Part 23
Al mismo tiempo guiñaba el ojo izquierdo y se reía silenciosamente como antes.
--Si estuviese decidido a eso, no lo diría a usted--replicó Raskolnikoff con acento altanero de desafío.
--Mi pregunta no tenía más objeto que el de una curiosidad literaria; la he hecho únicamente con el fin de penetrar el sentido del artículo de usted.
«¡Oh qué lazo tan grosero! ¡Qué malicia prendida con alfileres!»--pensó Raskolnikoff con algo de desprecio.
--Permítame usted que le diga--respondió secamente--que yo no me creo ni un Mahoma, ni un Napoleón, ni ningún otro personaje de este género: por consiguiente, no puedo explicarle a usted lo que yo haría si estuviese en lugar de ellos.
--¿Quién hay ahora en Rusia que no se crea un Napoleón?--dijo con brusca familiaridad el juez instructor.
Esta vez también la entonación de su voz delataba un segundo fin.
--¿Será acaso un futuro Napoleón el que ha matado a Alena Ivanovna esta semana última?--saltó, de repente, desde su rincón Zametoff.
Sin pronunciar una palabra, Raskolnikoff fijó en Porfirio una mirada fría y penetrante. Las facciones de Razumikin se contrajeron. Un rato hacía ya que parecía dudar de algo. Paseó en torno suyo una mirada irritada. Durante un minuto reinó sombrío silencio. Raskolnikoff se dispuso a salir.
--¿Se marcha usted ya?--dijo cariñosamente Porfirio tendiendo la mano al joven con extrema amabilidad--. Estoy encantado de haberle conocido. En cuanto a su solicitud, esté usted tranquilo. Escriba en el sentido que le he dicho. O más vale que venga usted a verme uno de estos días... mañana, por ejemplo. Estaré aquí sin falta a las once. Lo arreglaremos todo y hablaremos un poco... Como usted es uno de los últimos que ha estado _allí_, podrá quizá decirnos algo--añadió en tono de campesino el juez de instrucción.
--¿Trata usted de interrogarme en toda regla?--preguntó secamente Raskolnikoff.
--De ninguna manera. No se trata de tal cosa en este momento. No me ha comprendido usted. Yo aprovecho todas las ocasiones, y... he hablado ya con todos los que tenían objetos empeñados en casa de la víctima... Muchos me han suministrado datos interesantes... y como usted es el último que estuvo... A propósito--exclamó con súbita alegría--, es una suerte que haya pensado... ya se me olvidaba... (al decir esto se volvió hacia Razumikin); el otro día me mareaba a propósito de ese Mikolai... pues mira, estoy cierto, convencido de su inocencia--prosiguió dirigiéndose a Raskolnikoff--. Pero, ¿qué hacer? Ha sido preciso también molestar a Mitka. He aquí lo que yo quería preguntar a usted: Al subir la escalera de la casa... permítame usted que se lo pregunte, ¿era entre siete y ocho cuando estuvo allí?
--Sí--respondió, y en seguida sintió haber dado esta respuesta, que no tenía necesidad de dar.
--Bueno. Al subir la escalera entre siete y ocho, ¿no vió usted en el segundo piso, en un cuarto cuya puerta estaba abierta, ¿no recuerda usted?, a dos obreros, o por lo menos uno de ellos, que estaba pintando la habitación? ¿No reparó usted? Eso es muy importante para los dos obreros.
--¿Pintores? No, no los vi...--respondió lentamente Raskolnikoff, como si tratase de recordar.
Durante un segundo, puso en tensión violenta todos los resortes de su espíritu para descubrir con claridad qué lazo ocultaba la pregunta hecha por el juez de instrucción.
--No, no los vi ni advertí tampoco si estaba abierto el cuarto--continuó muy contento de haber descubierto la trampa--; de lo que sí me acuerdo es que del cuarto piso el empleado que vivía enfrente de Alena Ivanovna estaba de mudanza. Lo recuerdo muy bien, porque tropecé con dos soldados que llevaban un sofá y tuve necesidad de arrimarme a la pared... Pero lo que es pintores, no recuerdo haberlos visto, ni tampoco de si alguna puerta estaba abierta. No, no lo vi...
--¡Pero qué estás diciendo!--gritó de repente Razumikin, que hasta entonces había estado como reflexionando--: Si fué el mismo día del asesinato cuando los pintores trabajaban en ese cuarto y Rodia estuvo dos días antes en la casa, ¿por qué le haces esa pregunta?
--¡Calle! pues es verdad, he confundido las fechas--exclamó Porfirio dándose una palmada en la frente--. ¡Qué diablos! este asunto me hace perder la cabeza--añadió a modo de excusa dirigiéndose a Raskolnikoff--. Es tan importante saber si alguno los ha visto en el cuarto entre siete y ocho, que sin pararme a reflexionar he creído obtener de usted esta aclaración... He confundido los días.
--Pues convendría fijarse más--gruñó Razumikin.
Estas últimas palabras fueron dichas en la antesala. Porfirio acompañó amablemente a sus visitantes hasta la puerta. Estos estaban tristes y sombríos cuando salieron de la casa y anduvieron muchos pasos sin cambiar una palabra. Raskolnikoff respiraba como hombre que acababa de atravesar por una prueba penosa.
VI
--No lo creo. No puedo creerlo--repetía Razumikin, que hacía toda clase de esfuerzos para rechazar las conclusiones de Raskolnikoff.
Estaban ya cerca de la casa Bakalaieff en donde hacía largo tiempo los esperaban Pulkeria Alexandrovna y Dunia.
En el calor de la discusión, Razumikin se detenía a cada instante en medio de la calle; estaba muy agitado, porque era la primera vez que los dos jóvenes hablaban de _aquello_ sin valerse de palabras encubiertas.
--No lo creas si no quieres--respondió con fría e indiferente sonrisa Raskolnikoff--. Tú, según tu costumbre, nada has advertido; pero yo, yo he pesado cada palabra.
--Tú eres desconfiado; por eso descubres en todas partes segundas intenciones. ¡Hum!... Reconozco, en efecto, que el tono de Porfirio era bastante extraño y sobre todo el de ese bribón de Zametoff... Tienes razón, se advertía en él no sé qué... ¿pero cómo puede ser esto?
--Habrá cambiado de opinión desde ayer.
--No, te engañas. Si tuviesen tan estúpida idea, habrían, por el contrario, puesto mucho cuidado en disimularla; habrían ocultado su juego a fin de inspirarte una engañosa confianza, esperando el momento oportuno para descubrir sus baterías... En la hipótesis en que te colocas, su manera de proceder hoy sería tan torpe como desvergonzada...
--Si tuviesen pruebas, hablo de pruebas serias o de presunciones un tanto fundadas, cierto que sin duda se esforzarían en ocultar su juego con la esperanza de obtener nuevas ventajas sobre mí. (Además, habrían hecho un registro en mi domicilio.) Pero no tienen pruebas, ni una sola; todo se reduce a conjeturas gratuitas, a suposiciones que no se apoyan en nada real, y por eso proceden descaradamente. Quizá no haya en todo ello más que el despecho de Porfirio, que rabia por no tener pruebas. Puede también que tenga intenciones... Parece inteligente; acaso haya querido asustarme... Por lo demás, es repugnante ocuparse en estas cosas. Dejémoslas.
--¡Es odioso, odioso! Te comprendo. Pero... puesto que tratamos francamente de este asunto (y creo que hemos hecho bien), no vacilo en confesarte que desde hace mucho tiempo había advertido en ellos esa idea. Cierto que no se atrevían a formularla, que este pensamiento flotaba en su espíritu en el estado de duda vaga; pero demasiado es ya que hayan podido acogerla, aun bajo tal forma. ¿Y qué es lo que ha podido despertar en ellos tan abominables sospechas? ¡Si supieras cuánto furor me han hecho sentir! ¡Cómo! Un pobre estudiante agobiado por la miseria y la hipocondría, en vísperas de enfermedad grave que existía ya en él; un joven desconfiado, lleno de amor propio, que tiene la conciencia de su valer, encerrado desde hace seis meses en su habitación sin ver a nadie; que se presenta vestido de harapos, calzado con botas sin suela, ante miserables polizontes, cuya insolencia soporta, a quien se reclama a quema ropa el pago de una letra de cambio protestada, en una sala llena de gente y en donde hace un calor de treinta grados Réamur y cuyo aire está impregnado de olor insoportable de la pintura reciente... porque el desgraciado se desmaya al oír hablar de una persona en cuya casa ha estado la víspera y porque además tiene el estómago vacío... ¿hay motivos para sospechar de él? En tales condiciones, ¿cómo no había de desmayarse? ¡Y pensar que tales suposiciones caen sobre este desmayo! Tal es el punto de partida de la acusación. ¡Váyanse al diablo! Comprendo que todo esto te será mortificante; pero yo, en tu lugar, Rodia, me reiría de ellos en sus barbas, o mejor aún, les lanzaría al rostro mi desprecio en forma de salivazos; de este modo acabaría yo con ellos. ¡Valor! ¡Escúpeles! ¡Es vergonzoso!
«Se ha despachado, convencido de lo que dice»--pensó Raskolnikoff.
--¡Escupirles al rostro!... Es fácil decirlo. ¡Pero mañana otro interrogatorio!--respondió tristemente--; será menester que yo me rebaje hasta dar explicaciones. Ya consentí ayer en hablar con Zametoff en el _traktir_.
--¡Que se vayan al infierno! Iré a casa de Porfirio. Es mi pariente, y de esta circunstancia me aprovecharé para meterle los dedos en la boca; tendrá que hacerme su confesión completa. En cuanto a Zametoff... ¡Espera!--gritó Razumikin, asiendo de repente a su amigo por el brazo--¡espera! Divagabas hace poco. Después de reflexionar, estoy convencido de que divagabas. ¿En dónde ves la astucia? ¿Dices que la pregunta relativa a los obreros ocultaba un lazo? Razona un poco. Si tú hubieras hecho _eso_, ¿habrías sido tan estúpido de decir que habías visto a los pintores trabajando en el cuarto del segundo piso? Por el contrario, aunque los hubieses visto, lo habrías negado. ¿Quién a sabiendas hace confesiones que pueden comprometerle?
--Si yo hubiese hecho _tal cosa_, no habría dejado de decir que había visto a los obreros--repuso Raskolnikoff, que parecía sostener aquella conversación con violento disgusto.
--¿Para qué decir cosas perjudiciales a los propios intereses?
--Porque solamente los _mujiks_ y las personas más limitadas lo niegan todo sistemáticamente. Un acusado, por poco inteligente que sea, confiesa en lo posible todos los hechos materiales cuya vanidad trataría en vano de destruir; se contrae a explicarlos de otra manera, modifica su significación y los presenta bajo un nuevo aspecto. Según todas las probabilidades, Porfirio contaba con que yo respondería sí; creía que, para dar mayor verosimilitud a mis confesiones, declararía haber visto a los obreros, aunque explicando en seguida el hecho en un sentido favorable a mi causa.
--Pero él hubiera respondido en seguida que la antevíspera del crimen los obreros no estaban allí, y que, por consiguiente, tú habías estado en la casa el día mismo del asesinato entre seis y siete.
--Porfirio contaba que yo no tendría tiempo de reflexionar, y con que obligado a responder de la manera más verosímil habría olvidado esa circunstancia: la imposibilidad de la presencia de los obreros en la casa dos días antes del crimen.
--¿Pero, cómo olvidarlo?
--Nada más fácil. Estos pormenores son el escollo de los maliciosos; respondiendo a ellos es como se da un traspiés en los interrogatorios. Cuanto más agudo es un hombre, menos sospecha de las preguntas insignificantes. Porfirio lo sabe. Es mucho más listo de lo que tú supones.
--Eso quiere decir que es un pillo.
Raskolnikoff no pudo menos de reírse; pero en el mismo instante se asombró de haber dado la misma explicación con verdadero placer, él, que hasta entonces había seguido la conversación a regañadientes y porque no podía menos.
«¿Habré tomado yo gusto a estas cuestiones?»--pensaba.
Pero casi al mismo tiempo sintióse acometido de súbita inquietud, que bien pronto llegó a ser intolerable.
Los dos jóvenes encontrábanse ya a la puerta de la casa Bakalaieff.
--Entra solo--dijo bruscamente Raskolnikoff--; vuelvo en seguida.
--¿A dónde vas? ¿Hemos llegado ya?
--Tengo una cosa que hacer... Estaré aquí dentro de media hora... Tú les dirás...
--Bueno, te acompaño.
--¿Pero has jurado también tú perseguirme hasta la muerte?
Lanzó esta exclamación con tal acento de furor y con tono tan desesperado, que Razumikin no se atrevió a insistir. Permaneció un rato en el umbral siguiendo con mirada sombría a Raskolnikoff, que caminaba aceleradamente en dirección a su domicilio. Por último, después de haber rechinado los dientes apretó los puños y prometiéndose a sí mismo estrujar aquel mismo día a Porfirio como un limón, subió a casa de las señoras para tranquilizar a Pulkeria Alexandrovna, inquieta ya por tan largo retraso.
Cuando Raskolnikoff llegó a su casa tenía las sienes húmedas de sudor, y respiraba penosamente. Subió los escalones de cuatro en cuatro, entró en su habitación, que había quedado abierta y la cerró con el pestillo. En seguida, todo aterrorizado, corrió al escondite, metió la mano bajo la tapicería y exploró el agujero en todos sentidos. No habiendo encontrado nada después de registrarlo cuidadosamente, se levantó y lanzó un suspiro de satisfacción. Poco antes, en el momento en que se aproximaba a la casa Bakalaieff, le asaltó la idea de que alguno de los objetos robados habría podido deslizarse en las hendiduras de la pared: si llegaban a encontrar allí una cadena de reloj, un gemelo o algunos de los papeles que envolvían las alhajas y que tenían anotaciones escritas por mano de la vieja, ¡qué prueba de convicción entonces en contra suya!
Y quedó sumido en un vago sueño, mientras aparecía en sus labios una sonrisa extraña y casi estúpida. Al cabo tomó su gorra y salió sin ruido de la casa. Bajó pensativo la escalera y llegó a la puerta de la calle.
--Ahí lo tiene usted--gritó una voz.
El joven levantó la cabeza. El portero, en pie en el umbral de su habitación, señalaba a Raskolnikoff, mostrándoselo a un hombre de baja estatura y de aspecto burgués. Este individuo iba vestido con una especie de _khalat_ y un chaleco; de lejos hubiera podido tomársele por un campesino. Llevaba una gorra muy grasienta y andaba muy encorvado. A juzgar por las arrugas de su marchito rostro, debía de tener más de cincuenta años. Sus ojillos expresaban dureza y disgusto.
--¿Qué es eso?--preguntó acercándose al _dvornik_.
El burgués le miró de soslayo, lo examinó atentamente sin decir una palabra, volvió la espalda y se alejó de la casa.
--Pero, ¿qué significa esto?--gritó Raskolnikoff.
--Es un hombre que ha venido aquí a ver si vivía un estudiante. Ha dicho el nombre de usted y ha preguntado qué cuarto ocupaba usted. En esto ha bajado usted y le he dicho «ése es» y se ha ido.
El _dvornik_ estaba también un poco asombrado; pero no con exceso. Después de haber reflexionado un poco, entró en su cochitril.
Raskolnikoff se lanzó tras de las huellas del burgués. Apenas salió de la casa tomó el otro lado de la calle. El desconocido andaba con paso lento y regular, los ojos bajos y aire pensativo. El joven hubiera podido alcanzarle en seguida; pero durante algún tiempo se limitó a ir al mismo paso que él; al fin se colocó a su lado y le miró oblicuamente el rostro. El burgués lo advirtió en seguida, le dirigió una rápida ojeada y bajó los ojos; durante un minuto caminaron juntos de esta suerte sin decir una palabra.
--Usted ha preguntado por mí al _dvornik_...--comenzó a decir Raskolnikoff sin levantar la voz.
El burgués no respondió, ni miró siquiera al que le hablaba. Hubo un nuevo silencio.
--Usted ha venido a preguntar por mí... y ahora se calla. ¿Qué quiere decir esto?--añadió Raskolnikoff con voz entrecortada: parecía que las palabras salían con trabajo de sus labios.
Esta vez el burgués levantó los ojos y miró al joven con expresión siniestra.
--¡Asesino!--dijo bruscamente en voz baja, pero clara y distinta.
Raskolnikoff, que marchaba a su lado, sintió que sus piernas se doblaban y que un frío estremecimiento le corría por la espalda. Durante un segundo su corazón desfalleció; después se puso a latir con extraordinaria violencia.
Los dos hombres anduvieron cosa de un centenar de pasos, sin proferir una sola palabra. El burgués no miraba a su compañero.
--¿Pero qué es lo que usted dice?... ¿quién es un asesino?--balbuceó Raskolnikoff con voz casi ininteligible.
--Tú eres el asesino--replicó el otro recalcando sus palabras con más precisión y energía que antes, al mismo tiempo que en sus labios se dibujaba la sonrisa del odio triunfante y miraba fijamente el pálido rostro de Raskolnikoff, cuyos ojos se habían puesto vidriosos.
Se aproximaban en aquel momento a una encrucijada. El burgués tomó por una calle a la derecha y continuó su camino sin volver la vista atrás.
Raskolnikoff le dejó alejarse, pero le siguió largo tiempo con la mirada. Después de haber andado cincuenta pasos el desconocido se volvió para observar al joven que continuaba como clavado en el mismo sitio. La distancia no le permitía ver bien; sin embargo, Raskolnikoff creyó advertir que aquel individuo le miraba todavía sonriendo con expresión de odio frío y triunfante.
Helado de espanto, con las piernas temblorosas, volvió como pudo a su casa y subió a su cuarto. Cuando hubo dejado la gorra sobre la mesa, permaneció de pie inmóvil durante diez minutos. Luego, extenuado, se echó en el sofá y se extendió lánguidamente lanzando un débil suspiro. Al cabo de media hora sonaron pasos apresurados, y al mismo tiempo Raskolnikoff oyó la voz de Razumikin; el joven cerró los ojos y se hizo el dormido. Razumikin abrió la puerta y durante algunos minutos permaneció irresoluto en el umbral. En seguida entró suavemente en la sala y se aproximó con precaución al sofá.
--¡No le despiertes! ¡déjale dormir tranquilo! Comerá más tarde--dijo en voz baja Anastasia.
--Tienes razón--respondió Razumikin.
Salieron andando de puntillas y empujaron la puerta. Pasó otra media hora, al cabo de la cual Raskolnikoff abrió los ojos, se tendió con brusco movimiento boca arriba y colocó las manos debajo de la cabeza.
--¿Quién es, quién es ese hombre salido de debajo de la tierra? ¿Dónde estaba y qué ha visto? Lo ha visto todo, es indudable. ¿Dónde se encontraba y desde qué sitio pudo ver aquella escena? ¿Cómo se explica que no haya dado más pronto señales de vida? ¿Cómo ha podido ver...? ¿Es esto posible?--continuó Raskolnikoff, presa de un frío glacial--. Y el encontrar Mikolai el estuche debajo de la puerta, ¿era también cosa que no podía suponerse?
Comprendía que las fuerzas le abandonaban y experimentaba un violento disgusto de sí mismo.
--¡Yo debía suponer esto!--pensó con amarga sonrisa--. ¿Cómo me he atrevido, conociéndome, previendo lo que ocurriría, cómo me he atrevido a empuñar un hacha y a verter sangre? Estaba obligado a saber de antemano lo que iba a acontecerme... ¡y lo sabía!...--murmuró desesperado.
A veces se detenía ante este pensamiento.
--No, los hombres extraordinarios no están hechos como yo: el verdadero _amo_ a quien le es permitido todo, cañonea a Tolón, mata en París, olvida un ejército en Egipto, pierde medio millón de hombres en la batalla de Moscou y sale de una situación embarazosa en Vilna merced a un retruécano; después de su muerte, se le erigen estatuas en prueba de que todo le es permitido. No, esas personas no están hechas de carne sino de bronce.
Una idea que se le ocurrió de repente le hizo casi reír.
--¡Napoleón, las Pirámides, Waterloo y una vieja criada de un registrador de colegio, una innoble usurera que tiene un cofre forrado de piel encarnada bajo la cama!... ¿Cómo digeriría Porfirio Petrovitch semejante comparación?... La estética se opone a ello: «¿Por ventura Napoleón se hubiera metido debajo de la cama de una vieja?», preguntaría sin duda. ¡Vaya una tontería!
De tiempo en tiempo sentía que casi deliraba; hallábase en estado de exaltación febril. Después continuaba, interrumpiéndose a cada momento:
--La vieja no significa nada--se decía en un acceso--. Supongamos que su muerte sea un error; no se trata de ella. La vieja no ha sido más que un accidente... yo quería saltar el obstáculo lo más pronto posible... no es una criatura humana lo que yo he matado, es un principio. ¡He matado el principio, pero no he sabido pasar por encima! Me he quedado del lado de acá; no he sabido más que matar. Y tampoco, por lo visto, me ha resultado bien esto... ¡un principio! ¿Por qué hace poco ese estúpido de Razumikin atacaba a los socialistas? Son laboriosos, hombres de negocios, «se ocupan en el bienestar de la humanidad...» No, yo no tengo más que una vida, yo no puedo esperar «la felicidad universal». Yo quiero vivir también; de otro modo, mejor es no existir. Yo no quiero pasar al lado de una madre hambrienta apretando mi rublo en el bolsillo a pretexto de que un día todo el mundo será feliz. «Yo llevo, se dice, mi piedra al edificio universal, y esto basta para poner mi corazón en paz.» ¡Ah, ah! ¿por qué os habéis olvidado de mí? Puesto que yo no tengo más que un período de tiempo para vivir, quiero en seguida mi parte de felicidad... yo soy un gusanillo estético nada más, nada más--añadió riendo de repente como un loco, y se aferró a esta idea, experimentando un agrio placer al sondarla en todos sentidos y a darle vueltas por todos los lados--. Sí, en efecto, yo soy un gusanillo, por el hecho solo de que medito ahora sobre la cuestión de averiguar lo que soy. Además, porque durante un mes he estado fastidiando a la divina Providencia tomándola sin cesar por testigo de que yo me decidía a esta empresa, no para procurarme satisfacciones materiales, sino en vista de un objeto grandioso. ¡Ah! ¡Ah! en tercer lugar, porque en la ejecución he querido proceder con toda justicia; entre todos los gusanos he escogido el más dañino, y al matarle contaba con tomar nada más que lo preciso para asegurar mis comienzos en la vida, ni más ni menos (el resto hubiera ido al monasterio, al cual había legado la vieja su fortuna). ¡Ah! ¡Ah!... Soy definitivamente un gusano--añadió rechinando los dientes--, porque soy más vil y más innoble que el gusano que he matado, y porque _presentía_ que después de haberlo matado, diría lo que estoy diciendo. ¿Hay algo comparable con semejante terror? ¡Oh necedad, oh necedad!... ¡Comprendo al Profeta a caballo, con la cimitarra en la mano! «¡Alá lo quiere! ¡obedece, temblorosa criatura!» ¡Tiene razón, tiene razón el Profeta cuando coloca una tropa al través de la calle y hiere indistintamente al justo y al culpable sin dignarse siquiera dar explicaciones! ¡Obedece, temblorosa criatura, y _guárdate de querer_, porque eso no es cosa tuya!... ¡Oh, jamás! ¡jamás perdonaría yo a la vieja!
Tenía los cabellos empapados en sudor, sus labios secos se agitaban y su mirada inmóvil no se apartaba del techo.
--¡Cuánto amaba yo a mi madre y a mi hermana! ¿De qué procede que ahora las deteste? ¡Sí, las detesto, las odio físicamente, no puedo soportarlas cerca de mí! Hace poco me he acercado a mi madre y la he besado, bien me acuerdo; ¡abrazarla pensando que si ella supiese...! ¡Oh, cuánto odio ahora a la vieja! ¡Creo que si volviera a la vida la mataría otra vez!... ¡Pobre Isabel!, ¿por qué la llevó allí la casualidad? Es extraño, sin embargo, que piense en ella, como si no la hubiese matado... ¡Isabel! ¡Sonia! ¡Pobres criaturas de ojos azules!... ¿Por qué no lloran? ¿Por qué no gimen?... Víctimas resignadas, todo lo aceptan en silencio... ¡Sonia, Sonia, dulce Sonia!