El crimen y el castigo

Part 31

Chapter 313,848 wordsPublic domain

--Jamás hubiera creído que la miseria en que se encuentra permitiese a esa imbécil gastar en una comida todo el dinero que le entregó ese otro imbécil de Raskolnikoff. Ahora, al entrar, me he quedado estupefacto viendo todos esos preparativos, todos esos vinos... Ha invitado a muchas personas; el diablo sabrá por qué--continuó Pedro Petrovitch, que parecía haber provocado con intención deliberada aquella conversación--. ¿Qué? ¿Dice usted que me ha invitado?--añadió de repente, levantando la cabeza--. ¿Cuándo ha sido eso? No lo recuerdo. De todas maneras, no pienso ir. ¿Qué tengo que hacer allí? No la conozco más que por haber hablado un minuto con ella ayer; le dije que como viuda de empleado podría obtener un subsidio. ¿Me habrá invitado por eso?

--Tampoco yo tengo intención de asistir--repuso Lebeziatnikoff.

--¡Pues no faltaba más! Después de haberle pegado, natural es que tenga usted escrúpulo de ir a sentarse a su mesa.

--¿A quién he pegado yo? ¿De quién habla usted?--preguntó Lebeziatnikoff turbado y encendido como la grana.

--Hablo de Catalina Ivanovna, a quien pegó usted hará cosa de un mes. Lo supe ayer; ¡ésas son sus convicciones!... ¡Vaya una manera de resolver el problema feminista!

Después de esta salida, que pareció haberle aliviado un poco el corazón, Ludjin se puso a contar de nuevo su dinero.

--Eso es una barbaridad y una calumnia--replicó vivamente Lebeziatnikoff, a quien desagradaba que le recordasen aquel suceso--. Las cosas no pasaron de ese modo; lo que le han contado a usted es completamente falso. En las circunstancias a que usted alude yo no hice más que defenderme. Fué Catalina Ivanovna la que se lanzó sobre mí para arañarme... Me arrancó una de las patillas. Creo que todo hombre tiene derecho a defenderse. Por otra parte, soy enemigo de la violencia, de dondequiera que proceda, y eso por principio, porque la violencia tiene su origen en el despotismo. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Había de dejar que esa señora me maltratase a su gusto? Me limité a rechazar una agresión.

--¡Je, je, je!--continuó en son de burla Ludjin.

--Usted me busca querella porque está de mal humor; pero eso no significa nada ni tiene relación alguna con la cuestión feminista. Precisamente yo me he hecho a mí mismo este razonamiento: admitiendo que la mujer es igual al hombre en todo, aun en la fuerza (cosa que se comienza ya a sostener), debe existir también la igualdad en esto. Claro es que he reflexionado inmediatamente que, en rigor, no hay motivo para que se plantee esta cuestión, porque en la sociedad futura no habrá ocasiones de querellas, y, por consiguiente, nadie pasará a vías de hecho... Es, por lo tanto, absurdo hablar de la igualdad en la lucha. No soy tan tonto... Aunque por lo demás haya riñas... es decir, que más tarde no las habrá, aunque por el momento las haya todavía. ¡Ah, diablo, con usted, uno se hace un lío! ¡No, no es eso lo que me impide aceptar la invitación de Catalina Ivanovna! Si no voy a comer a su casa, es sencillamente por cuestión de principios, por no sancionar con mi presencia la estúpida costumbre de las comidas de duelo. Por lo demás, yo podría reírme de eso e ir... Desgraciadamente no habrá allí _popes_; si los hubiese, le aseguro a usted que iría.

--¿De modo que se sentaría usted a su mesa para insultar la hospitalidad de esa mujer?

--No para insultarla, sino para protestar; y esto con un objeto útil. Yo puedo indirectamente ayudar a la propaganda civilizadora, que es el deber de todo hombre. Quizá se realiza esta tarea tanto mejor cuanto menos formalismo se emplea en ella. Puedo sembrar la idea, el grano... De ese grano nacerá un hecho. ¿Cree usted que obrando así se falta a las conveniencias? Al pronto se molestan; pero comprenden al punto que se les presta un gran servicio...

--¡Vamos, bueno!--interrumpió Pedro Petrovitch--. Pero, dígame usted ahora, ¿conoce usted a la hija del difunto, a esa muchacha flacucha? ¿Es verdad lo que de ella se dice?

--Sí, señor; ¿y qué? Según mi opinión, es decir, según mi convicción personal, su situación es la situación normal de la mujer. ¿Por qué no? Es decir, distingamos. En la sociedad actual, sin duda, ese género de vida no es normal, porque es forzado; pero en la sociedad futura será perfectamente normal, porque será libre. Aun ahora mismo tiene el derecho de hacer lo que hace. Era desgraciada, ¿por qué no ha de disponer de lo que es su capital? En la sociedad futura el capital no tendrá razón de ser; pero el papel de la mujer galante tendrá otro sentido y será regulado de una manera racional. En cuanto a Sofía Semenovna, yo, en el tiempo presente, considero sus actos como una enérgica protesta contra la organización de la sociedad, y a causa precisamente de eso, la estimo profundamente; diré más, la contemplo con regocijo.

--Sin embargo, me han contado que usted la obligó a abandonar esta casa.

Lebeziatnikoff se incomodó.

--¡Eso es también una mentira!--replicó enérgicamente--. No ha habido tal cosa. Catalina Ivanovna ha contado esa historia de un modo inexacto porque no la ha comprendido. Yo no he solicitado jamás los favores de Sofía Semenovna; me limitaba pura y simplemente a desenvolver su espíritu, sin ninguna segunda intención personal, esforzándome por despertar en ella el sentimiento de protesta... No he procurado otra cosa; ella es la que ha comprendido que no podía permanecer aquí.

--¿La ha invitado usted a formar parte de la _commune_?

--Sí, actualmente me esfuerzo para atraerla a la _commune_. Sólo que ella estará en otras condiciones que aquí. ¿De qué se ríe usted? Queremos fundar nuestra _commune_ sobre bases mucho más amplias que las precedentes. Vamos más lejos que nuestros precursores; negamos muchas cosas. Si Dobroliuboff y Bielinsky saliesen de sus tumbas, me tendrían por adversario. En tanto, continúo desarrollando a Sofía Semenovna. Es una bella, una bellísima naturaleza.

--¿Y usted se aprovecha de esa bella naturaleza? ¡Je, je, je!

--No, de ninguna manera; todo lo contrario.

--¿Lo contrario?--dijo Ludjin--. ¡Je, je, je!

--Puede usted creerme. ¿Por qué había de ocultárselo a usted? Al contrario, hay una cosa que me asombra: conmigo parece cortada; tiene como cierto tímido pudor.

--Y, es claro, usted la desarrolla. ¡Je, je, je!... Usted le demuestra que todos esos pudores son estúpidos.

--No hay tal cosa, no hay tal cosa. ¡Oh, qué sentido tan grosero y tan tonto, permita que se lo diga, da usted a la palabra desarrollo! ¡Oh Dios mío; qué poco avanzado está usted todavía! ¡Usted no comprende nada! Nosotros buscamos la libertad de la mujer, y usted sólo piensa en bagatelas. Dejando a un lado el pudor y la castidad femeninos, que no hacen al caso, yo admito perfectamente su reserva respecto de mí, puesto que en ello no hace otra cosa que ejercer su libertad y usar de su derecho. Seguramente si me dijese ella misma «yo te quiero», me alegraría mucho, porque esa mujer me gusta en extremo; pero en la situación presente nadie se ha mostrado jamás más cortés y más conveniente con ella que yo; nadie ha hecho más justicia a su mérito... Yo aguardo, espero: eso es todo.

--¿Por qué no le hace usted un regalito? Apuesto a que no ha pensado en eso.

--No comprende usted nada, ya se lo he dicho. Sin duda su situación autoriza en cierto modo sus sarcasmos; pero la cuestión es otra. Usted no tiene más que desprecios para ella. Fundándose en un hecho que le parece deshonroso, rehusa usted considerar con humanidad a una criatura humana. Usted no sabe qué naturaleza es la suya.

--Dígame--replicó Ludjin--, ¿podría usted... o por mejor decir, está usted bastante relacionado con esa joven para suplicar que venga aquí un instante? Deben de haber vuelto ya del cementerio. Me parece que las he oído subir la escalera. Quisiera hablar un instante con la muchacha.

--¿Para qué?--preguntó asombrado Andrés Semenovitch.

--Es menester que le hable. Tengo que irme de aquí hoy o mañana, y necesito decirle una cosa. Puede usted asistir a nuestra conferencia, y aun creo que será mejor que asista. De lo contrario, ¡sabe Dios lo que usted pensaría!

--No pensaría nada... Mi pregunta no tenía importancia. Si tiene usted algo que decirle nada es más fácil que hacerla venir. Voy a buscarla en seguida, y esté seguro de que no le molestaré.

Efectivamente; cinco minutos después, Lebeziatnikoff condujo a Sonia. La joven llegó extremadamente sorprendida y avergonzada. En semejantes circunstancias era siempre muy tímida. Las nuevas caras le causaban temor. Era esto como una impresión de su infancia, y la edad había aumentado su salvajez... Pedro Petrovitch se mostró cortés y benévolo. Al recibir él, hombre serio y respetable, a una muchacha tan joven y en cierto sentido tan interesante, se creyó obligado a acogerla con un ligero tinte de jovial familiaridad. Se apresuró a tranquilizarla y la invitó a que tomase asiento frente a él. Sonia se sentó y miró sucesivamente a Lebeziatnikoff y el dinero colocado sobre la mesa. Después, de repente, sus ojos se fijaron en Pedro Petrovitch y no pudieron apartarse de él; hubiérase dicho que sufría una especie de fascinación. Lebeziatnikoff se dirigió a la puerta. Ludjin se levantó, hizo seña a Sonia para que se sentase, y detuvo a Andrés Semenovitch en el momento en que éste iba a salir.

--¿Raskolnikoff está ahí? ¿Ha venido?--le preguntó en voz baja.

--¿Raskolnikoff? Sí. ¿Y qué? Sí, está ahí. Acaba de llegar. Le he visto... ¿Y qué?

--En ese caso suplico a usted encarecidamente que se quede aquí y no me deje a solas con esta... señorita. El negocio de que se trata es insignificante, pero sabe Dios qué conjeturas podrían hacerse. No quiero que Raskolnikoff vaya a creer... ¿Comprende usted por qué digo esto?

--Sí, comprendo, comprendo--respondió Lebeziatnikoff--. Está usted en su derecho. Sin duda, en mi convicción personal, los temores de usted son muy exagerados, pero... no importa, está usted en su derecho. Bueno, me quedaré. Voy a ponerme cerca de la ventana. No les molestaré; en mi opinión, está usted en su derecho.

Pedro Petrovitch volvió a sentarse enfrente de Sonia, y la contempló atentamente. Después su rostro tomó una expresión muy grave, casi severa, como si indicase: «No vaya usted a figurarse, señorita, cosas que no son». Sonia perdió por completo su serenidad.

--Ante todo suplico a usted, Sonia Semenovna, que presente mis excusas a su respetable mamá. Supongo que no me engaño al expresarme así. Catalina Ivanovna hace con usted veces de madre, ¿no es verdad?--dijo Pedro Petrovitch con tono muy serio, pero a la vez bastante amable.

Evidentemente sus intenciones eran muy amistosas.

--Sí, en efecto: hace conmigo veces de madre--se apresuró a responder la pobre Sonia.

--Pues bien, dígale usted cuánto siento que circunstancias independientes de mi voluntad me impidan aceptar su amable invitación.

--Voy a decírselo--y Sonia se levantó en seguida.

--No es eso todo--continuó Pedro Petrovitch sonriendo al ver la candidez de la joven y su ignorancia de las costumbres sociales--; usted apenas me conoce, Sonia Semenovna; comprenderá que, por un motivo tan fútil y que sólo me interesa a mí, no me hubiera permitido molestar a una persona como usted. Tengo otro objeto.

A una señal de su interlocutor Sonia se apresuró a sentarse. Los billetes de Banco multicolores, colocados sobre la mesa, se ofrecieron de nuevo ante su vista, pero volvió vivamente los ojos y los fijó en Pedro Petrovitch; mirar el dinero ajeno le parecía cosa por extremo inconveniente, sobre todo en su posición. La joven reparó cosa tras cosa: primero, en los lentes de montura de oro que Pedro Petrovitch tenía en la mano izquierda; después, en el grueso anillo adornado con una piedra amarilla que el funcionario llevaba en el dedo del corazón; por último, no sabiendo qué hacer de sus ojos, los fijó en el rostro mismo de Ludjin. Este, después de haber guardado silencio durante algunos instantes, prosiguió:

--Ayer me bastó cambiar dos palabras con la desgraciada Catalina Ivanovna, para comprender que esa señora se encuentra en un estado antinatural, por decirlo así...

--Sí, antinatural--repitió dócilmente Sonia.

--O, para hablar más sencilla e inteligiblemente, que se halla enferma.

--Sí, más sencillamente, más intel... Sí, está enferma...

--Cierto. Por un sentimiento de humanidad y, digámoslo así, de compasión, quisiera, por mi parte, serle útil, previendo que inevitablemente va a encontrarse en una situación muy triste. Ahora, según parece, esa familia no tiene en el mundo otro apoyo que usted.

Sonia se levantó bruscamente.

--Permítame que le pregunte: ¿no le ha dicho usted que podría cobrar una pensión? Ayer me contó que usted se había encargado de hacer que se la concediesen. ¿Es eso cierto?

--No, no hay tal cosa. Me limité a decirle que, como viuda de un funcionario muerto en el servicio, podría obtener un recurso temporal si contaba con recomendaciones. Mas parece que, lejos de haber servido bastante tiempo para disfrutar de los derechos pasivos, su padre no estaba en el servicio cuando murió. En una palabra: siempre se puede esperar; pero la esperanza es muy poco fundada, porque, en rigor, no existe derecho alguno a pensión; al contrario... ¡Ah, soñaba con una pensión! ¡Oh, esa señora lo cree todo posible!

--Sí, soñaba en una pensión. Es crédula y buena, y su bondad hace que dé crédito a todo. Y... y... su espíritu es... sí... Dispénsela usted--dijo Sonia, que se levantó de nuevo para marcharse.

--Permítame usted, tengo todavía que decirle algo más.

--¿Más aún?--balbuceó la joven.

--Siéntese usted.

Sonia, toda confusa, se sentó por tercera vez.

--Viéndola en tal situación, con hijos pequeños, quisiera, como ya le he dicho, serle útil en la medida de mis medios; compréndame usted bien: en la medida de mis medios nada más. Se podría, por ejemplo, organizar, en beneficio suyo, una subscripción, una tómbola... o una cosa análoga, como suelen hacer en caso semejante las personas que desean ayudar, bien sea a los parientes, bien a los extraños. Esto es una cosa posible.

--Sí, eso está bien... pero ella. Dios...--murmuró Sonia, con los ojos fijos en Pedro Petrovitch.

--Se podría; pero ya hablaremos de esto más tarde, es decir, se podría comenzar hoy mismo. Nos veremos esta noche, hablaremos y echaremos, por decirlo así, los fundamentos. Venga usted aquí a las siete. Supongo que Andrés Semenovitch no tendrá inconveniente en asistir a nuestra conferencia, pero... hay un punto que debe de ser previa y cuidadosamente examinado. Por esta razón me he tomado la libertad de molestarle suplicándole que viniese. Según mi opinión, no conviene entregar en sus propias manos el dinero a Catalina Ivanovna; es más, sería peligroso entregárselo; basta como prueba la comida de hoy. No tiene zapatos; no sabe si dentro de dos días tendrá un pedazo de pan que llevarse a la boca, y compra ron Jamaica, vino de Madera y café. Lo he visto al pasar. Mañana toda la familia volverá a estar a cargo de usted, y tendrá usted que buscarle hasta el último pedazo de pan. Por lo tanto, soy de opinión que debe de organizarse la suscripción sin que se entere la desgraciada viuda, y que usted sola sea la que maneje el dinero. ¿Qué le parece a usted?

--No sé. Es solamente hoy cuando ella... Esto no ocurre más que una vez en la vida... Quería honrar la memoria del difunto... pero es muy inteligente. Por lo demás, será lo que usted quiera; yo le quedaré a usted muy... muy... todas ellas serán... y Dios... y los huérfanos...

Sonia no acabó y se echó a llorar.

--De modo que es cosa convenida. Ahora dígnese usted aceptar, para la parienta de usted, esta suma, que representa mi suscripción personal. Deseo vivamente que mi nombre no se pronuncie para nada. Siento mucho que, teniendo yo también apuros pecuniarios, no pueda hacer más.

Y Pedro Petrovitch alargó a Sonia un billete de diez rublos, después de haberlo desplegado cuidadosamente.

La joven recibió el billete ruborizándose, balbuceó algunas palabras ininteligibles y se apresuró a despedirse. Pedro Petrovitch la acompañó hasta la puerta. Al cabo la joven salió de la habitación y entró en la de Catalina Ivanovna extraordinariamente agitada.

Durante toda esta escena, Andrés Semenovitch, no queriendo interrumpir la conversación, permaneció cerca de la ventana. En cuanto salió Sonia, se acercó a Pedro Petrovitch y le tendió solemnemente la mano.

--Lo he oído y lo he visto todo--dijo subrayando intencionadamente la última palabra--. Eso es noble, es humano, quiero decir, porque no admito la palabra noble. Usted ha querido evitar las gracias, lo he visto; y aunque, a decir verdad, soy por principio enemigo de la beneficencia privada, que, lejos de extirpar radicalmente la miseria, favorece sus progresos, no puedo menos de reconocer que he visto con gusto el acto de usted. Sí, sí, eso me complace.

--Lo que he hecho no vale nada--murmuró Ludjin un poco cortado, y miró a Lebeziatnikoff con particular atención.

--Sí, vale, sí vale. Un hombre que, no obstante hallarse bajo la impresión de una afrenta recibida, es capaz todavía de interesarse por la desgracia ajena, aunque proceda en contra de la sana economía social, no es por eso menos digno de estima. No esperaba yo semejante cosa de usted, Pedro Petrovitch... ¡Oh, qué influído está usted por sus antiguas ideas! ¿Por qué turbarse tanto por el asunto de ayer?--exclamó Andrés Semenovitch, que experimentaba un retroceso de viva simpatía hacia Pedro Petrovitch--. ¿Qué necesidad tiene usted de casarse, de casarse _legalmente_, mi noble y muy querido Pedro Petrovitch? ¿Qué le importa a usted la unión _legal_? Pégueme usted, si quiere; pero yo me regocijo del fracaso de sus relaciones, contento de pensar que es usted libre, que no está usted perdido por la humanidad... Ya ve si soy franco.

--Me inclino al matrimonio legal, porque no quiero llevar... nada en la frente ni educar hijos de los cuales yo no sea el padre, como ocurre con vuestros matrimonios libres--respondió, por decir alguna cosa, Pedro Petrovitch.

Estaba pensativo, y apenas prestaba atención a las palabras que decía.

--¿Los hijos? ¿Usted hace alusión a los hijos?--dijo Andrés Semenovitch, animándose de repente como un caballo en batalla cuando oye el sonido del clarín--; los hijos son una cuestión social que será resuelta ulteriormente. Muchos hasta lo niegan sin restricción, como todo lo que concierne a la familia. Hablaremos de los hijos más tarde. Ahora ocupémonos de lo otro. Le confieso a usted que es ésa mi debilidad. Esa palabra baja y grosera, puesta en circulación por Putskin, para señalar a los maridos engañados, no figurará en los diccionarios del porvenir. En resumen: ¿qué viene a ser eso? ¡Oh, ridículo espanto! ¡Qué cosa tan insignificante! Por el contrario, en el matrimonio libre, el peligro que usted teme no existirá. Eso no es más que la consecuencia natural, y, por decirlo así, el correctivo del matrimonio legal, la protesta contra un lazo indisoluble; desde este punto de vista no tiene nada de humillante... Y si, por acaso, lo que es absurdo, contrajese yo un matrimonio legal, sería para mí un encanto llevar _eso_ a que tiene usted tanto miedo. Yo le diría entonces a mi mujer: «Hasta el presente, querida mía, sólo había sentido amor por ti: pero ahora te estimo, porque has sabido protestar». ¿Se ríe usted? ¡Ah! Es porque no tiene fuerzas para romper con los prejuicios. Comprendo que con la unión legítima sea desagradable ser engañado; pero ése es el efecto miserable de una situación que desagrada a los dos esposos. Cuando _eso_ se yergue sobre nuestra frente como en el matrimonio libre, entonces no existe. Cesan de tener significación y dejan de llevar el nombre que se les da. Antes bien, la mujer de usted le prueba por ello que le estima, puesto que le cree incapaz de poner obstáculo a su felicidad, y demasiado ilustrado es usted para querer vengarse de un rival. En verdad, pienso muchas veces que, si llegase a estar casado (libre o legítimamente, importa poco), y mi mujer tardase en tomar un amante, yo, por mí mismo, se lo proporcionaría. «Querida mía (le diría entonces), te amo; pero deseo, sobre todo, que me estimes.» ¿Tengo o no tengo razón?

Estas palabras apenas hicieron sonreír a Pedro Petrovitch. Su pensamiento estaba en otra parte y se restregaba las manos muy preocupado. Andrés Semenovitch había de acordarse más tarde de la preocupación de su amigo.

II

Difícil sería decir con exactitud cómo había nacido en el cerebro desequilibrado de Catalina Ivanovna la idea de aquella insensata comida. Gastó, en efecto, en dicho banquete más de la mitad del dinero que le había dado Raskolnikoff para las exequias de Marmeladoff. Tal vez se creía obligada a honrar «convenientemente» la memoria de su marido, a fin de demostrar a todos los inquilinos, y especialmente a Amalia Ivanovna, que el difunto valía tanto como ellos, si era que no valía más. Quizá obedecía a ese orgullo de los pobres que en determinadas circunstancias de la vida, como bautizo, matrimonio, entierro, etc., los impulsa a sacrificar sus últimos recursos con el solo objeto de «hacer las cosas tan bien como los otros». Permitido es suponer que, en el momento mismo en que se veía reducida a la más extremada miseria, Catalina Ivanovna quería mostrar a toda aquella «gentuza», no solamente que ella sabía «vivir y recibir», sino que, hija de un coronel, educada «en una casa noble y aristocrática», no había nacido para fregar el suelo con sus propias manos y lavar por la noche la ropa de sus hijos.

Las botellas de vino no eran ni muy numerosas ni de marcas muy variadas; faltaba el Madera. Pedro Petrovitch había exagerado. Sin embargo, había aguardiente, ron, Oporto, todo de inferior calidad, pero en abundancia. El _menú_, preparado en la cocina de Amalia Ivanovna, comprendía, además del _kutia_, tres o cuatro platos, principalmente _blines_; además, estaban preparados dos samovars para los convidados que quisieran tomar te o ponche después de la comida. Catalina Ivanovna se ocupó por si misma en las compras, con ayuda de un inquilino de la casa, un polaco famélico, que habitaba, sabe Dios en qué condiciones, en casa de la señora Lippevechzel.

Desde el primer momento este pobre hombre se puso a disposición de la viuda, y durante treinta y seis horas no dejó de hacer recados con celo que, por otra parte, el bueno del polaco no perdía ripio para hacerlo notar. A cada instante, por la menor futesa, todo presuroso y atareado acudía a pedir instrucciones a la viuda Marmeladoff. Después de haber declarado que sin la solicitud de este «hombre servicial y magnánimo», no hubiera sabido qué hacer, Catalina Ivanovna acabó por encontrarlo absolutamente insoportable. Era propio de su carácter entusiasmarse de repente por cualquiera; le veía con los colores más brillantes y le atribuía mil méritos que sólo existían en su imaginación, pero en los cuales creía con toda buena fe. Después al entusiasmo sucedía bruscamente la desilusión, y entonces se desataba en injurias contra aquel a quien pocas horas antes había colmado de excesivas alabanzas.