Part 5
Poco a poco, a la sorpresa sucedió una curiosidad, contra la cual trató al pronto de luchar, pero que acabó por ser más fuerte que su voluntad. Le entró de repente el deseo de saber qué era lo que había de extraño en la mujer aquella. Según todas las apariencias, debía ser muy joven. A pesar del calor, iba sin nada en la cabeza, sin sombrilla y sin guantes, moviendo los brazos de una manera ridícula. Llevaba al cuello un pañolito pequeño y un vestido ligero, de seda, puesto de una manera singular, mal abrochado y desgarrado por detrás, cerca de la cintura. Un pedazo flotaba a derecha e izquierda. Para colmo de rareza, la joven, muy poco firme, andaba haciendo eses. Este recuerdo acabó de excitar toda la curiosidad de Raskolnikoff, el cual se reunió con la joven en el momento que ésta llegaba al banco. La muchacha se tendió más bien que se sentó, puso la cabeza en el respaldo y cerró los ojos como una persona quebrantada por la fatiga. Al examinarla, comprendió Raskolnikoff que estaba embriagada, y la cosa le pareció tan extraña, que no podía dar crédito a sus propios ojos. Tenía ante él una carita casi infantil que apenas representaba diez y seis años, quizá solamente quince. Aquella cara, rodeada de cabellos rubios, era muy linda pero estaba como arrebatada y un poco hinchada. Parecía que la joven no tenía conciencia de sus actos. Estaba con las piernas cruzadas una sobre la otra en actitud muy poco decorosa, y todos los indicios hacían suponer que no se daba cuenta del lugar donde se hallaba.
Raskolnikoff no se sentaba ni quería irse, y permanecía en pie frente a ella, sin saber qué resolver. Era más de la una y hacía un calor insoportable; así es que la avenida, que a otras horas suele estar muy concurrida, estaba casi desierta. Sin embargo, a quince pasos de distancia se mantenía apartado, en la cuneta del paseo, un señor que evidentemente deseaba aproximarse a la joven con ciertas intenciones. También, sin duda, la había visto de lejos y puéstose a seguirla; pero la presencia de Raskolnikoff le embarazaba. Echaba, disimuladamente, es verdad, miradas irritadas a este último y esperaba con impaciencia el momento en que aquel «descamisado» le cediese el puesto. Nada más claro. El tal caballero, vestido muy elegantemente, era de unos treinta años, grueso, fuerte, de tez rojiza, de labios rosados y fino bigote. Raskolnikoff, invadido de violenta cólera, y deseoso de insultarle, se apartó un instante de la joven y se aproximó al señor.
--¡Eh, Svidrigailoff!--exclamó el joven apretando los puños y riendo sardónicamente, lo que hacía que los labios se le cubriesen de espuma.
El elegante frunció las cejas, y su fisonomía tomó un aspecto de altanero estupor.
--¿Qué significa esto?--continuó con un tono despreciativo.
--Esto significa que es preciso que se vaya con la música a otra parte.
--¿Cómo te atreves, canalla...?
Y levantó el bastón; pero Raskolnikoff, con los puños cerrados, se lanzó sobre el grueso señor, sin pensar que éste habría dado fácilmente cuenta de dos adversarios como él. Mas en aquel momento alguien asió por detrás a Raskolnikoff: era un guardia que acertó a pasar casualmente junto a ellos.
--¡Calma, señores; no se peguen ustedes en la vía pública! ¿Qué le pasa a usted? ¿Quién es usted?--preguntó severamente a Raskolnikoff, fijándose en su miserable aspecto.
Raskolnikoff miró con atención a quien le hablaba. El guardia, con sus bigotes blancos, tenía cara de soldado veterano; parecía, además, inteligente.
--De usted precisamente tenía necesidad--dijo el joven, y agarró por el brazo al guardia--. Soy un antiguo estudiante; me llamo Raskolnikoff. Usted puede también oírlo--añadió, dirigiéndose al caballero--; venga usted conmigo--y, sin soltar al guardia, le llevó hasta el banco--. Mire usted, esa joven se halla en completo estado de embriaguez; hace un momento se paseaba por la avenida; es difícil averiguar su posición social; pero no parece mujer de vida alegre. Lo más probable es que la hayan emborrachado, y abusado de ella después... ¿Comprende usted?... Luego, ebria como estaba, la han echado a la calle. Vea usted los jirones que tiene el traje; repare usted cómo lo lleva puesto; esta joven no se ha vestido por sí misma, la han vestido manos inexpertas, seguramente manos de hombre. Fíjese usted. Este buen señor, con quien quería agarrarme hace un momento, a quien no conozco, a quien veo por primera vez, advirtiendo que esta muchacha está ebria y que no tiene conciencia de nada, ha querido aprovecharse de su estado para llevarla Dios sabe adónde. Esté usted seguro de que no le engaño; he visto cómo la miraba y la seguía; pero como mi presencia le estropeaba la combinación esperaba que me marchase... Vea usted cómo se ha separado de nosotros, y con qué aire de importancia hace un cigarrillo... ¿Cómo libraremos a esta joven de sus insidias? ¿De qué modo hacer que se vuelva a su casa? Piense usted un poco en esto...
El guardia se hizo cargo inmediatamente de la situación y se puso a reflexionar. No había duda respecto a las intenciones del caballero, pero quedaba la muchacha. El soldado se inclinó hacia ella para examinarla de cerca, y en su semblante se dibujó verdadera compasión.
--¡Ah, qué desgracia!--dijo moviendo la cabeza--. Es todavía una niña. De seguro se la ha tendido un lazo. Escuche, señorita; ¿dónde vive usted?
La joven levantó pesadamente los párpados y miró a los dos hombres con expresión imbécil e hizo un gesto como para rechazarlos.
Raskolnikoff sacó del bolsillo veinte kopeks.
--Tome usted--dijo al guardia--: tome usted un coche y llévela a su casa. Sólo falta que nos dé su dirección.
--¡Señorita, eh, señorita!--dijo de nuevo el guardia, después de tomar el dinero--. Voy a buscar un coche, y yo mismo la conduciré a usted a su casa. ¿Adónde hay que llevarla? ¿Dónde vive usted?
--¡Oh Dios mío!... ¡Me prenden!--murmuró la joven con el mismo movimiento de antes.
--¡Ah! ¡Qué ignominia! ¡Qué infamia!--dijo el soldado, sintiendo a la vez piedad e indignación--. ¡Vaya un apuro!--añadió dirigiéndose a Raskolnikoff, a quien miró de nuevo de pies a cabeza.
Aquel desharrapado tan dispuesto a dar dinero, le parecía enigmático.
--¿La ha encontrado usted muy lejos de aquí?--preguntó.
--Ya le he dicho que iba delante de mí, por la avenida, tambaleándose. Apenas llegó a este banco, se dejó caer en él.
--¡Ah! ¡Qué infamias se cometen en el mundo, señor! ¡Tan joven... y borracha! ¡La han engañado, de seguro! ¡Tiene la ropa desgarrada!... ¡Oh, cuánto vicio hay en el día!... Quizá sean sus padres nobles arruinados. ¡Hay tantos ahora! Parece una señorita de buena familia.
Acaso el guardia era padre de hijas bien educadas, a las cuales pidiera tomarse por muchachas de buena familia.
--Lo esencial--dijo Raskolnikoff--es impedir que caiga en las manos de ese hombre. De fijo que el bribón no ha desistido de su propósito. ¡Allí sigue!
Al decir estas palabras, el joven levantó la voz e indicó con un ademán al caballero. Este, al oír lo que de él se decía, hizo ademán de enfadarse; pero después, pensándolo mejor, se limitó a lanzar a su enemigo una mirada despreciativa y se alejó otros diez pasos, deteniéndose de nuevo.
--No, no se saldrá con la suya ese señor--respondió con aire pensativo el guardia--; si dijese dónde vive... pero no sabiéndolo... Señorita, ¡eh! señorita--añadió dirigiéndose otra vez a la joven.
De repente, la muchacha abrió los ojos y miró atentamente, como si un rayo de luz iluminase su espíritu. Se levantó y echó a andar en dirección opuesta a la que había llevado.
--¡Vaya con los sinvergüenzas! ¡qué manera de asediar a una!--dijo extendiendo de nuevo el brazo como para apartar a alguien.
Iba de prisa; pero con paso siempre poco seguro. El elegante se puso a seguirla, aunque por el otro lado del paseo, sin perderla de vista.
--Esté usted tranquilo; repito que no se saldrá con la suya--dijo resueltamente el guardia, y partió en seguimiento de la joven--. ¡Ah! ¡cuánto vicio hay ahora!--repitió, exhalando un suspiro.
En aquel momento debió operarse un cambio tan completo como repentino en el ánimo de Raskolnikoff, porque dirigiéndose al guardia gritó:
--Escuche usted.
El interpelado se volvió.
--¡Déjela usted! ¿Por qué se ha de mezclar usted en esto? ¡que se divierta (y señalaba al elegante) si quiere! A usted, ¿qué más le da?
El soldado no comprendió este lenguaje, y miró asombrado a Raskolnikoff, que se echó a reír.
--¡Ea!--dijo el guardia agitando el brazo.
Después se alejó detrás del señor elegante y de la muchacha. Probablemente habría tomado a Raskolnikoff por un loco o por algo peor.
--Se me ha llevado mis veinte kopeks--dijo éste con cólera cuando se quedó solo--. Luego el otro le dará también dinero, le abandonará la muchacha y asunto concluído... ¡Qué idea me ha dado a mí de echármelas de bienhechor! ¿Puedo yo acaso ayudar a nadie? ¿Tengo derecho a ello? Que las gentes se devoren unas a otras, ¿qué debe importarme? ¿Y por qué me he permitido regalarle los veinte kopeks? ¿Acaso eran míos?
A pesar de sus extrañas palabras, tenía el corazón angustiado. Se sentó como anonadado en el banco. Sus pensamientos eran incoherentes. Le molestaba en aquel momento pensar en nada. Hubiera querido dormirse profundamente, olvidarlo todo, despertarse después y comenzar una nueva vida.
--¡Pobrecilla!--dijo contemplando el sitio donde poco antes había estado sentada la joven--. Cuando vuelva en sí llorará; su madre sabrá su aventura. Primero la zarandeará; después la dará latigazos para añadir la humillación a su dolor, y quizá la echará de casa... Y aun cuando no la eche, cualquier Daría Frantzovna husmeará la casa y la pobre muchacha irá rodando de una parte a otra hasta que entre en el hospital, lo que no tardará en suceder (siempre pasa lo mismo a las muchachas que hacen a escondidas esa vida, porque tienen madres muy honradas). Una vez curada, volverá a las andadas; después otra vez al hospital... las tabernas... y otra vez al hospital... Al cabo de dos o tres años de esta vida, a los diez y ocho o a los diez y nueve años, será un andrajo. ¡A cuántas que han comenzado como ésta, he visto acabar del mismo modo! Pero, ¡bah! Es necesario, se dice, que así suceda; es un tanto por ciento anual, una prima de seguro público que debe ser pagada... para garantizar el reposo de las otras. ¡Un tanto por ciento! ¡Qué lindas frases! ¡encierran algo científico que tranquiliza! Cuando se dice «tanto por ciento», no hay más que hablar; ya no hay para qué preocuparse. Con otro nombre la cosa nos preocuparía más... ¿Quién sabe si Dunetchka no está comprendida en el «tanto por ciento» del año próximo, o quizás en el de este mismo año?
»Pero, ¿a dónde me proponía ir?--pensó de repente--. Es extraño. Al salir de casa tenía un propósito. Al acabar de leer la carta salí...
»¡Ah, sí! Ya me acuerdo. Iba a la plaza de Basilio Ostroff, a casa de Razumikin. Mas, ¿para qué? ¿Cómo se me ha ocurrido la idea de visitar a Razumikin?»
No se comprendía él mismo. Razumikin era un condiscípulo suyo de Universidad. Es de advertir que, cuando Raskolnikoff asistía a las clases de Derecho vivía muy aislado; no iba a casa de ninguno de sus condiscípulos, ni recibía sus visitas. Estos, por su parte, le correspondían del mismo modo. Jamás tomaba parte ni en las reuniones ni en las bromas de los estudiantes. Se le estimaba por su ejemplar aplicación; era muy pobre, muy orgulloso y muy reservado; sus compañeros creían que Raskolnikoff los miraba desdeñosamente como si fueran chiquillos, o por lo menos seres muy inferiores a él en conocimientos, en ideas y en desarrollo intelectual.
No obstante, intimó bastante con Razumikin, o mejor dicho, se mostró con él de carácter menos cerrado que con los otros. Verdad es que el genio franco e irreflexivo de Razumikin inspiraba irresistible confianza. Era este joven en extremo alegre, expansivo y bueno hasta la candidez, lo que no impedía que tuviese otras cualidades serias. Sus compañeros más inteligentes reconocían su mérito y todos le apreciaban. No tenía pelo de tonto, aunque pareciese imbécil. A primera vista, llamaba su atención por sus cabellos negros, su rostro siempre mal afeitado, su alta estatura y su excesiva delgadez.
Calavera en ocasiones, se le tenía por un Hércules. Una noche que recorría las calles de San Petersburgo en compañía de algunos amigos, echó a rodar de un solo puñetazo a un guardia municipal que tenía dos archines y doce vechoks[9]. Podía hacer los mayores excesos de bebida, y observaba, cuando se lo proponía, la más estricta sobriedad. Si a veces cometía inexcusables locuras, procedía otras con cordura ejemplar. Lo más notable del carácter de Razumikin era que jamás se descorazonaba ni se dejaba abatir por las contrariedades. Vivía en una guardilla, soportando los horrores del frío y del hambre, sin que por ello perdiera un momento su buen humor. Muy pobre, reducido a procurarse lo necesario para su subsistencia, encontraba medio de ganarse, bien o mal, la vida, porque era sobradamente despreocupado y conocía una porción de sitios en que le era posible encontrar dinero, por supuesto, trabajando.
[9] Aproximadamente 1,88 metros.
Pasó todo un invierno sin fuego; aseguraba que éste le agradaba sobremanera porque se duerme mejor cuando se tiene frío. Ultimamente había tenido que dejar la Universidad por falta de recursos; pero confiaba en reanudar en breve sus estudios y tampoco se descuidaba en mejorar su situación pecuniaria.
Raskolnikoff no había estado en su casa desde hacía cuatro meses, y Razumikin ignoraba dónde vivía su amigo. Se habían cruzado en la calle dos meses antes; pero Raskolnikoff se pasó a la otra acera para no ser visto por Razumikin. Este reconoció a Raskolnikoff; pero, no queriendo molestarle, fingió que no le veía.
V
--En efecto, no hace mucho que me proponía ir a casa de Razumikin a fin de suplicarle que me proporcionase algunas lecciones o cualquier otro trabajo...--se decía Raskolnikoff--. Pero ahora, ¿de qué ha de servirme? supongamos que puede proporcionarme alguna lección; hasta quiero suponer también que hallándose en fondos se quede sin un kopek siquiera para facilitarme medios con que comprar unas botas y el traje decente que necesita un pasante... Bueno, ¿y después? ¿Qué hago yo con unas cuantas piataks[10]? ¿Qué resuelvo con ellos? ¡Bah! sería una necedad ir a casa de Razumikin.
[10] La piatak es una moneda de cinco kopeks, equivalente a unos cuatro centavos.
La razón de saber por qué se dirigía entonces a casa de su amigo le causaba tormento mayor de lo que a sí mismo se confesaba; ansiaba dar algún sentido siniestro a esta marcha, en apariencia la más sencilla del mundo.
--¿Es posible que en mi situación haya puesto mis esperanzas todas en Razumikin? ¿Esperaba yo realmente de él remedio?--se preguntaba con estupor.
Reflexionaba, se frotaba la frente, y de repente, después de haber puesto algún tiempo su espíritu en tortura, brotó en su cerebro una extraña idea:
--Sí, iré a casa de Razumikin; pero no ahora; iré a verle al día siguiente, cuando _aquello_ esté hecho y mis negocios tengan otro aspecto...
Apenas hubo pronunciado aquellas palabras, experimentó una brusca conmoción.
--¡Cuando _aquello_ esté hecho!--exclamó con un sobresalto que le hizo levantarse del banco en que estaba sentado--. ¿Sucederá _eso_? ¿Será posible?
Dejó el banco y se alejó con apresurado paso. Su primer movimiento fué el de dirigirse a su domicilio; mas, ¿para qué? ¡Volver a aquel aposento en que acababa de pasar más de un mes premeditando todo _aquello_! Al saltarle este pensamiento, se sintió disgustado y se puso a marchar a la ventura. Su temblor nervioso tomó un carácter febril. Se estremeció convulsivamente y, a pesar de la elevación de la temperatura, tenía frío. Casi a su pesar, cediendo a una especie de necesidad interior, se esforzaba en fijar su atención en los diversos objetos que encontraba, para librarse de la obsesión de una idea que le trastornaba. En vano trataba de distraerse; a cada instante caía en su preocupación. Cuando levantaba la cabeza dirigía sus miradas en torno suyo, y olvidaba durante un minuto lo que venía pensando y aun el lugar donde se encontraba. De este modo fué como atravesó toda la plaza de Basilio Ostroff, desembocó en el pequeño Neva, pasó el puente y llegó a las islas. El verdor y la frescura regocijaron sus ojos, acostumbrados al polvo, a la cal, a los montones de arena y de escombros. Allí nada de ahogo, de exhalaciones metíficas, ni de tabernas.
Pero pronto perdieron estas sensaciones nuevas su encanto y dieron lugar a una gran inquietud. A veces el joven se detenía delante de alguna quinta que surgía coquetonamente en medio de una vegetación riente, miraba por la verja y veía en las terrazas y balcones mujeres elegantemente vestidas o niños que correteaban por los jardines. Se fijaba principalmente en las flores; era lo que atraía más sus miradas. De tiempo en tiempo pasaban al lado de él caballeros y amazonas y soberbios carruajes; los seguía con los ojos curiosos y los olvidaba antes de que lo hubiese perdido de vista.
Se detuvo para contar el dinero que llevaba en el bolsillo, y se encontró dueño, aproximadamente, de treinta kopeks. «He dado veinte al guardia y tres a Anastasia por la carta--pensó--; por consiguiente, son cuarenta y tres o cincuenta kopeks los que dejé ayer en casa de Marmeladoff.»
Había tenido motivo para comprobar el estado de su hacienda; pero un instante después ya no se acordaba de la razón por la cual sacó el dinero del bolsillo. A poco rato se acordó de comer, al pasar delante de un figón: su estómago se lo recordaba.
Entró en la taberna, se echó al cuerpo una copa de aguardiente y tomó un bocado. El poco de aguardiente que acababa de tomar le hizo inmediatamente efecto; le pesaban las piernas y le dió sueño. Quiso volverse a su casa, pero al llegar a Petrovsky Ostroff comprendió que no podía dar un paso más. Dejó, pues, el camino, penetró en el soto y se echó en la hierba, durmiéndose en seguida.
Cuando se está algo enfermo, los sueños suelen distinguirse por su relieve extraordinario y por su asombrosa semejanza con la realidad. El cuadro es a veces monstruoso; pero la _mise en scéne_ y todo lo que pertenece a la _representación_, son, sin embargo, tan verosímiles, los detalles tan minuciosos, y ofrecen por lo imprevisto una combinación tan ingeniosa, que el soñador, aunque sea un artista como Pushkin o Turgueneff, sería incapaz, despierto, de inventarlos tan bien. Estos sueños morbosos dejan siempre un gran recuerdo, y afectan profundamente el organismo, ya quebrantado, del individuo.
Raskolnikoff tuvo un sueño horrible. Se veía niño en la pequeña ciudad en que vivía entonces con su familia. Era un día festivo, y al anochecer, se paseaba _extramuros_ acompañado de su padre. El tiempo era gris, la atmósfera pesada; los lugares exactamente tales como su memoria los recordaba; en su sueño advirtió más de un detalle de que despierto no se acordaba. Veía todo el pueblo; en los alrededores ni un solo sauce blanco; allá, muy lejos, en el confín del horizonte, un bosquecillo formaba una mancha negra. A algunos pasos del último jardín del pueblo había una gran taberna, delante de la cual no podía pasar con su padre ni una sola vez sin experimentar una desagradable impresión y un sentimiento de miedo. Siempre estaba llena de multitud de personas que charlaban, reían, se injuriaban, se pegaban o cantaban con voz ronca cosas repugnantes; por los alrededores siempre se veían hombres borrachos. Al aproximarse Rodión se arrimaba a su padre y temblaba de pies a cabeza. El camino que conducía a la taberna estaba lleno de polvo negro. A trescientos pasos de allí, este camino formaba un recodo y daba vuelta al cementerio de la ciudad. En medio del cementerio se alzaba una iglesia de piedra, cubierta de una cúpula verde, adonde iba el niño dos veces al año a oír misa con su padre y su madre cuando se celebraba el funeral por el eterno descanso de su abuela, muerta hacía mucho tiempo, y a quien no había conocido. Llevaban un pastel de arroz con una cruz encima hecha con pasas. El niño amaba esta iglesia, con sus viejas imágenes, en su mayor parte desprovistas de adornos, y su anciano capellán de cabeza temblona. Al lado de la piedra que marcaba el sitio donde reposaban los restos de la anciana, había una tumba pequeña, la del hermano mayor de Rodión, muerto a los seis meses. Tampoco le había conocido, pero se le había dicho que había tenido un hermanito; así es que cada vez que visitaba el cementerio, hacía piadosamente la señal de la cruz encima de la tumba pequeña, e inclinándose con respeto la besaba.
He aquí ahora su sueño: va con su padre por el camino del campo santo; pasan delante de la taberna; él va asido de la mano de su padre y dirige miradas tenebrosas a la odiosa casa, donde reina mayor animación que de costumbre. Hay allí muchedumbre de campesinas y de mujeres de la clase media, vestidas con sus trajes domingueros, acompañadas de sus maridos y de la hez del pueblo. Todos están ebrios y todos cantan. Delante de la puerta de la taberna hay una de esas enormes carretas que se emplean de ordinario para el transporte de mercancías y toneles de vino, a las que se suelen enganchar vigorosos caballos de gruesas patas y largas crines. A Raskolnikoff le divertía contemplar aquellos robustos animales que arrastraban pesos enormes sin la menor fatiga. Pero ahora a esa pesada carreta estaba enganchado un caballejo flaquísimo, uno de esos escuálidos rocines que los _mujiks_ acostumbran enganchar a grandes carros de madera o de heno y a los que muelen a palos, llegando hasta pegarles en los ojos y en los befos cuando las pobres bestias hacen esfuerzos para arrastrar el vehículo atascado. Este espectáculo, visto varias veces por Raskolnikoff, le llenaba los ojos de lágrimas, y su madre, en tales casos, le apartaba siempre de la ventana. De repente se promueve un gran alboroto; de la taberna salen gritando, cantando y tocando la guitarra varios _mujiks_ completamente ebrios; llevan blusas rojas y azules, y los capottes echados negligentemente sobre los hombros.
--¡Subid, subid todos!--grita todavía un hombre, de robusto cuello y de rostro carnoso, color de zanahoria--. ¡Os llevo a todos, subid!
Estas palabras provocan risas y exclamaciones.
¡Hacer el camino con semejante penco!
--Has perdido el juicio, Mikolka; ¿a quién se le ocurre enganchar ese jamelgo a semejante carro?
--De seguro que este rocín tiene más de veinte años.
--Subid, os llevo a todos--grita de nuevo Mikolka, subiendo al primer carro, y, poniéndose de pie en el pescante del vehículo, aferra las riendas--. El caballo bayo se lo llevó Madviei y este animalucho, amigos míos, es una condenación para mí, debería matarlo: no gana lo que come. Os digo que subáis, ya veréis cómo lo hago galopar. ¡Vaya si galopará!
Y al decir esto, toma el látigo, gozoso con la idea de fustigar al pobre jaco.
--¡Ea, subamos, puesto que dice que vamos a ir al galope!--dijeron, burlándose, los del grupo.
--Apuesto a que hace diez años que no galopa.
--¡Buena marcha llevará!
--No tengáis miedo, amigos míos; tomad cada uno una vara, ¡y duro!
--¡Eso, eso, se le arreará!
Trepan todos al carro de Mikolka riendo y burlándose. Han subido ya seis hombres y queda sitio todavía. Con los que han montado va una gruesa campesina, de rostro rubicundo, vestida con un traje de algodón rojo, en la cabeza una especie de gorro adornado con abalorios y va partiendo avellanas y se ríe de tiempo en tiempo. También se ríe la gente que rodea el carro, y en efecto, ¿cómo no reírse ante la idea de que semejante penco lleve al galope a tantas personas? Dos de los que están en el carro toman látigos para ayudar a Mikolka.
--¡Andando!--grita este último.