Part 14
—No... —dijo la joven, reponiéndose de su sobresalto y turbación—, es que... no sé por qué me he estremecido toda y he sentido frío en el corazón al ver...
—¿Qué has visto? —preguntó el viejo deteniéndose.
—Todavía no han enterrado aquellas águilas, papaíto, aquellas águilas que brillan en los sombreros peludos, en las golas, y en las carteras, y en los botones... Sus alas abiertas, sus picos corvos, sus garras que aparentan un haz de rayos...
—¿Qué?
—Me dan miedo.
—¡Eres tonta! Adelante... Pero si no me engaño, ese que hacia aquí viene es nuestro amigo Carlos Navarro... Mira tú, a ver si me engaño...
Miraba hacia atrás la damita con la fijeza de una curiosidad vivísima. Su rostro había adquirido marmórea blancura.
—¿Por qué te detienes y miras hacia atrás? —gruñó el viejo sacudiendo el brazo—. ¿Dices que tienes miedo y miras, Jenara?... Te digo que observes si ese que se ha detenido junto a aquel cañón es Carlos Navarro, el hijo del desgraciado don Fernando Garrote.
—El mismo es —repuso Jenara observando.
—Vamos hacia él... ¡Pobre muchacho! Quizás no sepa todavía el desgraciado fin de su padre, asesinado en Aríñez por los vándalos.
Antes que nieta y abuelo llegasen junto a él, Carlos Navarro, que los vio, corrió a su encuentro. Su semblante estaba alterado por viva aflicción, y algunas lágrimas humedecieron sus ojos cuando tomó, para besarla, la mano del decrépito anciano, su amigo.
Vestía Navarro un traje que no era completamente militar, ni tampoco de paisano. Componíase de una blusa en cuyas mangas, a falta de charreteras, mostraban la arbitraria graduación del guerrillero galones diversos de plata y oro, puestos con arte y aun con cierta elegancia. Botas y espuelas muy finas eran distintivo de que guerreaba a caballo, y cubría la cabeza, no con los empinados morriones de la época, sino con una sencilla gorra verde de cuartel, primorosamente bordada de oro. La sofocación del día anterior, y la pesadumbre recientemente recibida, habían dado a su rostro un tinte violáceo y como enfermizo, que parecía aumentar el negror de sus fieros ojos, afilarle la nariz y hacerle más grande la frente. Había en su cuerpo la indolencia de la victoria un poco enfatuada; pero aun así, por su alta estatura, airoso porte y grave semblante, era una de las figuras de más atractivo que podían verse.
—Señor don Miguel de Baraona —dijo con voz conmovida—, ¿ha venido usted desde Vitoria a ver el campo de batalla y el gran convoy ganado?
—Sí —replicó con entusiasmo el anciano, encendido su corazón con fuego juvenil—, he venido a ver vuestros triunfos, vuestras glorias, jóvenes sublimes, jóvenes admirables, ¡hijos queridos de España y de Dios! Ven acá —añadió echándole los brazos al cuello—, ven acá, y déjame que te estreche contra mi corazón: abrazándote, creo abrazar a toda la España valerosa y cristiana. Me rejuvenezco, hijo mío. Que Dios te bendiga, que Dios te conserve. Tú y los tuyos sois instrumentos de su bondad divina, sois la imagen humana de su brazo omnipotente. Seguid en vuestra gloriosa, en vuestra santa tarea de limpiar esta cizaña, que no os faltará quehacer en algún tiempo, porque el mal se ha desatado en España y vendrán días de sangre... Ya sé por qué estás tan afligido, hijo mío; ya he sabido por unos jurados prisioneros que fueron anoche a Vitoria, la inmensa desgracia...
—¡Mi padre!... —exclamó Carlos cubriéndose el rostro con las manos.
—Tu padre, tu excelente padre —dijo Baraona—. Don Fernando Navarro, el gran caballero cristiano de Treviño, el hombre de ideas sólidas, el español puro, ha sido asesinado por los traidores... Lo sé, y he llorado al patriota y al amigo. También sé que murió el pobre Respaldiza.
—¡No esperaba esta desgracia! —murmuró con desaliento Navarro secando sus lágrimas—. Confiaba en Dios; me sentía protegido por la divina mano, y al ver el heroísmo de mi padre, su firme propósito de pelear por la patria y por la Iglesia, creía yo que el Señor no podía abandonarle en manos de los facinerosos.
—¡Oh! ¿Sabemos acaso sus designios profundos? —dijo con buena entonación Baraona, señalando con su palo el firmamento inundado de luz—. Hijo mío, oye bien lo que te digo, que es la voz de un patriota y de un español puro, sin mancha de afrancesamiento. Además del paraíso que Dios destina a los elegidos, ha de haber otro paraíso mejor para estos mártires de la patria, para estos defensores de los grandes principios, para estos que en primera línea han peleado por la esposa de Jesucristo, para estos a quienes debe la sociedad su fundamento, para tu virtuoso y santo padre, en fin.
—¡Otro cielo! —murmuró Jenara pensativa.
—¡Has perdido a tu padre! —prosiguió Baraona con efusión, estrechando de nuevo al joven entre sus brazos—. En mí tendrás otro desde hoy. Carlos Navarro se arrojó en los brazos del anciano, ocultando en el hombro de este su rostro inundado de llanto.
—Hace tiempo que tu buen padre me habló de un dulce proyecto que me agradaba en extremo, Carlos —dijo el viejo mirando alternativamente a su nieta y al joven guerrillero—. ¿Sabes lo que quiero decir? Tú mismo me has manifestado de una manera indirecta la noble afición que te inclina hacia mi familia. Carlos, hijo mío, que este día de gloria, aunque triste para ti, lo sea también de contento para los tres que aquí estamos.
Jenara se puso como una amapola.
Contra lo que Baraona esperaba, Carlos no hizo demostración alguna de contento. Mirando a Jenara con tristes ojos, dijo:
—Jenara no me quiere.
—¡Que no! ¡Mal pecado! —gruñó el viejo mirando con asombro a su nieta, que callaba—. Jenara, recuerda lo que me dijiste la noche en que salimos de la Puebla... Pero, hijos míos, vosotros os entenderéis. No es propio de mis canas intervenir como mediador de galanteos. Carlos, ven con nosotros. Tú tienes cara de no haber comido en tres días; yo y mi nieta no hemos tomado cosa alguna después del chocolate; pero como pensamos pasar aquí gran parte del día, trajimos una no despreciable refacción. Vamos allá... ¿En dónde dejamos el coche, Jenarilla? Ya... ahí; hacia aquellos olmos. Ven, Carlos; allí nos espera el señor canónigo de la colegiata, don Blas Arriaga, el capellán de las monjas de Santa Brígida y mi primo el secretario de la Inquisición. Despáchate; si tienes algo que decir a tus amigos, acaba pronto; pero no convides a ninguno, porque nos quedaríamos a media ración... La merienda no es mala: viene alguna carne fiambre, lengua y una pavita. Las monjas añadieron bollos y limoncillos, y el canónigo trajo lo mejor de su bodega... Pues parece que no y tengo hambre. Este aire del campo, el regocijo de este día... En marcha, en marcha, pues.
Dirigiéronse los tres hacia el lugar donde esperaba el cochecito. En los lugares más apacibles del vasto campo, veíanse algunas meriendas sobre la verde yerba, pues los vitorianos hicieron festivo aquel día, tomando la visita al campo de batalla como una especie de romería, en la cual no podían faltar ni el buen vino, ni las buenas tajadas, ni la noble expansión euskara.
Jenara y Carlitos marchaban silenciosos; pero por los tres hablaba don Miguel de Baraona, siendo tal su alborozo que desde lejos empezó a agitar el palo, llamando con su cascada voz a los tres personajes que antes mencionara, y que vagaban por aquellos contornos. Antes de que todos los comensales se reunieran, pasaron Baraona y la nieta por el mismo paraje donde poco antes infundieran a esta tanto miedo las águilas de los insepultos jurados.
—¿Otra vez tiemblas? —le dijo el abuelo observando que la muchacha palidecía—. ¡Qué medrosa eres!
—Jenara no puede tener miedo a los muertos —afirmó Carlos con aplomo—. Jenara es una mujer valerosa.
—¡Ay, no vayamos por aquí! —exclamó la joven soltando bruscamente el brazo de su abuelo: he visto, he visto...
—¿Qué has visto?
—Ya están dentro del hoyo —dijo Baraona acercándose al grupo de gente que rodeaba la ancha sepultura—; pero falta echar tierra, mucha tierra encima.
Jenara, a pesar de su agitación, en vez de huir, acercose resueltamente al hoyo, y allí permaneció fija, inmóvil, con la vista clavada en aquella hondura donde yacían revueltos y en extrañas posturas los cuerpos arrojados dentro. Observolos a todos y a cada uno con atención profunda: ni lloraron sus ojos, ni perdió su semblante aquel grave ceño estatuario que la asemejaba en tal escena a una diosa antigua recibiendo la ofrenda de sangre humana vertida en aras de su orgullo.
—Abuelo, ya ves cómo no tengo miedo a los muertos —dijo al fin—. ¿Y tú?
—Ven, ven acá, tonta, tontísima —gritó el abuelo.
Los que contemplaban el fúnebre espectáculo se descubrieron, y empezó a caer tierra dentro.
—Dios manda que se rece a los muertos y se perdone a los que nos han ofendido —dijo gravemente Navarro descubriéndose también al pasar junto al hoyo, y contemplando los fúnebres despojos que dentro había—, pero no puedo mirar sin encono vuestro uniforme. Si tuvisteis parte en la muerte de mi padre, ¡malditos!, que Dios os condene eternamente, y sean vuestros tormentos superiores a todo lo que puede imaginarse.
Dicha esta imprecación, que denotaba las violentas pasiones del alma de Carlos Garrote, hizo la señal de la cruz y se unió a Baraona, que ya estaba algo distante, junto a su nieta. Cuando llegaron bajo los olmos, ya el canónigo de la colegiata, el capellán de las monjas y el secretario de la Inquisición revolvían la cesta de los fiambres.
XXVI
Aquella a quien oímos primero junto a la empalizada de una huerta de la Puebla de Arganzón, y acabamos de ver y oír ahora mismo al borde de una sepultura, era una muchachuela bonita, de apariencia delicada y casi infantil. Recordaba normalmente su fisonomía la de aquellas vírgenes a quienes figuran los pintores tocando el laúd y a veces el violín en los místicos conciertos del cielo, entre aperladas nubes que hacen resaltar el oro de sus cabellos y la beatífica seriedad de sus labios sin sonrisa, pues el arrobamiento y el canto las ponen graves como doctores. Jenarita o Generosa, a pesar de su belleza virginal, tenía en ocasiones un ceño algo sombrío y un modo de mirar que no indicaba la diafanidad o, mejor, el perfecto equilibrio de espíritu de un ángel celeste. Gravemente meditaba, y aunque su semblante era de esos que en otros caracteres y en la misma edad están siempre mirando a todos lados, aunque no vean más que el vuelo de las moscas, ella parecía estar dispuesta a no ocuparse nunca de cosas pequeñas. Las moscas que ella miraba no las veían los demás.
La fisonomía engaña casi siempre, y bajo aquel semblante, que recordaba a la espigadora Ruth o a la organista Cecilia, se escondía una culebrita graciosa que halagaba enroscándose, un carácter vehemente que a la edad de diecisiete años vivía atormentándose a sí mismo con aspiraciones locas, con entusiasmos delirantes, con deseos no bien definidos o que variaban a cada hora. El reptil a sí propio se mordía por no haber encontrado todavía en quién cebarse, y con la cola se azotaba la cabeza. Impresionable hasta un extremo casi inverosímil, lo que a otras entristecía a ella la ponía furiosa; lo que a otras daba gozo, infundía en aquesta una fiebre de júbilo que necesitaba un pesar para calmarse. Sus sentimientos, siempre en lucha, se manifestaban de improviso y de una manera torrencial y borrascosa. Cualquier accidente externo, impresionándola como impresiona el rayo, podía hacerlos cambiar en un instante.
Sus ideas eran, sin embargo, exclusivas y fijas; ideas asimismo oscuras y extravagantes sobre la vida y la sociedad, pero arraigadas tenazmente. Tenía la terquedad de su abuelo, hombre de granito, una especie de montaña humana, formada con los seculares yacimientos del ideal de la autoridad, y que no podía henderse ni desmoronarse, ni dejar de ser montaña. Carecía Generosa de la fácil ternura que parece propia de una complexión delicada, y cuando este dulce sentimiento aparecía en ella, era enteramente superficial y simulado. Finalmente, no le faltaban dotes de inteligencia, siempre que no se tocase a las preocupaciones o a las ideas que en su consistencia geológica eran base de la familia.
Todo esto lo veremos más adelante, porque esta hermosa bestiecita, esta mujer linda y profunda, este hermoso vaso lleno de tempestades, y que, conteniendo el océano, parece una redoma de peces, ocupará lugar muy importante en las historias que van a leerse, y a las cuales sirve de prefacio la siguiente.
Sentados todos, y tendido el mantel, la cesta dio de sí todo lo que tenía, y empezó la comida.
—Es preciso sobreponerse a la tristeza que esos desagradables sucesos hayan podido ocasionar a alguno de los presentes —dijo el viejo Baraona, descuartizando la pava, mientras el capellán de las monjas de Santa Brígida aplicaba su nariz a la boca de las botellas para ver si era justa la fama de las bodegas del señor canónigo.
—Basta de melancolías, Carlitos —indicó el secretario de la Inquisición—. A lo hecho pecho, y cuando las cosas no tienen remedio...
—Dejadle que se desahogue y llore la muerte del más insigne caballero de este país —ordenó con énfasis Baraona, partiendo en lonjas la lengua de vaca, sin dar ni por un momento reposo a la suya—, de aquel modelo de patricios, de aquel hombre cuyos sanos principios en todo lo relativo al gobierno de estos reinos, eran admiración y enseñanza de cuantos le oían.
—Grande y ejemplar varón ha perdido España, no puede dudarse —añadió, elevando los ojos al cielo, el capellán de Santa Brígida, tranquilizado ya respecto a los títulos de celebridad de las bodegas de su amigo—. Le lloraremos toda la vida los que conocimos su caballerosidad y aquella noble entereza de principios.
—Su muerte —dijo Baraona llenando los platos de los demás— debe quedar en la memoria de los buenos hijos de España como un recuerdo santo. Ha sido el mártir de esta gloriosa fe del patriotismo cristiano, del patriotismo cristiano, señores, entiéndase bien. Siempre habrá distancia inconmesurable entre lo que yo llamo el _patriotismo cristiano_ y esa gárrula palabrería de los que se llaman _patriotas_ en Cádiz y en Madrid.
—Los que nos llaman _serviles_, señor don Miguel —indicó el capellán.
—Tan infame mote —afirmó Baraona frunciendo el ceño y apretando el puño— será escrito con sangre en la frente de los que lo inventaron. ¿No es verdad, Carlitos?
Carlos, profundamente abstraído, ni comía ni contestaba sino con ligeras inclinaciones de cabeza.
—¿Saben cómo les llamo yo? —dijo Baraona con violenta cólera y dando fuerte golpe en la tierra con la botella que en su mano tenía—. ¡Pues les llamo _negros_!
—_Negros_ —repitió Jenara con súbito arranque de jovialidad que contrastaba con su anterior tristeza—. Pues sea: beba usted, señor capellán; beba, señor canónigo, y usted, señor secretario.
Y tomando la botella de manos de su abuelo, a todos repartió porción bastante a humedecer los secos paladares.
—¿Y usted no bebe Generosita?
—¿Yo?... una miaja... menos, mucho menos, señor capellán: con medio dedo me basta —repuso la muchacha levantando el vaso, para impedir que el capellán lo llenase todo, como quería.
—Y aún me parece mucho —indicó Baraona—. A ver, Carlos, tu vaso.
—Ahora —dijo la doncella con animado semblante— alcen ustedes los vasos y beban a la salud de toda la gente _blanca_.
Tan entusiasta proposición, dicha con arrebatadora voz, con gran viveza en los ojos, con una sonrisa celestial que descubrió los blancos dientecitos de la víbora entre el coral de sus frescos labios, y acompañada de un gesto gracioso con brazo y mano derecha, produjo mágico efecto entre los comensales. Gritaron todos, y una aclamación recorrió aquellos campos de tristeza.
—Las mujeres —dijo Baraona— tienen el don de expresar las ideas con gracia incomparable y en forma que las hace inteligibles a todo el mundo. A la salud de toda la gente _blanca_; a la salud de la patria libre de franceses y de ideas francesas; a la salud de la religión de nuestros padres, de nuestras santas y morigeradas costumbres, de nuestra inmutable y siempre gloriosa España, que desafía a los siglos y sobre la cual pasan y pasarán los _negros_ innovadores, como hojas de otoño que se lleva el viento.
—_Amén_ — murmuró el capellán.
—El pobre Carlitos no come —dijo el canónigo—. No debe uno dejarse dominar por el dolor. Hay que hacer un esfuerzo... Aquí donde me ven, aunque parece que tengo apetito, no es verdad, y necesito vencerme y luchar conmigo mismo para pasar cada bocado... Me ha ordenado el doctor que coma, y aunque es para mí un suplicio, lo acepto, porque Dios manda que se conserve la salud del cuerpo.
—Vamos, otro esfuercito —dijo el capellán de monjas, poniendo un pedazo de pechuga en el plato, ya dos veces vacío, del inapetente canónigo.
—Carlos, hay que ser juicioso —indicó Baraona—. Jenara, te encargo que no dejes morir de hambre a nuestro heroico guerrillero.
Jenara empezó a poner en práctica el encargo, y Carlos dejábase seducir poco a poco.
—Yo me hago cargo de su tristeza —dijo el secretario de la Inquisición, a quien los médicos no habían recomendado que hiciese esfuerzos para comer—. El recuerdo del noble mártir que ha subido al cielo...
—¡Oh, sí! —exclamó Baraona, acudiendo en auxilio del capellán de monjas, que se había quedado ya sin pechuga y sin lengua—. La imagen funesta no se apartará de su mente en mucho tiempo, y más vale que así sea, señores, para que no pierda los bríos ni el indomable furor de venganza que le impulsa a combatir...
—¡Es verdad!
—La muerte de nuestro valiente y caballeroso amigo —continuó el anciano— me ha inspirado una idea que voy a comunicar a ustedes.
A excepción del capellán de monjas, que hacía estudios anatómicos en el esqueleto de la pava, todos los presentes dieron reposo a los dientes para escuchar al respetable patriarca de las montañas alavesas.
—En lo sucesivo, señores —dijo este con grave y profético tono—, y atendidos los síntomas de discordia civil que presenta España por el insolente jacobinismo de los _negros_, los buenos españoles debemos adorar fervorosamente dos cruces.
—¡Dos cruces! —exclamó Jenara.
—¡Dos cruces, sí! La cruz religiosa, aquella en que Dios se dignó morir para redimirnos del pecado, aquella que desde niños adoramos, aquella que nos hicieron besar nuestras madres en la cuna, y además esta otra cruz del sentimiento patrio, en la cual ha muerto nuestro buen amigo, el incomparable, el santo entre los santos guerreros, don Fernando Garrote, acompañado del buen cura de la Puebla. Esta cruz, que como instrumento de ignominia han alzado los franceses, los renegados y los traidores, será para nosotros, como la otra, lábaro sacrosanto que llevará a la juventud a la gloria. Murió don Fernando en ella: clavole un clavo la traición, otro la deslealtad, otro la herejía. Expiró coronado con las espinas del democratismo, y pusiéronle el _Inri_ de las ideas jacobinas, que, después de todo, son las ideas que han traído aquí el escándalo y las que aceptaron los afrancesados y quieren imponernos los llamados liberales... Señores, donde hay mártires, hay religión; donde hay cruz, hay fe. Adoremos esa cruz; llevémosla en nuestro corazón juntamente con la otra, de la cual es como un reflejo; adorémoslas a las dos, pues las dos deben ser nuestro norte y nuestra luz. ¡Religión! ¡Patria! —añadió con majestuoso, inspirado acento—. ¡Sois dos nombres, y, sin embargo, no sois más que una sola idea, una idea inmutable, eterna, fija como el mundo, como Dios, del cual todo se deriva! ¡Religión! ¡Patria!... ¡Sois dos luces espléndidas, cuyo fulgor no puede apagarse, ni tampoco cambiar como las chispas de una fiesta de pólvora! ¡Una y otra fe tenéis dogmas eminentes, que la arrogante ciencia del hombre no puede variar: una y otra fe tenéis la inmutable condición del pensamiento divino que os ha creado! Sois lo que sois, y no podéis ser otra cosa. En vuestro sagrado catecismo la mano audaz del filósofo no puede hacer la menor variación ni mudar una sola letra. Sois como el firmamento inmenso, a donde no puede llegar la mano del hombre para quitar o poner una sola estrella.
—¡Bendito sea el insigne patriarca que tales cosas piensa y tales maravillas dice! —exclamó con efusión de sensibilidad y entusiasmo Carlos Garrote, besando las manos del viejo Baraona—. ¡Esas dos cruces grabadas están en mi corazón, la una sobre la otra! Me preservaron contra las armas de los traidores y de los vándalos, y me preservarán contra toda clase de enemigos.
El capellán de monjas, no pudiendo contener su entusiasmo, abrazó tiernísimamente a Baraona, y el secretario de la Inquisición abrazó a Garrote. Era una manifestación general de sentimientos patrióticos.
—Carlos —dijo la niña al joven guerrillero cuando la borrasca de los abrazos pasó—, en Vitoria nos dijeron que habías hecho cosas admirables en la batalla de ayer. Cuéntanos algo de eso.
—Sí, que nos cuente sus heroicidades. También he oído hablar de ellas —indicó el canónigo.
—Al instante... ¡fuera modestia! —exclamó Baraona.
Por tan distintos ruegos apremiado, trató Carlos de vencer su amarga tristeza, y cediendo principalmente a las súplicas de Jenara, que le cautivaban el alma, empezó a contar varios sucesos del día anterior, dando la preferencia a los que había presenciado, siendo actor en ellos; pero al nombrarse a sí propio, lo hacía con gravedad y modestia, no ensalzando sus acciones, sino antes bien rebajándolas para no aparecer vanidoso. En la relación ponía gran arte, para que se revelara su mérito sin dejar de ser modesto, y, siéndolo, su persona aparecía en ellos rodeada de brillante aureola.
Oíanle todos con atención profunda, y Jenara con arrobamiento. Fijos sus ojos en el rostro del guerrillero, parecía que anhelaba leer en él sus ideas antes que fueran expuestas por la palabra. El relato fue muy largo, pero interesante y conmovedor, siendo muy del gusto de todos los allí presentes, que no perdieron ni una sílaba. El único que no se mostró excesivamente interesado por las glorias nacionales, fue el capellán de monjas, que, cerrando los ojos con beatífica tranquilidad, se quedó dormido.
Concluida la narración, Baraona habló de retirarse a Vitoria; pero los demás fueron de opinión que se durmiera la siesta al amparo de aquella hermosa olmeda, y así lo hicieron los cuatro personajes, quedándose en vela Jenara y Carlos. Largo tiempo transcurrió en conversación muy íntima y cordial, en la cual hubo, al parecer, confidencias, declaraciones, riñas, arrepentimientos, promesas, y qué sé yo... todos los dulces amargores de un amoroso diálogo. Al fin despertaron los durmientes, siendo el capellán de monjas el más pesado para volver en su acuerdo. Caía la tarde, y empezaron a recoger todo; mas aún no se habían levantado, cuando apareció ante ellos una señora de buena presencia, vestida con heterogéneas ropas, de una manera tan singular que más parecía tapada que vestida. Su semblante indicaba zozobra, inanición y reciente llanto. Parecía persona de calidad, y al punto comprendieron Baraona y sus amigos que era una víctima del día anterior.
—Señores —dijo—, siendo españoles, deben de ser caritativos...
—Así es, en efecto, señora —repuso Baraona.
—Y siendo caritativos, ¿tendrán la bondad de darme algo de lo que de su merienda les ha sobrado?... Soy una infeliz víctima del saqueo y rapiña de anoche, a pesar de no ser afrancesada y encontrarme en el convoy por casualidad...
—Ello podrá ser cierto —dijo el secretario de la Inquisición con malicia—, pero también podrá no serlo.
—Por casualidad, sí... He sufrido el despojo sin culpa —continuó la afligida dama, llorando—. Soy una persona principal que se ve en la triste necesidad de pedir limosna para vivir. Allí, tras aquellas cajas vacías, con las cuales hemos hecho una especie de barraca, está mi esposo, alcalde de la ciudad de Bailén cuando la batalla, y mi amadísimo hermano, seminarista hasta hace poco, y después guerrillero en las guerrillas del _Fraile_, hasta que una enfermedad le obligó a dirigirse a Francia...