Part 13
Llenarse ha el mundo de verdades y después buscarán quien le habite.
Dígoos que se vendrá á despoblar.
¿Por qué?
Porque no habrá quien viva, ni el caballero ni el oficial ni el mercader ni el amo ni el criado. En diciendo verdad, nadie podrá vivir. Dígoos que no vendrán á quedar de cuatro partes la media. Con una verdad, que le digan á un hombre, tiene para toda la vida, ¿qué será con tantas? Bien pueden cerrar los palacios y alquilar los alcázares. No quedarán cortes ni cortijos. Con tantica verdad hay hombre, que se ahita y no es posible dijerirla: ¿qué hará con un hartazgo de verdades? Gran buche será menester. Para cada día su verdad á secas. Bien amargarán.
Hé, que muchos habrá, dijo Critilo, que no temerán las verdades, antes les vendrán nacidas.
¿Y quién será ese? Decidlo, le levantaremos una estatua. ¿Cuál será el confiado, que no le puedan estrellar una verdad entre ceja y ceja y aun darle con muchas por la cara? Y á fe, que escuecen mucho y por muchos días. Líbreos Dios de una valiente zurra de verdades. Pican que abrasan. Y sino, veamos. Díganle á la otra lo que le dijo don Pedro de Toledo:
Mire, que le diré peor, que tal.
Y replicando ella:
¿Qué me dirá?
Peor que vieja.
Plántenle al otro lucifer una verdad en un cedulón y veréis lo que se endiabla. Acuérdenle al más estirado lo que él más olvida, al más pintado sus borroncillos, píquenle con la lezna al desvanecido, díganle al otro rico que lo ganó por su pico su abuelo, que vuelva la mira atrás al que se hace tan adelante, acuérdenle lo de los pasteles al que hoy asquea los faisanes, de su cuartana al león y á la fénix de lo gusano. No os admiréis que huigamos de la verdad, que es traviesa y atraviesa el corazón. Veis allí tendido un gigante de la hinchazón, que le mató un niño y con un alfiler y hay quien dice se la vendió su abuelo. Mas él se tiene la culpa. Que hiciera orejas de mercader. Digo, pues, que no hagáis admiraciones de que todos corran de corridos.
¿De qué huyen aquellos soldados? decía Andrenio.
Porque no les digan que huyeron y que son de los de _fugerunt, fugerunt_.
Venía uno gritando, ¡verdad, verdad!; pero no por mi boca, menos por mis orejas.
Déstos toparéis muchos. Todos querrían les tratasen verdad y ellos no tomarla en la boca.
Ora señores, ponderaba Andrenio, que los trasgos huyan, vayan con Berzebú, nunca acá vuelvan; ¿pero los soles?
Sí, porque no les den en rostro con sus lunares.
Venía por puntos reforzando la voz:
¡Ya pare! ¡afuera!, ¡qué desbucha!, ¡á huir, príncipes, á correr, poderosos!
Y á este grito había hombre, que tomaba postas, no había ¡monta á caballo! como éste. Potentado hubo, que reventó los seis caballos de la carroza. Pero es de advertir que esto pasaba en Italia, donde se teme más una verdad, que una bala de un basilisco otomano. Que por eso corren tan pocas, le usan raras.
¿De cuándo acá está preñada esta verdad, preguntó Andrenio, que yo la tenía por decrépita y aun caduca y ahora sale con parir?
Días ha que lo está y aun años y dicen que del tiempo.
¿Según eso, mucho tendrá que echar á luz?
Por lo menos cosas bien raras.
¿Y todas serán verdades?
Todas.
Ahora vendrá bien aquello de noche mala y parir hija. ¿Por qué no pare cada año y no hacer tripa de verdades?
¡Oh, sí! ¿No hay más de desbuchar? Antes concibe en un siglo, para parir en otro.
¿Pues serán ya verdades rancias?
No á fe; sino eternas. ¿No sabes tú que las verdades son de casta de azarolas, que las podridas son las maduras y más suaves y las crudas las coloradas? Aquéllas, que hacen saltar los colores al rostro, son intratables, sólo las puede tragar un vizcaíno.
Sin duda, que allá en aquellos dorados siglos debía parir esta verdad cada día.
Menos, porque no había que decir. No concebía; todo se estaba dicho. Mas agora no puede hablar y revienta. Vase deteniendo, como la preñada erizo, que cuanto más tarda, más siente las punzas de los hijuelos y teme más el echarlos á luz. Ora, ¡qué de cosas raras tendrá guardadas en aquellas ensenadas de su notar y advertir! Por eso decía un atento: casar y callar. ¡Qué hermosos partos! ¡Qué de bellezas desbuchará!
Antes sospecho yo, dijo Critilo, que han de ser horribles monstruosidades, desaciertos increíbles, valientes desatinos, cosas al fin sin pies ni cabeza, que, si fueran aciertos, bulleran panegíricos.
Sean lo que fueren, decía el Adevino, ellas han de salir. Ella no conciba. Que, si una vez se empreña, ó reventar ó parir. Que, como dijo el mayor de los sabios ¿quién podrá detener la palabra concebida?
¿Díme, preguntó Andrenio, nunca se ha rezumado, siquiera discurrido lo que parirá esta verdad? ¿Será hijo ó hija? ¿Qué, mienten las comadres? ¿Qué, adulan los físicos? ¿No corre algún disparate claro de un tan sellado secreto?
En esto hay mucho que decir y más que callar. Luego que se tuvo por cierto este preñado, viérades asustados los interesados, cuidadosos los que se quemaban, que fueron casi todos los mortales. Trataron luego de consultar los oráculos sobre el caso. Respondióles el primero que pariría un fiero monstruo, tan aborrecible cuan feo. Considerad ahora el mortal susto de los mortales. Acudieron á otro por consuelo y le hallaron. Porque les respondió todo lo contrario, que pariría un pasmo de belleza, un hijo tan lindo cuan amable. Quedaron con esto más confusos y por sí ó por no intentaron ahogarle. Mas en vano. Que aseguran es inmortal y sépalo todo el mundo. Dicen que la verdad es como el río Guadiana, que aquí se hunde y acullá sale. Hoy no osa chistar, parece que anda sepultada, y mañana resucita, un día por rincones y al otro por corrillos y por plazas. Llegará el día del parto y veremos este secreto, saldremos de esta suspensión.
Y tú, que te picas de adivinarlo todo ¿qué sientes de esto? ¿Qué rastreas? ¿No das en quién será este monstruo y este prodigio?
Sí, dijo él, por lo menos lo que podrían ser el primero para los necios y el segundo para los cuerdos.
Yo diría que el primero es.
Pero asomó en estas un raro ente, que venía, no tanto huyendo, cuanto haciendo huir. Hacíase no sólo calle, pero plaza. Daba desaforados gritos y decía:
¿Á mí el loco, cuando hago tantos cuerdos? ¿Á mí el desatinado, que hago acertar? ¿Á mí, á mí, el sin juicio, que á muchos doy entendimiento?
¿Quién es éste?, preguntó Critilo.
Y respondióle:
Ése es un ablativo absoluto, que ni rige ni es regido. Éste es el loco del príncipe tal.
¿Cómo es posible, replicó, que un señor tan cuerdo, llamado por antonomasia el prudente y no el Séneca de España, como si el otro hubiera sido de Etiopía, cómo es creíble lleve consigo un perenal?
Y aun por eso, porque él es prudente.
¿Pues qué pretende?
Oir la verdad alguna vez, que ninguno otro se la dirá ni oirá de otra boca. No os admiréis, cuando viéredes los reyes rodeados de locos y de inocentes. Que no lo hacen sin misterio. No es por divertirle, sino por advertirle. Que ya la verdad se oye por boca de ganso. Ora caminemos, que no podemos estar ya muy lejos de la corte.
Eso de corte, escusadlo, respondió un gran contrario suyo.
¿Y por qué no?
Porque, si no se oyó jamás verdad en corte ¿cómo habrá corte de la verdad? ¿Cómo puede llamarse corte donde no se miente ni se finge, donde no hay mentidero, donde no corren cada día cien mentiras como el puño?
¿Pues qué, preguntó Andrenio, no se puede mentir en esa corte?
¿Cómo si es de la verdad?
¿Ni una mentirilla ni media ni en su ocasión, que es gran socorro?
No por cierto.
¿Ni sustentada por tres días á la francesa, que vale mucho?
Ni por uno.
¿He, vaya, que por un cuarto ni por un instante ni una equivocación á la hipócrita?
Tampoco.
¿Ni un disimular la verdad, que no es mentira? Pero ¿ni decir todas las verdades?
Ni aun eso.
¡Válgate Dios por verdad y qué puntual que eres! Casi casi voy tratando de huir también. ¿Qué, ni una escusa con el embestidor ni una lisonja con el príncipe ni un cumplimiento con el cortesano?
Nada, nada de todo eso; todo liso, todo claro.
Ahora digo que no entro yo allá. No me atrevo á pasar por una tan estrecha religión. ¿Yo vivir sin el desempeño ordinario? Será imposible. Desde ahora me despido de tal corte y á fe que no seré solo. ¿No hay embustes? Pues digo que no es corte. ¿No hay engañadores ni lisonjas ni lisonjeros ni encarecedores? Pues no habrá cortesanos. ¿No hay caballeros sin palabra ni grandes sin obra? Pues digo que ni es corte. ¿No hay casas á la malicia y calles á la pena? Vuelvo á decir que no puede ser corte. Señores ¿quién vive en este París, en este Stocolmo, quién en esta Cracovia? ¿Quién corteja á esta reina? Sola debe andarse, como la Fénix.
No falta quien la asista y la corteje, respondió el Acertador.
Porque sabrás, oh Andrenio, que, cuando los mundanos echaron la Verdad del mundo y metieron en su trono la Mentira, según refiere un amigo de Luciano, trató el Supremo Parlamento de volverla á introducir en el mundo, á petición de los mismos hombres, á instancias de los mundanos, que no podían vivir sin ella. No podían averiguarse ni con criados ni oficiales ni con las propias mujeres. Todo era mentira, enredo y confusión. Parecía un Babel todo el mundo, sin poderse entender unos á otros. Cuando decían sí, decían no; y cuando blanco, negro. Conque no había cosa cierta ni segura. Todos andaban perdidos y gritando:
¡Vuelva, vuelva la verdad!
Era dificultosa la empresa y temíase mucho el poder salir della. Porque no se hallaba quien quisiese ser el primero á decirla. ¿Quién dirá la primera verdad? Ofreciéronse grandes premios al que quisiese decir la primera y no se hallaba ninguno. No había hombre, que quisiese comenzar. Buscáronse varios medios, discurriéronse muchos arbitrios y no aprovechaban. Pues ella se ha de introducir, ella ha de volver á los humanos pechos y á arraigarse en los corazones. Véase el cómo. Teníanlo por imposible los políticos y decían:
¿Por dónde se ha de comenzar? ¿Por Italia? Es cosa de risa. ¿Por Francia? Es cuento. ¿Por Inglaterra? No hay que tratar. ¿Por España? Aún, aún; pero será dificultoso. Al fin, después de muchas juntas, se resolvió que la desliesen con mucho azúcar, para desmentir su amargura y la echasen mucho ámbar contra la fortaleza, que de sí arrojaba. Y deste modo dorada y azucarada en un tazón de oro, no de vidrio por ningún caso, que se trasluciría, luego la fuesen brindando á todos los mortales, diciendo ser una exquisita confección, una rara bebida, venida de allá de la China y aún más lejos, más preciosa que el chocolate ni que el chá ni que el broete, para que con eso hiciesen vanidad de beberle. Comenzaron, pues, á mandarla á unos y á otros por su orden. Llegaron á los príncipes los primeros, para que con su ejemplo se animasen á pasarla los demás y se compusiese el orbe todo; mas ellos de una legua sintieron su amargura. Que tienen muy despiertos los sentidos: tanto huelen como oyen; y comenzaron á dar arcadas. Alguno hubo, que por una sola gota, que pasó, comenzó luego á escupir, que aún le dura. En probándola, decían todos: ¡Qué cosa tan amarga!
Y respondían los otros:
Es la Verdad.
Pasaron con tanto á los sabios. Éstos sí decían, que toda su vida hacen estudio de averiguarla; mas ellos tan presto como la comieron la arrimaron, diciendo que tenían harto con la teórica, que no querían la práctica; en especulación, no en ejecución. Hora vamos á los varones ancianos y muchachos, que suelen hacer pasto della. Engañáronse, porque, en sintiéndola, cerraron los labios y apretaron los dientes, diciendo:
Por mi boca no; por la del otro, á la de mi vecino. Convidaron á los oficiales. Menos; antes dijeron que morirían de hambre en cuatro días, si en la boca la tomasen, especialmente los sastres. Los mercaderes, ni verla, que por eso tienen las tiendas á escuras y aborrecen sus cajones la luz. Los cortesanos, ni oírla. No se halló mujer, que la quisiese probar, y decía una:
¡Anda allá!, que mujer sin enredo, bolsa sin dinero.
Desta suerte fueron pasando por todos los estados y empleos y no se halló quien quisiese arrostrar á la Verdad. Viendo esto, se resolvieron de probar con los niños, para que tan temprano la mamasen con la leche y se hiciesen á ella. Y fué menester buscarlos muy pequeñuelos. Porque los grandecillos ya la conocían y la aborrecían á imitación de sus padres. Fueron á los locos perenales, á los simples solemnes, que todos la bebieron. Los niños, engañados con aquella primera dulzura. Los simples, porque no dieron en la cuenta, apechugaron con el vaso hasta agotarle. Llenaron el buche de verdades, comenzando al punto á regoldarlas, amargue ó no amargue. Ellos la dicen, pique ó no pique; ellos la estrellan, unos la hablan, otros la vocean. Ellos no la sepan; que, si la saben, no dejarán de decirla. Así que los niños y los locos son hoy los cortesanos desta reina, ellos los que la asisten y la cortejan.
Hallábanse ya á la entrada de una ciudad por todas partes abierta. Veíanse sus calles esentas, anchas y muy derechas, sin vueltas, revueltas ni encrucijadas. Y todas tenían salida. Las casas eran de cristal con puertas abiertas y ventanas patentes. No había celosías traidoras ni tejados encubridores. Hasta el cielo estaba muy claro y muy sereno, sin nieves de emboscadas y todo el hemisferio muy despejado.
¡Qué diferente región ésta, ponderaba Critilo, de todo lo restante del mundo!
Pero, ¡qué corta corte ésta!, decía Andrenio.
Y el Acertador:
Por eso defendía uno que la mayor corte hasta hoy había sido la de Babilonia. Perdone la triunfante Roma con sus seis millones de habitadores y Pequin en la China, en cuyo centro, puesto en alto un hombre, no descubre sino casas, con ser tan llano su hemisferio.
Estaban ya para entrar, cuando repararon en que muchos y gente de autoridad, antes de meter el pie, hacían una acción bien notable y era calafatearse muy bien las orejas con algodones. Y aun no satisfechos con esto, se ponían ambas manos en ellas y muy apretadas.
¿Qué significa esto?, preguntó Critilo. Sin duda que éstos no gustan mucho de la Verdad.
Antes no hallan otra cosa, respondió el Acertador.
¿Pues para qué es esta diligencia?
Hay un misterio en esto, dijo uno dellos mismos, que lo oyó.
Y aun una gran malicia, replicó otro.
Si es cautela, no es cautela.
Conque se trabó entre los dos una gran altercación.
De necios es el porfiar, decía el primero.
Y de discretos el disputar, replicó el segundo.
Digo que la verdad es la cosa más dulce de cuantas hay.
Y yo digo que la más amarga.
Los niños son amigos de lo dulce y la dicen: luego dulce es.
Los príncipes son enemigos de lo que amarga y la escupen: luego amarga es. Loco es el que la dice.
Y sabio el que la oye.
No es política tampoco; es embustera, es muy pesada.
También es preciosa como el oro.
Es desaliñada.
Achaque de linda.
Todos la maltratan.
Ella hace bien á todos.
Desta suerte discurrían por extremos, sin topar el medio, cuando el Acertador se puso en él y les dijo:
Amigos, menos voces y más razones. Distinguid textos y concordaréis derechos. Advertid que la verdad en la boca es muy dulce; pero en el oído es muy amarga. Para dicha no hay cosa más gustosa; pero para oída no hay cosa más desabrida. No está el primor en decir las verdades; sino en el escucharlas. Y así veréis que la verdad murmurada es todo el entretenimiento de los viejos. En esto gastan días y noches, gustan mucho de decirla; pero no que se la digan. Y en conclusión, la verdad, por activa, es muy agradable; pero por pasiva, la quinta esencia de lo aborrecible. Esto es, en murmuración, no en desengaño.
Comenzaron ya á discurrir por aquellas calles, si bien no acertaba Andrenio á dar paso y de todo temía. En viendo un niño, se ponía á temblar, y en descubriendo un orate, desmayaba. Toparon y oyeron cosas nunca dichas ni oídas, hombres nunca vistos ni conocidos. Aquí hallaron el sí, sí, y el no no. Que, aunque tan viejos, nunca los habían topado. Aquí el hombre de su palabra, que casi no le conocían. Viéndolo estaban y no lo creían, como ni al hombre de verdad y de entereza, el de _andemos claros, vamos con cuenta y razón_, el de la verdad por un moro. Que todos eran personajes prodigiosos.
Y aun por eso no los hemos encontrado en otras partes, decía Critilo, porque están aquí juntos.
Aquí hallaron los hombres sin artificio, las mujeres sin enredo, gente sin tramoya.
¿Qué hombres son éstos, decía Critilo, y de dónde han salido, tan opuestos con los que por allá corren? No me harto de verlos, tratarlos y conocerlos. Esto sí que es vivir, éste cielo es, que no mundo. Ya creo agora todo cuanto me dicen sin escrúpulo alguno ni temor de engaño; que antes no hacía mas que suspender el juicio y tomar un año para creer las cosas. ¿Hay mayor felicidad que vivir entre hombres de bien, de verdad de conciencia y entereza? Dios me libre de volver á los otros, que por allá se usan.
Pero duróle poco el contento. Porque, yéndose encaminando hacia la plaza Mayor, donde se lograba el transparente alcázar de la Verdad triunfante, oyeron antes de llegar allá unas descomunales voces, como salidas de las gargantas de algún gigante, que decían:
¡Guarda el monstruo, huye el coco! ¡Á huir todo el mundo, que ha parido ya la Verdad el hijo feo, el odioso, el abominable! ¡Que viene, que vuela, que llega!
Á esta espantosa voz echaron todos á huir, sin aguardarse unos á otros, á necio el postrero. Hasta el mismo Critilo, ¿quién tal creyera?, llevado del vulgar escándalo, cuando no ejemplo, se metió en fuga; por más que el Acertador le procuró detener con razones y con ruegos.
¿Dónde vas?, le gritaba.
Donde me llevan.
Mira que huyes de un cielo.
Pongamos cielo en medio.
Quien quisiere saber qué monstruo, qué tan espantoso fuese aquel feo hijo de una tan hermosa madre y dónde fueron á parar nuestros asustados peregrinos, trate de seguirlos hasta la otra Crisi.
CRISI IV
_El Mundo descifrado._
Es Europa vistosa cara del mundo, grave en España, linda en Inglaterra, gallarda en Francia, discreta en Italia, fresca en Alemania, rizada en Suecia, apacible en Polonia, adamada en Grecia y ceñuda en Moscovia.
Esto les decía á nuestros dos fugitivos peregrinos un otro en lo raro, que le habían ganado, cuando perdido él á su Adevino.
Tenéis buen gusto, les decía, nacido de un buen capricho, en andaros viendo mundo y más en sus cortes, que son escuelas de toda discreta gentileza. Seréis hombres tratando con los que lo son, que eso es propiamente ver mundo. Porque advertid que va grande diferencia del ver al mirar. Que quien no entiende no atiende. Poco importa ver mucho con los ojos, si con el entendimiento nada. Ni vale el ver sin el notar. Discurrió bien quien dijo que el mejor libro del mundo era el mismo mundo, cerrado cuando más abierto, pieles estendidas. Esto es, pergaminos escritos llamó el mayor de los sabios á estos cielos iluminados de luces, en vez de rasgos y de estrellas por letras. Fáciles son de entender esos brillantes caracteres, por más que algunos los llamen dificultosos enigmas. La dificultad la hallo yo en leer y entender lo que está de las tejas abajo. Porque, como todo ande en cifra y los humanos corazones estén tan sellados, inescrutables, asegúroos que el mejor letor se pierde. Y otra cosa, que, si no lleváis bien estudiada y bien sabida la contracifra de todo, os habréis de hallar perdidos, sin acertar á leer palabra ni conocer letra ni un rasgo ni un tilde.
¿Cómo es eso?, replicó Andrenio. ¿Que el mundo todo esta cifrado?
¿Pues ahora recuerdas con eso? ¿Ahora te desayunas de una tan importante verdad, después de haberle andado todo? ¡Qué buen concepto habrás hecho de las cosas!
¿De modo que todas están en cifra?
Dígote que sí, sin exceptuar un ápice. Y para que lo entiendas, ¿quién piensas tú que era aquel primer hijo de la Verdad, de quien todos huían y vosotros de los primeros?
¿Quién había de ser, respondió Andrenio, sino un monstruo tan fiero, un trasgo tan aborrecible, que aún me dura el espanto de haberle visto?
Pues hágote saber que era el odio, el primogénito de la Verdad. Ella le engendra, cuando los otros le conciben, y ella le pare con dolor ajeno.
Aguarda, dijo Critilo, y aquel otro hijo también de la Verdad tan celebrado de lindo, que no tuvimos suerte de verle, ni tratarle, ¿quién era?
Ése es el postrero, el que llega tarde. Á ése os quiero yo llevar agora para que le conozcáis y gocéis de su buen trato, discreción y respeto.
Pero, ¡que no tuviésemos suerte de ver la Verdad, se lamentaba Andrenio, ni aun esta vez, estando tan cerca, especialmente en su elemento! Que dicen es muy hermosa. No me puedo consolar.
¿Cómo qué? ¿No la viste?, replicó el Descifrador, que así dijo se llamaba. Ése es el engaño de muchos, que nunca conocen la Verdad en sí mismos, sino en los otros, y así verás que alcanzan lo que le está mal al vecino, al amigo, lo que debieran hacer, y lo dicen y lo hablan; y para sí mismos ni saben ni entienden. En llegando á sus cosas, desatinan de modo, que en las cosas ajenas son unos linces y en las suyas unos topos. Saben cómo vive la hija del otro y en qué pasos anda la mujer del vecino, y de la suya propia están muy ajenos. ¿Pero no viste alguna de tantas bellísimas hembras, que por allí discurrían?
Sí, muchas y bien lindas.
Pues todas ésas eran Verdades, cuanto más ancianas, más hermosas. Que el tiempo, que todo lo desluce, á la Verdad la embellece.
Sin duda, añadió Critilo, que aquella coronada de álamo, como reina de los tiempos, con hojas blancas de los días y negras de las noches, ¿era la Verdad?
La misma.
Yo la besé, dijo Andrenio, la una de sus blancas manos y la sentí tan amarga, que aún me dura el sinsabor.
Pues yo, dijo Critilo, la besé la otra al mismo tiempo y la hallé de azúcar. Mas ¡qué linda estaba y muy de día! Todos los treinta y tres treses de hermosura se los conté uno por uno. Ella era blanca en tres cosas, colorada en otras tres, crecida en tres y así de los demás. Pero entre todas estas perfecciones excedía la de la pequeña y dulce boca, brollador de ámbar.
Pues á mí, replicó Andrenio, me pareció toda al contrario y, aunque pocas cosas me suelen desagradar, ésta por estremo.
Paréceme, dijo el Descifrador, que vivís ambos muy opuestos en genio: lo que al uno le agrada, al otro le descontenta.
Á mí, dijo Critilo, pocas cosas me satisfacen del todo.
Pues á mí, dijo Andrenio, pocas dejan de contentarme, porque en todas hallo yo mucho bueno y procuro gozar dellas, tales cuales son, mientras no se topan otras mejores. Y éste es mi vivir, al uso de los acomodados.
Y aun necios, replicó Critilo.
Interpúsose el Descifrador:
Ya os dije que todo cuanto hay en el mundo pasa en cifra: el bueno, el malo, el ignorante y el sabio. El amigo le toparéis en cifra y aun el pariente y el hermano, hasta los padres y hijos; que las mujeres y los maridos es cosa cierta. ¡Cuanto más los suegros y cuñados, el dote fiado y la suegra de contado! Las más de las cosas no son las que se leen. Ya no hay entender pan por pan, sino por tierra; ni vino por vino, sino por agua. Que hasta los elementos están cifrados en los elementos: ¿qué serán los hombres? Donde pensaréis que hay sustancia, todo es circunstancia, y lo que parece más sólido, es más hueco, y toda cosa hueca, vacía. Solas las mujeres parecen lo que son y son lo que parecen.
¿Cómo puede ser eso, replicó Andrenio, si todas ellas de pies á cabeza no son otro que una mentirosa lisonja?