Part 5
—Aquí estoy, siempre tuyo, siempre queriéndote, muriéndome, Jenara, por ti —dijo Monsalud oprimiendo su cuerpo contra las frías y duras tablas—. Dime si me has olvidado, si quieres a otro. Jenara, estás aquí y no puedo verte. ¡Maldita noche!... ¿Me has olvidado? ¿Me quieres todavía?
—Sí —repuso desde dentro la dulce voz—, te quiero. ¿Por qué has estado tanto tiempo sin escribirme? ¡Cuánto me has hecho llorar!
—Jenara —murmuró el joven apoyando su frente abrasada sobre la madera—, mete tus deditos por esta rendija de la derecha.
Dos blancos dedos aparecieron, por la rendija, moviéndose como dos culebritas. Monsalud, después de imprimir en ellos amorosos besos, los estrujó entre sus manos, hasta que la muchacha los retiró diciendo:
—Me lastimas, Salvador.
—Jenara, soy muy desgraciado, soy el más infeliz de los hombres. Déjame que te vea, pues viéndote, aunque sea un momento, me será menos penosa la vida.
—¿Por qué eres desgraciado?
—¿Por qué...? —repuso el joven vacilando—, porque no te veo, porque tu abuelo y tu madrastra no quieren que seas para mí... Jenara, por Dios, rompamos estas tablas.
—¿Estás loco? Deja las tablas como están y hablemos. Aún no sé si podré estar aquí mucho tiempo.
—¿Los de tu casa duermen?
—Sí; pero mi abuelo tiene el sueño muy ligero, y como todos hemos de madrugar mañana para ir a Vitoria, se ha acostado vestido, y al menor ruido, Salvador, saldría como un león.
—¿Te vas a Vitoria?
—Sí; el abuelo teme que los franceses destruyan esta villa. Allá estamos más seguros... ¿Irás tú por allá?
—Tal vez.
—Pero no me has dicho las causas de tu desgracia. Yo también soy desgraciada. Tengo un pesar que me destroza el alma. ¿Sabes por qué? Porque te quiero, Salvador —dijo la muchacha con acento quejumbroso—, porque te quiero mucho, porque desde hace dos años, desde que tú y tu madre vinisteis a estableceros en esta villa, te estoy queriendo.
—¿Lloras, Jenara? —preguntó Monsalud, oyendo los sollozos de su amiga.
—Sí, lloro... Pero de ti depende que me muera de dolor o que sea muy feliz. Respóndeme.
—¿A qué?
—Salvador, Salvador de mi alma, en la Puebla se ha dicho que te habías pasado a los franceses. Hoy mismo dijo mi abuelo que estabas entre los vándalos que llegaron anoche. Yo no he querido creerlo; se me ha resistido creerlo. Dime si es verdad, dime si te has pasado a los franceses; y si es cierto, Salvador, no volverás a oír una palabra de mi boca, ni me verás. Jenara ha muerto para ti. Jenara te aborrece.
Monsalud se quedó yerto y frío y sin habla. Helado sudor corría por su frente.
—Jenara —dijo haciendo un esfuerzo para atraer la palabra de su agitado corazón a sus trémulos labios—, ¿por qué has de tomar tan a pechos...?
—Contéstame pronto —repitió la voz.
El joven vaciló un momento y después dijo:
—Pues bien: es mentira.
—¡Salvador, has dicho que es mentira! —exclamó Jenara alzando la voz—. ¡Bendita sea tu boca! ¡Bendita sea tu alma! Todo mentira; invenciones de la gente, envidia también de tus buenas prendas.
—Invenciones, envidia —repitió sordamente Salvador.
—Pues tú me lo dices, lo creo —dijo la muchacha—. Nunca me has dicho sino la verdad. No sé de dónde ha sacado la gente tal noticiota. Dijeron que te habían visto hoy por el pueblo vestido con un uniforme verde y un sombrero de piel.
Monsalud calló.
—Hace un momento, Salvador mío, me quedé dormida; soñé primero con tu uniforme verde y tu sombrero de piel, adornado con un águila dorada. ¡Me causabas horror! A pesar de tanto como te he querido, viéndote de aquel modo me parecías el más aborrecible, el más espantoso de los hombres.
Salvador sentía en su garganta un cerco de hierro que le ahogaba. Era la gola con la insignia imperial. Bajando hasta su pecho le mordía el corazón, y el águila majestuosa que exornaba su frente no le hubiera quemado el cerebro con más violencia si fuera una llama. El desgraciado joven sentía en su interior una ansiedad semejante a la agonía que precede a la muerte.
—Pero después —prosiguió la joven—, tuve otro sueño mejor. Soñé que lo de pasarte a los franceses era mentira, como has dicho; soñé que volvías a la Puebla vestido de paisano, pobre, pero con honra; que volvías después de haber estado combatiendo con los franceses en las filas de Longa, de Pastor o de Mina... ¿Estás de paisano? Cuéntame lo que has hecho durante ausencia tan larga.
—Todo te lo contaré. Pero dime: si yo hubiera cometido la infamia, la deslealtad, la alevosía de servir a los franceses, ¿es cierto que habrías aborrecido al pobre Salvador, que lo mismo te quiere hoy que ayer?
—No me lo digas —contestó la joven—. ¿Por qué se quiere a las personas? ¿Por el rostro? No lo creas. Se quiere a las personas por las prendas del alma, por el valor, por la honradez, por la generosidad, por la lealtad, por la dignidad, por la nobleza.
Monsalud no oía estas palabras. Sentíalas en su corazón como saetas que se lo atravesaban de parte a parte.
—El que en una guerra como esta —continuó la joven— da de lado a sus hermanos que están matándose por echar a los franceses; el que ayuda a los enemigos, a esa caterva de herejes, ladrones y borrachos, es un traidor cobarde, un ser despreciable, un Judas. Los perros de España merecen más consideración que el que tal vileza comete. Si tú la cometieras, Salvador, no solo te aborrecería, sino que me mataría la vergüenza de haberte querido.
Monsalud apuró con resignación este cáliz de amargura. Las palabras de la fogosa doncella, juntamente con el recuerdo de la escena ocurrida en la casa materna, le hicieron comprender la inmensidad del sentimiento patrio. Todo lo que en este hay de violento y salvaje desaparece ante la grandeza de su lógica. Contra aquello, ¿qué podían José ni Napoleón con todos sus ejércitos? Sobre aquel sentimiento, sobre aquel odio de las muchachas a todo el que no fuera patriota, descansaba la inmortalidad nacional, como una montaña sobre sus bases de granito. Monsalud lo vio todo: vio aquel gigante cruel y sublime, salvaje, pero grandioso, y se inclinó ante él abrumado, vencido, resignado, comprendiendo su propia miseria y la magnitud aterradora de lo que tenía delante.
—Jenara —dijo con voz conmovida—, mete tus deditos por esta rendija. Me muero de dolor; soy el más desgraciado de los hombres.
—¿Por qué? —dijo Jenara poniendo su alma en las yemas de los dedos y echándola a la calle—. Yo estoy contenta... ¿Pero Salvador, qué es esto que toco? Un botón de metal, y otro, y otro. ¿Tienes uniforme?
—Me compré un chaquetón en Valladolid, cuando venía para acá —repuso turbado el militar—. Así se usan hoy.
—Salvador, ahora que te has movido, ha sonado contra el suelo una cosa de hierro. Parece un sable.
—¿Pues no te dije que lo tenía? Sí; me lo dieron unos guerrilleros en Nájera.
—¿Has estado con los guerrilleros? —preguntó la joven con entusiasmo—. ¡Y no me lo habías dicho! ¡Oh, con los guerrilleros! ¡Bendígalos Dios!... Salvador, entra tu mano por este agujero grande que hay más arriba... ¿Conque has estado con los guerrilleros?
La mano de Monsalud pasó de la calle al jardín, y el joven sintió sobre ella los labios de Jenara, quemándole como ascuas, que se le metían por las venas adentro hasta el mismo corazón.
—Salvadorcillo —dijo la joven, acariciando la mano de su amigo—, ¿esta mano ha matado muchos franceses?
A Monsalud, después del anterior fuego, se le heló la sangre en las venas al oír esto.
—Siempre que oigo contar hazañas de guerrilleros —prosiguió Jenara—, me acuerdo de ti. A todos me les figuro como tú, y me parece que nadie puede ganarte en valentía. Sueño con las sangrientas batallas en que perecen muchos franceses. ¡Ay!, si yo fuera hombre, no quedaría con vida ni uno solo de esos perros. Cuando voy a la iglesia y oigo al cura contarnos en el púlpito las ventajas de los guerrilleros; cuando vienen a casa los amigos de mi abuelo y hablan de las batallas ganadas por Longa y Mina, no puedo apartar de ti mi pensamiento. Me moriría de felicidad si oyera tu nombre entre tantas maravillas de valor. Los buenos soldados de España se me representan como San Miguel, ángeles armados y hermosos que destrozan al dragón. ¿Eres tú de esos, Salvador; eres tú un San Miguel? —añadía con exaltación admirable—. Dime que sí, y te querré más todavía. Dime que has matado muchos enemigos, que has defendido a España contra esos borrachos del infierno; dime que te has bañado en su sangre maldita y machacado sus horribles cabezas, y te querré más que a mi vida, te querré como a Dios... Nosotros somos Dios, Salvador; nosotros los españoles somos Dios y ellos el demonio; nosotros el cielo y ellos el infierno. Así lo dicen el cura y mi abuelo, y tienen mucha razón.
—¡Mucha razón! —repitió Monsalud por decir algo—. Jenara, tu frenesí me conmueve. Ahora veo que hay otra religión además de la que está en el catecismo: la religión de la patria. Los hombres la practican y las mujeres la sienten. Si la fe en Dios mueve las montañas, la fe de esa otra religión también las mueve. Con ella el heroísmo y el martirio son cosas fáciles... Jenara, yo te juro ante Dios que nos está mirando desde lo más alto del cielo, que haré todo lo posible para elevarme como tú hasta el último grado en la fe de la madre España. Mis proezas no han sido hasta ahora muy grandes; pero aún hay franceses en la tierra. Soy joven, fuerte, robusto: soy soldado de la patria. Morir por ella y morir por tu amor me parece lo mismo. Jenara de mi alma, quiéreme mucho.
—Salvador mío, ese es el lenguaje que me gusta oírte —dijo la muchacha—. Estamos en guerra. Todo hombre que no sea guerrero hoy no merece más qué desprecio. ¿Te gusta a ti la guerra, Salvador? Di por Dios que sí, dímelo.
—Extraordinariamente, Jenara. El corazón que no palpita por estas tres cosas, Dios, la mujer amada y la victoria, no es corazón de español ni de hombre.
Sintiose el suave estallido de algunas tablas. Jenara sacudía la empalizada.
—¿Qué haces? —le preguntó Monsalud—. Esto se mueve.
—Salvador, amigo querido de toda mi vida —dijo con pasión la muchacha—. ¡Malditas sean estas tablas que nos separan! Empuja un poco de ese lado.
—Se romperán, Jenara. Esto no es tan fuerte como parece —indicó el joven con terror.
—Quiero verte —añadió Jenara con voz que se ahogaba entre sollozos y suspiros—. Hace tanto tiempo que no te veo... y si ahora te vuelves con los guerrilleros, y tu arrojo te causa la muerte en una acción... no te veré más... ¡Ay! estas condenadas tablas no ceden.
—No —repuso el mancebo tranquilizándose.
—Oye —dijo la doncella con exaltación—, si es tan grande tu empeño por entrar y verme, no es menor el mío. Nada más triste que hablar y no poderse ver las caras. ¿Estás pálido, Salvador, estás tostado del sol?... Oye lo que me ocurre. Mi abuelo tiene la llave de esta puerta sobre la mesa de su cuarto. Ahora duerme... puedo entrar de puntillas y cogerla. No sentirá nada... Aquí está el candado, hijito... se abrirá fácilmente... ¿Conque voy por la llave?
X
—Detente —dijo Monsalud, a quien causaba rubor y angustia la idea de que al abrirse la puerta descubriera Jenara por su traje el engaño de su patriotismo y la verdad de su afrancesamiento—. Detente, Generosa, y reflexiona un momento sobre lo que vas a hacer... Te quiero más que a mi vida; te quiero, no por egoísmo, sino con verdadero amor que por encima de todo pone el bien de la persona amada. No necesito llave para abrir esta puerta del cielo, Jenara: basta un esfuerzo mío para echarla a tierra; pero no la romperé, no, porque mi propia estimación y, sobre todo, la tuya, me lo prohíben.
—Dices bien: yo estoy loca —murmuró la muchacha—. Acércate; que sienta yo tu respiración pasando por estas rendijas, Salvador mío. ¿No te marcharás todavía?
Monsalud, fatigado de la farsa que estaba representando y que repugnaba a la dignidad y lealtad de su alma generosa, mas sin deseos de ponerle fin alejándose de la dulce criatura amada, quiso variar de conversación, entablándola sobre un asunto que no tuviera relación con la guerra, ni con los franceses, ni con los guerrilleros.
—Niña mía —dijo—, se me había olvidado un asunto del cual pensé hablarte.
—¿Cuál?
—Durante este tiempo en que no nos hemos visto, he tenido celos, muchos celos. En Madrid me dijeron que querías al hijo de don Fernando Garrote. Recordarás que cuando éramos novios, él te hacía la corte; que Garrote y yo nos mirábamos con muy malos ojos; que por haber reñido primero de palabra y después de obra, tuve que salir de la Puebla jurándole enemistad eterna. Si después de esto, has tenido la debilidad, no digo de quererle, porque esto me parece imposible, sino de admitir sus galanteos, buscaré a ese fatuo y donde quiera que lo encuentre, lo mataré.
Contra lo que Monsalud esperaba, Jenara no se escandalizó de lo que acababa de oír ni menos contestó a los agravios del mancebo con mimos y lloros, según costumbre tan antigua como el mundo. Oyó él tras los maderos una risita que no le agradó, y después estas palabras:
—¡Qué tonto eres! No hagas caso de eso. Cierto es que Carlos Garrote me hace la corte y quiere casarse conmigo. Me envía regalitos, ramos de flores, va a misa a la misma hora que yo, y algunas veces viene con sus amigos a desgañitarse bajo las rejas de esta casa, acompañado de guitarras y bandurrias.
—¡Jenara, Jenara, me estás destrozando el corazón! —exclamó el mancebo con fuego—. ¿Por qué te ríes?
—Me río de él. Y no es mal muchacho, Salvador —continuó Jenara—. Tiene buen porte, muy bueno, sí, y también excelentes cualidades, solo que no es amable ni delicado como tú, sino brusco, serio y...
—Y fatuo, vanidoso, y soplado —interrumpió Monsalud—. Veo que no te disgusta mi enemigo.
—Ni me gusta, ni me disgusta —dijo la doncella, aplicando su boquita a las hendiduras para que se oyese mejor lo que decía—. Si no lo quiero, tampoco desconozco sus buenas cualidades, especialmente el valor grande y temerario que ha mostrado en esta guerra. ¿Qué crees tú? Carlos Navarro, el hijo de don Fernando Garrote, es la admiración de esta villa y el honor de todo el país de Álava. Ha corrido por esos mundos con Longa y Pastor, y todos dicen que no han visto mozo de más arrojo y bravura. ¿Pues y su tino para la guerra? ¿Y su ciencia militar, que nadie le ha enseñado? Todo lo sabe, y es al modo de los grandes capitanes, que en un abrir y cerrar de ojos aprenden por completo el arte de pelear. Mi abuelo asegura que de Carlos Navarro a Alejandro el Grande va menos que el canto de un duro. Hace meses, cuando entró en la Puebla después de haber derrotado a los franceses, todos los habitantes de esta villa salimos, como en procesión, a vitorearle. ¡Qué día, Salvador! Yo me acordaba de ti, y hubiera querido que estuvieses aquí para ver tanto entusiasmo. Yo no cabía en mí de puro confusa, exaltada y alegre. No sé lo que pasaba en mi alma cuando vi a Carlos Navarro en su caballo blanco entrar triunfalmente cubierto de guirnaldas de flores, con la espada en la mano y el orgullo de la victoria en los ojos. ¡Ay, Salvador, me eché a llorar!
—¡Te echaste a llorar! —dijo Monsalud, con un volcán de celos dentro del pecho—. No lo digas delante de mí. Eso es un insulto, Jenara... me estás matando.
Sin añadir más palabras, golpeó con tanta violencia las tablas, que la débil empalizada vaciló. Ocupado por el dolor y los celos, que entre confusiones mil agitaban su alma, Monsalud no advirtió que en el extremo de la calleja donde tan descuidadamente departía con su tormento, había aparecido un hombre; que aquel hombre se había acercado con cautela y puéstose inmóvil y vigilante como a dos varas de la amorosa conferencia. Cuando la empalizada crujió al recibir los golpes de fuera, dio algunos pasos más hacia adelante el que parecía fantasma, y entonces le vio nuestro celoso joven.
Ambos se miraron sin hablar nada, hasta que el desconocido rompió el silencio, diciendo con voz grave:
—¿Qué hace usted aquí?
—Lo que quiero —repuso Monsalud reconociendo al instante la voz de Carlos Navarro, hijo único del célebre y hasta ahora no conocido don Fernando Garrote—. Siga usted su camino, que no me creo obligado a informarle de mi conducta, señor entrometido.
—Ahora veremos quién desfila —dijo el otro sin perder la calma—. Me parece que tengo enfrente a Salvadorcillo Monsalud, el cual marchó a Madrid a servir a los franceses.
—El mismo soy —exclamó el militar con brío—. ¿Qué quieres de mí, Carlos Navarro?... Supongo que traerás una espada.
—No.
—¿Navaja?
—Tampoco. Vengo sin armas. Si las trajera, no las deshonraría midiéndolas con las de un miserable traidor, con las de un vendido a los franceses.
—¡Navarro! Llevo un uniforme que no es el tuyo —exclamó Salvador con violento coraje—. No lo desprecies. El corazón que va dentro de él no ha cometido ninguna acción villana. Lo mismo puedo matarte con una espada española que con un sable francés.
—¡Vendido!... deja libre la calle. No reñiré contigo. Cuando me encuentro con un traidor, escupo y paso.
—¡Miserable, cobarde, salteador de caminos! —gritó Monsalud sintiendo culebrear el rayo dentro de sus venas—. Defiéndete, si no quieres que aquí mismo te atraviese y envíe al infierno tu alma perversa.
Monsalud desenvainó el sable. Navarro no hizo movimiento alguno hostil; pero echando atrás el embozo de su capa negra, alargó la mano sin otra arma que una linterna. El espacio que separaba a los dos enemigos se inundó de luz.
En el mismo instante la empalizada, que poco antes se estremecía sacudida con violencia por un hombre, cedió por completo a los esfuerzos de una mujer, y abierta al fin, dio paso a Jenara, que, pálida como la muerte, fue derecha a ponerse entre los dos jóvenes. Alargando sus brazos, podía tocar el pecho del uno y del otro. Lo primero en que se fijaron sus ojos fue en la gallarda persona del renegado, cuyo brillante uniforme reflejaba la luz de la linterna en los relucientes botones de cobre, en el águila, carrilleras, gola y cartera. Jenara dio un grito agudísimo; miró a uno y otro galán alternativamente, acongojada y confusa, como quien no cree lo que ven sus ojos y tocan las propias manos. Monsalud, que resuelta y ciegamente iba ya contra su enemigo, detúvose al ver interpuesta a la hermosa joven.
—¡Este es Monsalud! —exclamó ella con perplejidad indescriptible—. Navarro, ¿es este Monsalud?
—Por el uniforme francés se le conoce —respondió el guerrillero.
—¡Francés, francés! —gritó la doncella—. ¡Tú francés..., embustero además de traidor!
—Sí, francés, francés —rugió Salvador—; francés, traidor y embustero y todo lo que quieras; pero vete de aquí y déjame solo con ese hombre.
—¡Virgen María! ¡Señor mío Jesucristo! Asísteme en este trance —murmuró la joven.
Después entró corriendo en el jardín, y desde la empalizada y con voz clara, argentina, sonora, penetrante, voz que no puede definirse, como no puede definirse la pasión extraña que la inspiraba, gritó:
—¡Navarro, mátale, mátale sin piedad!
XI
—Mátale —repitió alejándose la voz, al mismo tiempo dulce y guerrera—, mátale por embustero y traidor.
Monsalud, al oírla, sintió en su corazón frío de muerte; sintiose cobarde; zumbó en su cerebro la sangre inflamada; su brazo era un estropajo inerte que apenas podía mover el sable, aquel hierro, trocado en caña inútil por la súbita congoja del alma... El universo entero se le había caído encima.
—No tengo armas —dijo Navarro sin dar un paso hacia adelante ni hacia atrás y soltando la linterna—. Puesto que no puedo ni quiero batirme contigo en lid de caballeros, asesíname, francés; ese es tu oficio. Asesina al guerrillero de Andía y la Borunda.
La serenidad grave y un poco petulante de aquel hombre; el mirar fijo de sus ojos; su hermosa estatura; la capa que de los hombros le caía hasta los pies, dándole el aspecto de una estatua negra, trastornaron a Monsalud más de lo que estaba. ¿Por qué no decirlo? Tenía miedo, un pavor semejante al que infunde la superstición. Todo cuanto veía parecíale sobrenatural, obra del demonio, obra de Dios tal vez. Sobreponiéndose a su espanto, dijo:
—Es mentira, la traes bajo tu capa. ¿Tienes miedo?
Con esta pregunta pensó sacarle de su fría impasibilidad; mas el otro, sonriendo con desdén, replicó:
—Salvador, guarda ese chisme y vete con los tuyos.
—Mátale, mátale por traidor y embustero —gritó más lejos, desde la casa y junto a la puerta que daba al jardín la voz divina y furiosa de Jenara.
Un hecho es este cuyo tenebroso misterio no penetrará jamás con exactitud el observador; pero es indudable que la pasión amorosa, confundida con el arrebatado sentimiento patriótico que en el alma de la mujer produce fenómenos extraordinarios, durante las grandes guerras de raza, está sujeta a veleidades casi increíbles. El fanatismo de Jenara hizo de ella, en la ocasión crítica que se narra, un ser espantoso; pero ¿es posible pronunciar la última palabra sobre la vengativa saña de su alma exaltada, sin deslindar lo que de sublime y de perverso había en los sentimientos que precedieron a la tremenda explosión? La pavorosa figura bella y terrible, que pedía la muerte de un hombre, pocos minutos antes amado, encaja muy bien dentro del tétrico cuadro de la época, en la cual las pasiones humanas exacerbadas conducían a los hechos heroicos y a los mayores delirios. Había en Jenara una entereza romana que de ningún modo podía ser completamente odiosa: en sus odios, lo mismo que en sus amores, no se quedaba nunca a medias.
—Tiene razón —dijo de súbito Monsalud arrojando el arma—. Yo soy el que debe morir. ¡Navarro, ahí tienes mi sable! Da gusto a Jenara.
Navarro recogió el sable y, entregándolo a su rival, le habló así:
—Te he dicho que te marches a tu campamento. Ni una palabra más. No gusto de conversación.
En el mismo instante sonaron dentro de la casa voces de alarma.
—¡A ese! ¡al francés!... ¡al renegado! —gritaban voces distintas.
Viéronse luces, abriéronse puertas y aparecieron algunos hombres y mujeres con escopetas y palos.
—¡Al pozo con él! —gritó uno.
—¡Ahorcarle!... venga la cuerda —gritó otro.
—Meterle en el horno —vociferó un tercero.
De las casas vecinas salió más gente; aparecieron grupos por la calleja, de tal modo y con tanta presteza, que Monsalud se vio amenazado por una ruidosa caterva de personas de todas clases.
—¡Muerte al francés! —gritaban.
Recobrando su ánimo, el jurado se apercibió para defenderse.
La voz de Jenara repitió a lo lejos con estridente aullido, que parecía proceder de la garganta de un ángel de exterminio, flotante en el negro espacio sobre el lugar de la escena, las siguientes palabras:
—¡Por traidor y embustero!
Hubiéralo pasado muy mal, perdiendo seguramente la vida el pobre jurado, si su propio rival no le defendiese de aquella turba rabiosa, apartando a unos, haciendo callar a otros, y repartiendo a diestro y siniestro empujones y porrazos.
—Nosotros no asesinamos —gritó—. Dejen libre a este pobre hombre que se va a su campamento.
Pero ya que no podían acabar con él, siguieron azuzándole con la soez valentía del número. Protector y protegido, sin dejar por eso de ser encarnizados enemigos, caminaron largo trecho, abriéndose paso con dificultad. Gracias a la hora tardía y oscuridad de aquellos lugares, no acudió más gente al alboroto, que si acudiera, mal lo habría pasado el del uniforme francés a pesar de hallarse tan cerca sus amigos. Felizmente para Salvador, a medida que avanzaban, disminuía la molesta chusma, hasta que al fin, después de andar largo trecho hacia una de las puertas de la villa, donde se distinguían las fogatas y se escuchaba el rumor de las fuerzas acampadas, la ruin turba quedó reducida a media docena de hombres. Navarro les aplacaba y despedía uno por uno, logrando al cabo quedarse solo con la víctima. Más abrumaba a Monsalud la nobleza que demostrara en la referida ocasión su enemigo que los insultos con que le vituperó poco antes.