El criticón (tomo 2 de 2)

Part 12

Chapter 124,072 wordsPublic domain

Sacaron luego las cabezas á otro regüeldo las Harpías, digo la Murmuración, manchando con su nefando aliento las honras y las famas; la desapiadada Avaricia, chupándoles la sangre á los pobres, desollando los súbditos; la Joel Envidia, vomitando venenos, inficionando las ajenas prendas y disminuyendo las heroicas hazañas.

Allí apareció, llamado de un gran bostezo, el Minotauro embustero, la bachillera Esfinge, presumiendo de entendida y ignorando de necia. No faltaron las tres infernales Furias, convocadas de otro valiente regüeldo, que metió en los infiernos mismos la guerra, la discordia y la crueldad, que bastan á hacer infierno del mismo paraíso. Las engañosas Sirenas, brindando vidas y ejecutando muertes. La Escila y la Caribdis aquellos dos viciosos extremos, donde chocaron los necios, dando en el uno por huir del otro. Allí se vieron los Sátiros y los Faunos, con apariencias de hombres y realidades de bestias.

Así, que en poco rato hizo estanco de vicios de un estanque de monstruos, hijos todos de la violenta vinolencia. Y lo que más es de reparar y aun de sentir, que con ser éstas otras tantas fieras y harto feas, á sus beodos amadores les parecieron otras tantas beldades, llamando á las Sirenas lascivas, unos ángeles; al furioso y ciego de cólera, Cíclope valiente; á las Harpías, discretas; á las Furias, gallardas; al Minotauro, ingenioso; á la Esfinge, entendida; á los Faunos, galanes; á los Sátiros, cortesanos; y á todo monstruo, un prodigio.

Veníasele acercando á Critilo uno de los más perniciosos; pero él, al mismo punto, despavorido, intentó la fuga. Quísole detener el farsante, diciéndole:

Aguarda, no temas, que no te hará mal, sino mucho bien.

¿Quién es éste?, le preguntó.

Y él:

Ésta es aquella tan celebrada, cuán conocida en todo el mundo y más en las cortes, sin quien ya no se puede vivir, por lo menos sin su poquito de ella, por cuanto es empleo de los desocupados y ocupación de los entendidos, aquella gran cortesana.

¿Y cómo la nombran?

Lo que le respondió y qué monstruo fuese éste nos lo dirá la otra Crisi.

CRISI III

_La Verdad de parto._

Enfermó el hombre de achaque de sí mismo. Despertósele una fiebre maligna de concupiscencias, adelantándosele cada día los crecimientos de sus desordenadas pasiones. Sobrevínole un agudo dolor de agravios y sentimientos. Tenía postrado el apetito para todo lo bueno y el pulso con intercadencias en la virtud. Abrasábase en lo interior de malos afectos y tenía los estremos fríos para toda obra buena. Rabiaba de sed de sus desreglados apetitos, con grande amargura de murmuración. Secábasele la lengua para la verdad, síntomas todos mortales.

Viéndole en tanto aprieto, dicen que le envió sus médicos el cielo y también el mundo los suyos, á competencia, y así muy diferentes los unos de los otros y muy encontrados en la curación. Porque los del cielo en nada condecendían con el gusto del enfermo y los mundanos en todo le complacían. Con lo cual éstos se hicieron tan plausibles, cuan aborrecibles aquéllos. Ordenábanle los de arriba muchos y muy buenos remedios y los de abajo ninguno, diciendo:

He, que tanto es menester haber estudiado para no recetar, como para recetar.

Citaban los eternos, magistrales textos y los terrenos, ninguno, y decían:

Más vale testa, que texto.

Guarde la boca, decían unos: coma y beba cuanto apeteciere.

Los otros:

Tome un vomitivo de deleites, que le será de mucho provecho.

No haga tal, que le inquietará las entrañas y le postrará el gusto; dénle minorativos de concupiscencia.

Ni lo piense; sino valientes tiradas de gustos, que le vayan refrescando la sangre.

Dieta, dieta, repetían aquéllos.

Regalo y más regalo, replicaban éstos, y asentábasele muy bien al enfermo.

Púrguese, le recetaron los celestiales, porque vamos á la raíz del mal y á derribar el humor vicioso, que predomina.

Eso no, salían los mundanos; tome, sí, cosas suaves con que se entretenga y alegre.

Oyendo tal variedad, decía el enfermo:

Aténgome al aforismo que dice: “Si de cuatro médicos, los tres dijesen que te purgues y uno que no, no te purgues”.

Replicábanle los del cielo:

También dice otro: “Si de cuatro médicos, los tres te dijeren que no te sangres y uno sólo que sí, sángrate”. Luego, te debes sangrar y de la vena del arca, restituyendo lo ajeno.

Eso no, salían los otros; que sería quitarle las fuerzas y aun de todo punto desjarretarle.

Y él, en confirmación, añadía:

¡Qué poco estiman ellos mi sangre! No saben otro, que sangrar la costilla de los zurdos.

No duerma con el mal, encargaban aquéllos.

Repose y descanse en él, decían éstos.

Viendo, pues, los del cielo que no se le aplicaba remedio alguno de cuantos ellos ordenaban y que el enfermo iba por la posta caminando á la sepultura, entraron á él y con toda claridad le dijeron que moría. Ni por esas se dió por entendido; antes llamando un criado, le dijo:

Hola, ¿hanles pagado á estos médicos?

Señor, no.

Y aun por eso me dan ya por desahuciado. Pagadles y despedidles.

Lo segundo cumplieron. Fuéronse con tanto las virtudes, quedáronse los vicios, y él muy en ellos, que presto acabaron con él, aunque no él con ellos. Murió el hombre de todos y fué sepultado más abajo de la tierra.

Íbale ponderando á Critilo este suceso de cada día un varón de ha mil siglos.

¡Oh cómo es verdad, decía Critilo, que los vicios no sanan, sino que matan, y las virtudes remedian! No se cura la codicia con amontonar riquezas ni la gula con los manjares, la sensualidad con los bestiales deleites, la sed con las bebidas, la ambición con los cargos y dignidades; antes se ceban más y cada día se aumentan. De ese achaque le vino á la torpe vinolencia hacer estanco de vicios. ¡Y qué feos! ¡qué abominables! Pero entre todos, aquel que se me venía acercando y pegándoseme, que no hice poco en rebatirle, ¿cuál de ellos era?

Es más cortesano, cuanto más civil; común, cuando más estraño.

¿Cómo se llamaba el tal monstruo?

Bien nombrado es y aun aplaudido, entremetido y bienadmitido. Todo lo anda y todo lo confunde. Entra y sale en los palacios, teniendo en las cortes su guarida.

Menos te entiendo por eso. Aún no doy en la cuenta. Que hay muchos á esa traza y bulle la corte dellos.

Pues has de saber que era el capitán de todos, digo la plausible Quimera. ¡Oh monstruo al uso! ¡oh vicio de todos! ¡oh peste del siglo! ¡necedad á la moda!, exclamó el nuevo camarada.

Por eso yo, añadió Critilo, luego que me la ví tan cerca, la conjuré, diciendo:

¡Oh monstruo Cortesano! ¿Qué me buscas á mí? Anda, vete á tu Babilonia común, donde tantos y tontos pasan de ti y viven contigo: todo embuste, mentira, engaño, enredo, invenciones y quimeras.

Anda, vete á los que se sueñan grandes y son fantasmas, hombres vacíos de sustancia y rebutidos de impertinencia, huecos de sabiduría y atestados de fantasía: todo presunción, locura, fausto, hinchazón y quimera.

Vete á unos aduladores falsos, desvergonzados, lisonjeros, que todo lo alaban y todo lo mienten, y á los simples que se los creen, pagando el humo y el viento: todo mentira, engaño, necedad y quimera.

Vete á unos pretendientes engañados y á unos mandarines engañadores, aquéllos pretendiéndolo todo y éstos cumpliendo nada, dando largas, escusas, esperanzas bobas: todo cumplimiento y quimera.

Vete á unos desdichados arbitristas, inventores de felicidades ajenas, trazando de hacer Cresos á los otros, cuando ellos son unos Iros; discurriendo trazas para que los otros coman, cuando ellos más ayunan: todo embeleco, devaneo de cabeza, necedad y quimera.

Vete á unos caprichosos políticos, amigos de peligrosas novedades, inventores de sutilezas malfundadas, trastornándolo todo, no sólo no adquiriendo de nuevo ni conservando de viejo; pero perdiendo cuanto hay, dando al traste con un mundo y aun con dos: todo perdición y quimera.

Vete al Babel moderno de los cultos y afectados escritos y cuyas obras son de tramoya, frases sin concepto, hojas sin fruto, tomos sin lomo, cuerpos sin alma: todo confusión y quimera.

Vete á los tribunales, donde no se oyen sino mentiras; en las escuelas sofisterías, en las lonjas trampas y en los palacios quimeras.

Vete á los prometedores falsos, noveleros, crédulos, entremetidos, desahogados, linajudos, desvanecidos, casamenteros, mentirosos, pleiteantes, necios, sabios aparentes: todo mentira y quimera.

Vete á los hombres de hogaño, llenos todos de engaño, mujeres de embeleco: los niños mienten, los viejos engañan, los parientes faltan y los amigos falsean.

Vete á todo lo que dejamos atrás de un mundo inmundo, laberinto de enredos, falsedades y quimeras.

Con esto traté de huir de ella, que fué del mundo todo, y eché por este camino de la verdad en tan buen punto, que tuve dicha de encontrarte.

Harto fué, dijo el Acertador, que así oyó le llamaban, que todo tú pudieses salir.

No tan todo, respondió Critilo, que no me dejase la mitad, pues otro yo allá queda, Andrenio, aun más amigo que hijo, nada suyo y todo ajeno, rendido á una brutal vinolencia.

Mas aquí, no pudiendo articular las palabras, prosiguió haciendo estremos.

Hora bien, no te pudras tú, le dijo, de lo que otros engordan. Quiero por consolarte y remediarte que volvamos allá y que experimentes el eficacísimo contraveneno del vino, que conmigo llevo.

Es la embriaguez, iba ponderando, el último asalto, que dan al hombre los vicios; es el mayor esfuerzo, que ellos hacen contra la razón. Y así cuentan que, habiéndose coligado todos estos monstruosos enemigos contra un hombre, luego que naciera, embistiéndole ya uno, ya otro, por su orden para más desordenarle, la voracidad cuando más rapaz, la mancebía cuando mancebo, la avaricia cuando varón y la vanidad cuando viejo, viéndole pasar de edad en edad vitorioso y que ya entraba en la vejez triunfando de todos ellos, no pudiéndolo sufrir que así se les escapase y hiciese burla dellos, acudieron á la embriaguez, afianzando en ella su despique. No se engañaron, pues acometiéndole ésta con capa de necesidad, llamando al vino su leche, su abrigo y su consuelo, poco á poco y trago á trago se fué entrando y apoderándose dél hasta rendirle de todo punto. Hízole cerrar los ojos á la razón, abrir puerta á todo vicio, y de modo, que, con lastimosa infelicidad, aquel que toda la vida se había conservado en su virtud y entereza, se halló de repente á la vejez glotón, lascivo, iracundo, maldiciente, locuaz, vano, avaro, ridículo, imprudente. Y todo esto, porque vinolento.

Mas ya habían llegado, no al estanque, sino al cenagal de los vicios. Entraron ambos y hallaron á Andrenio, que aún estaba por tierra, sepultado en sueño y vino. Comenzaron á llamarle por su nombre; mas él impaciente respondía:

Dejadme, que estoy soñando cosas grandes.

No puede ser, dijo el Acertador, que los hombres grandes sólo tienen sueños grandes.

He, dejadme, que estoy viendo cosas prodigiosas.

¿No sean monstruosas? ¿Qué puedes ver sin vista?

Veo, dijo, que el mundo no es ya redondo, cuando todo va á la larga; que la tierra no es ya firme, cuando todo anda rodando; que el cieno es cielo para los más, pues los menos son personas; que todo es aire en el mundo y así todo se lo lleva el viento; el agua que fué y el vino que vino; el sol no es solo ni la luna es una, los luceros sin estrellas y el norte no guía; la luz da enojos y el alba llora cuando ríe; los flores son delirios y los lirios espinan; los derechos andan tuertos y los tuertos á las claras; las paredes oyen, cuando las orejas se rascan; los postres son antes y muchos fines sin medios; que el oro no es pesado y las plumas mucho; los mayores alcanzan menos y hablan gordo los más flacos y alto los más bajos; no son ladrados los ladrones, con que ninguno tiene cosa suya; los amos son mozos y las mozas las que mandan; más pueden espaldas, que pechos, y quien tiene hierro, no tiene aceros; los servicios se miran de mal ojo y los proveídos son premiados; la vergüenza es corrimiento y los buenos no hacen llorar, sino reir; del mentís se hace caso y del mentir casa; no son sabios los entendidos ni oídos los que hablan claro; el tiempo hecho cuartos y el día enhoramalas; los relojes quitan dando y de los buenos días se hacen los malos años; tras la tercera va la primera y las desgracias son gracias; las diademas en París y los galanes en Francia.

Calla ya, le dijo el Acertador; que sin duda se dijo diablo del que noche y día habla; mas en cantar mal y porfiar.

Digo que todo anda al revés y todo trocado de alto á bajo. Los buenos ya valen poco y los muy buenos para nada y los sin honra son honrados, los bestias hacen del hombre y los hombres hacen la bestia. El que tiene es tenido y el que no tiene es dejado. El de más cabal es sabio, que no el de más caudal. Las niñas lloran y las viejas ríen. Los leones dan balidos y los ciervos cazan. Los gallinas cacarean y no despiertan los gallos. No caben en el mundo los que tienen más lugar y muchos hijos de algo valen nada. Muchos por tener antojos no ven y no se usan los usos. Ya no nacen niños ni los mozos bien criados. Las que valen menos son buenas joyas y los más errados buenas lanzas. Veo unos desdichados antes de nacidos y otros venturosos después de muertos. Hablan á dos luces los que á escuras y todo ahora es á deshora.

Prosiguiera en sus dislates, si el Acertador no tratara de aplicarle el eficaz remedio, que fué echarle en la vasija del vino, no una anguila, como el vulgo ignorante sueña, sino una serpiente sabia, que al punto le hizo volver á ser persona y aborrecer aquel tóxico del juicio y veneno letal de la razón. Sacólos con esto el Acertador de aquel estanco de los vicios y estanque de monstruos, al de prodigios. Era éste uno de los raros personajes, que se encuentran en el vario viaje de la vida, de tan estraña habilidad, que á todos cuantos encontraban les iba adevinando el suceso de su vida y el paradejo della.

Iban atónitos nuestros peregrinos oyéndole adevinar con tanto acierto. Toparon de los primeros uno de muy mal gesto y al punto dijo:

Déste no hay que aguardar buen hecho.

Y no se engañó. De un tuerto pronosticó que no haría cosa á buen ojo y acertó. Á un corcovado le adevinó sus malas inclinaciones; á un cojo, los malos pasos en que andaba y á un zurdo, sus malas mañas; á un calvo, lo pelón y á un ceceoso lo malhablado. Á todo hombre señalado de la naturaleza señalaba él con el dedo, diciéndoles se guardasen. Encontraron ya un grande perdigón, que iba perdiendo á toda prisa lo que muy poco á poco se había ganado y al punto dijo:

¿No hizo él la hacienda?

No; que quien no la gana no la guarda.

Pero esto es nada, cosas más raras y más recónditas adevinaba, como si las viera. Y así, encontrando un coche, que traía tan arrastrado á su dueño, cuan desvanecida á su ama, dijo:

¿Veis aquel coche? Pues antes de muchos años será carreta.

Y realmente fué así. Viendo edificar una cárcel muy suntuosa y fanfarrona, con muchos dorados hierros, que pudiera sustituir un palacio, dijo:

¿Quién creerá que ha de venir á ser hospital?

Y de verdad lo fué, porque vinieron á parar en ella pobres desvalidos y desdichados. De un cierto personaje, que tenía muchos y buenos amigos, dijo que danzaba muy bien y acertó: porque todos le alabaron. Al contrario de otro, que tenía cara de pocos amigos:

Éste no hará cosa bien ni saldrá con lo que emprendiere.

Esto es más, que llegó uno y le preguntó cuánto tiempo viviría. Miróle á la cara y dijo que cien años y que si, le bobeara un poco más, dijera que docientos. Á otro inútil para todo aseguró que sacaría de la puja al mismo Matusalén. Pero lo más es que, en viendo á cualquiera, le atinaba la nación. Y así de un invencionero dijo:

Éste, sin más ver, es italiano.

De un desvanecido, inglés; de un desmazalado, alemán; de un sencillo, vizcaíno; de un altivo, castellano; de un cuitado, gallego; de un bárbaro, catalán; de un poca cosa, valenciano; de un alborotado alborotador, mallorquín; de un desdichado, sardo; de un tozudo, aragonés; de un crédulo, francés; de un encantado, danao. Y así de todos los otros, no sólo la nación; pero el estado y el empleo adevinaba. Vió un personaje muy cortés, siempre con el sombrero en la mano y dijo:

¿Quién dirá que éste es hechicero?

Y realmente fué así, que á todos hechizaba. De un embelesado, que era astrólogo; de un soberbio, cochero; de un descortés, ujier de saleta; de un desarrapado y arrapador, soldado; de un lascivo, viudo; de un peludo, hidalgo. De un hombre de puesto, que prometía mucho y á todos daba buenas palabras, dijo:

Éste contentará á muchos necios.

De otro, que no tenía palabra mala, adevinó que no tendría obra buena. Y al que mucha miel en la boca, mucha hiel en la bolsa. Vió á uno ir y venir á una casa y dijo:

Éste anda por cobrar.

Á cierto hombre, que dió en decir verdades, le pronosticó muchos pesares; y al de gran lengua, gran dolor de cabeza. Á cada uno le adevinaba su paradero, como si lo viera, sin discrepar un tilde: á los liberales, el hospital; á los interesados, el infierno; á los inquietos, la cárcel y á los revoltosos, el rollo; á los maldicientes, palos y á los descarados redomas, á los capeadores, jubones y á los escaladores, la escalera; á las malas, palo santo; á los famosos, clarín; á los sonados, paseo; á los perdidos, pregones; á los entremetidos, desprecios; á los que les prueba la tierra, el mar; á los buenos pájaros, el aire; á los gavilanes, pigüelas y á los lagartos, culebra; á los cuerdos, felicidades; á los sabios, honras y á los buenos, dichas y premios.

¡Qué rara habilidad ésta!, ponderaba Andrenio. No sé qué me diera por tenerla. ¿No me enseñarías esta tu astrología?

Paréceme á mí, dijo Critilo, que no es menester muchos astrolabios para esto ni consultar muchas estrellas.

Así lo creo, dijo el Adevino; pero pasemos adelante, que yo te ofrezco, oh Andrenio, de sacarte tan adevino como yo con la experiencia y el tiempo.

¿Dónde nos llevas?

Donde todos huyen.

Pues, si huyen, ¿para qué vamos nosotros?

Y aun por eso, para huir de todos ellos. Aunque primero quería introduciros en la famosa Italia, la más célebre provincia de la Europa.

Dicen que es país de personas.

Y personadas también.

Estraño dejo ha sido el de Alemania, decía Andrenio.

Y Critilo:

Sí, cual yo me lo imaginaba.

¿Qué os ha parecido de aquella tan estendida provincia, la mayor sin duda de Europa? Decidlo en puridad.

Á mí, respondió Andrenio, la que más me ha contentado hasta hoy.

Y Critilo:

Á mí, la que menos.

Por eso no se vive en el mundo con un solo voto.

¿Qué te ha agradado á ti más en ella?

Toda de alto á bajo.

Querrás decir Alta y Baja.

Eso mismo.

Sin duda que su nombre fué su definición, llamándose Germania, _a germinando_, la que todo lo produce y engendra, siendo fecunda madre de vivientes y de víveres y de todo cuanto se puede imaginar para la vida humana.

Sí, replico Critilo, mucho de extensión y nada de intención, mucha cantidad y poca calidad.

He, que no es una provincia sola, proseguía Andrenio; sino muchas, que hacen una. Porque, si bien se nota, cada potentado es casi un casi rey y cada ciudad una corte, cada casa un palacio, cada castillo una ciudadela y toda ella un compuesto de populosas ciudades, ilustres cortes, suntuosos templos, hermosos edificios y inexpugnables fortalezas.

Eso mismo hallo yo, dijo Critilo, que la ocasiona su mayor ruina y su total perdición. Porque cuantos más potentados, más cabezas; cuantas más cabezas, más caprichos; y cuantos más caprichos, más disensiones. Y, como dijo Horacio, lo que los príncipes deliran, los vasallos lo suspiran.

No me puedes negar, dijo Andrenio, su abundancia y su opulencia. Mira qué abastecida de todo, que si dicen España la rica, Italia la noble, también Alemania la harta. ¡Qué abundante de granos, de ganados, pescas, cazas, frutos y frutas! ¡Qué rica de minerales! ¡Qué vestida de arboledas! ¡Qué adornada de bosques, hermoseada de prados! ¡Qué surcada de caudalosos ríos y todos navegables! De tal suerte, que tiene más ríos Alemania que las otras provincias arroyos, más lagos que las otras fuentes, más palacios que las otras casas y más cortes que las otras ciudades.

Así es, dijo Critilo, yo lo confieso; mas en eso mismo hallo yo su destruición y que su misma abundancia la arruina, pues no hace otro que ministrar leña al fuego de sus continuas guerras, en que se abrasa, sustentando contra sí muchos y numerosos ejércitos, lo que no pueden otras provincias, especialmente España, que no sufre ancas.

Pero viniendo ya á sus bellos habitadores, dijo el Acertador, ¿cómo quedais con los alemanes?

Yo muy bien, dijo Andrenio. Hanme parecido muy lindamente, son de mi genio, engáñanse las demás naciones en llamar á los alemanes los animales y me atrevo á decir que son los mas grandes hombres de la Europa.

Sí, dijo Critilo; pero no los mayores.

Tiene dos cuerpos de un español cada alemán.

Si; pero no medio corazón.

¡Qué corpulentos!

Pero sin alma.

¡Qué frescos!

Y aun fríos.

¡Qué bravos!

Y aun feroces.

¡Qué hermosos!

Nada bizarros.

¡Qué altos!

Nada altivos.

¡Qué rubios!

Hasta en la boca.

¡Qué fuerzas las suyas!

Mas sin bríos. Son de cuerpos gigantes y de almas enanas; son moderados en el vestir, no así en el comer; son parcos en el regalo de sus camas y menaje de sus casas, pero destemplados en el beber.

Hé, que ése en ellos no es vicio; sino necesidad. ¿Qué había de hacer un corpacho de un alemán sin vino? Fuera un cuerpo sin alma: él les dá alma y vida. Hablan la lengua más antigua de todas.

Y la más bárbara también.

Son curiosos de ver mundo.

Y si no, no serían dél.

Hay grandes artífices.

Pero no grandes doctos.

Hasta en los dedos tiene la sutileza.

Más valiera en el celebro.

No pueden pasar sin ellos los ejércitos.

Así como ni el cuerpo sin el vientre.

Resplandece su nobleza.

Ojalá su piedad. Pero su infelicidad es que, así como otras provincias de Europa han sido ilustres madres de insignes patriarcas, de fundadores de las Sagradas Ordenes, esta, al contrario, de, etc.

Estorbóles el proseguir un confuso tropel de gentes, que á todo correr venían haciendo por aquellos caminos, harto descaminados, al derecho y al través, atropellándose unos á otros y todos desalentados. Y lo que más admiración les causó fué ver que los mayores hombres eran los primeros en la fuga y que los mas grandes alargaban más el paso y echaban valientes trancos los gigantes y aun los cojos no eran los postreros. Atónitos nuestros flemáticos peregrinos, comenzaron á preguntar la causa de una tan fanática retirada y nadie les respondió: que aun para eso no se daban vagar.

¡Hay tal confusión! ¡vióse semejante locura!, decían, cuando mas admirado uno de su admiración dellos, les dijo:

Ó vosotros sois unos grandes sabios ó unos grandes necios en ir contra la corriente de todos.

Sábios no, le respondieron; pero si que lo deseamos ser.

Pues mirad que no muráis con ese deseo, y atrancó cien pasos.

Á huir, á huir, venía voceando otro, que ya parece que desbucha. Y pasó como un regañón.

¿Quién es esta que anda de parto?, preguntó Andrenio.

Y el Acertador:

Poco más ó menos ya yo adevino lo que es.

¿Qué cosa?

Yo os lo diré. Éstos sin duda vienen huyendo del reino de la verdad, donde nosotros vamos.

No le llames reino, replicó uno de los tránsfugas, sino plaga y con razón, pues así lastima y más hoy, que tiene alborotado el mundo, solicitándose la ojeriza universal.

¿Y qué es la causa?, le preguntaron. ¿Hay alguna novedad?

Y bien grande. ¿Eso ignoráis ahora? ¡Qué tarde llegan á vosotros las cosas! ¿No sabéis que la verdad va de parto estos días?

¿Cómo de parto?

Si, aun con la barriga en la boca, reventando por reventar.

¿Pues qué importa que pára?, replicó Critilo. ¿Por eso se inquieta el mundo? Haced que pára en buen hora y el Cielo, que la alumbre.

¿Cómo que qué importa?, levantó la voz el cortesano. ¡Qué linda flema la vuestra! Mucha Alemania gastáis. Si agora con una verdad solo no hay quien viva ni hay hombre, que la pueda tolerar, ¿qué será si dá en parir otras verdades y esas otras y todas paren?