Part 22
Percibieron luego una armonía tan dulce, que tiranizaba, no sólo los ánimos, pero las mismas cosas inanimadas, atrayendo á sí los peñascos y las fieras. Dudaron si sería su autor el mismo Orfeo y con esa curiosidad fueron entrando por un majestuoso salón muy capaz, en quien los copos de la nieve en marfiles y las ascuas de oro en piñas maravillosamente se atemperaban para construir su belleza.
Aquí los recibieron y aun cortejaron el buen gusto y el buen genio y, con el agrado que suelen, los condujeron á la agradable presencia de un sol humano, que parecía mujer divina. Estaba animando un tan suave plectro, que les aseguraron, no sólo hacía inmortales los vicios, pero que daba vida á los muertos, componía los ánimos, sosegaba los espíritus, aunque tal vez los encendía en el furor bélico, que no hiciera más el mismo Homero. Llegaron ya á saludarla entre las fruiciones de verla; pero más de oirla. Y ella, en honra de sus peregrinos huéspedes, hizo alarde de armonía. [Marginal: _Nicho de la poesía._] Estaba rodeada de varios instrumentos, todos ellos muy sonoros. Mas, suspendiendo los antiguos, aunque tan suaves, fué echando mano de los modernos. El primero, que pulsó, fué una culta cítara, haciendo extremada armonía; aunque la percibían pocos, que no era para muchos. Con todo, notaron en ella una desproporción harto considerable que, aunque sus cuerdas eran de oro finísimo y muy sutiles, la materia de que se componía, debiendo ser de un marfil terso, de un ébano bruñido, era de haya y aun más común. Advirtió el reparo la conceptuosa ninfa y con un regalado suspiro, les dijo:
Si en este culto plectro cordobés hubiera correspondido la moral enseñanza á la heroica composición, los asuntos graves á la cultura de su estilo, la materia y bizarría del verso á la sutileza de sus conceptos, no digo yo de marfil, pero de un finísimo diamante merecía formarse su concha.
Tomó ya un italiano rabel, tan dulce, que al pasar el arco pareció suspender la misma armonía de los cielos, si bien para ser pastoril y tan Fido, pareció sobradamente conceptuoso. Tenía muy á mano dos laúdes, tan igualmente acordes, que parecían hermanos.
Éstos, dijo, son graves por lo aragoneses. Puédelos oir el más severo Catón sin nota de liviandad. En el metro tercero son los primeros del mundo; pero en el cuarto, ni aun quintos.
Vieron una arquicítara de extremada composición, de maravillosa traza. Y aunque estaba bajo de otra; pero en el material artificio ni ésta la cedía ni aquélla en la invención la excedía. Y así dijo el alma de los instrumentos:
Si el Ariosto hubiera atendido á las morales alegorías, como Homero, de verdad que no le fuera inferior.
Resonaba mucho y embarazaba á muchos un instrumento, que unieron cáñamo y cera. Parecía órgano por lo desigual y era compuesto de las cañas de Siringa, cogidas en la más fértil vega. Llenábanse de viento popular; mas con todo este aplauso, no les satisfizo y dijo entonces la poética Belleza.
Pues sabed que éste, en aquel tiempo desaliñado, fué bien oído y llenó, por lo plausible, todos los teatros de España.
Descolgó una vihuela tan de marfil, que afrentaba la misma nieve; pero tan fría, que al punto se le helaron los dedos y hubo de dejarla, diciendo:
En estas rimas del Petrarca se ven unidos dos extremos, que son su mucha frialdad con el amoroso fuego.
Colgóla junto á otras dos, muy sus semejantes, de quienes dijo:
Éstas más se suspenden, que suspenden.
Y en secreto confesóles eran del Dante Aligero y del español Boscán. Pero entre tan graves plectros, vieron unas tejuelas picariles, de que se escandalizaron mucho.
No las estrañéis, les dijo: que son muy donosas. Con éstas espantaba sus dolores Marica en el hospital.
Tañó con indecible melodía unas folías á una lira conceptuosa, que todos celebraron mucho y con razón:
Bástale, dijo, ser plectro portugués, tiernamente regalado, que él mismo se está diciendo el que amo es.
Gustaron no poco de ver una gaita y aun ella la animó con lindo gusto; aunque descompuso algo de su gran belleza y dijo:
Pues de verdad que fué de una musa princesa, á cuyo son solía bailar Gila en la noche de aquel santo.
Grande asco les causó ver una tiorba italiana, llena de suciedad y que frescamente parecía haber caído en algún cieno y, sin osarla tocar, cuanto menos tañer, la recatada ninfa, dijo:
Lástima es que este culto plectro del Marino haya dado en tanta inmundicia lasciva.
Estaba un laúd real artificiosamente fabricado en un puesto oscuro; con todo, despedía gran resplandor de sí y de muchas piedras preciosas, de que estaba todo él esmaltado:
Éste, ponderó, solía hacer un tan regalado son, que los mismos reyes se dignaban de escucharle. Y aunque no ha salido á luz en estampa, luce tanto, que dél se puede decir:
¡El alba es que sale!
Allí vieron un culto instrumento, coronado del mismo laurel de Apolo; aunque algunos no lo creían. Oyeron una muy gustosa zampoña; mas, por tener cáncer la musa que la tocaba, á cada concepto se le equivocaban las voces. Hacíase bien de sentir una lira, aunque mediana, mas en lo satírico, superior, y dábase á entender latinizando. Otro oyeron de feliz arte; mas dudaron si su prosa era verso y si su verso prosa. Vieron en un rincón muchos otros instrumentos, que con ser nuevos y acabados de hacer, estaban ya acabados y cubiertos de polvo. Admirado Critilo dijo:
¿Por qué, oh gran reina del Parnaso, éstos tan presto los arrimas?
Y ella: Porque rimas, todos se arriman á ellas, como más fáciles; pocos imitan á Homero y á Virgilio en los graves y heroicos poemas.
Para mí tengo, dijo Critilo, que Horacio los perdió, cuando más los quiso ganar, desanimándolos con sus rigorosos preceptos.
Aun no es eso, respondió la gloria de los cisnes: que son tan romancistas algunos, que no entienden el arte; sino que para las obras grandes son menester ingenios agigantados. Aquí está el Tasso, que es un otro Virgilio cristiano y tanto, que siempre se desempeña con ángeles y con milagros.
Había un vacío en buen lugar y, notándolo Critilo, dijo:
De aquí algún gran plectro han robado.
No será eso; sino que estará destinado para algún moderno.
[Marginal: _Don Francisco de Sayas._]
¿Si sería, dijo Critilo, uno que yo conozco y estimo por bueno, no por ser mi amigo, antes mi amigo por ser bueno?
No pudieron detenerse más, porque la edad les daba prisa, y así hubieron de dejar esta primera estancia de un tan culto Parnaso y, en lo fragante, Paraíso.
Llamóles el Tiempo á un otro salón más dilatado, pues no se le veía fin. Introdújoles en él la Memoria y aquí hallaron otra bien extremada ninfa, que tenía la mitad del rostro arrugado muy de vieja y la otra mitad fresco muy de joven. [Marginal: _Historiadores._] Estaba mirando á dos haces á lo presente y á lo pasado; que lo porvenir remitíalo á la providencia. En viéndola, dijo Critilo:
Ésta es la gustosa Historia.
Mas el varón alado: No es sino la maestra de la vida, la vida de la fama, la fama de la verdad y la verdad de los hechos.
Estaba rodeada de varones y mujeres, señalados unos por insignes y otros por ruines, grandes y pequeños, valerosos y cobardes, políticos y temerarios, sabios é ignorantes, héroes y viles, gigantes y enanos, sin olvidar ningún extremo. Tenía en la mano algunas plumas, no muchas, pero tan prodigiosas, que con una sola, que entregó á uno, le hizo volar y remontarse hasta los dos coluros. No sólo daba vida con el licor que destilaba; sino que eternizaba, no dejando envejecer jamás los famosos hechos. Íbalas repartiendo con notable atención, porque á ninguno daba la que él quería, y esto á petición de la Verdad y de la Entereza.
Y así notaron que llegó un personaje, ofreciendo por una gran suma de dinero: y no sólo no se la concedió; sino que le cargó la mano, diciéndole que estos libros para ser buenos han de ser libres ni se vuela á la eternidad en plumas alquiladas.
Replicaron otros se la diese, que antes sería para más ignominia suya.
Eso no, respondió la eterna Historia: no conviene. Porque, aunque ahora sería reída, de aquí á cien años será creída. Con esta misma atención á ninguno daba pluma, que no fuese después de cincuenta años de muerto, y á todo muerto, pluma viva. Con lo cual ni Tiberio el astuto ni Nerón el inhumano pudieron escaparse de lo de Cornelio de Tácito.
Fué á sacar una buena, para que un escritor grande escribiese de un gran príncipe y, porque la vió algo que untada de oro, la arrojó con desaire, con que había escrito aquella misma otras cosas harto plausiblemente y dijo:
Creedme que toda pluma de oro escribe yerros.
Solicitaba un otro á grandes diligencias, alguna, que escribiese bien dél. Informóse la ninfa si era benemérito.
Averiguó que no.
Replicó él que para serlo no se la quiso conceder; aunque alabó su honrado deseo, diciéndole que las palabras ajenas no pueden hacer insignes los hombres; sino sus hechos propios bien ejecutados primero y bien escritos después.
Al contrario, un otro famoso varón pidió le mejorase, porque la que le había dado era llana y sencilla y consolóle con que sus grandes hechos campeaban más en aquel mal estilo, que los de otros no tales entre mucha elocuencia.
Quejáronse algunos célebres modernos de que sus inmortales hechos se pasaban en silencio, habiendo habido elogios plausibles del Jovio para otros no tan esclarecidos.
Aquí se enojó mucho la noticiosa ninfa y con grande impaciencia dijo:
Si vosotros los despreciáis, los perseguís y tal vez los encarceláis á mis dilectísimos escritores, no haciendo caso dellos, ¿cómo queréis que os celebren? La pluma, príncipes míos, no ha de ser apreciada; pero sí preciada.
Daban en rostro las demás naciones á la española en no haberse hallado en ella una pluma latina, que con satisfacción la ilustrase.
Respondía que los españoles más atendían á manejar la espada que la pluma, á obrar las hazañas que á placearlas y que aquello de tanto cacarearlas más parecía de gallinas.
No le valió; antes la arguyeron de poco política y muy bárbara, poniéndola por ejemplo los romanos, que en todo florecieron y un César cabal pluma y espada rige.
Oyendo esto y viéndose señora del mundo, determinó llegar á pedir pluma. Juzgó la reina de los tiempos tenía razón; mas reparó en cuál la daría, que la desempeñase bien después de tanto silencio. Y aunque tiene por ley general no dar jamás á ninguna provincia algún escritor natural, so pena de no ser creído, con todo, viéndola tan odiada de todas las demás naciones, se resolvió en darla una pluma propia.
Comenzaron luego á murmurarlo las demás naciones y á mostrar sentimiento; mas la verdadera ninfa las procuró quietar, diciendo:
Dejad, que el Mariana, aunque es español de cuatro cuartos, si bien algunos lo han afectado dudar; pero él es tan tétrico y escribirá con tanto rigor, que los mismos españoles han de ser los que queden menos contentos de su entereza.
Esto no le fiaron á la Francia y así entregó la pluma de sus últimos sucesos y de sus reyes á un italiano. Y no contenta aún con esto, le mandó salir de aquel reino y que se fuese á Italia á escribir libremente y así ha historiado tan acertadamente Henrico Catarino, que ha oscurecido al Guicciardino y aun causado recelo á Tácito.
Con esto cada uno llevaba la que menos pensaba y quisiera. Las que parecían de unas aves, eran de otras, como la que pasó plaza del Conestagio en la unión de Portugal con Castilla, que bien mirada se halló no ser suya, sino del conde de Portalegre, para deslumbrar la más atenta prudencia.
[Marginal: _Don José Pellicer._]
Pidió uno las del fénix para escribir della y encargósele seriamente no las gastase, sino en las de la fama. La que se conoció con toda realidad ser de fénix fué la de aquella princesa, excepción de la hermosura, no ya necia, aunque sí desgraciada, la inestimable Margarita de Valois, á quien y al César solos se les permitió escribir con acierto de sí mismos.
Pidió un príncipe soldado una pluma, la más bien cortada de todas. Por el mismo caso se la dió sin cortar, diciéndole:
Vuestra misma espada le ha de dar el corte: que si ella cortare bien, la pluma escribirá mejor.
Otro gran príncipe y aun monarca pretendió la mejor de todas, por lo menos la más plausible, porque él quería inmortalizarse con ella. Y viendo que realmente la merecía, escogió entre todas y dióle una entresacada de las alas de un cuervo. No quedó contento; antes murmuraba que, cuando pensó le daría la de algún águila real, que levantase el vuelo hasta el sol, le daba aquella tan infausta.
¡Eh, señor, que no lo entendéis!, dijo la Historia: éstas, que son de cuervo en el picar, en el adivinar las intenciones, en desentrañar los más profundos secretos, ésta del Comines es la más plausible de todas.
[Marginal: _El doctor Juan Francisco Andrés._]
Trataba un gran personaje de mandar quemar una destas. Desengañáronle no lo intentase, porque son como las del fénix, que en el fuego se eternizan y, en prohibiéndolas, vuelan por todo el mundo. La que celebró mucho y por eso la dió á Aragón fué una cortada de un jirasol.
Ésta, dijo, siempre mirará á los rayos de la verdad.
Admiráronse mucho de ver que, habiendo tanta copia de historiadores modernos, no tenía sus plumas la inmortal ninfa en su mano ni la ostentaba, sino cual y cual, la de Pedro Mateo, del Santoro, Babia, del conde de la Roca, Fuenmayor y otros; mas desengañáronse, cuando advirtieron eran de simplicísimas palomas, sin la hiel de Tácito, sin la sal de Curcio, sin el picante de Suetonio, sin la atención de Justino, sin la mordacidad del Platina.
Que no todas las naciones, decía la gran reina de la verdad, tienen numen para la historia. Aquéllos por ligeros fingen, estos otros, porque llanos, descaecen y así las más destas plumas modernas son chabacanas, insulsas y en nada eminentes. Veréis muchas maneras de historiadores, unos gramaticales, que no atienden sino al vocablo y á la colocación de las palabras, olvidándose del alma de la historia. Otros cuestionarios: todo se les va en disputar y averiguar puntos y tiempos. Hay anticuarios, gaceteros y relacioneros: todos materiales y mecánicos, sin fondo de juicio ni altanería de ingenio.
Topó una pluma de caña dulce destilando néctar y al punto la sacudió de sí, diciendo:
Éstas no tanto eternizan las hazañas, cuanto confitan los desaciertos.
Aborrecía sumamente toda pluma teñida, tenida por apasionada, inclinándose siempre, ya al lado del odio, ya de la afición. Fué á sacar una y dijo:
Ésta ya ha salido otra vez, ya la di á otro primero y, si mal no me acuerdo, fué á Illescas, á quien le traslada capítulos enteros el Sandoval. Basta, que yo me he equivocado.
Mucho se detuvieron aquí y aun se estuvieron: tan entretenida es la mansión de la Historia.
[Marginal: _Buenas letras._]
Pasaron ya cortejados del Ingenio por la de la Humanidad. Lograron muchas y fragantes flores, delicias de la agudeza, que aquí asistía tan aliñada cuan hermosa, leyéndolas en latín Erasmo, el Evorense y otros, y escogiéndolas en romance, las florestas españolas, las facecias italianas, las recreaciones del Guicciardino, hechos y dichos modernos del Botero, de solo Rufo seiscientas flores, los gustosos Palmirenos, las librerías del Doni, sentencias, dichos y hechos de varios elogios, teatros, plazas, silvas, oficinas, jeroglíficos, empresas, geniales, polianteas y fárragos.
No fué menos de admirar la ninfa anticuaria, de más curiosidad que sutileza. Tenía por estancia un erario enriquecido de estatuas, piedras, incripciones, sellos, monedas, medallas, insignias, urnas, barros, láminas, con todos los libros, que tratan de esta noticiosa antigüedad, tan acreditada con los eruditos diálogos de don Antonio Agustín, ilustrada de los Golcios [Marginal: _Anticuarios_.] y últimamente enriquecida con las noticias de las monedas antiguas españolas de Lastanosa.
Al lado déste hallaron otro tan embarazado de materialidades, que á la primera vista creyeron sería algún obrador mecánico; mas, cuando vieron globos celestes y terrestres, esferas, astrolabios, brújulas, dioptras, cilindros, compases y pantómetras, [Marginal: _Matemáticas._] conocieron ser los desvanes del entendimiento y el taller de las matemáticas, sirviendo de alma muchos libros de todas estas artes y aun de las vulgares. Pero de la noble pintura y arquitectura había tratados superiores.
Fueron registrando todos estos nichos de paso, lo que basta para no ignorar. [Marginal: _Filosofía natural._] Así como el de la indagadora natural filosofía, levantando mil testimonios á la naturaleza. Servían de estantes á sus curiosos tratados los cuatro elementos y en cada uno los libros, que tratan de sus pobladores, como de las aves, peces, brutos, plantas, flores, piedras preciosas, minerales y en el fuego de sus meteoros, fenómenos y de la artillería. Pero enfadados de tan desabrida materialidad, los sacó de allí el Juicio, para meterlos en sí.
Veneraron ya una semideidad en lo grave y lo sereno, que en la más profunda estancia y más compuesta estaba, entresacando las saludables hojas de algunas plantas, para confeccionar medidas y destilar quintas esencias con que curar el ánimo y en que conocieron luego era la Moral Filosofía. [Marginal: _Filósofos morales._] Cortejáronla de propósito y ella les dió asiento entre sus venerables sujetos. Sacó en primer lugar unas hojas, que parecían del díctamo, gran contraveneno, y mostró estimarlas mucho, si bien á algunos les parecieron algo secas y aun frías, de más provecho que gusto; pero de verdad muy eficaces. Y aseguró haberlas cogido por su mano de los huertos de Séneca. En un plato, que pudo ser fuente de doctrina, puso otras, diciendo:
Éstas, aunque más desabridas, son divinas.
Allí vieron el ruibarbo de Epicteto y otras purgativas de todo exceso de humor, para aliviar el ánimo.
Para apetito y regalo hizo una ensalada de los diálogos de Luciano, tan sabrosa, que á los más desconocidos les abrió el gusto, no sólo de comer, pero de rumiar los grandes preceptos de la prudencia.
Después déstos echó mano de unas hojas muy comunes; mas ella las comenzó á celebrar con exageraciones. Estaban admirados los circunstantes, cuando las habían tenido más por pasto de bestias, que de personas.
No tenéis razón, dijo: que en estas fábulas de Esopo hablan las bestias, para que entiendan los hombres.
Y haciendo una guirnalda, se coronó con ellas. Para sacar una quinta esencia general recogió todas las de Alciato, sin desechar una y, aunque las vió imitadas en algunos; pero eran contrahechas y sin la eficaz virtud de la moralidad ingeniosa.
De los Morales de Plutarco se valía para comunes remedios: echaban gran fragancia todo género de apostemas y sentencias; pero, no haciéndose mucho caso de sus recopiladores, mandó fuesen algunos dellos premiados con estimación, por haberles ayudado mucho y aun, como Lucinas, haberles dado forma de una aguda donosidad.
Topó unas grandes hojazas, muy extendidas, no de mucha eficacia y así dijo:
Éstas del Petrarca, Justo Lipsio y otros, si tuvieran tanto de intensión como tienen de cantidad, no hubiera precio bastante para ellas.
Acertó á sacar unas de tal calidad, que al mismo punto los circunstantes las apetecieron y unos las mascaban, otros las molían y estaban todo el día sin parar, aplicando el polvo á las narices.
Basta, dijo: que estas hojas de Quevedo son como las del tabaco, de más vicio que provecho, más para reir que aprovechar.
De la Celestina y otros tales, aunque ingeniosos, comparó sus hojas á las del perejil, para poder pasar sin asco la carnal grosería.
Éstas otras, aunque vulgares, son picantes y tal señor hay, que gasta su renta en ellas. Éstas de Barclayo y otros son como las de la mostaza, que, aunque irritan las narices, dan gusto con su picante.
Al contrario, otras muy dulces, así en el estilo, como en los sentimientos, las remitió, más para paladear niños y mujeres, que para pasto de hombres.
Las empresas del Jovio puso entre las olorosas y fragantes, que con su buen olor recrean el cerebro. Ostentó mucho unas hojas, aunque malaliñadas y tan feas, que les causaron horror; mas la prudente ninfa dijo:
No se ha de atender al estilo del infante don Manuel; sino á la extremada moralidad y al artificio con que enseña.
Por buen dejo sacó una alcarchofa y con lindo gusto la fué deshojando y dijo:
Estos raguallos del Boquelino, son muy apetitosos; pero de toda una hoja sólo se come el cabo con su sal y su vinagre.
[Marginal: _Políticas._]
Muy gustosos y muy cebados se hallaban aquí, sin tratar de dejar jamás estancia tan de hombres. Sola la Conveniencia pudo arrancarlos, que á la puerta de un otro gran salón y muy su semejante, aunque más majestuoso, los estaba convidando y decía:
Aquí es donde habéis de hallar la sabiduría más importante: la que enseña á saber vivir.
Entraron por razón de estado y hallaron una coronada ninfa, que parecía atender más á la comodidad, que á la hermosura, porque decía ser bien ajeno y aun se le oyó decir tal vez:
Dadme grosura y os daré hermosura.
Á lo que se conocía, que todo su cuidado lo ponía en estar bien acomodada; mas, aunque muy disimulada y de rebozo, la conoció Critilo y dijo:
Ésta, sin más ver, es la Política.
¡Qué presto la has conocido! No suele ella darse á entender tan fácilmente.
Era su ocupación, que no hay sabiduría ociosa, fabricar coronas, unas de nuevo, otras de remiendo, y perfeccionábalas mucho. Había de todas materias y formas: de plata, de oro y de cobre, de palo, de roble, de frutos y de flores. Y todas las estaba repartiendo con mucha atención y razón.
Ostentó la primera muy artificiosa, sin defecto alguno ni quiebra; pero más para vista, que platicada. Y dijeron todos era la república de Platón, nada á propósito para tiempos de tanta malicia.
Al contrario, vieron otras dos, aunque de oro; pero muy descompuestas y de tan mal arte, aunque buena apariencia, que al punto las arrojó en el suelo y las pisó, diciendo:
Este príncipe del maquiavelismo y esta república del Bodino no pueden parecer entre gentes. No se llamen de razón, pues son tan contrarias á ella. Y advertid cuánto denotan ambas políticas la ruindad destos tiempos, la malignidad destos siglos y cuán acabado está el mundo.
La de Aristóteles fué una buena vieja.
Á un príncipe, tan católico como prudente, encomendó una toda embutida de perlas y de piedras preciosas: era la razón de estado de Juan Botero. Estimóla mucho y se le lució bien.
Aquí vieron una cosa harto estraña: que, habiendo salido á luz una otra muy perfecta y labrada, conforme á las verdaderas reglas de la política cristiana, alabándola todos con mucho fundamento, llegó un gran personaje, mostrando grandes ganas de haberla á su mano. Trató de comprar todos los ejemplares y dió cuanto le pidieron por ellos. Y cuando todos creían nacía de estimación, para presentársela á su príncipe, fué tan al revés, que, porque no llegase á sus manos, mandó hacer un gran fuego y quemar todos los ejemplares, esparciendo al aire sus cenizas.
Mas, aunque fué en secreto, llegó á noticia de la atenta ninfa, que como tan política, se las entiende á todo el mundo, y al punto mandó al mismo autor la volviese á estampar, sin que faltase una tilde, y repartióla por toda Europa, con estimación universal, cuidando que no volviesen ningún ejemplar á manos de aquel político, contra política.
Sacó del seno una caja tan preciosa, como odorífera. Y rogándole todos la abriese y les mostrase lo que contenía, dijo:
Es una riquísima joya. Ésta no sale á luz; aunque da tanta. Son las instrucciones que dió la experiencia de Carlos V á la gran capacidad de su prudente hijo.
Estaba allí apartada una, que aspiraba á eterna, más en la cantidad, que en la calidad. Obra de tomo. Nadie se atrevía á emprenderla.
Sin duda, dijo Critilo, que es la de Bobadilla, que todos cansados, la dejan descansar.
Ésta otra, aunque pequeña, sí que es preciosa, dijo la sagaz ninfa. No tiene otra falta esta política, sino de autor autorizado.