Part 20
Dínos presto lo que viste, instó Salastano. No nos atormentes con suspensiones.
Oid, señores, comenzó el criado, la más portentosa maravilla de cuantas habéis visto ni oído.
Pero lo que él les refirió diremos fielmente, después de haber contado lo que le pasó á la Fortuna con los Bragados y Comados.
CRISI III
_La cárcel de oro y calabozos de plata._
Cuentan, y yo lo creo, que una vez entre otras tumultuaron los franceses y con la ligereza, que suelen, se presentaron delante de la Fortuna, tragando saliva y vomitando saña.
¿Qué murmuráis de mí?, dijo ella misma. ¿Que me he vuelto española? Sed vosotros cuerdos, que nunca para mi rueda. Por eso lo es. Ni á vosotros os para cosa en las manos; todo se os rueda dellas. Será, sin duda, algún antojo y, por lo envidioso, de larga vista, de la felicidad de España.
¡Oh, madrastra nuestra, respondieron ellos, y madre de los españoles! ¡Cómo te sangras en salud! [Marginal: _Loores de Francia._] ¿Es posible que, siendo la Francia la flor de los reinos, por haber florecido siempre en todo lo bueno, desde el primer siglo hasta hoy, coronada de reyes santos, sabios y valerosos, silla un tiempo de los romanos pontífices, trono de la tetrarquía, teatro de las verdaderas hazañas, escuela de la sabiduría, engaste de la nobleza y centro de toda virtud, méritos todos dignos de los primeros favores y de inmortales premios, es posible que, dejándonos á nosotros con las flores, les des á los españoles los frutos? ¿Qué mucho hagamos extremos de sentimiento contigo, si tú con ellos haces excesos de favor?
Dísteles las unas y las otras Indias, cuando á nosotros una Florida en el nombre, que en la realidad es muy seca. Y como, cuando tú comienzas á perseguir á unos y favorecer á otros, no paras hasta que apuras, has llegado á verificar con ellos los que antes se tenían por entes de quimera, haciendo prácticos los mismos imposibles, como son ríos de plata, montes de oro, golfos de perlas, bosques de aromas, islas de ámbares. Y, sobre todo, los has hecho señores de aquella verdadera cucaña, donde los ríos son de miel, los peñascos de azúcar, los terrones de bizcocho. Y con tantos y tan sabrosos dulces dicen que es el Brasil un paraíso confitado. Todo para ellos y nada para nosotros. ¿Cómo se puede tolerar?
¿No digo yo, exclamó la Fortuna, que vosotros sois unos ingratos sobre necios? ¿Cómo, que no os he dado las Indias? ¿Eso podéis negar con verdad? Indias os he dado y bien baratas y aun de mogollón, como dicen, pues sin costaros nada.
[Marginal: _Indias de Francia._]
Y si no, decidme: ¿Qué Indias para Francia, como la misma España? Venid acá: lo que los españoles ejecutan con los indios ¿no lo desquitáis vosotros con los españoles? Si ellos los engañan con espejillos, cascabeles y alfileres, sacándoles con cuentas los tesoros sin cuento, vosotros con lo mismo, con peines, con estuchitos y con trompas de París ¿no les volvéis á chupar á los españoles toda la plata y todo el oro y esto sin gastos de flotas, sin disparar una bala, sin derramar una gota de sangre, sin labrar minas, sin penetrar abismos, sin despoblar vuestros reinos, sin atravesar mares?
Andá y acabá de conocer esta certísima verdad y estimadme este favor. Creedme que los españoles son vuestros indios y tan desinteresados, que con sus flotas os traen á vuestras casas la plata ya acendrada y ya acuñada, quedándose ellos con el vellón y bien trasquilados.
No pudieron negar esta verdad tan clara; con todo eso no parecían quedar satisfechos, antes andaban murmurando allá entre dientes.
¿Qué es eso?, dijo la Fortuna. Hablad claro, acabad, decía.
Quisiéramos, madama, que ese favor fuera cumplido y que, así como nos has dado el provecho, nos dieses también la honra, para que no trajésemos á casa la plata, sirviendo á los españoles con la vileza que sabemos y la esclavitud que callamos.
[Marginal: _El bien repartido._]
¡Oh, qué lindo!, alzó la voz la Fortuna. ¡Bueno por mi vida! Monsieures, honra y doblones no caben en un saco. ¿No sabéis que allá, cuando se repartieron los bienes á los españoles, les cupo la honra, á los franceses el provecho, á los ingleses el gusto y á los italianos el mando?
Cuán incurable sea esta hidropesía del oro intenta ponderar esta Crisi, después de haberse desempeñado de aquel plausible portento, que el criado de Salastano con gran gusto de todos refirió desta suerte:
Partí, señor, en virtud de tu precepto, en busca de aquel raro prodigio, el amigo verdadero. Fuí preguntando por él á unos y á otros y todos me respondían con más risa, que palabras. Á unos se les hacía nuevo, á otros inaudito y á todos imposible.
Amigo fiel y verdadero ¿cómo ha de ser y en este tiempo y en este país?
Más lo estrañaban que el fénix.
Amigos de la mesa, del coche, de la comedia, de la merienda, de la huelga, del paseo, el día de la boda, en la privanza y en la prosperidad, me respondió Timón, el de Luciano, de ésos bien hallaréis hartos. Y más, cuando más hartos. Que á la hora del comer son sabañones y á la del ayudar son callos.
[Marginal: _Amigo, uno; enemigo, ninguno._]
Amigos, mientras me duró el valimiento, bien tenía yo, dijo un caído: no tenían número por muchos ni ahora por ninguno.
Pasé adelante y díjome un discreto:
¿Cómo es eso? ¿De modo, que buscáis un otro yo? Ese misterio sólo en el cielo se halla.
Yo he visto cerca de cien vendimias, me respondió uno, y diría verdad, porque parecía del buen tiempo, y, aunque toda la vida he buscado un amigo verdadero, no he podido hallar sino medio y ése á prueba.
Allá en tiempo, que rabiaban los reyes, digo, cuando se enojaban, oí contar, dijo una vieja, de un cierto Pilades y Orestes, una cosa como ésa; pero á fe, hijo, que yo siempre lo he tenido más por conseja, que por consejo.
No os canséis en eso, me juró y votó un soldado español. Porque yo he rodeado y aun rodado todo el mundo y siempre por tierra de mi rey y, aunque he visto cosas bien raras, como los gigantes en la tierra del fuego, los pigmeos en el aire, las amazonas en el agua de su río, los que no tienen cabeza, que son muchos, y los de sólo un ojo y ése en el estómago, los de un solo pie á lo grullo, sirviéndoles de tejado, los sátiros y los faunos, batuecos y chichimecos, sabandijas todas, que caben en la gran monarquía española, yo no he topado ese gran prodigio, que ahora oigo. Sólo dejé de ver la isla Atlántida por incógnita. Podría ser que allí estuviese, como otras cien mil cosas buenas, que no se hallan.
[Marginal: _Naciones de España._]
Que no está tan lejos como eso, le dije; antes me aseguran le he de hallar dentro de España.
Eso no creeré yo, replicó un crítico. Porque primeramente él no estará donde clavan el clavo por la cabeza, nunca cediendo al ajeno dictamen, aun del más acertado amigo. Menos donde de cuatro partes las cinco son palabras y amistad es obras y obras son amores. Pues donde no se dejan falar, sino por servirles farautes, tampoco: que aun de sí mismos no se dignan aquellos señores fidalgos. En tierra corta, donde todo es poca cosa, yo lo dudo. Y hablemos quedo, no nos oigan, que harán punto desto mismo. Pues donde todo se va en flor sin fruto, es cosa de risa y allí todos los hidalgos, aunque muchos, corren á lo de Guadalajara.
¿Y en Cataluña? señor mío, repliqué yo.
Ahí aún podría ser: que los catalanes saben ser amigos de sus amigos.
También son malos para enemigos.
Bien se ve: piénsanlo mucho antes de comenzar una amistad; pero, una vez confirmada, hasta las aras.
¿Cómo puede ser eso, instó un forastero, si allí se hereda la enemistad y llega más allá del caducar la venganza, siendo fruta de la tierra la bandolina?
Y aun por eso, respondió: que quien no tiene enemigos tampoco suele tener amigos.
Con estas noticias me fuí empeñando la Cataluña adentro. Corríla toda, que bien poco me faltaba, cuando me sentí atraer el corazón de los imanes de una agradable estancia, antigua casa; pero no caduca. Fuíme entrando por ella, como Pedro por la suya, y notando á toda observación cuanto veía: que de las alhajas de una casa se colige el genio de su dueño. No encontré en toda ella ni con niños ni con mujeres. Hombres sí y mucho, aunque no muchos, que á prueba me introdujeron allá. Criados pocos: que de los enemigos, los menos. Estaban cubiertas las paredes de retratos, en memoria de los ausentes, alternados con unos grandes espejos. Y ninguno de cristal, por escusar toda quiebra; de acero si y de plata, tan tersos y tan claros, como fieles. Todas las ventanas con sus cortinillas, no tanto defensivo contra el calor, cuanto contra las moscas, que aquí no se toleran ni enfadosos ni entremetidos. Penetramos al corazón de la casa, al último retrete, donde estaba un prodigio triplicado, un hombre compuesto de tres. Digo tres que hacían uno. Porque tenía tres cabezas, seis brazos y seis pies. Luego que me brujuleó, me dijo:
¿Búscasme á mí ó á ti mismo? ¿Vienes al uso de todos, que es buscarse á sí mismos, cuando más parece que buscan un amigo? Y si no se advierte antes, se experimenta después, que no los trae otro, que su provecho ó su honra ó su deleite.
¿Quién eres tú, le dije, para saber si te busco, aunque por lo raro ya podría?
Yo soy, me respondió, el de tres uno: aquel otro yo, idea de la amistad, norma de cómo han de ser los amigos. [Marginal: _Gerión moral._] Yo soy el tan nombrado Gerión. Tres somos y un solo corazón tenemos. Que el que tiene amigos buenos y verdaderos, tantos entendimientos logra. Sabe por muchos, obra por todos, conoce y discurre con los entendimientos de todos. Ve por tantos ojos, oye por tantos oídos, obra por tantas manos y diligencia con tantos pies. Tantos pasos da en su conveniencia, como dan todos los otros. Mas entre todos, sólo un querer tenemos: que la amistad es un alma en muchos cuerpos. El que no tiene amigos no tiene pies ni manos. Manco vive, á ciegas camina. Y ¡ay del solo! Que, si cayere, no tendrá quien le ayude á levantar.
Luego que le oí, exclamé: ¡Oh, gran prodigio de la amistad verdadera, aquella gran felicidad de la vida, empleo digno de la edad varonil, ventaja única del ya hombre! Á ti te busco, criado soy de quien te estima, cuan bien te conoce y hoy solicita tu correspondencia, porque dice que sin amigos del genio y del ingenio no vive un entendido ni se logran las felicidades. Que hasta el saber es nada, si los demás no saben que tú sabes.
Ahora digo, me respondió el Gerión, que es bueno para amigo Salastano. Buen gusto tiene en tenerlos, que lo demás es envidiarse los bienes con necia infelicidad.
[Marginal: _Duque de Nochera._]
¡Oh qué bien decía aquel grande amigo de sus amigos y que también lo sabía ser, el duque de Nochera!:
No me habéis de preguntar qué quiero comer hoy; sino con quién: que del convivir se llamó convite.
Desta suerte fué celebrando las excelencias de la amistad y á lo último:
Quiero, dijo, que registres mis tesoros, que para los amigos siempre están patentes y aun ellos son los mayores.
Mostróme lo primero la granada de Darío, ponderando que los tesoros del sabio no son los rubíes ni los zafiros; sino los Zopiros.
Mira bien esta sortija, que el amigo ha de venir como anillo en dedo: ni tan apretado, que lastime, ni tan holgado, que no ajuste con riesgo de perderse. Atiende mucho á este diamante, no falso, sí al tope, cuando conviene, y aun haciendo punta, otras veces cuadrado y en almohada del consejo, con muchos fondos y quilates de fineza tan firme, que ni en el yunque quiebra, expuesto á los golpes de la fortuna, ni con las llamas de la cólera salta ni con el ungüento de la lisonja ni del soborno se ablanda; sólo el veneno de la sospecha le puede hacer mella.
[Marginal: _Veneno de la amistad._]
Fué haciendo erudito alarde de preciosísimos símbolos de la amistad. Á lo último sacó un pomito de olor, que despedía una fragancia muy confortante y, cuando yo creí ser alguna quinta esencia de ámbar, realzado del almizcle, me dijo:
No es sino de un rancio néctar de un vino, aunque viejo, más jubilante, que jubilado. Bueno para amigo, que conforte el corazón, que le alivie y que le alegre y juntamente sane las morales llagas.
Entregóme, al despedirme, esta lámina preciosa, con este su retrato, dedicado á la amigable fineza.
Miráronle todos con admiración y aun repararon en que aquellos rostros eran sus verdaderos retratos, ocasión de quedar declarada y confirmada la amistad entre todos, muy á la enseñanza del Gerión. ¡Feliz empleo de la varonil edad! Despidiéronse ya, sin partirse, los soldados para sus alojamientos, que en esta vida no hay cosa propia; nuestros dos peregrinos del mundo, no pudiendo hacer alto en el viaje del vivir, salieron á proseguirle por la Francia.
Vencieron las asperezas del hipócrita Pirineo, desmentidor de su nombre á tanta nieve, donde muy temprano el invierno tiende sus blancas sábanas y se acuesta. Admiraron con observación aquellas gigantes murallas, con que la atenta naturaleza afectó dividir estas dos primeras provincias de la Europa, á España de la Francia, fortificando la una contra la otra, con murallas de rigores, dejándolas tan distantes en lo político, cuando tan confinantes en lo material. Y ahora conocieron con cuánto fundamento de verdad aquel otro cosmógrafo había delineado en un mapa estas dos provincias, en los dos extremos del orbe. Caso bien reído de todos: de unos, por no entendido, y de otros, por aplaudido.
[Marginal: _Franceses, antípodas de España._]
Al mismo punto que metieron el pie en Francia, conocieron sensiblemente la diferencia en todo, en el temple, clima, aire, cielo y tierra; pero mucho más la total oposición de sus moradores, en genios, ingenios, costumbres, inclinaciones naturales, lengua y trajes.
¿Qué te ha parecido de España?, dijo Andrenio.
Murmuremos un rato della, aquí donde no nos oyen.
[Marginal: _Censura de España._]
Y aunque nos oyeran, ponderó Critilo, son tan galantes los españoles, que no hicieran crimen de nuestra civilidad. No son tan sospechosos como los franceses; más generosos corazones tienen.
Pues díme, ¿qué concepto has hecho de España?
No malo.
¿Luego bueno?
Tampoco.
¿Según eso, ni bueno ni malo?
No digo eso.
¿Pues qué?
Agridulce.
¿No te parece muy seca y que de ahí les viene á los españoles aquella su sequedad de condición y melancólica gravedad?
Sí; pero también es sazonada en sus frutos y todas sus cosas son muy sustanciales. De tres cosas dicen se han de guardar mucho en ella y más los estranjeros.
¿De tres solas? ¿Y qué son?
De sus vinos, que dementan; de sus soles, que abrasan; y de sus femeniles lunas, que enloquecen.
¿No te parece, que es muy montuosa y aun por eso poco fértil?
Así es; pero muy sana y templada. Que, si fuera llana, los veranos fuera inhabitable.
Está muy despoblada.
También vale una della por ciento de otras naciones.
Es poco amena.
No la faltan vegas muy deliciosas.
Está aislada entre ambos mares.
También está defendida y coronada de capaces puertos y muy regalada de pescados.
Parece que está muy apartada del comercio de las demás provincias y al cabo del mundo.
Aún había de estarlo más, pues todos la buscan y la chupan lo mejor que tiene: sus generosos vinos Inglaterra, sus finas lanas Holanda, su vidrio Venecia, su azafrán Alemania, sus sedas Nápoles, sus azúcares Génova, sus caballos Francia y sus patacones todo el mundo.
Díme, y de sus naturales, ¿qué juicio has hecho?
Ahí hay más que decir: que tienen tales virtudes, como si no tuviesen vicios, y tienen tales vicios, como si no tuviesen tan relevantes virtudes.
No me puedes negar que son los españoles muy bizarros.
Sí; pero de ahí les nace el ser altivos. Son muy juiciosos; no tan ingeniosos. Son valientes; pero tardos. Son leones; mas con cuartana. Muy generosos y aun perdidos. Parcos en el comer y sobrios en el beber; pero superfluos en el vestir. Abrazan todos los estranjeros; pero no estiman los propios. No son muy crecidos de cuerpo; pero de grande ánimo. Son poco apasionados por su patria y trasplantados son mejores. Son muy llegados á la razón; pero arrimados á su dictamen. No son muy devotos; pero tenaces de su religión y absolutamente es la primer nación de Europa odiada por tan envidiada.
Más dijeran, si no les interrumpiera su vulgar murmuración un otro pasajero, que con serlo y tan de priesa, tomaba muy de veras el vivir. Veníase encaminando hacia ellos y Critilo dijo:
Éste es el primer francés que topamos. Notemos bien su genio, su hablar y su proceder, para saber cómo nos habemos de portar con los otros.
¿Pues qué, visto uno, estarán vistos todos?
Sí, que hay genio común en las naciones y más en ésta. Y la primera treta del trato es no vivir en Roma á lo húngaro, como algunos, que en todas partes viven al revés.
La primera pregunta que el francés les hizo, aun antes de saludarlos, viendo que iban de España, fué si había llegado la flota. Respondiéronle que sí y muy rica. Y cuando creyeron se había de desazonar mucho con la nueva, fué tan al contrario, que comenzó á dar saltos de placer, haciéndose son á sí mismo. Admirado Andrenio, le preguntó.
¿Pues deso te alegras tú, siendo francés?
Y él: ¿Por qué no, cuando las más remotas naciones la festejan?
¿Pues de qué provecho le es á Francia que enriquezca España y se le aumente su potencia?
[Marginal: _Efectos de la flota._]
¡Oh qué bueno está eso! dijo el monsiur. ¿No sabéis vosotros que un año, que no vino la flota por cierto incidente, no le pudieron hacer guerra al Rey Católico ninguno de sus enemigos? Y ahora frescamente, cuando se ha alterado algo la plata del Perú, ¿no se han turbado todos los príncipes de la Europa y todos sus reinos con ellos? Creedme que los españoles brindan flotas de oro y plata á la sed de todo el mundo. Y pues venís de España, muchos doblones traeréis.
No por cierto, respondió Critilo: de lo que menos habemos cuidado.
¡Pobres de vosotros, qué perdidos venís!, exclamó el francés. Basta que aún no sabéis vivir con ir tan adelante, que hay muchos, que aun á la vejez no han comenzado á vivir. ¿No sabéis, que el hombre da principio á la vida por el deleite cuando mozo, pasa al provecho ya hombre, y acaba viejo por la honra?
Venimos, le dijeron, en busca de una reina, que si por gran dicha nuestra la topamos, nos han asegurado que con ella hallaremos cuanto bien se puede desear. Y aun decía uno que todos los bienes le habían entrado á la par con ella.
¿Cómo decís que se nombra?
Sí, que bien nombrada es: la plausible Sofisbella.
[Marginal: _La sabiduría._]
Ya sé quién decís. Ésa en otro tiempo bien estimada era en todo el mundo, por su mucha discreción y prendas; mas ya por pobre no hay quien haga caso ni casa della. En viéndola sin dote, sin oro y plata, muchos la tienen por necia y todos por infeliz. Es cosa de cuento todo lo que no es de cuenta. Entendedme una cosa, que no hay otro saber como el tener y el que tiene es sabio, es galán, valiente, noble, discreto y poderoso, es príncipe, es rey y será cuanto él quisiere. Lástima me hacéis de veros tan hombres y tan poco personas. Ahora venid conmigo. Echaremos por el atajo del valer, que aún tendréis remedio.
¿Dónde nos piensas llevar?
Donde halléis hombres, lo que mozos despreciasteis. ¡Cómo se echa de ver que no sabéis vosotros en qué siglo vivís! Vamos andando, que yo os lo diré. Y preguntó:
[Marginal: _Qué siglo este._]
¿En cuál pensáis vivir, en el del oro ó en el de lodo?
Yo diría, respondió Critilo, que en el de hierro. Con tantos, todo anda errado en el mundo y todo al revés, si ya no es el de bronce, que es peor con tanto cañón y bombarda. Todo ardiendo en guerras: no se oye otro que sitios, asaltos, batallas, degüellos, que hasta las mismas entrañas parece se han vuelto de bronce.
No faltará quien diga, respondió Andrenio, que es el siglo de cobre y no de pague; mas yo digo que el de lodo, cuando todo lo veo puesto dél: tanta inmundicia de costumbres, todo lo bueno por tierra. La virtud dió en el suelo con su letrero: ¡Aquí yace! La basura á caballo, los muladares dorados y, al cabo al cabo, todo hombre es barro.
No decís cosa, replicó el francés. Asegúroos que no es sino el siglo de oro.
Mira quien tal creyera.
Sólo el oro es el estimado, el buscado, el adorado y querido. No se hace caso de otro, todo va á parar en él y por él y así dice bien, cuando más mal, aquel público maldiciente: _tuti tiramo à questo diavolo di argento_.
Relucía ya y de muy lejos uno como palacio grande; pero no magnífico, y tan lindo como un oro. Reparó luego Andrenio y dijo:
¡Qué rica cosa y casa! Parece una ascua de oro: así luce y así quema.
¿Qué mucho, si lo es?, respondió el monsiur, bailando de contento.
Que como al dar llaman ellos bailar, siempre andan bailando.
¿Todo el palacio es de oro?, preguntó Critilo.
Todo, desde el fundamento hasta el tejado, por dentro y fuera. Y cuanto hay en él todo es oro y todo plata.
Muy sospechoso se me hace, dijo Critilo: que la riqueza es gran comadre del vicio y aun se dice vive mal con él. ¿Pero de dónde han podido juntar tanto oro y tanta plata? Que parece imposible.
¿Cómo de dónde? Pues, si España no hubiera tenido los desaguaderos de Flandes, las sangrías de Italia, los sumideros de Francia, las sanguijuelas de Génova, ¿no estuvieran hoy todas sus ciudades enladrilladas de oro y muradas de plata? ¿Qué duda hay en eso? Á más de que el poderoso dueño, que en este palacio mora, tiene tal virtud, no sé yo si dada del cielo ó tomada de la tierra, que todo cuanto toca, si con la mano izquierda, la convierte en plata, y, si con la derecha, en oro.
¡Eh!, monsiur, dijo Critilo, que ésa fué una novela tan antigua como necia de cierto rey, llamado Midas, tan sin medida ni tasa en su codicia, que al cabo, como suelen todos los ricos, murió de hambre, siendo su enfermedad de ahito.
¡Cómo, que es fábula!, dijo el francés. No es sino verdad tan cierta, como practicada hoy en el mundo. [Marginal: _Midas al uso._] ¿Pues qué, es nuevo convertir un hombre en oro cuanto toca? Con una palmada, que da un letrado en un Bártulo, cuyo eco resuena allá en el bartolomico del pleiteante, ¿no hace saltar los ciento y los doscientos al punto y no de la dificultad? Advertid que jamás da palmada en vacío y, aunque estudia en Baldo, no es de balde su ciencia.
Un médico, pulsando ¿no se hace él de oro y á los otros de tierra? ¿Hay vara de virtudes como la del alguacil y la pluma del escribano y más de un secretario, que por encantado que esté el tesoro, por más guardado, lo sacan bajo tierra? ¿Las vanas Venus de la belleza, cuando más tocadas y prendidas, no convierten en oro la inmundicia de su torpeza? Hombre hay, que con sola una pulgada que da, convierte en el oro más pesado el hierro más pesado. Al tocar de las cajas ¿no anda la milicia más á la rebatiña, que al rebato? Las pulgadas del mercader, ¿no convierten en oro la seda y la holanda?
Creedme, que hay muchos Midas en el mundo: así los llama él, cuando más desmedidos andan, que todo se ha de entender al contrario. El interés es el rey de los vicios, á quien todos sirven y le obedecen. Y así, no os admiréis que yo diga que el príncipe, que allí vive, convierte en oro cuanto toca. Y una de las causas, porque yo voy allá, es para que me toque también y me haga de oro.
Monsiur, instó Andrenio, ¿cómo puede vivir dese modo?
Muy bien.
Pues díme, ¿no se le convierte en oro el manjar, así como le toca?
Buen remedio: calzarse unos buenos guantes, que muchos hoy comen dellos y con ellos.
Sí; pero, en llegando á la boca el manjar, en comenzándole á mascar, ¿no se le ha de volver todo oro, sin poderlo tragar?