El crimen y el castigo

Part 22

Chapter 224,002 wordsPublic domain

--¿Cómo habías de haber salido tú, si no hubieses estado delirando?--dijo exaltándose Razumikin--. ¿Para qué semejante salida? ¿Con qué objeto? Y sobre todo, ¿por qué escapar así, ocultándote? Has de convenir conmigo en que tenías perturbadas tus facultades mentales. Te lo digo así, muy clarito, ahora que el peligro ha pasado.

--Me habían fastidiado tanto ayer...--dijo Raskolnikoff dirigiéndose al juez de instrucción con una sonrisa que parecía un desafío--, y queriendo librarme de ellos salí para alquilar un cuarto en que no pudiesen descubrirme; había tomado para este efecto cierta cantidad. El señor Zametoff me vió el dinero en la mano; dígame usted, señor Zametoff, si deliraba yo ayer o si estaba en mi sano juicio. Sea usted el árbitro de nuestra disputa.

En aquel momento de buena gana hubiera estrangulado al polizonte que le irritaba por su mutismo y la expresión de su mirada.

--Me pareció que hablaba usted muy sensatamente y con mucha sutileza; pero le encontré a usted demasiado irascible--declaró secamente Zametoff.

--Y hoy--añadió Porfirio--me ha dicho Nikodim Fomitch que había encontrado a usted ayer, a hora muy avanzada de la noche, en casa de un funcionario que acababa de ser atropellado por un carruaje...

--Eso mismo viene en apoyo de lo que yo decía--dijo Razumikin--. ¿No te has conducido como un loco en casa de un funcionario? ¿No te despojaste de todo tu dinero para pagar el entierro? Comprendo que quisieses socorrer a la viuda; pero podías haberle dado quince rublos, veinte, si quieres, pero siempre reservándote algo para ti. Por el contrario, lo diste... te desprendiste de tus veinticinco rublos.

--Pero, ¿qué sabes tú? Tal vez he encontrado un tesoro. Ayer estaba yo en vena de ser generoso... El señor Zametoff, aquí presente, sabe que he encontrado un tesoro... Pido a ustedes perdón de haberles molestado durante media hora en mi insubstancial palabrería--prosiguió con los labios temblorosos dirigiéndose a Porfirio--. He importunado a ustedes, ¿no es eso?

--¿Qué dice usted? Todo al contrario; si usted supiese cuánto me interesa y lo curioso que resulta oírle... Confieso a usted que estoy encantado de haber recibido su visita.

--¡Vamos, danos te! Tenemos el gaznate seco--exclamó Razumikin.

--¡Excelente idea!, pero antes del te querrás tomar algo más sólido, ¿eh?

--¡Caracoles! ¡Algo más sólido! ¿A qué esperas?

Porfirio Petrovitch salió para encargar el te.

En el cerebro de Raskolnikoff, hervían multitud de pensamientos. Estaba por extremo excitado.

--Ni siquiera se toman el trabajo de fingir, no usan muchas precauciones; este es el punto principal. Puesto que Porfirio no me conocía, ¿por qué ha hablado de mí con Nikodim Fomitch? No se cuidan de ocultar que husmean mis huellas como traílla de perros. ¡Me escupen en la cara desfachatadamente!--decía temblando de rabia--. Id derechamente contra mí, pero no juguéis conmigo como el gato con el ratón. Eso es una descortesía, Porfirio Petrovitch, y yo no lo tolero... Me levantaré y os arrojaré la verdad a la cara y veréis entonces cuánto os desprecio.

Respiró con ansia y continuó pensando:

--¿Pero si todo esto no existiese más que en mi imaginación, si fuese un espejismo, si hubiese interpretado mal las cosas?... Tratemos de sostener nuestro feo papel y no vayamos a perdernos como un imbécil por un arrebato de cólera. Quizá les atribuyo intenciones que no tienen. Sus palabras carecen en rigor de malicia, nada de particular tienen; pero deben de encerrar una segunda intención. ¿Por qué Zametoff ha observado que yo le _hablé con mucha sutileza_? ¿por qué me han hablado con ese tono? Sí; me han hablado con un tono particular... ¿Cómo todo esto no le ha chocado a Razumikin? Ese estúpido no se entera jamás de nada. Creo que tengo otra vez fiebre. ¿Me hizo Porfirio hace un poco un guiño con los ojos, o acaso me he engañado? No pienso más que absurdos; ¿por qué había de guiñarme los ojos? ¿Se proponen irritar mis nervios para empujarme hasta el fin? todo esto es pura fantasmagoría o saben... Zametoff ha estado insolente; tiempo ha tenido desde ayer de reflexionar. Ya presumía yo que cambiaría de opinión. Está aquí como en su casa, y eso que ha venido hoy por primera vez. Porfirio no le trata como a un extraño y hasta se sienta volviéndole la espalda. Estos dos se han hecho amigos y sin duda por mi causa han comenzado sus relaciones. Seguro estoy de que hablaban de mí cuando he llegado. ¿Tienen noticia de mi visita al cuarto de la vieja? Desearía saberlo... Cuando he dicho que había salido para alquilar un cuarto, Porfirio se ha hecho el desentendido... pero he hecho bien en decirlo; más tarde me podrá servir; en cuanto al delirio, el juez de instrucción no parece darle crédito. «Sabe perfectamente lo que hice yo aquella noche... Ignoraba la llegada de mi madre... ¡Y aquella bruja que había apuntado con lápiz la fecha del empeño!... No, no, la seguridad que afectáis no me engaña; hasta ahora no tenéis hechos; os fundáis solamente en vagas conjeturas. Citadme un hecho, si podéis alegar uno solo en contra mía. La visita que hice a la vieja nada prueba; se puede explicar por un delirio. Me acuerdo de lo que dije a los dos obreros y al _dvornik_... ¿Saben que estuve allí? No me iré hasta que me cerciore de que lo saben o no. ¿Por qué he venido? Pero he aquí que ahora me encolerizo y esto sí que es de temer. ¡Ah, qué irritable soy! Después de todo más vale quizá que sea así: sigo representando un papel de enfermo. Parece que va a interrogarme... Esto me va a hacer vacilar y perder la cabeza. ¿Por qué he venido?»

Todas estas ideas atravesaron su espíritu con la rapidez del relámpago. Al cabo de un instante volvió Porfirio Petrovitch. Parecía de muy buen humor.

--Ayer, al salir de tu casa, amigo mío, no estaba yo muy bien de cabeza--comenzó a decir dirigiéndose a Razumikin con una alegría que no había demostrado hasta entonces--; pero yo estoy bien. ¿Y qué tal? ¿la velada fué interesante? Os dejé en el momento más animado. ¿Por quién quedó la victoria?

--Como es natural, por nadie: todos argumentaron a más y mejor en pro de sus viejas tesis. Figúrate que la discusión versaba ayer sobre lo siguiente--agregó, volviéndose hacia Raskolnikoff--: ¿hay crímenes o no los hay? ¡Cuántas tonterías dijeron con tal motivo!

--¿Qué hay en eso de extraordinario? Es una cuestión social que ni siquiera tiene el mérito de la novedad--respondió distraídamente Raskolnikoff.

--La cuestión no se planteó en esos términos--observó el juez.

--Es verdad, no fué precisamente en esos términos--repuso Razumikin con su insistencia de costumbre--. Escucha, Rodia, y dinos tu opinión. Ayer me hicieron perder la paciencia; te esperaba porque me habías prometido tu visita. Los socialistas comenzaron por exponer su teoría. Sabido es en qué consiste: el crimen es una protesta contra un orden social mal organizado; nada más. Con eso creen haberlo dicho todo; no admiten otro móvil para los actos criminales; según ellos, el hombre es lanzado al crimen únicamente por el ambiente. Es su frase favorita.

--A propósito de crimen y de ambiente--dijo Porfirio Petrovitch, dirigiéndose a Raskolnikoff--; recuerdo un trabajo de usted que me interesó vivamente; hablo de su artículo sobre el _Crimen_... no me acuerdo bien del título. Tuve el gusto de leerlo hace dos meses en _La Palabra Periódica_.

--¡Un artículo mío en _La Palabra Periódica_!--exclamó Raskolnikoff, sorprendido--. Recuerdo que, hace seis meses, cuando salí de la Universidad, escribí un artículo a propósito de un libro; pero lo llevé a _La Palabra Semanal_ y no a _La Palabra Periódica_.

--Pues fué publicado en esta última.

--Como _La Palabra Semanal_ suspendió su publicación, mi artículo no pudo salir.

--Pero como esa revista se fundió con _La Palabra Periódica_, hace dos meses que apareció en ésta el artículo a que me refiero. ¿No lo sabía usted?

--No.

--Pues bien, puede usted ir a cobrar su importe. ¡Qué raro es usted! Ni siquiera se entera de lo que directamente le interesa.

--¡Muy bien, Rodia!--exclamó Razumikin--. Tampoco yo lo sabía. Hoy mismo voy a pedir el número en el gabinete de lectura. ¿Hace dos meses que se publicó? ¿En qué fecha? No importa, lo encontraré. ¡Y qué callado se lo tenía!

--¿Cómo ha sabido usted que el artículo era mío? Yo no lo había firmado.

--Lo he sabido recientemente por una mera casualidad. El redactor jefe es amigo mío, y me descubrió el secreto. Ese trabajo me interesó sobremanera.

--Examinaba yo en él, lo recuerdo perfectamente, el estado psicológico del delincuente en el momento de cometer el crimen.

--Sí, y procuraba usted demostrar que en ese momento el criminal es un enfermo. Me parece una teoría muy original; pero no fué ésa la parte de su artículo que más me interesó; me fijé especialmente en un pensamiento que se encontraba en el mismo, y que, por desgracia, explicaba usted con demasiada concisión. En una palabra, como sin duda recordará usted, parece que quería dar a entender que existen en la tierra hombres que pueden, o por mejor decir, que tienen el derecho absoluto de cometer todo género de acciones culpables y criminales; hombres, en fin, para quienes en cierto modo no rezan las leyes.

Al oír esta pérfida interpretación de su pensamiento, Raskolnikoff se sonrió.

--¿Cómo? ¿Qué? ¿El derecho al crimen? No; lo que quiso decir es que el criminal se ve impulsado al delito por la influencia irresistible del ambiente. ¿No es eso?--preguntó Razumikin con inquietud.

--No, no se trata de eso--replicó Porfirio--. En dicho artículo se clasifica a los hombres en ordinarios y extraordinarios. Los primeros deben vivir en la obediencia y no tienen derecho a violar la ley; los segundos poseen el derecho de cometer todos los crímenes y de saltar por encima de todas las leyes, precisamente porque son hombres extraordinarios: si no me engaño, esto es lo que usted dijo.

--¡Eh! ¿Como? ¡Es imposible que sea eso!--balbució Razumikin estupefacto.

Raskolnikoff volvió a sonreír. Había comprendido en seguida que se trataba de arrancarle una declaración de principios, y acordándose de su artículo no vaciló en explicarlo.

--No es eso--comenzó a decir con tono sencillo y modesto--. Confieso, no obstante, que ha reproducido usted con bastante exactitud mi pensamiento, y hasta, si usted quiere, diré que con mucha exactitud (pronunció estas últimas palabras con cierta satisfacción); lo que yo no he dicho, como usted me lo hace decir, es que las personas extraordinarias tengan absoluto derecho para cometer en todo caso cualesquiera acciones criminales. Supongo que la censura no habría dejado pasar un artículo concebido en tales términos. He aquí sencillamente lo que yo me he permitido decir: el hombre extraordinario tiene el derecho, no oficialmente, sino por sí mismo, de autorizar a su conciencia a franquear ciertos obstáculos; pero sólo en el caso en que se lo exija la realización de su idea, la cual puede ser a veces útil a todo el género humano. Usted pretende que mi artículo no es claro y voy a tratar de explicarlo: quizá no me engañe al suponer que tal es el deseo de usted. Según mi parecer, si los inventos de Kleper y de Newton, a causa de ciertas circunstancias no hubieran podido darse a conocer sino mediante el sacrificio de uno, de diez, de ciento o de un número mayor de vidas que hubiesen sido obstáculos a esos descubrimientos, Newton habría tenido el derecho, más aún, habría tenido el deber de _suprimir_ a esos diez, a esos cien hombres, a fin de que sus descubrimientos fuesen conocidos por el mundo entero. Esto no quiere decir, como usted comprenderá, que Newton tuviese el derecho de asesinar a quien se le antojase ni de robar a quien le viniese en gana. En mi artículo insisto, me acuerdo de ello, sobre esta idea, a saber: que todos los legisladores y guías de la humanidad, comenzando por los más antiguos y pasando por Licurgo, Solón y Mahoma hasta llegar a Napoleón, etc., todos sin excepción han sido delincuentes, porque en el hecho de dar nuevas leyes han violado las antiguas, que eran observadas fielmente por la sociedad y transmitidas a las generaciones futuras; indudablemente no retrocedían ellos ante el derramamiento de sangre en cuanto les podía ser útil. Es también de notar que todos estos bienhechores y guías de la humanidad han sido terriblemente sanguinarios. Por consiguiente, no sólo los grandes hombres sino todos aquellos que se elevan sobre el nivel común y que son capaces de decir alguna cosa nueva, deben, en virtud de su naturaleza propia, ser necesariamente delincuentes, en mayor o menor grado, según los casos. De otro modo, sería imposible salir de la rutina; y quedarse en ella, es cosa en que no pueden consentir, pues, a mi manera de ver, su propio deber se lo prohibe. En resumen, ya ve usted que aquí no hay nada de particular y nuevo en mi artículo. Esto ha sido dicho e impreso mil veces. En cuanto a mi clasificación de personas en ordinarias y extraordinarias, reconozco que es un poco caprichosa, pero dejo a un lado la cuestión de cifras, a la que doy poca importancia. Creo únicamente que en el fondo mi pensamiento es justo. Este pensamiento se resume diciendo que la Naturaleza divide a los hombres en dos categorías: la una inferior, la de los hombres ordinarios, cuya sola misión es la de reproducir seres semejantes a sí mismos; la otra, superior, que comprende los hombres que poseen el don o el talento de hacer oír una palabra nueva. Claro es que las subdivisiones son innumerables; pero las dos categorías presentan rasgos distintivos bastante determinados. Pertenecen a la primera, de una manera general, los conservadores, los hombres de orden que viven en la obediencia y que la aman. En mi opinión están obligados a obedecer, porque tal es su destino, y porque esto no tiene nada de humillante para ellos. El segundo grupo se compone exclusivamente de hombres que violan la ley o tienden, según sus medios, a violar; sus delitos son naturalmente relativos y de una gravedad variable. La mayor parte reclama la destrucción de lo que es, en nombre de lo que debe ser. Mas si por su idea deben verter la sangre y pasar por encima de cadáveres, pueden en conciencia hacer ambas cosas en interés de su idea, por supuesto. En ese sentido, mi artículo reconocía el derecho al crimen (¿recuerda usted que nuestro punto de partida ha sido una cuestión jurídica?). Por otra parte, no hay que inquietarse mucho; casi siempre la masa les niega ese derecho, los decapita o los cuelga, y obrando de esta suerte, cumple con mucha justicia su misión conservadora hasta el día, si bien es verdad que esta misma masa erige estatuas a los supliciados y los venera alguna que otra vez. El primer grupo es siempre dueño del presente, el segundo lo es del porvenir. El uno conserva el mundo y multiplica los habitantes; el otro, mueve al mundo y lo conduce a su objeto. Estos y aquéllos tienen absolutamente el mismo derecho a la existencia y ¡viva la guerra eterna! Hasta la nueva Jerusalén, por supuesto...

--De modo que usted cree en la nueva Jerusalén.

--Sí que creo--respondió enérgicamente Raskolnikoff, que durante su largo discurso había tenido los ojos bajos mirando obstinadamente un punto del tapete.

--¿Y cree usted en Dios? Perdóneme usted esta curiosidad.

--Sí que creo--repitió el joven mirando a Porfirio.

--¿Y en la resurrección de Lázaro?

--Sí. ¿Por qué me lo pregunta usted?

--¿Y cree usted al pie de la letra?

--Al pie de la letra.

--Dispense usted que le haga estas preguntas, esto me interesaba; pero, permítame, vuelvo al asunto de que hablábamos antes; no se ejecuta siempre a esos hombres extraordinarios; hay algunos, por lo contrario, que...

--¿Que triunfan en vida? ¡Oh, sí! esto ocurre, y entonces...

--Son ellos los que llevan al suplicio a los otros.

--Cuando es preciso. Y a decir verdad, ése es el caso más frecuente. En general, la observación es muy exacta.

--Muchas gracias. Pero, dígame usted, ¿cómo pueden distinguirse los hombres extraordinarios de los ordinarios? ¿Traen al nacer alguna señal? Soy de parecer que convendría un poco más de exactitud, una limitación en cierto modo más clara. Dispense usted esta inquietud natural en un hombre práctico y bien intencionado; pero, ¿no podrían llevar un traje particular, un emblema cualquiera? Porque, figúrese usted... si se produce una confusión, si un individuo de una categoría se figura que es de otra, y se pone, según la expresión feliz de usted, «a suprimir todos los obstáculos...»

--Eso ocurre con mucha frecuencia; esa observación es más sutil aún que la primera.

--Muchas gracias.

--No hay de qué darlas. Pero considere usted que el error sólo es posible en la primera categoría, es decir, en aquellos que he llamado quizá con impropiedad «hombres ordinarios». No obstante su tendencia innata a desobedecer, muchos de ellos, por efecto de un juego de la Naturaleza, se consideran hombres de la vanguardia, «demoledores», y se creen llamados a hacer oír la palabra «nueva», y esta ilusión es en ellos muy sincera. Al mismo tiempo no conocen de ordinario a los verdaderos innovadores y los desprecian como a gentes atrasadas y sin elevación de espíritu. Pero yo creo que no hay en eso un verdadero peligro y que no debe usted inquietarse, porque ellos no van muy lejos; sin duda se podría azotarlos como castigo a su error y volverlos de nuevo a su puesto; pero de todos modos, no hay necesidad de molestar al ejecutor: ellos mismos se aplican la disciplina, porque son personas muy morales y unas veces se prestan los unos a los otros estos servicios y otras veces se azotan ellos por sus propias manos... Ocasiones hay en que ellos mismos se imponen diversas penitencias públicas, lo que no deja de ser edificante; no debe usted preocuparse por ellos.

--¡Vamos! Por esta parte al menos, me ha tranquilizado usted; pero hay una cosa que todavía me preocupa: dígame usted, si le place, ¿hay muchas personas «extraordinarias que tienen el derecho de asesinar a las otras»? Pronto estoy a inclinarme ante ellas; pero si son muchas, confiese usted que la cosa será bastante desagradable.

--Tampoco por eso se debe usted inquietar--prosiguió en el mismo tono Raskolnikoff--. En general, nace un número muy escaso de hombres con una idea nueva, ni aun capaces de darse cuenta de lo que es nuevo. Es evidente que el reparto de los nacimientos en las diversas categorías y subdivisiones de la especie humana, debe de estar estrictamente determinado por una ley de la Naturaleza. Claro es que esta ley nos es desconocida; pero yo creo que existe y que llegará a descubrirse algún día. Una enorme masa de gente sólo ha venido a la tierra para dar al mundo, después de largos y misteriosos cruzamientos de razas, un hombre que, entre mil, poseerá alguna independencia; a medida que va aumentando el grado de independencia no se encuentra más que un hombre por cada diez mil, o por cada cien mil (son cifras aproximadas). Se cuenta un genio entre muchos millones de individuos, y quizá pasan millares de millones de hombres sobre la tierra, antes de que surja una de esas altas inteligencias que renuevan la faz del mundo. En una palabra, yo no he ido a mirar en la retorta en que todo eso se opera; pero hay, debe de haber una ley fija. En esto no puede existir el azar.

--Pero, ¿qué es eso? ¿Os estáis burlando los dos?--gritó Razumikin--. Esto es una comedia. ¡Se están divirtiendo el uno a costa del otro! ¿Hablas con formalidad, Rodia?

Sin responderle, Raskolnikoff levantó hacia él su rostro pálido en el que se pintaba cierta expresión de sufrimiento. Al observar la fisonomía tranquila y triste de su amigo, Razumikin encontró extraño el tono cáustico, provocador y descortés que había tomado Porfirio. Luego dijo:

--Sí, amigo mío, en efecto, esto es serio... Sin duda tiene razón al decir que no es nuevo y que se parece a todo lo que hemos oído y leído mil veces; pero lo que hay en ello verdaderamente original y que te pertenece realmente es, siento decirlo, eso del derecho de derramar sangre que concedes o prohibes, perdóname, con tanto fanatismo... He aquí, por consiguiente, el pensamiento principal de tu artículo. Esa autorización moral de matar es, a mi entender, más espantosa que lo sería la autorización legal, oficial...

--Exacto, más espantosa--afirmó Porfirio.

--No. La expresión ha ido más allá de tu pensamiento; no es eso lo que has querido decir; yo leeré tu artículo. Sucede, que hablando suele ir uno más lejos de lo que se proponía. Tú no puedes pensar tal cosa; yo lo leeré.

--No hay nada de eso en mi artículo; apenas he tocado esa cuestión--dijo Raskolnikoff.

--Sí, sí--repuso el juez--; ahora comprendo sobre poco más o menos la manera que tiene usted de considerar el crimen; pero... perdone usted mi insistencia. Si un joven se imagina ser un Licurgo o un Mahoma... futuro, no hay que decir que comenzará por suprimir cuantos obstáculos le impidan cumplir su misión. Este tal me diría: «Yo emprendo una larga campaña, y para una campaña hace falta dinero...» Esto supuesto, se procuraría recursos... Ya adivina usted de qué manera...

Al oír estas palabras, Zametoff refunfuñó, no sabemos qué, en su rincón. Raskolnikoff no le miró siquiera.

--Obligado estoy a reconocer--respondió éste con calma--que, en efecto, existirán algunos de estos casos. Eso es un lazo que el amor propio tiende a los vanidosos y a los tontos. Los jóvenes, sobre todo, se dejan cazar con él.

--¿Lo está usted viendo?

--¿Y qué? Yo no tengo la culpa: sucede y sucederá siempre. Hace un momento, este amigo nuestro me reprendía por autorizar el asesinato--añadió señalando a Razumikin--; ¿qué importa? ¿Acaso no está la sociedad suficientemente protegida por las deportaciones, las cárceles, los jueces de instrucción y los presidios? ¿Por qué inquietarse? ¡Buscad al ladrón!

--¿Y si le encontramos?

--Peor para él.

--Por lo menos usted es lógico; ¿pero qué le diría su conciencia?

--¿Y a usted qué le importa eso?

--Es una cuestión que interesa al sentimiento humano.

--El que tiene conciencia sufre reconociendo su error; ése es su castigo, independientemente del presidio.

--¿De modo--preguntó Razumikin, frunciendo el entrecejo--, que los hombres de genio, aquellos a quienes les es concedido el derecho de matar, no deben experimentar ningún sufrimiento al derramar sangre?

--¿Qué quiere decir eso de «no deben»? El sufrimiento no se permite ni se prohibe. Que sufran si tienen piedad de su víctima... El sufrimiento acompaña siempre a una conciencia amplia y a un corazón profundo. Los hombres verdaderamente grandes, deben, me parece a mí, experimentar honda tristeza en la tierra--añadió Raskolnikoff, acometido de súbita melancolía, que formaba contraste con la conversación precedente.

Levantó los ojos, miró a todos los que estaban en la sala con aire soñador, sonrió y tomó su gorra. Estaba muy tranquilo, con la comparación, con la actitud que tenía cuando entró, y se daba cuenta de ello.

Todos se levantaron.

Porfirio Petrovitch volvió a la carga.

--Puede usted injuriarme o incomodarse o no conmigo; pero mi deseo es más fuerte que yo y es menester que le dirija todavía una pregunta. Verdaderamente me avergüenza abusar de usted de este modo... En tanto que pienso en esto, y para no olvidarla, quisiera comunicar a usted una idea que se me ha ocurrido...

--¡Bueno!... diga usted su idea--respondió Raskolnikoff en pie, pálido y serio, frente al juez de instrucción.

--Verá usted... verdaderamente no sé cómo expresarme... es una idea muy extraña, psicológica... Al escribir su artículo, es muy probable... que se considerase usted como uno de esos hombres «extraordinarios» de quienes hablaba hace poco... ¿No es así?

--Es muy posible--respondió desdeñosamente Raskolnikoff.

Razumikin hizo un movimiento.

--Si eso fuese así, ¿no estaría usted decidido, ya para triunfar de dificultades materiales, ya para facilitar el progreso de la humanidad, no se decidiría usted repito, a franquear el obstáculo, por ejemplo... a matar y a robar?