El crimen y el castigo

Part 6

Chapter 64,034 wordsPublic domain

El caballo tira con todas sus fuerzas; pero, lejos de galopar, apenas si puede avanzar un paso: patalea, gime y encoge los lomos bajo los golpes copiosos como el granizo que los tres látigos le descargan. Redoblan las risas en el carro y en el grupo; pero Mikolka se incomoda y golpea al jaco con más fuerza como si, en efecto, esperase hacerle galopar.

--Dejadme subir a mí también, amigos míos--grita entre los espectadores un joven que arde en deseos de mezclarse con la alegre pandilla.

--Sube--respondió Mikolka--. Subid todos, que yo le haré correr.

Y sigue, sigue golpeando, y en su furor no sabe ya con qué pegarle al animal.

--Papá, papá--dice el niño a su padre--, ¿qué están haciendo? ¡Pegan al pobre caballejo!

--Vamos, vamos--dice el padre--; son borrachos que se divierten a su modo. ¡Imbéciles! No les hagas caso.

Quiere llevárselo; pero Rodión se desprende de las manos paternales, y sin hacer caso de nada se acerca corriendo al caballo. El desgraciado cuadrúpedo no puede ya más. Resuella fatigosamente, trata de tirar, y poco falta para que no se caiga.

--¡Pegadle, pegadle hasta que reviente!--aúlla Mikolka--. Eso es lo que hay que hacer. Yo os ayudaré.

--¡Tú no eres cristiano, sino lobo!--grita un viejo del grupo.

--¿A quién se le ocurre que un animalejo tan pequeño pueda arrastrar un armatoste como éste?--grita otro.

--¡Bribón!--vocifera un tercero.

--No es tuyo, es mío; hago lo que quiero. ¡Subid aún! ¡Es preciso que galope!

De repente la voz de Mikolka queda ahogada por las carcajadas de la gente; el animal, atormentado por los palos, acaba por perder la paciencia, y a pesar de su debilidad, empieza a tirar coces. Hasta el mismo viejo se echa a reír. Y había, en efecto, motivos de risa: ¡un caballo que no puede sostenerse en pie y que, sin embargo, cocea!

Dos campesinos se destacan del grupo, y armados de látigos la emprenden a palos con el animal. Uno por la derecha y otro por la izquierda.

--¡Dadle en los morros, en los ojos, sí, en los ojos!--vociferaba Mikolka.

--¡Una canción, amigos!--grita uno del corro, e inmediatamente toda la pandilla entona una canción soez al son de una pandereta.

La campesina sigue partiendo avellanas y se ríe.

Rodión se acerca al caballo y ve que le pegan en los ojos, ¡sí, en los ojos! El niño llora; se le subleva el corazón y corren sus lágrimas. Uno de los verdugos le toca el rostro con el látigo, pero él no lo siente. Se retuerce las manos y grita. Después se dirige al viejo de la barba y cabellos blancos, que mueve la cabeza y condena aquellas demasías.

Una mujer toma al niño de la mano y quiere apartarlo de esta escena; pero él se escapa y corre otra vez hacia el caballo. Este, ya casi sin fuerzas, intenta aún cocear.

--¡Ah, maldito!--exclama Mikolka, deja el látigo, se baja, toma del fondo del carro un largo y pesado garrote y lo blande con fuerza con las dos manos sobre el pobre caballo.

--¡Lo va a matar!--gritaban en derredor suyo.

--¡Lo matará!

--¡Es mío!--grita Mikolka, y el garrote, manejado por dos brazos vigorosos, cae con estrépito sobre el lomo del animal.

--¡Fustígalo! ¿Por qué te detienes?--gritan varias voces en el grupo.

De nuevo el garrote se levanta y cae sobre el espinazo de la pobre bestia. Bajo la violencia del golpe, el caballejo está a punto de caerse. Sin embargo, hace un supremo esfuerzo con todas las fuerzas que le quedan; tira, tira en diversos sentidos para escapar de aquel suplicio, mas por todas partes encuentra los seis látigos de sus perseguidores. Mikolka una vez y otra vez golpea a su víctima con el garrote. Está furioso por no poder matarlo de un solo golpe.

--¡No quiere morir!--gritan los del grupo.

--¡No le queda mucho de vida!--observa uno de los que contemplan regocijados el bárbaro espectáculo--. Se acerca su último momento.

--Dale con un hacha; es el medio de acabar con él--apunta un tercero.

--Dejadme--dice Mikolka, y suelta el garrote; busca de nuevo en el carro, y toma una barra de hierro--. ¡Fuera!--grita, y asesta un violento golpe al pobre caballo.

El penco se tambalea; quiere aún tirar, pero un segundo golpe con la barra le tiende en el suelo, como si le hubiesen cortado instantáneamente los cuatro miembros.

--¡Acabemos!--aúlla Mikolka, que, fuera de sí, salta del carro.

Algunos mocetones, rojos y avinados, agarran cada cual lo que tienen más a mano, látigos, palos, el garrote, y corren al caballo expirante. Mikolka, en pie, al lado de la bestia, la golpea sin cesar con la barra de hierro. El caballo extiende la cabeza y muere.

--¡Ha muerto!--gritan en el grupo.

--¿Por qué no quería galopar?

--¡Era mío!--gritó Mikolka, teniendo siempre en la mano la barra.

Tenía los ojos inyectados de sangre. Parecía enfurecido porque la muerte le hubiese quitado su víctima.

--¡La verdad! ¡Tú no eres cristiano!--gritan indignados algunos asistentes.

El pobre niño está fuera de sí. Dando voces se abre paso por entre el grupo que rodea al caballo, levanta la cabeza ensangrentada del cadáver, le besa en el hocico y en los ojos... Después, en un repentino arrebato de cólera, cierra los puños y se arroja sobre Mikolka. En aquel momento su padre, que desde hace un rato le buscaba, lo encuentra al fin y le aparta de la gente.

--¡Vámonos, vámonos!--le dijo--. Volvamos a casa.

--¡Papá! ¿por qué han matado al pobre caballo?--solloza el niño; pero le falta la respiración; de su garganta salen roncos sonidos.

--¡Son barbaridades de gente ebria! ¡Nada tenemos que ver con ellos!--dice el padre.

Rodión le oprime entre sus brazos; pero siente tal fatiga... quiere respirar, grita, y se despierta.

Raskolnikoff se despertó jadeando, con el cuerpo húmedo y los cabellos empapados de sudor; se sentó bajo un árbol y respiró con fuerza.

--¡Gracias a Dios, no ha sido más que un sueño!--dijo--. ¡Cómo! ¿Iré a tener fiebre? No sería extraño, después de un sueño tan horroroso.

Tenía quebrantados los miembros, y el alma llena de obscuridad y de confusión. Apoyó los codos en las rodillas y dejó caer la cabeza entre las manos.

--¡Dios mío!--exclamó--. ¿Será posible, en efecto, que yo tome un hacha y parta el cráneo de aquella mujer?... ¿Será posible que yo ande por encima de sangre tibia y viscosa, que fuerce la cerradura, robe y me oculte, temblando, ensangrentado, con el hacha?... ¡Señor! ¿Será posible?

Al decir esto temblaba como la hoja en el árbol.

--Pero, ¿por qué pienso en esas cosas?--continuó con profunda sorpresa--. Veamos; sé muy bien que no soy capaz de ello; ¿por qué, pues, me atormenta esa idea? Ayer, ayer ya, cuando fuí a hacer el _ensayo_, comprendí perfectamente que _aquello_ era superior a mis fuerzas. ¿De dónde procede que siga dando vueltas a la misma idea? Ayer, al bajar la escalera, iba diciendo que era innoble, odioso, repugnante... Solamente pensar en tal cosa me aterraba.

»No, no me atreveré; esto es superior a mis fuerzas. Aunque todos mis razonamientos no dejasen lugar a duda, aunque todas las conclusiones a que he llegado durante un mes fuesen claras como el día, exactas como la Aritmética, no podría decidirme a dar este paso. ¡No soy capaz! ¿Por qué pues, por qué ahora...?

Se levantó, miró en torno suyo, como si se sorprendiese de estar allí, y se encaminó hacia el puente T***. Estaba pálido y le brillaban los ojos. Todo su ser mostraba decaimiento; pero comenzaba a respirar con más libertad. Se sentía ya libre del horrible peso que durante largo tiempo le había oprimido, y su alma recobraba la paz.

--¡Señor!--exclamó--; ¡muéstrame mi camino y renunciaré a este designio maldito!

Al atravesar el puente miró tranquilamente el río, y contempló la resplandeciente puesta de sol. A pesar de su debilidad, no se sentía cansado. Se hubiera dicho que acababa de recobrar repentinamente la salud de su espíritu. Ahora es libre. Estaba roto el encanto. Había cesado de influir sobre él el horrible maleficio.

Más tarde, Raskolnikoff se acordó, minuto por minuto, del empleo de su tiempo durante aquellos días de crisis; entre otras circunstancias, venía a menudo a su pensamiento una que, aun cuando en rigor no tenía nada de extraordinario, le preocupaba como una especie de terror supersticioso, a causa de la acción decisiva que había ejercido sobre su destino.

He aquí el hecho que constituía para él siempre un enigma. ¿Por qué cuando cansado, exhausto, hubiera debido, como era natural, volver a su casa por el camino más corto y más directo, se le había ocurrido pasar por el Mercado de Heno en donde nada, absolutamente nada le llamaba? Verdad era que este rodeo no alargaba mucho su camino; pero resultaba completamente inútil. Se le había ocurrido mil veces volverse a su casa sin fijarse en el itinerario recorrido.

--¿Pero por qué, pues--se preguntaba siempre--, por qué aquel encuentro tan importante, tan decisivo para mí, al mismo tiempo tan fortuito, que tuve en el Mercado del Heno (adonde no tenía para qué ir), se verificó en el momento mismo en que, dadas las disposiciones en que me encontraba, había de tener para mí las más graves y terribles consecuencias?

Tentado estaba de ver en esta fatal coincidencia el efecto de una predestinación.

Cerca eran de las nueve cuando el joven llegó al Mercado del Heno. Los tenderos cerraban sus establecimientos; los vendedores ambulantes se preparaban, lo mismo que los tratantes, a volver a su casa. Obreros y desharrapados de toda especie bullían en los alrededores de los bodegones y tabernas que en el Mercado del Heno ocupaban el piso bajo de la mayor parte de los edificios. Esta plaza y los _pereuloks_[11] de sus inmediaciones eran los lugares que Raskolnikoff frecuentaba de mejor gana cuando salía sin saber adónde ir. Allá, en efecto, sus harapos no llamaban la atención a nadie y podía, él como cualquiera, pasearse vestido como tuviera por conveniente. En la esquina del _pereulok_ de K***, un mercader que, como los demás, se disponía a volver a su casa, hablaba con su mujer y con una conocida que acababa de aproximarse a ellos. Esta última era Isabel Ivanovna, hermana de Alena Ivanovna, la usurera en cuya casa Raskolnikoff había entrado la víspera a empeñar su reloj y a hacer el _ensayo_.

[11] Pasaje.

De tiempo atrás sabía algo acerca de esta Isabel; ella también le conocía. Era alta y desgarbada solterona de treinta y cinco años, tímida, dulce y casi idiota. Temblaba ante su hermana, que la trataba como esclava, la hacía trabajar día y noche y hasta le pegaba.

En aquel momento su fisonomía expresaba indecisión, en tanto que en pie, con un paquete en la mano, escuchaba atentamente lo que le decían el vendedor y su mujer.

Estos hablaban de algo importante, a juzgar por el calor que ponían en sus palabras.

Cuando Raskolnikoff vió de repente a Isabel, experimentó una sensación extraña parecida a profunda sorpresa, aunque este encuentro no tuviese nada de asombroso.

--Es preciso que esté usted aquí para tratar del negocio, Isabel Ivanovna--dijo con fuerza el vendedor--. Venga usted mañana de seis a siete. También vendrán los otros.

--¿Mañana?--dijo vacilante Isabel, que parecía temerosa de decidirse.

--¿Tiene usted miedo a Alena Ivanovna?--dijo vivamente la vendedora, que era una mujerona enérgica--. No la perderé de vista, porque usted es como una niña. ¿Será posible que se deje usted dominar hasta ese punto por una persona que no es, después de todo, más que su hermanastra?

--No diga usted ahora nada a Alena Ivanovna--dijo el marido--. Se lo aconsejo; venga usted a casa sin consultarla. Se trata de un negocio ventajoso; su hermana se convencerá de ello en seguida.

--¿De modo que tengo que venir?

--Mañana entre seis y siete vendrán también los demás; es preciso que esté usted presente para decidir el asunto.

--Le ofreceremos una taza de te--añadió la vendedora.

--Está bien, vendré--respondió Isabel pensativa, y se dispuso a marcharse.

Raskolnikoff había pasado ya del grupo formado por las tres personas y no oyó más. Había prudentemente acortado el paso, esforzándose por no perder palabra de la conversación. A la sorpresa del primer momento había sucedido en él un vivo terror. Una casualidad imprevista le acababa de dar a conocer que al día siguiente, a las siete de la tarde, Isabel, la hermana, la única compañera de la vieja, estaría fuera, y que, por lo tanto, al día siguiente, a las siete en punto, la vieja _se encontraría sola en su casa_.

El joven estaba a algunos pasos de su domicilio. Entró en su casa como si lo hubiesen condenado a muerte. No pensó en nada, ni estaba en disposición de pensar; sintió súbitamente en todo su ser que no tenía ni voluntad, ni libre albedrío, y que todo estaba definitivamente resuelto. Ciertamente, hubiera podido esperar años enteros sin una ocasión favorable, aun tratando de hacerla nacer como aquella que acababa de ofrecérsele. En todo caso le habría sido difícil saber la víspera a ciencia cierta y sin correr el menor riesgo, sin comprometerse con preguntas imprudentes, que mañana a tal hora, tal vieja, a quien él quería matar, estaría sola en su casa.

VI

Raskolnikoff supo después por qué el vendedor y su mujer habían invitado a Isabel a venir a su casa. La cosa era sencillísima: una familia extranjera que, encontrándose muy apurada, quería deshacerse de algunos efectos, que consistían en vestidos y en ropa interior usada de mujer. Estas personas deseaban ponerse en relación con la vendedora. Isabel ejercía este oficio, y tenía una numerosa clientela, porque era muy formal y decía siempre el último precio. Con ella no había regateo; en general hablaba poco, y, como hemos dicho, era muy tímida.

Desde hacía algún tiempo Raskolnikoff se había hecho supersticioso y, por consiguiente, cuando reflexionaba, sobre todo este asunto, se inclinaba siempre a ver en él la acción de causas extrañas y misteriosas. El invierno último, un estudiante conocido suyo, Pokorieff, a punto de volverse a Kharkoff, le había dado, al despedirse, la dirección de la vieja Alena Ivanovna, para caso de que tuviera necesidad de algún préstamo sobre prendas. Pasó mucho tiempo sin ir a casa de la vieja, porque el producto de sus lecciones le permitía ir viviendo. Seis semanas antes de los acontecimientos que vamos refiriendo, se acordó de las señas; poseía dos objetos por los cuales podía prestársele algo: un reloj de plata que conservaba de su padre, y un anillo pequeño de oro con tres piedrecitas rojas, que su hermana le había dado como recuerdo en el momento de separarse.

Raskolnikoff se decidió a llevar la sortija a casa de Alena Ivanovna. Desde el primer momento, y antes de que él supiera nada de particular acerca de ella, la vieja le inspiró una violenta aversión. Después de haber recibido el dinero entró en un mal _taklir_[12] que encontró al paso. Allí pidió te, se sentó y púsose a reflexionar. Una idea extraña, todavía en estado embrionario en su espíritu, le ocupaba por completo.

[12] Cafetucho.

Ante una mesa vecina a la suya, un estudiante, a quien no se acordaba de haber visto jamás, estaba sentado con un oficial.

Los dos jóvenes acababan de jugar al billar y se disponían ahora a tomar el te. De repente, Raskolnikoff oyó al estudiante que daba al oficial la dirección de Alena Ivanovna, viuda de un secretario de colegio y prestamista sobre prendas.

Esto sólo pareció ya un poco extraño a nuestro héroe: se hablaba de una persona de cuya casa acababa él de salir. Sin duda, todo ello era pura casualidad; pero en aquel momento hallábase bajo una impresión que no podía dominar, y he aquí que, precisamente en aquel momento, alguien venía a fortificar en él esta impresión. El estudiante comunicaba, en efecto, a su amigo, diversos pormenores acerca de Alena Ivanovna.

--Es un famoso recurso--decía--; siempre hay medio de procurarse dinero en su casa. Rica como un judío, puede prestar cinco mil rublos de una vez, y, sin embargo, acepta objetos que no valen más que un rublo. Es una providencia para muchos de nosotros. Pero, ¡qué horrible arpía!

Se puso a contar que era mala, caprichosa; que no concedía siquiera veinticuatro horas de prórroga, y que toda prenda no retirada en el día fijo, era irrevocablemente perdida por el deudor; prestaba sobre un objeto la cuarta parte de su valor y cobraba el cinco y el seis por ciento de interés mensual, etc. El estudiante, que estaba en vena de hablar hasta por los codos, añadió que esta horrible vieja era pequeñuela, lo que no le impedía pegar a menudo y tener en completa dependencia a su hermana Isabel, que medía, por lo menos, dos archines y ocho verchoks de estatura.

--¡Es un fenómeno!--exclamó, y se echó a reír.

La conversación recayó en seguida sobre Isabel.

El estudiante hablaba de ella con marcado placer y siempre sonriendo. El oficial escuchaba a su amigo con mucho interés y le suplicó que le enviase a aquella Isabel para que le repasase la ropa.

Raskolnikoff no perdió una palabra de esta conversación y supo de esta suerte una multitud de cosas. Más joven que Alena Ivanovna, de la cual no era más que media hermana, Isabel tenía treinta y cinco años y trabajaba día y noche para la vieja. Además de los quehaceres de la cocina, era lavandera, hacía labores de costura, que luego vendía, iba a fregar los suelos a las casas, y todo lo que ganaba se lo entregaba a su hermanastra. No se atrevía a aceptar ningún encargo ni trabajo sin consultar a la usurera, la cual, como Isabel sabía muy bien, había otorgado ya testamento en el cual no dejaba a su hermana más que el mobiliario. Deseosa de tener a perpetuidad sufragios por el eterno descanso de su alma, dejaba toda su fortuna a un monasterio. Isabel pertenecía a la clase media y no al _tchin_. Era una estantigua, con pies muy grandes y calzados siempre con anchos zapatos; pero, por otra parte, iba limpia como una patena. Lo que particularmente asombraba y hacía reír al estudiante, era que Isabel estaba siempre en cinta.

--¿Pero no dices que es un monstruo?--preguntóle el oficial.

--Realmente, es demasiado trigueña; parece un soldado vestido de mujer; pero de eso a que sea un monstruo, hay mucha diferencia. Su fisonomía revela tanta bondad y tienen sus ojos una expresión tan simpática que... La prueba es que ella agrada a muchas personas. Es tan tranquila, tan dulce, tan paciente, tiene un carácter tan bueno y, además, su sonrisa es tan bondadosa...

--¿Estás enamorado de ella?--interrogóle, sonriendo, el oficial.

--Hombre, tanto como eso, no; pero me gusta, precisamente por lo rara que es. En cambio, a esa maldita vieja te aseguro que la mataría y la despojaría de todo lo que posee sin escrúpulo de conciencia--añadió vivamente el estudiante.

El oficial lanzó una carcajada; pero Raskolnikoff se estremeció. Las palabras que oía encontraban extraño eco en sus propios pensamientos.

--Vamos a ver--prosiguió el estudiante--. Hace un momento me burlaba, pero ahora hablo en serio. Fíjate: de un lado una vieja enfermiza, necia, un ser que no es útil a nadie, y que, por el contrario, perjudica a muchos, que no sabe ella misma por qué vive y que morirá mañana de muerte natural. ¿Comprendes?

--Comprendo--repuso el oficial mirando atentamente a su interlocutor.

--Prosigo. Del otro lado, fuerzas jóvenes, frescas, que se quebrantan, se pierden, faltas de sostén, y esto a millares, por todas partes. Cien mil obras útiles se podrían acometer o mejorar con el dinero legado por esa vieja a un monasterio; centenares de existencias, millones quizá, puestas en el buen camino; docenas de familias salvadas de la miseria, de la disolución, de la ruina, del vicio, de los hospitales... y todo ello con el dinero de esa mujer. Si se la matase y se destinase su fortuna al bien de la humanidad, ¿crees tú que el crimen, si eso fuese un crimen, no estaría largamente compensado por millares de buenas acciones? Por una sola vida, millares de vidas arrancadas a la perdición; por una persona suprimida, cien personas devueltas a la existencia. Se trata de una cuestión aritmética. ¿Qué pesa en las balanzas sociales la vida de una vieja necia y mala? Poco más que la vida de una hormiga o de un escarabajo; me atrevo a decir que menos, porque esta vieja es una criatura perversa. Hace poco, en un acceso de rabia, mordió un dedo a Isabel, y en poco estuvo que no se lo cortase con los dientes.

--Cierto que es indigna de vivir--respondió el oficial--; ¿pero qué quieres? la Naturaleza...

--Amigo mío, a la Naturaleza se la corrige, se la endereza; de lo contrario, viviríamos enterrados en prejuicios, no habría un solo grande hombre. Se habla del deber, de la conciencia. No quiero decir que esté mal, pero, ¿qué sentido damos a estas palabras? Escucha, voy a plantearte otra cuestión.

--No, chico, ahora me toca a mí. Te voy a preguntar una cosa.

--Conforme.

--Verás: tú estás ahora perorando con gran elocuencia; pero, dime: ¿Matarías tú, con tus propias manos, a esa vieja?

--¡Claro que no! pero yo considero esto desde el punto de vista de la justicia... No se trata de mí...

--Pues bien, amigo mío, ¿quieres saber mi opinión? Vas a oírlo: Puesto que no te decidirías a matarla, opino que la cosa no es justa. Vamos a echar otra partida.

Raskolnikoff era presa de una agitación extraordinaria. En rigor, esta conversación no tenía nada de asombroso. Muchas veces había oído a los jóvenes cambiar entre sí análogas ideas; lo único que difería era el tema; mas, ¿por qué el estudiante expresaba precisamente los mismos pensamientos que en aquel instante bullían en el cerebro de Raskolnikoff? ¿Y por qué casualidad éste, al salir de la casa de la vieja, oía hablar de ella? Tal coincidencia le pareció extraña: estaba escrito que esta insignificante conversación de café tuviese en su destino decisiva influencia.

* * * * *

Al volver a su domicilio, se dejó caer en el sofá y permaneció sentado en él, sin moverse, durante una hora entera. La obscuridad era completa; en la habitación no había ni vela, ni Raskolnikoff pensó que era necesaria. No hubiera podido precisar si en esta hora había pensado algo. Por último, le entraron escalofríos febriles, y pensó con satisfacción que podía echarse del todo en el sofá... No tardó en caer en pesado y profundo sueño.

Durmió mucho más tiempo que de costumbre y sin soñar. A Anastasia, que entró en su habitación al día siguiente a las diez, le costó gran trabajo despertarle. La criada le traía pan, y, como la víspera, algo del te que ella acostumbraba a tomar.

--¡Aun no se ha levantado!--exclamó indignada--. ¿Es posible dormir así?

Raskolnikoff se incorporó con dificultad. Le dolía la cabeza. Se puso en pie, dió una vuelta por la habitación y después se dejó caer de nuevo en el sofá.

--¡Otra vez!--gritó Anastasia--. ¿Estás malo?

El joven no respondió.

--¿Quieres tomar te?

--Más tarde--contestó penosamente, y luego cerró los ojos y se volvió del lado de la pared.

Anastasia, en pie, cerca de él, le contempló durante algún tiempo.

--Indudablemente está enfermo--dijo antes de retirarse.

A las dos volvió con la sopa. Encontró a Raskolnikoff acostado aún en el sofá. No había probado el te. La criada se incomodó y se puso a sacudir con fuerza al joven.

--¿Qué te pasa para dormir tanto?--gruñó, mirándole con desprecio.

Raskolnikoff se incorporó, pero no respondió una palabra ni levantó los ojos del suelo.

--¿Estás malo o no lo estás?

Esta pregunta no obtuvo más respuesta que la primera.

--Deberías salir--dijo ella después de una pausa--. El aire libre te sentaría bien. Vas a comer, ¿no es verdad?

--Más tarde--respondió con voz débil--; ¡vete!--y la despidió con un ademán.

La criada se detuvo un momento, miró compasivamente al joven y se marchó.

Al cabo de algunos minutos, Raskolnikoff levantó los ojos, examinó detenidamente el te y la sopa, y se puso a comer.