El equipaje del rey José

Part 13

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Tras aquellas piezas vinieron otras. Calientes aún sus bocas vueltas hacia atrás, parecía que exhalaban, con los últimos vapores de la pólvora y el último mugido del disparo, sorda imprecación. Treinta, sesenta, cien cañones huían desesperados: al verlos y al oírlos, creeríase que el trueno, tomando la odiosa forma de gigantesco pólipo de hierro, se arrastraba por la tierra. Las peñas de los montes desgajándose, cayendo sobre el llano y saltando en desesperado juego y carrera infernal por arte del demonio, no hubieran causado más espanto. Mientras la infantería continuaba en el fuego, dando tiempo a que el cuartel general y los cañones se pusiesen en salvo, estos ocuparon todos los huecos que quedaban en el camino, y algunos, destrozando cuanto hallaron al paso, pudieron ponerse en primera línea. Los demás, aprisionados al fin entre millares de ruedas de pesados bagajes y enormes fardos, se atascaron en el camino, agolpándose unos contra otros.

Entre la aglomeración de obstáculos producida por tanta maquinaria inútil, las infortunadas familias afrancesadas y los conductores del convoy formaban grupos aflictivos, parte en el camino, parte en los sembrados, y entre lágrimas y lamentos se consultaban sobre la determinación que debían tomar en tan extremado conflicto. Unos creían conveniente abandonarlo todo y huir para salvar lo más importante, que era entonces, como siempre, la vida; otros aseguraban que por nada del mundo abandonarían su fortuna. Muchos, encontrando una solución salvadora en medio del general azoramiento, habían echado a tierra los baúles, y abriéndolos sacaban de ellos lo más valioso, llenándose los bolsillos y haciendo líos con lo de poco peso. Hombres y mujeres, soldados y paisanos se consultaban, se movían de aquí para allí, repartiéndose lo que habían de llevar, aconsejándose unos a otros, animando los valerosos a los débiles, ayudándose en lo que podían. De pronto se oyeron en la parte del camino, más allá de Vitoria, las tremendas voces de «¡Paso, paso!»

Algunos caballos de la guardia se esforzaban en cortar el apretado gentío, y se precipitaban relinchando, aguijoneados por la espuela. Viendo los jinetes que era imposible abrir paso, esgrimieron los sables, y descargando furibundos tajos a diestro y siniestro sobre soldados, paisanos y mujeres, gritaron:

—¡Paso, paso al rey!... ¡Paso al rey!

La multitud gimió azotada con látigo de acero, y prorrumpió en imprecaciones contra José.

—¡Paso al rey! —repetían los de la guardia.

Exasperados por la resistencia, redoblaron su furor, y cargando sin piedad, aquí machacaban una cabeza, allí hundían un pecho. Arremolinándose a un lado y otro y aplastándose contra los coches, la turba se desgajó, y en su angustioso seno pudo abrirse un surco: por una calle de maldiciones, de odio y de sed de venganza, pasó a caballo un hombre pálido, con el negro y abundante cabello en desorden, fruncido, el ceño, trémulas las manos. Era José, que no había podido salvar sus coches, y huía a uña de caballo por donde Dios le encaminase, llevando en su alma todas las congojas de sus cinco años de fúnebre reinado.

Los que le abrían paso lograron encontrar salida al campo libre a la derecha del camino. Seguido del general Jourdan, que se había olvidado el bastón, y de otros generales que olvidaron el sombrero, y aun de otros que no se acordaban del honor, corrió por allí José lanzando su caballo a todo escape, aterrado, jadeante, sin serenidad, como el asesino que acaba de cometer un gran crimen y huye de su perseguidora conciencia.

Poco después de este suceso llegó el momento supremo de aflicción para los del convoy, para los artilleros, los infantes y todos los que no podían ponerse en salvo.

Una voz, cien voces gritaron con ronca desesperación:

—¡Los ingleses... los guerrilleros!

Allá lejos, hacia Vitoria, entre las columnas de infantería que se acercaban con el mayor orden posible, viose una multitud de jinetes. Brillaban en alto los sables, y los veloces caballos avanzaban con rapidez extraordinaria. Ya no quedaba más recurso que huir abandonándolo todo. ¡Horrible determinación! Viose a los artilleros desenganchar los atalajes; viose a los carreteros disponiéndose a salvar sus caballerías. Las cureñas y cajas, los furgones y las ambulancias, los coches y carromatos quedaron en un instante libres de correajes y cuerdas. Todo lo que tenía pies se puso en marcha. Aquello era un río de gente y caballos, atropellándose en violenta confusión a la desbandada. Ciento cincuenta cañones, doscientos carros de municiones y los innumerables equipajes y vehículos particulares quedaron abandonados. Sobre un solo caballo se enracimaban hombres y mujeres, empujándose para descargar el peso de aquellas tablas de salvación. El que lograba apoderarse de un caballo, defendía la grupa a puñetazos y a tiros. No había prójimo: reinaba el egoísmo en su brutalidad instintiva, y se luchaba por el caballo como en naufragios por el bote. El que caía, caía.

Apartados del camino, junto a un montón de cajas y bagajes, se encontraban tres personas que ya conocemos.

—No, no puede usted huir —decía la dama deteniéndole enérgicamente al joven y haciendo violenta presa en sus dos brazos—. ¡Qué felonía! ¡Dejarme sola!... ¡Mi pobre marido no podrá defenderme!... ¡Oh!, llora como una mujer y se arrastra por el suelo, pidiendo a Dios misericordia, sin poner nada de su parte para conjurar este gran peligro.

—¡Señora, señora!... ¡Los ingleses! ¡Los guerrilleros!

—Sí..., ya los veo... Es preciso huir... Pero ¿cómo? No hay un solo caballo.

—Corramos en busca del mío —exclamó el joven—. Lo rescataré a sablazos... Aún es tiempo.

—No... Mi esposo no puede moverse... ¿A dónde va usted?... Me quedo sola, Virgen de las Angustias, enteramente sola... Quédese usted, por Dios...

—Mi uniforme de jurado me pierde. No viviré ni un segundo después que me vean.

Con febril presteza, e iluminada por idea súbita, abalanzose la dama hacia el joven: arrojó en tierra el sombrero de este, desabotonó su levita con dedos más ligeros que el pensamiento, arrancó el uniforme como si fuera un pañuelo puesto sobre los hombros, arrancó el tahalí, la gola, el cinturón, la cartera, y en un instante no quedó sobre el cuerpo del infeliz renegado ni una sola prenda que indicara su filiación. Él la ayudaba con igual rapidez. Las cuatro manos trabajaban en el desnudar y en el vestir cual si fueran cuarenta, y sin descansar arrojaban en tierra las prendas quitadas, sacando otras de los cofres para cubrir el transformado cuerpo; ataban las cintas, prendían los botones, abrían un hoyo en el suelo para sepultar las nefandas insignias, y lo cubrían con tierra. Las cuatro manos realizaron su obra en pocos minutos, y el renegado desapareció, dejando en su lugar a un joven que podía pasar por oidor en la sala de Mil y Quinientas. Luego las mismas cuatro manos trataron de levantar del suelo al infeliz Urbanito, que ya se creía comido por los ingleses.

XXIV

Los ingleses llegaron despiadados, horribles, hambrientos de matanza y de botín, como hombres que habían estado luchando todo el día por ambas cosas. Precipitáronse entre la multitud; mas como no podían avanzar a causa de los entorpecimientos del camino, les fue difícil perseguir a los fugitivos, y toda la saña recayó sobre los que no habían podido escapar.

El botín era el más valioso, el más rico y grande sin duda que en batalla alguna ha podido quedar a merced de vencedor furioso. Componíase de cuanto existe: en él había armas, material de guerra, víveres, alhajas, dinero y hermosura. No puede formarse idea de la apasionada codicia, de la brutal concupiscencia, del vengativo ardor con que los ingleses primero y los guerrilleros después cayeron sobre el magnífico tesoro abandonado. La menor resistencia producía la muerte. En poco tiempo todas las cajas fueron abiertas, todos los tesoros aprehendidos, muchas riquezas holladas.

Joyas, ropas, telas finísimas, muebles, cuadros, plata labrada, monedas, víveres de lujo que constituían la despensa ambulante de José, fueron esparcidos por tierra; mil manos febriles arrebataban de un lado para otro los preciosos objetos. Según el genio de cada cual, así se iban derechos los unos al oro, otros a las mujeres, y algunos a destrozar por puro instinto dañino cuanto veían delante. Entre las desgraciadas familias que se vieron en tan tremenda hora, hubo algún individuo que se dio la muerte antes que le pusieran la mano encima los feroces partidarios. Las señoras imploraban de rodillas piedad para sí y sus tiernos hijos, siendo muy contadas las que la alcanzaron. El vencedor es la más brutal e insensata bestia que engendra el mal en las tempestades humanas. Para esta electricidad furibunda que sabe elegir el sitio donde cae, no existe pararrayos.

En los primeros momentos, tanto salvaje atropello y brutal codicia produjeron un tumulto horroroso, en el cual los lamentos de mil y mil víctimas no permitían oír las voces y mandos militares. En la vasta extensión del camino, los soldados cometieron todo linaje de excesos, robando y asesinando. En vano algunos oficiales quisieron proteger a las infelices familias de paisanos: la soldadesca, aparentando obedecer, tan solo cambiaba la escena de sus infames tropelías. Por aquí un soldado avanzaba en irrisoria apoteosis esgrimiendo el bastón de mando del general Jourdan, jefe de Estado Mayor del ejército fugitivo; otro cubríase acullá con el sombrero de José Bonaparte, y un tercero repartía a sus camaradas las pelucas que en vistosa y variada colección llevaba en su equipaje otro familiar del pobre rey intruso.

Atreviose un sujeto de mal genio a descalabrar a cierto inglés, porque quiso posesionarse de la menor y más hermosa de sus hijas, y este rasgo de entereza costole la vida, salvándose su esposa, una de sus hijas y dos niños de corta edad, por milagro del cielo y la intervención compasiva de otros soldados. En lo de meter mano a los cofres de dinero, a los bolsones de cuero y a las cajas de guerra, que contenían inmensos caudales, distinguíanse principalmente los aldeanos de los alrededores de Vitoria y multitud de individuos de equívoca conducta que de la misma ciudad habían acudido.

Cuando la tristísima noche empezó a cubrir de oscuridades la fatal escena, mercaderes al menudeo, trajineros y gentezuela de esa que acude a todos los desastres para pescar algo, se reunieron allí en gran número. Como estos lo querían todo para sí, hubo dimes y diretes y aun porrazos con ingleses y guerrilleros. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, los aldeanos cargaban sus caballerías de objetos preciosos, como si todo cuanto allí yacía hubiera sido siempre de su exclusiva propiedad, y mientras tanto no cesaban de aclamar a Fernando VII como el más grande de los reyes, al _lord_ como el más insigne de los generales nacidos y por nacer, y a los guerrilleros como lo más selecto entre las hechuras de Dios.

Cuando la noche se oscureció más y la vergüenza de tales hechos tuvo un manto negro con que cubrirse, otros individuos de la peor calaña se ocupaban en desnudar a los muertos y en buscar anillos, relojes y dijes en el cuerpo de los heridos... Farolitos temblorosos, semejantes a las vagabundas claridades de un cementerio, rebuscaban con su luz siniestra por aquí y por allí, iluminando semblantes lívidos y destrozados cuerpos. Por otro lado, los que habían recogido gran cantidad de dinero en duros españoles, se ocupaban en cambiarlos por oro a los ingleses, los cuales, como buenos mercaderes en toda la extensión del globo terráqueo, se hacían pagar la guinea a ocho pesos. Había quien acaparaba todas las ropas, ora sacándolas de los cofres, ora arrancándolas del cuerpo de vivos y muertos. Porque nada faltase, hasta hubo quien hizo acopio de la pólvora de los furgones, para venderla después a los guerrilleros de la Montaña y el Páramo. El vino obtenía preferencia y primas escandalosas, y toda la carretería y recuas de Vitoria tuvieron en qué ocuparse. Muchos aldeanos se enriquecieron con la rapiña de aquella noche, y en Álava y la Rioja existen todavía familias ricas, cuya fortuna proviene de la batalla de Vitoria.

En cambio, si gran parte del gentío de Vitoria y de sus inmediaciones había acudido allí para recoger los restos del naufragio, muchas personas llegaban impulsadas por la simple vehemencia personal de la guerra, para contemplar el odioso imperio derrotado y sus armas perdidas; para gozar en el mísero castigo de los malos patriotas y escupir los avergonzados semblantes de los traidores. Cuentan que algunos renegados a quienes no fue posible ni huir, ni cambiar de vestido, recibieron rápida muerte todos juntos en fiera hecatombe, sin que les valiese la ardiente protesta de abjurar y volver a los amores de la patria. Una mujer furiosa cayó sobre el grupo que formaban aquellos infelices implorando piedad, y alzó en su mano vigorosa un puñado de cabellos. Rugiendo los enseñó a la muchedumbre. Otras mujeres de las cercanías que acudieron a vociferar sobre el cadáver de la Francia vencida, habían mandado a sus hijos a las guerrillas, y algunas de ellas los habían perdido. Bravas como guerreras y resentidas como leonas, cobraban de tal manera sus deudas de sangre.

En la oscuridad de la noche los chillidos de las mujeres semejaban la algazara de pájaros rapaces picoteando aquí y allá, batiendo las fúnebres alas, destrozando con la inquieta garra. Sin callar un momento, algunas ayudaban a los hombres en el despojo, examinaban una tela ponderando su finura, recogían herramientas abandonadas, sin dejar de responder con agudos vivas a todo lo que berreaban sus hermanos, sus padres o sus hijos.

Dos o tres de estas matronas discutían el modo de conducir cierta cantina ambulante que se habían apropiado, cuando se les acercó una afligida dama que parecía ser de las del convoy. Era hermosa, aunque la palidez y el susto disimulaban su belleza. En su cabellera abundante y en su vestido no había más que desorden, un desorden de naufragio que daba más interés a su abatida persona, y con sus manos sin quirotecas se apretaba contra el pecho un chal, no bien puesto y sin duda arrebujado con precipitación al salir de su escondite.

—Señoras —dijo acercándose con timidez a las que tomaban el tiento al tonelete de la cantina—, si tienen ustedes corazón, si son ustedes mujeres, y tienen hijos, padres, esposo, denme un poco de agua para unos pobrecitos que se mueren de sed allí donde están los arcones grandes.

—Miren la pazpuerca —gritó una de las del grupo, que era tabernera en el barrio de Villasuso en Vitoria—. Teniendo, como tendrá, todo lo que ha robado, viene a pedirnos limosna.

—Yo no he robado nada, señora —repuso la dolorida envolviéndose en el chal con todo el empeño que el pudor y el fresco de la noche exigían de consuno—. A mí sí que me han quitado cuantas alhajas y dinero tenía; pero no me quejo, ni acuso a nadie.

—Ladrón que roba a ladrón...

—Por una casualidad nos hemos encontrado mi marido, mi hermano y yo en este funesto lance —prosiguió la dama—, porque ninguno de los tres somos ni hemos sido jamás afrancesados. Españoles rancios somos los tres; íbamos a Francia (a donde mi marido llevaba una comunicación secreta de la Regencia para el rey Fernando), y quiso nuestra infeliz suerte que nos juntásemos aquí con el malhadado convoy que ayer pereció... y nos tomaron por familia de empleados traidores... Pero no he sido yo tampoco de las peor tratadas (porque al punto me conocieron los oficiales ingleses, muchos de los cuales han frecuentado mi casa en Madrid), y he podido conservar alguna ropa... Otras pobrecitas señoras están allí envueltas en una sábana. ¿No les da a ustedes lástima? ¿No me favorecerán con un poco de agua, y si es posible un poco de comida para mi esposo, secretario del Virrey del Perú, y para mi hermano, el veedor que era en Zaragoza cuando la célebre defensa?

Las tres alavesas se miraron como consultándose sobre lo que habían de hacer.

—La verdad es —dijo una con ínfulas de autoridad sobre las otras— que si no miente la señora en lo que ha dicho y hubo casualidad, bien se le puede dar lo que pide.

—¿La vamos a creer por lo que diga? —indicó otra.

—No pido más que agua, señoras caritativas; agua por amor de Dios.

—Él la ampare.

—Bien poco es lo que pide —dijo la tercera que hasta entonces callara—. Y pues pasó ya el laberinto, hagamos una obra de misericordia. Aquí donde me veis, yo que tuve alma para arrastrar a un jurado desde el camino hasta el árbol donde le ahorcaron, me muero de pena oyendo a esta señora... Allá va el agua... y aguardiente... y estas cortezas de pan... y estas sardinas rancias... y tres pares de guindas... y una pata de gallina fiambre, que estaba en el _botiquín_ del rey.

La dolorida iba recogiendo lo que la mujer indicaba al tiempo de dárselo, y corrió a donde aguardaban muertos de hambre y de sed el secretario del Virrey del Perú y el veedor de Zaragoza.

XXV

Tras la noche triste apareció el día triste también y empañado con densas neblinas. Mientras gran parte del ejército victorioso perseguía al francés por el camino de Salvatierra, el lugar donde pereció el convoy se trocaba en un campo de feria. En todas partes se hacían tratos y cambios, según los negocios de cada uno. Los ingleses concretaban todas sus operaciones al numerario, despreciando las especies. La joyería había desaparecido como por encanto, sin que se supiese quiénes fueron los acaparadores de tan estimable artículo. En plata labrada aún quedaban algunas existencias por la mañana; y como entre ellas no escaseaban las obras de arte ni en el ejército inglés los anticuarios, hubo pieza que valió a sus primitivos tomadores guinea sobre guinea.

Pero la gran mayoría de los objetos, especialmente los que eran de fácil transporte, desaparecieron en la noche. No se han visto manos más listas, ni mayor diligencia en hombres y mujeres para hacer la mudanza. Por fortuna para las artes, la parte del convoy que contenía los grandes cuadros, pudo ser salvada por haber salido de la Puebla con el general Maucune doce horas antes que los demás. Perdiéronse por entonces para España tan incomparables tesoros; mas no se perdieron para el arte, siendo en verdad providencial que se salvasen, y que, restaurado alguno de ellos, volviesen todos acá tres años después.

Ya entrado el día, muchos vecinos acomodados de Vitoria salieron para ver el campo de batalla y el lugar del convoy, que principalmente despertaba la curiosidad. Viéronse llegar frailes de distintas órdenes, canónigos de la Colegiata, señores muy graves acompañados de damiselas sensibles, jóvenes currutacos, viejos verdes y maduras matronas, todos medio locos de entusiasmo por la gran victoria alcanzada. Iban de ceca en meca sonriendo ante los estragos, y haciéndose señalar por los aldeanos los lugares que fueron teatro de acontecimientos trágicos durante la batalla. El campo del convoy, ya convertido en feria, fue por su proximidad a Vitoria más visitado, y a cada momento llegaban a él alegres parejas, familias, tríos de canónigo, fraile y regidor, con más algunas damas sueltas, es decir, que no iban con nadie. Ninguno se retiraba sin llevar algún recuerdo, pareciéndose en esto a los modernos ingleses, o a los que llaman _touristas_, y los cascos de granada, las balas de fusil y hasta los botones de los uniformes de renegado pasaron a ser joyas históricas, destinadas a vincularse en el patrimonio de las familias. Aún existen en Vitoria muchos de estos pedacitos del gran desastre.

Diose orden de enterrar los cadáveres que en el llano del convoy había, no siendo tan fácil los del vasto campo de batalla, por ser en número de cuatro mil, juntas las pérdidas de unos y otros, pasando de diez mil los heridos. Mortificó a los curiosos el espectáculo de tanto hombre muerto, siquier fueran franceses y renegados, y muchos ofrecieron la cooperación de sus manos para echar tierra dentro de los hoyos que se tragaban tanta juventud desgraciada en vida y en muerte, los amores de innumerables madres, tanta y tanta robusta vida nutrida en los pacíficos hogares para la paz y la felicidad.

Entre los curiosos que de Vitoria habían venido, era de notar un anciano de mucha edad y poca andadura, con el cuerpo inclinado hacia adelante, la cabeza temblorosa, verdes espejuelos ante los ojos y apoyada la una mano en grueso bastón de nudos, mientras con la otra cogía el brazo de una linda joven rubia. Iban los dos por el camino adelante observando todo con curiosidad suma, siendo ella la que primeramente con sus volubles ojos veía los objetos y los señalaba después a la tardía atención del viejo. Él se regocijaba con la vista de tanto cañón tomado, de tanta riqueza rescatada, y a cada nueva sorpresa se deshacía en apologéticos comentarios de la destreza de lord Wellington, encomiando sobre todo el providente designio del Altísimo, que, como padre y ordenador de las victorias, nos había dado aquella tan completa y admirable.

—La causa de Dios triunfa y triunfará mientras haya soldados cristianos en el mundo —decía el abuelo a su linda nieta—. A estos desastres horrorosos son conducidos los que han intentado alevemente apropiarse nuestro suelo y mudar nuestras costumbres, haciéndonos de fieles piadosos, herejes corrompidos; de leales y pacíficos, revolucionarios y jacobinos.

—¡Ah, pobres muchachos! —exclamó la nieta, apartando con horror la vista de unos infelices cuerpos de jurados que eran conducidos a la sepultura—. Son renegados, papaíto, tienen uniforme verde, sombrero de piel con águila dorada, una cartera en la cintura con águila, y muchos botoncitos... también con águila.

—Sí, verás águilas por todas partes. Esos hoyos se llenarán de ellas, y la tierra no podrá guardar en su seno tantas insignias imperiales. A eso está destinado el poder de Napoleón. Europa no tiene bastante tierra para sepultar el inmenso cadáver... En cuanto a los infelices jurados, son los que menos lástima me inspiran. Oye bien lo que te digo, hija mía; oye la voz de un anciano patriota, español y cristiano: además del infierno que existe para toda clase de pecadores, ha de haber uno con tormentos extraordinarios de inapreciable horror para los que hacen traición a su patria y a sus banderas.

—¡Otro infierno! —exclamó la muchacha con espanto, a pesar de que diariamente oía parecidos conceptos.

—¡Otro! Allá en lo profundo, los condenados ordinarios no han de querer habitar con los renegados y traidores —dijo el hombre decrépito, silabeando enérgicamente con sus gruesos labios—. Los renegados venden a sus hermanos, entregan a la patria al enemigo para que este la despoje y la deshonre a su antojo, extirpando en ella la fe religiosa, faro del mundo y único consuelo de las buenas almas. El traidor en esta guerra, donde se discuten las dos cosas más sagradas, es decir, el rey y la religión; el traidor en esta guerra, digo, es el más vil instrumento de Satanás. Solo le igualan en maldad los que yo llamo traidores y renegados en el campo de la ley, o para que me entiendas mejor, los que por favorecer hipócritamente a Bonaparte, introducen en España caprichosas leyes a estilo jacobino, y constituciones, que son lazos tendidos a los pueblos por la herejía, por la licencia, por el democratismo, por la soberbia de los pequeños que quieren parecerse a los grandes, gritando y metiendo bulla... Pero Dios está con nosotros, hija mía. Dios es español.

—¡Dios es español!

—Dios, sí —añadió el viejo golpeando violentamente el suelo con su nudoso bastón—, y ya ves ahí los golpes de su mano protectora. Creo que, mediante la bondad divina y la espada del arcángel guerrero, el mal que aparece en nuestra leal España no tomará grandes proporciones. Abriranse muchos hoyos como ese, y esas bocas de la tierra española se tragarán a sus perversos hijos.

—¡Ay! —gritó la muchacha, temblando y agarrándose fuertemente al brazo de su abuelo—. Pero no es nada... nada, papaíto.

—¿Tienes miedo?