Part 30
--Yo soy el asesino... lo confieso--respondió Mikolai.
--¿Oh? ¿Con qué arma has matado?
--Con una hacha. La llevaba prevenida.
--¡Eh, qué apresuramiento! ¿Solo?
Mikolai no comprendió la pregunta.
--¿No tienes cómplices?
--No. Mitka es inocente. No ha tomado la menor parte en el crimen.
--No te apresures tanto para disculpar a Mitka. ¿Acaso te he preguntado acerca de él?... Sin embargo, ¿cómo se explica que los _dvorniks_ os hayan visto bajar corriendo la escalera?
--Corrí adrede detrás de Mitka porque de ese modo pensé evitar sospechas--respondió el preso.
--Está bien. Basta--gritó Porfirio encolerizado--; no dice la verdad--murmuró en seguida como aparte, y de pronto sus ojos se encontraron con los de Raskolnikoff, cuya presencia había evidentemente olvidado durante este diálogo con Mikolai.
Al fijarse en su visitante pareció que se turbaba el juez de instrucción y dirigiéndose a él le dijo:
--Rodión Romanovitch, _batuchka_, perdóneme usted, se lo suplico... Nada tiene usted que hacer aquí... yo mismo... ya ve qué sorpresa...
Tomó al joven por el brazo y le señaló la puerta.
--Según se ve, no esperaba usted tal cosa--observó Raskolnikoff.
Naturalmente, lo que acababa de suceder era para él un enigma. Sin embargo, había recobrado en gran parte su serenidad.
--Tampoco usted lo esperaba, _batuchka_. Vea usted cómo le tiembla la mano. ¡Je, je, je!
--También está usted temblando, Porfirio Petrovitch--observó Raskolnikoff.
--Es verdad... no esperaba esto...
Se encontraban ya en el umbral de la puerta. El juez de instrucción tenía prisa porque se marchase el joven.
--¿De modo que no me enseña usted la «pequeña sorpresa» que me tenía preparada?--preguntó éste bruscamente.
--Apenas si tiene fuerzas para hablar y ya se muestra irónico, ¡je, je, je! ¡Ea, hasta la vista!
--Creo que sería más propio decir _¡adiós!_
--Será lo que Dios quiera--balbuceó Porfirio con risa forzada.
Al atravesar la Cancillería, Raskolnikoff advirtió que muchos de los empleados le miraban fijamente. En la antesala reconoció en medio de la gente a los _dvorniks_ de _aquella casa_, a los que había propuesto la tarde de la extraña visita que le condujesen a la comisaría de policía. Parecía que estaban esperando allí algo, pero apenas hubo llegado al rellano de la escalera, cuando oyó de nuevo la voz de Porfirio Petrovitch. El joven se volvió y vió al juez de instrucción que, todo sofocado, acudía a llamarle.
--Una palabra todavía, Rodión Romanovitch. Dios sabe lo que pasará en este asunto; pero, para la cuestión de forma, tengo que pedirle a usted algunos datos, de modo que nos volveremos a ver de seguro.
Porfirio se detuvo sonriendo delante del joven.
--De seguro--repitió.
Parecía que iba a decir alguna otra cosa; pero nada añadió.
--Perdone usted mi proceder de antes, Porfirio Petrovitch... Me he alterado un poco--comenzó a decir Raskolnikoff, que había recobrado ya toda su serenidad y sentía grandes deseos de burlarse del magistrado.
--¡Bah! Eso no tiene importancia--replicó el juez con tono casi jovial--. También yo tengo un carácter insoportable, lo reconozco. Ya nos veremos; si Dios quiere, nos veremos a menudo.
--Y entonces nos conoceremos a fondo--repuso Raskolnikoff.
--Muy a fondo--repitió como un eco Porfirio Petrovitch, y guiñando un ojo, miró con mucha gravedad a su interlocutor--. ¿Y ahora va usted a comer a una fiesta?
--A un entierro.
--¡Ah! Está bien. Tenga usted cuidado de su salud.
--Por mi parte, no sé qué votos hacer por usted--respondió Raskolnikoff, y comenzó a bajar la escalera; pero de repente se volvió hacia Porfirio--. ¡Ah! Le deseo a usted de todo corazón mejor éxito del que ha conseguido hasta ahora, vea usted, sin embargo, qué cómicas son sus funciones.
Al oír estas palabras, el juez de instrucción, que se disponía a volver a su despacho, aguzó el oído.
--¿Qué es lo que tienen de cómicas?--preguntó.
--Mucho. Ahí tiene a ese pobre Mikolai; ¡cuánto ha debido usted atormentarle! ¡Cuánto lo habrá usted fatigado para arrancarle su confesión! Día y noche, sin duda, le habrá usted repetido en todos los tonos: «¡Tú eres el asesino, tú eres el asesino!» Le habrá usted perseguido sin tregua, según su método psicológico, y ahora, cuando él se reconoce culpable, usted empieza con la cantata en otro tono de «¡Mientes! ¡Tú no eres el asesino! ¡No puedes serlo, no dices la verdad!» Pues bien, después de esto, ¿no tengo derecho para encontrar cómicas las funciones de usted?
--¡Je, je, je! ¿De modo que ha reparado usted que hace poco rato he hecho observar a Mikolai que no decía la verdad?
--¿Cómo no había de observarlo?
--¡Je, je, je! Tiene usted mucho ingenio; nada se le escapa. Además, le da a usted por lo chistoso. Posee usted la cuerda humorística. ¡Je, je, je! Ese era, según dicen, el rasgo distintivo de Cogol.
--Sí, de Cogol.
--En efecto, de Cogol, ¡Hasta la vista!...
--Hasta la vista.
El joven se fué directamente a su casa. Cuando llegó a su domicilio, se echó en el diván y durante un cuarto de hora intentó ordenar algún tanto sus ideas, que eran muy confusas. No trató siquiera de explicarse la conducta de Mikolai, comprendiendo que había allí un misterio cuya clave buscaría en vano por el momento. Por lo demás, no se hacía ilusiones sobre las consecuencias probables del incidente. No tardaría en comprenderse que eran mentirosas las confesiones del obrero, y entonces las sospechas recaerían de nuevo sobre él. Pero, en tanto, era libre y podía tomar sus medidas en previsión del peligro que juzgaba inminente.
¿Hasta qué punto, empero, estaba amenazado? La situación comenzaba a esclarecerse. El joven temblaba aún al acordarse de su reciente entrevista con el juez de instrucción. No podía penetrar todas las intenciones de Porfirio, pero lo que adivinaba era más que suficiente para hacerle comprender de qué terrible peligro acababa de escapar. Un poco más y se hubiera perdido sin remedio. Conociendo la irritabilidad nerviosa de su visitante, el juez se había apoyado sólidamente sobre este dato, y había descubierto con exceso de atrevimiento su juego; pero jugaba sobre seguro. Ciertamente, Raskolnikoff se había comprometido demasiado; sin embargo, las imprudencias de que él se acusaba no constituían todavía una prueba en contra suya: esto no tenía más que un carácter relativo. ¿No se engañaba, sin embargo, al pensar así? ¿Cuál era el proyecto de Porfirio? ¿Habría éste maquinado algo aquel día, y si tenía preparado un golpe, en qué consistía éste? Sin la aparición inesperada de Mikolai, ¿cómo hubiera acabado esta entrevista?
Raskolnikoff estaba sentado en el sofá con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza en las manos. Un temblor nervioso agitaba todo su cuerpo. Al fin se levantó, tomó la gorra y después de haber reflexionado un momento, se dirigió hacia la puerta.
--Por hoy, al menos--se dijo--, no tengo nada que temer.
De repente experimentó una especie de alegría y se le ocurrió la idea de dirigirse lo más pronto posible a casa de Catalina Ivanovna. Ya era tarde para asistir al entierro, pero llegaría a tiempo para comer y allí vería a Sonia. Se detuvo, reflexionó, y en sus labios se dibujó una triste sonrisa.
«¡Hoy! ¡Hoy!--repitió--. Sí, hoy mismo. Es preciso.»
En el momento en que se dirigía a la puerta, ésta se abrió por sí misma. El joven retrocedió espantado viendo aparecer al enigmático personaje de la víspera, _al hombre salido de debajo de la tierra_.
El recién venido se detuvo en el umbral, y después de haber mirado silenciosamente a Raskolnikoff, dió un paso en la habitación. Vestía exactamente como el día anterior, pero su rostro no era el mismo.
--¿Qué quiere usted?--preguntó Raskolnikoff pálido como un muerto.
El hombre, en vez de responder, se inclinó casi hasta el suelo. Por lo menos le tocó con el anillo que llevaba en la mano derecha.
--¿Quién es usted?--preguntó Raskolnikoff.
--Pido a usted perdón--dijo el hombre en voz baja.
--¿De qué?
--De mis malos pensamientos.
Los dos hombres se miraron.
--Estaba ciego de ira. Cuando usted fué el otro día, teniendo, sin duda, la razón perturbada por la bebida, hizo preguntas acerca de la sangre y pidió a los _dvorniks_ que lo condujesen a la oficina de policía, vi con disgusto que no hacían caso de las palabras de usted, tomándole por un borracho; esto me contrarió de tal modo, que no pude dormir; pero me acordaba de las señas de usted y vine ayer aquí...
--¿Fué usted quien vino?--interrumpió Raskolnikoff.
Comenzaba a comprender.
--Sí; yo le he insultado a usted.
--¿Estaba usted en aquella casa?
--Sí, me encontraba junto a la puerta cochera cuando la visita de usted. ¿Lo ha olvidado usted? Vivo allí desde hace mucho tiempo. Soy peletero...
Raskolnikoff se acordó súbitamente de toda la escena de la antevíspera. En efecto: independientemente de los _dvorniks_ había en la puerta cochera muchas personas, hombres y mujeres. Uno de ellos había propuesto que se le condujese a la comisaría de policía. No podía acordarse del rostro del que emitió esta idea; tampoco le reconoció en este momento; pero sí se acordaba de haberle respondido algo y de haberse vuelto a mirarle.
Así se explicaba de la manera más sencilla del mundo el terrible misterio de la víspera. ¡Y bajo la impresión de la inquietud que le causaba una circunstancia tan insignificante, había estado a punto de perderse! Aquel hombre no podía contar nada sino que Raskolnikoff se presentó a alquilar el cuarto de la vieja y que preguntó acerca de la sangre. Aparte de esta excursión de un _enfermo en delirio_, salvo esa _psicología de dos filos_, Porfirio no sabía nada. No tenía ningún hecho, nada positivo. «Por consiguiente--pensaba el joven--, si no surgen nuevos cargos (y no surgirán, estoy seguro de ello), ¿qué pueden hacerme? Aunque me detuvieran, ¿cómo demostrarían definitivamente mi culpabilidad?»
Otra conclusión se desprendía para Raskolnikoff de las palabras de su visitante: hacía muy pocas horas que Porfirio tuvo noticia de su visita al cuarto de la víctima.
--¿Usted le ha dicho hoy a Porfirio que estuve yo allí?--preguntó el joven asaltado por súbita idea.
--¿A qué Porfirio?
--Al juez de instrucción.
--Yo se lo he dicho. Como los _dvorniks_ no habían ido, fuí yo.
--¿Hoy?
--Llegué un minuto antes que usted; lo he oído todo y sé que le ha hecho pasar a usted un mal rato.
--¿Dónde? ¿Qué? ¿Cuándo?
--Yo estaba allí, en la pieza contigua a su gabinete, en donde he permanecido todo el tiempo que ha durado la entrevista.
--¿Cómo? ¿De modo que era usted la sorpresa? ¿Cómo ha sido eso? Cuéntemelo usted todo, se lo ruego.
--Viendo--dijo el menestral--que los _dvorniks_ rehusaban avisar a la policía, a pretexto de que era demasiado tarde y de que encontrarían la oficina cerrada, experimenté una viva contrariedad y resolví enterarme por mí mismo; al día siguiente, es decir, ayer, tomé datos y me he presentado al juez de instrucción. La primera vez que estuve en la oficina no se encontraba allí; volví una hora después y no fuí recibido; en fin, la última vez se me hizo entrar. Conté punto por punto cuanto había pasado; al oírme el juez saltaba en la habitación y se daba golpes en el pecho diciendo: «¿De ese modo cumplís, bribones, con vuestra obligación? Si yo hubiese sabido esto antes, le hubiera hecho buscar por la gendarmería.» En seguida salió precipitadamente, llamó a no sé quién y estuvo hablando con él en un rincón; se dirigió otra vez a mí y se puso de nuevo a interrogarme, profiriendo fuertes imprecaciones. No le he ocultado nada; le he dicho que usted no se atrevió a contestar a mis palabras de ayer y que no me había reconocido. Continuaba dándose golpes en el pecho, vociferando y saltando por la habitación. Entonces le anunciaron a usted. «Retírese detrás del tabique--me dijo dándome una silla--, y estése ahí sin chistar, oiga lo que oiga; puede que le interrogue otra vez.» Después cerró la puerta. Cuando condujeron a Mikolai, despidió a usted y me hizo salir a mí. «Tendré aún que interrogarle», me dijo.
--¿Preguntó a Mikolai delante de ti?
--Yo salí inmediatamente después de usted, y entonces fué cuando comenzó el interrogatorio de Mikolai.
Terminado su relato, el menestral se inclinó de nuevo hasta el suelo.
--Perdóneme usted por mi denuncia y por el error en que he incurrido.
--¡Que Dios te perdone!--respondió Raskolnikoff.
«Nada de inculpaciones precisas, nada más que pruebas de dos filos», pensó Raskolnikoff renaciendo a la esperanza, y salió de la habitación. «Todavía podemos luchar», se dijo con sonrisa colérica, mientras bajaba la escalera.
Estaba irritado contra sí mismo y sentíase humillado.
QUINTA PARTE
I
Al día siguiente de aquel otro fatal en que Pedro Petrovitch tuvo su explicación con las señoras de Raskolnikoff, las ideas de aquél se esclarecieron y con extremo disgusto suyo le fué forzoso reconocer que la ruptura, en la cual no había querido creer el día antes, era un hecho consumado. La negra serpiente del amor propio herido le estuvo mordiendo el corazón durante toda la noche. Al saltar de la cama, el primer movimiento de Pedro Petrovitch fué irse a mirar al espejo, temiendo que durante la noche le hubiese invadido la ictericia. Por fortuna esta aprensión no era fundada. Al contemplar su rostro pálido y distinguido, llegó hasta a consolarse por breves instantes ante la idea de que no le costaría trabajo reemplazar a Dunia y quién sabe si ventajosamente. Pero no tardó en desechar esta esperanza quimérica y lanzó un fuerte salivazo, lo que hizo sonreír burlonamente a su joven amigo y compañero de habitación, Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff.
Pedro Petrovitch advirtió ese mudo sarcasmo y lo puso en la cuenta de su amigo, cuenta que estaba ya bastante cargada, y redobló su cólera después que hubo reflexionado que no debía hablar de esta historia a Andrés Semenovitch. Fué la segunda tontería que el arrebato le hizo cometer el día anterior: había cedido a la necesidad de desahogar el exceso de su irritación.
Durante toda la mañana la suerte se ensañó en perseguir a Ludjin. En el mismo Senado, el negocio en que se ocupaba le reservaba un disgusto. Lo que le molestaba más que nada era la imposibilidad de hacer entrar en razón al propietario de la nueva casa que había alquilado en vista de su próximo enlace. Este individuo, alemán de origen, era un antiguo obrero a quien la fortuna había sonreído; no aceptaba ninguna transacción y reclamaba el pago entero del alquiler estipulado en el contrato, aun cuando Pedro Petrovitch le devolvía el cuarto casi restaurado.
El tapicero no se mostraba más complaciente que el propietario, y pretendía quedarse hasta con el último rublo de la señal recibida por la venta de un mobiliario de que Pedro Petrovitch «aun no se había hecho cargo». «Va a ser menester que me case para recuperar los muebles», decía rechinando los dientes el desgraciado Ludjin. Una última esperanza atravesaba su alma. «¿Era posible que aquel mal no tuviera remedio?» Tenía clavado en el corazón, como una espina, el recuerdo de los encantos de Dunia. Fué para él aquello un trago muy amargo, y si hubiera podido, con un simple deseo, hacer morir a Raskolnikoff, de seguro que Pedro Petrovitch habría matado al joven inmediatamente.
«Otra tontería de mi parte ha sido no darles dinero», pensaba mientras volvía entristecido a casa de Lebeziatnikoff. «¿Por qué he sido yo tan judío? ¡Fué un mal cálculo!... ¡Dejándolas momentáneamente en la estrechez, yo creía prepararlas a que vieran en mí una providencia, y he aquí que se me deslizan entre los dedos!... No, no. Si yo les hubiera dado mil quinientos rublos, por ejemplo, para que comprasen la canastilla en el Almacén Inglés, mi conducta hubiera sido a la vez más noble y más hábil y no me habrían dejado tan fácilmente. Dados sus principios, se hubieran creído, sin duda, obligadas a devolverme regalos y dinero; esta resolución les hubiera sido penosa y difícil, habría sido para ellas cuestión de conciencia. ¿Cómo atreverse entonces a poner así a la puerta a un hombre que se había mostrado tan generoso, y tan delicado?... He hecho una tontería.»
Pedro Petrovitch volvió de nuevo a rechinar los dientes y se trató de imbécil, en su fuero interno, por supuesto. Al llegar a esta conclusión llevó a su alojamiento mucho peor humor y disgusto que sacara de él. Sin embargo, atrajo su curiosidad hasta cierto punto el barullo producido en casa de Catalina Ivanovna, a causa de los preparativos de la comida. Ya había oído hablar la víspera de este banquete; es más, recordaba que le habían invitado; pero sus ocupaciones personales le hicieron que lo olvidara.
En ausencia de Catalina Ivanovna (que a la sazón se hallaba en el cementerio), la señora Lippevechzel andaba atareada alrededor de la mesa, que ya estaba puesta. Hablando con la patrona, Pedro Petrovitch supo que se trataba de una verdadera comida de gala, a la que estaban invitados casi todos los vecinos de la casa, y entre ellos muchos que no habían conocido siquiera al difunto. El propio Andrés Semenovitch recibió la invitación correspondiente, a pesar de estar reñido con Catalina Ivanovna. En fin, se tendría mucho gusto en que Pedro Petrovitch honrase aquella comida con su presencia, puesto que era, entre todos los inquilinos, el personaje más importante. La viuda de Marmeladoff, olvidando todos sus resentimientos con la patrona, había invitado también a Amalia Ivanovna, la cual se ocupaba, en aquellos momentos, con íntima satisfacción, en los preparativos de la comida. Además, la señora Lippevechzel habíase vestido de ceremonia, y aunque su traje era de duelo, se comprendía que su dueña sentía vivo placer en exhibir sus galas. Enterado de todos estos pormenores, Pedro Petrovitch tuvo una idea y entró pensativo en su habitación, o mejor dicho, en la de Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff: acababa de saber que Raskolnikoff figuraba en el número de los invitados.
Aquel día Andrés Semenovitch había pasado toda la mañana en su cuarto. Entre este individuo y Ludjin existían extrañas relaciones perfectamente explicables. Pedro Petrovitch le odiaba y le despreciaba en grado superlativo casi desde el mismo día que fué a su casa a pedirle hospitalidad; además, parecía tenerle en poco.
Al llegar a San Petersburgo, Ludjin fué a casa de Lebeziatnikoff, en primer lugar y sobre todo por economía, pero también por otro motivo. En su provincia había oído hablar de Andrés Semenovitch, su antiguo pupilo, como de uno de los progresistas jóvenes más avanzados de la capital y como hombre que ocupaba puesto visible en ciertos círculos ya legendarios. Esta circunstancia tenía mucho valor para Pedro Petrovitch, el cual desde hacía tiempo experimentaba un vago temor respecto a estos círculos poderosos que lo sabían todo, que no respetaban a nadie y hacían la guerra a todo el mundo.
Huelga añadir que la distancia no le permitía tener noción exacta de estas cosas. Como tantos otros, había oído decir que existían en San Petersburgo progresistas, nihilistas, enderezadores de entuertos, etcétera; pero en su espíritu, como en el de otras muchas personas, estas palabras tenían una significación exagerada. Lo que temía principalmente eran las informaciones dirigidas contra tal o cual individuo por el partido revolucionario. Ciertos recuerdos que se remontaban a los primeros tiempos de su carrera, no contribuían poco a fortificar en su ánimo aquel temor, muy vivo ya desde que acariciaba el sueño de establecerse en San Petersburgo.
Dos personajes de una categoría bastante elevada y que protegieron los comienzos de su carrera, fueron objeto de los ataques de los radicales, que llevaron, empero, las de perder. He aquí porque desde su llegada a la capital, Pedro Petrovitch trataba de enterarse de dónde soplaba el viento, para, en caso de necesidad, granjearse las simpatías de _nuestras jóvenes generaciones_. Contaba con Andrés Semenovitch para que le ayudase. La conversación de Ludjin cuando visitó a Raskolnikoff nos ha demostrado ya que había conseguido apropiarse en parte la fraseología de los reformadores.
Andrés Semenovitch estaba empleado en un Ministerio. Pequeño, desmedrado, escrofuloso, tenía el cabello de un rubio casi blanco y llevaba patillas en forma de chuletas con las cuales estaba orgulloso; casi siempre tenía malos los ojos. Aunque en el fondo era una bella persona, mostraba en su lenguaje una presunción a menudo rayana con la temeridad, lo que hacía extraño contraste con su aspecto enfermizo. Se le consideraba, por lo demás, como uno de los inquilinos _comme il faut_ porque no se embriagaba y pagaba con puntualidad su pupilaje. Aparte de estos méritos, Andrés Semenovitch era en realidad bastante necio. Un arrebato irreflexivo le llevó a afiliarse bajo la bandera del progreso: era uno de esos numerosos incautos que se enamoran de las ideas de moda y desacreditan con sus majaderías una causa a la cual se han unido sinceramente.
No obstante su buen carácter, Lebeziatnikoff acabó por encontrar insoportable a su huésped y antiguo tutor. Pedro Petrovitch, por su parte, correspondíale con la misma antipatía. A despecho de su simplicidad, Andrés Semenovitch comenzaba a advertir que en el fondo Pedro Petrovitch le despreciaba y que con este hombre no se podía ir a ninguna parte. Trató de exponerle el sistema de Fourier y el de Darwin; pero Ludjin, que en un principio se contentó con escucharle burlonamente, no se privaba ahora de decir palabras mortificantes a su joven catequista. Lo cierto es que Ludjin acabó por creer que Lebeziatnikoff era no solamente un imbécil, sino un charlatán desprovisto de toda importancia en su propio partido. Su función especial era la _propaganda_, y todavía no debía de estar muy ducho en ella, porque vacilaba a menudo en sus explicaciones. Decididamente, ¿qué tenía que temer Ludjin de semejante sujeto?
Notemos de paso que desde su instalación en casa de Andrés Semenovitch (sobre todo en los primeros días), Pedro Petrovitch aceptaba con placer, o por lo menos sin protesta, los cumplimientos muy extraños de su huésped cuando éste, por ejemplo, le manifestaba un gran celo por el establecimiento de una nueva _commune_ en la calle de los Burgueses, y cuando le decía: «Es usted demasiado inteligente para enfadarse si su mujer toma un amante un mes después de su matrimonio; un hombre ilustrado como usted no bautizará a sus hijos, etc., etc.» Pedro Petrovitch no pestañeaba al oír que le hablaban de tal modo; tan agradables le eran los elogios, fuesen como fuesen.
Había negociado algunos títulos por la mañana, y ahora, sentado delante de la mesa, recontaba la suma que acababa de recibir. Andrés Semenovitch casi nunca tenía dinero y se paseaba por la habitación afectando no mirar aquellos fajos de billetes de Banco sino con despreciativa indiferencia. Ludjin no creía que aquel desdén fuera sincero. Por su parte, Lebeziatnikoff adivinaba, no sin disgusto, el pensamiento escéptico de su huésped y pensaba que éste se había puesto a contar el dinero para humillarle y recordarle la distancia que la fortuna había establecido entre ambos.
Ahora Pedro Petrovitch estaba mucho peor dispuesto y desatento que nunca. Aunque Lebeziatnikoff desarrollaba su tema favorito, el _comunismo_, el hombre de negocios sólo se interrumpía para hacer de vez en cuando alguna observación burlona y descortés. Pero Andrés Semenovitch seguía imperturbable. El mal humor de Ludjin se explicaba a sus ojos por el despecho de un enamorado a quien acababan de dejar compuesto y sin novia. También intentó buscar este motivo de conversación con objeto de consolar a su respetable amigo.
--Parece que se prepara una comida de duelo en casa de esa... viuda--dijo a quema ropa Ludjin interrumpiendo a Lebeziatnikoff en el punto más interesante de su peroración.
--¿No lo sabía usted, acaso? Ya le hablé ayer de eso, y le expuse mi opinión sobre tales costumbres... Según tengo entendido, le han invitado a usted. Ayer mismo habló usted con ella.