El criticón (tomo 1 de 2)

Part 21

Chapter 214,073 wordsPublic domain

¡Oh, qué mal discurres!, dijo el francés. Ese melindre fué allá en otro tiempo; no se embarazan tanto ya las gentes. [Marginal: _Oro potable._] Ya se ha hallado traza cómo hacer el oro potable y comestible, ya dél se confeccionan bebidas, que confortan el corazón y alegran grandemente. Ni falta quien ha inventado el hacer caldo de doblones y dicen es tan sustancial, que basta á resucitar un muerto; que eso de alargar la vida es niñería. Demás de que hoy viven millares de miserables de no querer comer. Todo lo que no comen ni beben ni visten dicen que lo convierten en oro. Ahorran, porque no se aforran. Mátanse de hambre á sí y á sus familias y de matarse viven.

Con esto se fueron acercando y descubrieron á las puertas muchas guardas que, á más de estar armadas todas con espaldares castellanos contra los petos gallegos, eran tan inexorables, que no dejaban llegar á ninguno ni de cien leguas. Y si alguno porfiaba en querer entrar, arrojábanle un no, salido de una cara de hierro, que no hay bala que así atraviese y deje sin habla al más osado.

¿Cómo haremos para entrar, dijo Andrenio: que cada guarda de éstas parece un Nerón sincopado y aun más cruel?

No os embarace eso, dijo el francés: que esta guarda sólo es guarda de la juventud. No dejan entrar los mozos.

Y así era, que por ningún caso los dejaban entrar en la hacienda. Á todos se les vinculaban, hasta ser hombres; pero de treinta años arriba las franqueaban á todo hombre, si ya no fuese algún jugador, descuidado, gastador ó castellano, gente toda de la cofradía del hijo pródigo. Mas á los viejos, á los franceses y catalanes, puerta franca y aun les convidaban con el manejo. Con esto, viéndolos ya tan hombres y tan á la francesa, sin dificultad alguna los dejaron pasar. [Marginal: _Puertas del interés._] Pero luego hubo otro tope y mayor, que á más de ser las puertas de bronce y más duras que las entrañas de un rico, de un cómitre, de una madrastra, de un genovés, que es más que todo, estaban cerradas y muy atrancadas con barras catalanas y candados vizcaínos. Y aunque llegaban unos y otros á llamar, nadie respondía ni á propósito mucho menos correspondía.

Mira, decía uno, que soy tu pariente.

Y respondía el de adentro:

Más quiero mis dientes, que mis parientes. Cuando yo era pobre, no tenía parientes ni conocidos, que quien no tiene sangre, no tiene consanguíneos, y ahora me nacen como hongos y se pegan como lapa.

¿No me conoces, que soy tu amigo?, gritaba otro.

Y respondíanle:

En tiempo de higos, higas.

Con mucha cortesía rogaba un gentilhombre y respondía un villano: Ahora, que tengo, todos me dicen: Norabuena estéis Pedro.

¿Pues á tu padre?, decía un viejo.

Y el hijo respondía:

En esta casa no se tiene ley con nadie.

Al contrario, rogaba á su padre un hijo le dejase entrar y él respondía:

Eso no, mientras yo viva.

Ninguno se ahorraba con el otro, ni hermanos con hermanos, ni padres con hijos: ¿pues qué sería suegras con nueras? Oyendo esto, desconfiaron de todo punto de poder entrar. Trataban de tomarse la honra, si no el provecho, cuando el francés les dijo:

¡Qué presto desmayáis! ¿No entraron los que están dentro? Pues no nos faltará traza á nosotros. Dinero no falte y trampa adelante.

Mostróles una valiente maza, que estaba pendiente de una dorada cencerra:

Miradla bien, dijo: que en ella consiste nuestro remedio. ¿Cúya pensáis que es?

Si fuera de hierro y con sus puntas aceradas, dijo Critilo, aun creyera yo era la clava de Hércules.

¿Cómo de Hércules?, dijo el francés. Fué juguete aquélla, fué un melindre, respecto désta y todo cuanto el ahijado de Juno obró con ella fué niñería.

¿Cómo hablas así, monsiur, de una tan famosa y tan celebrada clava?

Dígote que no valió un clavo, respecto désta, ni supo Hércules lo que se hizo ni supo vivir ni entendió el modo de hacer la guerra.

¿Cómo no, si con aquella triunfó de todos los monstruos del mundo, con ser tantos?

Pues con ésta se vencen los mismos imposibles. Creedme que es mucho más ejecutiva y sería nunca acabar querer yo relataros los portentos de dificultades, que se han allanado con ésta.

Será encantada, dijo Andrenio, no es posible otra cosa. Obra grande de algún poderoso nigromántico.

Que no está encantada, dijo el francés, aunque sí hechiza á todos. Más os digo, que aquélla sólo en la diestra de Hércules valía algo; mas ésta en cualquier mano, aunque sea en la de un enano, de una mujer, de un niño, obra prodigios.

[Marginal: _Poder del oro._]

¡Eh, monsiur, dijo Andrenio! No tanto encarecimiento. ¿Cómo puede ser eso?

¿Cómo? Yo os lo diré. Porque es toda ella de oro macizo, aquel poderoso metal, que todo lo riñe y todo lo rinde. ¿Qué pensáis vosotros, que los reyes hacen la guerra con el bronce de las bombardas, con el hierro de los mosquetes y con el plomo de las balas? No, por cierto, sino con _dinari y dinari e piu dinari_. Mal año para la tizona del Cid y para la encantada de Roldán, respecto de una maza preñada de doblones. Y porque lo veáis, aguardad.

Descolgóla y pegó con ella en las puertas un ligerísimo golpecillo; pero tan eficaz, que al punto se abrieron de par en par, quedando atónitos ambos peregrinos y blasonando el monsiur, aunque fueran las de la torre de Dánae. Pero son de Dame, que es más.

Cuando todo estuvo llano, ya no lo estaba la voluntad de Critilo; antes dudaba mucho el entrar, porque dudaba el poder salir. [Marginal: _Reclamo de oro._] Hallaba, como prudente, grandes dificultades; mas al ruido del dinero, que oyó contar, que por eso se llamó moneda, _a monendo_, porque todo lo persuade y recaba y á todos convence, se dejó vencer. Atrájole el reclamo del oro y de la plata. Que no hay armonía de Orfeo, que así arrebate.

En estando dentro, se volvieron á cerrar las puertas, con otros tantos cerrojos de diamante. Mas, ¡oh espectáculo tan raro como increíble! Donde creyeron hallar un palacio, centro de libertades, hallaron una cárcel, llena de prisiones, pues á cuantos entraban los aherrojaban. Y es lo bueno que á título de hacerles muchos favores.

Estaban persuadiendo á una hermosa mujer, que la enriquecían y engalanaban y echábanla al cuello una cadena de una esclavitud de por vida y aun por muerte, la argolla de un rico collar, las esposas de unos preciosos brazaletes, que paran en horcas, el apretador de sus obligaciones, el esmaltado lazo de un nudo ciego, la gargantilla de un ahogo. Ello fué casa y miento y cárcel verdadera.

Echáronle á un cortesano unos pesados grillos de oro, que no le dejaban mover y persuadíanle que podía cuanto quería. Los que imaginaron salones eran calabozos poblados de cautivos voluntarios y todos ellos cargados de prisiones, argollas y cadenas de oro; pero todos tan contentos como engañados. Toparon entre otros un cierto sujeto rodeado de gatos, poniendo toda su fruición en oirlos mayar.

[Marginal: _Monstruosa codicia._]

¡Hay tan mal gusto en el mundo, como el tuyo!, dijo Andrenio. ¿No fueran mejores algunos pajarillos enjaulados, que con sus dulces cantos, te aliviaran las prisiones? ¿Pero gatos y vivos y que gustes de oir sus enfadosos maídos, que á todos los demás atormentan?

Quita, que no lo entiendes, respondió él: para mí es la más regalada música de cuantas hay, éstas las voces más dulces y más suaves del mundo. ¿Qué tienen que ver los gorjeos del pintado jilguerillo, los quiebros del canario, las melodías del dulce ruiseñor, con los maullidos de un gato? Cada vez, que los oigo, se regocija mi corazón y se alboroza mi espíritu. Mal año para Orfeo y su lira, para el gustoso Correa y su destreza. ¿Qué tiene que ver toda la armonía de los instrumentos músicos con el maído de mis gatos?

Si fueran muertos, replicó Andrenio, aun me tentara; ¿pero vivos?

Sí, vivos y después muertos. Y vuelvo á decir que no hay más regalada voz en cuantas hay.

Pues dínos: ¿Qué hallas de suavidad en ella?

¿Qué? Aquel decir _mío_, _mío_ y todo es _mío_ y siempre _mío_ y nada para vos: esa es la voz más dulce para mí de cuantos hay.

Hallaron cosas á este tono bien notables. Mostráronles algunos y aun los más, que se decía no tener corazones ni entrañas, no sólo para con los otros; pero ni aun para consigo mismos. Y con todo eso vivían.

¿Cómo se sabe, preguntó Andrenio, que estén descorazonados?

Muy bien, le respondieron: en no dar fruto alguno. Á más de que, buscándoseles á algunos, se les han hallado enterrados en sepulcros de oro y amortajados en sus talegos.

[Marginal: _Muerte del avaro._]

¡Desdichada suerte!, exclamó Critilo, la de un avaro, que nadie se alegra con su vida ni se entristece en su muerte. Todos bailan en ella al son de las campanas. La viuda rica con un ojo llora y con el otro repica. La hija, desmintiendo sus ojos hechos fuentes, dice _río_ de las lágrimas que _lloro_. El hijo porque hereda, el pariente porque se va acercando á la herencia, el criado por la manda y por lo que se desmanda, el médico por su paga y no por su pago, el sacristán porque dobla, el mercader porque vende sus bayetas, el oficial porque las cose, el pobre porque las arrastra. ¡Miserable suerte la del miserable! Mal, si vive, y peor, si muere.

[Marginal: _Rico hombre._]

En un gran salón vieron un grande personaje. Quedaron espantados de cosa tan nueva y tan estraña en semejante puesto.

¿Qué hace aquí este señor?, preguntó Critilo á uno de sus enemigos, no escusados.

Y él: ¿Qué? Adorar.

¿Pues qué, es gentil?

Lo que menos tiene es de gentil y de hombre.

¿Pues qué adora?

Dora y adora una arca.

¿Qué? ¿Es judío?

En la condición ya podría; pero en la sangre no: que es muy noble, de los ricos hombres de España.

Y con todo eso, ¿no es hidalgo?

Antes, porque no lo es, es hombre rico.

¿Qué arca es ésta que adora?

La de su testamento.

¿Y es de oro?

Dentro sí; mas por fuera de hierro, pues no sabe qué ni por qué ni para qué ni para quién.

Aquí vieron ejecutada aquella exagerada crueldad, que cuentan de las víboras, cómo la hembra al concebir corta la cabeza al macho y después los hijuelos vengan la muerte de su padre, agujerándola el vientre y rasgándola las entrañas por salir y campear, cuando vieron que la mujer, por quedar rica y desahogada, ahoga al marido. Luego el heredero, pareciéndole vive sobrado la madre y él no vive sobrado, la mata á pesares. Á él, por heredarle, su otro hermano segundo le despacha. De suerte, que unos á otros, como víboras crueles, se emponzoñan y se matan. El hijo procura la muerte del padre y de la madre, pareciéndole que viven mucho y que él se hará _senior_, antes de llegar á ser señor. [Marginal: _Morir de mal de hijo._] El padre teme al hijo y, cuando todos festejan el nacimiento del heredero, él enluta su corazón, temiéndole como á su más cercano enemigo; pero el abuelo se alegra y dice:

Seáis bien venido, ¡oh enemigo de mi enemigo!

Fuéles materia de risa, entre las muchas de pena, lo que le aconteció á uno de estos guardadores. Que un ladrón de otro ladrón, que hay ladrones de ladrones, con tal sutileza le engañó, que le persuadió se robase á sí mismo: de modo, que le ayudó á quitarse cuanto tenía. Él mismo llevó á cuestas toda la ropa, el oro y plata de su casa, transportándola y escondiéndola donde jamás la vió ni la gozó. Lamentábase después, doblando el sentimiento, de ver que él había sido el ladrón de sí mismo, el robador y el robado.

[Marginal: _Avaro ladrón de sí._]

¡Oh lo que puede el interés!, ponderaba Critilo. Que le persuada á un desdichado que él se robe, que esconda su dinero, que atesore para ingratos, jugadores y perdidos; y que él ni coma ni beba ni vista ni duerma ni descanse ni goce de su hacienda ni de su vida. Ladrón de sí mismo, merece muy bien los cientos contados al revés y que le destierre el discreto Horacio á par de un Tántalo necio.

Habían dado una vuelta entera á todo aquel palacio de calabozos, sin haber podido descubrir el coronado necio de su dueño, cuando á lo último, imaginándole en algún salón dorado, ocupando rico trono á toda majestad, vestido de brocados rozagantes, con su ropón imperial, le hallaron muy al contrario, metido en el más estrecho calabozo, que aun luz no gastaba, por no gastarla ni aun de día, por no ser visto para dar ni prestar. Con todo, brujulearon su mala catadura, cara de pocos amigos y menos parientes, aborreciendo por igual deudos y deudas.

La barba crecidamente descompuesta, que aun el regalo de quitársela se envidiaba. Mostraba unas grandes orejas de rico trasnochado, siendo tan horrible en su aspecto. Nada se ayudaba con el vestido, que de viejo, la mitad era ido y la otra se iba aborreciendo todo lo que cuesta. Estaba solo quien de nadie se fiaba y todos le dejaban estar, rodeado de gatos, con almas de doblones, propias de desalmados, que aun muertos no olvidan las mañas del agarro. Parecía en lo crudo un Radamanto.

Así como entraron, con que á nadie puede ver, fué á abrazarlos, que los quisiera de oro; mas ellos, temiendo tanta preciosidad, se retiraron, buscando ya por dónde salir de aquella dorada cárcel, [Marginal: _Infierno de plata._] palacio de Plutón, que toda casa de avaro es infierno en lo penoso y limbo en lo necio.

Con este deseo, apelándose al desengaño de todo vicio, en especial de la tiranía codiciosa, buscaban á toda priesa por dónde escapar; mas, como en casa del desdichado se tropieza en los azares, yendo en fuga, cayeron en una disimulada trampa, cubierta con las limaduras de oro de la misma cadena, tan apretado lazo, que cuanto más forcejeaban por librarse, más le anudaban. Lamentaba Critilo su inconsiderada ceguera. Suspiraba Andrenio su malvendida libertad. Cómo la consiguieron contará la otra Crisi.

CRISI IV

_El museo del discreto._

Solicitaba un entendido, por todo un ciudadano emporio y aun dicen corte, una casa, que fuese de personas; mas en vano. Porque, aunque entró en muchas curioso, de todas salió desagradado, por hallarlas, cuanto más llenas de ricas alhajas, tanto más vacías de las preciosas virtudes. Guióle ya su dicha á entrar en una y aun única. Y al punto, volviéndose á sus discretos les dijo:

Ya estamos entre personas: esta casa huele á hombres.

¿En qué lo conoces? le preguntaron.

Y él: ¿no veis aquellos vestigios de discreción?

Y mostróles algunos libros, que estaban á mano:

Éstas, ponderaba, son las preciosas alhajas de los entendidos. ¿Qué jardín del Abril, qué Aranjuez del Mayo, como una librería selecta? ¿Qué convite más delicioso para el gusto de un discreto, como un culto museo, donde se recrea el entendimiento, se enriquece la memoria, se alimenta la voluntad, se dilata el corazón y el espíritu se satisface? [Marginal: _Fullería discreta._] No hay lisonja, no hay fullería para un ingenio, como un libro nuevo cada día.

Las pirámides de Egipto ya acabaron, las torres de Babilonia cayeron, el romano coliseo pereció, los palacios dorados de Nerón caducaron, todos los milagros del mundo desaparecieron y solos permanecen los inmortales escritos de los sabios, que entonces florecieron, y los insignes varones, que celebraron. ¡Oh, gran gusto el de leer! Empleo de personas que, si no las halla, las hace. Poco vale la riqueza sin la sabiduría y de ordinario andan reñidas. Los que más tienen menos saben y los que más saben menos tienen. Que siempre conduce la ignorancia borregos con bellocino de oro.

Esto les estaba ponderando, ya para consuelo, ya para enseñanza, á los dos presos en la cárcel del interés, en el brete de su codicia, un hombre y aun más. Pues en vez de brazos, batía alas, tan volantes, que se remontaba á las estrellas y en un instante se hallaba donde quería. Fué cosa notable que, cuando á otros en llegando los amarraba fuertemente, sin dejarles libertad ni para dar un paso, cargándoles de grillos y de cadenas, á éste, al punto que llegó, le jubilaron de una, que al pie arrastraba y le apesgaba de modo, que no le permitía echar un vuelo. Admirado Andrenio, le dijo:

Hombre ó prodigio, ¿quién eres?

Y él prontamente: Ayer nada, hoy poco más y mañana menos.

¿Cómo menos?

Sí: que á veces más valiera no haber sido.

¿De dónde vienes?

De la nada.

¿Y dónde vas?

Al todo.

¿Cómo vienes tan solo?

Aun la mitad me sobra.

[Marginal: _Deseoso de saber._]

Ahora digo que eres sabio.

Sabio, no; deseoso de saber, sí.

¿Pues con qué ocasión viniste acá?

Vine á tomar el vuelo: que pudiendo levantarme á las más altas regiones en alas de mi ingenio, la envidiosa pobreza me tenía abatido.

Según eso, ¿no piensas en quedarte aquí?

De ningún modo: que no se permuta bien un adarme de libertad por todo el oro del mundo; antes, en tomando lo preciso de lo precioso, volaré.

¿Y podrás?

Siempre que quiera.

¿Podríasnos librar á nosotros?

Todo es que queráis.

¿Pues no habíamos de querer?

No sé: que es tal el encanto de los mortales, que están con gusto en sus cárceles y muy hallados, cuando más perdidos. Ésta, con ser un encanto, es la que más aprisionados les tiene, porque más apasionados.

[Marginal: _Mundo encantado._]

¿Cómo es eso de encanto?, dijo Andrenio. ¿Pues no es éste, que vemos, tesoro verdadero?

De ningún modo; sino fantástico.

Éste que reluce, ¿no es oro?

Dígole lodo.

¿Y tanta riqueza?

Vileza.

Éstos ¿no son montones de reales?

No hay una realidad en todos ellos.

Pues éstos, que tocamos, ¿no son doblones?

Sí, en lo doblado.

¿Y tanto aparador?

No es, sino parador, pues al cabo para en nada. Y porque os desengañéis que todo esto es apariencia, advertid que, en boqueando cualquiera, el más rico, el más poderoso, en nombrando cielo, en diciendo: ¡Dios mío, valedme!, al mismo punto desaparece todo y se convierte en carbones y aun cenizas.

Así fué. Que, en diciendo uno Jesús, dando la última boqueada, se desvaneció toda su pompa, como si fuera sueño. Tanto que, despertando los varones de las riquezas y mirándose á las manos, las hallaron vacías. Todo paró en sombra y en asombro y fué un espectáculo bien horrible ver que, los que antes eran estimados por reyes, ahora fueron reídos. [Marginal: _La muerte de blanco._] Los monarcas, arrastrando púrpuras, las reinas y las damas rozando galas, los señores recamados, todos se quedaron en blanco. Y por no haber dado en él. No ya ocupaban tronos de marfil; sino tumbas de luto. De sus joyas sólo quedó el eco en hoyas y sepulcros.

Las sedas y damascos fueron ascos. Las piedras finas se trocaron en losas frías, las sartas de perlas en lágrimas. Los cabellos tan rizados, ya erizados. Los olores, hedores; los perfumes, humos. Todo aquel encanto paró en canto y en responso y los ecos de la vida, en huecos de la muerte. Las alegrías fueron pésames, porque no les pesa más la herencia á los que quedan. Y toda aquella máquina de viento en un cerrar y abrir de ojos se resolvió en nada.

Quedaron nuestros dos peregrinos más vivos, cuando más muertos. Pues desengañados, preguntáronle á su remediador alado dónde estaban. Y él les dijo que muy hallados, pues en sí mismos. Propúsoles si le querían seguir al palacio de la discreta Sofisbella, donde él iba y donde hallarían la perfecta libertad. Ellos, que no deseaban otra cosa, le rogaron que, pues había sido su libertador, les fuese guía. Preguntáronle si conocía aquella sabia reina.

Luego que me vi con alas, respondió, y vamos caminando, determiné ser suyo. Son pocos los que la buscan y menos los que la hallan. Discurrí por todas las más célebres Universidades sin poder descubrirla. Que, aunque muchos son sabios en latín, suelen ser grandes necios en romance. Pasé por las casas de algunos, que el vulgo llama letrados; pero, como me veían sin dinero, decíanme leyes. [Marginal: _Fénix sabia._] Hablé con muchos tenidos por sabios; mas entre muchos doctores no hallé un docto. Finalmente conocí que iba perdido y me desengañé. Que de sabiduría y de bondad no hay sino la mitad de la mitad y aun de todo lo bueno.

Mas, como voy volando por todas partes, he descubierto un palacio, fabricado de cristales, bañado de resplandores, cambiando luces. Si en alguna estancia se ha de hallar esta gran reina, ha de ser en este centro, porque ya acabó la docta Atenas y pereció la culta Corinto.

Oyóse en esto una confusa vocería, vulgar aplauso de una insolente turba, que asomaba. Pararon al punto y repararon en un chabacano monstruo, que venía atrancando sendas, seguido de innumerable turba. ¡Estraña catadura! La primera mitad de hombre y la otra de serpiente. De modo, que de medio arriba miraba al cielo y de medio abajo iba arrastrando por tierra. Conocióle luego el varón alado y previno á sus camaradas le dejasen pasar, sin hacer caso ni preguntar cosa. Mas Andrenio no pudo contenerse, que no preguntase á uno del gran séquito quién era aquel serpihombre.

¿Quién ha de ser, le respondió, sino quien sabe más que las culebras? Éste es el sabio de todos, el milagro del vulgo y éste es el pozo de ciencia.

[Marginal: _Bachillería del mundo, necedad del cielo._]

Tú te engañas y le engañas, replicó el alado: que no es sino uno, que sabe al uso del mundo. Que todo su saber es estulticia del cielo. Éste es de aquellos, que saben para todos y no para sí, pues siempre andan arrastrados. Éste es el que habla más y sabe menos. Y éste es el necio, que sabe todas las cosas malsabidas.

¿Y dónde os lleva?, preguntó Andrenio.

[Marginal: _Sabios de fortuna._]

¿Dónde? Á ser sabios de fortuna.

Estrañó mucho el término y replicóle:

¿Qué cosa es ser sabio de ventura?

Uno, que sin haber estudiado, es tenido por docto, sin cansarse es sabio, sin haberse quemado las cejas trae barba autorizada, sin haber sacudido el polvo á los libros levanta polvaredas, sin haberse desvelado es muy lucido, sin haberse trasnochado ni madrugado ha cobrado buena fama. Al fin él es un oráculo del vulgo y que todos han dado en decir que sabe sin saberlo. ¿Nunca has oído decir: ventura te dé Dios, hijo? Pues éste es el mismo y nosotros lo pensamos también ser.

Mucho le contentó á Andrenio aquello de saber sin estudiar, letras sin sangre, fama sin sudor, atajo sin trabajo, valer de balde. Y traído del gran séquito, que el plausible sabio arrastraba, hasta de carrozas, literas y caballos, ceceándole todos y brindándole con el descanso, volviéndose á sus compañeros les dijo:

¡Amigos, vivir un poco más y saber un poco menos!

Y metióse entre sus tropas, que al punto desaparecieron.

¡Basta!, dijo el varón alado al atónito Critilo. Que el verdadero saber es de pocos. Consuélate, que más presto le hallarás tú á él, que él á ti, con que tú serás el hallado y él el perdido.

Quisiera ir en busca suya Critilo; mas viendo ya brillar el gran palacio, que buscaban, olvidado aun de sí mismo y sin poder apartar los ojos dél, caminó allá embelesado. Campeaba, sin poder esconderse, en una clarísima eminencia, señoreando cuanto hay. [Marginal: _Palacio del entendimiento._] Era su arquitectura extremo del artificio y de la belleza, engolfado en luces y á todas ellas, que para recibirlas bien, á más de ser diáfanas sus paredes y toda su materia transparente, tenía muchas claraboyas, balcones rasgados y ventanas patentes. Todo era luz y todo claridad. Cuando llegaron cerca, vieron algunos hombres, que lo eran, que estaban como adobando y besando sus paredes; pero, mirándolo mejor, advirtieron que las lamían y, sacando algunas cortezas, las mascaban y se paladeaban con ellas.

¿De qué provecho puede ser eso?, dijo Critilo.

Y uno dellos: Por lo menos es de sumo gusto.

Y convidóle con un terrón limpio y transparente que, en llegándole á la boca, conoció era sal y muy sabrosa y, los que imaginaron cristales, no lo eran, sino sales gustosísimas.

Estaba la puerta siempre patente, con que no entraban sino personas y ésas bien raras. Vestíanla hiedras y coronábanla laureles, con muchas inscripciones ingeniosas por toda la majestuosa fachada. Entraron dentro y admiraron un espacioso patio muy á lo señor, coronado de columnas tan firmes y tan eternas, que les aseguró el varón alado podían sustentar el mundo y algunas dellas el cielo, siendo cada una un non plus ultra de su siglo.