El equipaje del rey José

Part 6

Chapter 64,047 wordsPublic domain

—Estamos solos —dijo cuando llegaron a la plazoleta inmediata a la puerta que da paso al puente del Zadorra—. Navarro, agradezco tu generosidad. Quieres matarme en buena lid, y no has permitido que me asesinen esos bárbaros. Solos estamos. ¿Es cierto que no traes armas?

—Ya lo he dicho —replicó el otro.

—Lo creo; eres valiente y sé que no las ocultarías por cobardía. ¿Insistes en no batirte conmigo? No me he pasado a los franceses: antes de servirles, yo no había tomado las armas por ninguna causa. Mi destino lo ha querido así; pero no estoy deshonrado. Mi desgracia, mi abandono, mi pobreza, lleváronme a las filas del enemigo, y la deshonra consistiría en abandonarlas en el peligro... Ve, pues, en busca de tus armas; aquí te espero.

—No quiero —repuso Navarro con sequedad—. Ya te he dicho que sigas tu camino.

Y luego, con expresión de orgullo que Monsalud no acertaba a explicarse, añadió:

—Soy guerrillero.

Dijo esto como si dijera: «Soy Dios.»

—Bien: ¿y qué más da que seas guerrillero? Eso prueba que eres valiente —declaró el otro con aflicción.

—¿Sabes lo que haré si te vuelvo a encontrar junto a las tapias de la casa de Jenara, o si la miras, o si hablas de ella en público, siquiera digas solamente que la has conocido?

—¿Qué?

—Cortarte las orejas... Conque adiós.

Dicho esto volvió la espalda y se alejó tranquilamente, dejando a Salvador perplejo y dudoso entre aceptar aquel inopinado desenlace de la contienda o arremeter tras su enemigo para herirle. Una ira loca sucedió a las dolorosas dudas, y, siguiendo a Carlos, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Navarro, eres un cobarde!

El guerrillero volvió atrás, y con provocativa flema le dijo:

—Como están cerca tus amigos; como se les ve desde aquí y podrían venir al menor ruido, te has vuelto tan bravo que si te vieran los gatos de la vecindad, temblarían de miedo.

—Navarro —exclamó Monsalud con frenético coraje—, toma mi sable. Espérame un instante, un instante no más, mientras voy a que un amigo me preste el suyo. Entonces me podrás decir lo que te acomode, y yo morir o cerrarte para siempre esa boca insolente.

—Salvador —gritó Navarro comenzando a perder la enfática serenidad que mostraba—, no me provoques con tus ladridos... Te he perdonado y me insultas, te desprecio y me sigues. Tanto me buscarás, que al fin has de encontrarme.

Con rápido movimiento se desembozó, dejando en tierra la linterna.

—No tienes tú la culpa —dijo—, sino quien, sabiendo lo que eres, baja de noche a hablar contigo por la reja de la huerta. Jenara no te conocía, sin duda, o la engañaste con torpes embustes.

—Dime todo eso con una espada, con una pistola, con tu sangre, malvado —clamó Monsalud rugiendo de ira—, y te contestaré lo que mereces.

—Pues sea —gritó Carlos, y en el mismo momento oyose sonar el chasquido del resorte de una navaja, cuya larga hoja brilló en la oscuridad.

—Yo también traigo la mía —dijo con júbilo Monsalud, arrojando el sable—. Navarro, defiéndete.

Envolvían en el siniestro brazo el uno su capote y el otro su capa, cuando se oyeron pisadas y luego voces alegres que por un callejón cercano se acercaban.

—Son franceses —dijo Navarro, pateando con furia.

—¿Franceses? ¿Y qué importa? Seguirán su camino. Adelante, pues.

—Traidor —gritó el guerrillero—, me has traído a donde están tus amigos.

—Vamos a donde quieras; elige sitio —repuso el jurado apresurándose a partir.

Apenas dieron algunos pasos en la dirección que indicara Navarro marchando delante, cuando se vieron detenidos por media docena de franceses, borrachos todos como cubas, los cuales, reconociendo al punto a Monsalud, le rodearon, y con gritos y vociferaciones del peor gusto le saludaron.

—Dejadme, dejadme solo, amigos —dijo este.

—¿Quién es este bravo mozo? —gritó un francés dirigiéndose a Navarro.

—¡Ah! ¿tenéis pendencia?

—Echad mano al paisano y llevémosle al cuerpo de guardia —dijo un francés.

—Al que le toque —vociferó Monsalud resguardando con su cuerpo el de su enemigo— le mataré como a un perro.

—¡Oh! ¡qué bríos! —gruñó otro francés.

—Vaya, basta de disputas —chilló un tercero—, y vénganse los dos a la taberna con nosotros.

—Tenemos que hacer en otra parte... Sigan ustedes adelante...

—Están desafiados... Ved las navajas.

Ambos contendientes cerraron y guardaron las armas.

—¿Desafío? —dijo uno que tenía la charretera de sargento—. Ahora mismo van a ir los dos al cuerpo de guardia. ¿Conque desafío? A fe de Jean-Jean que no consiento tal cosa.

—¡A la taberna, a la taberna!

Apareció entonces otro grupo de franceses que se unió al primero.

—Vamos, ven acá, farsante —gritó Jean-Jean asiendo a Monsalud por el brazo y tratando de llevárselo consigo.

—Señor espantajo —indicó un jurado amenazando al guerrillero—, o toca usted tablas ahora mismo, o le pondremos a la sombra.

Navarro calló, sofocando su coraje; pero acariciaba la navaja, dispuesto a atravesar al primero que osase ponerle la mano encima.

Salvador, desasiéndose con no poco trabajo de los que entorpecían sus movimientos, se acercó a Navarro, y comprendiendo que la situación de este no era muy satisfactoria, dijo en voz alta:

—Señores, déjenme hablar dos palabras a solas con este amigo, y después nos iremos juntos a la taberna.

—Si me dan tiempo para ir a buscar a dos de mis amigos, a dos nada más —le dijo Navarro en voz baja—, daré cuenta de ti y de esos borrachos.

—Carlos —repuso Monsalud—, ponte en salvo. Nada podemos hacer por esta noche. Estos majaderos no nos dejarán solos.

Trémulo de coraje, el guerrillero no contestó nada.

—Señala sitio y hora para mañana, para pasado mañana, para cuando quieras.

—El sitio y la hora en que nos volvamos a encontrar —respondió Carlos echando fuego por los negros ojos.

—El sitio y la hora en que nos volvamos a encontrar —repitió Monsalud con febril resolución—. Por la noche, y por Dios que la hizo, juro que así será.

—Me voy —dijo Navarro con sarcasmo—. Tus amigos te han salvado esta noche... Ahora, cuando yo vuelva la espalda, azúzalos contra mí.

Sin más palabras ni hechos, Navarro se internó a buen paso por una oscura y solitaria calle; y como algunos de los franceses allí presentes quisieran ir tras él, púsose Monsalud entre ambas esquinas de la angosta vía, y con determinación firmísima dijo a sus camaradas:

—El que quiera seguirle tiene que pasar sobre mi cuerpo.

Cuando Jean-Jean y comparsa se empeñaban en llevar a Salvador a la taberna, este iba en tal estado de sombrío estupor y excitación mental, que a las palabras de sus amigos respondía tan solo:

—¡Él guerrillero, yo francés!...¡Yo francés, él guerrillero!... ¡El blanco, yo negro!... ¡Él cielo, yo tierra! ¡Si ese hombre fuera Dios, yo quisiera ser el demonio!

XII

A poco de entrar en la taberna, y antes que lograran hacerle tomar nada, escapose fuera y se dirigió a su casa en lastimoso estado moral y físico, con la razón delirante, el cuerpo flojo y desmayado como el de un beodo, hablando sordamente consigo mismo a veces, y a ratos profiriendo gritos que alarmaban al vecindario. Cuando entró en su casa, hallábanse en ella, a pesar de lo avanzado de la noche, doña Perpetua y el cura, acompañando ambos a doña Fermina. En el centro de la pieza había una mesa puesta con no poco aparato de vasos y platos, desplegándose allí gallardamente todo el lujo de la casa como para una fiesta. Las viandas que sobre ella estaban, habían dejado de humear, enfriadas ya por el largo plazo de espera, y las quijadas de la santa, como las del cura, se abrían bostezando de apetito y sueño.

—Hijo mío, ¡cuánto nos has hecho esperar! Son las once dadas —dijo doña Fermina, abrazándole—. Pero tú tienes algo; estás amarillo como un muerto. ¿Qué dices ahí entre dientes?

—¡Guerrillero él! ¡Francés yo! —murmuró Salvador dejándose caer en una silla.

—Espera, te ayudaré a que te quites el uniforme —dijo la madre—. ¿Se han marchado ya los franceses?

—Salvador —dijo en tono agrio el cura, observando al sargento con severidad—. Un joven de tus cualidades no debe estar en las tabernas hasta hora tan avanzada.

Y como Monsalud no contestase a la advertencia, sino riendo a la manera que ríen los locos, el presbítero añadió, levantándose de su asiento:

—Salvador, estás borracho. ¡Qué terribles hábitos se adquieren en el ejército!

—¡Y entre franceses! —añadió la beata—. El rey les da buen ejemplo para que sean un modelo de sobriedad.

—Ya se te pasará —dijo doña Fermina con maternal benevolencia—. Hijo, ¿quieres dormir?

—Sí, dormir; quiero dormir —repuso con gozo, recostándose en un arca.

—Toma primero un bocado, muchacho.

—Sí, tengo hambre —exclamó el jurado abalanzándose a la comida y engullendo descortésmente, sin consideración a los demás convidados.

Mas al instante apartó el plato con repugnancia.

—No tengo gana —dijo entre dientes.

El cura se paseaba por la habitación agitado y colérico.

—Los malos hábitos adquiridos no se olvidan en un día —afirmó doña Perpetua, echando al viento la voz por el registro más agridulce—. Esta mañana lo dije y ahora lo repito. Fermina, haz cuenta que no tienes hijo.

Doña Fermina rompió a llorar, y como interrogase cariñosamente al desgraciado joven acerca de sus propósitos y de la enmienda que por la mañana prometiera, este dijo:

—¡Guerrillero él, yo francés, francés toda la vida!

—Salvador —gritó el cura con enojo y fiereza—. Te creí traidor por inexperiencia, mas no vicioso ni degradado... Esta mañana me causabas lástima; ahora me causas horror.

—El pobrecito no sabe lo que se dice, señor cura —añadió la atribulada madre—. Esos pícaros le han llevado a la cantina, y... por fuerza le han obligado a beber. Pero es un alma de Dios mi hijo. Esta mañana nos prometió dejar para siempre esas aborrecidas banderas, y lo hará, ¿pues no ha de hacerlo...? ¿Te quedarás aquí esta noche? Suelta el uniforme y duerme.

Oyéronse entonces lejanos toques de clarín. Callaron todos, sobrecogidos por el son guerrero que parecía venir del campamento francés: Monsalud lo escuchaba con aparente júbilo. De pronto levantose, gesticulando como un insensato, y con desesperados gritos, gritó de esta manera:

—¡Viva Napoleón! ¡Viva el amo del mundo! ¡Viva Francia! ¡Mueran los guerrilleros!

—Esto no se puede tolerar —exclamó el cura bramando de ira y echando mano al respaldo de la silla que más cerca tenía—. ¡Traidor, infame y deslenguado blasfemo, sal de aquí al momento!

—¿Qué has dicho, hijo? —balbució entre angustiosos sollozos doña Fermina temblando como un niño—. Tú, tú, ¿pues no eres...?

—¡Afrancesado, francés hasta morir! —repuso el joven con enérgico brío—. ¡Francés hasta morir!

—Señor cura, señor cura —dijo la madre con tanto espanto como dolor—, ríñale usted.

—Buen caso hago yo de los curas —repuso Salvador mirando con desprecio al venerable Respaldiza—. Son los corruptores del linaje humano, como dicen Jean-Jean y Plobertin, que presenciaron la revolución francesa.

Doña Fermina ocultó el rostro entre sus manos.

—Señor cura guerrillero —añadió el joven con insolente sarcasmo—, cuidado no le cojamos a usted por esos trigos... En mi regimiento no hay piedad para los clérigos armados... ¡Se les coge, se les desnuda, se les ahorca!...

Doña Perpetua se levantó de su asiento como una estatua que de súbito cobra vida para aterrar a los hombres.

—¡Miren la embaucadora! —gritó Monsalud remedando con formas grotescas los ademanes de la santa mujer—. Vendré a rescatar a mi madre de las garras del demonio, para llevármela a Francia.

La beata y el cura le señalaron la puerta sin proferir una palabra.

—¡Guerrillero él, yo francés! —repitió el joven, no con palabras, sino con aullidos—. Madre, adiós, adiós... Escribiré desde Francia.

Tropezando, haciendo gestos amenazadores, y articulando gritos y bravatas poco inteligibles, pero horripilantes como la risa de los locos, salió de la estancia y de la casa, mientras cura y beata auxiliaban a la infeliz madre, que había perdido el conocimiento.

XIII

El buen orden de esta historia pide que ahora dejemos a Monsalud, el cual irá solo o acompañado a donde mejor le plazca y su triste destino le lleve, y que volvamos los ojos y dirijamos nuestros pasos hacia Carlos Navarro, quien, por lo que hasta ahora de él vimos, parece ha de ser personaje de historia y digno de ser conocido más de cerca.

Singular era este hombre, y más singular aún su padre don Fernando Navarro, vulgarmente conocido en la Puebla con el remoquete de don Fernando Garrote, que de sus mayores pasó a él, sin que se pueda saber por qué. Aseguraban los ancianos de la villa que siendo todos los Navarros, desde las generaciones más remotas, hombres muy fuertes, y a más de fuertes, algo pegones y amigos de dominar a los débiles y de machacar sobre los humildes, debieron recibir por estas cualidades el sobrenombre citado, que a maravilla les caía. Los últimos vástagos de esta dinastía garrotil, son los que presentaremos ahora, eligiendo para ello el momento en que, desocupada momentáneamente la Puebla por los franceses, quiso don Fernando poner en ejecución su pensamiento de ir a las partidas con Respaldiza, apretándole a ello la falta que él pensaba hacía en el ejército su tardanza, según eran los agravios que pensaba vengar, proezas que acometer, y cabezas que descalabrar.

Don Fernando vivía desde algún tiempo en una casa de campo hacia Peñacerrada, donde había puesto fin a sus viajes y correrías, porque los achaques y dolores en la trabajada osamenta eran ya obstáculo a su fantasía siempre ardiente y a su corazón valeroso. Triste, solitario y aburrido, dejaba pasar sus días en la vasta vivienda, aun en lo más crudo de la guerra, hasta que por capricho o voluntariedad impropia ya de sus años, resolvió variar de conducta. Para hacer los preparativos de marcha, trasladose el 18 de junio a la Puebla, donde tenía su casa solar, residencia habitual de su juventud y edad madura hasta los últimos años. Allí vivía de ordinario su hijo, y un pariente pobre que le administraba el mayorazgo, consistente en tierras de pan, algunas viñas, y mucho monte en el término de Treviño.

Allí le tenemos, allí está nuestro gran don Fernando en una sala baja, sentado en ancho sillón de vaqueta, con las piernas extendidas sobre un banquillo. Ocúpase en limpiar la hoja de una luenga espada de taza, hoja toledana y grandes gavilanes retorcidos. Frente a él, acurrucada en una silla baja, está la que ya conocemos, incomparable y seráfica doña Perpetua, observando con atención prolija al insigne varón.

Era don Fernando Navarro, o, si se quiere, don Fernando Garrote, un hombre de más de sesenta años; de elevada estatura y bien proporcionadas carnes; ni gordo ni flaco; arrogante en su madura edad; de frente despejada; ojos vivos; los brazos y piernas vigorosos, aunque ya nada listos a causa del mucho cansancio; ancha la espalda; curva y airosa la nariz; blancas y pobladas las cejas, así como el cabello; la piel rugosa y con largos bigotes retorcidos entrecanos, que eran singular adorno de su fisonomía en aquellos tiempos en que todo el mundo se rapaba el rostro. Tenía este hombre la apariencia de un veterano de los antiguos tercios, héroe de las batallas de San Quintín y de las Gravelinas, conquistador de medio mundo y saqueador del otro medio desde Roma hasta Maestrich. Uníase a su belleza varonil y majestuosa cierta expresioncilla insolente y de perdonavidas, y parecía satisfecho de la superioridad que Dios le había dado sobre el resto de los mortales. Observando su vanaglorioso ademán y porte guerrero, viéndole tan convencido de que la humanidad existía para que él probara sobre ella la fuerza de sus puños, se comprendía bien el apodo de _Garrote_ que recibiera del vulgo. Lleváronlo sin ofenderse sus antepasados, que también fueron tremebundos, y el don Fernando respondía al mote y a veces firmaba con él.

Durante su juventud Navarro había guerreado bastantes años, primero en la campaña contra Portugal hacia 1762, después en el bloqueo de Gibraltar en 1779, y aun se asegura que por dar desahogo a su grande afición militar tuvo sus amagos y vislumbres de bandolerismo en tiempo de paz, lo cual es muy propio de españoles; pero esto debe acogerse con prudente desconfianza, y la honra de tan insigne varón nos obliga a no asegurar de un modo terminante lo del latrocinio, consignándolo tan solo como un simple rumor.

Lo que sí no deja duda, por constar en papel sellado dentro de los mismos archivos de la audiencia de Pamplona, es que el gran Navarro entretuvo sus ocios y dio alimento a su arrebatada actividad y ardiente fantasía, introduciendo por los Alduides tejidos de hilo y algodón, en lo que, según su entender, no se ofendía a Dios, siendo claro como el agua que ni en el Decálogo, ni en el Nuevo Testamento, ni en ningún catecismo se dice nada contra el contrabando. Hacía esto nuestro adalid, más que por propio lucro, por ayudar a los amigos, por favorecer a unos cuantos pobrecitos que vivían de ello, por armar camorra con los empleados del fisco y por dar palos. Esto era para Garrote fuente de delicias físicas y morales sin término.

Al llegar aquí, y cuando después de enumeradas casi todas las cualidades de hombre tan eminente, me encuentro enfrente de la más importante, no puedo menos de alzar los ojos al cielo, cruzar las manos, y decir: «¡Bendito sea Dios, que en una sola pieza puso tantas y tan admirables prendas del alma y del cuerpo!» Ello era que don Fernando Navarro, luego que heredó el mayorazguillo, y además algunos pingües dineros que le dejaron dos tíos suyos venidos de las Indias, retirose a la Puebla y allí se hizo un don Juan Tenorio. Su arrogante figura, su garbo para vestir y su mucho gracejo para hablar, su gran experiencia del mundo y diestra habilidad para engañar, proporcionáronle adelantamientos fabulosos en la carrera.

Siendo al mismo tiempo muy liberal y dadivoso, así de dinero como de palos, encontraba abiertos casi todos los caminos, y bien pronto todo el condado de Treviño, toda Álava y aun parte de la Rioja, llenáronse de víctimas en distintas edades y estados. Algunos disgustos experimentó en diversas ocasiones; mas como era Garrote la persona más poderosa en la villa, y casi, casi en la comarca; como tenía la llave dorada, y aun se habló de que iba a recibir la merced de un título de Castilla, todo se quedó en palabras y en dos o tres porrazos. Un fraile francisco quiso con amonestaciones convertirle, librando de azote tan fiero a los habitantes de la baja Álava y Rioja alavesa; mas por una singularidad digna de ser mencionada en la historia, los villanos todos, especialmente los más humildes, se pusieron de parte de Fernando, hasta que el bendito fraile se cansó, y resolvió que lo mejor era rezar por las agraviadas.

Lo que no puede pasarse en silencio es que hacia el fin de su carrera don Pedro se casó, animándole a ello su propio interés y el de una familia de Navarra que con la suya estaba genealógicamente entroncada. Antes, mucho antes del matrimonio, había nacido un varón, que fue reconocido con solemnidad. Sacó Carlitos, con el cariz y la figura de su padre, muchas de las prendas de su alma, y singularmente el valor y la generosidad, y creció el niño en la holganza, dedicándose a ejercicios de fuerza, con descuido de la inteligencia, aunque la tenía privilegiada. No mostró, como el progenitor, afición al galanteo frívolo, y durante algunos años huía de las faldas como del demonio, tanto, que creyeron iba derechito por el camino de la Iglesia; mas de pronto resultó muy apasionado y tierno, y verificose radical transformación en sus hábitos, y más que todo en su pensamiento. En el transcurso de esta fiel historia irán saliendo muchas cosas que ahora no conviene anticipar, y que completarán el conocimiento de este benemérito joven, primero mojigato, guerrillero después, y adornado siempre de estupendas cualidades.

Ahora lo que importa referir es que en 1812 tomó el gusto Carlitos a las partidas, enamorándose de tal modo de aquella errante, gloriosa y popular vida, que a vuelta de pocos meses era uno de los más bravos e inteligentes soldados del bravísimo Longa, siendo tantas sus hazañas que en la Puebla de Arganzón gozaba de más fama que en Macedonia el Grande Alejandro. No está de más decir que, entre las causas que determinaron a don Fernando a meter su cucharada en el negocio de la guerra, no fue la menor cierta comezoncilla o, por ponerlo más claro, cierta envidia del gran renombre de su hijo, y tenía la certidumbre de que con solo echarse al campo eclipsaría con un solo arranque las proezas de todos los fusileros de Longa, Mina y Pastor.

Conocidas así las personas, refiramos ahora lo que hablaron doña Perpetua y el señor Garrote, mientras este, esperando a su hijo, al cura Respaldiza y demás personas que debían acompañarle, se ocupaba en limpiar el moho a varios trebejos, resto de su alborotada mocedad.

—Reflexione usted, señor Garrote —dijo la vieja apoyando las manos en el palo y la barba en las manos—, sobre lo que tantas veces le he dicho y ahora le repito. Un hombre lleno de pecados, que ha sido el escándalo de un siglo y el Satanás de esta honrada villa, debe ocuparse en arreglar sus largas cuentas con Dios para no presentarse a Él desprevenido, con el libro de las deudas de su conciencia tan embrollado y lleno de borrones.

—Cuando vuelva de la guerra, viejecita —repuso don Fernando cariñosamente y con cierto respeto—, te prometo reconciliarme y poner el mayor arreglo en mi libro.

—¡De la guerra! —exclamó la vieja moviendo la cabeza—; ¡y quién sabe si esos pobres huesos molidos volverán como salen! ¡Semejante estafermo no puede mantenerse sobre el caballo, y habla de matar franceses y de ganar batallas! ¡Alabado sea el Señor! ¿No vale más que el señor Garrote se esté quietecito en su casa? Yo vendré a hacerle compañía, y nos regocijaremos hablando de los benditos tiempos pasados y de la ruindad de los presentes, así como de la supina perversidad de los que han de venir, trayendo seguramente el fin y ruina total del mundo.

—Viejecita —repuso don Fernando—, en sesenta años que he vivido no he sentido gusto semejante al que ahora llena mi alma por la empresa que voy a acometer... Ya, ya verán una mano pesada para el sable... Seguramente los franceses tienen ya noticia de que me preparo...

—Si se preparara usted para una buena, larga y devota confesión que fuera una limpia general de su alma, mejor sería... —dijo la santa mujer.

—Hay muchos medios de limpiar el alma y dejarla como un espejo —afirmó triunfalmente Garrote, esgrimiendo la espada y dando dos o tres tajos en el aire—, muchas maneras, y de esto hablan los Santos Padres, según creo, madrita; y si no hablan, es porque se les quedó en el tintero.

—No conozco más medio que el arrepentimiento.

—Verdad es que yo he pecado bastante —dijo el héroe—; pero ha sido sin mala intención. Reconozco que he ofendido a Dios; pero si después de la ofensa le sirvo, ¿el servicio no quita la ofensa?

La mujer del siglo miró con estupor al anciano, sin contestarle.

—Yo pequé —continuó este—; pero he aquí que la gran contienda entre Dios y el demonio es llevada a los campos de batalla; he aquí que yo, hombre un poco ligero de cascos, pero cristiano viejo y con una fe como un templo, saco la espada y digo: «Señor, si mucho te ofendí, ahora te consagro mi vida, y voy a morir en defensa de tu Iglesia o a matar a todos tus enemigos.» Este acto, señora doña Perpetua, esta abnegación mía por la causa de Dios, ¿no bastan a limpiarme, cual si echaran mi alma en lejía?

—Según y cómo —respondió la anciana, confusa ante un problema nuevo para ella, cuya solución no podía dar en definitiva—. Ejemplos hay de guerreros insignes que han ido a ocupar lugar preferente en el cielo solo por una buena batallita ganada contra herejes; pero no se dice que tuvieran muchos pecados, ni que estuviesen impenitentes.