El crimen y el castigo

Part 20

Chapter 203,860 wordsPublic domain

--Estaba ya acostumbrada a ellos. Al levantarse de la mesa fué a tomar el baño para marchar cuanto antes. Se trataba por la hidroterapia; hay una fuente en su casa y se bañaba todos los días. Apenas se metió en el agua, le dió un ataque de apoplejía.

--No es extraño--observó Zosimoff.

--¡Como su marido le había pegado tanto!

--¿Qué importa eso?--dijo Advocia Romanovna.

--¡Hum! Yo no sé, mamá, por qué me cuentas semejantes tonterías--dijo Raskolnikoff con súbita irritación.

--¡Pero si no sabía de qué hablar!--confesó cándidamente Alexandrovna.

--Parece que me tenéis miedo--observó el joven con amarga sonrisa.

--Es la verdad--respondió Dunia fijando en su hermano una mirada severa--. Cuando subíamos a esta casa, mamá ha hecho la señal de la cruz; tan asustada estaba.

Las facciones del joven se alteraron de tal modo, que parecía que iba a darle una convulsión.

--¡Ah! ¿Qué dices, hija? No te incomodes, Rodia, por Dios. ¿Cómo dices eso, Dunia?--añadió excusándose y cortada Pulkeria Alexandrovna--. En el tren no he cesado de pensar en la felicidad de verte y de hablar contigo. Tanta ilusión tenía, que se me ha hecho muy corto el camino, y ahora soy feliz de encontrarme aquí, querido Rodia.

--¡Basta, mamá!--murmuró él muy agitado, y sin mirar a su madre le estrechó la mano--; tiempo tenemos de hablar.

Apenas acabó de decir estas palabras se turbó y se puso pálido; de nuevo sentía un frío mortal en el fondo de su alma, de nuevo se confesaba que acababa de decir una horrible mentira, porque en adelante no le era permitido hablar sinceramente ni con su madre. Ni con nadie. La impresión que le produjo este cruel pensamiento fué tan viva que, olvidando la presencia de sus huéspedes, el joven se adelantó y se dirigió a la puerta.

--¿A dónde vas?--gritó Razumikin asiéndole por un brazo.

Raskolnikoff volvió a sentarse y dirigió en silencio una mirada en torno suyo. Todos le contemplaban con estupor.

--¡Qué fastidiosos son ustedes!--gritó de repente--. Digan algo. ¿Por qué están ahí como mudos? Hablen. Las personas no se reunen para estar calladas.

--¡Bendito sea Dios! Yo pensaba que iba a darle otro acceso como ayer--dijo Pulkeria Alexandrovna haciendo la señal de la cruz.

--¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó Advocia Romanovna con inquietud.

--Nada; una tontería que me ha venido al pensamiento--y Raskolnikoff se echó a reír.

--Vamos. Si es una tontería, menos mal; pero yo temía...--murmuró Zosimoff levantándose--. Tengo que dejar a ustedes; procuraré dar más tarde una vuelta por aquí.

Saludó y salió.

--¡Qué buen hombre!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.

--Sí. Es un buen hombre, un hombre de mérito, instruído, inteligente...--dijo Raskolnikoff pronunciando estas palabras con desacostumbrada animación--. No me acuerdo adónde le he visto antes de mi enfermedad. Tengo idea de que le conocía... ¡Ese sí que es un hombre excelente!--añadió señalando con un movimiento de cabeza a Razumikin, el cual acababa de levantarse.

--Es preciso que me vaya...--dijo--. Tengo que hacer.

--Nada tienes que hacer ahora; ¿quieres dejarnos porque se ha marchado Zosimoff? No, no te vas; pero, ¿qué hora es? ¿las doce? ¡Qué reloj tan bonito tienes, Dunia! ¿Por qué callan ustedes? No habla nadie más que yo...

--Es un regalo de Marfa Petrovna.

--Y ha costado muy caro--añadió Pulkeria.

--Creía que era un obsequio de Ludjin.

--Aun no ha dado nada a Dunetshka.

--¡Ah, mamá! ¿No te acuerdas que estuve enamorado y que quise casarme?--dijo bruscamente, mirando a su madre, que se quedó asombrada del giro imprevisto que tomaba la conversación y del tono con que su hijo le hablaba.

--¡Ah! sí--respondió Pulkeria Alexandrovna, cambiando una mirada con Dunia y Razumikin.

--¿Qué te he de decir de esto?; apenas me acuerdo ya. Era una joven enfermiza y raquítica--continuó como absorto y sin levantar los ojos del suelo--. Le gustaba dar limosna a los pobres y pensaba entrar en un monasterio. Cierto día se echó a llorar cuando me hablaba de estas cosas... Sí, sí, bien me acuerdo. Era más bien fea que guapa. La verdad es que no sé por qué me gustó; quizá porque estaba siempre enferma. Si además hubiese sido jorobada o coja, me parece que la hubiera querido más--añadió sonriéndose--. Aquello no tenía importancia... Fué una locura de primavera.

--No, no era solamente una locura de primavera--afirmó Dunia con convencimiento.

Raskolnikoff miró atentamente a su hermana; pero o no oyó o no comprendió las palabras de la joven. Después, con aire melancólico, se levantó, fué a besar a su madre y volvió a sentarse en su sitio.

--¿La amas aún?--dijo con voz temblorosa Pulkeria Alexandrovna.

--¿Todavía? ¿Habláis de ella? No. Todo eso es para mí como una visión lejana... muy lejana... y desde hace mucho tiempo. Y lo cierto es que me causa la misma impresión cuanto me rodea.

Raskolnikoff miró atentamente a las dos mujeres.

--Están ustedes aquí y me parece que me encuentro a mil verstas de este sitio. Pero, ¿por qué hablamos de estas cosas? ¿Por qué preguntarme?--añadió con cólera; después, silenciosamente, se puso a morderse las uñas y se quedó como ensimismado.

--¡Qué mal alojamiento tienes, Rodia!; parece un sepulcro--dijo bruscamente Pulkeria Alexandrovna para interrumpir aquel penoso silencio--: segura estoy de que esta habitación es la causa de tu hipocondría.

--¿Esta habitación?--repitió él con aire distraído--. Sí, ha contribuído mucho... lo mismo he pensado yo; ¡si supieses, mamá, qué ideas tan extrañas acabas de expresar!--añadió de repente con sonrisa enigmática.

Apenas podía soportar Raskolnikoff la presencia de aquella madre y de aquella hermana, de las cuales había estado separado durante tres años y con quienes comprendía que le era imposible toda conversación. Había, sin embargo, una cosa que no admitía dilación; así es que levantándose pensó que aquello debía ser resuelto de una manera o de otra. En tal momento se sintió feliz de encontrar un medio para salir del paso.

--Ante todo he de pedirte, Dunia--comenzó a decir con tono seco--, que me dispenses por el incidente de ayer; pero creo que es una obligación en mí recordarte que sostengo los términos de mi dilema: o Ludjin o yo. Yo puedo ser un infame; pero tú no debes serlo. Basta con uno. Si te casas con Ludjin ceso de considerarte como a una hermana.

--Hijo mío, hablas como ayer--exclamó asustada Pulkeria Alexandrovna--; ¿por qué te tratas siempre de infame? Yo no puedo soportar que hables así. Ayer empleabas el mismo lenguaje.

--Hermano mío--respondió Dunia con un tono que no cedía en sequedad ni en violencia al de Raskolnikoff--, la falta de acuerdo en que nos encontramos, proviene de un error tuyo. He reflexionado esta noche y he descubierto en qué consiste. Tú supones que me sacrifico por alguien y eso es lo que te engaña. Yo me caso por mí misma, porque mi situación personal es difícil. Sin duda podré entonces ser más útil a mis prójimos; pero no es ése el motivo principal de mi resolución.

--Miente--pensaba Raskolnikoff, que de cólera se mordía las uñas--. ¡Orgullosa! No confiesa que quiere ser mi bienhechora. ¡Oh! ¡los caracteres bajos! ¡Su amor se parece al odio! ¡Oh, cuánto detesto a todos!

--En una palabra--continuó Dunia--, me caso con Pedro Petrovitch, porque de dos males elija el menor. Tengo intención de cumplir lealmente cuanto él espera de mí. Por consiguiente no le engaño. ¿De qué te ríes?

Enrojeció repentinamente la joven y brilló en sus ojos un relámpago de cólera.

--¿Que lo cumplirás todo?--preguntó Raskolnikoff sonriendo con amargura.

--Hasta cierto límite; por la manera como Pedro Petrovitch ha pedido mi mano, he comprendido en seguida a lo que debo atenerme. Acaso tenga una opinión muy alta de sí mismo; mas espero que sabrá también apreciarme. ¿Por qué sigues riéndote?

--Y tú, ¿por qué te pones otra vez colorada? Mientes, hermana, tú no puedes estimar a Ludjin: le he visto y he hablado con él. Te casas por interés; haces en todo caso una bajeza; por lo menos veo con gusto que sabes ruborizarte.

--No es verdad, yo no miento--gritó la joven perdiendo su sangre fría--. No me casaré con él sin estar plenamente convencida de que le estimo. Felizmente tengo el medio de convencerme de ello en seguida, y lo que es más, hoy mismo. Este matrimonio no es una bajeza, como tú dices; pero aunque tuvieses razón, aun cuando yo estuviese convencida de cometer una bajeza, ¿no sería por tu parte una crueldad hablarme de ese modo? ¿Por qué exigir un heroísmo que tú no tienes? Eso es una tiranía, una violencia. Caso de causar algún mal, sólo me lo causaré a mí misma. Yo no he matado todavía a nadie. ¿Por qué me miras así? ¿Por qué te pones pálido? ¿Qué tienes, hermano mío?

--¡Dios mío, se ha desmayado! ¡Y tú has sido la causa!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.

--No, no es nada, una tontería... Un ligero mareo... No he llegado a desmayarme del todo... los desmayos son buenos para vosotras... ¡hum! sí... ¿Qué es lo que yo quería decir? ¡Ah! ¿Cómo te convencerás hoy mismo de que puedes estimar a Ludjin y de que él te aprecia? ¿No es eso lo que decías hace un momento, o te he entendido yo mal?

--Mamá, enseña a mi hermano la carta de Pedro Petrovitch--dijo Dunia.

Pulkeria Alexandrovna presentó la carta con mano temblorosa. Raskolnikoff la leyó atentamente por dos veces. Todos esperaban algún acceso de furor. La madre, sobre todo, estaba muy inquieta. Después de haberse quedado pensativo un instante, el joven le devolvió la carta.

--No comprendo nada--comenzó a decir sin dirigirse a nadie--: pronuncia discursos, es abogado, muy redicho en su conversación y escribe como un hombre sin cultura.

Estas palabras causaron una estupefacción general. Nadie las esperaba.

--Por lo menos no escribe muy literariamente; aunque su estilo no sea del todo de un iletrado, maneja la pluma como un hombre de negocios--añadió Raskolnikoff.

--Pedro Petrovitch no oculta que ha recibido poca instrucción y se enorgullece de ser hijo de sus obras--dijo Advocia Romanovna un poco contrariada del tono con que le hablaba su hermano.

--Sí; tiene motivo para enorgullecerse, no digo lo contrario. Parece que te ha incomodado porque sólo se me ha ocurrido una observación frívola a propósito de esta carta, y crees que insisto sobre semejantes tonterías para molestarte. Nada de eso; en lo que concierne al estilo, he hecho una observación que en el caso presente está muy lejos de carecer de importancia. Esta frase: «usted no tendrá que quejarse más que de sí misma», no deja nada que desear en punto a claridad. Además, manifiesta la intención de retirarse sobre la marcha si yo voy a vuestra casa. Esta amenaza de irse viene a decir que si no obedecéis, os plantará a las dos después de haberos hecho venir a San Petersburgo. ¿En qué piensas? Viniendo de Ludjin, ¿estas palabras pueden ofender tanto como podrían ofender si hubiesen sido escritas por éste (señaló a Razumikin), por Zosimoff o por uno de nosotros?

--No--respondió Dunia--; bien me hago cargo de que ha expresado demasiado ingenuamente su pensamiento y de que quizá no es muy hábil para servirse de la pluma... Tu observación es muy juiciosa, hermano mío. Yo no esperaba...

--Supuesto que escribe como un hombre de negocios, no podía expresarse de otro modo, y no hay que echarle en cara que se haya mostrado grosero. Por lo demás, debo quitarte una ilusión: en esta carta hay una frase que contiene una calumnia contra mí, y una calumnia por cierto bastante vil. Yo di ayer, en efecto, dinero a una viuda tísica y agobiada por la desgracia, no a pretexto, como ese señor escribe, de pagar los funerales, sino para pagarlos, y ese dinero se lo di a la viuda misma y no a la hija del difunto, a esa joven de conducta «notoriamente equívoca» a quien vi ayer por primera vez en mi vida. En todo esto descubro el deseo de pintarme con los más negros colores e indisponer a vosotras conmigo. Ha escrito en estilo jurídico, es decir, que revela muy claramente su objeto y lo persigue sin pretender disimularlo. Es inteligente, mas, para conducirse con discreción, no basta siempre la inteligencia. Todo lo que te he hecho notar pinta al hombre... y no creo que te aprecie mucho. Lo digo por tu bien, que de todas veras deseo.

Dunia no respondió; había tomado su partido y esperaba que llegase la noche.

--Está bien, Rodia; ¿pero tú, qué decides?--preguntóle su madre, cuya inquietud iba en aumento oyendo discutir reposadamente a su hijo como un hombre de negocios.

--¿Qué quiero decir?

--Ya ves lo que escribe Pedro Petrovitch; desea que tú no vengas a nuestro alojamiento esta noche, y declara que se irá si te encuentra allí; por eso te pregunto qué piensas hacer.

--Yo no soy quien tiene que decirlo. A ti y a Dunia toca ver si esa exigencia de Pedro Petrovitch tiene o no algo de mortificante para vosotras--contestó fríamente Raskolnikoff.

--Dunetshka ha resuelto la cuestión, y yo estoy de perfecto acuerdo con ella--se apresuró a contestar Pulkeria Alexandrovna.

--Creo que es indispensable que asistas a esa entrevista; te suplico, pues, que no faltes. ¿Vendrás? Suplico a usted también que venga--continuó la joven dirigiéndose a Razumikin--. Mamá, me permito hacer esta invitación a Demetrio Prokofitch.

--Y lo apruebo, hija mía. Hágase lo que vosotros dispongáis--añadió su madre--. Para mí es un alivio, no me gusta fingir ni mentir; lo mejor es una explicación franca. Si Pedro Petrovitch se enfada, peor para él.

IV

En aquel momento se abrió la puerta sin ruido y entró en la sala una joven mirando tímidamente en su derredor. Su aparición causó general sorpresa y todos los ojos se fijaron en ella con curiosidad. Al pronto no la conoció Raskolnikoff. Era Sofía Semenovna Marmeladoff. El joven la había visto por primera vez el día antes, en unas circunstancias y en un traje que le dejaron en la memoria una imagen distinta. Ahora era una joven de aspecto modesto, o más bien, pobre, de maneras corteses y reservadas y de expresión tímida. Vestía un traje muy sencillo y llevaba un sombrero pasado de moda. No conservaba ninguno de los adornos de la víspera; pero no había prescindido de la sombrilla. Su confusión al ver tanta gente que no esperaba encontrar fué tan grande, que dió un paso hacia atrás para retirarse.

--¡Ah! ¿es usted?--dijo Raskolnikoff en el colmo del asombro, y él también se quedó turbado.

Recordó entonces que la carta de Ludjin, leída un momento antes, contenía alusiones a cierta joven de conducta «notoriamente equívoca», acababa de protestar contra tal calumnia y de declarar que había visto a aquélla por primera vez el día anterior, y he aquí que se presentaba en su casa. En un abrir y cerrar de ojos todos estos pensamientos atravesaron mezclados por su imaginación; mas al observar más atentamente a la recién llegada, la vió tan abatida por la vergüenza, que sintió hacia ella súbita piedad. En el momento en que, asustada, iba a retirarse, se verificó en él un repentino cambio.

--No esperaba a usted--se apresuró a decir invitándola con la mirada a que se quedase--. Haga usted el favor de tomar asiento. ¿Viene, sin duda, de parte de Catalina Ivanovna? Permítame usted, ahí no, siéntese aquí.

Al entrar Sonia, Razumikin, que estaba sentado cerca de la puerta en una de las tres sillas que había en la habitación, se medio levantó para dejar paso a la joven. El primer impulso de Raskolnikoff fué indicar a Sonia el extremo del diván que Zosimoff había ocupado un momento antes; pero, pensando en que aquel mueble le servía de cama, mostró a la joven la silla de Razumikin.

--Tú siéntate aquí--dijo a su amigo haciéndole sitio a su lado en el sofá.

Sonia se sentó casi temblando y miró con timidez a las dos señoras. Era evidente que ella misma no se daba cuenta de cómo tenía la audacia de sentarse al lado de aquellas personas. Este pensamiento le causó tal impresión, que se levantó bruscamente y se dirigió, confusa, hacia Raskolnikoff.

--Es cuestión de un minuto. Perdóneme usted la molestia--dijo con voz trémula--. Me envía Catalina Ivanovna. No tenía otra persona a quien mandar... Catalina Ivanovna suplica a usted encarecidamente que asista mañana a los funerales... en San Motrifinio, y que venga después a nuestra casa... es decir, a casa de ella a tomar un bocado. Catalina Ivanovna espera que le concederá este honor.

--Ciertamente... haré lo posible por complacerla--balbució Raskolnikoff, que se había incorporado a medias--. Tenga usted la bondad de volver a sentarse; hágame el favor de concederme dos minutos.

Al mismo tiempo la invitaba con un gesto a tomar asiento. Sonia obedeció, y después de dirigir una mirada tímida a las dos señoras, bajó rápidamente los ojos. Las facciones de Raskolnikoff se contrajeron, coloreáronse sus mejillas y sus ojos lanzaron llamas.

--Mamá--dijo con voz vibrante--, es Sofía Semenovna Marmeladoff, la hija del desgraciado funcionario que murió ayer atropellado por un coche y del cual ya te he hablado.

Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia y guiñó ligeramente los ojos, pues a pesar del temor que experimentaba delante de su hijo, no pudo negarse esta satisfacción. Dunia se volvió hacia la pobre joven y se puso a examinarla con gravedad. Al oírse nombrar por Raskolnikoff, Sonia, cada vez más cortada, levantó de nuevo los ojos.

--Quería preguntar a usted--prosiguió Rodia--qué ha pasado hoy en su casa, si las han molestado, si les ha causado alguna incomodidad la policía...

--No; no ha ocurrido nada de particular... La causa de la muerte era tan evidente... que nos han dejado tranquilas. Sólo los inquilinos se han incomodado.

--¿Por qué?

--Dicen que el cuerpo está demasiado tiempo en la casa... Como ahora hace calor, el olor... de modo que hoy se le conducirá a la capilla del cementerio, donde permanecerá hasta mañana. Al pronto se negaba Catalina Ivanovna, mas acabó por comprender que era preciso someterse.

--¿De modo que la conducción del cadáver es hoy?

--Catalina Ivanovna espera que nos hará usted el obsequio de asistir a las exequias, y que irá usted después a la comida fúnebre.

--¿Da una comida?

--Una modesta colación: me ha encargado dar a usted mil gracias por el socorro que nos entregó ayer... Sin usted, no hubiéramos podido hacer los gastos del funeral.

Un temblor repentino agitó los labios y la barba de la joven; pero logró dominar su emoción y bajó de nuevo los ojos.

Durante este breve diálogo Raskolnikoff la estuvo contemplando atentamente. Sonia tenía el rostro delgado y pálido; la nariz y la barbilla eran algo angulosas y puntiagudas y el conjunto bastante irregular; no se podía decir que era una beldad; pero, en cambio, sus ojos eran tan límpidos, y cuando se animaban comunicaban a su fisonomía tal expresión de bondad, que atraía irresistiblemente. Además se advertía otra particularidad característica en su rostro como en su persona: representaba mucha menos edad de la que tenía, y a pesar de contar ya diez y ocho años, se la hubiera tomado por una chiquilla. Esta circunstancia hacía reír al ver algunos de sus movimientos.

--¿Pero es posible que Catalina Ivanovna pueda atender a esos gastos con tan escasos recursos? ¿Y todavía se propone dar una colación?--preguntó Raskolnikoff.

--El féretro será muy sencillo... Todo se hará con mucha modestia, de suerte que costará muy poco... Catalina y yo hemos calculado el gasto; después de pagado todo, quedará algo para dar la colación... Catalina Ivanovna tiene mucho interés en darla. No es posible decir nada en contrario... Además, esto le sirve de consuelo, y ya sabe usted cómo está y cómo es ella.

--Comprendo, comprendo... ¿Le ha llamado a usted la atención mi cuarto?... Mi madre dice también que parece un sepulcro.

--Ayer se desprendió usted de todo por nosotras--respondió Sonia con voz sorda y rápida, bajando nuevamente los ojos.

Sus labios y su barba volvieron a temblar. Desde su entrada le había impresionado la pobreza que reinaba en la habitación de Raskolnikoff y las palabras que acababa de pronunciar habíansele escapado a su pesar. Siguióse un cortés silencio. Las pupilas de Dunia brillaron y la misma Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia con expresión afable.

--Rodia--dijo levantándose--, supongo que comeremos juntos. Vámonos, Dunetshka... Tú deberías salir, Rodia, dar un paseíto, y, después de descansar un poco, venir a casa lo más pronto posible... Temo haberte fatigado.

--Sí, sí, iré--se apresuró a responder, levantándose también...--Tengo algo que hacer antes.

--¡Cuidado con irte a comer a otra parte!--exclamó Razumikin, mirando con asombro a Raskolnikoff--. Eso no puedes hacerlo de ninguna manera.

--No, no iré con ustedes, les aseguro que iré... Pero tú quédate un minuto. De momento no tenéis necesidad de él, ¿verdad?

--No, puede quedarse por ahora. Le espero, sin embargo, Demetrio Prokofitch, a comer con nosotras--dijo Pulkeria Alexandrovna.

--Yo también se lo ruego, venga usted--añadió Dunia.

Razumikin se inclinó radiante de alegría. Durante unos momentos todos experimentaron un malestar extraño.

--Adiós, es decir, hasta muy pronto; no me gusta decir adiós... Adiós, Anastasia... vamos, ya se me escapó otra vez.

Pulkeria Alexandrovna tenía intención de saludar a Sonia; pero, a pesar de toda su buena voluntad, no pudo resolverse a ello, y salió precipitadamente de la habitación.

No hizo lo mismo Advocia Romanovna, que parecía haber esperado este momento con impaciencia. Cuando, después de su madre, pasó al lado de Sonia, hizo a ésta un saludo en toda regla. La pobre muchacha se turbó, se inclinó con tímido apresuramiento, y en su rostro se manifestó una impresión dolorosa, como si la atención de Dunia para con ella le hubiese afectado penosamente.

--Dunia, adiós--dijo Raskolnikoff desde el rellano--; dame la mano.

--Ya te la he dado. ¿No te acuerdas?--respondió la joven, volviéndose hacia él con aire afable, aunque se sentía contrariada.

--Bueno, dámela otra vez--y estrechó de nuevo la mano de su hermana.

Dunia se sonrió ruborizándose, y en seguida se apresuró a apartar la mano y siguió a su madre. También ella se sentía contenta, sin que podamos decir por qué.

--¡Ea! Está bien--exclamó Raskolnikoff volviendo al lado de Sonia, que se había quedado en el cuarto.

Al mismo tiempo la miraba con aire tranquilo.

La jovencita advirtió, con sorpresa, que el semblante de su interlocutor se había esclarecido de repente. Durante algunos instantes Raskolnikoff la miró en silencio. Venía ahora a su memoria lo que Marmeladoff le había contado de su hija.

--Oye el asunto de que quería hablarte--prosiguió el joven tomando del brazo a Razumikin y llevándoselo a un ángulo del aposento.

--¿De modo que puedo decir a Catalina Ivanovna que irá usted?

Al decir esto, Sonia se dispuso a salir.

--Soy con usted en seguida, Sofía Semenovna; nosotros no tenemos secretos y usted no nos molesta. Tengo que decirle dos palabras.

E interrumpiéndose bruscamente se dirigió a Razumikin.

--¿Tú conoces a ése...? ¿Cómo se llama?... ¡Ah, sí, ahora caigo! A Porfirio Petrovitch.

--Sí, le conozco; es pariente mío. ¿Por qué me lo preguntas?--repuso Razumikin.

--¿No me dijiste ayer que instruía esa sumaria... del asesinato?

--Sí, ¿y qué?--insistió Razumikin sorprendido por el sesgo que tomaba la conversación.