El crimen y el castigo

Part 7

Chapter 74,019 wordsPublic domain

Tomó tres o cuatro cucharadas sin apetito, casi maquinalmente. El dolor de cabeza se le había calmado algo, y cuando hubo terminado su frugal comida se echó de nuevo en el sofá; pero, aunque no pudo dormir, permaneció inmóvil, con la cara hundida en la almohada. La imaginación le presentaba, sucediéndose sin cesar, los cuadros más extraños. Figurábase a veces estar en Africa; formaba parte de una caravana detenida en un oasis; altas palmeras rodeaban el campamento; los camellos reposaban de sus fatigas; los viajeros se disponían a comer. El, por su parte, apagaba la sed en el chorro de una cristalina fuente; el agua azulada y deliciosamente fresca dejaba ver en el fondo del riachuelo piedrezuelas de diversos colores y arenas de dorados reflejos.

De repente hirió sus oídos el sonido de la campana de un reloj; aquel ruido le hizo temblar, y, adquiriendo nuevamente el sentimiento de la realidad, se levantó de un salto, después de mirar a la ventana y calcular la hora que podría ser. Anduvo en seguida de puntillas, se aproximó a la puerta, la abrió suavemente y se puso a escuchar.

El corazón le latía con violencia. La escalera estaba silenciosa, parecía que todo dormía en la casa.

--¿Cómo me he dejado vencer en el momento decisivo? ¿Cómo desde ayer no he hecho nada, ni preparado nada?--se preguntaba a sí mismo, no comprendiendo su negligencia; y, sin embargo, eran quizá las seis las que acababan de dar.

A su inercia y entorpecimiento siguió bruscamente febril y extraordinaria actividad. Por otra parte, los preparativos no exigían mucho tiempo. Hacía esfuerzos para pensar en todo y no olvidarse de nada, y su corazón latía con tal fuerza que dificultaba la respiración. Primero tenía que hacer un nudo corredizo, y adaptarlo a su gabán; aquello era cosa de un minuto; buscó en la ropa que tenía debajo de la almohada una camisa vieja, sucia e inservible. Después, con trozos arrancados a esta camisa, hizo una especie de trenza de un verchot de ancha y ocho de larga. La dobló en dos partes, se quitó el gabán de verano, que era de una espesa y fuerte tela de algodón (único sobretodo que poseía), y se puso a coser interiormente, bajo el sobaco izquierdo, los dos extremos de la trenza. Al ejecutar este trabajo, le temblaban las manos; pero le quedó tan bien, que cuando volvió a ponerse el gabán no se veía el cosido por la parte de afuera. Se había proporcionado mucho tiempo antes la aguja y el hilo, y no tuvo más que sacar ambas cosas del cajón de su mesa.

En cuanto al nudo corredizo para colgar el hacha, se le había ocurrido un medio muy ingenioso, ya ideado quince días antes. Ir por la calle con un hacha en la mano, era imposible; por otra parte, ocultar el arma bajo el gabán, le obligaba a llevar continuamente la mano debajo, y esto podría llamar la atención, en tanto que con el nudo corredizo le bastaba poner en él el hierro del hacha, y quedaba suspendida bajo el sobaco todo el tiempo de la marcha, sin peligro de que cayera. Podía también impedir que se moviese sin más que oprimir la extremidad del mango con la mano metida en el bolsillo del gabán. Este era muy ancho, un verdadero saco, y la maniobra no podría ser advertida.

Hecho esto, Raskolnikoff metió el brazo bajo la otomana e introduciendo los dedos en una hendidura del suelo, sacó de aquel escondrijo el objeto empeñable de que había tenido cuidado de proveerse con anticipación. Este objeto no era más que una tableta de madera acepillada, del tamaño que suelen tener las cigarreras de plata. En uno de sus paseos el joven había encontrado por casualidad este trozo de madera en el corral de un taller de carpintería. Tomó, además, una plaquita de hierro delgada y pulimentada, pero de menos dimensiones, que había encontrado también en la calle, y después de juntar una cosa con la otra (la tabla y la placa), las ató fuertemente con un hilo, y lo envolvió todo en un trozo de papel blanco.

Este paquetito, al cual el joven había tratado de dar un aspecto todo lo elegante que le fué posible, quedó atado de manera que era muy difícil desatarlo.

Por tal medio se ocuparía momentáneamente la atención de la vieja; mientras ésta estuviese procurando deshacer el nudo, Raskolnikoff podría elegir el momento oportuno. Había juntado con la tabla la placa de hierro para que el supuesto objeto de empeño pesase más, a fin de que en el primer momento, por lo menos, la usurera no sospechase que se le pedía dinero a cambio de un pedazo de madera. Apenas Raskolnikoff acababa de guardarse el hacha en el bolsillo, cuando oyó una voz que le decía en la escalera:

--Ya hace mucho que han dado las seis.

--¡Dios mío! ¿Mucho?

Se dirigió a la puerta, aplicó el oído y se puso a bajar los treinta escalones sin hacer más ruido que un gato. Quedaba lo más importante: ir a la cocina a recoger el hacha con que se había determinado a cometer el crimen. Ya hacía tiempo que tenía pensado valerse de un hacha. Había en su casa una especie de hoz, pero este instrumento no le inspiraba confianza, y además desconfiaba de su destreza para manejarla; así fué que se decidió definitivamente por el hacha. Advirtamos a propósito de esto una particularidad singular; a medida que sus resoluciones tomaban un carácter determinado, más absurdas y horribles le parecían al joven. A pesar de la lucha desesperada que se libraba en su interior, no llegaba a admitir ni por un solo instante que acabaría por no poner en ejecución su sanguinario proyecto.

Si todos los obstáculos hubieran sido vencidos, todas las dudas disipadas, todas las dificultades allanadas, probablemente habría renunciado a su designio por absurdo, monstruoso e imposible. Pero le quedaba todavía multitud de puntos que esclarecer y de problemas que resolver. Lo de hacerse con el hacha no inquietaba en modo alguno a Raskolnikoff, porque esto era muy fácil. Anastasia no estaba casi nunca por la tarde en casa; acostumbraba salir para chismorrear con sus amigas o en las tiendas, y éste solía ser el motivo de las reprimendas de su ama.

No había más que entrar cautelosamente en la cocina cuando llegase el momento oportuno, tomar el hacha y ponerla en el mismo sitio una hora después cuando todo hubiese terminado.

Dudaba, empero, que saliese todo a medida de sus deseos.

--Supongamos--pensaba el joven--que dentro de una hora, cuando yo vuelva a dejar el hacha, haya regresado Anastasia. Naturalmente, en tal caso tendré que aguardar para entrar en la cocina a que salga la criada; ¿pero y si durante este tiempo echa de menos el hacha y se pone a buscarla? Si no la encuentra refunfuñará, y ¡quién sabe! armará un alboroto en la casa. Esto sería una circunstancia que podría ser funesta.

Sin embargo, no quería pensar en tales pormenores; además, no tenía tiempo para ello. Se preocupaba de lo más importante, decidido a desdeñar lo accesorio hasta que hubiese tomado una determinación sobre lo esencial. Esto último, empero, le parecía irrealizable. No podía imaginar que en un momento dado cesaría de pensar, se levantaría e iría allí derechamente... Aun en su reciente _ensayo_ (es decir, en la visita que había hecho para tantear el terreno), había faltado poco para que el joven hubiese ensayado seriamente. Actor sin convicción, no pudo sostener su papel y huyó indignado contra sí mismo.

No obstante, desde el punto de vista moral, la cuestión estaba resuelta. La casuística del joven, afilada como una navaja de afeitar, había cortado todas las objeciones; pero no encontrándolas en su mente se esforzaba en buscarlas fuera. Hubiérase dicho que, arrastrado por una potencia ciega, irresistible, sobrehumana, trataba desesperadamente de encontrar un punto fijo a que agarrarse. Los imprevistos accidentes de la víspera influían sobre él de una manera automática del mismo modo que el hombre a quien el engranaje de la rueda de una máquina le agarra una parte de su traje acaba por ser despedazado por la misma máquina.

La primera cuestión que le preocupaba sobremanera y en la cual había pensado muchas veces, era esta: ¿por qué se descubren tan fácilmente todos los crímenes y por qué se encuentran con tanta facilidad las huellas de casi todos los culpables?

Poco a poco llegó a diversas conclusiones muy curiosas. Según él la principal razón del hecho consistía menos en la imposibilidad material de ocultar el crimen que en la personalidad misma del criminal. Este último experimentaba en el momento de cometer el delito una diminución de la voluntad y de la inteligencia; por esta razón solía proceder con aturdimiento infantil, con ligereza fenomenal, precisamente cuando la circunspección y la prudencia le eran más necesarias.

Raskolnikoff comparaba este eclipse del juicio y este desfallecimiento de la voluntad, a una afección morbosa que se desarrolla por grados, que llega al máximum de intensidad poco antes de la perpetración del crimen, que subsistía en la misma forma durante la comisión de él y aun algunos momentos después (más o menos tiempo según los individuos) para cesar luego como cesan todas las enfermedades. Un punto no esclarecido era el de saber si la enfermedad determina el crimen o si el crimen, por su naturaleza propia, va acompañado siempre de algún fenómeno morboso; pero el joven no se sentía capaz de resolver esta cuestión.

Razonando de esta manera llegó a persuadirse de que él personalmente estaba al abrigo de semejantes trastornos morales, y de que conservaría la plenitud de su inteligencia y de su voluntad, durante la empresa, sencillamente porque «su empresa no era un crimen...» No referiremos la serie de argumentos que le habían conducido a esta última conclusión. Nos limitamos a decir que en sus preocupaciones, al lado práctico, las dificultades puramente materiales de ejecución, quedaban en el segundo término. «Que conserve yo mi presencia de espíritu, mi fuerza de voluntad, y cuando llegue el momento triunfaré de todos los obstáculos...» Pero no ponía manos a la obra. Menos que nunca creía en la persistencia final de sus resoluciones, y al sonar la hora se despertó como de un sueño.

No estaba aún al pie de la escalera cuando una circunstancia insignificante vino a desconcertarle. Llegado al descansillo en que estaba el cuarto de su patrona, encontró, como siempre, abierta de par en par la puerta de la cocina, y miró discretamente: estando ausente Anastasia, ¿no era posible que estuviese allí la patrona? Y aunque no se hallase en la cocina, ¿tendría bien cerrada la puerta de su habitación? ¿No podría verle cuando entrase por el hacha? Era necesario cerciorarse. Pero, ¡cuál no sería su estupor al ver que Anastasia, contra su costumbre, estaba en la cocina! Más todavía: que andaba muy atareada, sacando ropa del cesto y tendiéndola en unas cuerdas. Al aparecer el joven, la criada, interrumpiendo su trabajo, se volvió hacia él y no dejó de mirarle hasta que se hubo alejado.

Raskolnikoff volvió los ojos y pasó como si no se hubiera fijado en nada; pero aquélla era cosa concluída: no tenía hacha. Esta circunstancia fué para él un golpe terrible.

--¿De dónde había sacado yo--pensaba al bajar los últimos peldaños de la escalera--que precisamente en este momento había salido Anastasia? ¿Por qué se me habrá metido tal cosa en la cabeza?

Sentíase como aplastado, como anonadado. Su despecho le impulsaba a burlarse de sí mismo. Hervía en todo su ser una cólera salvaje.

Se detuvo indeciso en la puerta cochera; vagar por las calles, salir sin objeto, no le apetecía; pero aun le era más desagradable volver a subir. «¡Y pensar que he perdido para siempre tan buena ocasión!», murmuró enfrente del cuarto del _dvornik_, cuarto que estaba también abierto.

De repente se echó a temblar. En la garita del portero, a dos pasos de Raskolnikoff, debajo del banco, brillaba un hacha... El joven miró en derredor suyo. Nadie. Se aproximó suavemente al chiribitil, bajó dos escaloncitos y llamó con voz débil al _dvornik_: «Vamos, no está en su casa; pero no debe de andar lejos, porque no ha cerrado la puerta.» De pronto, como un rayo, se lanzó hacia el hacha y la sacó de debajo del banco donde estaba entre dos troncos. En seguida pasó el arma por el nudo corredizo, se metió las manos en los bolsillos y salió. Nadie le vió. «No es la inteligencia la que me ayuda, es el diablo», pensó, sonriéndose de un modo extraño. Aquella casualidad contribuyó poderosamente a darle valor.

Caminaba lenta, gravemente, temeroso de despertar sospechas. Apenas miraba a los transeuntes a fin de atraer lo menos posible la atención. De repente pensó en su sombrero. «¡Dios mío! ¡Anteayer tenía dinero y hubiera podido comprarme una gorra!» Del fondo de su alma brotó una imprecación. Una ojeada que por casualidad dirigió a una tienda donde había un reloj colgado de la pared, le hizo saber que eran ya las siete y diez. Urgía el tiempo, y, sin embargo, tenía que dar un rodeo para que no se le viese llegar de aquel lado a la casa.

Entretanto se verificaba en él un extraño fenómeno; en contra de lo que se figuraba, no sentía miedo alguno; así, en vez de preocuparse por el crimen que se disponía a cometer, otros sentimientos ajenos a su empresa ocupaban su espíritu. Al pasar por delante del jardín de Jussupoff pensaba que sería conveniente establecer en todas las plazas públicas fuentes monumentales que refrescasen la atmósfera. Luego, por una serie de transiciones insensibles, comenzó a fantasear que si al jardín de Verano se le diese toda la extensión del campo de Marte y se le añadiese el jardín del palacio Miguel, San Petersburgo ganaría con ello higiénica y artísticamente considerado.

«Del mismo modo, sin duda, las personas que son conducidas al suplicio se fijan en todos los objetos que encuentran en el camino.» Se le ocurrió esta idea; pero se apresuró a desecharla. En tanto se aproximó: vió la casa, vió la puerta. De repente oyó que un reloj daba una sola campanada. «¡Cómo! ¿Serán ya las siete y media? ¡Imposible! Ese reloj adelanta.»

También esta vez la casualidad sirvió a Raskolnikoff. Como si lo hubiera hecho a propósito, en el momento mismo en que llegaba frente a la casa, entraba por la puerta cochera una enorme carreta cargada de heno. El joven pudo franquear el umbral sin ser visto, deslizándose por el espacio que quedaba entre la carreta y la pared. Cuando estuvo en el patio, tomó rápidamente por la derecha. Del otro lado de la carreta disputaban algunos hombres. Raskolnikoff les oía gritar pero ninguno se fijó en él ni él por su parte encontró a nadie. Muchas de las ventanas que daban a aquel inmenso patio cuadrado estaban abiertas: sin embargo, no levantó la cabeza. Su primer movimiento fué ganar la escalera de la vieja que era la de la derecha.

Conteniendo la respiración y con la mano apoyada en el corazón para comprimir sus latidos, se puso a subir los peldaños, cerciorándose antes de que el hacha estaba bien sujeta por el nudo corredizo. A cada minuto se paraba a escuchar; pero la escalera estaba completamente desierta y todas las puertas cerradas. En el segundo piso había un cuarto desalquilado, que estaba abierto, y en donde trabajaban algunos pintores; pero éstos no vieron a Raskolnikoff, que se detuvo un instante para reflexionar, y luego continuó subiendo. «Mejor hubiera sido que no estuviesen; pero por encima de ellos, hay todavía dos pisos.»

Llegó al cuarto piso sin encontrarse con nadie, y se halló ante la puerta de Alena Ivanovna, donde volvió a detenerse para reflexionar. El cuarto de enfrente estaba desocupado. En el tercero, la habitación situada precisamente por debajo de la de la vieja, se hallaba también vacía, según todas las apariencias: la tarjeta que antes había en la puerta, no estaba: los inquilinos se habían ido... Raskolnikoff se ahogaba. Vaciló un momento. «¿No sería mejor que me fuera?» Pero sin responder a esa pregunta, se puso a escuchar; no oyó ningún ruido en casa de la vieja; en la escalera el mismo silencio. Después de haber estado escuchando largo rato, el joven echó una mirada en torno suyo y tentó nuevamente su hacha. «¿No estaré demasiado pálido?--pensó--. ¿No se notará mi agitación? Esa mujer es muy desconfiada. Debiera esperar a que se calmase mi emoción.»

Pero, lejos de calmarse, eran cada vez más violentas las pulsaciones del corazón del joven. No pudo contenerse más, y extendiendo lentamente la mano hacia el cordón de la campanilla, tiró de él. Al cabo de medio minuto llamó de nuevo, con más fuerza. Ninguna respuesta; llamar violentamente hubiera sido inútil y hasta imprudente. La vieja de seguro estaba en su casa; pero como era desconfiada, debía serlo más en este momento en que se encontraba sola. Raskolnikoff conocía en parte las costumbres de Alena Ivanovna. De nuevo aplicó el oído a la puerta. Su excitación desarrollaba en él una agudeza particular de sensaciones (lo que en general es difícil de admitir), o en rigor el ruido era fácilmente perceptible.

Sea como fuere, le pareció oír que una mano se apoyaba con precaución en la cerradura, escuchaba, esforzándose por disimular su presencia. No queriendo parecer que se ocultaba, el joven llamó por tercera vez pero suavemente para no denunciar su impaciencia. Aquel instante dejó a Raskolnikoff un recuerdo imborrable. Cuando después pensaba en ello, no acertaba a explicarse cómo había podido desplegar tanta astucia precisamente en el momento en que su emoción era tal que le quitaba el uso de sus facultades intelectuales y físicas. Al cabo de un instante oyó que descorrían el cerrojo.

VII

Lo mismo que en su visita anterior, Raskolnikoff vió entreabrirse la puerta lentamente y por la estrecha abertura dos ojos muy brillantes que se fijaban en él con expresión de desconfianza. Entonces le abandonó su sangre fría y cometió una falta que hubiera podido dar al traste con todo.

Temiendo que Alena Ivanovna tuviese miedo de encontrarse sola con un visitante de aspecto poco tranquilizador, tiró de la puerta con violencia hacia sí para que la vieja no procurase cerrarla. La usurera no intentó siquiera hacerlo, pero no quitó la mano de la cerradura, de manera que faltó poco para que cayera de bruces en el descansillo, hacia donde se abría la puerta. Como Alena Ivanovna permanecía de pie en el umbral para no dejar el paso libre, el joven avanzó hacia ella. Aterrada la vieja dió un salto hacia atrás; pero no pudo pronunciar una palabra y miró a Raskolnikoff abriendo los ojos desmesuradamente.

--Buenas tardes, Alena Ivanovna--dijo él con el tono más natural que pudo; pero en vano trataba de fingir; su voz era entrecortada y temblorosa--; traigo un objeto, pero entremos: para examinarlo hay que verlo a la luz...

Y sin esperar a que se le dijera que pasase, penetró en la habitación. La vieja se le acercó vivamente; ya se le había desanudado la lengua.

--¡Señor!... ¿Qué quiere usted, quién es usted, qué se le ofrece?

--¡Vamos, Alena Ivanovna!; usted me conoce muy bien... Raskolnikoff; tenga usted paciencia. Vengo a empeñar esta alhaja de la que le hablé el otro día--y le alargó el paquete.

Alena Ivanovna iba a examinarlo, cuando de repente cambió de idea, y levantando los ojos dirigió una mirada penetrante, irritada y desconfiada sobre aquel importuno que se le metía en casa con tan poca ceremonia. Raskolnikoff hasta creyó advertir cierta especie de burla en los ojos de la vieja, como si ésta lo hubiese adivinado todo. Se daba cuenta el joven de que perdía la serenidad, de que tenía casi miedo, de que si aquella muda investigación se prolongaba medio minuto, iba, sin duda, a echar a correr.

--¿Por qué me mira usted de ese modo, como si no me conociese?--dijo irritándose a su vez--. Si usted quiere eso, lo toma, si no, lo deja; iré a otra parte con ello; es inútil que me haga usted perder el tiempo.

Se le escaparon estas palabras sin que las hubiera premeditado.

El lenguaje resuelto del visitante tranquilizó a la usurera.

--¿Qué prisa hay, _batuchka_? ¿Qué es eso?--preguntó mirando el paquete.

--Una cigarrera de plata; ya se lo dije a usted la otra tarde.

La vieja extendió la mano.

--¡Qué pálido está usted! ¿Está usted malo, _batuchka_?

--Tengo fiebre--respondió con voz brusca--. ¿Cómo no he de estar pálido?... Cuando uno no tiene que comer...--acabó de decir, no sin esfuerzo--, le abandonan las fuerzas de nuevo.

La respuesta parecía verosímil; la vieja tomó el paquete.

--¿Qué es esto?--preguntó por segunda vez, y tanteando el peso de la prenda, miró fijamente a su interlocutor.

--Una petaca de plata... mírela usted.

--Cualquiera diría que no es plata... ¡Oh, cómo la han atado!

En tanto que Alena Ivanovna hacía esfuerzos por desatar el hilo, se había aproximado a la luz. (Todas las ventanas estaban cerradas, a pesar del calor sofocante que hacía.) En esta posición daba la espalda a Raskolnikoff, y durante algunos segundos no se ocupó en él. El joven se desabrochó el gabán y separó el hacha del nudo corredizo; pero sin sacarla todavía, se limitó a tenerla con la mano derecha debajo del sobretodo. Sentía una terrible debilidad en todos sus miembros. Comprendía que cada instante que pasaba su debilidad iba en aumento; temía que se le escapase el hacha de la mano, y le parecía que todo le daba vueltas en su derredor.

--¿Pero qué hay aquí dentro?--gritó coléricamente Alena Ivanovna, e hizo un movimiento en dirección a Raskolnikoff.

No había tiempo que perder. Sacó el joven el hacha de debajo del gabán, la levantó con las dos manos casi maquinalmente, porque no tenía fuerzas, y la dejó caer sobre la cabeza de la vieja. De repente, en cuanto hubo dado el golpe, sintió Raskolnikoff que recobraba toda su energía física.

Alena Ivanovna, como de costumbre, no llevaba nada en la cabeza. Sus cabellos, grises y escasos, y, como siempre, untados de aceite, recogíalos, formando trenzas en la nuca con un trozo de peineta de cuerno. El golpe dió precisamente en la coronilla, a lo cual contribuyó la escasa estatura de la víctima. La usurera lanzó un grito débil y cayó desplomada teniendo, sin embargo, todavía fuerzas para llevarse los brazos a la cabeza. En una de las manos conservaba la «prenda». Entonces Raskolnikoff que, como hemos dicho, había recobrado todo su vigor, asestó dos nuevos hachazos en el occipucio de la vieja. La sangre brotó a chorros y el cuerpo quedó exánime. El joven se echó hacia atrás y en cuanto vió a la anciana sin movimiento se inclinó para mirarla: estaba muerta; los ojos, desmesuradamente abiertos, parecían salirse de las órbitas, y las convulsiones de la agonía daban a su rostro la expresión de una horrible mueca.

El asesino dejó el hacha en el suelo e inmediatamente se puso a registrar el cadáver, tomando todo género de precauciones para no mancharse de sangre. Se acordaba de haber visto la última vez a Alena Ivanovna buscar las llaves en el bolsillo derecho de su vestido. Se hallaba en plena posesión de su inteligencia. No experimentaba ni aturdimiento ni vértigos; pero seguían temblándole las manos. Más tarde recordó que había sido muy prudente, y que había puesto mucho cuidado en no mancharse. No tardó en encontrar las llaves. Como el día anterior, estaban todas reunidas en una anilla de acero.

Después de haberse apoderado de ellas, Raskolnikoff entró en la alcoba. Era ésta muy pequeña, y había en ella un estante lleno de imágenes piadosa; en el otro lado una gran cama muy limpia con una colcha de seda almohadillada y hecha de pedazos cosidos. En la otra pared una cómoda. Cosa extraña; apenas hubo comenzado el joven a servirse de las llaves para abrir este mueble, le recorrió todo el cuerpo un escalofrío. Estuvo tentado de renunciar a todo y marcharse; pero esta idea duró sólo un momento; era demasiado tarde para retroceder.