El criticón (tomo 2 de 2)

Part 11

Chapter 114,107 wordsPublic domain

Que no quieran ser agora enfadosos los que algún tiempo muy desenfadados ni, como el lobo, prediquen ayuno después de hartos.

Sobre todo, no sean avaros y miserables, viviendo pobres para morir ricos, y se persuadan que es una necia crueldad contra sí mismos tratarse ellos mal, para que se regalen después sus ingratos herederos; vestirse de ropas viejas, para guardarles á ellos las nuevas en las arcas.

Mas: los condenamos cada día á nuevos achaques con retención de los que ya tenían. Que sean sus ayes ecos de sus pasados gustos. Que, si aquéllos dieron al quitar, éstos al durar. Y así como los placeres fueron bienes muebles, los pesares serán males fijos.

Que vayan de continuo cabeceando, no tanto para negar los años, cuanto para ceñar á la muerte, temblando siempre, ya de su horrible catadura, ya pagando censo de asquerosidades á sus pasadas liviandades. Y adviertan que viven afianzados, no para gozar del mundo, sino para poblar las sepulturas.

Que anden llorando por fuerza los que vivieron muy de grado y sean Heráclitos en la vejez los que Demócritos en la mocedad.

Item, que hayan de llevar en paciencia el burlarse de ellos y de sus cosas los jóvenes, llamándolas caduqueces, manías y vejeces, por cuanto dellos mismos lo aprendieron y desquitan á los pasados.

No se espanten de ser tratados como niños los que jamás acabaron de ser hombres ni se quejen de que no hagan caso sus propios hijos de los que no supieron hacer casa.

Que los que tienen ya el un pie en la sepultura no tengan el otro en los verdes prados de sus gustos ni sean verdes en la condición los que tan secos de complisión y en todo caso eviten de parecer pisaverdes los amarillos y pisasecos.

Finalmente, que procedan, como parecen, agobiados, inclinándose á la tierra, como á su paradero, cargados de espaldas, mas no de cabeza, pagando pecho en toser á su envejecer.

Impónenseles todas estas obligaciones y otras muchas más, acompañadas de maldiciones de sus familiares y dobladas de sus nueras.

Acabado un tan solemne auto, mandó la arrugada reina se fuesen acercando á su caduco trono Critilo y Andrenio, cada cual por su puesto, bien opuesto. Y así á Critilo le dió la mano; mas á Andrenio se la asentó. Entregó un báculo á Critilo, que pareció cetro, y á Andrenio otro, que fué palo. Á aquél le coronó de canas y á éste le amortajó en ellas. Dióle á aquél el renombre de senior y á éste de viejo y más adelante de decrépito. Con esto los despachó para pasar á la última jornada de la tragicomedia de su vida. Critilo guiando y Andrenio siguiendo, volvióse Vejecia hacia el Tiempo, su más confidente ministro, haciéndole señas de despejar, que con ser intolerables sus calabozos, los tuvieran muchos por paraísos, á trueque de no pasar adelante y llegar al matadero.

Á pocos pasos bien pausados tropezaron con un sabandijón de los de á cada esquina, en el vulgo, ó á un personaje del enfado, que, bien atendido de Andrenio y mejor entendido de Critilo, hallaron ser de aquéllos, que tienen la lengua agujerada con flujo de palabras y estitiquez de razones. Que hay sujetos peores de aquéllos, que lo que por una oreja les entra, por otra les sale. Pues á éstos, lo que por ambas orejas les entra, por la lengua al mismo punto se les va, con tal facilidad de boca, que no les para cosa en el buche, por importante que sea, ni el secreto más recomendado ni la interioridad más reservada, no sabiendo callar ni su mal ni el ajeno. Singularmente, cuando llega á calentárseles la boca con alguna pasión de cólera ó alegría, sin ser necesario darles el remitivo político de la afectada ignorancia ni el único torcedor de la mañosa contradición. Porque éste no tenía retentivo en cosa, confesando él mismo que no podía más con su estómago ni recabarlo con su lengua. Jamás pudo llegar á retener un secreto medio día y por esto era llamado comúnmente don Fulano el de la lengua horadada. Todos, cuantos querían se supiese algo y que se fuese estendiendo á toda prisa, acudían á él como á trompeta sin juicio. ¿Pues qué, si le encomendaban el secreto? Reventaba por irlo al punto á hacer público. Desgraciado del que ó por desatención ó por inadvertencia se le confiaba, que luego le topaba en medio de las plazas á la vergüenza y aun hecho cuartos. Al contrario, los que ya le conocían, se valían dél para hacerle autor de lo que á ellos no les estaba bien serlo y en una palabra él era faraute universal, lengua de ferro, si no testa, no el _bello dezitore_, sino el feo palabrista.

Éste, pues, ó andaluz por lo locuaz ó valenciano por lo fácil ó chichiliani por lo chacharroni, los comenzó á conducir, sin pararle un punto la tarabilla de necedades. ¿Quién podrá contar las que ensartó por todo el discurso de su vida? Nunca escupía, porque no le tomasen la vez, ni preguntaba por no dar lugar á que otro le respondiese; sí bien, á los tales se cree que se les convierte toda la saliva en palabras, porque todo cuanto hablan es broma.

Seguidme, les decía: que hoy os he de introducir en el palacio mayor del mundo, de muchos oído, de venturosos visto, de todos deseado y de raros hallado.

¿Qué palacio será éste?, le preguntaba él mismo.

Y después de muchos misterios, ponderaciones y hazañerías, les dijo muy en secreto:

Éste es el de la alegría.

Hízoles notable armonía y dijeron:

¿No sea el de la risa? ¿Quién jamás vió tal cosa ni tal casa de la alegría? Hasta hoy no hemos topado quien nos diese noticia de semejante palacio; aunque de otros, encantados los más y llenos de soñados tesoros.

No os espantéis dello, les dijo: porque el que una vez entra allá por maravilla sale. Bobo sería en dejar el contento y volver á los pesares de por acá.

¿Y tú?, le replicaron.

Yo soy excepción: salgo por no reventar á parlarlo y á conducir allá los venturosos pasajeros. Vamos, vamos, que allí habéis de ver la misma alegría en persona, que lo es mucho, con su cara redonda á lo de sol, que aseguran durarles á las carirredondas diez años más la hermosura, que á las aguileñas y carílargas. De allí amanece la Aurora, cuando más arrebolada y risueña. Todos cuantos moran en aquel serrallo, que allí se vive porque se bebe, andan colorados, lucidos y risueños. Gente de indo humor y de buen gusto, gentilhombres de la boca.

Y aun gentiles, añadía Critilo. Pero dínos, ¿para cada día hay su placer y buenas nuevas?

¡Oh, sí!: porque no se cuidan de las malas ni las oyen ni las escuchan; está vedado el darlas. Desdichado del paje, que en esto se descuida, que al mismo punto se despiden. Todos son buenos ratos, comedias nuevas. Para cada día hay su placer y aun dos y todo al cabo viene á parar en _placheri y placheri y más placheri_.

¿Pues no hace de las suyas la fortuna y de sus mudanzas el tiempo? ¿Siempre está en él llena la luna? ¿No se barajan los contentos con las penas, las copas con los bastos, los oros con las espadas, como por acá?

De ningún modo, porque allí no hay podridos ni porfiados ni temáticos, desabridos, desazonados, malcontentos, desesperados, maliciosos, punchoneros, celosos, impertinentes, y lo que es más que todo eso, vecinos. No hay espíritus de tristeza ni de contradición ni atribulados ni fatiguillas ni agonizados. Nunca veréis malas comidas por ningún caso, aunque se hunda el mundo, ni peores cenas. Nunca ha de faltar el capón, el perdigón, que están muy validos. No se conocen sinsabores ni quemazones. Y en una palabra, todos allí son buenos tragos. Que de verdad no hay otra Jauja ni más cierta cucaña en el mundo, que no pillar fastidio de _niente_.

Mucho es eso, ponderaba Critilo, que tenga raíces el placer y amarras el contento.

Dígoos que sí, porque es manantial el gusto. Ni se marchita el gozo, que nace en tierra de regadío. Y habéis de saber, como lo veréis y aun lo probaréis, que en medio de aquel gran patio de su placentero alcázar brota una tan dulce, cuan perene fuente, brindándose á todos sin distinción en bellísimos tazones, unos de oro los más altos, otros de plata los del medio y los más bajos, aunque no los menos gustosos, de cristales transparentes, con donosa figurería, por ellos baja despeñándose con agradable ruido (malos años para la mejor música, aunque sean las melodías de Florián) un tan sabroso licor y tan regalado, que aseguran unos viene por secretos condutos de allá de los mismos campos Elisios; otros dicen se distila de aquel divino néctar. Y lo creo, porque á cuantos le beben, los vuelve luego unos bienaventurados á lo humano. Aunque no falta quien diga ser vena de Elicona y con harto fundamento, pues Horacio, Marcial, Ariosto y Quevedo, en bebiéndole, hacían versos superiores. Mas porque todo se diga y no me quede con escrúpulos de estómago, no pocos se persuaden y lo andan mascando entre dientes, que son verídicos y un alegre, eficaz veneno. Sea lo que fuere, lo que yo sé es que causa prodigiosos efectos y todos de consuelo. Porque yo ví un día traer no menos que una gran princesa, si dijera Lansgravia ó Palatina, perdida de melancolía, sin saber ella misma de qué ni por qué, que á no ser eso, no fuera necia. Habíanle aplicado dos mil remedios, como son galas, regalos, saraos, paseos y comedias, hasta llegar á los más eficaces, cuales son fuentes de oro potable, digo de doblones, tabaquillos de joyas, cestillos de perlas. Y ella siempre triste ¡qué necia! enfadada de todo y enfadando á todos, que ni vivía ni dejaba vivir, de modo, que llegó rematada de impertinente. Pues os aseguro que luego que bebió del eficacísimo néctar, depuesta la ceremoniosa autoridad regia, se puso á bailar, á reir y cantar, diciendo que se iba hacia las alturas.

Reniego, dije yo, de todos sus sitiales y doseles y aténgome á un valiente cangilón. Y eso es nada: que yo le ví al más severo Catón, al español más tétrico, dar carcajadas en bebiéndole, que por eso le llamaron los italianos _allegracore_.

Encontraban muchos peregrinos con sus esclavinas de cuero, que todos se encaminaban allá. Los más eran del tercio viejo, que como el paraje era áspero y seco y ellos venían fatigados y sedientos, encarrilaban en ristra y muertos de sed venían como vivos.

Éste es, decía su farsante guión, el Jordán de los viejos, aquí se remozan y se alegran, refrescan la sangre y cobran los perdidos colores.

Mas ya á los ecos de una gran bulla placentera, licenciaron la vista y descubrieron una casa, no sublime, pero bien empinada, propia estación del gusto y palacio del placer, coronado, en vez de jazmines y laureles, de pámpanos frondosos y todas sus paredes felpadas de yedras. Que, aunque suelen decir que echan á perder las casas donde se arriman, yo digo que hace harto más daño una cepa, pues de todo punto las arruina.

Mirad, les decía, qué alegre vista de colgaduras naturales. ¿Qué tienen que ver con ellas las más ricas y bordadas del célebre duque de Medina de las Torres, las más finas tapicerías de Flandes, aunque sean dibujos del Rubens? Creedme que todo lo artificial es sombra con lo natural y no más de un remedo.

¡Deliciosa amenidad por cierto, decía Andrenio! Ya no me pesa de haber venido. Y díme, ¿siempre dura? ¿nunca se marchita?

Dígoos que es perpetua, porque jamás le falta el riego. Bien puede secarse Chipre y ahorcarse los Pensiles, con que falta aquí su Babilonia.

Íbanse acercando á la gran puerta, siempre de par en par, así como la casa de bote en bote, y notaron que, así como á la del furor suelen estar encadenados tigres, á la del valor leones, á la del saber águilas, á la de la prudencia elefantes, en ésta asistían lobos soñolientos y tahonas entretenidas. Resonaban muchos juglares y todos hacían buen son: debían de ser forasteros. Bullían Ninfas nada adamadas; pero muy coloradas y fresconas á la flamenca. Blandían vistosos cristales en sus malseguras manos, llenas del generoso néctar, brindando á porfía á todo sediento pasajero, por estar esta casa de recreación en medio del pasaje de la vida. Llegaban ellos muy secos, cuando más ahogados de reumas, apurados de la sed, á apurar los cangilones, que ellos les bailaban delante. Bebían sin tasa, como gente sin cuenta. Y era bien de reir cómo fundaban crédito en hacer la razón, cuando más la deshacían. Y si alguno más templado se detenía, comenzaban á hacerle cocos, bautizando su atención por melindre y figurería, haciéndole muchos brindis con su templanza el licor brillante, que de verdad les saltaba á los ojos. Provocábanlos, diciendo:

Ea, que en vuestra edad no la hay, la sequedad de la complexión os escusa. Ésta es la leche de los viejos.

Y mentían, que no era sino el veneno.

Vaya otra vez, que el licor es apetecible, pues ningún sainete le falta. Él tiene buen color para la hermosura, mejor sabor para el gusto y estremado olor para la fragrancia, lisonjeando todos los sentidos. Arrojad el agua, tan necia como desabrida, muy preciada de no tener nada de gusto, ni color ni olor ni sabor. Éste sí que se precia de todo lo contrario. Y lo que más es, que ayuda á la salud y aun es su único remedio, pues aseguraba Mesue no haber hallado confección más eficaz y que más presto acudiese á remediar el corazón ni las bebidas de jacintos y de perlas.

Picábanle el gusto, cambiando licores y colores, ya el rojo encendido, combinándose con la sangre, ya dorado, pasando plaza de oro potable, ya de color del sol, hijo ardiente de sus rayos, ya de finos granates y aun de preciosos rubís, en fe de su preciosa simpatía. Contentábanse los cuerdos con una taza sola, para satisfacer á la necesidad; que lo demás decían ser una gran necedad. Con eso refrescaban la sangre, confortaban el corazón y se alentaban para poder proseguir su camino á las derechas.

Pero los más no acababan de consolarse con una sola taza ni aun con dos; sino que en tropa de brutos se metían muy adentro, no parando hasta encontrar con el mayor estanque y allí se arrojaban de bruces. Déstos fué uno Andrenio, sin que bastase á detenerle ni el consejo ni el ejemplo de Critilo. Tendíanse luego en son de bestias por aquellos suelos: que todo vicio lleva á parar en tierra, así como toda virtud al cielo.

En el entretanto que dormía Andrenio al ser de hombre, privado de la principal de sus tres vidas, quiso Critilo registrar aquel palacio tudesco, donde vió cosas de mucho escarnio, que él encomendó al escarmiento. Halló lo primero que la bacanal estancia no se componía de doradas salas, sino de ahumadas zahurdas; no de cuadras de respeto, sí de ranchos de vileza.

Topó uno, donde todos se metían á bailar, luego que entraban, con tal propensión, que, queriendo una dueña entrar con un palo á sacar su criada, con gran priesa se había puesto á bailar. En el mismo punto, depuesto el enojo, con el palo, se calzó las castañetas y comenzó á repicarlas. Hizo lo mismo el marido, cuando entraba más colérico á llevar el compás con un garrote, y todos cuantos metían el pie en aquel gustoso rancho del mesón del mundo, al mismo punto olvidados de todo, se hacían piezas bailando. Decían algunos ser burlesco hechizo, que había dejado un entretenido pasajero, que allí había hecho noche; mas Critilo túvolo por borrachera y trató de pasar adelante.

Encontró con otro, donde todos cuantos allá entraban, al punto enfurecían con tal fiereza, que echando unos mano á los puñales y arrancando otros de las espadas, comenzaban á herirse como fieras y á matarse como bestias, olvidados de la razón, como gente sin juicio. Aquí vió un gran personaje con una muy buena capa de púrpura y díjole su farsante guía:

No te admires, que por éste se dijo: debajo de una buena capa hay un mal bebedor.

¿Quién es éste?

Quien fué señor del mundo; mas este licor lo fué de él.

Retirémonos, dijo Critilo, que tiene en la mano un sangriento puñal.

Con ese mató á su mayor amigo sobre mesa.

¿Y con todo eso fué aclamado el Magno?

Sí, por lo soldado, que no por lo rey.

De otro más moderno y aun corriendo vino aseguraban que no se había embriagado sino sola una vez en su vida; pero que le duró por toda ella, en quien hicieron gran maridaje el vino y la herejía.

Aquí les mostraron el mismo tazón, que tomó en la mano el octavo de los ingleses Enriques, en el trance de su infeliz muerte, en vez del santo crucifijo, con que suelen morir los buenos católicos, y echándosele á pechos, dijo:

Todo lo perdimos junto, el reino, el cielo y la vida.

¿Y todos ésos fueron reyes?, preguntó Critilo.

Sí, todos. Que aunque en España nunca llegó la borrachera á ser merced, en Francia sí á ser señoría, en Flandes excelencia, en Alemania serenísima, en Suecia alteza; pero en Inglaterra, majestad.

Decíanle á uno que dejase el beber, si no quería despedirse del ver; mas él, incorregible, respondía:

Decidme: ¿Estos ojos no se los han de comer los gusanos?

Sí.

Pues más vale que me los beba yo.

Otro tal respondió:

Lo que hay que ver ya lo tengo visto, lo que he de beber no está bebido: pues bebamos, aunque nunca veamos.

Y catad la diferencia de los licores: éstos, que están tristes y tan adormecidos, cargaron del tinto; estos otros, tan alegres y risueños, del blanco.

Mas ya en esto habían llegado, no al más reservado retrete, que aquí no se conocen interioridades; sino á la estancia mayor de la risa, á la cueva del placer, donde hallaron que presidía sobre un eminente trono de cercillos, una amplísima reina sin género de autoridad, muy grave. Y con estar muy gruesa, decía no tener más que los pellejos, tan pobre y desamparada, cuan en cueros. Parecíase una cuba sobre otra, de fresco y alegre rostro; aunque tenía más de viña, que de jardín. Vestía de otoño, en vez de primavera, coronada de rubíes arracimados. Chispeábanla los ojos vertiendo centellas líquidas, hidrópicos los labios del suavísimo néctar. Blandía, en vez de palma, en la una mano, un verde y frondoso tirso, y brindaba con la otra un bernegal de buen tamaño á todos cuantos llegaban, observando con inviolable puntualidad la alternativa en los brindis. Notaron que mudaba semblantes á cada trago, ya festivo, ya lascivo y ya furioso, verificando el común sentir, que la primera vez es necesidad, la segunda deleite, la tercera vicio y de ahí adelante brutalidad. En viendo á Critilo, licenció la risa en carcajadas y comenzó á propinarse con instancia el enojoso licor. Rehusaba Critilo el empeño.

He, que no se puede pasar por otro, le decía, sí, su farsante camarada, en ley de cortesano.

Vióse obligado á probarlo y, en gustándole, exclamó:

Éste es el veneno de la razón, éste el tóxico del juicio, éste es el vino ¡oh, tiempos! ¡oh, costumbres! El vino antes en aquel siglo de oro, pues de la verdad y aun de perlas, pues de las virtudes, cuentan que se vendía en las boticas, como medicina, á par de las drogas del Oriente, recetábanle los médicos entre los cordiales.

Récipe, decían, una onza de vino y mézclese con una libra de agua.

Y así se hacían maravillosos efectos. Otros refieren que no se permitía vender, sino en los más ocultos rincones de las ciudades, allá lejos en los arrabales, porque no inficionase las gentes. Y se tenía por infamia ver entrar un hombre allá. Mas ya se profanó este buen uso, ya se vende en las muy públicas esquinas y están llenas las ciudades de tabernas. Ya no se pide licencia al médico para beberle, habiéndose convertido en tóxico el que fué singular remedio.

Antes hoy, le replicó un aprisionado, es medicina universal: díganlo tantos aforismos, como corren en su favor.

He, que son de viejas.

No por eso peores. El es el común remedio contra el daño, que hacen todas las frutas. Y así dicen: “Tras las peras, vino bebas”. “El melón maduro, quiere el vino puro”. “Al higo vino y á la agua higa”. “El arroz, el pez y el tocino nacen en el agua y mueren en el vino”. La leche, ya se sabe lo que le dijo al vino: “Bien seáis venido, amigo”. “El vino tras la miel, sabe mal; pero hace bien.” Así que: “Donde no hay vino y sobra el agua la salud falta”. En todos tiempos es medicina, como lo dice el texto: “En el verano por el calor y en el invierno por el frío, es saludable el vino”. Y otro dice: “Pan de ayer y vino de antaño, traen al hombre sano”. No sólo remedia el cuerpo; pero es el mayor consuelo del ánimo, alivio de las penas. “Que lo que no va en vino, va en lágrimas y suspiros.” Es aforro de los pobres, que: “Al desnudo le es abrigo”. Bebida real, cuando: “El agua para los bueyes, y el vino para los reyes”. Leche de los viejos, pues: “Cuando el viejo no puede beber, la sepultura le pueden hacer”. Y en él consiste la media de la vida que: “Media vida es la candela y el vino la otra media”. De modo que es medicina de todos los males, porque: “Sangraos vecina...” y responde: “El buen vino es medicina”. Y con mucha razón, pues son siete los provechosos frutos de ella: “Purga el vientre, limpia el diente, mata la hambre, apaga la sed, cría buenos colores, alegra el corazón y concilia el sueño.”

Á todos éstos, dijo Critilo, responderé yo con éste sólo: “Quien es amigo del vino es enemigo de sí mismo”. Y advertid que otros tantos, como habéis referido en su favor, pudiera yo decir en contra; pero baste éste por ahora con este otro: “El vino con agua es salud de cuerpo y alma”.

¡Oh!, replicó el apasionado, ¿no veis, que el vino, si le echáis agua, le echáis á perder, especialmente si fuere blanco?

También, si no se la echáis, os echa él á perder á vos.

¿Pues qué remedio?

No beberle.

Otras muchas verdades dijo Critilo contra la embriaguez, de que los circunstantes hicieron cuento y él escarmiento. Reparó Critilo en que asistían pocos españoles al cortejo de la dionisia reina, habiendo sin duda para cada uno cien franceses y cuatrocientos tudescos.

¡Oh, dijo el hablador, no sabes tú lo que pasó en los principios _desta bella invenchione del vino_!

¿Y qué fué?

Que un recuero, atento á su ganancia, cargó de la nueva mercadería y dió con ella en Alemania. Y como fuese el precioso licor en toda su generosidad, gustaron mucho dél los tudescos. Hízoles valiente impresión, rindiéndolos de todo punto. Pasó adelante á la Francia; mas, porque no fuesen comenzados los cueros, acabólos de llenar en la Esquelda, con que no iba ya el vino tan fuerte y así no hizo mas que alegrar los franceses, haciéndoles bailar, silbar y dar algunas cabriolas y rascarse atrás en un corrillo de mesurados españoles, como se vió ya en Barcelona. Quedábale ya muy poco, cuando pasó á España, y llenóle de agua de tal suerte, que no era ya vino, sino enjaguaduras de bota. Con esto no les hizo efecto á los españoles; antes los dejó muy en sí y tan graves como siempre, con que ellos á todos los demás llaman borrachos. Deste modo han proseguido todas estas naciones en beberle: los tudescos puro, imitándoles los suecos y los ingleses; los franceses ya enjuagan la taza; mas los españoles, aguachirle, aunque los demás lo atribuyen á malicia y que lo hacen por no descubrir con la fuerza del vino lo secreto de su corazón.

Ésa ha sido sin duda la causa, ponderaba Critilo, de no haber hecho pie la herejía en España, como en otras provincias, por no haber entrado en ella la borrachera, que son camaradas inseparables: nunca veréis la una sin la otra.

Pero ¡qué cosa, aunque no rara, sí espantosa! Aquella embriagada reina, anegada en abismos de horrores, comenzó á arrojar de aquella ferviente cuba de su vientre tal tempestad de regüeldos, que inundó toda la bacanal estancia de monstruosidades. Porque, bien notado, no eran otros sus bostezos, que reclamos de otros tantos monstruos de abominables vicios. Volvía el feroz aspecto á una y otra parte y, en arrojando un regüeldo, saltaba al punto de aquel turbulento estanque del vino una horrible fiera, un infame acroceraunio, que aterraba á todo varón cuerdo.

Salió de los primeros la Herejía, monstruo primogénito de la Borrachera, confundiendo los reinos y las ciudades, repúblicas y monarquías, causando desobediencias á sus verdaderos señores. ¿Pero, qué mucho, si primero negaron la fe debida á su Dios y Señor, mezclando lo sagrado con lo profano y trastornando de alto á bajo cuanto hay?