Part 18
¿Qué mayor encanto, dijo Argos, que treinta años á cuestas? Ésta es la transformación de la edad. Advertid que en tan poca distancia, como hay de la una puerta á la otra, hay treinta leguas de diferencia, no menos, que de ser mozo á ser hombre. Éste es el pasadizo de la juventud á la varonil edad.
En aquella primera puerta dejan la locura, la liviandad, la ligereza, la facilidad, la inquietud, la risa, la desatención, el descuido con la mocedad. Y en esta otra cobran el seso, la gravedad, la severidad, el sosiego, la pausa, la espera, la atención y los cuidados con la virilidad.
Y así veréis que aquel, que hablaba de taravilla, ahora tan espacio, que parece que da audiencia. Pues aquel otro, que le iba chapeando el seso, mirad qué chapado sale. El otro con sus cascos de corcho qué sustancial se muestra. ¿No atendéis á aquel tan medido en sus acciones, tan comedido en sus palabras? Éste era aquel casquilucio. Tened cuenta cuál entra aquel con sus pies de pluma; veréis luego cuál saldrá con pies de plomo. ¿No veis cuántos valencianos entran y qué de aragoneses salen? Al fin, todos muy otros de sí mismos, cuando más vuelven en sí. Su andar pausado, su hablar grave, su mirar compuesto y que compone, y su proceder concertado, que cada uno parece un Chumacero.
Dábales ya prisa Argos que entrasen y ellos:
Dínos primero ¿qué casa es ésta tan cara?
Ésta es, respondió, la aduana general de las edades. Aquí comparecen todos los pasajeros de la vida y aquí manifiestan la mercadería que pasan, averíguase de dónde vienen y dónde van á parar.
Entraron dentro y hallaron un areópago, porque era presidente el Juicio, un gran sujeto, asistiéndole el Consejo muy hombre, el Modo muy bienhablado, el Tiempo de grande autoridad, el Cierto de mucha cuenta, el Valor muy ejecutivo y así otros grandes personajes. Tenía delante un libro abierto de cuenta y razón, cosa que se hizo muy nueva á Andrenio, como á todos los de su edad y que pasan á ser gente de veras. [Marginal: _Examen de personas._] Llegaron á tiempo que actualmente estaban examinando á unos viandantes de qué tierra venían.
Con razón, dijo Critilo, porque della venimos y á ella volvemos.
Sí, dijo otro, que sabiendo dónde venimos, sabremos mejor dónde vamos.
Muchos no atinaban á responder: que los más no daban razón de sí mismos. Y así, preguntándole á uno dónde caminaba, respondió que adonde le llevaba el tiempo, sin cuidarse más que de pasar y hacer tiempo.
Vos le hacéis y él os deshace, dijo el presidente.
Y remitióle á la reforma de los que hacen número en el mundo.
Respondió otro que él pasaba adelante, por no poder volver atrás.
Los más decían que porque los habían echado, con harto dolor de su corazón, de los floridos países de su mocedad; que, si eso no fuera, toda la vida se estuvieran con gusto, dándose verdes de mocedades. Y á éstos los remitieron á la reforma de aniñados.
Estábase lamentando un príncipe de verse así tan adelante y á su antecedente tan atrás. Porque hasta entonces, divertido con los pasatiempos de la mocedad, no había pensado en ser algo; pero, aquellos ya acabados, le daba gran pena ver que le sobraban años y le faltaban empleos. Remitiéronle á la reforma de la espera, si no quería reinar por falto, que era despeñarse.
En busca de la honra dijeron algunos que iban, muchos tras el interés y muy pocos los que á ser personas; aunque fueron oídos de todos con aplauso y de Critilo con observación.
Llegaron en esto las guardas con una gran tropa de pasajeros, que los habían cogido descaminados. Mandaron fuesen luego reconocidos por la Atención y el Recato y que les escudriñasen cuanto llevaban. Topáronle al primero no sé qué libros y algunos muy metidos en los senos.
Leyeron los títulos y dijeron ser todos prohibidos por el Juicio, contra las pragmáticas de la prudente Gravedad, pues eran de novelas y comedias.
[Marginal: _Reforma de libros._]
Condenáronlos á la reforma de los que sueñan despiertos. Y los libros mandaron se les quitasen á hombres que lo son y se relajasen á los pajes y doncellas de labor. Y generalmente todo género de poesía en lengua vulgar, especialmente burlesca y amorosa, letrillas, jácaras, entremeses, follaje de primavera, se entregaron á los pisaverdes.
Lo que más admiró á todos fué que la misma Gravedad en persona ordenó seriamente que de treinta años arriba ninguno leyese ni recitase coplas ajenas, mucho menos propias ó como suyas, so pena de ser tenidos por ligeros, desatentos ó versificantes. Lo que es leer algún poeta sentencioso, heroico, moral y aun satírico, en verso grave, se les permitió á algunos de mejor gusto, que autoridad, y esto en sus retretes, sin testigos, haciendo el descomido de tales niñerías; pero allá á escondidas, chupándose los dedos. El que quedó muy corrido fué uno, á quien le hallaron un libro de caballerías.
Trasto viejo, dijo la Atención, de alguna barbería.
Afeáronsele mucho y le constriñeron lo restituyese á los escuderos y boticarios. Mas los autores de semejantes disparates, á locos estampados.
Replicaron algunos que para pasar el tiempo se les diese facultad de leer las obras de algunos otros autores, que habían escrito contra estos primeros, burlándose de su quimérico trabajo, y respondióles la Cordura que de ningún modo, porque era dar de lodo en el cieno y había sido querer sacar del mundo una necedad con otra mayor.
En lugar de tanto libro inútil, ¡Dios se lo perdone al inventor de la estampa!, ripio de tiendas y ocupación de legos, les entregaron algunos Sénecas, Plutarcos, Epictetos y otros, que supieron hermanar la utilidad con la dulzura.
[Marginal: _Polilla del tiempo._]
Acusaron éstos á otros, que no menos ociosos y más perniciosos, se habían jugado el sol y quedado á la luna, diciendo que para pasar el tiempo. Como si él no los pasase á ellos y como si el perderlo fuera pasarlo.
De hecho le hallaron á uno una baraja. Mandaron al punto quemar las cartas, por el peligro del contagio, sabiendo que barajas ocasionan barajas y de todas maneras empeños, barajando la atención, la reputación, la modestia, la gravedad y tal vez la alma. Mas al que se los hallaron, con todos los tahures, hasta los cuartos, que es la cuarta generación, les barajaron las haciendas, las casas, la honra, el sosiego para toda la vida.
En medio desta suspensión y silencio se le oyó silbar á uno, cosa que escandalizó mucho á todos los circunstantes y más á los españoles. Y averiguada la desatención, hallaron había sido un francés y le condenaron á nunca estar entre personas.
Más les ofendió un sonsonete, como de guitarra, instrumento vedado so graves penas de la Cordura. Y así refieren que dijo el Juicio, en sintiendo las cuerdas:
¿Qué locura es ésta? ¿Estamos entre hombres ó entre barberos?
Hízose averiguación de quién la tañía y hallaron era un portugués. Y cuando creyeron todos le mandarían dar un trato de cuerda, oyeron que le rogaban, que á los tales se les ruega, tañese algún son moderno y lo acompañase con alguna tonadilla. Con harta dificultad lo recabaron y con mayor después que cesase. Gustaron mucho, aun los más serios ministros de la reforma humana. Y generalmente se les mandó á todos los que pasan de mozos á hombres que de allí adelante ninguno tañese instrumento ni cantase; pero que bien podían oir tañer y cantar, que es más gusto y más decoro.
[Marginal: _Enamorado, mozo ó loco._]
Iban con tanto rigor en esto de reconocer los humanos pasajeros, que llegaron las guardas á desnudar algunos de los sospechosos. Cogiéronle á uno un retrato de una dama, ahorcado de un dogal de nácar. Quedó él tan perdido, cuan escandalizados todos los cuerdos. Que aun de mirar el retrato no se dignaron; sino lo que bastó para dudar cuál era la pintada, ésta ó aquélla.
Reparó una de las guardas y dijo:
Éste ya yo le he quitado á otro y no ha muchos días.
Mandáronle sacar y hallaron una docena dellos.
Basta, dijo el presidente: que una loca hace ciento. Recójanlos como moneda falsa, doblones de muchas caras.
Y á él le intimaron que ó menos barbas ó menos figurerías y que esto de trillar la calle, dar vueltas, comer hierro, apuntalar esquinas, deshollinar balcones, lo dejasen para los Adonis boquirrubios.
El que causó mucha risa fué uno, que llegó con un ramo en la mano y, averiguando que no era médico ni valenciano, sino pisaverde, le atropelló la Atención, diciéndole era ramo de locura, tablilla de mesón, vacío de seso.
Vieron uno, que no miraba á los otros y sin ser tosco tenía fijos los ojos en el sombrero.
Pues no será de corrido, dijo la Sagacidad.
Y en sospechas de liviandad, llegaron á reconocerle y le hallaron un espejillo, clavado en la copa del sombrero y por cosa cierta averiguaron era primo loco, sucesor de Narciso.
[Marginal: _Traje, corteza del ánimo._]
No se admiraron tanto déstos, cuanto de un otro, que repetía para Catón en la severidad y aun se emperdigaba para repúblico. Miráronle de pies á cabeza y brujuleáronle una faldilla de un jubón verde, color muy malvisto de la Autoridad.
¡Oh! qué bien merecía otro, votaron todos. Pero por no escandalizar el populacho, muy á lo callado le remitieron al nuncio de Toledo, que le absolviese de juicio.
Á otro, que debajo una sotanilla negra traía un calzón acuchillado, le condenaron á que terciase la falda, prendiéndola de la pretina, para que todo el mundo viese su desgarro.
Intimaron á otros seriamente que en adelante ninguno llevase arremangada la falda del sombrero á la copa; si no es yendo á caballo, cuando ninguno es cuerdo. Ni de canto el sombrero á un lado de la cabeza, dejando desabrigado el seso del otro. Que no se vayan mirando á sí mismos ni por sombra, so pena de malvistos. Ni los pies, que no es bien pavonearse. Plumas y cintas de colores se les vedaron; si no á los soldados visoños, mientras van ó vuelven de la campaña. Que todos los anillos se entregasen á los médicos y abades; á éstos, porque entierran los que aquellos destierran.
[Marginal: _Librea del hombre._]
Pasaron ya los ministros de aquella gran aduana del tiempo á la reforma general de todos cuantos pasan de pajes de la juventud á gentileshombres de la virilidad. Y lo primero, que se ejecutó, fué desnudarles á todos la librea de la mocedad, el pelo rubio y dorado y cubrirles de pelo negro, luto en lo melancólico y lo largo, pues, cerrando las sienes, llega á ser pelo en pecho.
Ordenáronles seriamente que nunca más peinasen pelo rubio y menos hacia la boca y los labios, color profano y malvisto en adelante, vedándoles todo género de bozo y de guedejas rizadas, para escusar las risadas de los cuerdos.
Toda color material, que no la formal, les prohibieron, no permitiéndoles aun el volverse colorados; sino pálidos, en señal de sus cuidados. Convirtiéronles las rosas de las mejillas en espinas de la barba.
De suerte, que de pies á cabeza los reformaban. Echábanles á todos un candado en la boca, un ojo en cada mano y otra cara janual, pierna de grulla, pie de buey, oreja de gato, ojo de lince, espalda de camello, nariz de rinoceronte y de culebra el pellejo.
[Marginal: _Gusto reformador._]
Hasta el material gusto les reformaba, ordenándoles que en adelante no mostrasen apetecer las cosas dulces, so pena de niños; sino las picantes y agrias y algunas saladas. Y, porque á uno le hallaron unos confites, le fué intimado se pusiese el babador, siempre que los hubiese de comer. Y así todos se guardaban de trocar el cardo por las pasas y todos comían la ensalada.
Cogieron á otro comiendo unas cerezas y volvióse de su color. Saltáronle á la cara, mandáronle que las trocase en guindas. De modo, que aquí no está vedada la pimienta; antes se estima más que el azúcar, mercadería muy acreditada, que algunos hasta en el entendimiento la usan y más si se junta con la naranja.
La sal también está muy valida y hay quien la come á puñados; pero sin lo útil no entra en provecho. Salan muchos los cuerpos de sus obras, porque nunca se corrompan, ni hay tales aromas para embalsamar libros, libres de los gusanos roedores, como los picantes y las sales.
Están tan desacreditados los dulces, que aun la misma Panegiri de Plinio á cuatro bocados enfada. Ni hay hartazgo de zanahorias, como unos cuantos sonetos del Petrarca y otros tantos de Boscán. Que aun á Tito Livio hay quien le llama tocino gordo y de nuestro Zurita no falta quien luego se empalaga.
Tenga yo gusto y voto; no siempre viva del ajeno. Que los más en el mundo gustan de lo que ven gustar á otros. Alaban lo que oyeron alabar y, si les preguntáis en qué está lo bueno de lo que celebran, no saben decirlo. De modo que viven por otros y se guían por entendimiento ajeno. Tenga, pues, juicio propio y tendrá voto en su censura.
Guste de tratar con hombres, que no todos los que lo parecen, lo son. Razone más que hable. Converse con los varones noticiosos y podrá tal vez contar algunos chistes, encaminando á la gustosa enseñanza; pero con tal moderación, que no sea tenido por masecuentos, el licenciado del chiste y truhán de balde. Podrá tal vez, acompañado de sí mismo, pasearse, pensando, no hablando.
Sea hombre de museo; aunque ciña espada. Y tenga delecto con los libros, que son amigos manuales. No embuta de borra los estantes, que no está bien un pícaro al lado de un noble ingenio. Y si ha de preferir, sean los juiciosos á los ingeniosos. Muestre ser persona en todo, en sus dichos y en sus hechos, procediendo con gravedad apacible, hablando con madurez tratable, obrando con entereza cortés, viviendo con atención en todo y preciándose más de tener buena testa, que talle. Advierta que el proporcional Euclides dió el punto á los niños, á los muchachos la línea, á los mozos la superficie y á los varones la profundidad y el centro.
[Marginal: _Leyes de cordura._]
Éste fué el arancel de preceptos de ser hombres, la tarifa de la estimación, los estatutos de ser personas, que en voz ni muy alta ni muy caída les leyó la Atención á instancia del Juicio.
Después Argos con un extraordinario licor, alambicado de ojos de águilas y de linces, de corazones grandes y de cerebros, les dió un baño tan eficaz, que á más de fortalecer mucho, haciéndolos más impenetrables por la cordura, que un Roldán por el encanto, al mismo punto se les fueron abriendo muchos y varios ojos por todo el cuerpo, de cabeza á pies, que habían estado ciegos con las legañas de la niñez y con las inadvertidas pasiones de la mocedad, y todos ellos tan perspicaces y tan despiertos, que ya nada se les pasaba por alto; todo lo advertían y lo notaban.
Con esto les dieron licencia de pasar adelante á ser personas y fueron saliendo todos de sí mismos lo primero, para más volver en sí. Fuélos, no guiando, que de aquí adelante ni se llama médico ni se busca guía, sino conduciéndolos Argos á lo más alto de aquel puerto, puerta ya de otro mundo, donde hicieron alto para lograr la mayor vista, que se topa en el viaje de toda la vida. Los muchos y maravillosos objetos, que desde aquí vieron, todos ellos grandes y plausibles, referirá la siguiente Crisi.
CRISI II
_Los prodigios de Salastano._
Tres soles, digo tres Gracias, en fe de su belleza, discreción y garbo, contaba un cortesano verídico, ya prodigio, intentaron entrar en el palacio de un gran príncipe y aun de todos. Coronaba la primera, brillantemente gallarda, de fragantes flores rubias trenzas y recamaba su verde ropaje de líquidos aljófares, tan risueña, que alegraba un mundo entero. Pero, en injuria de su gran belleza, la cerraron tan anticipadamente las puertas y ventanas que, aunque se probó á entrar por cien partes, no pudo. Que, teniéndola por entremetida, hasta los más sutiles resquicios la habían entredicho, y así hubo de pasar adelante, convirtiendo su risa en llanto.
Fuése acercando la segunda, tan hermosa cuan discreta y, chanceándose con la primera á lo Zapata, la decía:
Anda tú, que no tienes arte ni la conoces. Verás cómo yo, en fe de mi buen modo, tengo de hallar entrada.
Comenzó á introducirse, buscando medios é inventando trazas; pero ninguna salía, pues al mismo punto que brujuleaban su buena cara, todos se la hacían muy mala. Y ya no solas las puertas y ventanas la cerraban; pero aun los ojos por no verla y los oídos por no sentirla.
¡Eh! que no tenéis dicha, dijo la tercera, agradablemente linda. Atended cómo yo por la puerta del favor me introduzco en palacio, que ya no se entra por otra.
Fuése entremetiendo con mucho agrado. Mas, aunque á los principios halló cabida, fué engañosa y de apariencia y al cabo hubo de retirarse mucho más desairada.
Estaban tripuladas todas tres, ponderando, como se usa, sus muchos méritos y su poca dicha, cuando llevado de su curiosidad el cortesano, se fué acercando lisonjero y, habiéndolas celebrado, significó su deseo de saber quiénes eran. Lo que es el palacio bien conocido lo tenían, como tan pateado.
Yo soy, dijo la primera, la que voy dando á todos los buenos días; mas ellos se los toman malos y los dan peores. Yo, la que hago abrir los ojos y á todo hombre que recuerde. Yo, la deseada de los enfermos y temida de los malos, la madre de la vividora alegría. Yo, aquella tan decantada esposa de Titón, que en este punto dejó el camarín de nácar.
Pues, señora Aurora, dijo el cortesano, ahora no me espanto de que no tengáis cabida en los palacios, donde no hay hora de oro, con ser todas tan pesadas. Ahí no hay mañana; todo es tarde. Díganlo las esperanzas. Y con ser así, nada es hoy; todo mañana. Así que no os canséis, que allí nunca amanece, aun para vos, por tan clara.
Volvióse á la segunda, que ya decía:
¿Nunca oiste nombrar aquella buena madre de un mal hijo? Pues yo soy y él es odio. Yo, la que, siendo tan buena, todos me quieren mal: cuando niños me babean y, como no les entro de los dientes adentro, me escupen cuando grandes. Tan esclarecida soy como la misma luz. Que, si no miente Luciano, hija soy, no ya del tiempo, sino del mismo Dios.
[Marginal: _La hija del tiempo._]
Pues, señora mía, dijo el cortesano, si vos sois la Verdad ¿cómo pretendéis imposibles? ¿Vos en los palacios? Ni de mil leguas. ¿De qué pensáis que sirven tanta afilada cuchilla? Que no aseguran tanto de traiciones, no por cierto, cuanto de... de... Bien podéis por ahora y aun para siempre desistir de la empresa.
Ya en esto la tercera, dulcísimamente linda, robando corazones, dijo:
Aquélla soy, sin quien no hay felicidad en el mundo y con quien toda infelicidad se pasa. En las demás dichas de la vida se hallan muy divididas las ventajas del bien; pero en mí todas concurren, la honra, el gusto y el provecho. No tengo lugar, sino entre los buenos; que entre los malos, como dice Séneca, ni soy verdadera ni constante. Denomínome del Amor. Y así, á mí no me han de buscar en el vientre; sino en el corazón, centro de la benevolencia.
Ahora digo que eres la Amistad, aclamó el cortesano, tan dulce tú, cuan amarga la Verdad. Pero, aunque lisonjera, no te conocen los príncipes. Que sus amigos todos son del rey y ninguno de Alejandro: así lo decía él mismo. Tú haces de dos uno y es imposible poder ajustar el Amor á la Majestad.
[Marginal: _Majestad, sin amistad._]
Paréceme, mis señoras, que todas tres podéis pasar adelante: tú, Aurora, á los trabajadores; tú, Amistad, á los semejantes, y tú, Verdad, yo no sé adonde.
Este crítico suceso les iba contando el noticioso Argos á nuestros dos peregrinos del mundo y les aseguró habérselo oído ponderar al mismo cortesano.
Aquí en este puesto, decía, que por eso me he acordado.
Hallábanse ya en lo más eminente de aquel puerto de la varonil edad, corona de la vida, tan superior, que pudieron señorear desde allí toda la humana: espectáculo tan importante, cuan agradable. Porque descubrían países nunca andados, regiones nunca vistas, como la del Valor y del Saber, las dos grandes provincias de la Virtud y la Honra, los países del Tener y del Poder, con el dilatado reino de la Fortuna y del Mando. Estancias todas muy de hombres y que á Andrenio se le hicieron bien estrañas.
[Marginal: _La mejor vista._]
Mucho les valieron aquí sus cien ojos, que todos los emplearon. Vieron ya muchas personas, que es la mejor vista de cuantas hay. Perdóneme hoy la belleza; pero ¡cosa rara! que lo que á unos parecía blanco, á otros negro. Tal es la variedad de los juicios y gustos. Ni hay anteojos de colores, que así alteren los objetos, como los afectos.
Veamos de una cuanto hay, decía Critilo. Que todo se ha de ver y en lo más raro reparar.
Y comenzando por lo más lejos, que como digo, se descubría, no sólo desde un cabo del mundo al otro, pero desde el primer siglo hasta éste:
¿Qué insanos edificios son aquellos, hablando con la propiedad Mariana, que acullá lejos, apenas se divisan y á glorias campean?
Aquéllas, respondió Argos, que de todo daba razón en desengaños, son las siete maravillas del orbe.
¿Aquéllas, replicó Andrenio, maravillas? ¿Cómo es posible? ¿Una estatua, que se ve entre ellas pudo serlo?
¡Oh! sí, que fué coloso de un sol.
Aunque sea el sol mismo, si es una estatua, á mí no me maravilla.
[Marginal: _El sol que nace._]
No fué tan estatua, que no fuese una bien política atención, adorando el sol que sale y levantando estatua al poder que amanece.
Desde ahora la venero. Aquel otro parece sepulcro. También es maravilla y bien estraña. ¿Cómo puede, siendo sepultura de un mortal?
¡Oh!, que fué de mármoles y jaspes.
Aunque fuera del mismo panteón.
¿No veis que lo erigió una mujer á su marido?
¡Oh qué bueno! Á trueque de enterrarle, no digo yo de pórfidos, pero de diamantes, de perlas, si no lágrimas, habría mujer, que le construyese pira.
Sí, pero aquello de ser mausoleo, que dice permanece sola, convertida en tortilla, creedme que fué un prodigio de fe.
[Marginal: _Maravillas modernas._]
¡Eh!, dejemos maravillas, que caducan, dijo Andrenio. ¿No hay alguna moderna? ¿No hace ya milagros el mundo?
Sin duda que sí, como dicen que van degenerando los hombres y siendo más pequeños, cuanto más va. De suerte, que cada siglo merman un dedo y á este paso vendrán á parar en títeres y figurillas, que ya poco les falta á algunos. Sospecho que también los corazones se les van achicando y así se halla tanta falta de aquellos grandes sujetos, que conquistaban mundos, que fundaban ciudades, dándolas sus nombres, que era su real _faciebat_. Ya no hay Rómulos ni Alejandros ni Constantinos.
También se hallan algunas maravillas flamantes, respondió Argos; sino que, como se miran de cerca, no parecen.
Antes habían de verse más, que cuanto más de cerca se miran las cosas, mucho mayores parecen.
¡Oh! no, dijo Argos: que la vista de la estimación es muy diferente de la de los ojos en esto del aprecio.
Con todo eso, atención á aquellas sublimes agujas, que campean en la gran cabeza del orbe.
Aguarda, dijo Critilo: aquella tan señalada es la cabeza del mundo.
¿Cómo puede ser, si está entre pies de Europa, á pierna tendida de Italia, por medio del Mediterráneo y Nápoles su pie?
Ésa que te parece á ti andar entre pies de la tierra, es el cielo, la coronada cabeza del mundo y muy señora de todo él, [Marginal: _Roma._] la sacra y triunfante Roma, por su valor, sabiduría, grandeza, mando y religión, corte de personas, oficina de hombres, pues restituyéndolos á todo el mundo, todas las demás ciudades la son colonias de policía. Aquellos empinados obeliscos, que en sus plazas majestuosamente se ostentan, son plausibles maravillas modernas. Y advertid una cosa, que con ser tan gigantes, aun no llegan con mucho á la superioridad de prendas de sus santísimos dueños.
Ahora ¿no me dirás una verdad? ¿Qué pretendieron estos sacros héroes con estas agujas tan excelsas? Que aquí algún misterio apuntan, digno de su piadosa grandeza.
¡Oh, sí!, respondió Argos. Lo que pretendieron fué coser la tierra con el cielo, empresa que pareció imposible á los mismos Césares y éstos la consiguieron.
¿Qué estás mirando tú con tan juicioso reparo?
[Marginal: _Venecia._]