El equipaje del rey José

Part 12

Chapter 123,933 wordsPublic domain

—¡Patarata! —exclamaba un jurado de los más vehementes, el cual había aprendido pronto la fanfarronería francesa—. El general Clausel, que está en la Puebla, les enseñará lo que pueden tres ingleses contra un solo francés. ¿Y qué nos puede importar la Puebla si queda atrás? Adelante.

Pero los carros y coches no obedecieron la enfática orden del bravo dragón, permaneciendo tan quietos cual si los clavaran en el suelo. El día había aclarado completamente, permitiendo ver la palidez y la extrema ansiedad de todos los semblantes... De pronto una voz pavorosa recorrió de un extremo a otro la línea del convoy, repitiendo:

—No se puede pasar. Crispijana ha sido atacada, y los ingleses y los guerrilleros han aparecido por Gamarra...

La configuración del camino por donde intentaba marchar el convoy era la más a propósito para infundir miedo a los viajeros. Altos cerros a un lado y otro formaban un estrecho callejón tortuoso, por cuyo fondo el camino y el Zadorra culebreaban, estorbándose a cada paso. Frecuentemente pasaba el uno por encima del otro, cediéndole, ora la derecha, ora la izquierda. Aunque en la noche anterior se habían tomado todas las precauciones para el paso del convoy, ocupando las alturas, aquel repetido cañoneo que se oía más arriba ponía en gran inquietud a todos. Se temía que las fuerzas destacadas se hubieran visto en la necesidad de acudir en socorro de los de Crispijana o Gomecha... Por fin, después de una hora de ansiedad, moviose la larga procesión entre gritos de alegría. Mulos, caballos, bueyes y hombres dieron algunos pasos; después se volvieron o parar. Parecía una comitiva de entierro cuando el carro fúnebre se atasca.

Pero transcurrido otro rato de ansiedades, de angustiosas preguntas y de mal humoradas respuestas, el dragón de mil patas marchó de nuevo con bastante prisa.

—¿Qué hay?... Señor Monsalud, una palabra por amor de Dios —dijo la oidora echando fuera del coche su ostentoso lunar, su franca sonrisa, su rostro todo, no pequeño ni falto de gracias por cierto, su abanico y sus quirotecas—. Cuénteme usted lo que ocurre.

—Cuéntenoslo usted —añadió el oidor asomándose también tras de su consorte.

—No hay nada que temer —dijo deteniéndose el jinete, que regresaba de la vanguardia del convoy—. Camino franco hasta Vitoria.

—Nos hemos detenido, señora —indicó Jean-Jean, metiéndose donde no le llamaban—, porque la vanguardia ha estado reconociendo el camino.

—La batalla está empeñada por aquí, a mano izquierda —dijo Monsalud extendiendo el brazo en la dirección indicada—, y se ha roto el fuego por tres puntos distintos.

—Por tres puntos distintos, señora —añadió el intruso Jean-Jean—. Quizás pasemos por sitios peligrosos. Si gusta la señora oidora, la acompañaré a la portezuela para preservarla de cualquier accidente.

—No, gracias, retírese usted —repuso la dama con desdén—. Señor Monsalud, ¿se marcha usted tan pronto? ¿Perderán esa batalla? ¿La perderemos? ¡Ay, no me diga usted que sí!... Engáñeme usted por favor.

—¡Qué se ha de perder! —vociferó el francés.

—Señor sargento —dijo el oidor—, no se separe usted de nosotros. Mi mujer tiene un miedo espantoso.

—¡Oh, sí! —murmuró la dama.

—Si por desgracia nuestra nos viésemos en peligro...

—No, no se separe usted de nosotros, señor Monsalud —dijo doña Pepita—. Mi marido cobra alientos viéndole a usted tan cerca... podría ocurrir algún accidente funesto; que nos viésemos envueltos, comprometidos... ¡Cómo retumban los cañonazos en estas montañas!... Por Dios, señor Monsalud, distráigame usted, cuénteme cosas agradables para que con la conversación entretengamos y engañemos el miedo; hablemos de asuntos placenteros, graciosos y dulces, de esos que regocijan el espíritu y matan el hastío. Hágame usted olvidar que a dos pasos de nosotros se está dando una batalla... quiero estar alegre y reír... quiero olvidar y engañarme. Engáñeme usted... ¡Oh, sí! Dígame usted que no tema, tranquilíceme. Pero no oigo lo que usted me dice... ¡Oh!, no tema usted alzar la voz. Mi marido no oirá nada: es un poco sordo.

XXII

La batalla en que doña Pepita no quería pensar, y en la cual nosotros no fijaremos tampoco mucho la atención, fue del modo siguiente:

Ya sabemos la dirección y traza del camino real de Miranda a Vitoria, que va orillas del Zadorra, rozando al pasar los lindes del condado de Treviño. Hállanse en este camino los lugares de la Puebla, Aríñez, Crispijana y Gomecha, y después de deslizarse entre altos riscos, penetra holgadamente en la llanada de Vitoria. Ocupaban los franceses la orilla izquierda del Zadorra. Otro afluente del Ebro, el Bayas, y otro camino, el de Vitoria a Bilbao, servían de base al ejército aliado, que se extendía desde Murguía hasta cerca de Subijana de Álava. Dueños los franceses del camino de Burgos a Vitoria, tenían segura la retirada, así como los pasos del río, y una posición excelente en las alturas que rodean a la Puebla. Este camino, estos puentes y estas alturas eran lo que en la mañana del 21 empezaron a disputarse las tropas inglesas, portuguesas y españolas por diversos puntos y con rapidez y energía extraordinarias. El inglés Hill y el bravo español Morillo atacaron la Puebla y sus riscos eminentes, coronados por una fortaleza feudal de antiguo llamada _El Castillo_; el general Graham, con el guerrillero Longa, atacaron la derecha enemiga en el camino de Bilbao por Avechuco, y después por Gamarra Menor. Conquistados felizmente estos puntos extremos y altos, fueron atacados todos los pasos intermedios del Zadorra, el llamado Tres Puentes, Crispijana y Gomecha. Hubo en estos ataques alternativas sangrientas de fortuna y adversidad, porque los franceses los reconquistaban a medias después de perderlos, hasta que definitivamente los poseían los aliados. Mientras estas luchas horribles ensangrentaban el Zadorra, hacia el Norte se daba la verdadera estocada de muerte, con el movimiento de avance del general Graham y del guerrillero Longa, que cortaron al enemigo el camino de Francia. Sin otra salida que el de Pamplona, precipitose por él todo el ejército, con José a la cabeza; mas si los hombres que aún tenían piernas pudieron escapar, no gozaron igual suerte la artillería y la impedimenta, que se atascaron en el camino, como los ratones con morrión al querer huir después de la batalla con las comadrejas.

Tal fue, en breves términos, la de los aliados con los franceses en las inmediaciones de Vitoria, acción que tuvo, como todas las obras maestras, una gran sencillez. Si la he descrito a grandes rasgos, no ha sido porque en ella encontrase menos interés ni menos elementos para la narración que en otras funciones de guerra, a cuyo relato di anteriormente, si no gran interés, atención considerable. Me mueve a hacerlo así, el propósito de variar la materia de estos libros, dando en el presente la preferencia a una curiosa fase de aquella campaña y de aquella guerra, cual fue la suerte del más rico botín que un ejército invasor se ha llevado consigo al abandonar el país expoliado.

En todas las batallas hay un interés subalterno que apenas menciona con desdén la historia, y consiste en las vicisitudes de aquel fondo positivo de toda contienda entre los hombres. En todas ofrece gran interés el drama oscuro que se desarrolla dentro de la alforja grande o pequeña que los ejércitos llevan a la grupa. Mientras los generales se calientan los sesos haciendo cálculos tácticos, y mientras truena la artillería y se destrozan las falanges, allá, en la cola del ejército, una ciudad portátil, llevada por mercaderes ambulantes, tiembla por su destino. Las tiendas, los bagajes, las cocinas, las cantinas, los equipajes, los coches, los botiquines, las camillas, representan la vida y la muerte. Son la suprema necesidad y el supremo peligro de la batalla. Sin esto no se puede vencer, y con esto no se puede huir.

Todo el interés de la batalla de Vitoria estuvo en la impedimenta. Hacia aquellos cofres tendiéronse anhelantes las manos crispadas de vencedores y vencidos. Podía decirse que aquel convoy era el resumen de la guerra, y que los franceses, al perderlo, perdían la tierra trabajosamente conquistada; al verlo tan grande, tan custodiado, creerían también que no pudiendo dominar a España, se la llevaban en cajas, dejando el mapa vacío.

Y a pesar de la ruda batalla empeñada a la izquierda, el pesado equipaje seguía adelante, avivando el paso todo lo posible. Era una tortuga impaciente y azorada que ansiaba resbalar como culebra; diríase que la zozobra y anhelo de los que en ella llevaban sus intereses, impulsaban la pesada armazón. Durante cuatro horas largas no ocurrió detención alguna; pero a medida que se acercaban a Vitoria arreciaba el tiroteo, hasta que llegaron a un punto en que divisaron claramente y a corta distancia las columnas en movimiento y las baterías escupiendo fuego. Allí dieron las ruedas su última vuelta, y los caballos su último paso, y los cocheros su último grito, y el afligido corazón de los viajeros el último latido de esperanza. Todo acabó; había sonado la terrible sentencia: no se podía pasar.

—Señor Monsalud, eso que me contaba usted —dijo poco antes de la detención la oidora— es tan inverosímil, que si usted no lo afirmara como lo afirma, lo dudaría... ¿Ella misma gritaba que le matasen a usted?... ¿Pero qué es esto? Nos paramos otra vez.

—Otra vez, señora...

—Y ahora será para siempre —vociferó Jean-Jean—. ¡La batalla está perdida!

—¡Perdida! —exclamó doña Pepita, a punto que el oidor sacaba la cabeza pidiendo informes.

—¿Dicen que se gana la batalla?

—No, que se pierde —repuso la dama—. No seas impertinente, ni me estrujes el cabriolé... Por Dios, señor Monsalud, ¿nos abandona usted?... ¡Qué insoportable ruido! Parece que suenan mil truenos a la vez... Salvador, deme usted la mano, a ver si me infunde valor... ¡Por Dios, la mano!

—Una dama valerosa como usted no se asustará porque perdamos una batalla —replicó el joven, alargando su mano—. Ya ganaremos otra.

—La ganaremos, sí: ganaremos una hermosa batalla —dijo Pepita recobrando sus frescos colores—. ¡Cuán cansada estoy de la estrechez del coche!... Quisiera salir un momento, un momentito. ¿Nos detendremos mucho aquí?

—_Per secula seculorum_ —gruñó detrás del coche Jean-Jean—. Esto se acabó.

—¡Qué confusión por todas partes! —exclamó Pepita—. Mi marido llora, señor Monsalud: es demasiado pusilánime. Supongo que no nos harán nada... ¿Será preciso huir?... ¡Oh!, huir, y ¿cómo?

—En el coche no es posible.

—Pero sí en un caballo, ¡ay!, en la grupa de un caballo... ¡Dios mío, cómo gritan! Pues qué, ¿se ha perdido toda esperanza?

El oidor exhibió nuevamente su fisonomía, en la cual una palidez cadavérica anunciaba el miedo causado por la peor noticia que un oidor ha podido oír en el mundo.

—¡Pie a tierra todo el mundo! —gritó una voz estentórea—. Las ruedas no pueden seguir...

—Aún hay zapatos y herraduras —clamó Jean-Jean.

Casi todos los jinetes echaron pie a tierra, y muchos viajeros arrojáronse fuera de los coches, despavoridos y aterrados. El concierto de imprecaciones y lastimosas quejas, excedía a todo encarecimiento.

—Salgamos también —dijo Pepita, llevando el pañuelo a sus ojos para enjugar una lágrima—. Pero me es imposible andar... Señor Monsalud, me desmayaré sin remedio... No se separe usted ni un momento de mí.

El oidor salió del coche, y perezosamente estiró el acecinado cuerpo para devolverle su postura y forma prístina, semejante a la que tienen los mortales cuando no han pasado ocho horas dentro de un coche. No lo consiguió fácilmente el respetable varón, cuya figura, después que a sus anchas se desperezó y dejó caer los brazos y echó sobre las piernas el liviano peso del cuerpo, se asemejaba mucho a un gran paraguas cerrado.

—¡Esto es horrible, espantoso! —clamaba la dama—. ¿Y a dónde vamos? ¿Qué se hace? ¿Qué nos pasa? ¿Hay esperanza de seguir? ¿Nos quedamos aquí?... ¿Retrocedemos?... ¿Tomaremos un bocado?... ¿Nos cogerán los ingleses?... ¿Pues y nuestro dinero?... ¡Oh, señor Monsalud de mi alma, usted que es tan bueno y tan generoso, sálveme usted!

—No es tan desesperada nuestra situación —repuso el joven, notando que el cuerpo de doña Pepita, al buscar en su brazo indolente apoyo, no era un cuerpo de sílfide, de fantástica forma ni de imaginaria pesadumbre.

—¡Qué espanto!... —añadió la dama—. ¡Los hombres gritan y blasfeman!... ¡Las mujeres lloran!... ¡Qué desolación! Señor Monsalud, andemos un poquito para desentumecernos... Todos lloran la hacienda perdida... ¿pues y nosotros? ¡traemos tanta plata, tantas alhajas!... ¡Yo también lloro, Dios mío!... ¿Será posible que nos cojan esos perros ingleses?... Adelante; vamos por aquí... Busquemos a alguien que nos dé buenas noticias... no pueden ir las cosas tan mal como dicen... ¡Oh, los ingleses! ¡Cogerla a una los ingleses!... pero no, mil veces no, valiente joven, usted me defenderá hasta morir... Me horripilo de pensar que un inglés pondrá la mano sobre mí... Sigamos más allá... ¿No habrá nadie que diga: «La batalla se ha ganado?...» Pero ¿dónde estamos? ¿Dónde está mi marido? ¡Se ha perdido!... ¡Le hemos dejado atrás! ¡Urbanito, Urbanito!

—El señor oidor habrá ido en busca del jefe para saber la verdad de todo.

—¡Oh, qué horroroso aspecto ofrecen estas pobres gentes!... Fíjese usted en aquella pobre mujer que abraza llorando a sus niños... Estos otros no hablan más que de huir... ¡Jesús crucificado! ¿A dónde iremos nosotros?... Será preciso abandonarlo todo... ¡Aquí están diciendo que no hay esperanza!... Allí gritan: «Sálvese el que pueda.» Mire usted a esos sacando atropelladamente su ropa de las arcas. Será preciso llevarlo todo a cuestas... ¡Oh! Los que por allí vienen, ¿no son los heridos de la batalla?... ¡Malditos ingleses!... Por piedad, Monsalud, no me abandone usted... Es imposible huir en coche... yo no sé montar a caballo... ¿podré ir a la grupa?... ¡Qué desolación!... Vamos por aquí... Los gritos, las blasfemias, los juramentos de esos hombres desesperados que parecen demonios, me hacen temblar, y me pongo mala... Por aquí... ¡Qué bullicio, qué algarabía!... ¿Y mis alhajas, y mis encajes, y mis ropas?... Corramos allá, corramos... Mas no veo a mi marido por ninguna parte. ¡Urbanito, Urbanito!

—Vamos por aquí... En estos casos es triste llevar consigo el valor de un alfiler. Pobre y desvalido yo, lo mismo tengo vencedor que vencido.

—¡Qué felicidad! —continuó la dama, que, por no encontrarse bien en ninguna parte, quería estar al mismo tiempo en todas—. Así quisiera ser yo: libre como el aire, y con la galana pobreza de los pájaros que no tienen más que un vestido, y a donde quiera que van llevan consigo todo su ajuar... Huyamos de este sitio. Los llantos de esas mujeres me hacen llorar también a mí... Dicen aquellos que los ingleses nos sorprenderán aquí... ¡Esto es espantoso! ¡Los ingleses, los guerrilleros!... Me parece que muchas personas han emprendido la fuga por el llano adelante... ¿No ve usted? Llevan un lío a la espalda, y los zapatos en la mano para correr mejor... Observe usted a aquel infeliz que se da de cabezadas contra un cañón... estos de aquí hablan de quitarse ellos mismos la vida... Por Dios, si forman de nuevo, no me abandone usted... deserte usted si es preciso, deserte. Si me veo sola, me moriré de pavor... ¡Yo que pensaba ir a Francia y regresar a Madrid para el otoño!... En medio de mis desgracias he tenido la sin igual ventura de conocerle a usted, de encontrar a un joven tan leal como modesto, que está dispuesto a ampararme contra esos vándalos de ingleses... Estos pobres jurados y míseros lacayos del rey José hablan de morir matando o abrirse paso por entre los vencedores... Les será imposible, ¿no es verdad? Por Dios, no se abra usted paso, no se abra usted paso y quédese aquí... más vale rendirse... Ríndase usted; nos rendiremos los dos... Vamos..., no puedo ver tanta desolación... Escondámonos en algún sitio... ¿Ve usted a mi esposo?... Busquémosle... Es capaz de dejarse dominar por la desesperación, y hará alguna locura... ¿En dónde dejamos nuestro coche?... Aprisa, aprisa, señor Monsalud; sosténgame usted si me caigo; creo que me caeré, sí... Me caigo sin remedio... ¡Dios mío! ¿No le parece a usted que voy a caerme?

XXIII

Pero no se cayó. Corrieron ambos por entre la revuelta masa de gente y vehículos, espantados una y otro del triste espectáculo que el detenido convoy ofrecía, y antes que refiramos lo que resultó de su improvisada amistad y de las extrañas vicisitudes del viaje, es de todo punto indispensable advertir que esta gallarda dama del lunar pertenecía a la familia de Sanahuja, no siendo ella misma desconocida para nuestros lectores, pues algún incidente de sus verdes abriles tuvo cabida en otro libro.[2] Enteramente nuevo para mí y para los que me leen es el oidor; pero recientemente han llegado a estas manos documentos y apuntes, cuyo interés me mueve a asegurar una poderosa intervención de este personaje en las páginas que leerá el que las leyere. Por ahora solo corresponde decir que en aquel tumulto de lágrimas y blasfemias, de desesperación y hondo desaliento, el jurado y doña Pepa buscaban a Urbanito por todas partes, sin que Urbanito pareciese.

[2] _El Audaz._

Entre tanto, un suceso importante y decisivo llevó al último extremo el terror de los infelices empleados, bagajeros y conductores, y fue que por el llano adelante aparecieron varias columnas francesas marchando en desorden y con precipitación. Aparecieron luego caballos a escape, cubiertos de espumoso sudor, anhelantes y como poseídos de insensata cólera, y después muchos heridos transportados en camillas o en palanquines, o simplemente cargados entre dos por los hombros y los pies. Tras esto sintiose el rodar estrepitoso de cañones.

—¡Paso, paso a la artillería! —gritó una voz que parecía un huracán.

Los carros que obstruían el camino procuraron abrir calle; pero si lo consiguieron en un pequeño trecho, después los cañones tuvieron que hacer alto. Juraban los artilleros y votaban los carreteros. Los de infantería, desparramándose a un lado y otro del camino, siguieron adelante. La velocidad adquirida en los primeros momentos de la retirada era tal, que no podían contenerse, y miraban hacia atrás, creyendo sentir en sus espaldas las herraduras de la caballería inglesa.

Los heridos fueron depositados en tierra, y cuando el furor de las armas había cesado para ellos, sacaron las suyas los cirujanos. Con la presteza inconcebible que ponen en sus operaciones los físicos de los ejércitos, se atendió a todos ellos. Vendajes, emplastos, amputaciones, cuantos remedios se aplican a la persona humana después de una batalla fueron aplicados sobre el suelo y al aire libre. Corría la sangre sobre las camillas y por la tierra; pero los lastimeros ayes de los infelices que habían sido mutilados por el cañón y la fusilería no eran más que un accidente superficial en aquel tumulto de tan diversos ruidos compuesto, en aquella atmósfera de pánico que se extendía por todo el camino hasta más allá de Vitoria. Era de ver la frialdad de los cirujanos disponiendo se cortase un brazo o pierna, haciendo brillar a la luz del sol el fúnebre esplendor de sus instrumentos para no dar tiempo a la víctima ni aun a quejarse de su malhadada suerte. En aquella carpintería de carne humana no había consuelos morales ni físicos para el infeliz paciente, narcóticos ni atenuantes, sino la crueldad fría, desnuda, impasible, de la ciencia quirúrgica, que, como su parienta la ciencia militar, no repara en la carne y sangre de los hombres para ir a su fin.

Conforme los curaban, mal o bien, los iban trasportando a otro lugar, o a los carros que habían de llevarles a paraje más seguro; pero llegaron tantos que los cirujanos no pudieron atenderles, aunque tenían las mejores manos del mundo. Arrojados de aquí para allí, clamaban al cielo; pero el cielo debía estar ocupado en otra cosa, porque no les hacía caso.

Por otro lado ocurrían parecidas escenas, porque si el ejército de Gazán emprendió su retirada por el lado de Berrosteguieta, cerca de donde estaba el convoy, los de Erlon y Reille lo hicieron más allá de Vitoria; así es que en una extensión de dos leguas largas se ofrecía el espectáculo de los soldados furiosos abriéndose camino por entre un dédalo de carros y cureñas, furgones, ambulancias y coches de viaje, cirujanos ocupados, y heridos que no podían moverse.

Aunque en todo el camino reinaba gran confusión, pudo oírse y generalizarse la orden de que la retirada no se emprendiera por el camino de Francia, sino por el de Salvatierra y Pamplona. Esto parecía una salvación, y muchos vehículos y casi toda la artillería se dirigieron allá; pero la mala estrella de los franceses en aquel día quiso que el camino de Salvatierra estuviese lleno de zanjas y cortaduras hechas por los guerrilleros de Mina y Longa poco antes para molestar a Foy y Abbé, por cuyo motivo ninguna rueda pudo pasar más allá de Harrazo. En el camino de Francia seis o siete coches de lujo, seguidos de otros carros con equipajes y gran repuesto de víveres finos, pugnaban por retroceder hacia Vitoria para tomar la vía de Salvatierra; pero no les fue posible abrirse paso. Eran los carruajes de José y su comitiva, que, dispuestos a la cabecera del convoy para emprender la retirada hacia el Norte, habían tropezado con las tropas de Graham y Longa. Hacia las tres de la tarde la irrupción de soldados en retirada aumentó de una manera horrorosa. Hambrientos y abrasados de sed, se abalanzaban a las cajas de víveres y a las cantinas, arrebatando entre aullidos siniestros todo lo que hallaban al alcance de sus manos. Agotado todo, las tropas se apoderaban de los víveres de los particulares, penetrando brutalmente en los coches para arrancar el pedazo de pan de las manos de un niño o de una mujer. No pudiendo seguir el camino, saltaban los setos y se esparcían por los sembrados en varias direcciones, siguiendo todas las veredas, con tal que llegasen a parajes lejos del malhadado Zadorra.

Pero cuando el tumulto, el delirante estrépito y el barullo llegaron a su colmo, fue cuando aparecieron, procedentes del campo de batalla, veinte o treinta piezas de artillería, furiosas, ardientes, impetuosas, no hallando ante sí bastante camino para volar; arrastradas por caballos locos, verdaderos dragones cuyo resoplido quemaba y que parecían llevar en sus venas todo el fuego que inflamara los aires durante la batalla. Aquellas máquinas, simulacro de las ignotas fuerzas que en el cielo producen el trueno y el rayo, huían para no caer en manos del enemigo. Los artilleros, semejantes a fabulosos aurigas, herían los caballos con el látigo primero, y después con los sables, para precipitarlos en delirante carrera. Todo lo atropellaban ante sí por salvarse. Si un grupo de heridos o de familias desvalidas se interponía en su camino, las ciegas máquinas, compuestas de cureña, cañón, artilleros y caballos, pasaban por encima de los cuerpos humanos, como el brutal dios de la India. Las ruedas, lanzadas en furioso torbellino exterminador, dejaban hondos surcos en el suelo, aplastando todo lo que se les ponía por delante: la yerba y el hombre.

Chirrido de metales que juegan y chocan entre sí, de cadenas que se rozan, de ejes que vibran, de clavos que saltan, de tornillos que se aflojan, de cacharros de metralla que suenan unos contra otros como los cascabeles de un bufón se mezclaba a los indescriptibles rumores de las balas que iban saltando dentro de las cajas, tocando infernal música al compás de la marcha; se mezclaba al golpear de los escobillones, cuyos mangos batían contra el maderaje de la cureña; al chasquido de cien látigos que culebreaban en el aire estallando como cohetes; a los gritos de los que querían imprimir a las máquinas fugitivas el rencor, la angustia y el pánico de sus inflamados corazones.