El equipaje del rey José

Part 15

Chapter 153,712 wordsPublic domain

—Oh, señora —dijo el canónigo—, no es preciso que usted nos cuente la historia completa de sus parientes. Persona principal y decente parece usted. Deploramos la casualidad que motiva su desgracia. Caritativos somos, y no restos de nuestra comida, sino algo entero que debe quedar en la cesta le daremos... Jenarita, lléveselo usted.

La dolorida, sin poder contener sus lágrimas, no cesaba de repetir:

—Gracias, gracias, generoso señor.

—Ya podía esta señora vestirse de otra manera —dijo sonriendo el capellán al oído del canónigo—. ¿No es verdad que tal traje no es propio para ponerse delante de eclesiásticos?

Jenara se levantó para dar a la desconocida cuanto quedaba en la cesta.

—Hija, ve con ella y mira si tienen necesidad de algo de ropa —dijo Baraona—. Juraría que esa señora ha dicho verdad, y que no es afrancesada, sino rancia española... Carlos, acompaña a mi hija.

Indudablemente el guerrillero y Jenara deseaban cualquier pretexto para apartarse y perder de vista por breve momento al abuelo y compañeros de mesa. Disimulando su gozo, marcharon tras la desconocida; pero como no tenían prisa de llegar donde ella iba, la dejaron ir delante y que se alejase todo lo que quisiera.

XXVII

Principiaba a oscurecer. Viéndose solos, reanudaron su coloquio con mayor vehemencia al pie de los olmos, siendo Jenara la que con más calor se expresaba. Tomándose las manos, dejáronse ir vagabundos, abandonados a la dulce corriente que de sus palabras y de sus movimientos se derivaba.

—Jenara de mi vida —decía el guerrillero cuando ya llevaban algunos minutos de paseo, de conversación, de miradas tiernas y de apretones de manos—, si es cierto lo que me dices, te perdono, y seré para ti lo que siempre he sido: un esclavo. Día de luto es este para mí; pero si algún consuelo debo recibir, consistirá en palabras de tu boca. Jenara de mi corazón, mi vida y mi persona te pertenecen. Te adoro desde que te conocí, y te idolatraré hasta la muerte.

—Carlos —repuso la joven con ardor—, si no me crees lo que te he dicho, me enojaré, me pondré enferma, me consumiré de tristeza, me moriré de pesadumbre. Carlos, no lo dudes ni un momento. Si bajé aquella noche a la empalizada de la huerta, fue porque confundí a Salvador contigo... hizo la misma señal... No había dicho dos palabras el traidor, cuando llegaste tú... ¿Lo crees, Carlos? Dime que lo crees, dime que no queda en tu alma una chispa de recelo, y seré la mujer más feliz de la tierra.

—Bien, Jenara —dijo Navarro—. Aunque no fuera verdad, debería creerlo. ¿Oíste lo que dijo tu abuelo cuando nos encontramos hace poco? Su deseo era el mismo de mi desgraciado padre, y también el mismo que ha sido por mucho tiempo y es hoy la más cara, la más dulce, la más risueña ilusión de mi vida. Dime una palabra, y nuestro destino quedará fijado para siempre, y la noble pasión de mi alma satisfecha, la elección suprema de la vida santificada por un juramento leal ante las miradas de Dios, que desde el cielo nos está mirando y nos bendice. Jenara, ¿quieres ser mi mujer?

Contestó Jenara arrojándose en los brazos del guerrillero, que la estrechó en ellos amorosamente. Casi en el mismo instante, ambos jóvenes hicieron un movimiento de sorpresa y temor. Alguien les miraba: frente a ellos, y a distancia como de cuatro varas, vieron una figura delgada y sombría, un hombre completamente vestido de negro, con la cabeza descubierta. Después de dar algunos pasos, se detuvo. Tras él veíase una especie de choza formada por cajas vacías, y en el angosto recinto, de tal manera formado, clareaba la llama de un hogar y se oían voces.

—Aquí es —dijo Navarro viendo la barraca—. Entra y da a esas pobres gentes lo que les traes.

Jenara, después de dar algunos pasos, lanzó un grito de espanto.

—¡Navarro, Navarro, defiéndeme! —exclamó con angustiosa voz, corriendo a arrojarse en los brazos del guerrillero, y dejando caer en el suelo las viandas que llevaba.

—¿Quién es, quién va? —dijo Navarro con turbación, en el breve momento que tardó en conocer la sombría figura que tenía delante.

—Defiéndeme —gritó Jenara dando diente con diente—. Ese hombre me quiere matar.

El aparecido no había hecho movimiento alguno. Llegose a él Navarro, dejando atrás y a regular trecho a la atemorizada joven, y le observó con calma.

—¡Ah!... es Monsalud... poca cosa, poca cosa... No temas, Jenara... Esto ni pincha ni corta... A fe que no esperaba verte, Salvador. Creí que habías muerto.

—Hubiera hecho muy mal en morirme —dijo Monsalud— sin cobrar una deuda que tengo contigo.

—¿Conmigo?... ¡ah, ya! —añadió Navarro flemáticamente—. Cuando quieras... ¿Era para ti para quien pedía esa mujer, llamándote seminarista y guerrillero del _Fraile_?

—¿Qué dices? —preguntó Monsalud, ajeno a las jerarquías inventadas por doña Pepita.

—¡Que eres un farsante, un embustero! —exclamó Navarro perdiendo la serenidad.

—Sí: un embustero, un farsante —repitió Jenara alejándose más.

—Pero observo aquí la mano de Dios —añadió Carlos con petulancia—. Con tu disfraz y tu cambio de nombre te has ocultado de todo el ejército, pero no te has ocultado de mí.

—Es verdad —dijo Monsalud con enérgica ira—. Pues aquí me tienes. Puedes delatarme, denunciarme, llevarme arrastrado por los cabellos a donde tus salvajes amigos están haciendo cuentas por ver si algún jurado se escapó de la carnicería de anoche. Yo me salvé; pero ahora te proporciono ocasión de ganar un elogio, quizás un grado... Anda, llévame; di que me has descubierto, que me has cogido, y quizás te den un cigarro.

—Si yo fuera tú, te delataría... —dijo Navarro dando un paso hacia adelante—. Puedes vivir y engañar hasta dentro de un rato... Pero me olvidaba de que te hemos traído de comer.

Navarro, recogiendo del suelo lo que había caído, lo arrojó a los pies de Monsalud, que no hizo ademán alguno, dando a entender que no recibía limosna.

—¿Hasta dentro de un rato? —dijo Salvador—. ¿Por qué no ahora mismo?

Doña Pepita, atraída por las voces, presenciaba la singular escena sin comprender una palabra; mas no se le ocultaba que allí había peligro para Monsalud, y llegándose al otro, le dijo con amargura:

—Señor militar, no delate usted a mi pobre hermano... No, ¿para qué mentir? No es mi hermano, es mi amigo... Es un muchacho honrado y leal. Ya que escapó, déjele usted vivir.

Una figura macilenta y oscura se arrastraba a cuatro pies por el suelo, semejándose por la oscuridad de la noche a un gran perro de Terranova. Era el oidor, que recogía los restos de la comida.

—¡Yo delatar! —exclamó Navarro—. Señora, esté usted tranquila. No haremos ningún daño a su...

—A su amigo —murmuró Jenara acercándose al grupo y clavando sus ojos con ansiedad profunda en el semblante de la desconocida señora.

—No le haremos ningún daño —añadió con ironía Navarro, tomando la mano de Jenara, como para retirarse con ella—. Pero el amiguito se muere de hambre y de miedo: cuídele usted.

Volvieron la espalda Navarro y Jenara. Después de una breve disputa con doña Pepita, Salvador se separó de esta para seguir a los prometidos esposos.

—Detengámonos —dijo Navarro a su presunta consorte—. Viene detrás, y puede herirnos por la espalda.

—¡Pero aquella mujer, aquella mujer! —exclamó Jenara apretando los puños y temblando de ira—. ¿La viste? ¿Has oído insolencia igual? ¿Pues no dijo que era su...?

—Su cortejo... Salvador es muchacho de muy malas costumbres.

—¡Qué vergüenza! —añadió Jenara con la exaltación propia de su carácter en determinadas ocasiones—. ¡Oh! Navarro, no tienes alma... ¿Por qué no abofeteaste a esa infame mujer?

Baraona y los tres amigos, viendo la tardanza de los dos jóvenes, se adelantaban a su encuentro.

—Vamos, que es tarde. A prisa, niños... ¿qué habláis ahí...? ¡Como si no tuvierais tiempo de charlar hasta que se os seque la lengua!...

—A prisita, a prisita —dijo el capellán, arropándose con su manteo—. La noche está fresca.

—Ya se ve... Como ellos están en la flor de su edad y conservan todo el calor de la vida... —murmuró el canónigo con cierta expresión envidiosa.

Jenara y Navarro llegaron al fin.

—¿Qué tienes, hijita? —dijo Baraona advirtiendo mucho trastorno en el semblante de su nieta.

—No es nada —replicó Carlos—. Hemos visto escenas muy lastimosas en la barraca. ¡Cuánta desgracia y miseria en este triste campo, señor Baraona!

—Sí, lo comprendo; pero la guerra es guerra.

—La guerra tiene que ser guerra, es claro —repitió el capellán.

—Pues es claro: ¿qué ha de ser la guerra sino guerra? —murmuró el canónigo.

—Evidentemente la guerra es y será siempre guerra —añadió el secretario de la Inquisición.

—Al coche, pronto al coche.

Un vehículo, del cual no se podía decir fijamente si era coche o catedral, se acercó al sitio donde estaban los amigos.

—Carlos, supongo que no podrás venir con nosotros —indicó Baraona, subiendo penosamente con el auxilio de un criado.

—En efecto, no puedo...

—¡Ah! no había visto a esa persona que te acompaña: buenas noches, señor.. —dijo don Miguel saludando a Monsalud, el cual, siguiendo a Carlos, había quedado a cierta distancia.

—Es un amigo a quien casualmente acabo de encontrar.

—¡Ah!, muy señor mío... —dijo Baraona.

—Por muchos años... —gruñó el capellán.

—¡En marcha, en marcha! —exclamó el canónigo.

—Hasta mañana —dijo Navarro a Jenara cuando subía y se internaba dentro de la máquina—. Hasta mañana.

Jenara miraba hacia fuera con estupor.

—¿No me contestas? Te he dicho que hasta mañana —añadió Navarro ofendido de la profunda abstracción de su futura esposa.

—¡Si Dios quiere! —repuso al fin Jenara.

Y el monumental coche partió arrastrado por poderosas mulas.

XXVIII

Ya estamos solos —dijo Navarro a Monsalud.

—Ya estamos solos, y en lugar a propósito —repuso Salvador—. Podemos alejarnos del camino. La noche está oscura...

—¿Qué armas tienes?

—Ninguna. Dame la que quieras.

—Renegado —exclamó Navarro—, estamos en el campo del convoy. Aquí dejaste tu vestido para ponerte el que llevas, aquí han de estar tus armas.

—Escondidas bajo tierra —repuso Salvador con desaliento—; pero si me fuera en ello la vida, no sabría encontrar entre tanta confusión el sitio donde las pusimos.

—Salvador —gritó el guerrillero con ira—, si de esa manera piensas evadirte de tu compromiso...

—No me insultes, no eches más ignominia sobre mí —dijo Monsalud con emoción profunda, y antes que colérico, conmovido y sin aliento—. Soy un desgraciado, el más desgraciado de los hombres. Si no tienes lástima de mí, guárdame al menos la consideración que merece el infortunio... ¿Me aborreces? ¿Te estorbo? ¿Te soy odioso? ¿Te molesta que viva? ¿Te mortifica que respire el aire que Dios hizo para todos? Pues delátame, denúnciame... Marcha delante y te seguiré.

—¡Qué miserable cobardía! —exclamó Navarro, acompañando sus palabras de un enérgico gesto—. Si tienes miedo, si quieres renunciar a tu compromiso, dilo, y no me llames delator.

—Vamos a donde quieras —murmuró Monsalud dando algunos pasos—. Nada te costará buscarme el arma que más te guste.

—Vamos —repitió Garrote.

Ambos dieron algunos pasos: Navarro, decidido, impetuoso, resuelto; Salvador, indolente, desmayado... Pasaban junto a un árbol próximo a la cerca del camino, cuando el infeliz renegado apoyó sus brazos en el tronco y echó la cabeza hacia atrás, diciendo:

—No puedo más... me muero...

Sus piernas se aflojaron y cayó de rodillas. Ni la energía de su alma, ni la emoción que en aquel momento sentía, ni la presencia de su enemigo, que renovaba en él odios implacables, podían vencer el desmayo de su cuerpo, en el cual apenas había entrado algún mezquino alimento durante cuarenta y ocho horas.

—¿Qué mimos son esos? —preguntó Navarro.

—Me muero... —murmuró Salvador—. Si tienes prisa y quieres acabar pronto, saca tu espada y atraviésame. No puedo vivir; no tengo ánimo para defenderme.

La extremada palidez y extenuación del desgraciado joven no se ocultaron a su enemigo. Navarro comprendió cuán indigno sería provocar a duelo a un moribundo. Compasivo y generoso, acercose al joven, y echándole ambos brazos al cuerpo, le levantó.

—Vamos, no has comido hoy —dijo—. Debí empezar por lo primero... mas para todo hay tiempo. Ven conmigo.

Monsalud se dejó levantar y conducir maquinalmente, apoyado en el brazo de su rival. Así anduvieron largo trecho, despaciosamente y sin hablar palabra. Parecían dos tiernos amigos, dos cariñosos hermanos, de los cuales el fuerte sostenía y amparaba al débil. Nadie al verlos hubiera dicho que entre ellos y en torno a ellos, envolviendo sus hermosas cabezas con fúnebre celaje, flotaba el fantasma horroroso de la guerra civil. Caía la frente del uno sobre el pecho del otro, se enlazaban sus manos, se confundían sus alientos; pero no había ni la más mínima porción de afecto en aquel abrazo de muerte. Quizás el aborrecimiento mismo impulsaba al fuerte a ser generoso; quizás la propia causa impulsaba al débil a ser condescendiente.

Llegaron a una gran barraca, improvisada con cajas y lienzos, de la cual salía humo, mucha bulla, y un olor fuertísimo a aceite frito y a guisotes de campaña. Los dos jóvenes entraron. Soldados y guerrilleros bebían y comían allí, sin dar reposo a la lengua un solo momento. Entraban o salían atropelladamente, trayendo y llevando víveres y pellejos de vino.

Monsalud se dejó caer en el suelo, mientras Navarro decía, dirigiéndose a uno de los más alborotadores:

—Roque, da de comer y de beber a este amigo.

Fijáronse todos en la abatida persona de Monsalud, que parecía moribundo.

—¿Es jurado? —preguntó uno.

—Es un hermano del cura de Nájera; es mi amigo —repuso Navarro—. Iba a Francia, cuando tropezó con el convoy y me le dejaron como le veis... ¡Eh, señor Soldevilla! —añadió sacudiéndole a Salvador por el brazo—, ahora se pondrá usted como nuevo... Désele primero un buen vaso de vino.

—Mejor es un par de tajadas... —indicó un guerrillero que era riojano y conocía al señor cura de Nájera—. ¡Por vida de...! Conozco a todos los Soldevillas de Nájera y de Cameros, y juro que esa cara no es de ningún Soldevilla de aquella tierra... Como que yo conozco esa cara.

—Y yo también —añadió otro del mismo estambre.

—Y yo.

—Despachaos, pedazos de plomo —gritó Navarro, sentándose resueltamente al lado de su enemigo, con objeto de evitar cualquier ofensa que pudiera hacérsele...

Para disipar las sospechas de sus camaradas o hacerles entender que estaba decidido a defender al infeliz jurado, entabló con él familiar diálogo en esta forma:

—Eso pasará pronto, amigo Soldevilla. Buena suerte fue para usted tropezar conmigo, que le asistiré en cuanto sea menester, y le protegeré, aun a riesgo de mi vida, contra todo aquel que intentara hacerle daño.

—Gracias, muchas gracias —dijo Monsalud, bebiendo con febril ansiedad en una taza que le presentaron.

—Tengo que comunicar a usted una triste noticia, y es que mi excelente padre, el señor don Fernando Navarro, amigo de su familia de usted, ha sido asesinado por los infames renegados.

—¡Asesinado! —repitió sordamente Monsalud, engullendo el pan y las magras que le dieron—. ¡Infeliz suerte!... Quizás no moriría de esa manera.

—Sí; pero los viles que pusieron la mano en aquel hombre insigne no vivirán mucho tiempo —dijo sofocadamente Navarro ofreciendo a Monsalud un vaso de vino—. Revolveré la tierra por encontrarlos, y uno a uno caerán en mis manos, de las cuales pasarán al infierno.

—¡Al infierno! —balbució Monsalud—; gracias, gracias, señor Navarro; voy recobrando la vida. ¡Ah!, pero ahora recuerdo... oí hablar de usted... Sí; antes que cayésemos en poder de los ingleses trabé conversación con un joven jurado. Díjome que el señor don Fernando se había dado a sí mismo la muerte por no caer en manos de la vil canalla, que, después de sacrificar ignominiosamente a cierto clérigo, quería martirizarle a él de la misma manera.

—También me lo han dicho así.

—Y el joven que me habló de este asunto, amigo Navarro, añadió que él mismo, después de prestar varios servicios al desgraciado don Fernando, le había suministrado el medio de eximirse, por un acto enérgico, de la bochornosa muerte que le tenían preparada. Dijo también que el ilustre señor, vencido de la extenuación y del pánico, perdió en sus últimos momentos el juicio, cayendo en singulares locuras y manías.

—Tantos detalles no habían llegado a mi noticia —dijo el guerrillero—; y en cuanto a las palabras de ese renegado que con usted habló, no les doy fe.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Es uno que dijo llamarse... ¿a ver cómo? ¡Ah! Salvador no sé cuántos.

—Me lo figuraba... —contestó Navarro con diabólica risa—. Uno de los que busco... y de los que no se me escaparán, a fe mía... Es un reptil que ha querido morderme y que he de aplastar sin remedio. Traidor renegado, ha hecho migas con los franceses, y es uno de los más crueles sayones que tiene la canalla para atemorizar a las gentes inofensivas de este país. Embrollón, embustero, farsante y lleno de fatuidad, atreviose a poner sus ojos en un ángel del cielo a quien idolatro, y que no puede ser sino para mí... ¡Oh! nuestra rivalidad es ya un poco antigua... pero se ha recrudecido recientemente, señor Soldevilla de mi alma, desde que ese miserable ratoncillo, que no merece roer la suela de mis zapatos, se ha atrevido a manchar la buena fama de la mujer que adoro, engañándola con miserables artes, y obteniendo de ella ciertos favores por el más vil y repugnante medio... Tome usted más carne, señor Soldevilla —añadió presentándosela—; tal vez necesite recobrar todas sus fuerzas para esta noche... Pues sí, como decía, empleando infames medios...

—Gracias, gracias, señor Navarro —dijo Salvador rechazando la carne—. Debe de ser un gran tunante ese joven.

—Como que para hablar con Jenara y arrancarle algún honesto favor, remedaba mi persona y mi voz en la oscuridad de la noche...

—No quiero nada más —dijo Monsalud secamente—. Me encuentro bien.

—Poco ha comido usted...

—Lo necesario para afrontar cualquier peligro.

—Pues sí, amigo Soldevilla —añadió Navarro—, perdone usted que me haya exaltado al oírle nombrar persona tan aborrecida para mí. He jurado matarle, matarle sin piedad, y me parece que mientras él viva me está robando con su aliento la existencia que Dios me dio para vivir y el aire para respirar.

Sacudido por viva excitación nerviosa, Monsalud se levantó del suelo en que yacía.

—¡Oh!, no se levante usted... descanse usted más, señor Soldevilla —dijo Navarro con ironía semejante a la del diablo cuando sonríe a las almas en el momento de cargar con ellas—. Tome usted fuerzas, amigo mío, que quizás las necesite pronto, sí, muy pronto... Si quiere usted dormir, duerma sin cuidado; y por si tuviese recelo de que mis compañeros le hagan algún daño, esté tranquilo, que no me moveré de su lado hasta que abra los ojos.

—No quiero dormir —repuso Salvador poniéndose en pie—. Agradezco a usted lo que ha hecho por mí... Y ahora que recuerdo, cuando ese jurado, que antes mencionó, hablaba del trágico fin del señor don Fernando Garrote y de su funesta locura, hacíalo con tanta compasión, que parecía haberse interesado vivamente por él.

—¡Buen caso haría yo de las hipócritas palabras de ese necio! —dijo Navarro sin disimular su ira—. ¡Oh!, solo el oír en su boca el sagrado nombre de mi padre, me parece un insulto... A ver, señor Soldevilla —añadió tomando el sable de un guerrillero que dormía—, ¿qué le parece a usted este sable?

—Magnífico —respondió el jurado, pasando el dedo por el filo y apoyando la punta en el suelo para probar la flexibilidad de la hoja.

—Si no recuerdo mal, me rogó usted que le proporcionase un sable. Quédese, pues, con el que tiene en la mano. Este borracho de Roque es de mi compañía, y mañana me entenderé con él.

—¡Gracias, gracias! —dijo Monsalud con extraordinaria animación. ¡Cuántos favores debo a usted!

—¿No duerme un ratito?

—No.

—Es verdad. Tiempo tiene usted de dormir —dijo Navarro levantándose—. Sí; de dormir mucho, muchísimo.

Casi todos los guerrilleros que antes había en la barraca, o habían salido a tocar la guitarra sobre el campo, o dormían como troncos. Monsalud y Navarro salieron. Cuando se hallaban a buen trecho de la tienda, el renegado dijo a su enemigo:

—¡Navarro, Navarro!... Dios que nos mira sabe que no te tengo miedo... Acabas de hacerme un beneficio; mi corazón se oprime al pensar que puedo darte la muerte... Aguarda, por Dios, a que te ofenda de nuevo; aguarda a que esta gratitud se disipe... Te aborrezco; pero un secreto respeto enfría mis rencores cuando pienso que vamos a batirnos. A pesar de los horribles insultos que hace poco me has dirigido, te ruego que esperes, que esperes hasta mañana siquiera. Creo que debemos esperar.

—Adelante —repuso Navarro con enérgico acento—. No tienes que agradecerme nada. No te he perdonado, no te perdonaré, si no me confiesas que fingiste mi persona y mi voz para engañar o Jenara.

—¡No lo confesaré porque es mentira! —exclamó Salvador lleno de ira.

—¡Pues te mataré porque es verdad! —rugió Navarro—. Miserable, ¿piensas que el hombre que ha hablado a solas con esa mujer puede insultarme respirando el aire que yo respiro y viendo la luz que yo veo?

—No una, sino muchas veces he hablado con ella —dijo Salvador.

—¡Mientes, bellaco! —gritó Navarro abalanzándose hacia él con el sable desnudo—. Defiéndete, hijo de nadie, miserable espúreo.

Monsalud sintió que por sus venas corría fuego, que su cerebro era un volcán. Ciego, loco de ira, se puso en guardia, gritando:

—Defiéndete, salvaje. Mátame; pero antes de hacerlo, sabe que eres un bandido, y tu Jenara una vil mujerzuela.

—Canalla, toma el camino del infierno... ¡Corre..., anda..., allá vas!

No hablaron ni una palabra más; los aceros chocaron.

Estaban en un sitio solitario, y la noche era oscurísima. Durante breve rato las dos hojas de acero se rozaban con discorde sonido. De pronto Carlos dio un grito terrible; inundado de sangre, cayó al suelo.

—¡Dios mío!... ¡Muero!... —exclamó con un rugido, en el cual parecía que echaba el alma.

Y luego, con voz expirante, añadió:

—¡Padre!...

Monsalud hincó una rodilla en tierra y le miró el rostro, sin advertir que algunos hombres se acercaban.

FIN DE «EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ»

Madrid.—Junio-julio de 1875.