros de Satanás. Si vuestros cuerpos estuvieran dentro del fuego, ¡con qué ganas soplaría!

Metió la mano en la argolla, y tirando de la cadena, infló el depósito de viento. El caño de la fragua resonó con ardiente resoplido, como la respiración de un cíclope, y las moribundas ascuas revivieron lanzando llamas rojizas. Al compás del canto de los herreros, tiraba de la cadena el cura, afectando en su semblante cristiana humildad; pero lleno de cólera, y más que de cólera, de miedo.

La noche sin luna oscurecía el cielo y la tierra; pero no cesaba el espantoso ruido dentro y fuera del patio.

La roja claridad de la fragua iluminó los diversos grupos, y don Fernando, que tenía en su alma todas las oscuridades de la tristeza y todas las llamas de la desesperación, no pudo pensar en echarse al pozo, porque los franceses lo cerraron.

A ratos le causaba profunda pena ver la degradación y falta de dignidad de su compañero de desgracia, el cual seguía en su tarea, y aun sonreía ante los soeces herreros con mengua de su honor y de la jerarquía sacerdotal. Por fin cesó el trabajo; entraron varios soldados españoles y dos o tres renegados, trayendo un par de zaques de vino, a cuya vista se regocijaron todos, disponiéndose a dejarlos vacíos. En el mismo instante llegó Monsalud con algunos soldados, y ordenando a los prisioneros que le siguiesen, entró con ellos en el piso bajo de la casa contigua, que lo era de labor y estaba destinada en su parte alta a alojamiento de oficiales. Sin decirles cosa alguna, encerró a cada uno en una pieza baja, separadas ambas por un tabique ruinoso, sin puerta que las comunicara. Luego que don Fernando entró en lo que parecía mazmorra, echose en el desnudo piso sin mirar al que le había encerrado. Este arrojó un pan en el suelo, y como cayese a regular distancia del prisionero, el sargento empujó la hogaza con la punta del pie, diciendo:

—Ahí tiene usted para pasar la noche. Estoy de guardia hasta las doce y me han encargado la custodia de los dos prisioneros. Traeré también agua y algo de carne, si hay.

—No necesito nada —dijo Garrote sin mirarle—. Yo no como tu pan.

Incorporándose, dio tan fuerte puntapié a la libreta, que la lanzó al otro extremo de la pieza.

—Mal genio tiene usted —dijo el joven con lástima—. Hay que llevarlo con paciencia. El coronel me ha mandado que después de encerrar e incomunicar a usted y a su compañero, les notifique...

—Ya lo sé... que seremos arcabuceados...

—A la madrugada. El general no quiere carnicerías; pero el jueves cogió Mina a diez franceses y a todos los fusiló.

—Hizo bien —dijo don Fernando—; y es lástima que no te cogiera también a ti, español renegado a lo que pareces... Si Dios me sacara de esta cárcel, y recobrase yo mi libertad y mis armas, a ningún afrancesado perdonaría.

—Amigo —dijo el mancebo—, la situación en que usted se halla no es la más propia para vituperar la conducta de los demás y poner cual no digan dueñas a los que, por razones que usted ignora, servimos a los franceses.

—Mi situación no me espanta —repuso el viejo con gravedad—. Moriré por la patria, por la religión, y Dios me acogerá en su seno. La muerte que me espera no la cambiaría por cien vidas como la tuya, infeliz joven, por esa vida deshonrada en flor.

El mozo guardó silencio.

—¿Quién te engañó? ¿Quién te sedujo? ¿Sabes lo que es servir al enemigo y hacer causa común con los verdugos de la patria?

—Hablador es el viejo —dijo Salvador un poco enojado—. Hará usted bien en descansar y en tranquilizarse, señor Navarro. Adiós.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Me lo dijo Respaldiza. Conozco mucho al cura de la Puebla de Arganzón, donde he vivido dos años.

—¿Cómo te llamas?

—Salvador Monsalud... yo soy de Pipaón.

El anciano dio un suspiro profundo echando hacia atrás la cabeza, que al chocar bruscamente contra el tabique produjo un triste y hueco sonido, como el de un cántaro que está a punto de romperse.

—Adiós —dijo Salvador con la mayor indiferencia—. Volveré después a traer a ustedes alguna cosa. Me da lástima de los que van a morir aunque se lo tengan muy merecido... ¿Conque agua? Si hubiera carne... Veremos.

XVII

El estado moral de don Fernando Garrote fue, desde que se quedó solo, el más espantoso que imaginarse puede. La imagen y la idea de la muerte, que poco antes ocuparan por completo su espíritu, huyeron como accidentes fútiles y pasajeros, indignos del pensamiento. Toda su vida pasada, sus culpas, sus glorias se le pusieron delante, juntamente con el infeliz joven cuyo nombre acababa de saber. Veía tan claro el designio de Dios, que hasta con los ojos del cuerpo estaba viendo al mismo Dios delante de sí, grave, ceñudo, majestuoso y admirablemente sobrenatural y divino. Don Fernando sintió el terror más vivo que un alma humana puede sentir; miedo semejante tan solo a los terrores bíblicos que sobrecogían al pueblo elegido, cuando entre rayos y truenos sonaba la voz que había mandado a la luz que se hiciera, y a la tierra separarse de las aguas.

El anciano se prosternó en tierra, y apoyando contra las frías baldosas su ardiente cabeza, dijo en voz alta:

—¡Señor, Señor, lo merezco! ¡He sido un malvado! ¡Cúmplase tu voluntad! ¡Justicia terrible, pero justicia al fin! ¡Digna de mi vida es esta última hora que has dispuesto para mí!

Después siguió balbuciendo en voz baja oraciones piadosas y vehementes, hasta que su alma se fue tranquilizando poco a poco, y las terribles majestuosas facciones del semblante de Dios, que delante creía ver, se amansaron. El pobre anciano respiró, y, levantándose del suelo, fue tentando las paredes hasta el rincón más próximo, donde se acurrucó, cruzando las piernas y los brazos, y entre estos escondiendo la cabeza de tal modo, que parecía un ovillo. En tal postura, solo, sin movimiento, profundamente abstraído y encerrado dentro de si mismo, como el gusano en su capullo, dijo, palabra más o menos, el soliloquio siguiente, examen sincero de sus muchas culpas:

«Consagré mi juventud al vicio. Obediente a la ley de Dios tan solo en lo superficial y externo, falté a todos los deberes cristianos. Iba todos los días a misa y rezaba el rosario, ambos actos sin devoción y por pura rutina, pues en misa no atendía más que a las mujeres que poblaban la iglesia. Llamándome buen católico, y defendiendo de palabra y aun de obra la religión siempre que se ofrecía, mi conducta no dejaba de ser execrable. ¿De qué valía, digo yo, a mi alma el ser presidente por derecho hereditario de la sagrada congregación de _Esclavos de Cristo_, ni hermano mayor de la Virgen de la Asunción y guardián de su camarín, cuyas llaves se han conservado siempre en las arcas de mi familia, con el derecho de vestir la imagen en las grandes fiestas?... ¡Ay! He sido un perverso que se ha burlado de todas las leyes divinas y humanas. Amonestome un buen religioso francisco; pero me burlé de sus palabras, atendiendo más que a él a los que me adulaban fomentando con viles alabanzas mi disolución.

»Diome el Cielo fortuna, sin duda por probarme en el empleo que de ella haría, y más valiera que me criara Dios pobre y desnudo, para que así mi natural vicioso se encaminase a la virtud, y con las abstinencias se educara firme y valerosa mi alma. Mas yo empleé mi hacienda en deslumbrar con engañosos oropeles la inocencia, en seducir con mentidas promesas a honradas familias, en corromper dueñas y criadas. Hice del honor mercadería que con el oro se compra y se vende, y de la paz y buena fama de las familias, un juego caprichoso. El demonio, mi aliado y en realidad mi Dios, sugeríame a cada instante artificios nuevos para derrocar la honestidad y vencer la resistencia que la templanza y el recato ofrecían a mis abominables apetitos. Todo lo atropellé; pisoteé los sentimientos más puros como pisotean los cerdos las flores de un jardín, sin comprender su belleza.

»Dios me tocaba a veces el corazón, dándome ratos de profunda tristeza, en los cuales mi conciencia, aclarándose ante mí con prodigiosa luz, me ponía delante la fealdad horrenda de mi conducta; mas estos momentos, que coincidían siempre con mi cansancio, eran breves como los relámpagos en la noche oscura, y mi alma envilecida dejaba el arrepentimiento para la vejez. Mi memoria, con ser portentosa, no puede recordar uno por uno todos los desafueros que cometí, los planes execrables que realicé, ni las víctimas todas de mi salvaje descomedimiento. Pero en estos momentos terribles en que mi conciencia, a la vista de un hombre, se ha abierto de súbito como una sima llena de horrores, y se me ha presentado Dios con el semblante de la justicia, aprestándose a juzgarme sin misericordia, porque no la merezco, uno solo de mis crímenes se me ofrece visible y claro entre los demás, porque a todos los compendia, y con su magnitud oscurece a los otros.

»La ejemplar persona sacrificada vive, al parecer, para mi castigo. ¡Ay! A muchas seduje, a muchas atropellé; pero con ninguna fue el engaño tan torpe y miserable como con esta. Cuanto puede hacer un hombre para disimular su vil intención, yo lo hice; cuanto puede inventarse para aparecer bueno sin serlo y apasionado sin estarlo, mi entendimiento, fecundo siempre para el mal, lo inventó con pasmoso ingenio. Burleme después de la desgraciada joven a quien sacrifiqué, y yo mismo aplaudí su deshonra en reunión de inicuos amigos y calaveras. Llevado de no sé qué perversos instintos, que desde entonces han sido causa en mí de espantosos remordimientos, llegué hasta a suponer en aquella infeliz faltas que no había cometido, y torpezas y tratos con otros hombres que jamás se acercaron a ella. Escupir el cadáver de la víctima que se acaba de inmolar, no es tan vil como lo que yo hice. ¡Ay! ¿Por qué no taladró mi lengua un hierro encendido como esos que he visto esta tarde en la fragua del patio? ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué no quedé paralítico, ciego y mudo, sin sentido para la maldad, y solo con pensamiento para meditar en mi merecida ruina y pensar en mi salvación?