Part 3
Falto de fuerzas, se dejó caer en el banco sin mirar a nadie, como si desde largo rato se hubiese olvidado del lugar en que se hallaba y de las personas que le rodeaban, y quedó absorto en la visión de fantasmas de ultratumba. Sus palabras produjeron cierta impresión; durante un momento cesó el barullo; pero bien pronto volvieron a estallar las risas, mezcladas con invectivas:
--¡Muy bien hablado!
--¡Gruñón!
--¡Charlatán!
--¡Burócrata!
--Vámonos, señor--dijo bruscamente Marmeladoff, levantando la cabeza y dirigiéndose a Raskolnikoff--; condúzcame usted al patio de la casa Kozel... Ya es tiempo de que vuelva al lado de mi mujer.
Rato hacía ya que el joven deseaba irse y se le había ocurrido ofrecer el apoyo de su brazo a Marmeladoff. Este último tenía las piernas aun menos firmes que la voz; de modo que iba casi colgado del brazo de su compañero. La distancia que tenían que recorrer era de doscientos o trescientos pasos. A medida que el borracho se acercaba a su domicilio, parecía más inquieto y preocupado.
--No es precisamente de Catalina Ivanovna de quien tengo yo ahora miedo--balbuceaba conmovido--. Ya sé que empezará por tirarme de los cabellos; pero, ¿qué me importa? Me alegro que me tire de ellos. No, no es eso lo que me espanta; lo que yo temo son sus ojos, sí, sus ojos... Temo también las manchas rojas de sus mejillas, y me da miedo además su respiración. ¿Has notado cómo respiran los que padecen esa enfermedad... cuando experimentan una emoción violenta? Temo las lágrimas de los chicos... porque si Sonia no les ha llevado algo de comer, no sé cómo se las habrán arreglado... no lo sé. A los golpes no les tengo miedo... sabe, en efecto, que, lejos de hacerme sufrir, esos golpes son un gozo para mí... Casi no puedo pasar sin ello... Sí, es mejor que me pegue, que alivie de ese modo el corazón... más vale así; pero he ahí la casa Kozel. El propietario es un cerrajero alemán, hombre rico... ¡Acompáñeme!...
Después de haber atravesado el patio se pusieron a subir al cuarto piso. Eran cerca de las once, y, aunque propiamente hablando no había aún anochecido en San Petersburgo, a medida que subían más obscura encontraban la escalera; en lo alto la obscuridad era completa.
La puertecilla ahumada que daba al descansillo estaba abierta; un cabo de vela alumbraba una pobrísima pieza de diez pasos de largo. Esta pieza, que desde el umbral se veía por completo, estaba en el mayor desorden. Había por todos lados ropas de niños. Una sábana agujereada, extendida de manera conveniente, ocultaba uno de los rincones, el más distante de la puerta; detrás de este biombo improvisado, había, probablemente, una cama. Todo el mobiliario consistía en dos sillas y un sofá de gutapercha, que tenía delante una mesa vieja, de madera de pino, sin barnizar y sin tapete. Encima de la mesa, en un candelero de hierro se consumía el cabo de vela que medio alumbraba la pieza. Marmeladoff dormía en el pasillo. La puerta que comunicaba con los otros cuartos alquilados de Amalia Ludvigovna estaba entreabierta, y se oía ruido de voces; sin duda, en aquel momento jugaban a cartas y tomaban te los inquilinos. Se percibían más de lo necesario sus gritos, sus carcajadas y sus palabras, por extremo libres y atrevidas.
Raskolnikoff reconoció en seguida a Catalina Ivanovna. Era una mujer flaca, bastante alta y bien formada, pero de aspecto muy enfermizo. Conservaba aún hermosos cabellos de color castaño y, como había dicho Marmeladoff, sus mejillas tenían manchas rojizas. Con los labios secos, oprimíase el pecho con ambas manos, y se paseaba de un lado a otro de la misérrima habitación. Su respiración era corta y desigual; los ojos le brillaban febrilmente y tenía la mirada dura e inmóvil. Iluminada por la luz moribunda del cabo de vela, su rostro de tísica producía penosa impresión. A Raskolnikoff le pareció que Catalina Ivanovna no debía tener arriba de treinta años; era, en efecto, mucho más joven que su marido... No advirtió la llegada de los dos hombres; parecía que no conservaba la facultad de ver ni la de oír.
Hacía en la habitación un calor sofocante, y subían de la escalera emanaciones infectas; sin embargo, a Catalina Ivanovna no se le había ocurrido abrir la ventana, ni cerrar la puerta. La del interior, solamente entornada, dejaba paso a una espesa humareda de tabaco, que hacía toser a la enferma; pero ella no se cuidaba de tal cosa.
La niña más pequeña, de seis años, dormía en el suelo con la cabeza apoyada en el sofá; el varoncito, un año mayor que la pequeñuela, temblaba llorando en un rincón; probablemente acababan de pegarle. La mayor, una muchachilla de nueve años, delgada y crecidita, llevaba una camisa toda rota, y echado sobre los hombros desnudos un viejo _burnus_ señoril que se le debía haber hecho dos años antes, porque al presente no le llegaba más que hasta las rodillas.
En pie, en un rincón al lado de su hermanito, había pasado el brazo, largo y delgado como una cerilla, alrededor del cuello del niño y le hablaba muy quedo, sin duda para hacerle callar. Sus grandes ojos, obscuros, abiertos por el terror, parecían aún mayores en aquella carita descarnada. Marmeladoff, en vez de entrar en el aposento, se arrodilló en la puerta; pero invitó a pasar a Raskolnikoff. La mujer, al ver un desconocido, se detuvo distraídamente ante él, tratando de explicarse su presencia. «¿Qué se le ha perdido aquí a ese hombre?»--se preguntaba. Pero en seguida supuso que el desconocido se dirigía a casa de algún otro inquilino, puesto que el cuarto de Marmeladoff era un sitio de paso. Así, pues, desentendiéndose de aquel extraño, se preparaba a abrir la puerta de comunicación, cuando de repente lanzó un grito: acababa de ver a su marido de rodillas en el umbral.
--¡Ah! ¿Al fin vuelves?--dijo, con voz en que vibrara la cólera--. ¡Infame! ¡Monstruo! A ver, ¿qué dinero llevas en los bolsillos? ¿Qué traje es éste? ¿Qué has hecho del tuyo? ¿Qué es del dinero? ¡Habla!
Se apresuró a registrarle. Lejos de oponer resistencia, Marmeladoff apartó ambos brazos para facilitar el registro de los bolsillos. No llevaba encima ni un solo kopek.
--¿Dónde está el dinero?--gritaba su esposa--. ¡Oh Dios mío! ¿Es posible que se lo haya bebido todo? ¡Doce rublos que había en el cofre!...
Acometida de un acceso de rabia agarró a su marido por los cabellos y lo arrastró violentamente a la sala. No se desmintió la paciencia de Marmeladoff: el hombre siguió dócilmente a su mujer arrastrándose de rodillas tras de ella.
--¡Si me da gusto, si no es un dolor para mí!--gritaba, dirigiéndose a su acompañante, mientras Catalina Ivanovna le zarandeaba con fuerza la cabeza; una de las veces le hizo dar con la frente un porrazo en el suelo.
La niña, que dormía, se despertó, y se echó a llorar. El muchacho, de pie en uno de los ángulos de la habitación, no pudo soportar este espectáculo, empezó a temblar y a dar gritos y se lanzó hacia su hermana; el espanto casi le produjo convulsiones. La niña mayor temblaba como la hoja en el árbol.
--¡Se lo ha bebido todo; se lo ha bebido todo!--vociferaba Catalina Ivanovna en el colmo de la desesperación--. ¡Ni siquiera conserva el traje!... ¡Y tienen hambre, tienen hambre!--repetía retorciéndose las manos y señalando a los niños--. ¡Oh vida tres veces maldita! ¿Y a usted cómo no le da vergüenza de venir aquí al salir de la taberna?--añadió volviéndose bruscamente hacia Raskolnikoff--. Has estado allí bebiendo con él, ¿no es eso? ¿Has estado allí bebiendo con él?... ¡Vete, vete!...
El joven no esperó a que se lo repitiesen, y se retiraba sin decir una palabra, en el momento que la puerta interior se abría de par en par y aparecían en el umbral muchos curiosos de mirada desvergonzada y burlona. Llevaban todos el gorro y fumaban unos en pipa y otros cigarrillos. Vestían los unos trajes de dormir, e iban otros tan ligeros de ropa que rayaba en la indecencia; algunos no habían dejado los naipes para salir. Lo que más les divertía era oír a Marmeladoff, arrastrado por los cabellos, gritar que aquello le daba gusto.
Empezaban ya los inquilinos a invadir la habitación, cuando de repente se oyó una voz irritada; era Amalia Ludvigovna en persona que, abriéndose paso a través del grupo, venía para restablecer el orden a su manera. Por centésima vez manifestó a la pobre mujer que tenía que dejar el cuarto al día siguiente.
Como es de suponer, esta despedida fué dada en términos insultantes. Raskolnikoff llevaba encima el resto del rublo que había cambiado en la taberna. Antes de salir tomó del bolsillo un puñado de cobres y, sin ser visto, puso las monedas en la repisa de la ventana; pero antes de bajar la escalera se arrepintió de su generosidad, y poco faltó para que subiese de nuevo a casa de Marmeladoff.
--¡Valiente tontería he hecho!--pensaba--. Ellos cuentan con Sonia, pero yo no cuento con nadie--. Reflexionó, sin embargo, que no podía recobrar su dinero y que aunque pudiese, no lo haría. Después de esta reflexión prosiguió su camino--. Le hace falta pomada a Sonia--continuó diciéndose con burlona sonrisa, andando ya por la calle--. La elegancia cuesta dinero... ¡Hum! Según se ve Sonia no ha sido muy afortunada hoy. La caza del hombre es como la caza de los animales silvestres; se corre el peligro de volverse uno a casa de vacío. De seguro que mañana lo pasarían mal sin mi dinero... ¡Ah! ¡Sí, Sonia! ¡La verdad es que han encontrado en ella buena vaca de leche!... Y se aprovechan bien. Esto no les preocupaba nada; se han acostumbrado ya a ello. Al principio lloriquearon un poco; después se han habituado. ¡El hombre es cobarde y se hace a todo!
Raskolnikoff se quedó pensativo.
--¡Pues bien; si he mentido--exclamó--, si el hombre no es necesariamente un cobarde, debe atropellar todos los temores y todos los prejuicios que le detienen!
III
Tarde era cuando al día siguiente se despertó tras de un sueño agitado que no le devolvió las fuerzas y aumentó, de consiguiente, su mal humor. Paseó su mirada por el aposento con ojos irritados. Aquel cuartito, de seis pies de largo, ofrecía un aspecto muy lastimoso con el empapelado amarillento lleno de polvo y destrozado; además era tan bajo, que un hombre de elevada estatura corría peligro de chocar con el techo. El mobiliario estaba en armonía con el local; tres sillas viejas más o menos desvencijadas; en un rincón, una mesa de madera pintada, en la cual había libros y cuadernos cubiertos de polvo, prueba evidente de que no se había puesto mano en ellos durante mucho tiempo, y en fin, un grande y feísimo sofá, cuya tela estaba hecha pedazos.
Este sofá, que ocupaba casi la mitad de la habitación, servía de lecho a Raskolnikoff. El joven se acostaba a menudo allí vestido y sin mantas; se echaba encima, a guisa de colcha, su viejo capote de estudiante, y convertía en almohada un cojín pequeño, bajo el cual ponía, para levantarlo, toda su ropa, limpia o sucia. Delante del sofá había una mesita.
La misantropía de Raskolnikoff armonizaba muy bien con el desaseo de su tugurio. Sentía tal aversión a todo rostro humano, que solamente el ver la criada encargada de asear el cuarto la exasperaba. Suele ocurrir esto a algunos monómanos preocupados por una idea fija.
Quince días hacía que la patrona había cortado los víveres a su pupilo y a éste no se le había ocurrido tener una explicación con ella.
En cuanto a Anastasia, cocinera y única sirvienta de la casa, no le molestaba ver al pupilo en aquella disposición de ánimo, puesto que así éste daba menos que hacer; había cesado por completo de arreglar el cuarto de Raskolnikoff y de sacudir el polvo. A lo sumo, venía una vez cada ocho días a dar una escobada. En el momento de entrar la criada el joven despertó.
--Levántate. ¿Qué te pasa para dormir así? Son las nueve; te traigo te, ¿quieres una taza? ¡Huy qué cara! ¡Pareces un cadáver!
El inquilino abrió los ojos, se desperezó y, reconociendo a Anastasia, le preguntó, haciendo un penoso esfuerzo para levantarse.
--¿Me lo envía la patrona?
--No hay cuidado que se le ocurra semejante cosa.
La sirvienta colocó delante del joven su propia tetera y puso en la mesa dos terroncitos de azúcar morena.
--Anastasia, toma este dinero--dijo Raskolnikoff sacando del bolsillo unas monedas de cobre (también se había acostado vestido)--, y haz el favor de ir a buscarme un panecillo blanco. Pásate por la salchichería y tráete un poco de embutido barato.
--En seguida te traeré el panecillo; pero en lugar de salchicha, ¿no sería mejor que tomases un poco de _chatchi_? Se hizo ayer y está muy rico. Te guardé un poco... pero como te retiraste tan tarde... Está muy bueno.
Fué a buscar el _chatchi_, y cuando Raskolnikoff se puso a comer, la sirvienta se sentó a su lado, en el sofá, y empezó a charlar como lo que era, como una campesina.
--Praskovia Pavlona quiere dar parte a la policía.
El rostro del joven se alteró.
--¡A la policía! ¿Por qué?
--Porque no le pagas ni quieres irte. Ahí tienes el por qué.
--¡Demonio, no me faltaba más que esto!--dijo entre dientes--. No podría hacerlo en peor hora para mí... Esa mujer es tonta--añadió en alta voz--. Iré a verla y le hablaré.
--Como tonta, lo es ella y lo soy yo. Pero tú, que eres inteligente, ¿por qué te estás así tendido como un asno? ¿Cómo es que no tienes nunca dinero? Según he oído decir, antes dabas lecciones. ¿Por qué ahora no haces nada?
--Sí que hago--respondió secamente y como a pesar suyo Raskolnikoff.
--¿Qué es lo que haces?
--Cierto trabajo...
--¿Qué trabajo?
--Medito--respondió seriamente después de una pausa.
Anastasia se echó a reír.
Tenía el carácter alegre; pero cuando se reía, era con risa estrepitosa que sacudía todo su cuerpo y acababa por hacerle daño.
--¿Y el pensar te proporciona mucho dinero?--preguntó cuando pudo hablar.
--No se puede ir a dar lecciones cuando no tiene uno botas que ponerse. Además, desprecio ese dinero.
--Quizás algún día te pese.
--Para lo que se gana dando lecciones... ¿Qué se puede hacer con unos cuantos kopeks?--siguió diciendo con tono agrio y dirigiéndose más bien a sí mismo que a su interlocutora.
--¿De modo que deseas adquirir de golpe la fortuna?
Raskolnikoff la miró con aire extraño, y guardó silencio durante algunos momentos.
--Sí, una fortuna--dijo luego con energía.
--¿Sabes que me das miedo? ¡Eres terrible! ¿Voy a buscarte el panecillo?
--Como quieras.
--¡Oh, se me olvidaba! Han traído una carta para ti.
--¡Una carta para mí! ¿De quién?
--No sé de quien; le he dado al cartero tres kopeks de mi bolsillo. He hecho bien, ¿no es cierto?
--¡Tráela, por amor de Dios, tráela!--exclamó Raskolnikoff muy agitado--. ¡Señor!
Un minuto después la carta estaba en sus manos.
No se había engañado; era de su madre, y traía el sello del gobierno de R... Al recibirla, no pudo menos de palidecer; hacía largo tiempo que no tenía noticias de los suyos; otra cosa, además, le oprimía violentamente el corazón en aquel momento.
--Anastasia, haz el favor de irte; ahí tienes tus tres kopeks; pero, ¡por amor de Dios!, vete en seguida.
La carta temblaba en sus manos; no quería abrirla en presencia de Anastasia, y esperó, para comenzar la lectura, a que la criada se marchase. Cuando se quedó solo, llevó vivamente el papel a sus labios y lo besó. Después se puso a contemplar atentamente la dirección reconociendo los caracteres trazados por una mano querida: era la letra fina e inclinada de su madre, la cual habíale enseñado a leer y escribir. Vacilaba como si experimentase cierto temor. Al fin rompió el sobre, la carta era muy larga: dos hojas de papel comercial escritas por ambos lados.
«Mi querido Rodia--decíale su madre--. Dos meses ha que no te escribo, y esto me hace sufrir hasta el punto de quitarme el sueño. Pero, ¿verdad que tú me perdonas mi silencio involuntario? Tú sabes cuánto te quiero. Dunia y yo no tenemos a nadie más que a ti en el mundo; tú lo eres todo para nosotras, nuestra esperanza, nuestra felicidad en el porvenir. No puedes imaginarte lo que he sufrido al saber que, al cabo de muchos meses, has tenido que dejar la Universidad, por carecer de medios de existencia, y que no tenías ni lecciones, ni recursos de ninguna especie.
»¡Cómo ayudarte con mis ciento veinte rublos de pensión al año! Los quince rublos que te mandé hace cuatro meses, se los pedí prestados, como sabes, a un comerciante de nuestra ciudad, a Anastasio Ivanovitch Vakrutchin. Es un hombre excelente y un amigo de tu padre. Pero habiéndole dado poderes para cobrar mi pensión a mi nombre, no podía mandarte nada más antes de que se reembolsara de lo que me había prestado.
»Ahora, gracias a Dios, creo que podré enviarte algún dinero; por lo demás, me apresuro a decirte que estamos en el caso de felicitarnos por nuestra fortuna. En primer lugar, una cosa que de seguro te sorprenderá: tu hermana vive conmigo desde hace seis semanas y ya no se separará de mi lado. ¡Pobre hija mía! al fin acabaron sus tormentos; pero procedamos con orden, pues quiero que sepas cómo ha pasado todo y lo que hasta aquí te habíamos ocultado.
»Hace dos meses me escribías que habías oído hablar de la triste situación en que se hallaba Dunia respecto a la familia Svidrigailoff y me pedías noticias sobre este asunto. ¿Qué podía responderte yo? Si te hubiese puesto al corriente de los hechos, lo habrías dejado todo para venir aquí, aunque hubiera sido a pie, porque con tu carácter y tus sentimientos no habrías dejado que insultasen a tu hermana. Yo estaba desesperada; ¿pero qué hacer? Tampoco conocía entonces toda la verdad. Lo malo era que Dunetchka[6], que entró el año último como institutriz en esta casa, había recibido adelantados cien rublos, que había de pagar por medio de un descuento mensual sobre sus honorarios; por esta razón ha tenido que desempeñar su cargo hasta la extinción de la deuda.
[6] Diminutivo cariñoso de Dunia.
»Esta cantidad (ahora puedo ya decírtelo, querido Rodia) se había pedido para enviarte los sesenta rublos que tanto necesitabas, y que recibiste el año pasado. Te engañamos entonces escribiéndote que aquel dinero provenía de antiguas economías reunidas por Dunetchka. No era verdad; ahora te lo confieso; porque Dios ha permitido que las cosas tomen repentinamente mejor rumbo y también para que sepas lo mucho que te quiere Dunia y el hermoso corazón que tiene.
»El hecho es que el señor Svidrigailoff comenzó por mostrarse grosero con ella; en la mesa no cesaba de molestarla con descortesías y sarcasmos... mas, ¿para qué extenderme en penosos pormenores, que no servirían más que para irritarte inútilmente, puesto que todo ello ha pasado ya? En suma, aunque tratada con muchos miramientos y bondad por Marfa Petrovna, la mujer de Svidrigailoff, y por las otras personas de la casa, Dunetchka sufría mucho, sobre todo cuando Svidrigailoff, que ha adquirido en el regimiento la costumbre de beber, estaba bajo la influencia de Baco. Menos mal si todo se hubiera limitado a esto... Pero figúrate tú que, bajo apariencias de desprecio hacia tu hermana, este insensato ocultaba una verdadera pasión por Dunia.
»Al fin se quitó la máscara; quiero decir, que hizo a Dunetchka proposiciones deshonrosas: trató de seducirla con diversas promesas declarándole que estaba dispuesto a abandonar su familia e irse a vivir con Dunia en otra ciudad o en el extranjero. ¡Figúrate los sufrimientos de tu pobre hermana! No solamente la cuestión pecuniaria, de la cual te he hablado, le impedía dejar inmediatamente el empleo, sino que además temía, procediendo de este modo, despertar las sospechas de Marfa Petrovna e introducir la discordia en la familia.
»El desenlace llegó de improviso. Marfa Petrovna sorprendió inopinadamente a su marido en el jardín, en el momento en que aquél, con sus instancias, asediaba a Dunia, y entendiendo mal la situación, atribuyó todo lo que sucedía a la pobre muchacha. Hubo entre ellos una escena terrible. La señora Svidrigailoff no quiso avenirse a razones; estuvo gritando durante una hora contra su supuesta rival; se olvidó de sí misma, hasta pegarla, y, finalmente, la envió a mi casa en la carreta de un campesino, sin dejarle tiempo aun para hacer la maleta.
»Todos los objetos de Dunia, ropa blanca, vestidos, etc., fueron metidos revueltos en la telega[7]. Llovía a cántaros, y, después de haber sufrido aquellos insultos, tuvo Dunia que caminar diez y siete verstas en compañía de un _mujik_[8], en un carro sin toldo. Considera ahora qué había de escribirte, en contestación a la carta tuya de hace dos meses. Estaba desesperada; no me atrevía a decirte la verdad, porque te habría causado una pena hondísima e irritado sobremanera. Además, Dunia me lo había prohibido. Escribirte para llenar mi carta de futesas, te aseguro que era cosa que no me sentía capaz de hacer, teniendo como tenía el corazón angustiado. A continuación de este suceso, fuimos durante un mes largo la comidilla del pueblo, hasta el extremo de que Dunia y yo no podíamos ir a la iglesia sin oír lo que, al pasar nosotras, murmuraba la gente con aire despreciativo.
[7] Carreta de aldeano.
[8] Campesino siervo.
»Todo ello por culpa de Marfa Petrovna, la cual había ido difamando a Dunia por todas partes. Conocía a mucha gente en el pueblo, y durante ese mes venía aquí diariamente. Como además es un poco charlatana y le gusta tanto hablar mal de su marido, pronto propaló la historia, no sólo por el pueblo, sino por todo el distrito. Mi salud no resistió; pero Dunetchka se mostró más fuerte: lejos de abatirse ante la calumnia, ella era quien me consolaba esforzándose en darme valor. ¡Si la hubieses visto! ¡Es un ángel!
»La misericordia divina ha puesto fin a nuestros infortunios. El señor Svidrigailoff reflexionó, sin duda, y compadecido de la joven a quien hubo antes de comprometer, puso ante los ojos de Marfa Petrovna pruebas convincentes de la inocencia de Dunia. Svidrigailoff conservaba una carta que, antes de la escena del jardín, mi hija se vió obligada a escribirle, rehusándole una cita que él le había pedido. En esta carta Dunia le echaba en cara la indignidad de su conducta respecto a su mujer, le recordaba sus deberes de padre y esposo y, por último, le hacía ver la vileza de perseguir a una joven desgraciada y sin defensa.
»Con esto no le quedó duda alguna a Marfa Petrovna de la inocencia de Dunetchka. Al día siguiente, que era domingo, vino a nuestra casa, y después de contárselo todo, abrazó a Dunia y le pidió perdón llorando. Después recorrió el pueblo, casa por casa, y en todas partes rindió espléndido homenaje a la honradez de Dunetchka y a la nobleza de sus sentimientos y conducta. No contentándose con esto, enseñaba a todo el mundo y leía en alta voz la carta autógrafa de Dunia a Svidrigailoff; hizo además sacar de ella muchas copias (lo que ya me parece excesivo). Como ves, ha rehabilitado por completo a Dunetchka, mientras el marido de Marfa Petrovna sale de esta aventura cubierto de imborrable deshonor. No puedo menos de compadecer a ese loco, tan severamente castigado.
»Has de saber, Rodia, que se ha presentado para tu hermana un partido, y que ella ha dado su consentimiento, cosa que me apresuro a comunicarte. Tú nos perdonarás a Dunia y a mí el haber tomado esta resolución sin consultarte, cuando sepas que el asunto no admitía dilaciones y que era imposible esperar, para responder, a que tú nos contestaras. Por otra parte, no estando aquí, no podías juzgar con conocimiento de causa.