El crimen y el castigo

Part 32

Chapter 323,994 wordsPublic domain

Amalia Ivanovna tomó también súbita importancia a los ojos de Catalina Ivanovna; ésta delegó en ella, cuando se fué al entierro, todos sus poderes, y la señora Lippevechzel se mostró digna de esta confianza. Ella fué, en efecto, quien se encargó de preparar la mesa y de suministrar el servicio de la misma. Claro es que la vajilla, los vasos, las tazas, los tenedores, los cuchillos, prestados por los diversos inquilinos, mostraban en su rica variedad sus diversos orígenes; pero en aquel momento cada cosa estaba en su puesto. Cuando volvió a la casa mortuoria, Catalina Ivanovna pudo advertir una expresión de triunfo en el rostro de la patrona. Orgullosa de haber cumplido tan bien su misión, aquélla se pavoneaba con su traje de duelo completamente nuevo, y su gorrito adornado con lazos. Este orgullo, por legítimo que fuese, no agradó a la viuda: «¡Como si verdaderamente no se hubiera podido poner la mesa sin Amalia Ivanovna!» El gorrito con sus lazos flamantes también le disgustó: «¡Vaya con la tonta alemana esta que no hace más que estorbar!... ¡Se ha dignado, por bondad de alma! ¡Habráse visto! En casa del padre de Catalina Ivanovna, que era coronel, había algunas veces cuarenta personas a comer, y no se hubiera recibido ni aun para el servicio, a una Amalia Ivanovna, o, mejor dicho, Ludvigovna.» La viuda de Marmeladoff no quiso manifestar entonces sus sentimientos; pero se prometió no quedarse con esta impertinencia en el cuerpo.

Otra circunstancia contribuyó también a irritar a Catalina Ivanovna: a excepción del polaco que fué hasta el cementerio, casi ninguno de los invitados acompañó el cadáver hasta su última morada; por el contrario, cuando se trató de sentarse a la mesa, se vió llegar todo lo que había de más pobre y de menos recomendable entre los inquilinos; algunos se presentaron en traje más que descuidado. Los que estaban un poco limpios se habían dado palabra para no venir comenzando por Ludjin, el más distinguido de todos ellos. Sin embargo, el día anterior, por la noche, Catalina Ivanovna había cantado las excelencias de él a todo el mundo, es decir, a la patrona, a Poletchka, a Sonia y al polaco. Era, según aseguraban, un hombre muy noble y muy bueno; además de esto, era inmensamente rico y estaba muy bien relacionado. Afirmaba que había sido amigo de su primer marido, y frecuentado también en otro tiempo la casa de su padre. Aseguraba, además, que había prometido emplear toda su influencia para conseguirle una pensión importante.

Raskolnikoff se presentó cuando acababan de llegar del cementerio. Catalina Ivanovna quedó encantada al verle, en primer lugar, porque, de todas las personas presentes, era el único hombre culto (lo presentó a todos los invitados, diciendo que dentro de dos años sería catedrático de la Universidad de San Petersburgo), y además, por haberse excusado respetuosamente de no haber podido, a pesar de sus deseos, asistir a las exequias. La viuda se apresuró a hacerle sentar a su izquierda, teniendo ya a Amalia Ivanovna sentada a su derecha, y entabló a media voz con el joven una conversación tan seguida como se lo permitían sus deberes de dueña de casa.

Su enfermedad había tomado desde hacía dos días un carácter más alarmante que nunca, y la tos, que le desgarraba el pecho, le impedía a menudo terminar las frases. Sin embargo, se consideraba feliz por tener a quien confiar la indignación que experimentaba ante aquel concurso de figuras grotescas. Al principio, su cólera se manifestaba en las burlas que dirigía a los invitados y, sobre todo, a la propietaria.

--Todo ello es por culpa de esa imbécil. Ya sabe usted de quién hablo--y Catalina Ivanovna mostró con un movimiento de cabeza a la patrona--. Mírela usted cómo abre los ojos; adivina que hablamos de ella; pero no puede comprender lo que decimos; ahí tiene usted por qué pone esos ojos de besugo. ¡Ah, qué coqueta!... ¡Ja, ja, ja! ¿Qué idea le ha dado de ponerse ese bonete? ¡Ja, ja, ja! Quiere hacer creer a todo el mundo que me honra mucho sentándose a mi mesa. Le había suplicado que invitase a las personas más distinguidas, y con preferencia a aquellas que habían conocido al difunto, y mire usted qué colección de desharrapados y de perdidos ha reclutado. Fíjese usted: aquél no se ha lavado, da asco; ¿y esos desgraciados polacos?... ¡Ah, ah! ¡Je, je, je! Aquí nadie los conoce, y yo los veo por primera vez. Dígame usted: ¿Por qué han venido? Ahí están como una ristra de cebollas. ¡Eh!--gritó a uno de ellos--. ¿Ha tomado usted _blines_? Tome usted más; beba usted cerveza. ¿Quiere usted aguardiente? Mire, mire, se ha levantado para saludarme. Son, sin duda, pobres diablos muertos de hambre. Todo les es igual con tal de comer. Por lo menos no hacen ruido; pero yo estoy temblando por los cubiertos de la patrona--dijo casi en voz alta, dirigiéndose a Amalia Ivanovna--. Si por acaso roban sus cucharas, le prevengo que yo de nada respondo.

Después de esta satisfacción dada a sus sentimientos, volviéndose hacia Raskolnikoff, dijo, burlándose y mostrando a la patrona:

--¡Ah, ah, ah! No entiende una palabra; ahí se está con la boca abierta. Fíjese usted; es una verdadera lechuza; una lechuza con lazos de colores. ¡Ja, ja, ja!

La risa acabó con un acceso de tos que duró cinco minutos, se llevó el pañuelo a los labios y después se lo enseñó silenciosamente a Raskolnikoff: estaba manchado de sangre. Gotas de sudor perlaban su frente; sus pómulos se coloreaban de rojo, y cada vez respiraba con mayor dificultad; sin embargo, continuó hablando en voz baja con animación extraordinaria.

--Le habían confiado el encargo muy delicado, es verdad, de invitar a esa señora y a su hija. Ya sabe usted a quienes me refiero. Era preciso proceder en esto con bastante tacto... Pues bien, se ha arreglado de modo que esa imbécil forastera, esa provinciana, que ha venido aquí a solicitar una pensión como viuda de un mayor, y que, de la mañana a la noche, anda recorriendo las Cancillerías con dos dedos de colorete en la cara, y eso que tiene cincuenta años muy corridos... esa remilgada ha rehusado mi invitación, sin excusarse siquiera, como la más vulgar cortesía exige en un caso como éste. No acierto a explicarme cómo es que no haya venido tampoco Pedro Petrovitch. Pero, ¿dónde está Sonia? ¿qué es de ella? ¡Ah! Ahí está. ¿Dónde te habías metido, Sonia? Es extraño que en un día como éste hayas sido tan poco exacta. Rodión Romanovitch, déjela usted colocarse a su lado, ése es tu sitio, Sonia; toma lo que quieras. Te recomiendo el _kabial_, está bueno. Ahora te traerán las _blines_. ¿No se ha dado de ellas a los niños? Que no se os olvide, Poletchka. Vamos, está bien. Sé formal, Lena; y tú, Kolia, deja quietecitas las piernas. Eso es; así debe de estar un niño bien educado. ¿Y qué me cuentas, Sonetchka?

Sonia se apresuró a decir a su madrastra las excusas de Pedro Petrovitch, esforzándose en hablar alto para que todos pudieran oírle. No contenta con reproducir las fórmulas corteses de que Ludjin se había servido, procuró por su parte amplificarlas. Pedro Petrovitch--añadió--le había encargado decir a Catalina Ivanovna que vendría tan pronto como le fuese posible, para hablar de _negocios_ y entenderse con ella acerca de la marcha que debía seguir ulteriormente, etcétera, etc.

Sonia sabía que con esto tranquilizaría a su madrastra, y, sobre todo, que halagaría su amor propio. La joven se sentó al lado de Raskolnikoff, a quien saludó apresuradamente echándole una rápida y curiosa mirada; pero durante el resto de la comida evitó mirarle y aun dirigirle la palabra. Parecía distraída, aunque tenía los ojos fijos en el rostro de Catalina Ivanovna para adivinar sus deseos. Después de haber escuchado con complacencia el relato de Sonia, la viuda preguntó con aire de importancia por la salud de Pedro Petrovitch; en seguida, sin inquietarse demasiado de que pudieran oírla los invitados, hizo observar a Raskolnikoff que un hombre tan respetable y distinguido hubiese estado fuera de su centro en semejante reunión. Se explicaba que no hubiese venido, a pesar de las antiguas relaciones que le unían a su familia.

--He aquí por qué, Rodión Romanovitch, agradezco tanto que no haya usted desdeñado mi hospitalidad; por lo demás--añadió--, convencida estoy de que solamente la amistad de usted con mi pobre difunto es lo que ha decidido a cumplirme su palabra.

Raskolnikoff escuchaba en silencio. Se encontraba a disgusto. Unicamente por cortesía y consideración a Catalina Ivanovna probaba la comida, que la propia viuda le acercaba a la boca.

El joven tenía los ojos fijos en Sonia. Esta, cada vez más pensativa, seguía con inquietud los progresos de la exasperación de su madrastra, que había comenzado a burlarse de sus huéspedes, presintiendo que la comida acabaría mal, porque, entre otras cosas, Sonia sabía que era ella la causa principal de que las dos provincianas hubieran rehusado la invitación. Amalia Ivanovna habíale dicho que cuando fué a invitar a las dos señoras, la madre, muy resentida, había exclamado que cómo podría permitir ella que su hija se sentase al lado de aquella... _señorita_. Sospechaba la joven que su madrastra tenía ya noticia de aquel insulto. Esta injuria a Sonia era para Catalina Ivanovna peor que una afrenta hecha a ella, a sus hijos, o a la memoria de su padre; era un mortal ultraje. Sonia adivinaba que a Catalina Ivanovna sólo le importaba en aquel momento probar a aquellas imbéciles que ambas eran... Precisamente un convidado, sentado en el otro extremo de la mesa, dió a Sonia un plato, con dos corazones de migas de pan atravesados por una flecha. Catalina Ivanovna declaró en seguida, con voz sonora, que el autor de aquella burla era, de seguro, un «asno borracho».

Acto seguido anunció su propósito de retirarse en cuanto hubiera obtenido una pensión, a fundar en T***, su ciudad natal, una casa de educación para hijas de nobles. De repente mostró aquel certificado del cual había hablado Marmeladoff cuando su encuentro con Rodia en la taberna. En las circunstancias presentes, tal documento debía establecer el derecho de Catalina Ivanovna a abrir un pensionado; pero lo había sacado con objeto de confundir a las dos «presumidas», y si éstas hubiesen aceptado su invitación, les hubiera demostrado con pruebas convincentes, que «la hija de un coronel, la descendiente de una familia noble y aristocrática, valía mucho más que las buscadoras de aventuras, cuyo número aumenta cada día». El certificado dió pronto la vuelta en derredor de la mesa; los convidados, ya a medios pelos, se lo pasaban de mano en mano, sin que Catalina Ivanovna se opusiese a ello, porque aquel papel la designaba, con todas sus letras, como hija de un consejero de Corte, lo que la autorizaba, aproximadamente, a considerarse como hija de un coronel.

Extendióse después la viuda en enumerar los encantos de la existencia feliz y tranquila que se prometía pasar en T***. Buscaría el concurso de los profesores del Gimnasio, entre los cuales se encontraba un anciano respetable, el señor Mangot, que le había enseñado en otros tiempos el francés; este señor no vacilaría en dar lecciones en su pensionado, y sería módico en sus honorarios. Por último, anunció la intención de llevarse a Sonia a T*** y de confiarle la dirección de su establecimiento. Al oír estas palabras, uno de los comensales se echó a reír.

Catalina Ivanovna fingió no haberlo oído, pero levantando la voz dijo que Sonia Semenovna poseía cuantas cualidades son menester para secundarla en su tarea. Después de haber elogiado la dulzura de la joven, su paciencia, su abnegación, su cultura intelectual y su nobleza de sentimientos, le dió suavemente unos golpecitos en la mejilla y la besó dos veces seguidas con efusión. Sonia se ruborizó, y Catalina Ivanovna prorrumpió en llanto.

--Tengo los nervios muy excitados--dijo como para excusarse--y estoy muy fatigada. La comida ha acabado, se va a servir el te.

Amalia Ivanovna, muy contrariada por no haber podido meter baza en la conversación precedente, eligió aquel momento para aventurar una nueva tentativa, e hizo observar muy juiciosamente a la futura directora de un pensionado, que «debería conceder mucha atención a la ropa interior de las pensionistas e impedir que leyeran novelas durante la noche». El cansancio y la irritación hacían a Catalina Ivanovna poco tolerante; así es que tomó muy a mal aquellos sabios consejos; a creerla a ella, la patrona no entendía una palabra de lo que estaba hablando. «En un pensionado de señoritas nobles, el cuidado de la ropa blanca correspondía a la mujer encargada de ese servicio, y no a la directora del establecimiento. En cuanto a la observación relativa a la lectura de las novelas, era sencillamente una inconveniencia.» Catalina Ivanovna suplicaba a la patrona que callase.

En lugar de acceder a esta súplica, Amalia Ivanovna respondió con acritud que «no había hablado más que por su bien»; que había tenido siempre las mejores intenciones, y que, desde hacía largo tiempo, Catalina Ivanovna no le pagaba un kopek.

--¡Miente usted hablando de buenas intenciones!--replicó la viuda--. Ayer, sin ir más lejos, cuando mi esposo estaba de cuerpo presente, vino usted a armar un escándalo a propósito de mis atrasos, y por causa suya no han venido ciertas señoras...

Al oír esto la patrona observó con mucha lógica que ella «había invitado a aquellas señoras, pero no habían venido porque eran nobles y no podían ir a casa de una señora que no lo era». A lo cual su interlocutora contestó «que una cocinera no tenía criterio para juzgar de la verdadera nobleza».

Herida Amalia Ivanovna en lo vivo replicó «que su _vater_[17] era un hombre muy importante en Berlín que se paseaba constantemente con las manos en los bolsillos y hacía siempre ¡puf! ¡puf!» Para dar una idea más exacta de su _vater_, la señora Lippevechzel se levantó, se metió las manos en los bolsillos e inflando los carrillos se puso a imitar el ruido de un fuelle de fragua. Aquello provocó una carcajada general entre los inquilinos que, con la esperanza de una batalla entre las dos mujeres, se complacían en azuzar a Amalia Ivanovna. La viuda de Marmeladoff, no pudiendo contenerse más, declaró en voz muy alta que «Amalia Ivanovna quizá no había tenido nunca _vater_, que era sencillamente una finlandesa de San Petersburgo, que había debido ser en otro tiempo cocinera, o tal vez algo más bajo». Respuesta furiosa de la patrona: «Acaso era Catalina Ivanovna la que no había tenido _vater_. En cuanto a ella, su padre era un berlinés que usaba levitas muy largas y que hacía constantemente ¡puf! ¡puf!» Catalina Ivanovna respondió con tono despreciativo que «su nacimiento era conocido de todo el mundo, y que aquel mismo certificado honorífico en caracteres impresos, la designaba como hija de un coronel, y que, en cambio, Amalia Ivanovna (en el supuesto de que hubiese tenido padre conocido), debía ser hija de algún vendedor de leche finlandés; pero, según todas las apariencias, era hospiciana, puesto que no sabía aún cuál era su nombre patronímico, si se llamaba Amalia Ivanovna o Amalia Ludvigovna». La patrona, fuera de sí, gritó, dando puñetazos sobre la mesa, «que ella era Ivanovna y no Ludvigovna; que su padre se llamaba Juan, y que había sido alcalde, cosa que no fué nunca el padre de Catalina Ivanovna». Al oír tales palabras se levantó ésta, y con voz tranquila, desmentida por la palidez de su rostro y por la agitación de su pecho, dijo:

[17] Padre, en alemán.

--Si usted se atreve otra vez a poner en parangón a su miserable _vater_ con mi padre, le arranco el gorro y lo pisoteo.

Amalia Ivanovna, ante su amenaza, empezó a correr por la habitación, gritando con todas sus fuerzas que ella era la propietaria y que Catalina Ivanovna se marcharía de su casa al instante. Después se apresuró a recoger los cubiertos de plata que estaban sobre la mesa. A esto siguió una confusión y un barullo indescriptible; los chiquillos se echaron a llorar; Sonia se abalanzó a su madrastra para impedir que hiciese un disparate, pero como Amalia Ivanovna hubiese lanzado en alta voz una alusión a la _cartilla amarilla_, Catalina Ivanovna rechazó a la joven y se fué derecha a la patrona, decidida a arrancarle el moño.

Mas en aquel momento se abrió la puerta y apareció Pedro Petrovitch Ludjin.

El funcionario dirigió una mirada severa a todos los presentes y Catalina Ivanovna corrió hacia él.

III

--¡Pedro Petrovitch!--gritó--. ¡Protéjame usted! Haga comprender a esta imbécil que no tiene derecho para hablar así a una señora noble y desgraciada; que eso no está permitido. Me quejaré al gobernador general... y esa mujer tendrá que responder ante él de lo que ha dicho. En nombre de la hospitalidad que usted recibió de mi padre, venga en ayuda de mis huérfanos.

--Permítame usted, señora... permítame usted--dijo Pedro Petrovitch apartando con un ademán a la solicitante--. Como usted sabe muy bien, no he tenido el honor de conocer a su padre... Permítame usted, señora (uno de los comensales se echó a reír ruidosamente); no pienso tomar parte en las continuas reyertas de usted con Amalia Ivanovna... Vengo aquí por un asunto personal... Deseo tener inmediatamente una explicación con su hijastra de usted, Sonia... Semenovna... ¿no es ése su nombre? Permítame usted que entre...

Y apartándose de Catalina Ivanovna, Pedro Petrovitch se dirigió al rincón de la sala en que se encontraba Sonia.

La viuda se quedó como clavada en su sitio. No podía comprender que Pedro Petrovitch negase haber sido huésped de su padre. Aquella hospitalidad, que no existía más que en su imaginación, se había convertido para ella en artículo de fe. Lo que principalmente la impresionó, fué el tono seco, altanero, y hasta amenazador de Ludjin. Al aparecer este último se restableció el silencio poco a poco. El pulcro y severo traje del hombre de leyes formaba contraste con la sordidez de los demás inquilinos de Amalia Ivanovna. Cada uno de ellos se daba cuenta de que sólo un motivo de gravedad excepcional podía explicar la presencia de aquel personaje en semejante sitio; todos, pues, esperaban que pasase algo. Raskolnikoff, que estaba sentado al lado de Sonia, se levantó para dejar acercarse a Pedro Petrovitch, y éste pareció no reparar en el joven.

Un instante después apareció Lebeziatnikoff; pero en lugar de entrar en la habitación permaneció en el umbral escuchando con curiosidad sin acertar a comprender al pronto de qué se trataba.

--Perdónenme ustedes que turbe su reunión; pero me veo obligado a ello por un asunto de bastante importancia--dijo Pedro Petrovitch sin dirigirse a nadie en particular--; en cuanto a mí, me agrada poder explicarme delante de una reunión numerosa. Amalia Ivanovna, ruego a usted que, como propietaria de esta casa, preste atención a la conferencia que voy a celebrar con Sonia Semenovna.

Después, dirigiéndose a la joven que estaba extremadamente pálida y bastante sorprendida, añadió:

--Sonia Semenovna, inmediatamente después de la visita de usted, he echado de menos un billete de Banco de cien rublos, que había sobre una mesa de la habitación de mi amigo Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff. Si usted sabe lo que ha sido de ese billete y me lo dice, doy a usted, en presencia de todas estas personas, mi palabra de honor de que este asunto no tendrá consecuencias; en caso contrario, me veré obligado a recurrir a medidas muy serias, y entonces... no tendrá usted que echar la culpa a nadie sino a sí misma.

Un profundo silencio siguió a estas palabras. Hasta los niños cesaron de llorar. Sonia, mortalmente pálida, miraba a Ludjin sin acertar a responder. Parecía no haber comprendido aún. Así pasaron algunos segundos.

--Vamos, ¿qué responde usted?--preguntó Pedro Petrovitch, mirando atentamente a la joven.

--Yo no sé... no sé nada--dijo al cabo con voz débil.

--¿No? ¿Usted no sabe nada?--preguntó Ludjin, y dejó pasar nuevamente algunos segundos.

En seguida añadió con tono severo:

--Piense usted en lo que le digo, señorita; reflexione usted; quiero darle tiempo bastante. Si no estuviese completamente seguro de mi afirmación, me guardaría muy mucho de lanzar contra usted una acusación tan grave. Tengo demasiada experiencia en los negocios para exponerme a una querella por difamación. Esta mañana he ido a negociar unos títulos, que representaban un valor nominal de 3.000 rublos. De vuelta en mi alojamiento, me he puesto a contar el dinero; Andrés Semenovitch es testigo. Después de haber contado dos mil trescientos rublos, los he guardado en una cartera que he metido en el bolsillo del pecho de la levita. Quedaban sobre la mesa unos quinientos rublos en billetes de Banco, entre los cuales había tres de cien rublos cada uno. Entonces fué cuando, a invitación mía, vino usted a nuestro cuarto, y durante todo el tiempo de su visita ha estado usted extraordinariamente agitada. Por tres veces se ha levantado usted para salir, aun cuando nuestra conversación no había terminado aún. Andrés Semenovitch puede dar fe de todo esto.

»Usted no negará, así por lo menos lo creo, que la he hecho llamar por Andrés Semenovitch con objeto de ocuparme con usted en la situación desgraciada de su madrastra (a cuya casa no podía venir yo a comer), y de la forma de socorrerla por medio de subscripción, lotería, o cosa parecida. Usted me dió las gracias con las lágrimas en los ojos. (Entro en todos estos pormenores, para probarle que no he olvidado ninguna circunstancia.) Inmediatamente he tomado de encima de la mesa un billete de diez rublos, y se lo he entregado a usted como primer recurso para su madrastra. Andrés Semenovitch lo ha visto todo. Después la he acompañado hasta la puerta, y usted se ha retirado con la misma agitación que antes.

»Cuando usted salió del cuarto, he estado hablando durante diez minutos, aproximadamente, con Andrés Semenovitch. Por último él se marchó y yo me acerqué a la mesa para guardar el resto del dinero, viendo entonces, con gran sorpresa, que me faltaba un billete de cien rublos. Ahora juzgue usted. Yo no puedo sospechar de Andrés Semenovitch, ni siquiera concebir semejante idea. No puedo tampoco engañarme en mis cuentas, porque, un momento antes de que usted entrara, acababa de comprobarlas. Comprenderá usted que acordándome de su agitación, de su prontitud en salir y de que tuvo usted durante algún tiempo las manos sobre la mesa, y considerando, finalmente, la posición social de usted, he debido, a despecho de mi propia voluntad, dar acogida a una sospecha, cruel, sin duda, pero legítima.

»Por convencido que me halle de la culpabilidad de usted, repito que sé a lo que me expongo dirigiéndole esta acusación. Sin embargo, no vacilo en formularla, sobre todo, señorita, por su negra ingratitud. ¿Cómo? La mando llamar a usted porque me intereso por su infortunada madrastra y por sus hermanitos; le doy un billete de diez rublos ¡y me recompensa usted de esa manera! ¡No! ¡Eso no está bien! Le hace falta una lección que le sirva de escarmiento para lo sucesivo. Reflexione usted; se lo propongo amistosamente, porque en este momento es lo mejor que puedo hacer en su favor. De lo contrario, seré inflexible. Vamos, confiese usted.»

--Yo nada he tomado--murmuró Sonia espantada--; usted me ha dado diez rublos; aquí están, tómelos, se los devuelvo.

La joven sacó el pañuelo del bolsillo, deshizo un nudo, tomó el billete de diez rublos, que estaba allí guardado, y se lo alargó a Ludjin.

--¿De modo que insiste usted en negar el robo de esos cien rublos?--dijo en tono de reproche Ludjin, sin tomar el billete.

Sonia dirigió una mirada en torno suyo, y en todos los rostros de las personas que la rodeaban sorprendió una expresión severa, irritada o burlona. La joven miró a Raskolnikoff. Este, en pie, apoyado contra la pared, tenía los brazos cruzados y sus ojos llameantes fijos en ella.

--¡Señor, señor!--gimió la muchacha.