El criticón (tomo 1 de 2)

Part 19

Chapter 193,971 wordsPublic domain

Miro, dijo Andrenio, que en cada provincia hay que notar. Aquel murciégalo de ciudades, anfibia corte, que ni bien está en el mar ni bien en tierra y siempre á dos vertientes.

¡Oh, qué política!, exclamó Argos, que tan de sus principios le viene, tan fundamentalmente comienza. Y deste su raro modo de estar celebraba el bravo duque de Osuna la razón de su estado. Aquélla es la nombrada canal, con que aun el mismo mar saben traer acanalado á su conveniencia.

¿No hay maravillas en España?, dijo Critilo, volviendo la mira á su centro. ¿Qué ciudad es aquella, que tan en punta parece que amenaza al cielo?

Será Toledo, que á fianzas de sus discreciones, aspira á taladrar las estrellas, si bien ahora no la tiene.

¿Qué edificio tan raro es aquel, que desde el Tajo sube escalando su alcázar, encaramando cristales?

Ése es el tan celebrado artificio de Juanelo, una de las maravillas modernas.

No sé yo por qué, replicó Andrenio, si, al uso de las cosas muy artificiosas, tuvo más de gasto que de provecho.

[Marginal: _Cardenal Tribulcio._]

No discurría así, dijo Argos, cuando lo vió el eminente discreto cardenal Tribulcio, pues dijo que no había habido en el mundo artificio de más utilidad.

¿Cómo pudo decir eso quien tan al acaso discurría?

Ahí veréis, dijo Argos. Enseñando á traer el agua á su molino desde sus principios, haciendo venir de un cauce en otro al palacio del católico monarca el mismo río de la Plata, las pesquerías de las perlas, el uno y otro mar, con la inmensa riqueza de ambas Indias.

¿Qué palacio será aquel, preguntó Critilo, que entre todos los de la Francia se corona de flores de oro?

[Marginal: _Palacio del rey de Francia._]

Gran casa y gran cosa, respondió Argos. Ése es el trono real, ése la más brillante esfera, ése el primer palacio del rey cristianísimo, en su gran corte de París, y se llama el Lobero.

¿El Lobero? ¡Qué nombre tan poco cortesano! ¡Qué sonsonete tan de grosería! Por cualquier parte que le busquéis la denominación, suena poco y nada bien. Llamárase el jardín de los más fragantes lilios, el quinto cielo de tanto cristianísimo Marte, la popa de los soplos de la fortuna; pero ¡el Lobero! No es nombre decente á tanta majestad.

¡Eh!, que no lo entendéis, dijo Argos. Creedme que dice más de lo que suena y que encierra gran profundidad. Llámase el Lobero, y no voy con vuestra malicia, porque ahí se les ha armado siempre la trampa á los rebeldes lobos con piel de ovejas, digo aquellas horribles fieras hugonotas.

¡Oh, qué brillante alcázar aquel otro!, dijo Andrenio, corona de los demás edificios, fuente del lucimiento, comunicándoles á todos las luces de su permanente esplendor. ¿Si sería del augusto Ferdinando III, aquel gran César, que está hoy esparciendo por todo el orbe el resplandor de sus ejemplos? [Marginal: _Rey de Polonia._] También podría ser de aquel tan valerosamente religioso monarca, Juan Casimiro de Polonia, victorioso, primero de sí mismo y triunfante después de tanto monstruo rebelde. ¡Oh, qué claridad de alcázar y qué rayos está esparciendo á todas partes! Merece serlo del mismo sol.

Y lo es, respondió Argos. Digo, de aquella sola reina entre cuantas hay, la inmortal Virtelia. Mas por allí habéis de encaminaros para bien ir.

Yo allá voy desde luego, dijo Critilo.

Y allí veréis, añadió Argos, que, aunque es tan majestuoso y brillante, aun no es digno epiciclo de tanta belleza.

Estando en esta divertida fruición de grandezas, vieron venir hacia sí cierta maravilla corriente. Era un criado pronto. Y lo que más les admiró fué que decía bien de su amo. Preguntó en llegando cuál era el Argos verdadero, cuando todos por industria lo parecían.

¿Qué me quieres?, respondió el mismo.

Á ti me envía un caballero, cuyo nombre, ya fama, es Salastano, cuya casa es un teatro de prodigios, [Marginal: _Maravillas de la fortuna._] cuyo discreto empleo es lograr todas las maravillas, no sólo de la naturaleza y arte, pero más las de la Fama, no olvidando las de la Fortuna. Y con tener hoy atesoradas todas las plausibles, así antiguas como modernas, nada le satisface, hasta tener alguno de tus muchos ojos, para la admiración y para la enseñanza.

Toma éste de mi mano, dijo Argos, y llévaselo depositado en este cofrecillo de cristal [Marginal: _Mano ocular._] y dirásle que lo emplee en tocar con ocular mano todas las cosas, antes de creerlas.

Partíase tan diligente, como gustoso, cuando dijo Andrenio:

Aguarda, que me ha salteado una curiosa pasión de ver esa casa de Salastano y lograr tanto prodigio.

Y á mí, de procurar su amistad, añadió Critilo, ventajosa felicidad de la vida.

Id, confirmó Argos, y en tan buen hora, que no os pesará en toda la vida.

Fué el viaje peregrino, oyéndole referir cosas bien raras.

Sólo las que yo le he diligenciado, decía, pudieran admirar al mismo Plinio, á Gesnero y Aldobrando. Y dejando los materiales portentos de la naturaleza, allí veréis en fieles retratos todas las personas insignes de los siglos, así hombres como mujeres, que de verdad las hay; los sabios y los valerosos, los césares y las emperatrices, no ya en oro, que ésa es curiosidad ordinaria, sino en piedras preciosas y en camafeos.

Ésa, dijo Critilo, con vuestra licencia, la tengo por una diligencia inútil. Porque yo más querría ver retratados sus relevantes espíritus, que el material gesto, que comúnmente en los grandes hombres carece de belleza.

Uno y otro lograréis en caracteres de sus hazañas, en libros de su doctrina y en sus retratos también. Que suele decir mi amo que, después de la noticia de los ánimos, es parte del gusto ver el gesto, que de ordinario suele corresponder con los hechos. Y si por ver un hombre eminente, un duque de Alba, los entendidos, un Lope de Vega los vulgares, caminaban muchas leguas, apreciando las eminencias, aquí se caminan siglos.

Primor fué siempre de acertada política, ponderó Critilo, eternizar los varones insignes en estatuas, en sellos y en medallas, ya para ideas á los venideros, ya para premio á los pasados: véase que fueron hombres y que no son imposibles sus ejemplos.

Al fin, dijo el criado, háselos entregado la antigüedad á mi amo. Que ya que no los pudo eternizar en sí mismos, se consuela de conservarlos en imágenes. [Marginal: _Cadenillas de Hércules._] Pero las que muchos celebran y las miran y aun llegan á tocarlas con las manos son las mismas cadenillas de Hércules, que, procediéndole á él de la lengua, aprisionaban á los demás de los oídos. Y quieren decir las hubo de Antonio Pérez.

Ésa es una gran curiosidad, ponderó Andrenio, garabato para llevarse el mundo tras sí.

¡Oh, gran gracia la de las gentes!

¿Y de qué son?, preguntó Critilo. Porque de hierro cierto es que no serán.

En el sonido parecen de plata y en la estimación de perlas de una muy cortesana elocuencia.

Á este modo les fué refiriendo raras curiosidades, cuando descubrieron desde un puesto bien elevado, en el centro de un gran llano, una ciudad siempre victoriosa.

[Marginal: _Huesca victoriosa._]

Aquel ostentoso edificio con rumbos de palacio, dijo, es la noble casa de Salastano y éstos, que ya gozamos, sus jardines.

Fuélos introduciendo por un tan delicioso cuan dilatado parque, que coronaban frondosas plantas de Alcides, prometiéndole en sus hojas, por símbolos de los días, eternidades de fama. Comenzaron á registrar fragantes maravillas. Toparon luego con el mismo laberinto de azares, cárcel del secreto, amenazando riesgos al que le halla y evidencias al que le descubre.

[Marginal: _Culto jardín._]

Más adelante se veía un estanque, gran espejo del cielo, surcado de canoros cisnes y aislado en medio dél un florido peñón, ya culto Pindo.

Paseábase la vista por aquellas calles entapizadas de rosas y mosquetas, alfombradas de amaranto, la yerba de los héroes, cuya propiedad es inmortalizarlos. Admiraron el lotos, planta también ilustre, que de raíces amargas de la virtud rinde los sabrosos frutos del honor.

Gozaron flores á toda variedad y todas raras, unas para la vista, otras para el olfato y otras hermosamente fragantes, acordando misteriosas transformaciones.

No registraban cosa, que no fuese rara. Hasta las sabandijas, tan comunes en otras huertas, aquí eran extraordinarias, porque estaban los camaleones en alcándaras de laureles, dándose hartazgos de vanidad. Volaban sin parar las efímeras, traídas del Bósforo, con sus cuatro alas, solicitando la comodidad para siglos, no habiendo de vivir sino un día, [Marginal: _Símbolo de la codicia._] viva imagen de la necia codicia. Aquí se oían cantar y las más veces gemir las pintadas avecillas del paraíso, con picos de marfil; pero sin pies, porque no le han de hacer en cosa terrena. Sintieron un ruido, como de campanilla y al mismo instante huyó el criado, voceándoles su riesgo al ver el venenoso ceraste, que él mismo cecea, para que todo entendido huya de su lascivo aliento.

Entraron con esto dentro de la casa, donde parecía haber desembarcado la de Noé, teatro de prodigios tan á sazón, que estaba actualmente el discreto Salastano haciendo ostentación de maravillas á la curiosidad de ciertos caballeros, de los muchos que frecuentan sus camarines. Hallábase allí don Juan de Balboa, teniente de maese de campo general, y don Alonso de Mercado, capitán de corazas españolas, ambos muy bienhablados, tan alumnos de Minerva como de Belona, con otros de su discreción bizarra. [Marginal: _Suspiros de Heráclito._] Tenía uno en la mano, celebrando con lindo gusto, una redomilla llena de las lágrimas y suspiros de aquel filósofo llorón, que más abría los ojos para llorar, que para ver, cuando de todo se lamentaba.

¿Qué hiciera éste, si hubiera alcanzado estos nuestros tiempos?, ponderaba don Francisco de Araujo, capitán también de corazas, basta decir portugués para galante y entendido. Si él hubiera visto lo que nosotros pasado, tal fatalidad de sucesos y tal conjuración de monstruosidades, sin duda que hubiera llenado cien redomas ó se hubiera podrido de todo punto.

[Marginal: _Carcajadas de Demócrito._]

Yo, dijo Balboa, más estimara un otro frasquillo de las carcajadas de aquel otro socarrón, su antípoda, que de todo se reía.

Ése, señor mío, de la risa, respondió Salastano, yo la gasto y el otro le guardo.

¡Oh, cómo llegamos á buen punto!, dijo el criado, presentándoles el nuevo ocular portento, para que se desengañe Critilo, que no acaba de creer haya en el mundo muchas de las cosas raras, que ha de ver esta tarde. Suplícote, señor, me desempeñes á excesos.

¿Pues en qué dudáis?, dijo Salastano, después de haber hecho la salva á su venida. ¿Qué os puede ya parecer imposible, viendo lo que pasa? ¿Qué queda ya que dudar en los ensanches de la fortuna, que ya los prodigios de la naturaleza y arte no suponen?

Yo os confieso, dijo Critilo, que he tenido siempre por un ingenioso embeleco el basilisco y no soy tan solo, que sea necio. Porque aquello de matar en viendo parece una exageración repugnante, en que el hecho está desmintiendo el testigo de vista.

¿En eso ponéis duda?, replicó Salastano. Pues advertid que ese no lo tengo por prodigio; sino por un mal cotidiano. Pluguiera al cielo no fuera tanta verdad.

[Marginal: _Domésticos basiliscos._]

Y si no, decidme; ¿un médico, en viendo un enfermo, no le mata? ¿Qué veneno como el de su tinta en un récipe? ¿Qué basilisco más criminal y pagado, que un Hermócrates, que aun soñando mató á Andrágoras? Dígoos que dejan atrás á los mismos basiliscos, pues aquéllos, poniéndoles un cristal delante, ellos se matan á sí mismo; y éstos, poniéndoles un vidrio, que trajeron de un enfermo, con sólo mirarle le echan en la sepultura, estando cien leguas distante.

Déjenme ver el proceso, dice el abogado: quiero ver el testamento, veamos papeles.

Y tal es el ver, que acaba con la hacienda y con la sustancia del desdichado litigante, que en sólo haber ido á él ya fué malaconsejado. ¿Pues qué? un príncipe, con decir: yo lo veré ¿no deja consumido á un pretendiente? ¿No es basilisco mortal una belleza? Si la miráis, mal; y, si ella os mira, peor. ¿Con cuántos ha acabado aquel vulgar _veremos_, el pesado _veámonos_, el prolijo _verse ha_ y el necio _ya lo tengo visto_? ¿Y todo, _malmirado_, no mata? Creedme, señores, que está el mundo lleno de basiliscos del ver y aun del no ver, por no ver y no mirar. Así estuvieran todos como éste.

Y mostróles uno embalsamado.

[Marginal: _Basiliscos ciegos._]

Yo también, prosiguió Andrenio, siempre he tenido por un encarecimiento ingenioso el unicornio, aquello de que, en bañando él su punta, al punto purifica las emponzoñadas aguas: está bien inventado, mas no experimentado.

Más dificultoso es eso, respondió Salastano. Porque hacer bien más raro es en el mundo que hacer mal, más usado el matar que el dar vida; con todo veneramos algunos de esos prodigios salutíferos, que con la eficacia de su buen celo han ahuyentado los pestilenciales venenos y purificado las aguas populosas.

[Marginal: _Católicos unicornios._]

Y si no decidme: aquel nuestro inmortal héroe, el rey católico don Fernando, ¿no purificó á España de moros y de judíos, siendo hoy el reino más católico, que reconoce la Iglesia? El rey don Felipe el Dichoso, por ser bueno, ¿no purgó otra vez á España del veneno de los moriscos en nuestros días?

¿No fueron éstos salutíferos unicornios? Bien es verdad que en otras provincias no se hallan así frecuentes ni tan eficaces como en ésta. Que si eso fuera, no hubiera ya ateismos donde yo sé ni herejías donde yo callo, cismas, gentilismos, perfidias, sodomías y otros mil géneros de monstruosidades.

¡Oh, señor Salastano, replicó Critilo, que ya hemos visto algunos déstos en otras partes, que han procurado con cristianísimo valor debelar las oficinas del veneno, rebelde á Dios y al rey, donde se habían hecho fuertes estas ponzoñosas sabandijas!

Yo lo confieso, dijo Salastano; pero temo no fuese más por razón de estado, digo, no tanto por ser rebeldes al cielo, cuanto á la tierra. Y si no, decidme ¿á qué otros reinos estraños los desterraron? ¿Qué Áfricas poblaron de herejes, como Filipo de moriscos? ¿Qué tributos á millones perdieron, como Fernando? ¿Qué Ginebras han arrasado? ¿Qué Moravias despoblado, como hoy día el piadoso Ferdinando?

No os canséis, que esa pureza de fe, ponderó Balboa, sin consentir mezcla, sin sufrir un átomo de veneno infiel, creedme que es felicidad de los estados de la casa de España y de Austria, debida á sus coronados unicornios.

Á cuyo real ejemplo, prosiguió Salastano, vemos sus cristianos generales y virreyes limpiar las provincias, que gobiernan, y los ejércitos que conducen, del veneno de los vicios. [Marginal: _Don Álvaro de Sande. Don Gonzalo de Córdoba. Conde de Oropesa._] Don Álvaro de Sande, tan religioso como valiente ¿no desterró los juramentos de la católica milicia, condenándolos á infamia? Don Gonzalo de Córdoba ¿no purificó los ejércitos de insultos y de torpezas? El duque de Alburquerque en Cataluña y el conde de Oropesa en Valencia ¿no libraron aquellos dos reinos, siendo justicieros presidentes, del veneno sanguinario y bandolero? [Marginal: _Conde de Lemos._] ¿Qué tósigos de vicios no ha ahuyentado deste nuestro reino de Aragón con su ejemplo y con su celo el inmortal conde de Lemos?

Llegaos á este camarín, que os quiero franquear los muchos preservativos y contravenenos, que yo guardo. En este rico vaso de unicornio han brindado la pureza de la fe los católicos reyes de España. Estas arracadas, también de unicornio, traía la señora reina doña Isabel, para guardar el oído de la ponzoña de las informaciones malévolas. Con este anillo confortaba su invicto corazón el emperador Carlos V. [Marginal: _Reinas de España._] En esta caja, confeccionada de aromas, llegaos y percibid su fragancia, han conservado siempre el buen nombre de su honestidad y recato las señoras reinas de España.

Fuéles mostrando otras muchas piezas muy preciosas, haciendo la prueba y confesando todos su virtud eficaz.

¿Qué dos puñales son aquellos, que están en el suelo, preguntó Araujo, que, aunque van por tierra, no carecen de misterios?

Ésos fueron, respondió Salastano, los puñales de ambos brutos, dándoles del pie, sin quererlos tocar con su leal mano. Éste, dijo, fué de Junio y este otro de Marco.

Con razón los tenéis en tan despreciable lugar, que no merecen otro las traiciones y más contra su rey y señor; aunque sea el monstruo Tarquinado.

Decís bien, respondió Salastano; pero no es esa la razón principal por que los he arrojado en el suelo.

¿Pues cuál será?

Porque ya no admiran. En otro tiempo, por singulares, se podían guardar. Mas ya no suponen, no espantan ya; antes son niñería, después que un cuchillo infame en la mano de un verdugo, mandado de la malajustada justicia, llegó á la real garganta. Pero no me atrevo yo á referir lo que ellos á ejecutar. Erízanse los cabellos á cuantos lo oyeron, oyen y oirán, único, no ejemplar, sino monstruo. Sólo digo que ya los Brutos se han quedado muy atrás.

[Marginal: _Monstruosidad de la herejía._]

Algunas cosas tenéis aquí, señor Salastano, que no merecen estar entre las demás, dijo Critilo. Mucha desigualdad hay. Porque ¿de qué sirve aquel retorcido caracol, que allí tenéis? Una alhaja tan vil, que anda ya en bocas de villanos, para recoger bestias. ¡Eh!, sacadle de allí, que no vale un caracol.

Aquí, suspirando Salastano, dijo: ¡Oh, tiempos! ¡oh, costumbres! Este mismo, ahora tan profanado, en aquel dorado siglo resonaba por todo el orbe en la boca de Tritón, pregonando las hazañas, llamando á ser personas y convocando los hombres á ser héroes.

Mas si eso os parece civil reparo, quiero mostraros el prodigio, que yo más estimo. Hoy habéis de ver los bizarrísimos airones, los encrespados penachos del mismo fénix.

Aquí, sonriéndose todos: ¿Qué otro ingenioso imposible es ese?, dijeron.

Pero Salastano: Ya sé que muchos lo niegan y los más lo dudan y que no lo habéis de creer; mas yo quedaré satisfecho con mi verdad. Yo también á los principios dudé y más que en nuestro siglo lo hubiese. Con esta curiosidad no perdoné ni á diligencia ni á dinero. Y como éste da alcance á cuanto hay y aun á los mismos imposibles, haciendo reales los entes de razón, hallé que verdaderamente las hay y las ha habido. Bien que raras y una sola en cada siglo.

Y si no, decidme: ¿cuántos Alejandros Magnos ha habido en el mundo? ¿Cuántos Julios en tantos Agostos? ¿Qué Teodosios? ¿Qué Trajanos? En cada familia, si bien lo censuráis, no hallaréis sino un fénix. Y si no, pregunto: ¿Cuántos don Hernandos de Toledo ha habido, duques de Alba? ¿Cuántos Anas de Memoransi? ¿Cuántos Álvaros Bazanes, marqueses de Santa Cruz? Un solo marqués del Valle admiramos; un Gran Capitán, duque de Sesa, aplaudimos; un Basco de Gama y un Alburquerque celebramos. [Marginal: _Fénix de la fama._] Hasta de un nombre no oiréis dos famosos. Sólo un don Manuel, rey de Portugal; un solo Carlos V y un Francisco I de Francia.

En cada linaje no suele haber sino un hombre docto, un valiente y un rico y éste yo lo creo, porque las riquezas no envejecen. En cada siglo no se ha conocido sino un orador perfecto, confiesa el mismo Tulio. Y un filósofo, un gran poeta, un solo fénix ha habido en muchas provincias, como un Carlos en Borgoña, Castrioto en Chipre, Cosme en Florencia y don Alfonso el Magnánimo en Nápoles. Y aunque este nuestro siglo ha sido tan pobre de eminencias en la realidad, con todo eso, quiero ostentar las plumas de algunos inmortales fénix. Ésta es.

Y sacó una, bellísimamente coronada, la pluma de la fama de la reina nuestra señora doña Isabel de Borbón, que siempre lo han sido las Isabeles en España, con excepción de la singularidad. Con esta otra voló á la esfera de la inmortalidad la más preciosa y más fecunda Margarita. [Marginal: _Marqués Espínola. Don Felipe de Silva._] Con éstas coronaban sus celadas el marqués Espínola, Galaso, Picolomini, don Felipe de Silva y hoy el de Mortara. Con estas otras escribieron Baronio, Belarmino, Barbosa, Lugo y Diana y con ésta el marqués Virgilio Malveci.

Confesaron todos la enterísima verdad y convirtieron sus incredulidades en aplausos.

Todo eso está bien, replicó Critilo; sola una cosa yo no puedo acabar de creer, aunque muchos la afirman.

¿Y qué es?, preguntó Salastano. No hay que tratar, que yo la he de conceder.

¡Eh! que no es posible, no os canséis, que no lleva camino.

¿Es acaso aquel pescadillo tan vil y tan sin jugo, sin sabor y sin ser, que en fe de su flaqueza ha detenido tantas veces los navíos de alto bordo, las mismas capitanas reales, que iban viento en popa al puerto de su fama? Porque ése aquí le tengo yo acecinado.

No es, sino aquel prodigio de la mentira, aquel superlativo embeleco, aquel mayor imposible: el pelícano. Yo confieso que hay basilisco, yo creo el unicornio, yo celebro el fénix, yo paso por todo; pero el pelícano no le puedo tragar.

¿Pues en qué reparáis? ¿Por ventura en el picarse el pecho, alimentando con sus entrañas los polluelos?

No por cierto: ya yo veo que es padre y que el amor obra tales excesos.

¿Dudáis acaso en que ahogados de la envidia los resucite?

Menos: que, si la sangre hierve, obra milagros.

¿Pues en qué reparáis?

Yo os lo diré. En que haya en el mundo quien no sea entremetido, que se halle uno, que no guste de hablar, que no mienta, no murmure, no enrede, que viva sin embeleco: eso yo no lo he de creer.

Pues advertid que ese pájaro solitario en nuestros días lo vimos en el Retiro entre otras aladas maravillas.

Si eso es así, dijo Critilo, él dejó de ser ermitaño y se puso á entremetido.

¿Qué arma tan extraordinaria es aquélla?, preguntó como tan soldado don Alonso.

Estorea, respondió Salastano, y fué de la reina de las amazonas, trofeos de Hércules con el balteo, que pudo entrar en docena.

¿Y es preciso, replicó Mercado, creer que hubo amazonas?

No sólo que las hubo; sino que las hay de hecho y en hechos.

[Marginal: _Serenísima reina de Francia._]

¿No lo es hoy la serenísima señora doña Ana de Austria, florida reina de Francia? Así como lo fueron siempre todas las señoras infantas de España, que coronaron de felicidades y de sucesión aquel reino. ¿Qué es, sino una valerosa amazona la esclarecida reina polona, Belona, digo cristiana, siempre al lado de su valeroso Marte en las campañas? [Marginal: _Duquesa de Cardona._] Y la excelentísima duquesa de Cardona ¿no se portó muy como tal, encarcelada, donde había sido virreina? Pero venerando y no olvidando tantos plausibles prodigios, quiero que veáis otro género dellos, tenidos por increíbles.

Y al mismo punto les fué mostrando con el dedo un hombre de bien en estos tiempos, un oidor sin manos; pero con palmas. Y lo que más es, su mujer. Un grande de España desempeñado, un príncipe en esta era dichoso, una reina fea, un príncipe oyendo verdades, un letrado pobre, un poeta rico, una persona real, que murió sin que se dijese que de veneno, un español humilde, un francés grave y quieto, un alemán aguado. Y juró Balboa era el varón de Sabac. Un privado no murmurado, un príncipe cristiano en paz, un docto premiado, una viuda de Zaragoza flaca, un necio descontento, un casamiento sin mentiras, un indiano liberal, una mujer sin enredo, uno de Calatayud en el limbo, un portugués necio, un real de á ocho en Castilla, Francia pacífica, el septentrión sin herejes, el mar constante, la tierra igual y el mundo mundo.

En medio desta folla de maravillas entró un otro criado, que en aquel punto llegaba de muy lejos, y recibióle Salastano con extraordinarias demostraciones de gusto.

[Marginal: _El mayor prodigio._]

Seas tan bienllegado como esperado. ¿Hallaste, díme, aquel portento tan dudado?

Señor, sí.

¿Y tú le viste?

Y le hablé.

¡Que tal preciosidad se halla en la tierra! ¡Que es verdad! Ahora digo, señores, que es nada cuanto habéis visto. Ciegue el basilisco, retírese el fénix, enmudezca el pelícano.

Estaban tan atónitos, cuan atentos los discretos huéspedes, oyendo tales exageraciones, muy deseosos de saber cuál fuese el objeto de tan grande aplauso.