El crimen y el castigo

Part 21

Chapter 213,915 wordsPublic domain

--Me dijiste también que interrogaba a las personas que han empeñado alhajas en casa de la vieja; y como yo he empeñado alguna cosa, que no merece la pena de que se hable de ella... una sortija que me dió mi hermana cuando vine a San Petersburgo; y un reloj de plata, que perteneció a mi padre... Esos objetos no valen cinco rublos, pero tienen para mí el valor del recuerdo. ¿Qué debo hacer ahora? No quiero que se pierdan. Temblando estaba hace un momento, temeroso de que mi madre quisiera verlo cuando se hablaba del reloj de Dunia. Es la única cosa que habíamos conservado de mi padre. Si se hubiese perdido, mi madre tendría un verdadero disgusto, ¡las mujeres! Dime, pues, lo que debo hacer. Ya sé que es necesario prestar una declaración ante la policía; pero, ¿no será mejor que me dirija a Porfirio Petrovitch? ¿Qué te parece? Me corre prisa arreglar este asunto. Ya verás cómo antes de comer me preguntará mi madre por el reloj.

--No es a la policía a quien hay que acudir, sino a Porfirio Petrovitch--exclamó Razumikin extremadamente agitado--. ¡Oh, qué contento estoy! Podemos ir en seguida; vive a dos pasos de aquí; seguro estoy de que le encontraremos.

--Sea; vamos.

--Se alegrará mucho de conocerte. Le he hablado muchas veces de ti. Ayer, sin ir más lejos. Vamos. ¿De modo que tú conocías a la vieja? ¡Ah, todo se explica admirablemente! ¡Ah! sí... Sofía Ivanovna.

--Sofía Semenovna--rectificó Raskolnikoff, y dirigiéndose a la joven añadió--: Mi amigo Razumikin, excelente persona.

--Si usted tiene que salir...--comenzó a decir Sonia a quien esta presentación había dejado aún más confusa y que no se atrevía a levantar los ojos para mirar a Razumikin.

--¡Ea, vamos!--dijo Raskolnikoff--: yo pasaré por su casa, Sofía Semenovna. Dígame sus señas.

Pronunció estas palabras no con cortedad, sino con cierta precipitación y evitando las miradas de la joven. Esta dió sus señas no sin ruborizarse. Los tres salieron juntos.

--¿No cierras la puerta?--preguntó Razumikin mientras bajaban la escalera.

--Nunca... Dos años hace que estoy pensando comprar una cerradura. ¡Felices aquellos que no tienen nada que guardar bajo llave!--añadió alegremente dirigiéndose a Sonia.

Se detuvieron en el umbral de la puerta de la calle.

--¿Usted va por la derecha, Sofía Semenovna? ¡Ah! dígame usted: ¿Cómo ha podido dar con mi habitación?

Veíase bien claro que lo que decía no era lo que quería decir. No se cansaba de contemplar los dulces y claros ojos de la joven.

--¡Pero si dió usted sus señas a Polenka!

--¿Qué Polenka? ¡Ah! Sí. ¿La niña? ¿Es hermanita de usted? ¿De modo que le di mis señas?

--¿Lo había usted olvidado?

--No... me acuerdo.

--Yo había oído hablar de usted al difunto... pero no sabía su nombre... ni tampoco él lo sabía... Ahora he venido, y como ya conocía su nombre he preguntado: ¿es aquí donde vive el señor Raskolnikoff? Adiós... Ya le diré a Catalina Ivanovna... Ignoraba que ocupaba usted un cuarto amueblado...

Muy contenta de poder irse Sonia, se alejó con paso rápido sin levantar la vista. Le faltaba tiempo para llegar a la primera esquina de la calle a la derecha, a fin de substraerse a las miradas de los jóvenes y reflexionar sin testigos, sobre todos los incidentes de esta visita. Jamás había experimentado nada semejante; todo un mundo ignorado surgía confusamente en su alma. Recordó de pronto que Raskolnikoff le había manifestado espontáneamente su intención de ir a verla aquel mismo día, quizá aquella misma mañana, tal vez dentro de un momento.

--¡Ah, ojalá no venga hoy!--murmuró angustiada--. ¡Dios mío! ¡En mi casa! ¡En aquella habitación...! y vería... ¡Dios mío, Dios mío!

Estaba demasiado preocupada para notar que desde su salida de la casa había sido seguida por un desconocido. En el momento en que Raskolnikoff, Razumikin y Sonia se habían detenido en la acera para hablar breves instantes, la casualidad hizo que aquel señor pasase al lado de ellos. Las palabras de la joven: «He preguntado si vive aquí el señor Raskolnikoff», llegaron furtivamente a oídos del desconocido y le hicieron estremecerse. Miró disimuladamente a los tres interlocutores y en particular a Raskolnikoff, a quien Sonia se había dirigido, y le examinó después la cara para poder reconocerle en caso de necesidad; todo esto fué hecho en un abrir y cerrar de ojos y de un modo que no pudiera infundir sospechas, después de lo cual el señor se alejó acortando el paso como si hubiera seguido a alguien. Era a Sonia a quien esperaba; bien pronto la vió despedirse de los dos jóvenes y encaminarse a su casa.

«¿Dónde vive? Yo he visto esta cara en alguna parte. Es menester que lo averigüe.»

Cuando hubo llegado a la esquina de la calle, pasó a la otra acera, se volvió y advirtió que la joven marchaba en la misma dirección que él. Sonia no se daba cuenta de que la seguían y la observaban. Cuando llegó a la esquina, la joven la dobló y el desconocido continuó siguiéndola, andando por la acera opuesta y sin perderla de vista. Al cabo de cincuenta pasos atravesó la calle, alcanzó a Sonia y marchó detrás de ella a una distancia de cinco pasos.

Era un hombre de unos cincuenta años; pero muy bien conservado y que representaba mucha menos edad; era alto, fuerte y algo cargado de espaldas. Vestido de una manera tan cómoda como elegante y con guantes nuevos, llevaba en la mano un buen bastón que hacía sonar a cada paso sobre la acera. Todo en su persona delataba un hombre distinguido. Su ancho rostro era bastante agradable; al mismo tiempo el brillo de su tez y sus rojos labios no permitían tomarle por un petersburgués. Sus cabellos muy espesos, eran excesivamente rubios y apenas empezaban a encanecer; la barba larga, ancha y bien cuidada, tenía todavía un color más claro que sus cabellos. La mirada de sus ojos azules era fría, seria y fija.

El desconocido tuvo bastante tiempo para observar que la joven iba distraída y absorta. Al llegar delante de su casa franqueó el umbral. El señor que la seguía continuó detrás de ella un poco asombrado. Después de entrar en el zaguán, Sonia tomó por la escalera de la derecha que conducía a su habitación. «¡Bah!»--dijo para sí el señor, y subió también. Entonces fué cuando la joven advirtió la presencia del desconocido. Llegó al tercer piso, se entró por un corredor y llamó en el número nueve, debajo del cual se leía en la puerta estas dos palabras escritas con tiza: _Kapernumoff, Sastre_. «¡Bah!»--repitió el hombre sorprendido por aquella coincidencia, y llamó al lado, en el número ocho. Las dos puertas estaban a seis pasos la una de la otra.

--¿Usted vive en casa de Kapernumoff?--dijo, riéndose, a Sonia--. Me arregló ayer un chaleco. Yo vivo aquí, cerca de usted, en el departamento de la señora Gertrudis Karlovna Reslich, ¡qué casualidad!

Sonia le miró con atención.

--Somos vecinos--continuó diciendo con tono alegre--. Llegué ayer a San Petersburgo. Vamos, hasta que tenga el gusto de volver a verla.

Sonia no respondió.

Se abrió la puerta y la joven entró en su cuarto intimidada y vergonzosa.

* * * * *

Razumikin iba muy animado camino de la casa de Porfirio en compañía de su amigo.

--Perfectamente, querido--repetía muchas veces--. Estoy encantado, lo que se dice encantado. No sabía que tuvieses ninguna cosa empeñada en casa de la vieja y... y... ¿hace mucho tiempo que has estado en su casa?

--¿Que cuándo estuve?--murmuró Raskolnikoff, como procurando recordar--. Me parece que fué la antevíspera de su muerte. Por lo demás, no se trata de desempeñar ahora esos objetos--se apresuró a decir como si esta cuestión le hubiese vivamente preocupado--. No tengo más que un rublo, gracias a las locuras que hice ayer bajo la influencia de ese maldito delirio.

Y recalcó de una manera particular la palabra «delirio».

--Vamos, sí, sí--contestó Razumikin respondiendo a un pensamiento que se le había ocurrido en aquel instante--. ¿De modo que por eso tú...? La cosa me había chocado. Ahora me explico por qué no cesabas de hablar de sortijas, de cadenas de oro y de reloj mientras delirabas. Es claro, ahora todo me lo explico.

«¡Oh!--pensó Raskolnikoff--esa idea se la había metido en la cabeza; tengo la prueba: este hombre, que se haría crucificar por mí, se considera ahora feliz al explicarse por qué yo hablaba de sortijas durante mi delirio. Mi lenguaje ha debido confirmar a todos en sus sospechas.»

--¿Y qué, le encontraremos?--preguntó en alta voz.

--Ya lo creo que le encontraremos--respondió sin vacilar Razumikin--. Es un buen muchacho, amigo mío. Un poco desmadejado, es cierto, pero no dudo de que carezca de buenos modales, no; es por otro concepto por lo que lo encuentro desmadejado. Lejos de ser tonto, es muy inteligente; pero tiene un carácter particular... Es incrédulo... escéptico, cínico; le gusta burlarse de sus amigos. A pesar de esto, es fiel al _viejo juego_, es decir, no admite más que pruebas materiales... pero sabe su oficio. El año último desembrolló todo un proceso de asesinato en el cual faltaban todos los indicios. ¡Tiene tantos deseos de conocerte!

--¿Y por qué?

--¡Oh! no es porque... verás. En estos últimos días, cuando tú estabas malo, hemos tenido ocasión de hablar a menudo de ti... Asistía a nuestras conversaciones, y cuando supo que tú eras estudiante de Derecho y que te habías visto obligado a dejar la Universidad, dijo: «¡Qué lástima!» Yo he deducido de aquí... es decir, yo no me fundo solamente en esto, sino en otras cosas. Ayer, Zametoff... Oyeme, Raskolnikoff; cuando ayer te acompañaba estaba borracho y hablaba sin ton ni son; temo que hayas tomado mis palabras demasiado en serio...

--¿Qué es lo que me dijiste? ¿Que me tienen por loco? Acaso tengas razón--respondió Raskolnikoff con sonrisa forzada.

Se callaron. Razumikin estaba radiante de júbilo y Raskolnikoff lo advertía con cólera. Lo que su amigo acababa de decirle acerca del juez de instrucción no dejaba de inquietarle.

«Lo esencial es saber--pensó Raskolnikoff--si Porfirio tiene conocimiento de mi visita ayer a casa de la bruja y de la pregunta que hice acerca de la sangre. Es preciso, ante todo, que yo compruebe esto. Es preciso, desde el primer momento, desde mi entrada en su despacho, que lo lea sobre su rostro; de otro modo, aunque me pierda, seré sincero.»

--¿Sabes una cosa?--dijo bruscamente dirigiéndose a Razumikin con maliciosa sonrisa--. Me parece que desde esta mañana estás muy agitado. ¿No es verdad?

--No, de ninguna manera--respondió Razumikin contrariado.

--No me engaño, amigo mío. Hace poco estabas sentado en el borde de una silla, lo que nunca te ocurre. Parecía que te hallabas sobre pinchos; te sobresaltabas a cada instante. Tu humor variaba sin cesar. Tan pronto te ponías colérico, tan pronto dulce como la miel. Hasta te ruborizabas. Sobre todo, cuando te invitaron a comer, te pusiste del color de la grana.

--¡Qué absurdo! ¿Por qué dices eso?

--¿Sabes que tienes timideces de colegial? ¡Demonio! ¿Te pones otra vez colorado?

--¡Eres insoportable!

--Pero, ¿por qué esa confusión, Romeo? Deja hacer; yo lo contaré todo hoy en alguna parte, ¡ja, ja, ja! ¡cómo se va a reír mi madre y otra persona!

--Escucha, escucha, déjate de bromas y ¡diablo!--murmuró Razumikin helado de terror--. ¿Qué le vas a contar? ¡di!... ¡Qué puerco eres!

--Estás hecho una verdadera rosa de primavera. ¡Y si supieses qué bien te sienta eso! ¡Un Romeo de dos archinas y doce verchok! ¡pero, vamos, veo que te has lavado hoy y te has cortado las uñas! ¿Cuánto tiempo te has estado arreglando? ¡Calle! ¡Si hasta creo que te has dado pomada! ¡Baja, baja la cabeza, para que te huela!

--¡¡¡Indecente!!!

Raskolnikoff soltó la carcajada, y esta hilaridad que el joven, en apariencia, no podía dominar, duraba aún cuando llegaron a casa de Porfirio Petrovitch. Desde el cuarto podían oírse las risas del visitante en la antesala. Esto era precisamente lo que quería Raskolnikoff.

--¡Si dices una palabra, te reviento!--murmuró Razumikin furioso, agarrando por un brazo a su amigo.

V

Raskolnikoff entró en el despacho del juez de instrucción con la fisonomía de un hombre que hace todo lo posible para estar serio y sólo lo consigue a medias. Detrás de él entró disgustado Razumikin y más rojo que un pavo, con el semblante alterado por la cólera y por la vergüenza. La figura desgarbada y la cara mohina de este mocetón eran bastante chuscas para justificar la hilaridad de su compañero. Porfirio Petrovitch, en pie en medio de la habitación, interrogaba con la mirada a los dos visitantes. Raskolnikoff se inclinó ante el dueño de la casa, cambió con él un fuerte apretón de manos y fingió hacer un violento esfuerzo para ahogar su deseo de reír, mientras que decía su nombre y clase; acababa de recobrar su sangre fría y de balbucear algunas palabras, cuando, en medio de la presentación, sus ojos se encontraron por casualidad con Razumikin, y entonces no pudo contentarse y su seriedad se trocó en una carcajada, tanto más ruidosa cuanto más comprimida. Razumikin sirvió a maravilla los propósitos de su amigo, porque aquel desatinado reír le hizo montar en cólera, lo que acabó de dar a toda la escena apariencia de franca y natural alegría.

--¡Ah, bribón!--vociferó con tan violento ademán, que derribó un veladorcito sobre el cual estaba un vaso que había contenido te.

--Señores, ¿por qué me echan ustedes a perder el mobiliario? Es un perjuicio que causan ustedes al Estado--exclamó alegremente Porfirio Petrovitch.

Raskolnikoff se reía con tantas ganas, que durante algunos momentos se olvidó de retirar la mano de la del juez de instrucción; pero hubiera sido poco natural dejarla más tiempo; así es que la separó en el momento oportuno para dar la mayor verosimilitud posible al papel que representaba.

Razumikin, por su parte, se hallaba más confuso que al principio, a causa de haber tirado el velador y roto el vaso. Después de haber contemplado con aire sombrío las consecuencias de su arrebato, se dirigió a la ventana, y allí, dando la espalda al público, se puso a mirar por ella, mas sin ver nada. Porfirio Petrovitch se reía por cortesía; pero, evidentemente, aguardaba explicaciones. En un rincón, sentado en una silla, estaba Zametoff. Al entrar los visitantes se había levantado a medias, tratando de sonreír; sin embargo, no parecía engañado por esta escena, y observaba a Raskolnikoff con curiosidad particular. Este último no había esperado encontrar allí al polizonte, y su presencia le causó una desagradable sorpresa.

«He ahí una cosa con la que no contaba»--pensó.

--Perdóneme usted, se lo suplico--dijo alto, con cortedad fingida, Raskolnikoff.

--¡Bah! Me proporcionan ustedes un placer. Han entrado de un modo tan divertido... Ese no quiere dar los buenos días--añadió Porfirio Petrovitch, indicando con un movimiento de cabeza a Razumikin.

--No sé por qué se ha enfurecido conmigo. Le he dicho solamente en la calle que se parecía a Romeo... se lo he demostrado... y no ha pasado más.

--¡Imbécil!--gritó Razumikin, sin volver la cabeza.

--Ha debido de tener motivos más graves, para tomar tan a mal una burla insignificante--observó, riendo, Porfirio Petrovitch.

--Ya pareció el juez de instrucción... Siempre investigador. ¡Todos al diablo!--replicó Razumikin, y echándose a reír y recobrando súbitamente su buen humor, se acercó a Porfirio Petrovitch--. Basta de tonterías, y a nuestro asunto. Te presento a mi amigo Rodión Romanovitch Raskolnikoff, que ha oído hablar mucho de ti y desea conocerte; tiene, además, que hablarte de una cosa. ¡Eh, Zametoff! ¿Por qué diantre estás aquí? De modo que os conocíais, ¿y desde cuándo?

«¿Qué quiere decir esto?»--se preguntó con inquietud Raskolnikoff.

La pregunta de Razumikin pareció molestar algo a Zametoff; sin embargo, se repuso en seguida.

--Fué ayer, en su casa, cuando nos conocimos--dijo con desenvoltura.

--¡Vamos! Entonces ha sido la mano de la Providencia la que ha arreglado todo esto. Figúrate, Porfirio, que la semana pasada me había manifestado vivos deseos de que te lo presentase; pero, según se ve, no habéis tenido necesidad de mí. ¿Tienes tabaco?

El juez estaba en traje de la mañana. Batín de casa, pantuflas en chancleta y camisa muy limpias. Era hombre de treinta y cinco años, más bien bajo que alto, grueso y ligeramente panzudo. No llevaba barba ni bigote, y tenía los cabellos cortados al rape. Su cabeza, gruesa y redonda, presentaba una redondez particular en la región de la nuca. Su rostro gordinflón también redondo y un poco aplastado, no carecía ni de vivacidad ni de alegría, aunque la tez, de un color amarillento obscuro, estaba lejos de indicar buena salud. Se hubiera podido encontrar en él hasta cierta candidez, si no hubiera sido por los ojos que, velados por pestañas casi blancas, parecían estar siempre guiñados, como si hicieran signos de inteligencia a alguien. La mirada de estos ojos daba un extraño mentís al resto de la fisonomía. A primera vista, el físico del juez de instrucción ofrecía cierta semejanza con el de un campesino; pero esta ilusión no engañaba por mucho tiempo al observador inteligente.

En cuanto oyó que Raskolnikoff tenía que tratar con él de un negocio, Porfirio Petrovitch le invitó a que se sentase en el diván, tomando él asiento en el otro extremo, y poniéndose con gran celo a su disposición. De ordinario nos sentimos un poco molestos cuando un hombre, a quien apenas conocemos, manifiesta una gran curiosidad por oírnos, y nuestra cortedad aumenta cuando el objeto de que vamos a hablarle es a nuestros propios ojos de poca importancia.

Sin embargo, Raskolnikoff pudo, en cortas y precisas palabras, exponer su deseo y observar al mismo tiempo, mientras hablaba, a Porfirio Petrovitch. Este, por su parte, no le quitaba los ojos de encima. Razumikin, sentado enfrente de él, escuchaba con impaciencia, y sus miradas iban sin cesar de su amigo al juez de instrucción y viceversa, cosa que pasaba los linderos de lo natural.

«¡Ese imbécil!»--decíase interiormente Raskolnikoff.

--Es preciso hacer una declaración a la policía--respondió con indiferencia Porfirio Petrovitch--. Expondrá usted que, informado de tal acontecimiento, es decir, de ese asesinato, desea manifestar al juez de instrucción encargado del proceso, que tales o cuales objetos le pertenecen a usted, y que quiere desempeñarlos... Por lo demás, ya se le escribirá a usted.

--Desgraciadamente--replicó Raskolnikoff con fingida cortedad--no estoy en fondos... y mis medios no me permiten desempeñar esas baratijas... ¿Ve usted?... Quisiera limitarme a declarar que esos objetos son míos, y que, en cuanto tenga dinero...

--Eso no importa--replicó Porfirio Petrovitch, que acogió fríamente esta explicación financiera--; por lo demás, puede usted, si quiere, escribirme directamente, declarando que, enterado de lo ocurrido, desea usted decirme que tales objetos le pertenecen y que...

--¿Y puedo escribir esa carta en cualquier papel?--interrumpió Raskolnikoff afectando siempre no preocuparse de otra cosa que del aspecto pecuniario de la cuestión.

--¡Oh! en cualquier papel.

Porfirio Petrovitch pronunció estas palabras con aire francamente burlón, haciendo un guiño a Raskolnikoff. Por lo menos, el joven hubiera jurado que aquel movimiento de ojos se dirigía a él y que encubría mal una segunda intención. Quizás después de todo se engañaba, porque aquello duró apenas el espacio de un segundo.

«Ese lo sabe»--se dijo instantáneamente.

--Perdóneme usted haberle molestado por tan poca cosa--añadió bastante desconcertado--. Esos objetos valen en junto cinco rublos, pero tienen para mí especial valor, y confieso que tuve mucha inquietud cuando supe...

--Por esto te pusiste tan alterado ayer al oírme decir a Zosimoff, que Porfirio Petrovitch interrogaba a los propietarios de los objetos empeñados--recalcó con intención evidente Razumikin.

Era demasiado. Raskolnikoff no pudo contenerse y lanzó sobre aquel inadvertido hablador una mirada relampagueante de cólera; mas, comprendiendo en seguida que acababa de cometer una imprudencia, trató de repararla.

--Parece que te burlas de mí, amigo mío--dijo a Razumikin, con aire ofendido--. Reconozco que me preocupo, quizá demasiado, de cosas muy insignificantes a tus ojos; pero esto no es una razón para mirarme como un hombre egoísta y avaro; estas miserias pueden tener valor para mí. Como te decía hace un momento, ese reloj de plata, que apenas vale un groch, es lo único que me queda de mi padre. Búrlate cuanto quieras, pero mi madre ha venido a verme--y al decir esto se volvió hacia el juez--, y si supiese--continuó de nuevo dirigiéndose a Razumikin poniendo la voz todo lo temblorosa que pudo--, si supiese que no tengo el reloj, te aseguro que la pobre sentiría un nuevo disgusto. ¡Oh, las mujeres!

--¿Pero, qué dices? No me has entendido. Has interpretado mal mi pensamiento--protestaba Razumikin todo acongojado.

--¿Habré hecho bien? ¿Habré forzado demasiado la nota?--se preguntaba ansiosamente Raskolnikoff--. ¿Por qué habré dicho yo «las mujeres»?

--¡Ah! ¿Ha venido su madre de usted?--preguntó Porfirio Petrovitch.

--Sí.

--¿Cuándo ha llegado?

--Ayer noche.

El juez de instrucción se quedó callado un momento como si reflexionase.

--Los objetos que le pertenecen no hubieran podido extraviarse jamás--repuso con tono tranquilo y frío--. Desde hace tiempo, esperaba yo la visita de usted.

Al decir esto aproximó vivamente el cenicero a Razumikin que sacudía implacablemente sobre el tapete su cigarro. Raskolnikoff se estremeció; pero el juez de instrucción no pareció advertirlo, ocupado como estaba en preservar el tapete.

--¿Cómo? ¿Esperabas su visita? ¿De modo que sabías que había empeñado algunas cosas?

Sin responder, Porfirio Petrovitch se dirigió a Raskolnikoff.

--Las alhajas de usted, una sortija y un reloj, se encontraban en casa de la víctima envueltas en un pedazo de papel en el cual estaba completamente legible, escrito con lápiz, el nombre de usted con la indicación del día en que se habían empeñado esos objetos.

--¡Qué memoria tiene usted para todas estas cosas!--dijo Raskolnikoff con sonrisa forzada, procurando sobre todo mirar con serenidad al juez de instrucción; no pudo, sin embargo, contenerse, y añadió bruscamente--: digo esto, porque deben de ser muchos, sin duda, los dueños de objetos empeñados y debe de costarle a usted, me parece a mí, mucho trabajo recordarlos a todos... Pero veo, por el contrario, que no olvida usted ni a uno... y... y...

«¡Estúpido! ¡Idiota! ¿qué necesidad tenías de añadir esto?»

--Es que casi todos se han dado ya a conocer y usted no se había presentado aún--respondió Porfirio con un dejo casi imperceptible de burla.

--No me encontraba muy bien.

--Lo he oído decir. Se me ha dicho que estaba usted muy enfermo. Todavía está usted pálido.

--No, no estoy pálido... al contrario, me siento muy bien--respondió Raskolnikoff con tono brutal y violento.

Sentía hervir en él una cólera que no podía dominar.

«El arrebato va a hacerme cometer alguna tontería--pensó--. Pero, ¿por qué me exasperan?»

--Que no se sentía muy bien, ¡vaya un eufemismo!--exclamó Razumikin--. La verdad es que hasta ayer ha estado casi sin conocimiento. ¿Lo creerías, Porfirio? Ayer, pudiendo apenas sostenerse sobre las piernas, aprovechando un momento en que Zosimoff y yo acabábamos de dejarle, se vistió, salió de su casa y estuvo vagando hasta media noche, Dios sabe por dónde... y estando en completo delirio; ¿puedes imaginarte una cosa semejante? Es un caso de los más notables.

--¡Bah! _¿En estado completo de delirio?_--dijo Petrovitch con el movimiento de cabeza propio de los campesinos rusos.

--Es absurdo, ¿verdad? Por lo demás, yo no tengo necesidad de decirle a usted esto. La convicción de usted está formada--dejó escapar Raskolnikoff cediendo a un arrebato de cólera; pero Porfirio Petrovitch no pareció fijarse en estas extrañas palabras.