El crimen y el castigo

Part 33

Chapter 333,956 wordsPublic domain

--Amalia Ivanovna, será menester llamar a la policía; por lo tanto, suplico a usted humildemente que haga subir al _dvornik_--dijo Ludjin con voz dulce y hasta cariñosa.

--_Gott der barmherzig!_ ¡Bien sabía yo que ésta era una ladrona!--exclamó la señora Lippevechzel palmoteando.

--¿Usted lo sabía?--repuso Pedro Petrovitch--; eso quiere decir que ya ciertos hechos anteriores autorizan a usted a deducir esta consecuencia. Suplico a usted, dignísima Amalia Ivanovna, que no olvide las palabras que acaba de pronunciar. Por lo demás, hay testigos.

En todos lados se hablaba ruidosamente.

--¿Cómo?--exclamó Catalina Ivanovna, saliendo de repente de su estupor, y con rápido movimiento se precipitó hacia Ludjin--. ¿Cómo? ¿La acusa usted de robo? ¿A ella? ¿A Sonia? ¡Oh, cobarde!

Después se aproximó vivamente a la joven y la estrechó entre sus brazos descarnados.

--¿Cómo, Sonia, has podido aceptar diez rublos de él? ¡Oh, tonta! ¡Dámelos! ¡Dame en seguida ese dinero! ¡Así!

Catalina tomó el billete de manos de Sonia, lo arrugó entre sus dedos y se lo tiró a Ludjin a la cara. El papel, hecho una pelota, alcanzó a Pedro Petrovitch y rodó en seguida por el suelo. Amalia Ivanovna se apresuró a levantarlo. El hombre de negocios se incomodó.

--Contengan ustedes a esa loca.

En aquel momento acudieron muchas personas, que se colocaron en el umbral, al lado de Lebeziatnikoff. Entre ellas estaban las dos señoras provincianas.

--¿Loca dices? ¿Me tratas de loca, imbécil?--vociferó Catalina Ivanovna--. ¡Tú, tú eres un imbécil, un vil agente de negocios, un hombre bajo! ¡Sonia! ¿Sonia haber robado dinero? ¿Sonia una ladrona? ¡Pero si ella te daría más que vale ese dinero, imbécil!--y la viuda rompió a reír de un modo nervioso--. ¿Han visto ustedes a este imbécil?--añadió, yendo de uno a otro inquilino y mostrando a Ludjin a cada uno de ellos.

De repente vió a Amalia Ivanovna, y su cólera no tuvo límites.

--¿Cómo, tú también, choricera? ¿Tú también, infame prusiana, dices que Sonia es una ladrona? ¡Ah! ¿Pero esto es posible? ¡Si no ha salido de la habitación! Al venir de tu casa ¡granuja! se puso a la mesa con nosotros; todos la han visto al lado de Rodión Romanovitch... registradla. Puesto que no ha ido a ninguna parte, tendrá el dinero encima. ¡Busca, busca, busca! ¡Pero si no lo encuentras, querido, tendrás que responder de tu conducta! ¡Me quejaré al emperador, al zar misericordioso! ¡Hoy mismo iré a arrojarme a sus pies! ¡Soy huérfana; me dejarán entrar! ¿Crees que no me recibirá? ¡Te engañas! Obtendré una audiencia. ¿Porque Sonia es tan dulce pensabas que no tenías nada que temer? Tú contabas con su timidez, ¿verdad? ¡Pero si ella es tímida, yo, amigo mío, yo no tengo miedo a nada, y así tus cálculos caen por tierra! ¡Busca! ¡Vamos, despáchate!

Y al decir esto, Catalina Ivanovna agarraba a Ludjin por un brazo y le empujaba hacia donde estaba Sonia.

--Si estoy pronto, si no deseo otra cosa... pero, tranquilícese usted, señora, cálmese usted--balbuceaba el funcionario.--Ya veo que no tiene usted miedo. Esto debería hacerse en la oficina de policía. Por lo demás, hay aquí un número más que suficiente de testigos... Sí, yo estoy pronto... no obstante, es muy delicado para un hombre... a causa de su sexo... Si Amalia Ivanovna quisiese prestar su concurso... Sin embargo, no es así como se hacen estas cosas.

--¡Hágala usted registrar por quien quiera!--gritó Catalina Ivanovna--. Sonia, enséñale los bolsillos. ¡Mira, mira, monstruo, ve cómo están vacíos! ¡Aquí no hay más que un pañuelo; mira, nada más que un pañuelo, puedes convencerte de ello! Ahora el otro bolsillo. ¿Ves? ¿ves?

No contenta con vaciar los bolsillos de Sonia, Catalina los volvió, uno después del otro, de dentro afuera. Pero en el momento en que ponía al descubierto el forro del bolsillo derecho, se escapó de él un papelillo, que, describiendo una parábola en el aire, fué a caer a los pies de Ludjin. Todos lo vieron; muchos lanzaron un grito. Pedro Petrovitch se bajó, tomó el billete con los dedos y lo desplegó _coram populo_. Era un billete de cien rublos, doblado en ocho partes. Pedro Petrovitch lo enseñó a todos para que no existiese ninguna duda sobre la culpabilidad de Sonia.

--¡Ladrona, fuera de aquí! ¡La policía, la policía!--aulló Amalia Ivanovna--. ¡Es preciso que la lleven a Siberia! ¡A la calle!

De todas partes brotaban exclamaciones. Raskolnikoff, silencioso, no cesaba de mirar a Sonia más que para echar de vez en cuando una mirada rápida sobre Ludjin. La joven, inmóvil en su sitio, parecía más bien atontada que sorprendida; de repente enrojeció y se cubrió el rostro con las manos.

--¡No! ¡Yo no soy! ¡Yo no he robado nada! ¡Yo no sé nada!--gritó con voz desgarradora y se precipitó hacia Catalina Ivanovna, que abrió los brazos como un asilo inviolable para la desgraciada criatura.

--¡Sonia, Sonia! ¡No lo creo; te digo que no lo creo!--repetía Catalina Ivanovna, rebelde a la evidencia. (Estas palabras iban acompañadas de mil caricias; besaba a la joven, le tomaba las manos, la mecía en sus brazos como a un niño.)--¡Tú haber robado nada! ¡pero qué personas más estúpidas! ¡Oh señor! ¡Sois tontos, tontos!--gritaba a los circunstantes--. ¡No sabéis lo que es esta criatura! ¡Robar ella! ¡Ella, que vendería su último vestido; ella, que iría descalza antes que dejarnos sin recursos; antes que tuvierais necesidad de ellos! ¡Así, así es...! ¡Ha llegado hasta tomar cartilla, porque mis hijos se morían de hambre... se vendió por nosotros! ¡Ah, mi pobre difunto; mi pobre difunto! ¡Dios mío, Dios mío! Pero, ¡defendedla vosotros todos, en vez de estar impasibles! Usted, Rodión Romanovitch, ¿por qué no la defiende? ¿Usted también la cree culpable? ¡Todos vosotros juntos, no valéis lo que el dedo meñique de ella! ¡Dios mío, defiéndela tú!

Las lágrimas, las súplicas, la desesperación de la pobre Catalina Ivanovna parecieron causar una gran impresión en el público. Aquel rostro de tísica, aquellos labios secos, aquella voz ahogada, expresaban un sentimiento tan doloroso, que era difícil no sentirse conmovido ante tanta desolación. Pedro Petrovitch volvió en seguida a expresar los más dulces sentimientos.

--¡Señora, señora!--dijo con solemnidad--. Este negocio no concierne a usted en lo más mínimo. Nadie piensa en acusarla de culpabilidad; usted misma es la que ha sacado los bolsillos y ha descubierto el objeto robado; basta esto para demostrar la completa inocencia de usted. Estoy dispuesto a mostrarme indulgente con un acto a que Sonia Semenovna ha podido ser impulsada por la miseria. Pero, ¿por qué se niega usted a confesar, señorita? ¿Teme la deshonra? ¿Era éste su primer hurto? ¿Lo hizo usted trastornada? La cosa se comprende, se comprende muy bien; vea usted, sin embargo, a lo que se exponía. Señores--dijo dirigiéndose a todos los presentes, mudos por un sentimiento de piedad--: Estoy pronto a perdonar, a pesar de las injurias que se me han dirigido.

Después añadió:

--Señorita, que la humillación de hoy le sirva a usted de lección para el porvenir; no daré parte; las cosas no pasarán de aquí.

Pedro Petrovitch dirigió una mirada de reojo a Raskolnikoff; sus ojos se encontraron; los del joven despedían llamas. En cuanto a Catalina Ivanovna, parecía no haber oído nada y continuaba abrazando a Sonia con una especie de frenesí. A ejemplo de su madre, los niños estrechaban entre sus bracitos a la joven; Poletchka, sin comprender lo que pasaba, sollozaba a más no poder, con su linda carita apoyada en el hombro de Sonia. De repente, en el umbral de la puerta una voz sonora exclamó:

--¡Qué villanía!

Pedro Petrovitch se volvió vivamente.

--¡Qué villanía!--repitió Lebeziatnikoff mirando fijamente a Ludjin.

Este último se estremeció. Todos lo advirtieron (luego se acordaron de esta circunstancia). Lebeziatnikoff entró en la sala.

--¿Y usted se ha atrevido a invocar mi testimonio?--dijo aproximándose a Pedro Petrovitch.

--¿Qué significa esto? ¿De qué habla usted, Andrés Semenovitch?--preguntó Ludjin.

--Esto significa que usted es un... calumniador. Ya tiene usted explicado el sentido de mis palabra--replicó arrebatadamente Lebeziatnikoff.

Estaba extremadamente colérico y fijaba en Pedro Petrovitch sus ojillos enfermizos, que tenían dura e indignada expresión. Raskolnikoff escuchaba ansiosamente con la mirada fija en el rostro del joven socialista.

Hubo una pausa. En el primer momento, Pedro Petrovitch quedó casi desconcertado.

--¿Es a mí a quien...?--murmuró--. ¿Pero qué dice usted? ¿Está usted en su juicio?

--Sí. Estoy en mi juicio, y usted es un... mal hombre. ¡Ah! ¡Qué infamia! Lo he oído todo, y si no he hablado antes, es porque quería comprender bien; hay algunas cosas que... lo confieso, no me las explico. Me gustaría saber por qué ha hecho usted esto.

--¿Pero qué es lo que yo he hecho? ¿Acabará de hablar enigmáticamente? ¡Usted está borracho!

--¡Hombre ruin! Si alguno de nosotros está borracho, es usted. Yo jamás bebo aguardiente, porque esto es contrario a mis principios. Figúrense ustedes que es él, él mismo quien, con sus propias manos ha dejado el billete de cien rublos a Sonia Semenovna; yo lo he visto; yo he sido testigo de ello, y lo declararé bajo la fe de mi juramento. Es él, él--repetía Lebeziatnikoff dirigiéndose a todos y a cada uno.

--¿Está usted loco? ¿Sí, o no? ¡Mentecato!--replicó violentamente Ludjin--. Ella misma aquí, hace un momento, ha afirmado, en presencia de usted y de todo el mundo, que no había recibido más que diez rublos... ¿Cómo es, pues, posible que yo le haya dado más dinero?

--Yo lo he visto--repitió con energía Andrés Semenovitch--; y aunque esto pugna a mis principios, estoy dispuesto a prestar juramento ante la justicia; le he visto a usted deslizar ese dinero con mucho disimulo. Sólo que he sido tan tonto, que he creído que hablaba usted por generosidad. Cuando usted le decía adiós en el umbral de la puerta y le ofrecía usted la mano derecha, le introdujo disimuladamente en el bolsillo el papel que tenía en la izquierda. Yo lo he visto, yo lo he visto.

Ludjin palideció.

--¿Qué es lo que está usted mintiendo?--replicó insolentemente--. Estando al lado de la ventana, ¿cómo podía usted ver eso del billete? Vaya, como está usted mal de la vista, ha sido usted objeto de una ilusión.

--No, yo no he visto visiones. A pesar de la distancia, lo he visto todo muy bien. Desde la ventana, en efecto, era difícil distinguir el billete, en eso tiene usted razón; mas a causa de esa misma circunstancia, sé que era precisamente un billete de cien rublos. Cuando usted dió diez a Sonia Semenovna, yo estaba cerca de la mesa y vi a usted tomar al mismo tiempo un billete de cien rublos. No he podido olvidar este detalle, porque en aquel momento se me ocurrió una idea. Después de haber plegado el billete, lo guardó usted en el hueco de la mano, y cuando se levantó se pasó el papel de la mano derecha a la izquierda, y estuvo a punto de dejarlo caer. Me he acordado porque se me ocurrió la misma idea, a saber: que usted quería obligar a Sonia Semenovna sin que yo me enterara; pero no puede usted imaginarse con qué atención he observado sus gestos y ademanes. Así es que he visto meter el billete en el bolsillo de la joven. Lo he visto, lo he visto, y lo repetiré donde sea necesario bajo la fe del juramento.

Lebeziatnikoff estaba casi sofocado por la indignación. De todos lados se entrecruzaban exclamaciones diversas. La mayor parte expresaban estupor; pero algunas eran proferidas en son de amenaza. Todos rodearon a Pedro Petrovitch. Catalina Ivanovna se lanzó hacia Lebeziatnikoff.

--¡Andrés Semenovitch! ¡Yo no le conocía a usted! ¡Usted la defiende; solamente usted se pone de parte de ella! ¡Dios le envía a usted en socorro de la huérfana! ¡Andrés Semenovitch, mi querido amigo, _batuchka_!

Y Catalina Ivanovna, sin casi tener conciencia de lo que hacía, cayó de rodillas delante del joven.

--¡Esas son tonterías!--vociferó Ludjin arrebatado por la cólera--. ¡No dice usted más que necedades! «Yo he olvidado; me he acordado: me acuerdo; me olvido.» ¿Qué significa todo esto? De modo que si fuera verdad lo que usted dice, yo le habría deslizado a propósito esos cien rublos en el bolsillo. ¿Con qué objeto? ¿Qué tengo yo de común con esa...?

--¿Por qué? Eso es lo que no comprendo; me limito a referir el hecho tal como ha pasado, sin pretender explicarlo, y, dentro de esos límites, garantizo su exactitud... Tampoco me engaño, malvado, así como me acuerdo de haberme hecho esta misma pregunta en el momento en que felicitaba a usted estrechándole la mano. Me preguntaba por qué razón había usted hecho ese regalo en forma clandestina. Quizá, me dije, ha querido ocultarme su buena acción, sabiendo que yo, en virtud de mis principios, soy enemigo de la caridad privada y la considero como un vano paliativo. He pensado después que trataba de dar una sorpresa a Sonia Semenovna. Hay, en efecto, personas que se complacen en dar a sus beneficios el sabor de lo imprevisto. En seguida se me ocurrió otra idea: que la intención de usted era poner a prueba a la joven; que usted quería saber si, cuando ella encontrara en el bolsillo esos cien rublos, vendría a darle las gracias, o acaso quería usted substraerse a su reconocimiento, siguiendo el precepto de que la mano derecha debe ignorar... En una palabra, Dios sabe las suposiciones que se me ocurrieron. La conducta de usted me preocupaba de tal modo, que me proponía reflexionar más tarde sobre ella detenidamente. Además, hubiera creído faltar a la delicadeza, dando a entender que conocía su secreto. Pensando en estas cosas me asaltó un temor. Sonia Semenovna, ignorando la generosidad de usted, podía perder el billete de Banco. He aquí por qué me he decidido a venir: porque quería llamarla aparte y decirle que le habían puesto cien rublos en el bolsillo; pero antes he entrado en casa de las señoras Kobyliatnikoff, para entregarles un _Tratado general sobre el método positivo_, y recomendarles el artículo de Piderit (el de Vagner no carece de valor). Un momento después he llegado aquí y he sido testigo de esta escena. Ahora bien: ¿es posible que yo hubiera podido pensar en todo esto y hacerme todos estos razonamientos, si no le hubiera visto a usted deslizar los cien rublos en el bolsillo de Sonia Semenovna?

Cuando Andrés Semenovitch terminó su discurso, no podía ya más y tenía el rostro bañado de sudor. ¡Ah! Aun en ruso le costaba trabajo expresarse convenientemente, aunque, por lo demás, no conocía ningún otro idioma. Este esfuerzo oratorio le había agotado. Sus palabras produjeron, sin embargo, extraordinario efecto. El acento de sinceridad con que las había pronunciado llevó el convencimiento al alma de todos los oyentes. Pedro Petrovitch comprendió que perdía terreno.

--¡Qué me importan a mí las tonterías que se le han ocurrido a usted!--exclamó--; eso no es una prueba. Ha podido usted soñar cuantas necedades quiera. Le digo que miente. ¡Miente usted, y además me calumnia para satisfacer sus rencores! La verdad es que usted me odia porque me he puesto enfrente del radicalismo impío, de las doctrinas antisociales que usted sostiene.

Pero, lejos de redundar en favor de Pedro Petrovitch, provocó violentos murmullos en su derredor.

--¡Ah! ¿Eso es todo lo que se le ocurre responder? No es muy fuerte su argumento--replicó Lebeziatnikoff--. ¡Llame a la policía; prestaré mi juramento! Una sola cosa queda obscura para mí: el motivo que le ha impulsado a cometer una acción tan baja. ¡Oh miserable, cobarde!

Raskolnikoff avanzó, separándose del grupo.

--Yo puedo explicar su conducta, y si es menester, también prestaré juramento--dijo con voz firme.

A primera vista, la tranquila seguridad del joven probó al público que conocía a fondo el asunto, y que aquel embrollo estaba a punto de llegar a su desenlace.

--Ahora lo comprendo todo--prosiguió Raskolnikoff dirigiéndose a Lebeziatnikoff--. Desde el principio de este accidente había sospechado detrás de esto alguna innoble intriga. Se fundaban mis sospechas en ciertas circunstancias solamente de mí conocidas, y que voy a revelar, porque presentan las cosas en su verdadero aspecto. Usted, Andrés Semenovitch, ha iluminado perfectamente mi espíritu; suplico a ustedes que me escuchen. Ese señor--continuó, designando con un gesto a Pedro Petrovitch--, ha pedido recientemente la mano de mi hermana Advocia Romanovna Raskolnikoff. Llegado hace poco a San Petersburgo, vino a verme anteayer; pero ya en nuestra primera entrevista tuvimos un choque y le eché a la calle, como pueden declarar dos personas que estaban presentes. Ese hombre es muy malo... Anteayer ignoraba yo que viviese con usted, Andrés Semenovitch. Gracias a esta circunstancia, anteayer, es decir, el día mismo de nuestra cuestión, se encontró presente aquí en el momento en que, como amigo del difunto Marmeladoff, le di un poco de dinero a su viuda Catalina Ivanovna para atender a los gastos de los funerales de su marido. Inmediatamente escribió a mi madre diciéndole que yo había dado mi dinero, no a Catalina Ivanovna, sino a Sonia Semenovna, calificando al mismo tiempo a esa joven con los más ultrajantes adjetivos y dando a entender que yo tenía con ella relaciones íntimas. Su objeto, como comprenderán ustedes, era enemistarme con mi familia, insinuándole que yo gasto en disipaciones el dinero de que ella se priva para atender a mis necesidades. Ayer noche, en una entrevista con mi madre y mi hermana, entrevista a la cual asistía él, he restablecido la verdad de los hechos que este señor había desnaturalizado. «El dinero--dije--se lo di a Catalina Ivanovna para pagar el entierro de su marido, y no a Sonia Semenovna a quien aquel día había hablado por primera vez.» Furioso al ver que sus calumnias no obtenían el resultado apetecido, insultó groseramente a mi madre y a mi hermana. Siguióse un rompimiento definitivo y se le echó a la calle. Todo ello pasó anoche. Reflexionen ustedes ahora y comprenderán qué interés le guiaba, en las circunstancias presentes, a inculpar a Sonia Semenovna si lograba hacer pasar a esta joven por ladrona, y resultaba culpable a los ojos de mi madre y de mi hermana, puesto que no tenía temor en comprometer a ésta poniéndola en relaciones con una ladrona; él, por el contrario, al atacarme a mí, salía a la defensa de mi hermana, su futura esposa. En una palabra, éste era para él un medio de enemistarme con los míos y de congraciarse con ellos. Con el mismo golpe se vengaba también de mí, pensando que me intereso vivamente por el honor y la tranquilidad de Sonia Semenovna. Tal es el cálculo que ha hecho, y de este modo es como me explico yo su conducta.

Raskolnikoff terminó su discurso, frecuentemente interrumpido por las exclamaciones del público, que no perdía una sola frase. Pero, a despecho de las interrupciones, su palabra conservó hasta el fin una calma, una seguridad y una claridad imperturbables. Su voz vibrante, su acento convencido y su rostro severo, conmovieron profundamente al auditorio.

--Sí, sí; eso es--se apresuró a reconocer Lebeziatnikoff--, debe usted tener razón, porque en el momento mismo en que entró Sonia Semenovna en nuestro cuarto, me preguntó si había visto a usted y si estaba entre los convidados de su madrastra, llevándome aparte para preguntármelo en voz baja. Tenía, pues, necesidad de que estuviese usted aquí. Sí, eso es.

Ludjin, mortalmente pálido, permanecía silencioso y sonreía con aire despreciativo. Parecía buscar un medio de salir airosamente de aquel trance. Quizá de buena gana hubiera hurtado el cuerpo en seguida; pero en aquel momento la retirada era casi imposible: irse equivalía a reconocer implícitamente las acusaciones que se le dirigían y confesar que había calumniado a Sonia Semenovna.

Por otra parte, la actitud de los circunstantes no era nada tranquilizadora. La mayoría de ellos estaban borrachos. Esta escena atrajo a la habitación un número considerable de inquilinos que no habían comido en casa de la viuda. Los polacos, muy excitados, no cesaban de proferir en sus lenguas mil amenazas contra Pedro Petrovitch.

Sonia escuchaba atentamente, pero no daba señales de haber recobrado su presencia de ánimo; parecía que acababa de volver de un desmayo. No apartaba los ojos de Raskolnikoff, comprendiendo que en él estaba todo su apoyo. Catalina Ivanovna sufría atrozmente: cada vez que respiraba se escapaba de su pecho un ronco sonido.

La figura más estúpida era la de Amalia Ivanovna, que tenía aspecto de no comprender nada, y con la boca abierta miraba como alelada. Tan sólo veía que Pedro Petrovitch estaba metido en grave aprieto. Raskolnikoff quiso tomar de nuevo la palabra, pero tuvo que renunciar a ello a causa de que la gritería no hubiera permitido que le oyeran. De todas partes llovían injurias y amenazas sobre Ludjin, en derredor del cual se había formado un corro tan hostil como compacto. El hombre de negocios sacó fuerzas de flaqueza, y haciéndose cargo de que la partida estaba definitivamente perdida, buscó recursos en la osadía.

--Permítanme ustedes, señores, permítanme ustedes, no me cerquen de este modo; déjenme pasar--dijo, tratando de abrirse paso al través del grupo que le rodeaba--. Aseguro a ustedes que es inútil tratar de intimidarme con amenazas. No me asusto por tan poca cosa. Por el contrario, ustedes deben temblar por el amparo con que encubren un delito. El robo está más que probado, y yo presentaré la correspondiente denuncia contra la autora y sus encubridores. Los jueces son personas ilustradas y no borrachos, y recusarán el testimonio de dos impíos, de dos revolucionarios declarados que me acusan por un acto de venganza personal, como ellos han cometido la necedad de afirmar. Sí, permítanme ustedes.

--No quiero respirar el mismo aire que usted, y le suplico que deje mi cuarto; todo ha acabado entre nosotros--dijo Lebeziatnikoff--. ¡Cuando pienso que desde hace quince días vengo sudando sangre y agua para exponerle...!

--Antes de ahora, Andrés Semenovitch, le he anunciado yo mismo mi partida, precisamente cuando hacía usted instancias para retenerme; ahora me limito a decirle que es usted un imbécil. Le deseo que se cure de los ojos y del entendimiento. Permitan ustedes, señores.

Logró abrirse paso; pero uno de los circunstantes, creyendo que las injurias no eran castigo suficiente, tomó un vaso de la mesa y lo lanzó con todas sus fuerzas contra Pedro Petrovitch. Por desgracia, el proyectil alcanzó a Amalia Ivanovna, que se puso a dar gritos horribles.

Al lanzar el vaso, el agresor perdió el equilibrio y cayó pesadamente bajo la mesa. Ludjin entró en el cuarto de Lebeziatnikoff, y una hora después dejó la casa.

Naturalmente tímida, Sonia sabía ya antes de esta aventura que su situación la exponía a todo género de ataques, y que cualquiera podía ultrajarla casi impunemente. Sin embargo, hasta entonces había esperado desarmar la malevolencia de los demás, a fuerza de circunspección, de humildad y de dulzura con todos y cada uno; pero hasta esta ilusión se disipaba. Tenía, sin duda, bastante paciencia para sufrir aún esto con resignación y casi sin murmurar; pero en aquel momento la decepción era demasiado cruel. Aunque su inocencia hubiese triunfado de la calumnia, y aun cuando su primer terror hubiera pasado, al darse cuenta de lo ocurrido se le oprimió dolorosamente el corazón ante el pensamiento de su abandono y de su soledad en la vida. La joven tuvo una crisis nerviosa, y, no pudiendo contenerse más, salió apresuradamente de la sala y echó a correr a su casa. Su partida fué poco después de la de Ludjin.

El vasazo recibido por Amalia Ivanovna produjo hilaridad general; pero la patrona tomó muy a mal la cosa y revolvió su cólera contra Catalina Ivanovna, la cual, vencida por el sufrimiento, había tenido que echarse en su cama.

--¡Fuera de aquí! ¡En seguida! ¡Ea! ¡A la calle!