Part 4
»Te diré cómo ha pasado todo. El novio, Pedro Petrovitch Ludjin, un consejero de la Corte de Apelación, es pariente lejano de Marfa Petrovna, la cual se ha tomado mucho interés por nosotros en esta ocasión. Ella fué quien le presentó en nuestra casa. Le recibimos convenientemente, tomó café con nosotras, y al otro día nos escribió una carta muy cortés pidiéndonos la mano de tu hermana y solicitando una respuesta pronta y categórica. Es un hombre muy atareado; está en vísperas de regresar a San Petersburgo, de manera que no puede perder tiempo.
»Naturalmente, nos quedamos asombradas, puesto que no esperábamos un cambio tan brusco en nuestra situación. Un día entero hemos estado examinando el caso tu hermana y yo. Pedro Petrovitch está en buena posición; desempeña dos cargos y posee ya una considerable fortuna. Tiene, es cierto, cuarenta y cinco años; pero su aspecto es agradable y puede gustar a las mujeres. Es un hombre muy bueno; a mí me parece un poco frío y altanero. Sin embargo, estas apariencias pueden ser engañosas.
»Ya estás advertido, querido Rodia; cuando le veas en San Petersburgo, lo que sucederá pronto, no le juzgues con demasiada ligereza, ni le condenes, sin apelación, como tienes por costumbre, si por acaso a primera vista te inspira poca simpatía. Te digo esto por decírtelo, porque, en rigor, estoy persuadida de que te producirá buena impresión. Además, por regla general, para conocer a cualquiera es menester haberle tratado largo tiempo y observádole con cuidado; de lo contrario se incurre en errores que luego se rectifican difícilmente.
»Pero en lo tocante a Pedro Petrovitch, todo hace creer que es una persona muy respetable; ya en su primera visita nos ha manifestado que está por lo «positivo». Sin embargo, ha dicho, son sus propias palabras: «Participo en gran parte de las ideas de las generaciones modernas y soy enemigo de todos los prejuicios». Habló mucho más porque, según parece, es un tanto vanidoso y le enamoran sus frases; pero esto, en realidad, no constituye un grave defecto.
»Yo, es claro, no he comprendido gran cosa de lo que ha hablado, por lo cual me limitaré a comunicarte la opinión de Dunia: «Aunque de escasa instrucción--me ha dicho--, es inteligente, y parece bueno». Conoces el carácter de tu hermana, Rodia; es una joven valerosa, sensata, paciente y magnánima, aunque su corazón sea muy apasionado como he podido comprobar. De seguro que no se trata ni por parte de él ni de ella de un matrimonio por amor: pero Dunia no es tan sólo una muchacha inteligente, su alma es de nobleza angelical, su marido procurará hacerla feliz, y ella considerará como un deber el corresponderle.
»Hombre de buen entendimiento Pedro Petrovitch, debe comprender que la felicidad de su esposa será la mejor garantía de la suya. Por ejemplo, me ha parecido un poco seco; pero esto, sin duda, depende de su franqueza. En su segunda visita, cuando ya habíamos admitido su demanda, nos ha dicho que, aun antes de conocer a Dunia, estaba resuelto a no casarse más que con una joven honrada pero sin dote, y que supiese qué es la pobreza. Según él, el hombre no debe sentirse obligado a su esposa; vale más que ella vea en su marido un bienhechor.
»No son estas precisamente sus palabras; reconozco que se ha explicado en términos más delicados; pero yo sólo recuerdo el sentido de sus frases. Por lo demás, ha hablado sin premeditación; evidentemente la frase, se le ha escapado sin intención, y aun ha tratado de atenuar su crudeza. Sin embargo, he encontrado un poco dura su manera de expresarse, y así se lo he dicho a Dunia. Pero ella me ha contestado, con algo de mal humor, que las palabras no son más que palabras, y que, en último término, lo que él opina es justo. Durante la noche que ha precedido a su determinación, Dunetchka no ha podido conciliar el sueño. Creyéndome dormida se levantó de la cama para pasearse arriba y abajo de la alcoba. Por último, se puso de rodillas y, después de una larga y ferviente plegaria ante la imagen, me declaró al día siguiente por la mañana que había tomado su resolución.
»Te he dicho ya que Pedro Petrovitch debía regresar inmediatamente a San Petersburgo, donde le llamaban graves intereses y donde quiere abrir su estudio de abogado. Desde hace tiempo se ocupa en asuntos de abogacía; acaba de ganar una causa importante, y su viaje a San Petersburgo es motivado por un negocio de interés que se debe tratar en el Senado. En estas condiciones, hijo mío, está en camino de servirte mucho, y Dunia y yo hemos pensado que podrás, bajo sus auspicios, comenzar tu futura carrera. ¡Ah, si esto se realizase!
»Tan ventajoso sería para ti, que habría que atribuirlo a un favor especial de la divina Providencia.
»Dunia no piensa en otra cosa. Hemos hecho ya alguna indicación a Pedro Petrovitch, que se ha expresado con cierta reserva: «Sin duda, ha dicho, como yo tengo necesidad de un secretario, mejor le confiaría este puesto a un pariente que a un extraño, con tal de que sea capaz de desempeñarlo.» ¡Figúrate si serás tú capaz! A mí me ha parecido que teme que tus estudios universitarios te impidan ocuparte en su bufete. Por esta vez la conversación no ha pasado adelante; pero Dunia no tiene otra cosa en la cabeza; su imaginación, ya exaltada, te ve trabajando bajo la dirección de Pedro Petrovitch, y hasta asociado a sus negocios, tanto más, cuanto que sigues la misma carrera suya; yo pienso lo mismo que ella, y sus proyectos para tu porvenir me parecen muy realizables.
»A pesar de la respuesta evasiva de Pedro Petrovitch, la cual se comprende perfectamente, puesto que no te conoce, Dunia cuenta con su legítima influencia de esposa para arreglarlo todo en armonía con nuestros comunes deseos. Huelga decir que hemos procurado dar a entender a Pedro Petrovitch que tú podrías ser, andando el tiempo, su socio. Es un hombre positivo, y acaso no hubiese mirado con buenos ojos lo que hasta ahora sólo le habrá parecido un sueño.
»Quiero también decirte una cosa, querido Rodia. Por ciertas razones, que nada tienen que ver con Pedro Petrovitch, y que quizá no sean más que rarezas de vieja, creo que después de la boda debo seguir en mi casa, en vez de irme a vivir con ellos. No dudo que Pedro Petrovitch será bastante atento y delicado para instarme a que no me separe de mi hija; si hasta ahora no me lo ha insinuado, es sin duda porque cree que no se ha de hablar de una cosa que cae por su peso; pero yo tengo intención de rehusar.
»Si es posible, me estableceré cerca de vosotros, porque te advierto, querido Rodia, que he guardado lo mejor para el final. Has de saber, hijo mío, que de aquí a poco tiempo nos veremos, y podremos abrazarnos después de tres años de separación. Está decidido que Dunia y yo vayamos a San Petersburgo. ¿Cuándo? No lo sé a punto fijo; pero será bien pronto, quizá dentro de ocho días. Todo depende de Pedro Petrovitch, que nos enviará sus instrucciones cuando haya arreglado sus asuntos en ésa y apresurado la boda. A ser posible desea que el matrimonio se efectúe el carnaval, o a más tardar, después de la cuaresma de la Asunción. ¡Oh, con qué alegría te estrecharé entre mis brazos!
»Dunia está enajenada de júbilo ante la idea de volver a verte; y me ha dicho una vez bromeando que, aunque no fuese más que por esto, se casaría de buena gana con Pedro Petrovitch. ¡Es un ángel! No añade nada a esta carta, porque tendría, según ella, demasiadas cosas que contarte, y, siendo esto así, no vale la pena de escribirte unas cuantas líneas. Me encarga que te envíe cariñosísimos recuerdos de su parte. Aunque estamos en vísperas de reunirnos, pienso, sin embargo, remitirte todo el dinero que pueda. En cuanto se ha sabido que Dunetchka iba a casarse con Pedro Petrovitch, nuestro crédito ha aumentado de un modo considerable, y sé, a ciencia cierta, que Anastasio Ivanovitch está dispuesto a adelantarme sobre mi pensión hasta 70 rublos.
»Te mandaré, pues, dentro de unos días 25 o 30 rublos. Te mandaría de buena gana mayor cantidad si no temiese que llegara a faltarme dinero para el viaje. Es verdad que Pedro Petrovitch tiene la bondad de encargarse de una parte de nuestros gastos de viaje; a sus expensas nos van a proporcionar un gran cajón para empaquetar nuestros efectos; pero nosotros tenemos que pagar nuestros billetes, hasta San Petersburgo, y no es cosa de que lleguemos a esa capital sin ningún kopek.
»Dunia y yo lo hemos calculado todo; el viaje no nos saldrá muy caro. Desde nuestra casa al tren no hay más que noventa verstas, y hemos ajustado con un campesino, conocido nuestro, que nos lleve en su carro a la estación; en seguida nos meteremos muy satisfechas en un coche de tercera. En resumen: después de echar mis cuentas, son 30 rublos, y no 25, los que voy a tener el placer de remitirte.
»Ahora, mi querido Rodia, te abrazo, esperando nuestra próxima entrevista, y te envío mi bendición maternal. Quiere mucho a Dunia, a tu hermana. ¡Oh Rodia!, sabe que te quiere infinitamente más que a sí misma; págala con el mismo afecto. Ella es un ángel, y tú lo eres todo para nosotras, toda nuestra esperanza, toda nuestra futura felicidad. Con tal que tú seas dichoso, lo seremos nosotras.
»Adiós, o más bien, hasta la vista. Te beso mil veces.
»Tuya hasta la muerte.
Durante la lectura de esta carta se le saltaron varias veces las lágrimas al joven; pero cuando la hubo terminado se dibujó en su rostro, pálido y convulsivo, una amarga sonrisa. Apoyando la cabeza sobre su nauseabundo cojín, permaneció pensativo durante largo tiempo. Latíale el corazón con fuerza y sus ideas se confundían. Por último, se sintió como sofocado en aquel cuartucho amarillento que parecía un armario o un baúl. Su ser físico y moral tenía necesidad de espacio.
Tomó el sombrero y salió, sin temor esta vez a encontrar a nadie en la escalera. No pensaba en la patrona. Se dirigió hacia la plaza de Basilio Ostroff por la perspectiva V***. Andaba rápidamente como el que tiene que atender a muchos negocios importantes a la vez; pero, según costumbre, no se fijaba en nadie, murmuraba para sí y aun _monologueaba_ en alta voz, lo que asombraba a los paseantes. Algunos lo creían borracho.
IV
La carta de su madre le había impresionado extraordinariamente; pero el asunto principal de ella no le hizo vacilar ni un momento. Desde el primer instante, aun antes de acabar de leerla, tenía tomada ya su resolución.
«En tanto que yo viva no se celebrará este matrimonio; que se vaya al diablo el señor Ludjin.
»¡La cosa está bien clara!--murmuraba sonriendo, con aire de triunfo como si tuviese la clave de lo sucedido--. ¡No, madre; no, Dunia! ¡no lograréis engañarme!... ¡Y todavía se disculpan de no haberme pedido mi opinión, y por haber resuelto el asunto sin mí! ¡Ya lo creo, suponen que no es posible romper la unión proyectada! ¡Eso ya lo veremos! ¿Y qué razón es la que alegan? «Pedro Petrovitch es un hombre tan ocupado, que sólo puede casarse a toda prisa.»
»No, Dunetchka, no; lo adivino todo. Sé lo que querías comunicarme, sé también lo que pensabas durante toda la noche que has pasado paseándote por tu habitación o rezando a Nuestra Señora de Kazán, cuya imagen está en la alcoba de nuestra madre. ¡Qué penosa es la subida del Gólgota!... ¡Oh!... Está bien combinado; te casas con un hombre de negocios, muy práctico y que posee ya un capital (lo cual es de tenerse muy en cuenta), que tiene dos empleos y que participa, según mamá, de las ideas de las modernas generaciones. Dunetchka misma observa que le «parece» bueno; ¡ese _parece_ es muy significativo! Bajo la fe de una apariencia, Dunetchka va a casarse con él... ¡Admirable!... ¡Admirable!...
»Me gustaría saber por qué mi madre ha hablado en su carta de las «generaciones modernas». ¿Es sencillamente para caracterizar el personaje, o ha sido con objeto de captar mis simpatías para el señor Ludjin? ¡Vaya una estratagema! Hay una circunstancia que desearía esclarecer. ¿Hasta qué punto han sido francas, durante el día y la noche que precedieron a la resolución de Dunetchka? ¿Hubo entre ellas una explicación formal, o se comprendieron mutuamente sin tener casi necesidad de cambiar sus ideas? A juzgar por la carta, me inclinaría más bien hacia esta última suposición: mi madre le ha encontrado un poco seco, y en su candidez, ha comunicado su observación a Dunia. Pero ésta, naturalmente, se ha enfadado y respondió de _mal humor_.
»¡Lo comprendo! desde el momento en que la decisión estaba tomada, no había que volver sobre ella; la advertencia de mi madre era, por lo menos, inútil. ¿Y por qué me escribe diciéndome: «quiere a Dunia, ¡oh Rodia!, porque ella te quiere más que a sí misma»? ¿Le remordería la conciencia por haber sacrificado su hija a su hijo? «Tú eres nuestra felicidad en el porvenir, tú lo eres todo para nosotras.» ¡Oh madre mía!...
Por instantes aumentaba la indignación de Raskolnikoff, y si entonces hubiera encontrado al señor Ludjin, probablemente le habría matado.
--Es verdad--continuó, siguiendo el vuelo de los pensamientos que le hervían en la cabeza--; «es verdad que, para conocer a cualquiera, es preciso haberle tratado largamente y observádole con cuidado.» ¡Pero el señor Ludjin no es difícil de descifrar! Ante todo, es un hombre de negocios y _parece_ bueno. Aquello de «quiero proporcionaros un gran cajón» es verdaderamente chusco. ¿Cómo dudar, en vista de este rasgo tan rumboso, de su bondad? Su futura y su suegra van a ponerse en camino en el carro de un campesino sin más defensa contra la lluvia que un mal toldo... ¡Qué importa! el trayecto hasta la estación no es más que de noventa verstas; «en seguida entraremos en un coche de tercera», para recorrer mil verstas; tiene razón; es preciso cortar el traje según la tela; pero usted, señor Ludjin, ¿en qué piensa usted? Vamos a ver, ¿no se trata de su futura esposa? ¿Y cómo puede usted ignorar que para emprender semejante viaje tiene la madre que tomar un préstamo sobre su pensión? Sin duda, con el espíritu mercantil que usted posee, ha considerado que esta boda es un negocio a medias, y que, por consiguiente, cada asociado debe suministrar la parte que le corresponde; pero usted ha arrimado demasiado el ascua a su sardina; no hay paridad entre lo que cuesta un cajón y lo que cuesta el viaje.
»¿Es que no se hacen cargo de estas cosas, o que fingen no verlo? Lo cierto es que parecen contentas. Sin embargo, ¿qué frutos pueden esperarse de tales flores? Lo que me irrita en ese extraño sujeto, es más la tacañería que su proceder: el amante da señal de lo que será el marido. Y mamá, que tira el dinero por la ventana, ¿con qué llegará a San Petersburgo? Con tres rublos o tres billetitos, como decía aquella vieja... ¡Hum! ¿Con qué recursos cuenta para vivir aquí? Por ciertos indicios, ha comprendido que después del matrimonio no podrá vivir con Dunia. Alguna palabra se le ha _escapado_ a ese amable señor, que ha sido sin duda un rayo de luz para mi madre, aunque ella se esfuerce en cerrar los ojos a la evidencia.
«Tengo intención de rehusar»--me dice--; pero entonces, ¿con qué medios de existencia cuenta? ¿Con los 120 rublos de pensión, de los cuales será preciso descontar la suma prestada por Anastasio Ivanovitch? Allá en nuestro pueblo, mi pobre madre se quema los ojos haciendo toquillas de punto de lana y bordando mangas. Pero este trabajo no le da más que 20 rublos al año. Luego, a pesar de todo, pone su esperanza en los sentimientos generosos del señor Ludjin. «Me instará a que no me separe de mi hija.» ¡Sí, fíate!
»Pase por mamá; ella es así; es su modo de ser; pero, ¿y Dunia?
»Es posible que no comprenda a ese hombre. ¡Y consiente en casarse con él! Yo sé que ama mil veces más la libertad de su alma que el bienestar material. Antes que renunciar a ella, comería pan negro con un sorbo de agua; no la daría por todo el Slesvig-Holstein, cuanto más por el señor Ludjin. No, la Dunia que yo conozco no es capaz de eso, y de seguro no ha cambiado. ¿Qué quiere decir entonces? Penoso es vivir en casa de los Svidrigailoff, andar rondando de provincia en provincia, pasar toda la vida dando lecciones que producen al año 200 rublos; eso es muy duro, ciertamente; sin embargo, yo sé que mi hermana iría a trabajar a casa de un plantador de América o a la de un alemán de Lituania, antes que envilecerse, encadenando por puro interés personal su existencia a la de un hombre a quien no estima y con quien no tiene nada de común. Cargado de oro puro y de diamantes podría estar el señor Ludjin, y mi hermana no consentiría en ser la manceba legítima de ese hombre. Y siendo esto así, ¿por qué se ha resuelto a casarse? ¿Cuál es la clave de este enigma? La cosa es bastante clara; para procurarse a sí misma una posición, ni siquiera para librarse de la muerte, no se vendería jamás; pero lo hace por un ser querido, adorado. Esta es la explicación de todo el misterio: se vende por su madre, se vende por su hermano. ¡Y lo vende todo! Eso es, violentemos nuestro sentimiento moral, pongamos en público mercado nuestra libertad, nuestro reposo, nuestra misma conciencia, todo, todo... ¡Perezca nuestra vida, con tal de que los seres queridos sean felices! Hagamos más todavía, imitemos la casuística sutil de los jesuítas, transijamos con nuestros escrúpulos y persuadámonos de que es preciso proceder de este modo, que la excelencia del fin justifica los medios. Ved aquí cómo somos... esto es claro como la luz. Es evidente que en el primer término se encuentra Rodión Romanovitch Raskolnikoff. Hay que asegurarle la felicidad, suministrarle medios para terminar sus estudios universitarios, que llegue a ser el socio de Ludjin, que alcance, si es posible, la fortuna, el renombre y la gloria. ¿Y la madre? Ella no ve más que a su hijo, a su primogénito. ¿Cómo no ha de sacrificar su hija a este hijo, objeto de sus predilecciones? ¡Corazones tiernos, pero injustos!
»¡Oh! es la suerte de Sonetchka la que aceptáis... Sonetchka Marmeladoff, la eterna Sonetchka, que durará tanto como el mundo. ¿Habéis medido bien las dos la extensión de vuestro sacrificio? ¿Sabes tú, Dunetchka, hermana mía, que vivir con el señor Ludjin es ponerse al nivel de Sonetchka? «En este matrimonio no puede haber amor», escribe mi madre. Pues bien, si no puede haber amor ni estimación, sino, por el contrario, disgusto, repulsión y alejamiento, ¿en qué se diferencia este enlace del concubinato o de la prostitución? Más disculpable sería aún Sonetchka, puesto que ella se ha vendido no para procurarse el bienestar, sino porque veía la miseria y el hambre, el hambre verdadera llamar a la puerta de su casa.
»Y si llega el momento de que el peso sea superior a vuestras fuerzas, si os arrepentís de lo que habéis hecho, ¡qué dolores, qué de maldiciones, qué de lágrimas secretamente vertidas, porque vosotras no sois como Marfa Petrovna! ¿Qué sería de vuestra madre cuando viese ciertas cosas que yo preveo? Ahora está inquieta, atormentada, pero, ¿qué será cuando vea las cosas tal como son en realidad? ¿Y yo? ¿Por qué habéis pensado en mí? Yo no acepto tu sacrificio, Dunetchka, no lo acepto. Mientras yo viva, no se celebrará esa boda.»
Se detuvo, quedándose como ensimismado.
--¡Que no se celebrará! ¿Qué puedes hacer tú para impedirlo? ¿Oponer tu _veto_? ¿Con qué derecho podrías hacerlo? ¿Qué podrías ofrecer por tu parte? ¿Les prometerías consagrarles toda tu vida, todo tu porvenir, _cuando hayas terminado tus estudios_ y encontrado una colocación? Eso es lo futuro, y aquí se trata de hacer algo por el presente. ¿Y qué es lo que ahora haces? ¡Arruinarlas! ¡Obligas a una a pedir prestado sobre una pensión y a la otra a solicitar un anticipo, sobre su sueldo, a los Svidrigailoff! So pretexto de que puedes llegar a ser millonario, pretendes disponer despóticamente de su suerte; pero, ¿puedes, en la actualidad, atender a sus necesidades? Tal vez podrás hacerlo cuando hayan transcurrido diez años; pero entonces tu madre habráse quedado ciega a fuerza de trabajar y llorar, y las privaciones habrán destruído su salud. ¿Y tu hermana? Vamos, Rodión, recapacita sobre los peligros que las amenazan durante estos diez años.
Experimentaba cierto punzante placer al hacerse estas dolorosas preguntas que, en rigor, no eran nuevas para él. Desde hacía tiempo le atormentaban incesantemente exigiéndole con imperio respuestas que él no encontraba. La carta de su madre acababa de herirle como un rayo. Comprendía que era pasado ya el tiempo de las lamentaciones estériles, que no trataba ya de razonar sino de hacer algo inmediatamente, costase lo que costase; era preciso tomar una resolución cualquiera.
--¡O renunciar a la vida--exclamó--aceptando el destino tal cual es, sofocando en mi alma todas mis aspiraciones, abdicando definitivamente mi derecho a ser, a vivir, a amar!
Rodión se acordó de repente de las palabras dichas el día antes por Marmeladoff: «¿Comprende usted, comprende usted, señor, lo que significa esta frase: No tener ya adónde ir?»
Acababa de presentarse ante su espíritu un pensamiento que también se le había ocurrido la víspera, y se estremeció. No era el retorno de este pensamiento lo que le hacía temblar, pues ya sabía que había de volver y lo esperaba, sino que esta idea no era exactamente igual a la de la víspera y consistía la diferencia en lo siguiente: lo que un mes antes, y aun el día antes, no era más que un sueño, surgía entonces bajo una nueva forma espantosa, desconocida. El joven tenía conciencia de este cambio... Sentía como un zumbido en el cerebro y una nube le cubría los ojos.
Se apresuró a mirar en torno suyo, como si buscase algo. Sentía ganas de sentarse, y lo que buscaba era un banco. Se encontraba entonces en la avenida de K***. A cien pasos de distancia, en efecto, había un banco. Apresuró el paso cuanto pudo, pero durante el breve trayecto le ocurrió un incidente, que durante algunos momentos, ocupó por completo su atención. En tanto que miraba hacia el banco, reparó en una mujer que caminaba a veinte pasos de él. Al pronto no puso más atención en ella que en los diferentes objetos que encontró al paso. Le ocurría muchas veces volver a su casa sin acordarse del camino recorrido. Andaba de ordinario sin ver nada. Pero en aquella mujer se notaba algo tan extraño a primera vista, que Raskolnikoff no pudo menos de advertirlo.